miércoles, 6 de mayo de 2026

Ocurrió en un bus

Imagen
El domingo 10 de mayo se celebra el Día de la Madre en el Perú y en varios países. Este año, la fecha será diferente para mí, será el primer Día de la Madre desde que mi mamá se fue.
Por eso, quiero recordarla con anécdotas de diferentes momentos de su vida, para que mis lectores conozcan un poquito de esa persona extraordinaria que fue doña América Lina Orbe Riera.
Durante mucho tiempo, mi mamá fue una asidua asistente a los centros integrales del adulto mayor de Miraflores, conocidos como CIAM. Participaba en varias actividades ahí, entre talleres de redacción, tai chi, yoga, coro y varios más. Se hizo de un grupo de amigas con las que ocasionalmente se encontraba para comer o para una escapada vespertina.
Caminaba sin problema una cuadra, la distancia que separaba el CIAM de casa. Así fue hasta que, por razones que sería largo de explicar, el CIAM empezó a usar temporalmente un local bastante cercano, aunque ya no como para ir caminando. Así que mi mamá iba en bus, lo tomaba en la esquina de casa y bajaba en la esquina del local provisional del CIAM. El recorrido le tomaba unos diez minutos.
En una de esas ocasiones en que regresaba a casa después de alguno de sus talleres, se subió al bus con otra señora que también salía del CIAM, aunque de un taller diferente.
Se sentaron juntas y empezaron a conversar. Cada una iba a sus propios talleres, en ninguno coincidían. En el corto trayecto que compartieron, intercambiaron opiniones sobre sus respectivas actividades y conversaron sobre diversas cosas. Lo que se puede decir en un trayecto tan breve.

Al final, mi mamá le pidió el número de teléfono a su interlocutora. La llamó en ese momento, y así cada una guardó el contacto.
Desde ahí, se comunicaban por la aplicación de mensajería instantánea del telefonito verde. Se enviaban videos, memes, poemas, saludos. Siempre por ahí. Nunca más se vieron cara a cara.
El otro día prendí el celular de mi mamá para sacar un número que ella tenía. Y fue así que encontré un mensaje de su amiga del CIAM. Le escribí, la sorprendí con la noticia y entonces entendió la razón del repentino silencio.
Gracias, Maritza, por todo.

lunes, 6 de octubre de 2025

Caminata dominical

Imagen
Un domingo cualquiera debes llegar a un sitio querido y conocido. Es un trecho algo largo, pero ya lo has hecho antes. Sabes que te tomará algo más de una hora.
No has avanzado ni una cuadra y ves a dos grupos de ciclistas que van en sentido contrario. Un segundo después, un error de cálculo, un ruido estrepitoso. Te volteas y ves a un ciclista caído, los demás lo ayudan.
Un poco más allá, un perrito empieza a caminar a tu lado. Tiene un chaleco que lo nombra agente canino. Lo tienes a tu lado un largo trecho. Parece solo, seguro está perdido, piensas. En un momento, se desvía y entra a una tienda. Lo píerdes de vista. Pocos metros más allá, te encuentras con un policía municipal, le cuentas del perrito, le indicas la tienda en la que entró. Sigues tu camino con la esperanza de que el perrito también encuentre su camino.
Cruzas dos avenidas transitadas sin problema. Es domingo, piensas, mañana no será tan fácil, y sigues avanzando.
Ya vas casi a mitad de camino y en sentido contrario pasa una pequeña motocicleta que lleva a bordo a un muchacho. Al pasar a tu lado, te sonríe y saluda con un gesto de la mano. Devuelves el saludo. Sientes que es la sonrisa de quien ahora siempre te acompaña a donde vayas.
Paras un momento en una heladería que acabas de descubrir. Pides probar un sabor novedoso, pero al final te decides por uno más tradicional. Acabas tu helado en lo que demoras en caminar tres cuadras. Pronto irás con una persona querida, es una promesa que pronto podrás cumplir.
Cruzas otra avenida transitada, pero esta vez el semáforo te hace esperar largo rato. Paciencia, ya llegará la luz verde.
Ya falta poco para llegar. Haces una última parada para comprar un encargo.
Finalmente, llegas a tu destino. Sonrientes caritas queridas te reciben y te preguntan qué sabor de helado probaste esta vez.

domingo, 15 de junio de 2025

El hombre que hablaba poco

Imagen
Tenía 21 años, un oficio y tal vez muchos sueños.
Un tiempo antes, su hermano mayor había viajado a un país lejano y desconocido. Ahora, el hermano le proponía ir a ese país lejano y desconocido a trabajar.
Así que, a los 21 años, metió sus posesiones a una maleta y con sus sueños a cuestas partió por mar. Se despidió de su madre, que se quedó en la puerta de la casa familiar viendo partir a otro hijo. Probablemente, fue una despedida con pocas palabras, tal vez a sus 21 años ya era el hombre que hablaba poco que fue más adelante.
Él volteó muchas veces, y la madre seguía en la puerta, quién sabe si con el corazón con el puño o conteniendo las lágrimas, o ambos. Otro hijo se iba al otro lado del océano. Al llegar al punto en el que debía voltear, giró una vez más para ver a su madre, que seguía en la puerta. Levantó la mano en señal de despedida.
Fue la última vez que se vieron.
Abordó un barco en un puerto del que no quedó registro. Atravesó el océano, llegó a la desembocadura del río más largo y más caudaloso del mundo. Lo navegó a contracorriente y después de quién sabe cuántos días, por fin llegó a esa ciudad amazónica donde lo esperaba su hermano.
Los hermanos empezaron a trabajar juntos en el oficio familiar. Participaron en la construcción de diversos edificios en la ciudad, siempre juntos. Debieron enfrentar un revés económico, del que no vale la pena hablar.
A esas alturas, ya tenía una familia propia. Llegó a tener siete hijos. Siempre siguió en contacto con la familia en su tierra natal.
En algún momento, lo contrataron en una ciudad más pequeña, a donde fue solo, sin el hermano mayor. Unos sacerdotes de la ciudad pequeña le encargaron hacer la iglesia local. Y por un tiempo fue de una ciudad a la otra, siempre por río. Con la corriente a la ida, a contracorriente a la vuelta.
Fueron tantos los viajes que ya no supo cuándo viajaba de ida y cuándo de vuelta. Hasta que decidió trasladarse con toda su familia a la ciudad pequeña. En esa ciudad pequeña empezaron a hacerle diversos encargos de construcción. Y fueron tantos los encargos que su nombre estaba por todos lados, en la iglesia, en la plaza, en el colegio de niños, en el colegio de niñas, en la municipalidad, en el hospital y en tantos otros. Tiene su nombre hasta en una calle de la ciudad pequeña.
Andaba con una cinta métrica plegable en el bolsillo, su inseparable herramienta de trabajo.
Tuvo nietos, que lo conocieron y lo recuerdan con infinito cariño.
Tuvo bisnietos, que no lo conocieron, pero que siempre oyeron hablar de él.
Terminó sus días en la ciudad pequeña.
Desde acá, en este Día del Padre, unas líneas dedicadas a mi bisabuelo, José Riera Torra, que nació en Rajadell, Barcelona, España en 1888, y murió en Yurimaguas, Loreto, Perú en 1965, a quien no conocí, pero de quien siempre oí hablar.
Siempre oí hablar del hombre que hablaba poco.

lunes, 12 de mayo de 2025

Punto de encuentro

Imagen
Era día de fiesta en el colegio grande. Así que fueron todos, grandes y niños, padres e hijos, a celebrar la fiesta.
Durante horas, los cuatro niños jugaron, entraron y salieron del colegio. Lo conocían bien. Era el colegio del que serían alumnos cuando les llegara el momento.
Así pasaron horas y casi llegó la noche. La fiesta estaba por terminar, pero los niños eran ajenos al tiempo, a la hora. Siguieron entrando y saliendo del colegio sin pensar en nada más que en divertirse.
Finalmente, cuando quisieron entrar una vez más, ya no pudieron. La marea de gente que salía los empujó hacia afuera. Se quedaron juntos, parados y sin saber qué hacer más que esperar. Cuando la marea humana amainó, llegaron al lugar donde habían estado sentados sus padres y sus tíos, y lo encontraron vacío. Y casi no quedaba nadie dentro del colegio.
Quedaron con el miedo en el cuerpo por no saber qué hacer ni a dónde ir.
Salieron del colegio. La gente ya iba subiéndose a sus autos, ya se iban. Y ellos seguían sin saber qué hacer.
Hasta que uno de los niños recordó: "mi papá siempre dice que, si nos perdemos, vayamos al auto a esperarlo, que en algún momento llegará". Vino el debate de a qué auto, al del papá de quién. Y finalmente optaron por el del papá de quien dio la idea.
Juntos los cuatro caminaron hasta llegar al auto y se pararon a su costado. Ya era casi totalmente de noche. Pasó un rato de incertidumbre, el miedo de los niños creía.
De repente, uno de los tíos de la comitiva familiar los encontró. La historia tuvo final feliz.
El sabio consejo del padre fue salvador.