martes, 7 de agosto de 2018

El smoking

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La gran final del concurso de belleza se iba a realizar en un teatro de la capital y sería transmitida a nivel nacional. El joven presentador de televisión fue designado para ser el maestro de ceremonias, y ya se habían ensayado todos los detalles. Con ese fin le enviaron a su casa el smoking que debía vestir la noche de gala.

Llegada la fecha, y con el tiempo necesario para ir al teatro, el joven presentador de televisión comenzó a acicalarse. Sacó el smoking de la caja, la camisa blanca con la pechera adornada, el fajín de seda para la cintura y la corbata michi. Pero al momento de vestirse observó algo extraño: los dos lados de la camisa tenían ojales y ningún botón. Buscó por todos lados, no había botones en la caja. No podía imaginar cómo se cerraba una camisa que tenía solo ojales en los dos lados de la pechera.

No había caso. Alguien había olvidado colocar en la caja los ganchitos adornados que, al juntar los ojales en la pechera, cerraban la camisa.

Fue un momento de desaliento. No había tiempo para salir a buscar los benditos ganchitos. No había cómo cerrar la camisa. No había forma de solucionar un problema que parecía tan mínimo, pero con grandes consecuencias, como no poder lucir el smoking para la noche de gala.

La solución vino de la esposa del joven presentador de televisión, que felizmente no era ajena al arte de la costura. Ella buscó un vestidito de su pequeña hija de dos años, que tenía una hilera de botoncitos negros adornados con un puntito brillante. Uno por uno sacó los botoncitos y los fue colocando en la pechera de la camisa que el joven presentador de televisión tenía ya puesta. Ahí sí los dos ojales cerraron juntos. Con paciencia y buen humor terminó su tarea, cosiendo con calma botón por botón, cuidando de no pinchar al joven presentador de televisión durante la tarea. Todo quedó perfecto. Nadie sospecharía que algo raro había sucedido.

Cuando llegó la hora del esperado programa y comenzó el concurso, sonaron las fanfarrias, se levantó el telón. Del fondo apareció la figura del joven presentador de televisión. En medio de aplausos llegó al centro del escenario y comenzó el programa. Todos pudieron verlo elegantemente vestido con smoking, el fajín de seda en la cintura, corbata michi y una hilera de botoncitos negros adornados con un puntito brillante en la pechera.

martes, 24 de julio de 2018

Inesperada ayuda

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Hace algunos años, José postulaba a un instituto de educación superior y con ese motivo debía rendir varios exámenes. Eso suponía que debía ir al que seria su futuro centro de estudios varias veces, pues cada examen tenía un día fijo.

La distancia entre su casa y el lugar de los exámenes era larga, y su papá era el encargado de llevarlo. Para llegar a tiempo, salían muy temprano de su casa. No solamente era mucho el trecho a recorrer, sino que era importante ser puntuales. Si José no llegaba a tiempo, simplemente no le permitirían la entrada a rendir el examen de ese día. Eso hubiera significado poner en riesgo todo el proceso de admisión.

Ese día, al llegar al lugar del examen, José se despidió de su papá y se dirigió a la entrada. Metió la mano a su bolsillo para sacar su carnet de identidad, documento imprescindible para que le permitieran rendir el examen, y para su horror vio que no lo tenía. Rebuscó en todos sus bolsillos, en su billetera, de nuevo en sus bolsillos. De nuevo en su billetera. Nada.

Cuando volteó a mirar, el auto de su papá ya estaba demasiado lejos como para alcanzarlo corriendo. Desesperado, con el tiempo en contra, buscó un teléfono público, que en esos tiempos se accionaban con una ficha metálica conocida como "rin". No le alivió mucho ver que tenía un rin en el bolsillo. Ahora debía buscar un teléfono público. Un teléfono público cercano. Un teléfono público cercano que funcionara.

Vio un teléfono a una cuadra, corrió lo más rápido que pudo, y llamó a su casa. Era muy temprano, todos dormían, pero esto era urgente.

Contestó su mamá que, al enterarse de la situación, corrió a despertar a Pedro, su otro hijo. Mientras Pedró se levantaba y se ponía lo primero que estaba a la mano, su mamá buscaba el carnet. No le fue difícil encontrarlo, estaba en la mesa de noche de José.

Con el carnet bien encajado en su bolsillo, Pedro se subió al escarabajo plomo de su mamá y partió a la carrera. La mamá se quedó con el alma en un hilo, por el hijo que podía perder el examen, y por el hijo que debía llegar a tiempo y a salvo.

Pedro tomó la larga avenida que debía recorrer en toda su extensión, la avenida que casi lo dejaba en la puerta donde imaginaba a su hermano desesperado, mirando a su reloj a cada minuto. Prefirió no pensar en nada, y en cuanto la luz del semáforo se puso verde, aceleró. Avanzó unas cuadras, y en su carrera no se percató de que invadió el carril de otro auto.

Pedro solamente se dio cuenta de que adelantó a un auto azul. El otro conductor, en cambio, lo tomó como un desafío. Y vaya que lo demostró.

Con ese afán tan lleno de testosterona de algunos, que empeora cuando van tras un volante, el otro conductor lo adelantó. Lo adelantó y se puso exactamente delante de Pedro. Al comienzo, Pedro no se dio cuenta, tan centrado como estaba en su misión de rescate fraternal. Pero a los pocos metros, vio que tenía delante a un conductor furioso que solamente quería demostrarle su rabia por la osadía de ese pequeño escarabajo plomo.

El auto azul, en su afán de demostrar que era un conductor más avezado, iba abriendo el camino para Pedro. Como si supiera a dónde iba Pedro, el auto azul avanzaba en la misma dirección, por la misma avenida que llegaba a la puerta donde el desesperado José esperaba, cada vez con menos esperanzas.

Tal como apareció, el auto azul desapareció de la vista. De repente, Pedro no lo vio más. Así de repente, se dio cuenta de que estaba en el punto exacto en donde debía girar a la derecha por la estrecha vía que lo conducía a la puerta del instituto de enseñanza superior.

Logró ver a su hermano a la distancia, le tocó la bocina con ese ronco sonar tan típico de su papá que ambos conocían tan bien. Como sacudido de un largo letargo, José se levantó de un salto y corrió al encuentro del escarabajo plomo.

Una mano salió por la ventana del conductor con el carnet salvador. Otra mano lo tomó en una acción que ni ensayada hubiera salido tan perfectamente sincronizada. José corrió en dirección a la puerta, que logró cruzar en el preciso instante en que sonaba el timbre que indicaba el inicio del examen.

Aún temblando por lo vivido, Pedro apoyó la cabeza en el timón... y por fin respiró.
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¡Feliz 28 de julio a mis lectores peruanos, estén donde estén!


jueves, 12 de julio de 2018

La niña de la ventana

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Caminaba un día por una calle cualquiera de un barrio cualquiera de Lima, esos donde las callecitas son tan parecidas unas a otras que, si no se conoce bien el lugar, pueden confundir a los peatones.

En un edificio a pocos metros en la acera del frente de donde yo estaba pasando, se abrió la puerta y salieron dos mujeres. Por su diferencia de edad era fácil suponer que eran madre e hija. Cerraron la puerta del edificio y enrumbaron en la misma dirección que yo. Íbamos todas hacia la avenida grande que estaba muy cerca, a tomar un taxi.

De repente, las dos mujeres miraron hacia arriba. Yo seguí su mirada. Sí pues, curiosidad pura.

En una ventana del segundo piso del edificio estaba asomada una niñita. Le calculé entre cinco y seis años. La niña les hacía adiós vigorosamente con una mano. Las dos mujeres hicieron lo mismo.

Luego la niña gritó: "¡chau!", y estiró las letras de su despedida. Las mujeres le respondieron de la misma manera. Dieron dos pasos, miraron hacia arriba, y la niña volvió a agitar su manito. Desde la vereda, las mujeres la imitaron.

En eso, la niña preguntó, ya más fuerte pues sus visitantes se habían alejado un poco más:
- ¿Cómo se van a ir?
- En taxi, vamos a la esquina porque por acá no pasan muchos -contestó en voz alta una de las mujeres.
- ¿Y tienen plata? -preguntó la niña.
- ¡Sí, claro! -contestó la misma mujer.

Qué curioso, pensé yo. La niña, quien sin duda recibe habitualmente los cuidados de los adultos que la rodean, es quien se preocupa por cómo se van a ir sus visitantes, obviamente personas muy queridas. Hasta tiene la precaución de preguntarles si tienen con qué pagar el taxi.

¿Qué hubiera pasado en el improbable caso que las mujeres dijeran que no tenían plata? ¿La niña hubiera bajado para proveerles el dinero que faltaba? Nunca lo sabré.

Un grito ahogado y ya lejano de "¡chau!" me sacó de mis pensamientos. Al igual que las mujeres, también volteé a ver a la niña de la ventana, ya un puntito casi perdido entre tantas ventanas de esa calle.

Un segundo después, el puntito minúsculo que apenas se veía ya en el segundo piso del edificio desapareció del todo y la ventana se cerró.

miércoles, 4 de julio de 2018

"Sobre mi pecho llevo tus colores"

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Todavía perdura la emoción del mundial Rusia 2018, cómo la hinchada peruana se lució en las ciudades rusas y cómo se emocionó hasta la anécdota con el vals "Contigo Perú" que sonó en los estadios antes de los partidos. Tanto fervor llegó a encantar a todos los que estuvieron por allá.

En medio de toda esa ola, recibí este texto que publico con permiso de quien me lo envió.
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La pequeñita de 5 años salió de casa con sus hermanos para ir al colegio. La niña vestía de blanco con lazo verde en la cintura. Comenzó la actuación por el Día del Maestro, y los pequeños alumnos se colocaron en orden, según el color del lazo: celeste, amarillo y verde. Y comenzaron a cantar: "unida la costa, unida la sierra, unida la selva, contigo Perú". En cada región mencionada levantaban los brazos ordenadamente. El vals de Augusto Polo Campos llenaba de emoción a los alumnos y a sus padres, espectadores de la actuación. Y ese sentimiento se convirtió en algo mágico para todos los niños de generaciones siguientes.

Años después... miles de personas cantaron, lloraron, vibraron con el incomparable vals de Polo Campos, considerado ya el segundo himno nacional del Perú. Ante el asombro y el respeto de millones de asistentes y televidentes de todo el mundo, ahí estaban ese canto, esa mano en el pecho, esas lágrimas sentidas y ese talante orgulloso de su país.

Polo Campos ya partió a la eternidad, igual que su ya eterna obra. Y su música vivirá por siempre, mientras haya un peruano que cante: "te daré la vida y cuando yo muera, me uniré en la tierra contigo Perú".
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Les invito a leer mis dos últimos artículos, que salieron publicados en Global Voices el mismo día.