domingo, 12 de enero de 2020

¿El cliente siempre tiene la razón?

Imagen
Una empresa de cable decide unilateral y arbitrariamente retirar de su programación un canal. Un día prendes el televisor con la idea de ver la serie que sigues hace semanas y no hay canal. Crees que te has equivocado, repites la operación... nada.

Llamas a preguntar qué pasó y un hombre que repite instrucciones y consignas como si fuera una máquina te responde que "es un cambio que obedece a mejoras en bien de los clientes". Cuando replicas que en qué realidad alterna es una mejora que te quiten programas que ves sin anuncio previo (ni posterior, digamos la verdad), el hombre que repite como si fuera una máquina vuelve con la cantaleta.

Ajo y agua nomás.

De un momento a otro, el periódico que compras pone anuncios con "Desde el domingo, tu diario favorito crece". Ingenuamente te preguntas si aumentará el número de páginas, el tamaño del diario o tal vez habrá más columnistas. Tienes curiosidad por saber por dónde vendrá el cambio.

Cuando llega el día tan esperado, notas que el único cambio está en el precio. De un plumazo, el diario cuesta 50 % más. No hay más secciones, no hay más columnistas, no hay más páginas. Al contrario, jurarías que hay menos páginas.

Decides cambiar el diario que compras todos los días. Y de nuevo, ajo y agua.

El canal que ves todos los días repite impunemente capítulos de series hasta la saciedad.  No son series que continúen, cada episodio es una historia. Sabes que la serie tiene infinidad de capítulos más porque los has visto antes. Sin entender por qué, el canal comienza a dar los mismos cuatro capítulos uno tras otro, como si no hubiera más. Y sabes que sí hay muchos más.

Ese mismo canal repite las promociones también hasta la saciedad.

Reclamas ambas circunstancias por medio de una red social, crees que te harán caso, pero no. Ya se sabe, ajo y agua.

¿El cliente siempre tiene la razón? Francamente, no lo creo.

sábado, 28 de diciembre de 2019

¡Santos inocentes!

Imagen
Como hoy, ese año el 28 de diciembre cayó en sábado.

Todavía no eran las ocho de la mañana, pero la tía bisabuela estaba despierta desde hacía más de dos horas. Traviesa e ingeniosa como ella sola, tuvo una idea. Así que fue al cuarto donde dormía plácidamente su sobrina bisnieta y le dijo:
- Hijita, hijita...

Cuando la sobrina despertó a medias, la tía bisabuela le dijo muy seria:
- Te llama tu amiga, la que vive en Francia.

La sobrina se levantó de un salto. Esa amiga muy querida tenía años de vivir en Francia y años de no venir de visita. En tiempos de cartas y llamadas de larga distancia, las comunicaciones que recorrían fronteras no eran fáciles ni baratas. Así que había que correr para aprovechar hasta el último segundo de la llamada.

Cuando la sobrina estaba a punto de tomar el teléfono, que la tía bisabuela había dejado descolgado, un grito que vino de atrás la sobresaltó:
- ¡Santos inocentes!

La tía bisabuela comenzó a reír, la sobrina quedó un momento con el teléfono en la mano sin entender nada. Hasta que se dio cuenta de la fecha.

Así que santos inocentes, ¿no? Ahora vas a ver, pensó.

Resignada a no volver a dormir, se levantó y fue a tomar desayuno. Mientras tanto, su cerebro pensaba y pensaba...

De repente, la sobrina preguntó por su mamá y la tía bisabuela le dijo que salió temprano a hacer varios encargos. "Tempranito mejor, hijita, así no hay gente. Ya sabes cómo son estos días de Navidad y Año Nuevo, todos corren".

"Sí, pues", pensó la sobrina.

Al cabo de un rato, la sobrina bajó las escaleras hacia la cocina, el reino indiscutible de la tía bisabuela. Estaba apurada, casi gritaba:
- Tía, tía, saca tu carrito de compras. Ahí viene mi mamá con el pavo que le regalaron en su trabajo. Anda haciendo sitio en la refrigeradora mientras yo traigo el pavo del carro. Haz bastante espacio, mejor, es un pavo grande.

Tan grande fue la impresión que la tía bisabuela ni siquiera se detuvo a pensar cómo la sobrina tenía todos esos datos. Se limitó a renegar:
- Pero si ya habíamos hablado que iba a esperar hasta la próxima semana para traer el pavo. Pero si ya le había dicho que mejor pasaran unos días antes de cocinar de nuevo algo complicado. Pero si ya le había dicho que mejor lo guardáramos para su cumpleaños. Pero si ya habíamos quedado en que...

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por una carcajada y un grito de la sobrina:
- ¡Santos inocentes!
- Ay, esta muchacha...
- Ay, esta tía bisabuela.
--------------
A todos mis lectores, que 2020 venga mejor que 2019 en todos los aspectos. Nos leemos el próximo año.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando un misterio se resuelve

Imagen
Como todos los días, el panadero se instaló con su carrito lleno de panes recién horneados en la esquina de siempre. Es su rutina diaria, a las 6:30 de la mañana recoge el pan en la panadería, lo dispone ordenadamente en su carrito especial y parte a la esquina de siempre. Sus clientes ya saben que lo encuentran ahí desde antes de las 7:00 a.m.

Tras años de hacer lo mismo todos los días, ya sabe dónde va el pan francés, dónde el pan de yema y el coliza, y todos los demás de manera tal que casi despacha el pan a ojos cerrados. Es que a esa hora, los clientes no esperan. Solamente tienen el desayuno con pan caliente en mente.

Una vez instalado, no pasa mucho rato antes de que llegue el primer comprador. Ni bien lo ve acercarse, ya sabe que va a pedir cuatro panes franceses y cuatro integrales. Ya sabe que le va a pagar con una moneda de cinco soles, ya sabe que tiene que tener preparados los tres soles de vuelto.

Desde que comenzó la reticencia al plástico, son muchos los clientes que llegan con bolsas de tela especiales para pan. Poco a poco, así como sabe las preferencias de casi todos los compradores habituales, empieza a reconocer las bolsas de tela: roja la del señor que va a comprar elegantemente vestido y perfumado ("¿a qué hora se levantará para ver tan pulcramente vestido?", se decía el panadero al verlo aparecer), con flores la de la señora que sale de su casa con pijama y todo directo a comprar el pan. De vez en cuando detecta una bolsa nueva, de vez en cuando alguna bolsa de tela no aparece. El panadero presume olvido por parte del cliente o que la bolsa está recién lavada.

Para lo que no tiene presunción ni conjetura es para la señora que siempre compra dos panes franceses, pero que con frecuencia lo desconcierta con la respuesta de "no, esta vez cuatro", cuando él pregunta "¿dos pancitos?". Es la única persona conocida que varía su pedido diario.

Al panadero le gustaría saber por qué casi siempre son dos panes y por qué con mucha menos frecuencia son cuatro. No sabe si se animará a preguntarle alguna vez.

Y así van pasando los días, que luego son semanas y después meses. Los días lluviosos quedan de lado y empieza a amanecer más temprano y luego vuelven los días húmedos y fríos hasta que regresa el sol y el calor, en un ciclo que se sucede sin parar.

Y así va la señora que casi siempre compra dos panes y muy pocas veces compra cuatro panes.

Hasta que un día:
- Buenos días, seño. ¿Dos pancitos?
- Buenos días. No, hoy son cuatro, por favor. Es jueves, viene la señora que me ayuda en la casa.

El panadero sonríe ante la inesperada solución a su misterio.
---------------------------
Te invito a leer el boletín semanal de Global Voices en Español. Si quieres recibirlo puntualmente todos los domingos en tu bandeja de entrada, entra en el sitio web y haz clic en Boletín en la parte inferior de la página.