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domingo, 7 de mayo de 2017

Comensal inesperado

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La tía Angelita era una experta cocinera, para ella casi no había reto culinario que no pudiera derrotar. Casi...

Tenía la tía Angelita un molino para pastas, que usaba de vez en cuando. Recuerdo que mezclaba harina con otros ingredientes, amasaba todo y luego lo pasaba por el molino. Por el otro lado, salían unas tiras largas de pasta fresca que ella dejaba a secar toda la noche para preparar al día siguiente.

Todo el proceso era un gran acontecimiento en que mis hermanos y yo participábamos solamente como espectadores. Recién al final se nos permitía agarrar los pequeños restos de pasta que hacíamos pasar por el molino. Esa parte de la pasta estaba tan manoseada que era imposible pensar en que fuera para comer.

Ese día, la tía Angelita preparó su pasta como siempre. La dejó lista y estirada encima de enormes telas que tenía con ese motivo. Luego la tapó con otro trozo enorme de tela y la dejó a secar. Todo estaba encima de una mesa que teníamos afuera de la cocina, en una parte semitechada que estaba prácticamente al aire libre.

No recuerdo nada de esa noche en particular. Seguramente nos fuimos a dormir pensando en la delicia que comeríamos al día siguiente. Era algo que se repetía con cierta frecuencia, por lo que no tenía nada de excepcional... hasta ese momento.

Lo que sí recuerdo es lo que pasó al día siguiente. Los gritos ahogados de la tía Angelita muy temprano esa mañana. Sin entender nada, bajamos todos asustados, corriendo para ver qué motivaba el asombro enorme de mi pobre tía.

En ese momento se enfrentaba incrédula tal vez al único reto para el que no pensó siquiera que debía prepararse.

La pasta estaba toda revuelta, los trapos con que quedó tapada la noche anterior era una confusión arrugada y sucia. No hubo que pensar mucho para descubrir al culpable, pues había huellitas de gato formadas por harina por todas partes, y si se le seguía el rastro, iban de la pasta  por el suelo, subían por la pared y llegaban hasta el muro que separaba la casa con la casa vecina.

Fue la última vez que la tía Angelita usó el molino para pastas.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La cortanta

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La inolvidable tía Angelita estaba llena de historias. Todo el montón de sobrinos que cuidó a lo largo de su vida recuerdan muchas de esas historias, pero extrañamente hay una que parece que no recuerda nadie más que yo.

El papá de la tía Angelita era español, natural de Extremadura. Se llamaba Francisco Martínez Camino. Vino ya con algunos años encima al Perú en la época del caucho. Lo imagino también lleno de historias, imprescindibles en esa época y en esos lugares inhóspitos sin televisión ni cine ni radio. Probablemente hasta sin libros.

Decía la tía Angelita que decía su papá que hasta las diez de la mañana, a la tijera se le llamaba cortanta. Nunca tijera, porque era de mala suerte. Creo recordar que el peligro era peleas entre personas queridas si uno quebrantaba esa regla.

Decía también que nunca, por ninguna razón, se debía dejar la tijera, o cortanta según la hora, abierta. La plata se escapa por entre las hojas separadas, decía.

Con esas dos advertencias en torno a las tijeras crecí yo, y de las dos, la única que pongo en práctica con devoción es la de cerrar toda tijera que encuentro abierta. Es más fuerte que yo: si veo una tijera abierta, la tengo que cerrar.

Lo raro es que nadie recuerda ninguna de estas recomendaciones referidas a las tijeras. Mi abuela materna, sobrina de mi tía Angelita, era una experta costurera que abastecía a casi todo Yurimaguas con sus confecciones. La tijera era una parte imprescindible de su trabajo, y pese a ello, nunca pareció preocupada por cerrarla cuando la dejaba a un lado al coser.

Cuando recordé ese detalle y lo junté con la historia de la cortanta/tijera que no se podía dejar abierta, pregunté a cuanta persona de mi familia hubiera podido conocer la historia. No tuve éxito, nadie recuerda siquiera la existencia de la palabra cortanta.

Busqué en internet la palabra cortanta, y no existe. Y si no existe en Google es casi como para decir que no existe en el mundo, ni real ni virtual.

A estas alturas, ya no sé si soñé la historia de la cortanta y la recomendación de no dejar la tijera abierta.

martes, 15 de septiembre de 2015

La sombra atemorizante

Esta es otra historia real, que ocurrió hace algunos años.

La casa donde crecí tenía dos pisos. La ventana de una de las habitaciones del segundo piso daba a un techo de calamina que protegía una habitación que originalmente había sido jardín y que luego fue convertida en un pequeño cuarto de estar.

Por esa ventana también se veía el jardín de la casa que estaba detrás de la nuestra por donde ocasionalmente veíamos a lo lejos a diferentes personas pasar caminando. Desde nuestro segundo piso y desde su jardín, estábamos a buena distancia.

Por alguna razón ancestral traída quizás desde su Iquitos natal, la tía Angelita apoyaba un trozo de madera largo, como de medio metro de largo, en la pared de esa habitación y la calamina. La vara de madera quedaba entonces inclinada y al aire libre, apoyada en uno de sus lados en la pared, en el otro en la calamina. El uso que se le daba a la vara así inclinada era el de un tendedero improvisado de ropa muy chiquita, sobre todo toallas pequeñas.

Un día cualquiera, en un momento en que ya no es de día pero tampoco es de noche, cuando hay luz afuera pero dentro de las casas ya hay que tener la luz prendida, tuve la intención de entrar a ese cuarto para buscar algo. Era cosa de entrar y salir, no pensé en ningún momento en prender la luz pues sabía de memoria dónde estaba lo que necesitaba.

Cuando llegué a la puerta, noté que por la ventana, por esa misma ventana donde todos los días la tía Angelita colgaba y descolgaba sus toallitas y pañuelos había alguien al acecho. Desde mi posición lograba ver una sombra, estaba segura de que era una mujer pues tenía pelo largo que ondeaba al viento.

Me quedé petrificada de espanto. De mi boca no pudo salir sonido alguno. Mis pies se quedaron pegados al piso. Hasta el cerebro se me paralizó. No sabía qué hacer. Deben haber sido apenas dos segundos, pero se sintieron eternos.

Finalmente, sin emitir sonido, retrocedí sobre mis pasos y bajé al primer piso muerta de susto. Le conté a mi hermana y el impulso inicial fue no decir nada. Luego lo pensamos mejor, nos dimos cuenta de que no era muy lógico que hubiera una mujer agazapada sobre el techo de calamina. ¿Cómo podría haber llegado ahí sin que se la oyera? Además, ¿qué hacía mirando una habitación vacía sin luz? Con toda certeza, muy poco sería lo que podría ver.

Nos armamos de valor y subimos. Era un valor muy precario, porque al menos yo tenía el corazón latiendo a mil por hora.

Al llegar al mismo punto en que yo había visto a la mujer con el pelo al viento, vi que seguía ahí. Inmóvil, mirando. En un arranque de valor, alguna de las dos prendió la luz. La mujer misteriosa no hizo el más mínimo movimiento al verse atrapada.

Ya con la luz prendida, nos empezamos a acercar y del susto más grande pasamos a la carcajada más sonora. La misteriosa mujer agazapada, la sombra que acechaba, esa intrusa a punto de entrar a la casa por una ventana del segundo piso que se había trepado al techo de calamina de manera incomprensible era una de las tantas toallitas de la tía Angelita. El viento la había hecho volar, la había movido de su posición original hasta ponerla como peluca del palo diagonal.

Ahora que lo pienso, no sé qué hubiéramos hecho si realmente hubiera sido una mujer agazapada, una intrusa a punto de entrar a la casa.
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Feliz día de la independencia a mis amigos mexicanos, chilenos y costarricenses que en estos días celebran un nuevo aniversario nacional.

viernes, 17 de julio de 2015

La muñeca delatora

Habían vivido toda la vida en la misma casa, hasta que la familia decidió mudarse. Una vez tomada la decisión, pasó poco tiempo hasta encontrar un departamento que cumpliera con todos los requisitos y que fuera del gusto de todos.

El departamento elegido era ideal, estaba ubicado en un lugar muy céntrico de la ciudad y lo más importante era que estaba en el primer piso (que en otros países llaman planta baja). No había que subir ninguna escalera para entrar. Ese era un requisito básico, pues a la octogenaria tía Marianita ya se le hacía sumamente difícil subir las escaleras en la casa de toda la vida.

Pocas semanas antes de la fecha fijada para la mudanza, sin ningún anuncio previo, sin señales de malestar alguno más allá de los propios de su avanzada edad, la tía Marianita los dejó. Su partida no hizo más que aumentar las ganas de mudarse, pues la más entusiasta con ese gran cambio era ella. Con mucha tristeza, la familia la despidió y empezó a acostumbrarse a la nueva vida.

El día de la mudanza, nadie olvidó la querida muñeca de trapo que la tía Marianita cuidaba con mucho esmero, a la que tejía zapatitos de lana, le cambiaba de aretes y hacía con la muñeca lo que cualquier niña hubiera hecho con su muñeca. Tal vez por su niñez llena de estrecheces nunca había podido tener una muñeca. Así, para todos, la muñeca ERA la tía Marianita.

Las cosas se dispusieron en el departamento en pocos más de dos días. La muñeca tuvo un lugar importante. Una de las sobrinas de la tía Marianita la veía todas las mañanas al salir de su cuarto, pero evitaba mirarla pues sentía que al mirar la muñeca, en realidad estaba mirando a la mismísima tía.

Hasta que un día sintió que la muñeca le hablaba, que le reprochaba que la hubieran dejado sola en la casa de toda la vida, ahora habitada por unas personas extrañas. La sobrina descartó la sensación, "no puede ser", se dijo. Decidió ignorarla, pero por si acaso, no miraba a la muñeca al pasar por ahí.

Así pasaron los días, sin que la sobrina mirara a la muñeca, hasta que su hermano mayor le dijo: "siento que la tía Marianita me dice que está sola rodeada de extraños". La sobrina se quedó de piedra y le contó su hermano de la sensación que le causaba mirar a la muñeca. También prometió que al día siguiente iría hasta la casa de toda la vida para "traer" a la tía Marianita a la nueva casa.

Fue así que con la excusa creíble de preguntar si había llegado alguna correspondencia desde la mudanza, la sobrina se presentó ante los nuevos dueños. La atendió una amable señora, le dijo que sí tenía unos sobres con los que no sabía qué hacer y se fue a traerlos. En el breve momento en que la sobrina se quedó sola ante la puerta entreabierta, dijo para sí en tono cómplice: "ya tía, sal rápido y no te me despegues porque ahí sí que no sabría dónde buscarte".

La amable señora regresó con dos sobres, la sobrina le agradeció. Una vez cerrada la puerta de la casa donde habían vivido toda la vida, la tía Marianita y la sobrina emprendieron juntas el camino de vuelta.

Ya no tuvo más problemas para mirar a la muñeca de trapo.

domingo, 18 de mayo de 2014

El gato techero

En la casa de mi niñez, era lo más normal ver gatos techeros paseándose sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Los oíamos caminar por los bordes de las paredes que separaban las casas, a veces maullaban y muchas veces se peleaban con unos gritos que hacían que se nos erizaran los pelos.

Recuerdo algunos incidentes relacionados con gatos. Una vez, uno de ellos se paseaba de lo más tranquilo dentro del armario que estaba en el dormitorio principal. ¿Se imaginan abrir la puerta para sacar la ropa del día y que un gato salte desde adentro?

Otro episodio fue cuando la tía Angelita preparó pasta para un almuerzo especial y la puso a secar toda la noche en una mesa en el pequeño patio que había al fondo de la casa. Grande y amarga fue su sorpresa cuando descubrió en la mañana que el almuerzo especial lo habían tenido los atrevidos gatos en horario nocturno. Esa vez sí que supieron actuar en silencio.

Sin embargo, hay un incidente que recuerdo mucho porque duró varios días, tal vez hasta semanas.

En una de tantas veces vimos pasar uno de esos gatos, mi papá no tuvo mejor idea que poner un platito con leche para el pobre gato hambriento que pasara por ahí. Ahí estaba un gato blanco con manchas marrones disfrutando de tan inesperado banquete. Lo disfrutó tanto que al día siguiente pidió repetición. Y al día siguiente, ahí estaba el gato regalando maullidos, exigiendo su ración láctea del día. Por supuesto, sin ningún éxito pues la oferta solamente fue válida por ese día.

El gato era insistente, o simplemente tenía mucha hambre, pues día tras día maullaba para exigir su leche hasta que se cansaba y nos dejaba tranquilos hasta el día siguiente.

Como no hay mal que dure cien años, la primera solución fue agarrar al gato y soltarlo a una cuadra de la casa. Pero no duró mucho la tranquilidad, pues al poquísimo tiempo, ahí estaba el gato de nuevo, gran conocedor del barrio, exigiendo su leche. Día, tras día, tras día.

Entonces la solución fue más radical. Tras una refriega que duró algunos minutos, se logró meter al gato en una bolsa de plástico. Todos subimos al auto de mi mamá, y mientras Fina hacía tremendos esfuerzos para contener al gato dentro de la bolsa, enrumbamos al mercado que estaba como a diez cuadra de la casa.

Una vez en la parte de venta de pescados, pudo Fina soltar a su presa, aunque por los arañones con los que terminó, no podría decir quién era la presa. El gato salió como una saeta de la bolsa, no lo dudó un segundo ni miró atrás, y en instantes desapareció entre los compradores del mercado, confundido entre ruidos de intercambios comerciales, bocinazos, altavoces, motores en marcha y megáfonos con ofertas de todo tipo.

Nunca más vimos al gato. Nunca más se le dio leche a ninguno de estos felinos, que siguieron paseando y haciendo de las suyas, dueños de esos techos que creíamos nuestros.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Renovación generacional

La tía Angelita nos contaba historias de su niñez en los campos de explotación del caucho. Su padre, don Francisco Martínez Camino, llegó de su natal Extremadura a "hacer la América" a finales del siglo XIX, en pleno apogeo de la explotación del caucho en la Amazonía peruana. Por eso, la tía Angelita tenía un niñez llena de historias de ese tiempo y lugar.

También nos contaba cuentos que no terminaban con el típico "colorín colorado, esta historia se ha acabado". Sus cuentos acababan con un original "Se han casado y por aquí han pasado". Esas palabras me hacían pensar en un príncipe y una cenicienta que habían pasado por la esquina de la casa sin que los hubiéramos visto. Siempre me preguntaba por qué la tía Angelita no nos había avisado para poder verlos pasar, aunque fuera de lejos.

Pero sobre todo, la tía Angelita nos cantaba canciones. Canciones de esa niñez lejana en el tiempo, lejana en el espacio, lejana en circunstancias. Seguramente, son canciones que escuchó innumerables veces en los tiempos en que vivía en "el caucho". Canciones que no hemos vuelto a oír en ninguna otra parte ni a ninguna otra persona, con una mezcla de castellano y portugués, seguramente tal como ella las recordaba.

A, B, C mendesha
que bailo con José
Mi niña tan bonita
mi niña pela rua
Para vestir a mi amada
con tinta encarnada

O esta variante del popular de tin marín: an, san, gan, pique, pique, golegán, bulle, bulle, rataplán, mis, gan.

Por más que he buscado a través de Google y similares, no he encontrado ninguna de estas dos canciones.

Nos decía frases como "cabeza de futbolista" cuando olvidábamos algo o cometíamos alguna torpeza. Teniendo en cuenta el estado de nuestro fútbol, la frase no puede ser más exacta.

Así como en tiempos pasados hubo un niño curioso, ahora hay una niña de cuatro años que se esfuerza por recordar y cantar esas canciones. Que pregunta si la Tití era amable y que pide repetidas veces que se le cuenten sus historias. Y ahí vamos al baúl de los recuerdos y le contamos de la vez que le hizo cesárea a una vaca que estaba sufriendo para parir a un becerro mal colocado. O como cuando le dio una insolación terrible por exponerse al sol playero sin tener el mayor cuidado. O como cuando, incapaz de recordar el nombre de su remedio, decía que se le había acabado la "cojinovita" (el nombre correcto es GeroMucovit).

¿Ya ves, tía? Decías que nosotros te íbamos a recordar apenas como un "ras". Y ahora dos de tus sobrinos tataranietos, que no coincidieron contigo en el tiempo, cantan tus canciones y conocen tus historias. Con suerte, las transmitirán a la siguiente generación.

Que así sea.
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domingo, 25 de octubre de 2009

La bodega de doña Rosa

Hace pocas semanas, mi amiga Katia escribió un post titulado El último almacén. Y me hizo recordar un episodio que viví hace algunos años.
En el Perú llamamos bodega a esas tiendas de barrio que tienen de todo. En otros países se llaman colmados. En Argentina, donde vive Katia, se les llama almacenes. Tal como ella lo cuenta, en el Perú, muchisimas de esas bodegas eran propiedad de chinos. Su ubicación habitual eran las esquinas, de ahí viene la frase de "el chino de la esquina".
En mi niñez, en el barrio de Jesús María, el barrio donde crecí, teníamos nuestra doña Rosa. Era la dueña de la bodega en la que comprábamos todos los de la quinta donde vivíamos en la Av. General Garzón. En ese barrio había y, hasta donde sé, sigue habiendo más o menos una bodega en cada esquina. O sea, que cada bodega abastecía a más o menos una cuadra.
El esposo de doña Rosa era bastante mayor que ella. Nunca supe su nombre, pero era un hombre muy cariñoso que hablaba muy mal el castellano. A mis escasos 4 años, casi no le entendía las pocas veces en que él atendía. No sé si doña Rosa sería o no peruana, pues hablaba perfecto castellano. Tenían tres hijos: una hija grande, cuyo nombre nunca supe y a la que se le veía muy poco; un hijo hombre de nombre Ato (al menos, era lo que yo entendía) y Verónica, que era de mi edad.
Un día, el señor murió. Recuerdo que se me hacía raro ya no verlo saludar con una amable sonrisa cada vez que entraba a su tienda.
Verónica y su mamá envolvían el arroz, el azúcar y otros productos usando páginas de guías telefónicas de años anteriores. Hacían un envoltorio magistral, con una facilidad envidiable, que nunca he visto hacer a nadie más que a vendedores de origen chino, ni a las caseras del mercado. Era raro que en sus anaqueles de madera, doña Rosa no tuviera lo que necesitábamos. Las raras veces que eso ocurría, era cosa de llegar a la siguiente esquina para encontrar lo que buscábamos. Eso si, no le faltaba nunca el arrocillo al lado del mostrador, ese antojito que se compraba con las monedas del vuelto. Tampoco faltaban los inolvidables corazones de leche.
Un día, la bodega no abrió. Por el barrio corrió el rumor de que doña Rosa había vendido el negocio y se había ido con sus hijos a China. La tienda quedó vacía un buen tiempo, con lo que nos vimos obligados a cambiar de bodega, a la de la otra esquina. Así fue por cierto tiempo hasta que la bodega reabrió, atendida por Mauro, que no era chino, pero que supo darle ese mismo toque familiar a la compra cotidiana. A pesar de que sus anaqueles ya no eran de madera sino de aluminio.
A finales de 1993, viajé a Caracas, a pasar las fiestas de fin de año con mi tía Dora, hermana de mi mamá que vivía en Venezuela casi 30 años. Una noche, mi primo Juan me dijo: "vamos a comprar comida china, aunque la del Perú nos deja chiquitos a nosotros con la nuestra".
Entramos al restaurante, y mientras Juan elegía qué platos llevar a su casa para comer todos ahí, vi que una cara conocida le tomaba el pedido. No podía ser. ¿Sería? "¿Tú no eres Verónica, la hija de doña Rosa?" La cara conocida dejó el lapicero a un lado, me miró con la cara de incredulidad más grande que he visto nunca y me dijo simplemente: "Si".
El mundo es un pañuelo.
Me preguntó por todos, empezando por la tía Angelita. Yo hice lo mismo, y así supe que al vender la tienda no se habían ido a China sino a Venezuela. Que ese restaurante era de un tío, y que ella trabajaba ahí por las noches. Le mandé saludos a su mamá, y nos fuimos.
No volví a saber de ella. No regresamos a ese restaurante en los días que seguí por allá.
Mi doña Rosa de ahora se llama Luz María. Luzma. Su bodega tiene ese mismo toque acogedor que tanto recuerdo, aunque sus anaqueles son de aluminio y no de madera. También tiene de todo... menos corazones de leche y esos dulcísimos y deliciosos cuadraditos que comprábamos por cajas y devorábamos en cuestión de horas.

jueves, 12 de marzo de 2009

Princesa sin coronita

Los recuerdos vienen asociados muchas veces con sabores y olores. Los recuerdos de la niñez, por ejemplo, como ese olor a tierra mojada que me remite a Yurimaguas cada vez que lo siento. O el olvidado aquel de la colonia "Ramillete de novia", regalo navideño preferido de la tía Angelita prácticamente inexistente y por eso mismo casi imposible de conseguir.

Con los sabores pasa lo mismo. Si cierro los ojos retrocedo en el tiempo y puedo sentir el sabor del Amaro, ese chocolate amargo que mi papá comía uno tras otro y del que a veces nos invitaba pedacitos. El chocolate Golazo, que debe haber salido al mercado en tiempos de algún Mundial de fútbol, con sus envolturas verde y mostaza (uno era con maní, no recuerdo cuál).
Pero esos sabores ya no existen. Son parte de un pasado que pasado está.

En cambio, hay otros sabores que todavía podemos encontrar. O casi, porque no entiendo por qué algunos genios se empeñan en distorsionarlos.

Primero el chocolate Princesa, ese cuadradito que se podía comer en un solo bocado, con tres bandas a los costados: marrón oscuro, marrón claro, marrón oscuro, cada color era un sabor. Venía envuelto en papel platina dorado. Inolvidable.

Pero en los últimos años el Princesa, sin dejar de ser el cuadradito que se puede comer en un solo bocado, ha dejado de tener sus tres características franjas en dos colores. Es más bien un chocolate relleno, pero el sabor no es el mismo. Además, hay ahora una versión más grande: una barra grande de chocolate.

Las clásicas galletas Coronita, con sus tres sabores piña y coco, limón y chocolate. Esos tres únicos sabores. De un momento a otro, irrumpieron las de naranja y fresa. De los tres sabores originales únicamente subsistió el de chocolate. A la larga, desapareció el de naranja también. De los demás, nos quedaron el recuerdo. Lo más triste es que los desaparecidos eran los sabores más ricos.

Otro clásico: las Charadas, que había de galleta de maní con relleno de maní y de galleta de chocolate con relleno de vainilla. Vaya uno a saber con qué razón, la de maní desapareció. La de chocolate subsiste, pero hace mucho tiempo que no la pruebo. Hace pocos años irrumpieron las Charada de capuccino, aunque creo que sin éxito porque no las vi más.

Tradicionalmente, el Sublime era un chocolate con maní cuyo nombre lo decía todo. Se derretía en tu boca, no en tu mano. Su envoltura era de un papel transparente, lustroso, parecido al que se usa para sacar moldes para costura. Estaba el Sublime de siempre, y un sabroso Sublime blanco que no era muy común. No existían el Sublime con galleta, ni el Sublime bombón, ni el Sublime stick ni ningún otro agregado (y mucho menos su desagradable publicidad). Sublime a secas. Era tan rico que la competencia tenía el Supremo, con una envoltura fácilmente confundible... pero hasta ahí nomás llegaban las semejanzas. Aunque debo reconocer que el Sublime actual sigue siendo muy rico.

También había unas galletas deliciosas llamadas Rondelas, de naranja. Después salieron de fresa y limón, igualmente deliciosas. Ya no existe ninguno de esos sabores.

En lo que constituye para mí el máximo atentado contra los sabores de siempre, el chocolate Sorrento también desapareció. Pero acá debemos "agradecer" que de vez en cuando los fabricantes nos hagan el favor de regalarnos con una "edición limitada". El sabor, por supuesto, no es el mismo que recuerdo.

Respecto a los helados, mi clásico de siempre era el Eskimo, una delicia de fresa de la que siempre le contaba a Gonzalo. Su contraparte era el BuenHumor, de chocolate (el helado de chocolate nunca me ha gustado). Desaparecieron también. Hace algunos veranos nos vinieron nuevamente con la consabida "edición limitada". Recuerdo la felicidad de Gonzalo cuando me dijo que había visto Eskimo en una playa. Nos comimos uno entre los dos.

Entendería perfectamente estas movidas si hubieran retirado del mercado los sabores con menos demanda. Pero la verdad es que la totalidad de estos nombres que menciono eran los preferidos de todos. Y todos los extrañamos, y nos alegramos cuando alguien nos cuenta que ha descubierto una de esas infames ediciones limitadas. Corremos a comprar, pero el sabor que sentimos es apenas parecido al que recordamos y que esperamos sentir.

A veces siento como si nos hubieran arranchado a la mala y sin permiso nuestros recuerdos.

Katia también expresó su sentir sobre este tema.

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PS: todos los nombres de productos mencionados en este post son marcas registradas.

jueves, 5 de febrero de 2009

Apagón

Para información sobre el apagón que afectó gran parte de Lima el sábado 6 de junio, hacer clic acá.
Hace unos días tuvimos apagón en Lima. En algunas zonas fueron dos apagones: uno poco antes de las 7 pm y el segundo cerca de la una de la mañana.
Estos cortos apagones me hicieron retroceder años en el tiempo, en la época en que los chicos malos hacían de las suyas, y en ciertas fechas señaladas volaban torres de alta tensión y nos sumían en la más profunda oscuridad.

Un dia cualquiera, casi siempre alrededor de las 8 pm, llegaba la oscuridad total. La rutina en la casa estaba estudiada y nos la sabíamos de memoria: alguien buscaba velas, que después fueron reemplazadas por un sofisticado lamparín a querosene igualito al que usaban los miembros de la familia Ingalls y adláteres. La tía Angelita iba diligente a buscar su radio a pilas con su funda anaranjada y sintonizaba RPP. En algún punto de esa movilización sonaba el teléfono: mi mamá desde el canal preguntando si todo estaba bien. La respuesta, felizmente, siempre era afirmativa.
Entonces escuchábamos a las personas llamando a la radio para avisar a sus familias, a través de la inconfundible voz de Mihua (que siempre asociaré con estos recuerdos), que estaban bien y que ya irían a casa. Eran tiempos pre celular, obviamente.

En mi casa los apagones duraban relativamente poco: dos horas como mucho. En cambio, había zonas en las que se pasaban la noche entera sin luz, y eso lo sabíamos al día siguiente por los comentarios en el colegio. Nunca supimos la razón por la que nuestros apagones duraban "poco", pero puede ser que vivíamos a pocas cuadras del Hospital Militar y del Hospital de Policía.

A su regreso, la luz era recibida con aplausos y júbilo. La radio se apagaba, la lámpara de querosene también y regresaban a sus respectivos sitios. Como los apagones afectaban a toda la ciudad, no importaba perderse el capítulo de la novela porque al día siguiente teníamos repetición fija.

En todos los años que duró esta situación, siempre estuve en mi casa durante los apagones. El desconcierto de los que estaban en la calle era muy grande. Ni hablar de los que quedaban atrapados en ascensores.

Si había una fecha del año en que podíamos estar seguros de que habría un apagón era el 31 de diciembre, exactamente a la medianoche. Los anuncios de las fiestas de Año Nuevo ponían en grandes letras "CONTAMOS CON GRUPO ELECTRÓGENO". El primer saludo del 1 de enero era al apagón.

Mientras tanto, en la sierra de nuestro país, las personas pasaban sustos mucho más grandes que los apagones.

jueves, 13 de noviembre de 2008

El ventilador asesino y otros miedos atávicos

Hace algunas semanas, encontré en Global Voices Online un post de la autora coreana Hyejin Kim que llamó mi antención, por lo que procedí a traducirlo: 'Muerte por ventilador y lo que crees'. Debajo reproduzco una parte:


Hay un mito que ha pasado de generación en generación en Corea. La “muerte por ventilador”. Si te duermes con un ventilador [prendido] en un cuarto hermético, puedes morir. Cuando era niña, los adultos que me rodeaban siempre me advertían que no debía cerrar la puerta y dejar el ventilador prendido mientras dormía porque podría morir. Es como una historia de terror de verano. A veces en el verano los periódicos informan que alguien murió en una habitación hermética y que había un ventilador prendido cerca de la persona. Cuando crecí, amigos – no coreanos – se burlaban de mi creencia y llegué a dudar de que podría no ser posible.

Wiki mencionó ‘
muerte por ventilador’ como una leyenda urbana que se originó en Corea del Sur, y los bloggers hablan sobre la leyenda.

Pero es difícil borrar aquello que has creído tu vida entera.

Ciertamente, es muy difícil borrar aquello en lo que has creído tu vida entera. Y paso a explicar algunos de las cosas en las que he creído mi vida entera.

La tía Angelita contaba la historia de un hombre que alguna vez tomó ciertas sales digestivas efervescentes, de las que vienen en pastillas que hay que disolver en agua, pero como las tomó antes de que estuvieran totalmente disueltas "en la noche lo estaban velando". Ella lo contaba así, y ya sabemos lo impresionables que son los niños a los cuatro o cinco años, que era la edad que yo tenía.

Muchos años han pasado, mucha agua ha corrido por debajo del puente, pero a mí me sigue dando miedo tomar cualquier tipo de sales digestivas. Cuando mi mamá se enteró de la razón de mi negativa a tomarlas, me contó que la historia real fue que el hombre ni siquiera intentó disolver la pastilla, sino que se la tragó directamente con la idea de que la efervescencia se produciría en su estómago sin tener que esperar, esperar y esperar. Que nada tiene que ver con las otras sales, las que vienen en polvo y que si el polvo queda bien disuelto nada va a pasar. Pero nada. Me sigo negando a tomar toda clase de sales digestivas.

A mediados de los años 70, cuando yo era muy chica, hubo en Lima un terremoto muy fuerte. Lo recuerdo como si lo estuviera viviendo, y en verdad ese no es uno de mis recuerdos más felices de la infancia. Lógicamente, ese terremoto tuvo varias réplicas, y una de ellas empezó en el preciso instante en que yo golpeaba fuertemente la puerta del baño pidiendo a mi querida Cami que saliera a jugar conmigo. En ese momento, sentí que la réplica había sido consecuencia de mi violenta forma de tocar la puerta del baño. Racionalmente, sé que no es así... pero desde entonces no puedo escuchar que golpeen ninguna puerta fuertemente, pues siento inmediatamante el miedo de que todo va a empezar a temblar.

Nunca había oído el mito de la muerte por ventilador, pero entiendo perfectamente que haya coreanos que durante el verano prefieran no dormir con el ventilador prendido y las puertas cerradas. Ni siquiera con el ventilador apagado.

Son sensaciones de las que uno no puede desprenderse. No importa cuántos años tengas, no importa cuánto tiempo haya pasado, no importa que racionalmente sepas que nada va a pasar, no importa lo que otros te digan... es muy difícil borrar aquello en lo que has creído tu vida entera.

Seguramente más de uno tiene creencias como estas, de las que están fuertemente arraigadas en algún lugar del subconsciente, tan profundamente arraigadas que ya ni sabríamos cómo librarnos de ellas, a tal punto que dejamos de hacer algunas cosas de puro miedo.

jueves, 30 de octubre de 2008

Recuerdos con una sonrisa

Hoy pensaba en ti. No es que necesite un día especial como el que se viene para pensar en ti, sino que hoy quise contártelo. A estas alturas ya debes saber que estás presente siempre, pero igual quiero compartir contigo algo de lo que viene a mi memoria cuando pienso en ti.

Recuerdo cuando te pasabas horas leyendo el Almanaque Mundial, el del año en que estuviéramos, y que a tu lado descubrí países lejanos con nombres llamativos. Ahora cuando veo esos nombres vuelvo a verme sentada a tu lado en la mesa del comedor de la casa de Garzón. Qué dirías si supieras que en alguno de esos países hay personas leen Seis de enero.

Recuerdo que, como sabedor de todo que eras, siempre me descifrabas los enrevesados hechizos que Endora lanzaba contra el pobre Darrin. Ahora que el cable nos regala estas series de la infancia, cada vez que oigo esos hechizos (que ahora entiendo sin ayuda) te recuerdo una vez más, con una sonrisa.
Recuerdo tu entusiasmo y ese brillo en los ojos cuando descubrías algo, por más simple que fuera, cuando unías las piezas de datos sueltos y llegabas a una conclusión.
Recuerdo la vez que me caí en la calle y me hice una tremenda herida en la rodilla. Para que no llorara ni te pidiera volver a la casa, te las ingeniaste de mil maneras para hacerme reír, y lo lograste pese a todo.
Recuerdo cuando le enseñabas a leer a Kitty, y la vez en que le explicaste cómo era eso de que uno tenía 11 dedos si se empezaba a contar descendentemente desde el diez y se sumaba los cinco de la otra mano: 10, 9, 8, 7, 6 más 5 (de la otra mano) = 11.
Recuerdo la guerra que era levantarte todas las mañanas para que estuvieras listo a la hora de salir al colegio. Y también que cuando nos encontrábamos por los pasadizos tú nunca ignorabas a tu(s) hermana(s) menor(es), como seguramente más de uno habrá hecho alguna vez.
Recuerdo tus llamadas a cualquier hora del día solamente para decir "cuéntame algo", lo que a Kitty y a mí nos causaba fastidio porque casi nunca había nada para contar. Cómo las extraño ahora.
Recuerdo los famosos radioteatros que hacíamos con mi papá primero, y contigo después, sacando las historias de los chistes y usando unas grabadoras que ahora seguramente podría encontrar en tiendas de antigüedades.
Recuerdo que gracias a ti aprendí a ir a todos lados caminando, a veces a más de 20 cuadras de distancia. No solamente lo aprendí, sino que lo sigo haciendo.

Recuerdo cuando llegabas a la casa y a gritos nos pedías que te acompañáramos, con el agregado de "le conviene". Esas dos palabras hacían que Kitty yo dejáramos lo que estuviéramos haciendo para salir corriendo. Realmente, nos convenía.

Recuerdo esa sensación de 'tener un hermano grande' del que me enorgullecía tanto, que me hacía sentir confiada y segura y con el que contaba siempre. Porque a pesar de que podíamos quedarnos roncos peleándonos y gritándonos, los tres nos queríamos (nos queremos) con el alma entera. Esto no lo cambio por nada del mundo.

Recuerdo esos bailecitos que le obligabas a hacer a mi mamá, y esas cargadas que tanto miedo le daban a la tía Angelita. ¿La sigues cargando?

Recuerdo que a veces era casi imposible hablar contigo porque contestabas todo con trozos de canciones, y no sé cómo hacías, pero siempre era la canción adecuada a lo que fuera que tuvieras que decir. No puedo dejar de mencionar una que te encantaba, Color esperanza.

Te recuerdo con una sonrisa, de manera inevitable casi siempre acompañada de una lágrima, "llenecita de preguntas, eso sí".
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Imagen de Google Images

miércoles, 15 de octubre de 2008

Esta vez me tocó a mí...

Hace algunos meses, les contaba yo de un ángel mensajero que me alegró el día. Fue una cosa muy simple, pero que llegó en el momento justo.

Traigo esta historia a colación porque resulta que esta vez me tocó ser el ángel mensajero de otra persona, alguien a quien nunca he visto personalmente, que se hace llamar Coffeewallah, que vive en Puerto España, en Trinidad y Tobago, que tiene un blog maravilloso con el nombre de 'Sentada en el Coffewallah', que descubrí al traducir un post para Global Voices Online y que desde el primer momento me atrapó de una manera que no puedo explicar.

O tal vez si puedo explicar, porque el post que inició todo hablaba de la festividad religiosa del día en que termina el Ramadán, el mes sagrado de ayuno para los musulmanes. Ella contaba cómo celebraría esa día:

[...] Mi abuelita probablemente está trabajando como esclava encima de una cocina caliente mientras yo escribo; esto antes de dirigirse a la mezquita donde se reunirá con sus compañeros sobrevivientes, ella tiene 84 años, sus amigos están muriendo, antes de regresar a la casa para otra ronda de rápida actividad en la cocina. Ya que mi madre murió y no tiene más hijas… soy yo su compañía mientras cocina, renuente asistente de chef, porque no puedo hacerlo de la manera en que ella quiere, mi estilo de cocinar es muy diferente. [...].

Nosotros, los que quedamos, nos reuniremos brevemente en la cocina, para comer juntos antes de saltar para ir a cualquier otra parte. Me siento triste por ella, esto no es lo que ella se imaginaba. ¿Dónde están los ocho hijos que crió, dónde los nietos y dónde los bisnietos? No se oyen voces infantiles, nadie corre por debajo de los pies, no hay un enjambre de actividad [...]. Y ella estará feliz, aun con esto.

Fue inevitable no recordar a mi tía Angelita, que hasta el final se encargó de nuestras cenas navideñas. Entonces decidí hurgar en ese blog, y encontré un post dedicado a la abuela, 'El sabor del amor', del cual traduzco un extracto:

Ella me ama, sé que es así [...]. La ella a quien me refiero es mi abuelita, la que en estos días visto solamente de manera intermitente. Está envejeciendo, se está poniendo más y más cansada y menos capaz de seguir a lo largo del día. [...]

Pero aún así, es mi abuelita y el amor de una pequeña abuela recorre un largo camino.

Me gustó lo simple de sus historias, no quería perdérmelas. Así que incluí su blog en mi lista de blogs favoritos. A los pocos días, vi que ella me lo había retribuido.

El martes en la noche entré a su blog, como lo vengo haciendo desde que lo descubrí, porque prácticamente cada día tiene nuevo post. Encontré algo que no me esperaba, al leer su más reciente post en ese momento, 'Rascando la barriga de Buda':

Un dragón se sienta en mi escritorio, un poderoso dragón chino, mirando silenciosamente todo el día, mientras trabajo. A su lado, Buda también mira serenamente, enigmático, sin ofrecer respuestas, simplemente una presencia traquilizadora en el mar de una actividad a menudo frenética. Esas dos figuras reemplazaron a un sonriente Buda de jade que había sido mi compañía por muchos años. Sus brillantes ojos y enorme barriga se sentaron encima de mi computadora durante mucho tiempo, cada cierto tiempo yo alargaba la mano y tocaba su alegre barriga con el dedo, y golpeaba el frío jade en busca de conexión, consuelo o algo así. Mi amiga TL venía y se la pasaba con él de vez en cuando, ambas nadábamos contra los desechos y Buda era un consuelo compartido. Su alegre energía siempre nos mantuvo ahí, nos sacaba de toda situación bochornosa.

Cuando TL decidió seguir su camino, me alegré enormemente por ella, era una buena decisión, pero yo sabía que la iba a extrañar terriblemente. [...] Como parte de un regalo de despedida, le di a Buda, para que tuviera un pedacito de mí en su nuevo hogar, y así no estuviera sola. Pero eso significaba que Buda se habría ido, y por un tiempo, no fue nada.

El dragón llegó después y la cabeza de Buda un poco más tarde. Y ahora son los vigilantes de mi espacio. Pero resulta que no son los únicos. En las últimas semanas, otros varios Guardianes han aparecido. Después de un largo letargo, casi. Una mañana, mientras ponía al día el blog, me encontré con un comentario de Gabriela en Lima. Cada día, otro optimista comentario positivo. No pudo haber llegado en un momento mejor. "Louise" conocida como mi compañera de bicicleta Charms seguía fuera en su misión, y yo estaba sintiéndome particularmente sola, asediada por las vicisitudes, mi alma gitana sofocada y sin suficiente café en el mundo para hacerme sentir mejor.

A través de las millas, Gabriela me recordó de los días en que tenía amigos por correspondencia. Chicos y chicas que solamente conocí por las fotos adjuntas a las cartas que yo leía ávidamente. Cartas que me dieron perspectivas de vidas a cientos de millas de distancia. Algunos, por montones de ideas o actividades. Estas cartas como resultado de Big Blue Marble y otras organizaciones dedicadas a fomentar amistades globales a través de la magia del correo. Hoy me comunico con cientos de personas en todo el mundo por una razón u otra, la inmediatez con que puedes conectarte es asombrosa, dado que pasaba un mes o seis semanas antes de que los amigos te contactaran. Leía esas cartas una y otra vez, y años despúes, al conocer a una de las chicas con las que me escribía, me confesó lo mismo. Afiné mi forma de escribir y mis habilidades de contar historias con esas cartas e hice algunos amigos; Doris y yo nos escribimos a lo largo de la primaria y la secundaria, y hasta la universidad y unos años después de eso. A la larga perdimos contacto después de que mi madre murió. Ahora tengo comentarios en mi blog.

Una llamada al azar de Blue para saber de mí y un e-mail de Scene sobre una cosa u otra que yo había escrito en las semanas anteriores, todos estos contactos me hacen sonreír. Como me gusta leer los blogs de otras personas, mi jefe estaría probablemente horrorizado con la idea de que paso una hora al día, leyendo blogs; eso llena el espacio dejado por Buda. Porque, ustedes ven, leerlos a todos se ha convertido en frotar la barriga de Buda. Ustedes son mi piedra de toque contra la locura de mi propio día. Así que ya sea pelearme con Angry African, créeme amigo, todavía no te voy a mandar mis fotos braai; o sacudir la cabeza ante las tonterías que resalta Scene; traducir el castellano de Gabriela o seguir a las mascotas de Blue, ustedes son muy reales. En la semana pasada Coffeedude me ha hecho entender que TENGO que tener mi cafetería. Simplemente para que él y yo podamos sentarnos e intercambiar libros y ser juntos unos snobs literarios y de café. Annie, acuérdate de traer el Blue Mountain cuando vengas, no puedo darte bien ninguna de las viejas cosas.

Como pueden ver, sigo frotando enérgicamente.

Me alegré cuando vi que dejó un comentario en Seis de enero, pero no me imaginé que supiera un poquito de castellano y que leer este blog le servía para practicar lo que alguna vez aprendió. Pero como ven, hubo más que eso.

Sin quererlo, me tocó ser el ángel mensajero de alguien que por azar se cruzó en mi camino. Nunca lo hubiera imaginado. No sé si alguna vez podré ir a Puerto España a conocerla personalmente, aunque espero que si. Como me pasó con Marcela y con Katia y con otras personas maravillosas, este blog me ha servido para acortar distancias, para tener un sinfín de emociones que valen la pena de principio a fin.

sábado, 12 de julio de 2008

En el mundo de los zurdos

Ver más sobre el tema en este post.

DIOS CREÓ UNOS CUANTOS SERES PERFECTOS...
LOS DEMÁS SON DIESTROS

Yo vivo en el mundo de los zurdos. Pertenezco a esa minoría que nació con el hemisferio derecho del cerebro como dominante, a diferencia de la mayoría diestra. Algunos señalan que el 10% de la población es zurda, otros dicen que somos el 8%. Sea como sea, somos una minoría.
Cuenta mi mamá que confirmó sus sospechas de mi preferencia por la mano izquierda cuando me dio una cuchara, que yo agarré ya saben con cuál mano. Ella vio su oportunidad de ver mi reacción y cambió la cuchara de una mano a la otra. Yo la regresé a la izquierda mientras le decía "no she pede". Tenía como dos años.
Irremediablemente zurda: confirmado.
En ningún momento de mi vida intentaron corregir el "error". Por el contrario, mis padres siempre me inculcaron que no debía permitir que nadie lo hiciera. Simplemente no puedo imaginar la agonía que deben haber pasado mis congéneres de generaciones pasadas cuando les amarraban la mano para escribir "correctamente". Mi tía Angelita, por ejemplo, me contaba cómo pasó por eso en su niñez.
Yo estoy orgullosa de ser zurda. Aunque no puedo negar que hay momentos en que es algo incómodo. Por ejemplo, cuando estaba en el colegio no podía entender por qué las planas en el famoso Pálmer me salían tan mal. Hasta los que tenían la peor letra del salón (lo digo sin mirar a nadie) podían hacerlas mejor que yo. Hace pocos años me di cuenta de que esto se debe a la inclinación de mi mano, totalmente opuesta a la de los diestros.
Igual me pasaba cuando cortaba cualquier cosa con tijera, porque nunca podía recortar por el borde. ¡Qué torpe me sentía! Años de frustraciones terminaron cuando por fin pude comprarme una tijera especial para zurdos... hace poco más de diez años, ya en mi vida adulta.
En la mesa, siempre busco sentarme al final para no chocar los codos con el vecino al momento de comer. Si no tengo cuidado al escribir, sobre todo si lo hago con plumón, mi mano va borrando lo que escribe. También va ensuciándose.
Y hay otras cosas, algunas muy simples desde el sentido de las inscripciones en los lapiceros y lápices (que están hechas para que se lean cuando se les agarra con la derecha) hasta la posición de las mirillas de las cámaras fotográficas, que están hechas para tomar fotos con el ojo derecho. Si, hasta en eso soy zurda.
Alguna vez leí que probablemente esta generación sea la primera que puede ser zurda sin presiones de ningún tipo, pero Marta me dijo que en Alemania todavía hay profesores, sobre todo en las áreas rurales, que siguen con la costumbre de corregir el hecho de preferir la mano izquierda. Nunca lo hubiera imaginado.
Pero no crean que solamente hay desventajas. A pesar de que prácticamente lo único que hago con la mano derecha es cortarme las uñas de la izquierda, siento que soy más hábil con la mano derecha de lo que muchos diestros son con la mano izquierda. Además, siempre he podido leer y escribir fácilmente de derecha a izquierda, algo que atribuyo al hecho de ser zurda.
A mí me encantaría equipar una habitación de una casa, o una casa completa, con todo hecho especialmente para zurdos. Y les demostraría a los diestros cómo es nuestra rutina todos los días, toda la vida.
Pero esto no es un buzón de quejas, ni quiero que se tome así. Somos un colectivo importante. Tenemos hasta nuestro Día Internacional de los Zurdos, el 13 de agosto... aunque imagino que lo de 13 debe ser en tono irónico.
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Foto tomada de la página web de Zurdo Boutique
PD: En Lima tenemos la Zurdo Tienda. Les invito a visitar su sitio web.

martes, 20 de mayo de 2008

La tía Angelita

Era todo un personaje. Marcó mi vida, como la de muchas otras vidas que tocó. Era mi tía bisabuela, pero en verdad era la tía de todos.

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La tía Angelita nació a comienzos del siglo XX en Iquitos. Su padre fue un español que vino desde su tierra a "hacer la América" durante la Fiebre del Caucho. Se instaló primero en alguna zona de la Selva peruana, se casó con una peruana y tuvieron muchos hijos. La tía Angelita decía: seis han muerto, seis hemos vivido. Ella era la penúltima de esos seis que vivieron, cinco hermanas y un hermano.

Cuando su padre murió, dejó a la familia en la pobreza casi absoluta. Así que a los 8 años, Angelita (a esa edad todavía no la habían elevado a la categoría de tía) dejó el colegio y se puso a trabajar. Ella contaba que en su niñez jugaba con las gruesas monedas de oro que su padre tenía. Lamentablemente nadie tuvo la previsión de guardar pan para mayo.

Nos hacía reír cuando nos contaba cómo eran los bailes en sus tiempos: su mamá acompañaba siempre a las hijas, y cuando un muchacho quería sacar a bailar a alguna de ellas, debía pedirle permiso a la madre. Si ella daba el visto bueno preliminar, se volteaba hacia la hija elegida por el joven y le preguntaba: "hija, ¿de agrado es el joven?". La respuesta lógica era: "de agrado es". Y empezaban bailar, bien vigilados por la madre-chaperona.

Se casó, se separó y vino a vivir a Lima durante los años cincuenta. Nunca tuvo hijos, pero crió a un batallón de sobrinos, entre los cuales estamos mis hermanos y yo.

La recuerdo siempre muy viejita, debía tener cerca de setenta años cuando yo nací. En la casa se encargaba de todo, y para mi mamá debió ser una tranquilidad saberla a nuestro lado en todo momento cuando no le quedó más remedio que trabajar en dos sitios. Cocinaba delicioso, y lo más asombroso era que no tenía necesidad de recetario: le daban las indicaciones y al día siguiente tenía el plato hecho sin más trámite. Y todos los días, a eso de las 3:30 pm rezaba su rosario como un ritual impostergable e inevitable.

Nos alegraba las noches de apagón con sus historias, con su eterna radio a pilas que cubría con una funda anaranjada, con sus juegos. Se deleitaba viendo novelas, nos hacía reír con sus ocurrencias. Ya en mis años de universidad, recuerdo la aprensión que sentía al llegar a la casa, en ese microsegundo que transcurría entre mi grito de "¡hola tía!" y su respuesta, por lo general "¿quieres comer?"

Recuerdo con una sonrisa de esas que trae la nostalgia que un día le dijo a Tito: "hijito, te cuento que se me están acabando mis pastillas". Y él, siempre fregado, le respondió: "Ay tía, qué pena". Por supuesto, en menos de media hora le había comprado toda una dotación de pastillas.

Nos dejó un sábado, una mañana fría de julio, muy temprano. Silenciosamente. Se cayó y no se levantó más. Fiel a su estilo, no causó problemas con enfermedades largas y complicadas. Además, nos dio el fin de semana entero para llevar a cabo todo el ritual que sigue en estos casos.

Cómo extraño tu risa, tía Angelita. El ánimo que le ponías a todo. Las ganas que tenías siempre de hacer las cosas. Y que nunca te dejaras amilanar con nada, cómo llegabas siempre aunque fuera "jalando tu pierna", como decías.

¿Cómo era tu frase?

¡BRAVO CHILÍN!

sábado, 19 de abril de 2008

Las (tele)novelas

Las telenovelas me han acompañado la vida entera. Recuerdo los días en que regresábamos del colegio, la tía Angelita nos esperaba con el almuerzo listo, caliente, servido... y con el televisor prendido viendo la telenovela que fuera.

Vienen a mi memoria algunos títulos de diversas nacionalidades: Ha llegado una intrusa, El hogar que yo robé, Mañana será otro día, Barata de primavera, Una muchacha llamada Milagros, Lucía Bonelli, Quiero gritar tu nombre, entre tantas otras. Y la infaltable dupla de oro de las novelas venezolanas Lupita Ferrer y José Bardina.

Gracias a las novelas, aprendí que es normal y cotidiano tener amnesia, dejar niños abandonados que después son reconocidos por cadenitas, manipular los frenos de un carro para "deshacerse" de alguien incómodo, suplantar personas, adueñarse de herencias, que los malos más malos siempre se salen con la suya hasta el penúltimo capítulo y que la palabra FIN era sinónimo de felicidad infinita.

De todas, hay cuatro que merecen un lugar especial en mis recuerdos de todos los tiempos. El orden en que van no reflejan ninguna preferencia porque las cuatro son especiales por diferentes razones:

1. Los ricos también lloran: la primera vez que la dieron, no podía verla completa porque la daban a las 10 de la noche. A esa edad, para mí era una hora prohibitiva, pero de todas maneras trataba de ver tanto como me fuera posible. Recuerdo como si estuviera viviendo de nuevo la "fiesta" que armamos mis hermanos y yo con la tía Angelita cuando Luis Alberto botó a empujones de su cuarto a la pérfida Esthercita, nada menos que la misma noche de bodas. Esthercita era una real mala de telenovela mexicana, y ese matrimonio lo consigue gracias a sus maquinaciones dignas de una real mala de telenovela mexicana. Mientras tanto, la pobre y buena de Mariana lloraba desconsolada (por cierto, ¿nadie puede hacerle un favor y decirle que ya estuvo bueno de colágeno?).

Años después la vi de nuevo, esta vez completa y siguiendo todos los elementos de la trama. Y sentí el mismo gozo cuando vi a Luis Alberto botar a Esthercita a patadas.

2. Baila conmigo: exitazo brasileño, con Tony Ramos haciendo memorablemente doble papel, el alegre carioca Quizinho y el opuesto serio lisboeta Juan Víctor. Como toda buena novela brasileña, había una cantidad increíble de personajes, cada uno con sus características bien definidas. Inolvidable momento el del encuentro de los dos gemelos.

Eran los primeros tiempos de las novelas brasileñas en el Perú. Muy pocos años antes habían dado Isaura, que rompió todos los esquemas y que en su momento fue una revelación total (debo reconocer que ahora se ve más bien como pieza de museo). Y hasta donde recuerdo, Baila conmigo fue la segunda (después de Dancin' Days) que mostraba un Río de Janeiro del siglo XX, con playas y playeros, motos, alegría, música.

3. Corazón salvaje (versión de 1993): inolvidable Eduardo Palomo, haciendo un Juan del Diablo memorable. No sé si me gustaría leer el libro, para ver si su personificación encaja con la concebida por la autora, Caridad Bravo Adams. Prefiero quedarme con la idea de que Juan del Diablo tenía el pelo largo, ojos verdes y un arete, que era un tipo que la tuvo difícil, sin tener siquiera nombre por ser hijo extramatrimonial pero que supo abrirse camino en la vida y que terminó encontrando el amor y su lugar en el mundo.

Hay dos versiones anteriores, pero yo solamente recuerdo vagamente la segunda de ellas. Esa versión transcurría en Martinica o en Haití, por eso se explica que la mala se llamara Aimée y que ese Juan del Diablo fuera mulato.

Pero en mi recuerdo, no se compara con el Juan del Diablo de Eduardo Palomo. Esta novela la vi completita, y la veo cada vez que la repiten. Hasta yo misma me asombro de encontrarme anticipándome a los diálogos. Alguna vez leí que dado el éxito de la novela, Palomo decidió quedarse con el pelo largo, con el look de Juan del Diablo.

4. La pícara soñadora: (también con Eduardo Palomo) narrada en un tono muy diferente de las anteriores; es una novela atípica porque no tiene malos en el sentido que entendemos a los malos de las novelas. Recuerdo al torpe Molina que quería hacerle la vida imposible a los personajes principales, pero a quien todo le salía siempre mal.

Lupita López era todo lo pícara y soñadora que el título sugería, además de vehemente y bastante irreflexiva. Hasta llegó a tener a una bebita colgando del techo con tal de evitar que la separaran de su mamá.

Los azares de la vida me hicieron conocer y hacer amistad con uno de los actores de esta novela, cuando estuvo en Lima haciendo... una novela. No era Eduardo Palomo, pero todo fue igual de emocionante.

Por una triste coincidencia, los actores que encarnaban a los personajes principales de esta novela murieron muy jóvenes, y los dos por ataques al corazón. Se me hizo un nudo en la garganta hace algunos años cuando vi a Palomo en Un día sin mexicanos, su última película. Al final aparece su cara a toda pantalla y la frase In memoriam. Pude oír los murmullos extendiéndose por la audiencia mientras pasaban los créditos.

Mención aparte y especial merece esa joya de las novelas, Vale todo. Ahí están las malas más malas de todas las malas de telenovelas: Fátima (Gloria Pires) y Odete Roitman (Beatriz Segal).

Como ven, las telenovelas me han acompañado toda la vida. Me traen recuerdos. Casi siempre de los que te hacen sonreír con nostalgia.

jueves, 13 de marzo de 2008

Mar y cielo, en femenino

"Tiene tu pelo", fue lo primero que me dijo mi hermana el 27 de setiembre de 2007, cuando asomé la cabeza en su cuarto de clínica, pocas horas después del nacimiento de Marcela.

Tres simples palabras, que en nuestra familia significan tanto. Cuenta la leyenda familiar que tu abuelo se asomaba a mi cuna y me decía eso, regálame tu pelo... él, con su abundante e indomable melena, envidiaba mis ondas.

Y mira tú, dicen que tienes mi pelo, el que tu abuelo envidiaba. El abuelo del que te hablaremos para que lo conozcas y lo quieras, porque él a ti ya te conoce y te quiere.

Cuando te cargué por primera vez vi algo que nadie había percibido: tu diminuta barbilla partida, signo inequívoco de tu papá y de Claudia. No debe haber habido padre más feliz que él cuando le dije: "oye, mira, heredó tu barbilla partida".

Dos días después, ya en tu casa, me tenías cambiando tu primer pañal.

Ahora te veo sentadita. Te cargo y me sonríes mostrándome tus dientazos. Te carcajeas cuando me oyes entonar torpemente eso de "te quiero yo, y tú a mí". Porque te quiero, ¿sabes? Y mucho.

Algún día leerás esto.

Y algún día te contaré de cómo tu mamá me anunció que tenías mi pelo, de cómo le anuncié a tu papá que sacaste su barbilla, de cómo fue tu primer cambio de pañal (un poco caótico, para qué mentirte). Te contaré historias, como lo he hecho tantas veces con tu primo Gonzalo. Escribiremos tu propia historia. Responderé tus preguntas, que ojalá sean muchas, y espero tener siempre la respuesta a la mano.

Te contaré también que cada vez que puedo te asomo a la ventana, porque te encanta ver pasar los carros por la calle. Y de la vez en que te llevé a pasear en tu coche, haciendo malabares para que el sol no te diera de lleno en la cara.

De cómo la casa queda oliendo deliciosamente a Marcela cada vez que nos visitas. Y de tus "llamadas" telefónicas en cualquier momento del día, que algún día serán conversaciones reales.

Sobre todo, te contaremos todos de Tito, de la tía Angelita, del abuelo (el que quería mi pelo) y de lo importantes que son todos ellos en nuestras vidas de todos los días.

Marcela...

Mar y cielo, en femenino.

viernes, 25 de enero de 2008

30 años...

Hace 29 años y 11 meses vi en El Comercio la nota de una hija dirigida a su padre, fallecido 25 años antes. Recuerdo haber pensado: ¿cómo se puede vivir 25 años con semejante pena? Apenas había pasado un mes y simplemente no me lo imaginaba. 25 años... yo con 8 recién cumplidos los consideré más que toda una vida.

Y hoy son 30 años.

Tantas cosas han pasado. No me refiero a las obvias como los avances tecnológicos, la caída del Muro de Berlín, las Torres Gemelas, un japonés de presidente del Perú, sino a otras menos trascendentes pero más cercanas. Nuestra propia intrahistoria.

En estos 30 años se ha ido y ha llegado tanta gente. Se fue Tito, la tía Angelita, el tío Jorge y los tres abuelos que conocí. De otro lado, llegaron Ana Cé y Américo y, por supuesto, llegaron también Gonzalo y Marcela.

Porque a pesar de las partidas, la familia sumó.

No pudimos verte en nuestras graduaciones del colegio, ni en nuestro ingreso a la universidad, ni tampoco en nuestras graduaciones de la universidad, que logramos gracias al tremendo esfuerzo de una mujer tremendamente inigualable (bueno, un poco a nosotros mismos también).

Tampoco pudimos verte el 16 de marzo de 1994, ni el 27 de setiembre de 2007. Pero sé que estabas ahí. Todos lo sabemos.

Pero esto no se trata de tristezas ni nostalgias. Se trata de una celebración de la vida que fuiste, que eres, que diste y que tuvimos el privilegio de conocer. Así que, por favor, te pido que le hagas acordar a mi mamá cómo se hace el enrollado de limón.