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viernes, 28 de agosto de 2015

Hombres rudos al rescate

Yo tendría unos doce o trece años, no lo recuerdo muy bien. Lo que sí recuerdo muy bien es que era verano y hacía calor.

Esa tarde de verano, en plenas vacaciones escolares, mi mamá debía llevar el carro a pasar el trámite de la revisión técnica. Era un trámite relativamente fácil, pero se hacía pesado pues eran contados los lugares autorizados para hacerla y todos quedaban lejos y en lugares que yo calificaría como poco seguros. Pero las disposiciones hay que cumplirlas, así que no había vuelta que darle.

Fui con mi mamá esa tarde. El carro estaba en buenas condiciones, a pesar de que no era nuevo, pues previsoramente, se le hacía pasar por una revisión técnica previa con el mecánico de toda la vida que lo dejaba a punto para pasar la revisión oficial con una nota sobresaliente.

El lugar elegido para la revisión fue el local que quedaba más cerca de donde vivíamos en ese tiempo. Así que para allá fuimos. Al llegar, pensamos erradamente que estábamos al final de la fila de autos, así que nos pusimos en lo que creíamos era el lugar que nos correspondía. A los pocos minutos, vino un señor que nos indicó con buenas maneras que la cola no terminaba ahí, sino mucho más atrás.

Con resignación, mi mamá emprendió la marcha hacia el lugar correcto. Salió de nuevo a la pista, que no era pista propiamente, pues en realidad era un piso de tierra lleno de irregularidades. Llegado un punto, debía retroceder para retomar el camino, y para mala suerte, una de las llantas traseras se quedó metida en un hueco que se no veía, justamente porque el piso era sumamente irregular.

¿Qué hacer? Acelerar no fue la solución, el hueco era muy grande y la potencia no era suficiente para hacer salir el vehículo de donde estaba. Así que la única solución posible era recurrir a un servicio de grúas que venía al rescate luego de una llamada telefónica.

No eran tiempos de celulares. Eran tiempos de teléfonos públicos, de tiendas de barrios que alquilaban el teléfono. Recordemos que no era una zona muy segura, pero mi mamá no tuvo más remedio que salir a buscar un teléfono para llamar al servicio de grúas o a alguien que acudiera en su auxilio. Me dejó dentro del carro cerrado, me entregó la llave y se fue.

Recuerdo que la vi partir hacia la avenida importante que estaba a una cuadra del lugar de los hechos. Recuerdo no haber sentido nada de miedo, nada de aprensión. Simplemente me senté a esperar.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando un hombre rudo y bastante mal encarado se acercó al carro y me preguntó qué había pasado. Le contesté desde mi sitio que la llanta de atrás se había metido a un hueco, y él se fue a analizar la situación. Volví a ver su cara por la ventana y me dijo: "no te preocupes, acá lo solucionamos. ¿Tienes la llave?"

Sin dudarlo un segundo, se la entregué. Inmediatamente, el hombre dio tres gritos y aparecieron tres hombres más, que casi parecían gemelos del primero.

Me preguntaron si tenía gata*, y les dije que miraran en la maletera. La abrieron con la llave, sacaron la gata con el aparato y levantaron el carro por un lado. Entonces el primero de los hombres rudos se subió al carro y lo prendió. Aceleró, pero no pasó nada. Así que de la nada, dos de los otros hombres sacaron dos gatas y las acomodaron en otros dos puntos del carro. El primer hombre rudo, que en ningún momento se bajó del carro, volvió encenderlo y aceleró.

Esta vez sí, el auto avanzó y salió del hueco. Los hombres rudos recuperaron sus gatas, guardaron la que habían sacado de la maletera y el primer hombre rudo me devolvió las llaves. Recién ahí me preguntó por qué estaba sola en ese sitio, y le conté la historia de la revisión técnica y la confusión de la fila.

El hombre se bajó, no sin antes ponerle seguro a la puerta. No lo vi más, ni a ninguno de los otros hombres rudos.

En ningún momento sentí el más mínimo temor, a pesar de que la zona no era nada segura, de que el aspecto de los hombres era temible, de que tuvieron las llaves del carro en la mano por un rato. A pesar de todo, no dudé de ellos ni por un instante.

A los pocos minutos, apareció mi mamá. Venía a decirme que no había encontrado ningún teléfono y que no sabía qué hacer. Grande fue su sorpresa al ver que el carro ya estaba fuera del hueco. Más grande aun cuando le conté cómo había sido. El remate fue cuando, nuevamente de la nada, apareció un hombre nada rudo y le dijo que se pusiera en el primer lugar de la fila y que pasara la revisión técnica de una vez.

A veces los ángeles vienen mal vestidos, con aspecto rudo y hablando a gritos.

* Es como llamamos en el Perú a lo que en otros países conocen como gato o gato hidráulico.

martes, 16 de junio de 2015

La bocamina cerrada

Volviendo a las historias misteriosas, cuento acá algo que le pasó a alguien que conozco de toda la vida. Tengo la autorización para narrar la historia que viene a continuación.
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Un ingeniero, al que llamaré Benjamín, trabajó un tiempo en una mina en el interior del Perú. Tenía a su cargo a un grupo de operarios originarios de la zona que conocían bien los alrededores del asentamiento minero. Con una mezcla de cariño y respeto, a Benjamín lo conocían como Inge, nombre corto de ingeniero.

Un día, Benjamín y un grupo de trabajadores se adentraron en la mina para realizar unas obras de apuntalamiento de las paredes para que no se debilitaran a causa de las excavaciones. Eran cinco, todos guiados por uno de los trabajadores, que estaba muy familiarizado con las rutas que había dentro de la mina.

Cuando llegaron al punto en que debían trabajar, uno de los trabajadores se dio cuenta de que no había llevado su material completo. Para no perder más tiempo que ya perderían por el olvido, Benjamín anunció que él saldría solo y regresaría con las herramientas que se quedaron afuera. Así, el grupo podría ir avanzando en otras labores mientras esperaban su regreso.

El papá de un amigo de Benjamín, un experimentado ingeniero de minas, le había dicho al saber que iría a trabajar a una mina, que nunca, por ningún motivo, bajo ninguna circunstancia y por más fácil que pareciera, nunca jamás entrara o saliera solo de la mina. Demasiado tarde recordó Benjamín la recomendación de su viejo colega, cuando llegó a una encrucijada. No sabía si debía ir a la derecha o a la izquierda. Retomar sus pasos hubiera significado demorar aun más los planes de ese día.

No sabía qué hacer. No sabía qué camino tomar. No quiso dejarse llevar por el miedo, pero lo empezaba a sentir.

De repente, delante de él, vio un pequeñísimo punto de luz que crecía imperceptiblemente. También empezó a percibir un sonido. El inequívoco sonido de uno de esos vehículos que se usan dentro de las minas para llevar personal y material de un lugar a otro.

Se quedó donde estaba, esperando que pasara el vehículo para luego seguir el mismo camino por el que este estaba usando. Se alegró de la coincidencia de que justo otra persona viniera a su encuentro y le mostrara la ruta a seguir. El sonido y la luz se acercaron cada vez más hasta que estuvieron a su lado. Subido encima del carrito venía un trabajador al que Benjamín nunca antes había visto. El hombre venía muy tranquilo, con las manos detrás de la cabeza, tarareando una canción que Benjamín no reconoció.

Cuando estuvo a su costado, los dos hombres se miraron. El del carrito dejó de cantar, lo miró y lo saludó con un movimiento de cabeza: "Inge, ¿cómo está?" Y luego, siguió su camino sin esperar respuesta.

Así que Benjamín caminó por ahí hasta que llegó a la salida. Ya afuera, se encontró con otro ingeniero y otro grupo de trabajadores que lo miraron intrigados. Les contó del olvido de los materiales y que debía ir a buscarlos para entregárselos al grupo que había entrado con él. El ingeniero le preguntó: "¿por dónde has salido?"

Benjamín le señaló la bocamina y en breves frases detalló de su momentánea pérdida y de cómo un trabajador que no recordaba haber visto antes le había dado la pista de la ruta a seguir. El ingeniero lo miró incrédulo y luego de una pausa atinó a decirle: "pero si esa bocamina está cerrada hace más de veinte años".

Cuando Benjamín volteó a mirar el breve trecho que había desde donde estaba parado en ese instante al punto por donde había salido, lo único que vio fue un lugar en el que parecía que nadie había puesto un pie en muchísimo tiempo.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Otros ángeles mecánicos

Después de la historia de los ángeles mecánicos, me mandaron otra historia que con permiso de quien me la envió, publico a continuación.
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Iba yo manejando mi carro por la Vía Expresa, una vía rápida en Lima que tiene pasos a desnivel y puentes. Para salir de la vía, hay varias pistas laterales en subida con espacio para dos carros, de aproximadamente 100 metros de largo.

Subía yo con la mayor tranquilidad, cuando el carro comenzó a fallar y a más o menos a la mitad del ascenso, se apagó sin más. Con mucho miedo, puse el freno de mano mientras trataba de encenderlo una y otra vez. Pero nada. No me quedó otra solución que salir del carro, esperando que a mi lado no pasara otro a gran velocidad.

Dejé el auto a medio camino de la subida con la idea de buscar un teléfono público para pedir una grúa de auxilio mecánico que sacara mi auto, y a mí, de esa peligrosa situación. Eran otras épocas, no había celulares... que fácil sería ahora.

Caminé algunas cuadras, pero no encontré ningún teléfono. Así que regresé a donde estaba mi carro pensando que tal vez podía esta vez arrancar el motor. Por mi lado pasaban algunos autos y hasta me tocaban la bocina con insistencia, en medio de mi angustia porque el motor seguía sin arrancar.

Estaba en esas cuando a mi lado, en plena subida se detuvo una grúa. Sí señores, una grúa, sin marcas ni nombres de ninguna empresa, pero una grúa al fin y al cabo. Me dijo el chofer por la ventana: ¿quiere que le ayude a salir? Le dije que si moviendo la cabeza con una mezcla de desesperación y alivio.

Entonces se puso delante de mi carro, bajó de la grúa y colocó una enorme cadena. Me hizo señas para que me sentara a su lado y así los dos, sentados en la grúa avanzamos, mientras la cadena jalaba mi carro. Así subimos y llegamos a una zona segura, a dos cuadras de distancia.

Ahí bajamos los dos, y él sacó la cadena. Entonces le pregunté: ¿cuánto le debo? Me hizo una señal negativa con la mano, sin decir palabra. Luego volvió a entrar a la grúa y se fue, muy tranquilo.

Yo subí a mi carro que comenzó a funcionar perfectamente. No alcanzaba a comprender y hasta ahora no entiendo qué fue lo que pasó. Por qué pasaba esa grúa por una vía de alto tránsito, por qué subió por esa salida, por qué no pasaron otros carros por esa misma vía mientras el hombre colocaba la cadena y salía arrastrando el mío.

Nunca lo sabré. ¿Fue o no un ángel? ¿O una suma de coincidencias? Lo dejo al criterio de quien lea esto.
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En el Perú como en muchos otros países, este domingo se celebra el Día de la Madre. Que lo pasen lindo las mamás que pasen por este blog. A mis amigas españolas, que lo celebran el primer domingo de mayo, les deseo que lo hayan pasado genial.

miércoles, 29 de abril de 2015

Ángeles mecánicos

Esta historia me la contó hace algunos meses un taxista, al que llamaremos Pablo, cuando me llevaba a casa luego de una reunión de trabajo.

Era cerca de las 11 de la noche, de una noche fría y húmeda como saben ser las noches de Lima a mediados de año. Pablo iba solo, ya pensando en dar por cerrada la jornada y encaminarse a su casa. Estaba en un barrio residencial de una zona bastante acomodada, no había nadie caminando por la calle y pasaban poquísimos carros.

De repente, su carro se paró. Tosió unas cuantas veces y luego, nada. Silencio absoluto. Como decimos acá, Pablo se quedó botado. Él sabía que no se le había acabado el combustible pues hacía pocas horas había surtido cantidad suficiente para dos días más. Intentó empujar, pero para su mala suerte estaba en una calle cuesta arriba y su esfuerzo era en vano, pues lograba avanzar muy poco y el carro retrocedía ni bien lo soltaba. Encima, quedaba más atrás del punto de inicio. Su carro era bastante nuevo, tenía poco más de un año de uso, y eso hacía que el desperfecto fuera poco común.

De repente, pasó otro taxi por su costado. Al verlo, el otro taxista paró y le preguntó si necesitaba combustible. Cuando Pablo le explicó que el problema no era ese y le pidió que lo ayudara a empujar, el taxista le respondió que no. Sin más, se fue, dejando solo a Pablo.

Su celular no tenía crédito, y de todas maneras, no hubiera tenido a quién llamar para pedir ayuda. Cuando ya se había hecho la idea de tener que esperar a la mañana para encontrar una solución, apareció un auto nuevo, costoso, uno de esos carros alemanes que impresionan solamente con verlos. Dentro del carro estaba una pareja, no mayores de 40 años. Ambos estaban impecablemente vestidos, aunque no de etiqueta ni en traje de noche, pero se podía ver que venían de un compromiso social.

El hombre bajó la ventana y le preguntó si el problema se debía a falta de combustible. Como pasó con el taxista, cuando le explicó que lo que necesitaba era que alguien empujara, el hombre se excusó y se fue.

De nuevo solo, Pablo estaba sopesando sus pocas opciones, cuando vio que el carro nuevo regresaba. La pareja se bajó del carro, y le dijeron que lo iban a ayudar a empujar el taxi. La chica que iba en el carro lujoso tenía zapatos con tacos altos, pero igual, se dispuso a empujar.

Así, entre los tres, empujaron cerca de una cuadra, con la idea de que el taxi de Pablo avanzara de la calle cuesta arriba y saliera de ahí. Luego de un rato de esfuerzo conjunto, el hombre del carro lujoso le dijo a la chica que acercara su auto. Ya estaban un poco lejos y el carro estaba abierto.

Ella se fue y al poco rato llegó manejando el carro. Ya en ese momento, el taxi de Pablo había alcanzado un punto en el que el camino era cuesta abajo y él podía arreglárselas solo. Pablo les agradeció sinceramente. La pareja se despidió. Se dieron la mano y de nuevo se quedó solo.

Empujó el carro, que esta vez arrancó sin problemas.

"¿Sabe qué creo?", me dijo Pablo al terminar su historia. "Que esa pareja eran dos ángeles que llegaron a ayudarme en un momento sumamente difícil. Yo antes creía que la gente de plata era déspota, egoísta. Pero, ¿ya ve? El que yo pensaba que me iba a ayudar, el otro taxista, me dejó solo sin importarle nada. Y la pareja que me ayudó, a ellos no les importó ensuciar sus elegantes ropas ni arriesgarse en medio de la noche para ayudar a un desconocido. Desde ahí, aprendí a no juzgar a nadie por si tiene o no plata".

Le dije a Pablo que coincidía con su apreciación. Y así es.
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Esta es una historia que me parece que vale la pena compartir.



jueves, 25 de septiembre de 2014

Las gotas que volvieron

Esta historia es prestada, me la contó una persona que me autorizó a usarla en el blog. Así que, con ese permiso, la cuento.
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Era una una tarde fría, como los últimos días de este invierno que no quiere irse. Salía del complejo médico en el que había pasado buena parte de la tarde, tras la consulta con un oftalmólogo. Iba un poco mareada por unas gotas que me pusieron para verme el fondo de ojos. Tras una larga espera, finalmente llegó mi ansiado turno. El médico me atendió, recibí papeletas con citas para nuevos exámenes, y lo que más esperaba: las gotas que me aplico religiosamente todas las noches y que tienen un alto precio en las farmacias.

Ya en la calle, tomé un taxi para ir a casa, en medio del tremendo tráfico de la llamada hora punta. El taxista era un joven atento y muy correcto, y tomó el camino a mi casa por la ruta más corta, como yo le indiqué. Llegamos a mi destino, le pagué lo acordado y entré al edificio donde vivo.

Ya dentro de mi casa, me dispuse a arreglar mis cosas y poner todo en su lugar. Fue ahí que me di cuenta de que no veía la bolsa que me dieron después de mi cita, la pequeña bolsa donde había guardado los frascos con las gotas y las papeletas de las nuevas citas. Busqué y busqué, miré dos y hasta tres veces en los mismos cajones y rincones sin éxito. Así pasó cerca de media hora, hasta que tuve que decirme resignadamente que había olvidado la bolsita en el taxi. "Toda la tarde perdida y sin conexiones para seguir el tratamiento. La dejé en el taxi, mejor lo doy por perdida", reflexioné tristemente.

Fue un momento de confusión, pero felizmente no duró mucho.

En el preciso instante en que el pensamiento de confusión cruzaba mi cabeza, escuché un timbre que no era el de mi departamento, sino el del costado, Aun así, yo estaba segura de que era mi taxista. Entonces salí corriendo y ahí estaba efectivamente el hombre, tocando todos los timbres y mirando todas las ventanas para ver si acertaba y divisaba mi cara. Por fin me vio, me dijo que venía a entregarme la bolsa que dejé olvidada en su taxi. Le agradecí mucho y le dije, hoy le va a pasar algo muy bueno, por este acto de bondad que acaba de hacer. Que Dios lo bendiga. Lo único que pensé en ese momento era cuánto habría recorrido ya, a una hora en que todo lo que hay en la calle son autos, personas apuradas, bocinazos, apuro, impaciencia, este hombre se había tomado la molestia y el esfuerzo de regresar a mi casa, a la casa de una desconocida cuyo nombre ni siquiera sabía, solamente para devolverme una bolsita muy valiosa para mí, pero que para él no significaba gran cosa.

Claro que hay gente buena y generosa en el mundo. Hechos así nos devuelven la fe en la humanidad.

viernes, 10 de enero de 2014

Regalo de Navidad

Alguien que lee mi blog con religiosa frecuencia me hizo llegar esta historia con la idea de darla a conocer por este medio. Así que, acá va.
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Y después dicen que los milagros no existen.

Durante muchos años, un jardinerito venía cada dos semanas a arreglar el pequeño jardín que tengo al fondo de mi casa. De un momento a otro, dejó de venir, y las plantitas languidecían pues nunca me acordaba de regarlas.

Un día encontré a otro jardinero, un señor bastante mayor que vino con su bolsita de plantas y me dio un buen jalón de orejas por haber descuidado tanto el jardincito. Me dijo que otro día iba a traer manzanilla, romero, orégano y hierbabuena para sembrar en la tierra.

Efectivamente, la siguiente vez que vino trajo las hierbitas y comenzó a trabajar en el jardín. Yo estaba en la cocina escuchando la radio, como acostumbro. De vez en cuando iba a verlo y él seguía trabajando. En un momento, mientras cocinaba, recordé que hacía rato no había ido a verlo, y lo encontré muy enojado. Me dijo que yo lo había encerrado por desconfiada, que a él otras personas le daban la llave de su casa, que se había cansado de gritar porque tenía que ir a hacer otros trabajos.

Yo en ese momento me di cuenta de que la chapa de la puerta del jardincito estaba trabada, por eso él se había quedado encerrado. Me deshice en disculpas, le expliqué que no lo escuché porque la cocina está un poco lejos y yo tenía encendida la radio. Nada, el señor seguía muy enojado insistiendo en que yo lo había encerrado por desconfiada.

En verdad, a mí pocas cosas me molestan, pero al verme injustificadamente acusada, perdí la paciencia, le pagué lo que me pidió, lo hice salir de la casa y le tiré la puerta. Creo que fue la primera vez en mi vida que tuve un gesto tan violento.

De esto han pasado cuatro meses. No lo volví a ver. El recuerdo de ese momento violento me persiguió todo el tiempo.

Arrepentida, rezaba por él, pidiéndole perdón. Lo recordaba, viejito, encorvado, con su bolsita en el brazo, y me sentía muy mal por haberlo tratado así. Pero la mañana siguiente a la Navidad, apareció el señor. Tocó el timbre, tenía su bolsita con plantitas en el brazo. Yo no lo podía creer. Le dije, señor, ¿usted es el que se molestó conmigo? Se rio, si señora, usted me encerró. No, le dije, la puerta estaba trabada, ya la mandé a arreglar para que no vuelva a ocurrir.

Así que fue al jardincito, arregló las plantitas, me dio su teléfono para una próxima vez, nos saludamos por Navidad y se fue bien contento.

Y luego dicen que no existen los milagros de Navidad.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Crónicas de viaje: Ángeles en Cuenca

El día amaneció lluvioso en Loja, y más o menos a las 10 am, Pepe, Mari y yo partimos hacia Cuenca.

El carro estaba con un defecto que se hizo más notorio cuesta arriba, y el camino de Loja a Cuenca es cuesta arriba prácticamente en su totalidad. El tiempo estimado de viaje aumentó considerablemente por este motivo, por lo que Pepe decidió buscar un concesionario de la marca del carro ni bien llegáramos a Cuenca.

No es fácil encontrar un lugar cuya dirección no se tiene en una ciudad que no se conoce. Así que la decisión fue preguntar. Y el elegido fue un taxista, cuyo vehículo quedó detenido a nuestro lado en una luz roja. Mari bajó la ventana y le preguntó al taxista si conocía el lugar que buscábamos. Sin dudarlo y a pesar de tener pasajeros, su respuesta fue "sígame, yo voy en esa dirección".

Recorrimos un buen trecho detrás del taxista, mientras el carro se resistía a avanzar. En un momento, el taxista sacó la mano por la ventana y señaló el camino a seguir. Él se fue por un lado, y nosotros seguimos por donde nos había indicado.

Primer ángel de Cuenca.

Al cabo de unos minutos, divisamos el conocido logo de las tres letras. Nos recibió el Jefe de Taller, quien al escuchar el problema, nos pidió que lo esperáramos pues iba a hacer que uno de los mecánicos probara el carro.

Mientras esperábamos, la recepcionista del concesionario nos preguntó de dónde veníamos. Mari se puso a conversar con ella, y le pidió que nos recomendara un hotel. De inmediato, comenzó a hacer una serie de llamadas telefónicas buscándonos un lugar para alojarnos. De un momento a otro, recordó que un cliente del taller era dueño de un hotel, así que lo llamó. El lugar tenia sitio para tres pasajeros, y nuestra reserva quedó hecha por teléfono.

Segundo ángel de Cuenca.

El Jefe de Taller regresó y explicó el defecto que había encontrado en el carro. Sugirió dejarlo hasta el día siguiente para que lo solucionaran. Tomamos un taxi al hotel, a donde llegamos como a las 6 pm. El personal de la recepción nos estaba esperando. El hotel resultó ser sumamente acogedor. Casi de inmediato salimos a comer. Había sido un largo día, desde la partida de Loja a las 10 am.

Al día siguiente, el Jefe de Taller dijo que no había podido reparar la falla, pero que había tratado de darle una solución provisional para poder llegar seguros a Guayaquil, pues manifestó que su principal responsabilidad es la seguridad de los clientes. Nos explicó cómo llegar a la carretera a Guayaquil indicándonos con un plano.

Tercer ángel de Cuenca.

Se hacía largo el trecho y, pensando que nos habíamos pasado de la salida, paramos en un grifo(*) a pedir mayores indicaciones. El trabajador del grifo parecía no conocer el camino, pero otro cliente que también estaba abasteciendo de combustible nos dijo "síganme, yo también voy para allá". En un momento ya en la carretera, lo perdimos de vista y pensamos que ya se había adelantado definitivamente. Pero no, se había detenido a un lado del camino a esperarnos. Pepe le dijo que no se preocupara, que ya podíamos seguir solos. Nos deseó buen viaje y partió

Cuarto ángel de Cuenca.

Recibimos la ayuda de cuatro ángeles en menos de 24 horas. ¿Se puede pedir más?

(*) Grifo es como llamamos en el Perú a las estaciones de servicio.
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Tengo nuevo post en Global Voices en inglés y en castellano.


jueves, 12 de agosto de 2010

Crónicas de viaje - Nueva York

Lo que cuento a continuación me pasó de verdad, hace 5 años, la primera (y hasta ahora única) vez que estuve en Nueva York.
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La cuarta estación

Estaba de vacaciones en Nueva York. Era mi primera visita a esa ciudad y estaba un poco ansiosa.

Estaba alojada en casa de C, una de mis mejores amigas del colegio, que en esos tiempos vivía bastante cerca de la Gran Manzana. La idea era que yo pasara unos días en Nueva York para conocer todo cuanto pudiera. Dadas las obligaciones laborales de C, tendría que hacerlo sola. Lo que si haríamos juntas sería el viaje de ida en tren, con ella como mi guía.

Así que, ni bien llegué de Lima, tomamos juntas el tren a Nueva York. Una vez en el tren las instrucciones fueron precisas: “te bajas en esta estación, buscas en el tablero que está ahí y te fijas en el número del andén. Vas para allá y esperas al tren. Como ves, pasan cada media hora más o menos. Si no alcanzas el tren, lo peor que puede pasar es que tengas que esperar el siguiente. Una vez dentro del tren, solamente tienes que contar cuatro paradas. Te bajas en la cuarta, que es fácil de distinguir porque es enorme. Para el regreso, el camino es inversamente igual”.

Repetí para acordarme: tengo que bajarme en la cuarta estación para el cambio de trenes. Ese segundo trayecto en tren era fácil, porque debía llegar a la última estación. C me estaría esperando, y si no estaba, podía esperarla o llamarla por teléfono.

Parecía muy fácil.

C se regresó a su casa y me quedé sola, alojada en un simpático y barato hotel.

Luego de cinco días de ir caminando a tantos sitios como pude, comiendo lo que podía, durmiendo lo menos posible para aprovechar el tiempo en conocer lo más posible, llegó el momento de regresar a la casa de C.

Fui a esa enorme estación, tantas veces vista en tantísimas películas, compré mi boleto, me fijé en los horarios y esperé un poco menos de media hora. Mi cansancio era tremendo.

Finalmente llegó el tren y me subí. Miré vagamente a los pocos pasajeros que estaban dentro, todos metidos en lo suyo. Todos viajaban solos. Escogí un asiento y me senté. Cuando el tren empezó a avanzar, mis nervios regresaron.

A los pocos minutos, el tren paró en la primera estación. Faltaban tres más. Todo estaba saliendo bien. Los nervios empezaron a disminuir.

De repente, al otro lado del pasillo, un poco más adelante de mi asiento, vi que un hombre me miraba fijamente. Tenía la mirada más dulce que había visto jamás en mi vida. Sonriéndome, movió la cabeza mientras me miraba y murmuró algo que no llegué a escuchar. Con toda mi desconfianza, decidí ignorarlo y mirar hacia otro lado. Pero sus ojos eran tan tranquilizadores. Volví a mirarlo: seguía murmurando mientras señalaba algo con la cabeza. Seguí con los ojos hacia donde señalaba, y entonces vi la estación. La estación que se suponía que era la cuarta parada. ¿Cómo así pasó a ser la segunda?

Me paré apresuradamente. Pasé al lado de este hombre, y recién ahí me di cuenta de su elegantísimo e impecable terno de tres piezas. Creo recordar que hasta tenía sombrero. Fue ahí cuando entendí claramente lo que decía: “esta es tu estación”. Asombrada, apenas pude agradecerle con un movimiento de cabeza antes de salir casi corriendo del tren.

Me quedé en la plataforma, sin poder hablar.

La gente que iba y venía me hizo reaccionar. Con las justas pude ver a qué andén tenía que ir, y con las justas pude subir al segundo tren. Me subí, pero seguía sin salir de mi asombro. Tenía un lío en la cabeza: ¿de dónde había salido ese hombre? ¿En qué momento se subió al tren? Estoy segura de que no estaba ahí cuando me subí. Con toda certeza, hubiera notado a un hombre tan elegantemente vestido. Ciertamente, hubiera notado esa mirada serena, inolvidable.

Entonces me di cuenta: de no haber sido por él, me hubiera quedado tranquilamente en el tren esperando la cuarta estación. ¿Dónde estaría en ese preciso momento? De puro miedo, descarté la idea.

Han pasado años de esto, y sigo sin tener respuestas. Me gusta pensar que era mi siempre atento y elegantemente vestido ángel de la guarda.
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No sé qué fiebre les ha dado a muchos alcaldes de Lima, que de un momento a otro están gastando recursos en "adornar" las veredas con unos ladrillos rojos. No se puede negar que se ven muy bonitos, pero no son nada prácticos. Además, más necesarias son las reparaciones de las pistas y veredas, muchas de ellas en estado realmente lamentable.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Esta vez me tocó a mí...

Hace algunos meses, les contaba yo de un ángel mensajero que me alegró el día. Fue una cosa muy simple, pero que llegó en el momento justo.

Traigo esta historia a colación porque resulta que esta vez me tocó ser el ángel mensajero de otra persona, alguien a quien nunca he visto personalmente, que se hace llamar Coffeewallah, que vive en Puerto España, en Trinidad y Tobago, que tiene un blog maravilloso con el nombre de 'Sentada en el Coffewallah', que descubrí al traducir un post para Global Voices Online y que desde el primer momento me atrapó de una manera que no puedo explicar.

O tal vez si puedo explicar, porque el post que inició todo hablaba de la festividad religiosa del día en que termina el Ramadán, el mes sagrado de ayuno para los musulmanes. Ella contaba cómo celebraría esa día:

[...] Mi abuelita probablemente está trabajando como esclava encima de una cocina caliente mientras yo escribo; esto antes de dirigirse a la mezquita donde se reunirá con sus compañeros sobrevivientes, ella tiene 84 años, sus amigos están muriendo, antes de regresar a la casa para otra ronda de rápida actividad en la cocina. Ya que mi madre murió y no tiene más hijas… soy yo su compañía mientras cocina, renuente asistente de chef, porque no puedo hacerlo de la manera en que ella quiere, mi estilo de cocinar es muy diferente. [...].

Nosotros, los que quedamos, nos reuniremos brevemente en la cocina, para comer juntos antes de saltar para ir a cualquier otra parte. Me siento triste por ella, esto no es lo que ella se imaginaba. ¿Dónde están los ocho hijos que crió, dónde los nietos y dónde los bisnietos? No se oyen voces infantiles, nadie corre por debajo de los pies, no hay un enjambre de actividad [...]. Y ella estará feliz, aun con esto.

Fue inevitable no recordar a mi tía Angelita, que hasta el final se encargó de nuestras cenas navideñas. Entonces decidí hurgar en ese blog, y encontré un post dedicado a la abuela, 'El sabor del amor', del cual traduzco un extracto:

Ella me ama, sé que es así [...]. La ella a quien me refiero es mi abuelita, la que en estos días visto solamente de manera intermitente. Está envejeciendo, se está poniendo más y más cansada y menos capaz de seguir a lo largo del día. [...]

Pero aún así, es mi abuelita y el amor de una pequeña abuela recorre un largo camino.

Me gustó lo simple de sus historias, no quería perdérmelas. Así que incluí su blog en mi lista de blogs favoritos. A los pocos días, vi que ella me lo había retribuido.

El martes en la noche entré a su blog, como lo vengo haciendo desde que lo descubrí, porque prácticamente cada día tiene nuevo post. Encontré algo que no me esperaba, al leer su más reciente post en ese momento, 'Rascando la barriga de Buda':

Un dragón se sienta en mi escritorio, un poderoso dragón chino, mirando silenciosamente todo el día, mientras trabajo. A su lado, Buda también mira serenamente, enigmático, sin ofrecer respuestas, simplemente una presencia traquilizadora en el mar de una actividad a menudo frenética. Esas dos figuras reemplazaron a un sonriente Buda de jade que había sido mi compañía por muchos años. Sus brillantes ojos y enorme barriga se sentaron encima de mi computadora durante mucho tiempo, cada cierto tiempo yo alargaba la mano y tocaba su alegre barriga con el dedo, y golpeaba el frío jade en busca de conexión, consuelo o algo así. Mi amiga TL venía y se la pasaba con él de vez en cuando, ambas nadábamos contra los desechos y Buda era un consuelo compartido. Su alegre energía siempre nos mantuvo ahí, nos sacaba de toda situación bochornosa.

Cuando TL decidió seguir su camino, me alegré enormemente por ella, era una buena decisión, pero yo sabía que la iba a extrañar terriblemente. [...] Como parte de un regalo de despedida, le di a Buda, para que tuviera un pedacito de mí en su nuevo hogar, y así no estuviera sola. Pero eso significaba que Buda se habría ido, y por un tiempo, no fue nada.

El dragón llegó después y la cabeza de Buda un poco más tarde. Y ahora son los vigilantes de mi espacio. Pero resulta que no son los únicos. En las últimas semanas, otros varios Guardianes han aparecido. Después de un largo letargo, casi. Una mañana, mientras ponía al día el blog, me encontré con un comentario de Gabriela en Lima. Cada día, otro optimista comentario positivo. No pudo haber llegado en un momento mejor. "Louise" conocida como mi compañera de bicicleta Charms seguía fuera en su misión, y yo estaba sintiéndome particularmente sola, asediada por las vicisitudes, mi alma gitana sofocada y sin suficiente café en el mundo para hacerme sentir mejor.

A través de las millas, Gabriela me recordó de los días en que tenía amigos por correspondencia. Chicos y chicas que solamente conocí por las fotos adjuntas a las cartas que yo leía ávidamente. Cartas que me dieron perspectivas de vidas a cientos de millas de distancia. Algunos, por montones de ideas o actividades. Estas cartas como resultado de Big Blue Marble y otras organizaciones dedicadas a fomentar amistades globales a través de la magia del correo. Hoy me comunico con cientos de personas en todo el mundo por una razón u otra, la inmediatez con que puedes conectarte es asombrosa, dado que pasaba un mes o seis semanas antes de que los amigos te contactaran. Leía esas cartas una y otra vez, y años despúes, al conocer a una de las chicas con las que me escribía, me confesó lo mismo. Afiné mi forma de escribir y mis habilidades de contar historias con esas cartas e hice algunos amigos; Doris y yo nos escribimos a lo largo de la primaria y la secundaria, y hasta la universidad y unos años después de eso. A la larga perdimos contacto después de que mi madre murió. Ahora tengo comentarios en mi blog.

Una llamada al azar de Blue para saber de mí y un e-mail de Scene sobre una cosa u otra que yo había escrito en las semanas anteriores, todos estos contactos me hacen sonreír. Como me gusta leer los blogs de otras personas, mi jefe estaría probablemente horrorizado con la idea de que paso una hora al día, leyendo blogs; eso llena el espacio dejado por Buda. Porque, ustedes ven, leerlos a todos se ha convertido en frotar la barriga de Buda. Ustedes son mi piedra de toque contra la locura de mi propio día. Así que ya sea pelearme con Angry African, créeme amigo, todavía no te voy a mandar mis fotos braai; o sacudir la cabeza ante las tonterías que resalta Scene; traducir el castellano de Gabriela o seguir a las mascotas de Blue, ustedes son muy reales. En la semana pasada Coffeedude me ha hecho entender que TENGO que tener mi cafetería. Simplemente para que él y yo podamos sentarnos e intercambiar libros y ser juntos unos snobs literarios y de café. Annie, acuérdate de traer el Blue Mountain cuando vengas, no puedo darte bien ninguna de las viejas cosas.

Como pueden ver, sigo frotando enérgicamente.

Me alegré cuando vi que dejó un comentario en Seis de enero, pero no me imaginé que supiera un poquito de castellano y que leer este blog le servía para practicar lo que alguna vez aprendió. Pero como ven, hubo más que eso.

Sin quererlo, me tocó ser el ángel mensajero de alguien que por azar se cruzó en mi camino. Nunca lo hubiera imaginado. No sé si alguna vez podré ir a Puerto España a conocerla personalmente, aunque espero que si. Como me pasó con Marcela y con Katia y con otras personas maravillosas, este blog me ha servido para acortar distancias, para tener un sinfín de emociones que valen la pena de principio a fin.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Mensajeros

Era casi mediodía. Yo intentaba cruzar la esquina de Larco y 28 de Julio, en Miraflores. Estaba harta de todo, me sentía harta de muchas de las cosas que me rodeaban y estaba realmente fastidiada.

Dos o tres pasos delante de mí vi a una elegante señora que debía tener bastante más de 70 años, con el pelo perfectamente peinado y totalmente blanco, chompa roja, cartera negra que miraba con cierta desorientación a ambos lados de la pista.

Sin hacerle mayor caso, seguí avanzando hasta el borde de la vereda, para esperar a que la luz del semáforo me permitiera cruzar. Entonces, se me acercó la señora y me preguntó con una voz muy dulce: hijita, ¿vas a cruzar?

Le dije ¿quiere cruzar? Vamos. Se aferró a mi brazo y empezamos caminar juntas con paso firme y decidido. Llegamos a la berma central que divide ambos sentidos de la Av. 28 de Julio. Ahí esperamos al nuevo cambio de luz, porque este semáforo tiene un sistema diferente para cada sentido del tránsito.

En ese medio minuto de espera, volteé hacia la señora, quien con una sonrisa me dijo que mi chompa le parecía linda. Se lo agradecí, mientras pensaba que no había sido mi primera elección del día, sino que me había visto obligada a cambiarme antes de salir de la casa porque el clima del día resultó no ser el que yo esperaba (lo que hace que no me gusten estos días de indefinición climática tan limeños).

Cruzamos la segunda mitad de la avenida, y le pregunté hasta dónde se iba con la idea de ir con ella hasta donde me indicara. Pero me contestó que no me preocupara, que había quedado en encontrarse con su hijo en la puerta de la empresa de celulares que queda en esa esquina. Y al soltar mi brazo me dijo: "Dios te bendiga, hijita. Nunca hubiera podido cruzar sola".

Caminé dos pasos, y decidí voltearme a verla. Estaba segura de que ya no la vería, como pasa con los ángeles en las películas. Tenía la esperanza de no verla donde la había dejado.

Pero mi ángel mensajero, el que me alegró él día con una simple frase oída tantas veces, seguía parada en donde la había dejado. Buscaba con la mirada al hijo que no supe si se demoró en llegar. No volví a voltear. Creo que me dio miedo comprobar que esta vez ya no estuviera.

O tal vez seguiría ahí para despistarme, como si, a pesar de estar sin sus alas, no me hubiera dado yo cuenta de que era un ángel mensajero que me devolvió buena parte de la tranquilidad que me faltaba.


Update de mi post anterior: hoy sábado 8 de diciembre se llevó a cabo la segunda vuelta en las elecciones para decano del CAL. Si bien llegué cuando los miembros de mesa todavía no habían terminado de instalarla, todo se desarrolló con el mayor orden y rapidez, tanto así que a las 9:30 am ya había regresado a mi casa. Si así fuera cada último sábado de noviembre otro sería el cuento.