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domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando un misterio se resuelve

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Como todos los días, el panadero se instaló con su carrito lleno de panes recién horneados en la esquina de siempre. Es su rutina diaria, a las 6:30 de la mañana recoge el pan en la panadería, lo dispone ordenadamente en su carrito especial y parte a la esquina de siempre. Sus clientes ya saben que lo encuentran ahí desde antes de las 7:00 a.m.

Tras años de hacer lo mismo todos los días, ya sabe dónde va el pan francés, dónde el pan de yema y el coliza, y todos los demás de manera tal que casi despacha el pan a ojos cerrados. Es que a esa hora, los clientes no esperan. Solamente tienen el desayuno con pan caliente en mente.

Una vez instalado, no pasa mucho rato antes de que llegue el primer comprador. Ni bien lo ve acercarse, ya sabe que va a pedir cuatro panes franceses y cuatro integrales. Ya sabe que le va a pagar con una moneda de cinco soles, ya sabe que tiene que tener preparados los tres soles de vuelto.

Desde que comenzó la reticencia al plástico, son muchos los clientes que llegan con bolsas de tela especiales para pan. Poco a poco, así como sabe las preferencias de casi todos los compradores habituales, empieza a reconocer las bolsas de tela: roja la del señor que va a comprar elegantemente vestido y perfumado ("¿a qué hora se levantará para ver tan pulcramente vestido?", se decía el panadero al verlo aparecer), con flores la de la señora que sale de su casa con pijama y todo directo a comprar el pan. De vez en cuando detecta una bolsa nueva, de vez en cuando alguna bolsa de tela no aparece. El panadero presume olvido por parte del cliente o que la bolsa está recién lavada.

Para lo que no tiene presunción ni conjetura es para la señora que siempre compra dos panes franceses, pero que con frecuencia lo desconcierta con la respuesta de "no, esta vez cuatro", cuando él pregunta "¿dos pancitos?". Es la única persona conocida que varía su pedido diario.

Al panadero le gustaría saber por qué casi siempre son dos panes y por qué con mucha menos frecuencia son cuatro. No sabe si se animará a preguntarle alguna vez.

Y así van pasando los días, que luego son semanas y después meses. Los días lluviosos quedan de lado y empieza a amanecer más temprano y luego vuelven los días húmedos y fríos hasta que regresa el sol y el calor, en un ciclo que se sucede sin parar.

Y así va la señora que casi siempre compra dos panes y muy pocas veces compra cuatro panes.

Hasta que un día:
- Buenos días, seño. ¿Dos pancitos?
- Buenos días. No, hoy son cuatro, por favor. Es jueves, viene la señora que me ayuda en la casa.

El panadero sonríe ante la inesperada solución a su misterio.
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domingo, 18 de agosto de 2019

El misterio del reloj que se adelanta

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En mi mesa de noche tengo un reloj despertador que es también radio. Es digital y eléctrico, y se programa con botones que están dispuestos en la parte de arriba.

Lo cierto es que mi reloj se adelanta. Poco a poco, día a día, se adelanta ligeramente. Por lo tanto, es necesario ponerlo a la hora cuando la diferencia con la hora real es muy grande.

No importaba mucho pues ocasionalmente hay que desconectar la electricidad de la casa para algún arreglo o porque la empresa distribuidora nos desconecta el servicio brevemente para algunas reparaciones nocturnas de las que ni nos damos cuenta.

De todas maneras, aparentemente ponerlo en la hora correcta es tarea fácil, solamente hay que ir avanzando en los minutos y para fijarlo en la hora hay que avanzar. Es un reloj que no va hacia atrás, bueno, como todos los relojes. Y como el tiempo.

El detalle es que el mando respectivo es caprichoso. A veces es fácil y con apenas rozarlo avanza diez dígitos. Otras veces, ni apretando con toda fuerza quiere moverse. Con el mando de la hora no hay problema, lo complicado son los minutos.

Es un reloj temperamental.

Así que decidí llevarlo con mi relojero favorito. Le conté la situación y me dijo que le dejara el reloj para revisarlo. Quedamos en que lo recogería esa tarde.

A la hora acordada, el relojero me entregó el despertador arreglado. Me dijo que había limpiado el botón respectivo y que además le había puesto una pila interna de modo tal que aunque no hubiera luz, el reloj no iba a afectarse. Es decir, si no había luz, no habría reloj, pero que iba a iba a seguir avanzando internamente de modo tal que al volver la energía eléctrica, el reloj estaría a la hora.

Del problema del adelanto, no me dijo nada. Y olvidé preguntar.

Dicho y hecho, al llegar a la casa lo enchufé y... ¡el reloj marcaba la hora correcta! No hubo necesidad de pelearme con los mandos. Y me sentí feliz.

Semanas después, vi que el reloj estaba cuatro minutos adelantado. Pero no le di importancia, con la idea de arreglarlo en la siguiente interrupción del servicio... hasta que me di cuenta de que la batería interna conservaría la hora errada al volver la energía eléctrica.

Al cabo de un tiempo, el adelanto era de diez minutos y hasta llegó a los 12 minutos. Opté por la solución del perezoso: simplemente restaba los minutos sobrantes. Y empecé a usar la alarma de mi celular como despertador.

De un momento a otro. los 12 minutos de adelanto pasaron a ser solamente ocho minutos. Ahora está en seis minutos más que la hora real.

A estas alturas, no lo pongo en hora solamente porque me mueve la curiosidad de ver hasta dónde va a llegar el retroceso.

domingo, 7 de julio de 2019

El señor del paradero

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Cuando pasas todos los días a la misma hora por los mismos sitios, tiendes a encontrarte con las mismas personas. Me pasa con frecuencia. A veces siento que esas personas fueran antiguos conocidos y hasta ganas de saludar tengo.

Desde hace casi cinco meses, tres veces por semana, mi día empieza muy temprano. Y por muy temprano me refiero a antes de las seis de la mañana. Sea invierno o verano, el nuevo día recién se anuncia con sus sonidos e imágenes habituales. Y con sus personas habituales.

En la mayoría de casos, es fácil ver cuál es sel destino de esas personas habituales o al menos qué van a hacer. Pero en otros, es un misterio.

Como el señor del paradero.

Desde varios metros antes lo veo, sentado casi sin moverse en el paradero que está a una cuadra de mi casa. Se podría pensar que espera uno de los tantos buses que pasan por ahí y que a esa hora circulan con poca gente y casi sin prisa.

Era lo que pensaba.

Casi sin proponérmelo. empecé a prestar atención para saber qué bus tomaba. En el trecho que hay desde que lo veo hasta que paso por donde está sentado pasan varios buses. Y él no se sube a ninguno. Ni siquiera los mira, no le interesan. Simplemente está sentado ahí, mirando la calle desinteresadamente, sin prisa, sin apuro. Sin mover más que la cabeza de un lado al otro.

Siempre se sienta en el extremo izquierdo del paradero, apretado en un pequeño espacio, como si no tuviera más lugar para escoger. Como si tuviera que resignarse a compartir la banca con otros pasajeros que pueden llegar en cualquier momento.

Pero nadie llega.

Uno de tantos días, no lo vi. No estaba. Miré en todas las direcciones posibles. Nada. El señor del paradero no estaba.

Confieso que me dejó intrigada y preocupada.

La siguiente vez que pasé por ahí, ya estaba sentado en su sitio de siempre. Puntual como ya me tiene acostumbrada. Temo que nunca sabré qué pasó el día de su ausencia.

Como temo que nunca sabré qué espera, a quién espera.

Es una historia inconclusa.
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Te invito a leer mi más reciente artículo publicado en Global Voices, sobre un pueblo con un reto curioso, interesante y saludable.

sábado, 26 de enero de 2019

Los niños de la camioneta

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Lucía manejaba su auto por unas calles casi sin urbanizar de su ciudad. A pesar de que casi no había carteles que le indicaran el camino, conocía bien la ruta a seguir pues iba a casa de su hermana en un trayecto que había recorrido muchas veces en los años previos.

En un momento, debía salir a la autopista, avanzar un breve tramo y voltear a la derecha hacia la calle de su hermana. Había una reunión familiar a la que no quería ni podía dejar de ir.

Repitió la ruta que conocía bastante bien, salió a la autopista como siempre, y todo iba bien hasta que empezó a ir mal.

De repente, Lucía se dio cuenta de que se había pasado la entrada que la llevaría a su destino. Y se asustó. Estaba en una zona en plena expansión, no había casi casas, prácticamente no había letreros con nombres de calles, no había peatones casuales a quienes preguntar por dónde ir.

¿Qué puedo hacer?, se preguntaba Lucía, tratando de no entrar en pánico. No eran tiempos de celulares ni de aplicativos que enseñaran la ruta a seguir. Faltaban décadas para eso.

Empezaba a anochecer. Lucía ya había empezado a asustarse, pero seguía avanzando con su auto.

De la nada, a su lado vio una camioneta blanca. No se dio cuenta de dónde llegó, solamente la tuvo a su lado. El chofer era un hombre de edad incierta, un poco pasado de peso de cara amable y sonriente. En los asientos de atrás había varios niños que también la miraban sonrientes.

Lucía bajó la ventana y dijo:
- Me he perdido, yo debía voltear a la derecha en la primera entrada. Me distraje y ahora no sé por dónde ir.
- Me ha pasado lo mismo, pero no se preocupe. Sígame, yo también voy hacia allá -fue la respuesta del hombre.

En su alivio por haber encontrado literalmente una salida a la situación en la que estaba, Lucía no se detuvo pensar dónde era ese "allá" que el hombre mencionó. Solamente lo siguió.

Por la ventana trasera del auto, unas caritas sonrientes la saludaban. Ella solamente les sonreía sin soltar el timón. Así avanzaron por rutas que Lucía nunca había visto y que jamás hubiera encontrado sola. Durante varios minutos dieron vueltas por calles sin asfaltar donde se adivinaban los contornos de lo que serían casas en poco tiempo. No vio ni una sola persona, ni un solo auto.

En eso, el hombre detuvo su camioneta, bajó la ventana y le hizo señas a Lucía de que se pusiera a su altura. Ella lo hizo así y bajó su ventana también:
- Siga por esta calle de frente, avance unos cien metros, y de ahí voltea a la izquierda. Desde ahí ya estará en calles conocidas.

Y sin más, arrancó se fue. Al adelantar a Lucía, sacó la mano por la ventana y la despidió con un movimiento.

Las caritas infantiles hicieron lo mismo desde la ventana de atrás.

Lucía se quedó desconcertada, sin saber qué había pasado, sin saber de dónde había salido este auto, ese hombre, esos niños que la guiaron por calles desconocidas.:
- Pero... me dijo que también iba para allá. ¿A dónde va? ¿Cómo sabía cuál era mi "allá?

Desconcertada, siguió las indicaciones del hombre. Efectivamente, en menos de cinco minutos vio la silueta de la casa de su hermana.

Aún temblando, bajó del auto y tocó el timbre. Aún temblando, solamente atinó a dar gracias a sus angelitos guía de la camioneta.

Aún tiembla cuando recuerda el incidente.

viernes, 13 de abril de 2018

Misterio crochetero

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Una lectora habitual me hizo llegar esta historia de un misterio más de tantos que todos vemos a cada rato en nuestras casas.
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Hace un tiempo, tejí dos redondelitas en crochet, una azul y otra blanca, de unos 10 cm.de diámetro, y las tenía en una mesita cerca de la ventana que da al patio interior de la casa. Una mañana, en el momento de limpiar la mesita, los dos tejidos se me cayeron al patio. En ese momento no los recogí y me olvidé del asunto.

Más tarde, salí al patiecito pero solo encontré la redondelita blanca, no la de color azul. No le di importancia. ""stará debajo del televisor colocado debajo de la ventana", pensé.

Así pasaron varios días, hasta que tuve que mover el televisor para barrer y limpiar, y ante mi sorpresa no encontré ahí el tapetito azul. Miré, jalé, busqué, salí al patio, miré por todos lados... y nada.

La redondelita azul se ha hecho humo, desapareció. Se cayeron las dos ante mis ojos y solamente encontré una. No es cosa de broma, yo sigo buscando.

Estoy pensando que este es un caso similar al de las medias que desaparecen misteriosamente y luego aparecen en un cajón olvidado. Es muy probable que uno de estos días encuentre el tapetito azul en el lugar menos pensado de la casa.

¿Será?

jueves, 28 de septiembre de 2017

Pasos que se acercan

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Con la inspiración surgida por la entrada anterior sobre el misterio de los relojes, alguien que lee este blog me mandó una historia basada en hechos reales. Con la debida autorización, la publico.
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Como todas las mañanas, salí a comprar el pan y el periódico del día. Para esto camino apenas una cuadra y a veces me encuentro con conocidos del barrio que me saludan.

Esta mañana ocurrió como todos los días, el pan calentito, el amable joven del puesto de periódicos, el camino casi desierto de carros por ser domingo y temprano. Así que volvía distraídamente con mis pensamientos, cuando comencé a escuchar que alguien me seguía. Peor aún, alguien iba a mi lado, muy cerca, paso a paso.

Me detenía y mi acompañante se detenía también. Caminaba más rápido y el intruso se apuraba de igual forma. Comencé a asustarme de verdad, y me animé a voltear para verlo cara a cara.

No había nadie ni cerca ni lejos. Ya no ya, como decimos por aquí.

Fue lo máximo, así que empecé a correr, mientras mi acompañante corría a mi lado. Alguien que pasaba por ahí me miraba sorprendido. No me importó y seguí corriendo hasta llegar a mi edificio, lo único que quería era llegar a puerto seguro. Mejor dicho, a puerta segura. Al mirar hacia mi mano para buscar la llave que abría la reja de entrada lo entendí todo.

Era el llavero que golpeaba metálicamente la bolsa de panes en cada paso que daba.
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Este es mi más reciente artículo para Global Voices.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Misterio relojero

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Quienes me conocen saben que me gustan los relojes, y saben también que tengo muchos. Es que en verdad no me gustan los relojes, me encantan.

Hace poco, saqué un reloj para ponérmelo ese día, pero tuve que buscarle reemplazo de inmediato porque vi que no funcionaba. "Más tarde lo llevo a cambiarle la pila", pensé, mientras me ponía el otro reloj elegido, previa comprobación de que funcionara.

Recién al día siguiente pude llevarlo al maestro relojero que ya me conoce y a quien encargo estos menesteres y otros relacionados con su oficio. De su destreza depende el buen funcionamiento y exactitud de quienes me dan la hora a lo largo del día.

Tomé el reloj de la caja donde lo tenía guardado, lo metí en mi cartera y me fui caminando hasta el lugar donde atiende el relojero.

Al llegar, luego de los saludos de rigor, le entregué el reloj a la vez que le dije:
- Maestro, espero que sea solamente la batería. Ojalá no se haya malogrado.

El hombre miró el reloj, y mostrándomelo me dijo un segundo después:
- Este reloj está funcionando.

Me lo entregó, lo acerqué a mi cara por las dudas. No solamente estaba funcionando. Estaba con la hora correcta. Con la mayor confusión del mundo, le agradecí al relojero y me di media vuelta. En el camino de regreso a casa, miraba el reloj de vez en cuando para cerciorarme de que siguiera caminando.

Seguía caminando.

No entendía nada.

Cuando llegué a la casa, aún con la confusión por lo que acababa de pasar, me dispuse a guardar el reloj en la caja que comparte con los demás de su especie.

Entonces noté que entre la profusión de tic-tacs, de correas multicolores y de manecillas que indicaban la misma hora había uno que marcaba cualquier otro número. Lo separé del grupo, y ahí entendí todo: ese era el reloj sin batería, no el que había llevado al relojero.

Al menos este misterio relojero quedó resuelto.

¡Fuerza México! 

sábado, 12 de noviembre de 2016

El misterio de las dos esferas

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Quienes me conocen saben que me gustan los relojes. De pulsera, de pared, de mesa, los relojes en general. Es por eso que tengo muchos, de todos los tipos, clases y colores.

Resultó que casi al mismo tiempo, dos relojes de pared de la casa quedaron sin funcionar. Uno en mi cuarto y otro en la cocina. Nada que un par de pilas nuevas no pudiera solucionar, así que fue a la tienda que está al lado de casa y compré dos paquetito con dos pilas. Uno para los relojes, el otro de repuesto.

Procedí a cambiar la pila del primero de los relojes, pero no comenzó a andar de inmediato. Volteé la pila creyendo que la había puesto mal, pero nada, el reloj seguía parado. "Ya lo llevaré al relojero después", pensé.

Repetí la acción con el otro reloj y tuve el mismo resultado: con pila nueva, el reloj seguía sin funcionar. Lo sacudí creyendo que los días de inactividad lo podían haber afectado, pero nada.

Pensando que el problema eran las pilas, tomé el paquete de repuesto y volví a cambiar las pilas de ambos relojes. El resultado fue el mismo, los relojes no caminaban.

Agarré el reloj más grande y pesado, el de la cocina, y me fui caminando hasta el relojero que hace años se encarga de reparar mis relojes y de cambiarles las pilas. Son unas seis cuadras de distancia. El reloj pesa lo suyo, la distancia se me hizo un poco larga, pero todo valía con tal de recuperar el tiempo perdido.

Cuando llegué donde el relojero, le pedí que revisara el reloj pues le conté que no funcionaba a pesar de tener pila nueva. Al entregárselo, el relojero me miró y me dijo: "pero está caminando". Y era verdad, el reloj andaba sin problemas. El relojero lo puso a la hora y me lo entregó sin cobrarme nada, a la vez que me decía: "tal vez la caminata ha activado algo en el mecanismo".

"Será eso", pensé, mientras regresaba a la casa. Al llegar, lo puse en su sitio y me fui a ver el otro reloj. Nada, seguía parado. Lo sacudí, aplicando casi el mismo remedio que podría haber tenido resultado con el reloj de la cocina, pero no tuve éxito. Pensé en regresar otro día al relojero.

Pasaron varias horas y tras muchas idas y venidas de esa tarde, entré a mi cuarto y por instinto, como hago casi todos los días, levanté la vista hacia el reloj. No recordaba que no funcionaba, así que acepté la hora que marcaba como correcta.

En eso, recordé que el reloj se había negado a echarse a andar en la mañana. Volví a mirar y... el reloj no solamente estaba funcionando a la perfección, sino que marcaba la hora correcta. Tuve que acercarme para ver si no estaba presenciando ese dicho según el cual hasta un reloj malogrado da la hora correcta dos veces al día. No, el segundero avanzaba.

El reloj de mi cuarto marcaba la hora exacta, ni un minuto más ni un minuto menos.

domingo, 16 de octubre de 2016

"Busca en la basura"

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Esta historia no me pasó a mí sino a alguien muy cercano y casi viví los acontecimientos a su lado. Para no revelar nombres, llamaremos a esta persona simplemente M.

La hija de M estaba próxima a casarse, y como suele pasar en ocasiones de ese tipo, la novia tenía muchas actividades que hacer antes de la gran fecha.

Para algún almuerzo familiar, pocos días antes del matrimonio, M se puso unos zapatos nuevos. Casi siempre, zapatos nuevos y zapatos incómodos son sinónimos, y esta vez no fue la excepción. Lo único que M quería era sacárselos y ponerse otros que no le causaran tanto dolor en los pies.

En cuanto acabó el almuerzo, partió a su casa con su hija. De ahí debían hacer otra diliegencia, pero decidieron cambiarse antes. M pudo así zafarse de su par de verdugos. Se cuidó mucho de poner los zapatos dentro de una bolsa especial antes de guardarlos en su clóset.

Salió con su hija, regresaron a su casa después de un rato y ni pensó más en los zapatos, a pesar del dolor de sus pies.

Pasados unos días, llegó el momento de otra comilona previa al matrimonio y decidió ponerse los mismos zapatos de la vez anterior. Tenía la esperanza de haberlos amansado la primera vez que se los puso y que esta vez no sufriría tanto.

Buscó en el clóset donde los había dejado un tiempo antes. Nada, no estaban.

Miró en el clóset de otro cuarto, a pesar de tener la certeza de que no los había puesto ahí. "Alguien puede haberlos cambiado de sitio", pensó. Fue por gusto, tampoco los encontró en ese segundo clóset.

Buscó debajo de su cama, debajo de las demás camas, debajo de todas las camas de la casa. No había zapatos. Preguntó, buscó por todos lados, hasta en los sitios más absurdos. Hasta miró dentro de la maletera de su auto pensando que tal vez los hubiera puesto ahí sin darse cuenta a su regreso del almuerzo.

Los zapatos eran historia antigua.

No podía perder más tiempo, se puso otros zapatos menos elegantes pero infinitamente más cómodos y partió a su compromiso sin dejar de pensar en el par que no quería dar por perdido. Estuvo pensando en todos los lugares donde no había mirado, y al regresar a su casa prácticamente volteó la casa, pero fue un esfuerzo inútil.

Ya cansada de estar jugando a las escondidas con su calzado, recurrió a internet. Buscó en Google: "encontrar zapatos perdidos", y después de una serie de lecturas de personas que contaban historias similares, vio un mensaje revelador: "si has mirado en todos sitios y no encuentras tus zapatos, busca en la basura".

M lo hizo, sabiendo por supuesto que si los hubiera echado a la basura, hace días que se hubieran ido en el camión que recoge los desperdicios puntualmente cada noche.

"Chau, zapatos, nuestra historia fue linda mientras duró".

Ciertamente, la de M y sus zapatos fue una historia muy linda, aunque sumamente breve.
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Les invito a leer mi más reciente artículo para Global Voices. Un regalo para los sentidos.

martes, 23 de agosto de 2016

Recordando misterios domésticos

Hace algunos años publiqué este texto con misterios que pasan en mi casa y que seguramente ocurren también en casi todas las casas.

Misterios domésticos
Más de una vez han pasado en mi casa las siguientes situaciones.
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1. Cucharitas que desaparecen: por lo general, los cubiertos vienen en juegos de 6, 8 y 12. No entiendo cómo ni por qué, al cabo de un tiempo solamente hay 5, 7 u 11 cucharitas. Con los cuchillos, tenedores y cucharas no pasa lo mismo, es solamente con las cucharitas. Tratando de encontrar una respuesta a ese misterio doméstico, se me ocurrió que podían irse por el desagüe al momento de lavar los cubiertos. Descubrí que es imposible por la sencilla razón de que no hay espacio para que pasen por ahí.

Todas las personas a las que les he contado esto me han dicho lo mismo: que en su casa también se les desaparecen las cucharitas.

2. Medias que faltan: al momento de guardar la ropa recién lavada, muchas veces descubría que faltaba una media. Una sola. Lo más gracioso es que la media "perdida", por lo general de nylon, aparecía al cabo de muchos meses en los lugares más insólitos, como bien encajada dentro de la manga de una chompa o en la pierna de un pantalón, en un rincón de la lavadora (después de haber mirado montones de veces) o hecha un trapo en un rincón del lugar de la casa en que se tiende la ropa mojada (nuevamente, después de haber mirado montones de veces).

Harta de esa situación, compré una bolsa con cierre hecha de una tela con muchos huequitos. Ahora las medias no se pierden entre secarlas y volver a guardarlas... se pierden en algún momento entre que me las saco y se lavan.

3. Ganchos de ropa que se multiplican: aparece de la nada en mi clóset, un gancho vacío colgado a plena vista, que horas antes no había estado ahí. Una cosa es que las cucharitas o medias desaparezcan, y otra muy diferente es que los artículos, ganchos de ropa en este caso, surjan de la nada, podríamos decir que por generación espontánea, y se planten por su cuenta en un lugar visto y revisto no sé cuántas veces. Por una parte mejor, porque me ahorran el trabajo de buscar uno cuando quiero guardar la ropa recién lavada.

4. Plumas: aparecen por toda la casa, plumas encajadas en las esquinas de todas las habitaciones: en la sala, la cocina, el baño, en los dormitorios. Sé que deben ser de las palomas que vuelan por todas partes, pero lo raro es que van a depositarse en los lugares más recónditos y refundidos, casi entre los zócalos y las paredes. Por lo menos yo, nunca he visto cómo llegan ni qué caminos recorren hasta los lugares en los que las encuentro. De repente miro hacia una esquina, y veo una pluma. Suelo guardarlas, encontrar esas plumas me hace sentir que soy la destinataria de un mensaje que debo descifrar.

5. Vecinos fantasmas: estos vecinos constituyen un misterio tan grande que les dediqué su propio post. De todas maneras, los menciono en este porque los considero uno de los más grandes misterios domésticos. A veces escucho taconeos a mitad de la noche, o el sonido de miles de canicas rodando y rebotando sobre el piso del departamento de arriba del mío y que viene a ser el techo de mi casa, o como si alguien estuviera jalando y arrastrando por todos lados los muebles más pesados del mundo sin llegar a decidirse dónde dejarlos. Además, siempre son sonidos nomás, nadie habla nunca. Aunque pensándolo bien, es mejor que nadie hable nunca.

Todas las imágenes han sido tomadas de Google Images.

martes, 15 de septiembre de 2015

La sombra atemorizante

Esta es otra historia real, que ocurrió hace algunos años.

La casa donde crecí tenía dos pisos. La ventana de una de las habitaciones del segundo piso daba a un techo de calamina que protegía una habitación que originalmente había sido jardín y que luego fue convertida en un pequeño cuarto de estar.

Por esa ventana también se veía el jardín de la casa que estaba detrás de la nuestra por donde ocasionalmente veíamos a lo lejos a diferentes personas pasar caminando. Desde nuestro segundo piso y desde su jardín, estábamos a buena distancia.

Por alguna razón ancestral traída quizás desde su Iquitos natal, la tía Angelita apoyaba un trozo de madera largo, como de medio metro de largo, en la pared de esa habitación y la calamina. La vara de madera quedaba entonces inclinada y al aire libre, apoyada en uno de sus lados en la pared, en el otro en la calamina. El uso que se le daba a la vara así inclinada era el de un tendedero improvisado de ropa muy chiquita, sobre todo toallas pequeñas.

Un día cualquiera, en un momento en que ya no es de día pero tampoco es de noche, cuando hay luz afuera pero dentro de las casas ya hay que tener la luz prendida, tuve la intención de entrar a ese cuarto para buscar algo. Era cosa de entrar y salir, no pensé en ningún momento en prender la luz pues sabía de memoria dónde estaba lo que necesitaba.

Cuando llegué a la puerta, noté que por la ventana, por esa misma ventana donde todos los días la tía Angelita colgaba y descolgaba sus toallitas y pañuelos había alguien al acecho. Desde mi posición lograba ver una sombra, estaba segura de que era una mujer pues tenía pelo largo que ondeaba al viento.

Me quedé petrificada de espanto. De mi boca no pudo salir sonido alguno. Mis pies se quedaron pegados al piso. Hasta el cerebro se me paralizó. No sabía qué hacer. Deben haber sido apenas dos segundos, pero se sintieron eternos.

Finalmente, sin emitir sonido, retrocedí sobre mis pasos y bajé al primer piso muerta de susto. Le conté a mi hermana y el impulso inicial fue no decir nada. Luego lo pensamos mejor, nos dimos cuenta de que no era muy lógico que hubiera una mujer agazapada sobre el techo de calamina. ¿Cómo podría haber llegado ahí sin que se la oyera? Además, ¿qué hacía mirando una habitación vacía sin luz? Con toda certeza, muy poco sería lo que podría ver.

Nos armamos de valor y subimos. Era un valor muy precario, porque al menos yo tenía el corazón latiendo a mil por hora.

Al llegar al mismo punto en que yo había visto a la mujer con el pelo al viento, vi que seguía ahí. Inmóvil, mirando. En un arranque de valor, alguna de las dos prendió la luz. La mujer misteriosa no hizo el más mínimo movimiento al verse atrapada.

Ya con la luz prendida, nos empezamos a acercar y del susto más grande pasamos a la carcajada más sonora. La misteriosa mujer agazapada, la sombra que acechaba, esa intrusa a punto de entrar a la casa por una ventana del segundo piso que se había trepado al techo de calamina de manera incomprensible era una de las tantas toallitas de la tía Angelita. El viento la había hecho volar, la había movido de su posición original hasta ponerla como peluca del palo diagonal.

Ahora que lo pienso, no sé qué hubiéramos hecho si realmente hubiera sido una mujer agazapada, una intrusa a punto de entrar a la casa.
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Feliz día de la independencia a mis amigos mexicanos, chilenos y costarricenses que en estos días celebran un nuevo aniversario nacional.

martes, 16 de junio de 2015

La bocamina cerrada

Volviendo a las historias misteriosas, cuento acá algo que le pasó a alguien que conozco de toda la vida. Tengo la autorización para narrar la historia que viene a continuación.
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Un ingeniero, al que llamaré Benjamín, trabajó un tiempo en una mina en el interior del Perú. Tenía a su cargo a un grupo de operarios originarios de la zona que conocían bien los alrededores del asentamiento minero. Con una mezcla de cariño y respeto, a Benjamín lo conocían como Inge, nombre corto de ingeniero.

Un día, Benjamín y un grupo de trabajadores se adentraron en la mina para realizar unas obras de apuntalamiento de las paredes para que no se debilitaran a causa de las excavaciones. Eran cinco, todos guiados por uno de los trabajadores, que estaba muy familiarizado con las rutas que había dentro de la mina.

Cuando llegaron al punto en que debían trabajar, uno de los trabajadores se dio cuenta de que no había llevado su material completo. Para no perder más tiempo que ya perderían por el olvido, Benjamín anunció que él saldría solo y regresaría con las herramientas que se quedaron afuera. Así, el grupo podría ir avanzando en otras labores mientras esperaban su regreso.

El papá de un amigo de Benjamín, un experimentado ingeniero de minas, le había dicho al saber que iría a trabajar a una mina, que nunca, por ningún motivo, bajo ninguna circunstancia y por más fácil que pareciera, nunca jamás entrara o saliera solo de la mina. Demasiado tarde recordó Benjamín la recomendación de su viejo colega, cuando llegó a una encrucijada. No sabía si debía ir a la derecha o a la izquierda. Retomar sus pasos hubiera significado demorar aun más los planes de ese día.

No sabía qué hacer. No sabía qué camino tomar. No quiso dejarse llevar por el miedo, pero lo empezaba a sentir.

De repente, delante de él, vio un pequeñísimo punto de luz que crecía imperceptiblemente. También empezó a percibir un sonido. El inequívoco sonido de uno de esos vehículos que se usan dentro de las minas para llevar personal y material de un lugar a otro.

Se quedó donde estaba, esperando que pasara el vehículo para luego seguir el mismo camino por el que este estaba usando. Se alegró de la coincidencia de que justo otra persona viniera a su encuentro y le mostrara la ruta a seguir. El sonido y la luz se acercaron cada vez más hasta que estuvieron a su lado. Subido encima del carrito venía un trabajador al que Benjamín nunca antes había visto. El hombre venía muy tranquilo, con las manos detrás de la cabeza, tarareando una canción que Benjamín no reconoció.

Cuando estuvo a su costado, los dos hombres se miraron. El del carrito dejó de cantar, lo miró y lo saludó con un movimiento de cabeza: "Inge, ¿cómo está?" Y luego, siguió su camino sin esperar respuesta.

Así que Benjamín caminó por ahí hasta que llegó a la salida. Ya afuera, se encontró con otro ingeniero y otro grupo de trabajadores que lo miraron intrigados. Les contó del olvido de los materiales y que debía ir a buscarlos para entregárselos al grupo que había entrado con él. El ingeniero le preguntó: "¿por dónde has salido?"

Benjamín le señaló la bocamina y en breves frases detalló de su momentánea pérdida y de cómo un trabajador que no recordaba haber visto antes le había dado la pista de la ruta a seguir. El ingeniero lo miró incrédulo y luego de una pausa atinó a decirle: "pero si esa bocamina está cerrada hace más de veinte años".

Cuando Benjamín volteó a mirar el breve trecho que había desde donde estaba parado en ese instante al punto por donde había salido, lo único que vio fue un lugar en el que parecía que nadie había puesto un pie en muchísimo tiempo.

martes, 2 de junio de 2015

El nuevo caso de las pulseras búmeran

Hace algún tiempo conté de las pulseras búmeran, que así como desaparecen, regresan al poco tiempo. A veces sin que me dé cuenta de su falta.

En un nuevo caso de pulseras que van y vienen, una mañana muy temprano me percaté de que una de mis pulseras no estaba en mi brazo. Por alguna razón que no podría explicar, tenía la certeza casi absoluta de que la pulsera se había caído en mi casa y por consiguiente, tenía la certeza casi absoluta también de que la encontraría pronto. Era cosa de estar con ojos bien abiertos.

Miré debajo de la cama, palpé dentro de la cama ya tendida, busqué dentro de la ducha, revisé dentro de los cajones, de todos los que recordaba haber abierto entre la noche previa y los primeros minutos de esa mañana. Nada de la pulsera. Dentro de mí tenía la tranquilidad de que la iba a encontrar, aunque no sabía cuándo.

Salí como todos los días echando en falta mi pulsera. La cabeza me seguía dando vueltas con lugares que me había faltado mirar. Más tarde ese mismo día, cuando regresaba a la casa antes del almuerzo, una certeza me "habló". No había echado un vistazo al lavadero de la zona de la lavandería de la casa. Ahí tenía que estar la pulsera.

Entré a la casa y me fui directo al lavadero Ahí estaba la pulsera, brillando de limpia, enroscada en sí misma. Era el fin de este viaje.

No pasaron ni dos semanas cuando noté la falta de la misma pulsera. Era un viernes en la noche, y esta vez la certeza de que estaba en la casa no era tan fuerte. Era más un deseo, un anhelo, pero no podía tener la seguridad absoluta de la ocasión anterior.

De todas maneras, repasé por todos los cajones y sitios donde podría estar, pero no tuve éxito. Aun así, no me resignaba a perder la pulsera. Sabía que iba a aparecer.

A la mañana siguiente, un sábado cualquiera, después de una noche de llovizna otoñal limeña, salí de la casa. Un pequeño destello me hizo mirar al suelo, y entonces la vi. Mojada y de nuevo enroscada en sí misma, en la entrada del edificio, felizmente no en la calle, la pulsera pródiga brillaba levemente mojada aún luego de horas de recibir gotas de agua celestial.

La recogí, la limpié, ajusté sus ganchitos que estaban un poco flojos y me la puse.

Ya no se ha vuelto a caer. Y si vuelve a pasar, sé que la voy a encontrar... eso espero.

lunes, 25 de mayo de 2015

Misterios que sí se resolvieron

A propósito de las dos entradas anteriores referidas a ángeles, vuelvo a publicar una entrada donde los misterios sí se resuelven.
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El sonido misterioso
La mujer entró a su casa, que encontró vacía. Era esa hora en que ya casi no es de día pero todavía no es de noche, cuando en la calle sigue habiendo luz pero en las casas ya está oscuro.

La mujer entró por la puerta de la cocina, la entrada habitual a la casa. Dejó unas bolsas que tenía en la mano con compras y fue ahí que lo escuchó: "tic, tic, tic, tic". Imparable, casi inaudible en un comienzo pero persistente una vez que se percató del sonido. Tic, tic, tic, tic.

Puso su reloj a la altura de su oreja, aunque sabía que esa no era la fuente del misterioso sonido. Lo comprobó segundos después, el tic tac de su reloj era diferente. Este sonido le llegaba de lejos. Tic, tic, tic, tic.

Salió de la cocina rumbo al comedor en penumbra, y sintió alejarse el sonido. Definitivamente, provenía de la cocina. Miró por todos lados, se dijo primero que tal vez fuera un roedor entrometido. Luego del sobresalto inicial ante tal posibilidad la tranquilizó pensar que ningún animal haría un ruido tan acompasado. Tic, tic, tic, tic.

En eso, prendió la luz de la cocina y lo vio. En la pared opuesta a la puerta por donde había entrado, la oscuridad no le había permitido ver el flamante reloj anaranjado nuevecito que colgaba orgullosamente de un clavo puesto especialmente para la ocasión. De ahí venía el misterioso tic, tic, tic, tic.

El pan mordisqueado
En los últimos días, cada vez que sacaba una tajada de pan de la bolsa, la encontraba mordisqueada. O como si alguien hubiera arrancado toda una esquina.

La primera vez que encontró el pan así, revisó la bolsa buscando algún hueco por donde alguien hubiera podido arrancar el pedazo faltante. Nada, la bolsa estaba completa. Revisó el resto de tajadas y comprobó que la única incompleta era la que había estado encima de todas. Después de una concienzuda inspección, decidió que no había peligro en comérsela.

Al dia siguiente, de nuevo a la tajada de encima le faltaba toda una esquina. Volvió a revisar la bolsa, no había huecos y la única tajada afectada era la de encima. Una vez podía ser mala suerte, pero dos ya no. Sobre todo, después de que la vez anterior había las revisado todas las tajadas que quedaban en la bolsa.

Lo mismo pasó cuando ese paquete de pan se acabó y compró uno nuevo. Ya la cosa estaba teniendo asomos de algo en lo que no quería ni pensar.

Hasta que casi casualmente, como si lo acabara de recordar, su madre le dijo que iba a comprar una nueva bolsa de pan porque de las dos anteriores había estado sacando pequeños trozos para evitar tomar una pastilla en ayunas muy temprano cada mañana.

viernes, 31 de octubre de 2014

Una historia de Halloween

Un amigo, lector y comentarista frecuente del blog me mandó esta historia para publicarla el 31 de octubre.
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Hace algunos años mi madre tuvo un problema de salud tan serio que tuvimos que llevarla de emergencia al hospital. Si hubiera estado en una sala normal hubiera sido una cuestión de paciencia, pero lo preocupante es que la internaron de inmediato en trauma shock, aquella sala donde se lleva a los enfermos graves y que precisan de una atención inmediata.

Confieso que fue una de las noches más difíciles de mi vida y no le desearía a nadie pasar por una experiencia parecida. Al día siguiente fui a visitarla tratando de aparentar tranquilidad con una expresión forzada de optimismo. Cuando vi su expresión tan demacrada, deduje que no había pasado nada bien la noche. Pero también noté que deseaba contarme algo que le había sucedido.

Con escepticismo (¿qué puede pasar de grave en un hospital? Suficiente con los problemas que tienen los pacientes) le pregunté por el motivo de su inquietud. De acuerdo a su relato, cuando dieron las doce de la noche aún se encontraba despierta. Por indicación de los doctores, su cama estaba elevada al máximo nivel y no lograba conciliar el sueño. Para distraerse trató de orar un poco, pero no lograba concentrarse.

La sala de pacientes se encontraba en silencio a excepción de alguno que otro pitido de las máquinas conectadas a los pacientes. La oscuridad invadía todo el espacio libre, salvo por un rayo de luz que venía de la puerta que daba al corredor principal.

Mi madre disimuladamente miró al paciente del costado. Según había escuchado, había sido victima de un asalto y se encontraba en un coma profundo. El paciente no reaccionaba desde que lo habían internado en la sala. Su aspecto no era muy alentador, estaba cubierto de tubos y apósitos.

Lo que realmente llamo la atención de mi madre fue que al pie de la cama había una forma sentada. ¿Visitas a la medianoche? Imposible. ¿Una enfermera? Peor aun, porque ellas siempre están en constante movimiento. Cuando aguzó la visión, notó que era figura sentada y cubierta por un largo manto negro. En la mano sostenía una herramienta cuyo extremo se perdía en la oscuridad. Era imposible distinguir su rostro pues estaba oculto por una capucha aunque algunas greñas escapaban.

Mi madre no podía creerlo. Se sobó los ojos, y cuando quiso mirar de nuevo, la figura había desaparecido.

Cuando terminó su historia, fue inevitable que me sintiera algo escéptico. Atine a tranquilizarla y la conminé a que se olvidara del tema. Bromeando le dije: "Madre, si la hubiera visto al pie de su cama, tendría más razones para preocuparse". Ella mostró una sonrisa optimista y me dijo que prefería descansar.

Antes de retirarme, miré la cama del costado y noté que estaba vacía. "Bueno, se habrán llevado al paciente", pensé. Pero como no quería quedarme con la duda, me acerqué a la recepción. Cuando le pregunté a la enfermera por el paciente de mi interés, solamente atinó a mirarme con expresión resignada…

sábado, 6 de septiembre de 2014

Tazas que desaparecen, peines que se multiplican

Poco antes de la Navidad pasada, compré una taza roja de apreciable tamaño para regalárselo a una persona querida, para tomara su café diario después del almuerzo o en el momento que prefiriera.

Era un regalo que pensé indicado para esta persona, que alguna vez comentó que su taza de café ya tenía algunos añitos de uso. Tomé nota del comentario y decidí que las fiestas navideñas eran una buena ocasión para impulsar el cambio de taza.

Como faltaban algunas semanas para la importante fecha decembrina, puse la taza en un lugar apartado, con la idea de sacarla con poca anticipación para envolverla. A mediados de diciembre, me dispuse a envolver mis regalos y fui a buscar la taza... pero no estaba.

Busqué y busqué por todos lados. Miré en los sitios lógicos, luego pasé a los ilógicos. Nada, no tuve éxito. La taza roja desapareció. Hasta el día de hoy no la encuentro. Tuve que pensar en otro regalo, que fue bien recibido.

Hace pocas semanas, en medio de arreglos y limpiezas, encontré un peine del que ya casi no me acordaba. Se convirtió en mi peine favorito, lo usaba y dejaba siempre en el mismo sitio, para evitar que corriera el mismo destino que la taza roja.

Un día, lo agarré como cualquier día, y luego de usarlo lo volví a guardar. Al poco rato, lo vi por otro lado y me intrigó muchísimo porque no era el lugar donde lo había dejado. Cuando fui a ponerlo en el lugar habitual, enorme fue mi sorpresa cuando me vi con dos peines exactamente iguales, uno en cada mano.

No sé de dónde apareció ese segundo peine. Estoy empezando a creer que la taza roja se transformó. Total, siempre me han enseñado que la materia no se crea ni se destruye (ni desaparece), solamente se transforma.

Esta es la foto de la semana. Si bien no es precisamente una foto de invierno, me llamó la atención esta tuna roja, puesta en el borde un pequeño muro, como esperando a su dueño. Aunque las tunas rojas son comunes, la variedad verde es mucho más habitual.

martes, 22 de octubre de 2013

3,499 piezas

Hace algunos años descubrí que me gusta armar rompecabezas. En más de una ocasión me he pasado horas enteras dedicada a la ardua tarea de encajar pequeñas piezas de rompecabezas enormes. Es una alegría inmensa encontrarle sitio a las piezas, una por una. Y no hay posibilidad de equivocarse pues si la pieza no está en su lugar, simplemente no encaja. Aunque parezca que ese ES su sitio.

El primer rompecabezas que armé en esa racha fue uno de 3,500 piezas. La imagen era un faro rodeado de árboles con una colina al fondo. Todo un reto, comenzar en algo que requería de tanta precisión rodeada de piezas tan chiquitas.

Empecé por ubicar las esquinas, luego los bordes y después procedí a armarlo desde la parte de arriba, desde el cielo, hacia abajo. Previamente había separado por grupos las piezas que correspondían al cielo, a la colina, al faro, al mar y a las plantas. Por eso fue relativamente fácil ver más o menos por dónde iba armando.

Era emocionante ver crecer la cantidad de pequeñas partecitas completando un todo enorme. No puedo precisar cuántas colocaba cada día, pero el avance era notorio.

Pasaron casi tres meses, con sus días y sus noches. Casi sin darme cuenta, podría decir. Y cada vez quedaban menos piezas sueltas por encajar.

Así avanzaron los días hasta que llegó el momento en que podía contar cuántas piezas quedaban sueltas y cuántos lugares vacantes quedaban en el cuadro que ya estaba formado casi en su totalidad. Y fue ahí que vino el sobresalto, pues no importaba cuántas veces contara, siempre faltaba una pieza. Por más que pensé dónde pudo haberse perdido la pieza 3,500, no logré encontrarla. Es más, sabía que era un ejercicio inútil porque era difícil, imposible incluso, saber en qué parte quedaría el ten temido agujero delator.

Sin perder el entusiasmo, coloqué la pieza 3,499 y fue un gran alivio comprobar que la inquieta pieza perdida era totalmente negra. Me fue muy fácil completar el agujero negro de mi rompecabezas de 3,500 piezas.

Incluso ahora, me cuesta trabajo encontrar dónde quedó el parche que permitió que mi obra se exhibiera sin problemas. Me gustaría pensar que la pieza 3,500 está agazapada con alguna amiga que la convenció de escapar.
Helas aquí, las 3,499 piezas

domingo, 6 de octubre de 2013

Disparejas y perdidas

Es un misterio universal, que no conoce fronteras. He leído al respecto en artículos con toques de humor. He oído sobre esto en programas cómicos provenientes de diversas latitudes. También ha ocurrido en mi casa, y eso hace que el asunto sea más misterioso todavía.

Me refiero a las medias que desaparecen cuando se van a lavar.

Muchas veces he seguido el proceso para entender en dónde es que una de las dos medias que conforman el par simplemente se desvanece. Uno se saca las medias, las dos medias a la vez. En mi caso, van a dar a una bolsa de tela que tiene un cierre y de la que no pueden salir ni aunque den mil vueltas en la lavadora. Es más, cuando la bolsa debidamente cerrada sale de la lavadora, las medias están completas. Están completas también el momento de tenderlas al sol.

El misterio surge en el momento en que las medias deben regresar al cajón donde esperarán que las escojamos de nuevo para volverlas a usar. Es ahí donde el número de medias, que en en todo ese proceso se contaba de dos en dos, se vuelve impar.

Puedes buscar hasta cansarte en todos los sitios lógicos, en los ilógicos, en los probables y en los improbables. Podrás mirar dos, tres y más veces en los mismos lugares y tu búsqueda será infructuosa. Simplemente te resignas a tener una media impar o la terminas emparejando con una de color casi idéntico que tiempo antes había quedado misteriosamente sin pareja.

Cuando ya ni te acuerdas del asunto, abres un cajón en donde no habrías buscado jamás la media perdida porque es un cajón que nada tiene que ver con las medias y... ¿será? Pero... ¿cómo llegó acá? Es la media pródiga, bien puesta en un lugar muy visible por el que has pasado innumerables veces desde que la media decidió fugar.

La media puede haber aparecido, pero el misterio sigue vigente. Volverá a pasar, con toda certeza. Como que con toda certeza se multiplicarán los colgadores de ropa, pero ese es otro cuento. O será como dice Seinfeld, que el día de lavado es la fiesta de la ropa y en medio de la efusión de ropa que nunca se ve porque no combinan juntas, las medias aprovechan la confusión y el barullo para escapar.

Quién sabe.