domingo, 17 de mayo de 2026

Ocurrió en un centro comercial

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Hace algunos años, mi mamá viajó a la capital de un país vecino. Ya había estado ahí mucho antes, en otros tiempos. Casi se podría decir que fue en otra vida. Y que prácticamente era la primera vez que estaba ahí.
En ese nuevo viaje, mi mamá hizo las cosas habituales que se hacen cuando se está de visita en un lugar nuevo. O casi nuevo, en verdad. Fue a los lugares turísticos, paseó mucho y se reunió con amigos con quienes había mantenido correspondencia a la antigua, con cartas de papel y sobre.
En uno de esos recorridos, entró a un centro comercial bastante nuevo. En ese época, los centro comerciales eran una novedad para nosotros. Todavía no había empezado el auge de esos conglomerados de tiendas en las que se puede pasar el día entero paseando y mirando sin necesidad de comprar nada.
Mi mamá entró en muchas tiendas, de todo tipo. Ya la imagino mirando todo y pensando en los regalitos que podría traer a su vuelta.
De repente, se le acercó una mujer. Se saludaron amablemente, gesto con el que mi mamá pensó que acababa el asunto.
Pero se equivocó, sí, señor.
La mujer era una vendedora de artículos de plata, que ofreció a mi mamá con voz amable. Mi mamá la rechazó con amabilidad recíproca. La mujer insistió. Mi mamá reiteró su negativa.
Comenzó entonces un molesto intento de negociación de parte de la vendedora. Le bajó el precio a las pulseras y aretes que iba sacando de una mochila. A esas alturas, ya mi mamá no le contestaba, casi ni la miraba para no darle la más mínima esperanza de interés.
Transcurrieron varios minutos así hasta que mi mamá, normalmente tan calmada y serena, se hartó. Sin dejar la amabilidad de lado, se volteó y le dijo:
- Gracias, señora, pero yo vengo del país de la plata.
- Ya me imagino -replicó la mujer. Y por fin se fue.
Aunque no hubo testigos del incidente, mi mamá lo contó tantas veces que casi siento como si lo hubiera vivido a su lado.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Ocurrió en un bus

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El domingo 10 de mayo se celebra el Día de la Madre en el Perú y en varios países. Este año, la fecha será diferente para mí, será el primer Día de la Madre desde que mi mamá se fue.
Por eso, quiero recordarla con anécdotas de diferentes momentos de su vida, para que mis lectores conozcan un poquito de esa persona extraordinaria que fue doña América Lina Orbe Riera.
Durante mucho tiempo, mi mamá fue una asidua asistente a los centros integrales del adulto mayor de Miraflores, conocidos como CIAM. Participaba en varias actividades ahí, entre talleres de redacción, tai chi, yoga, coro y varios más. Se hizo de un grupo de amigas con las que ocasionalmente se encontraba para comer o para una escapada vespertina.
Caminaba sin problema una cuadra, la distancia que separaba el CIAM de casa. Así fue hasta que, por razones que sería largo de explicar, el CIAM empezó a usar temporalmente un local bastante cercano, aunque ya no como para ir caminando. Así que mi mamá iba en bus, lo tomaba en la esquina de casa y bajaba en la esquina del local provisional del CIAM. El recorrido le tomaba unos diez minutos.
En una de esas ocasiones en que regresaba a casa después de alguno de sus talleres, se subió al bus con otra señora que también salía del CIAM, aunque de un taller diferente.
Se sentaron juntas y empezaron a conversar. Cada una iba a sus propios talleres, en ninguno coincidían. En el corto trayecto que compartieron, intercambiaron opiniones sobre sus respectivas actividades y conversaron sobre diversas cosas. Lo que se puede decir en un trayecto tan breve.
Al final, mi mamá le pidió el número de teléfono a su interlocutora. La llamó en ese momento, y así cada una guardó el contacto.
Desde ahí, se comunicaban por la aplicación de mensajería instantánea del telefonito verde. Se enviaban videos, memes, poemas, saludos. Siempre por ahí. Nunca más se vieron cara a cara.
El otro día prendí el celular de mi mamá para sacar un número que ella tenía. Y fue así que encontré un mensaje de su amiga del CIAM. Le escribí, la sorprendí con la noticia y entonces entendió la razón del repentino silencio.
Gracias, Maritza, por todo.

lunes, 6 de octubre de 2025

Caminata dominical

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Un domingo cualquiera debes llegar a un sitio querido y conocido. Es un trecho algo largo, pero ya lo has hecho antes. Sabes que te tomará algo más de una hora.
No has avanzado ni una cuadra y ves a dos grupos de ciclistas que van en sentido contrario. Un segundo después, un error de cálculo, un ruido estrepitoso. Te volteas y ves a un ciclista caído, los demás lo ayudan.
Un poco más allá, un perrito empieza a caminar a tu lado. Tiene un chaleco que lo nombra agente canino. Lo tienes a tu lado un largo trecho. Parece solo, seguro está perdido, piensas. En un momento, se desvía y entra a una tienda. Lo píerdes de vista. Pocos metros más allá, te encuentras con un policía municipal, le cuentas del perrito, le indicas la tienda en la que entró. Sigues tu camino con la esperanza de que el perrito también encuentre su camino.
Cruzas dos avenidas transitadas sin problema. Es domingo, piensas, mañana no será tan fácil, y sigues avanzando.
Ya vas casi a mitad de camino y en sentido contrario pasa una pequeña motocicleta que lleva a bordo a un muchacho. Al pasar a tu lado, te sonríe y saluda con un gesto de la mano. Devuelves el saludo. Sientes que es la sonrisa de quien ahora siempre te acompaña a donde vayas.
Paras un momento en una heladería que acabas de descubrir. Pides probar un sabor novedoso, pero al final te decides por uno más tradicional. Acabas tu helado en lo que demoras en caminar tres cuadras. Pronto irás con una persona querida, es una promesa que pronto podrás cumplir.
Cruzas otra avenida transitada, pero esta vez el semáforo te hace esperar largo rato. Paciencia, ya llegará la luz verde.
Ya falta poco para llegar. Haces una última parada para comprar un encargo.
Finalmente, llegas a tu destino. Sonrientes caritas queridas te reciben y te preguntan qué sabor de helado probaste esta vez.

domingo, 15 de junio de 2025

El hombre que hablaba poco

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Tenía 21 años, un oficio y tal vez muchos sueños.
Un tiempo antes, su hermano mayor había viajado a un país lejano y desconocido. Ahora, el hermano le proponía ir a ese país lejano y desconocido a trabajar.
Así que, a los 21 años, metió sus posesiones a una maleta y con sus sueños a cuestas partió por mar. Se despidió de su madre, que se quedó en la puerta de la casa familiar viendo partir a otro hijo. Probablemente, fue una despedida con pocas palabras, tal vez a sus 21 años ya era el hombre que hablaba poco que fue más adelante.
Él volteó muchas veces, y la madre seguía en la puerta, quién sabe si con el corazón con el puño o conteniendo las lágrimas, o ambos. Otro hijo se iba al otro lado del océano. Al llegar al punto en el que debía voltear, giró una vez más para ver a su madre, que seguía en la puerta. Levantó la mano en señal de despedida.
Fue la última vez que se vieron.
Abordó un barco en un puerto del que no quedó registro. Atravesó el océano, llegó a la desembocadura del río más largo y más caudaloso del mundo. Lo navegó a contracorriente y después de quién sabe cuántos días, por fin llegó a esa ciudad amazónica donde lo esperaba su hermano.
Los hermanos empezaron a trabajar juntos en el oficio familiar. Participaron en la construcción de diversos edificios en la ciudad, siempre juntos. Debieron enfrentar un revés económico, del que no vale la pena hablar.
A esas alturas, ya tenía una familia propia. Llegó a tener siete hijos. Siempre siguió en contacto con la familia en su tierra natal.
En algún momento, lo contrataron en una ciudad más pequeña, a donde fue solo, sin el hermano mayor. Unos sacerdotes de la ciudad pequeña le encargaron hacer la iglesia local. Y por un tiempo fue de una ciudad a la otra, siempre por río. Con la corriente a la ida, a contracorriente a la vuelta.
Fueron tantos los viajes que ya no supo cuándo viajaba de ida y cuándo de vuelta. Hasta que decidió trasladarse con toda su familia a la ciudad pequeña. En esa ciudad pequeña empezaron a hacerle diversos encargos de construcción. Y fueron tantos los encargos que su nombre estaba por todos lados, en la iglesia, en la plaza, en el colegio de niños, en el colegio de niñas, en la municipalidad, en el hospital y en tantos otros. Tiene su nombre hasta en una calle de la ciudad pequeña.
Andaba con una cinta métrica plegable en el bolsillo, su inseparable herramienta de trabajo.
Tuvo nietos, que lo conocieron y lo recuerdan con infinito cariño.
Tuvo bisnietos, que no lo conocieron, pero que siempre oyeron hablar de él.
Terminó sus días en la ciudad pequeña.
Desde acá, en este Día del Padre, unas líneas dedicadas a mi bisabuelo, José Riera Torra, que nació en Rajadell, Barcelona, España en 1888, y murió en Yurimaguas, Loreto, Perú en 1965, a quien no conocí, pero de quien siempre oí hablar.
Siempre oí hablar del hombre que hablaba poco.