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En ese nuevo viaje, mi mamá hizo las cosas habituales que se hacen cuando se está de visita en un lugar nuevo. O casi nuevo, en verdad. Fue a los lugares turísticos, paseó mucho y se reunió con amigos con quienes había mantenido correspondencia a la antigua, con cartas de papel y sobre.
En uno de esos recorridos, entró a un centro comercial bastante nuevo. En ese época, los centro comerciales eran una novedad para nosotros. Todavía no había empezado el auge de esos conglomerados de tiendas en las que se puede pasar el día entero paseando y mirando sin necesidad de comprar nada.
Mi mamá entró en muchas tiendas, de todo tipo. Ya la imagino mirando todo y pensando en los regalitos que podría traer a su vuelta.
De repente, se le acercó una mujer. Se saludaron amablemente, gesto con el que mi mamá pensó que acababa el asunto.
Pero se equivocó, sí, señor.
La mujer era una vendedora de artículos de plata, que ofreció a mi mamá con voz amable. Mi mamá la rechazó con amabilidad recíproca. La mujer insistió. Mi mamá reiteró su negativa.
Comenzó entonces un molesto intento de negociación de parte de la vendedora. Le bajó el precio a las pulseras y aretes que iba sacando de una mochila. A esas alturas, ya mi mamá no le contestaba, casi ni la miraba para no darle la más mínima esperanza de interés.
Transcurrieron varios minutos así hasta que mi mamá, normalmente tan calmada y serena, se hartó. Sin dejar la amabilidad de lado, se volteó y le dijo:
- Gracias, señora, pero yo vengo del país de la plata.
- Ya me imagino -replicó la mujer. Y por fin se fue.
Aunque no hubo testigos del incidente, mi mamá lo contó tantas veces que casi siento como si lo hubiera vivido a su lado.





