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miércoles, 28 de agosto de 2013

Rebelión adolescente

Si yo fuera adolescente en estos días, definitivamente estaría más que furiosa con los guionistas de los programas que ellos consideran son para ese público, es decir, para adolescentes.

Primero, había un programa de hechura latinoamericana de cuyo nombre es mejor olvidarse que transcurría en un colegio. Supuestamente, eran las vivencias de un grupo de estudiantes de secundaria de un colegio que, asumo yo, ellos creen que es muy normal. Todos los chicos que actuaban ahí eran sobreactuados. En verdad, eran sobreactuadísimos hasta el hartazgo, con gestos y caras que yo jamás he visto en seres humanos comunes y corrientes. Además de eso, todos iban al colegio con unos uniformes escolares que más parecían ropa para un desfile de moda que prendas para ir al colegio. No tenían nada que ver con los grises uniformes que todos los escolares peruanos usamos durante muchos años hasta hace pocos años.

Eso no es todo. He dejado la parte más picante para el final. Los alumnos de ese colegio usaban conjuros de brujería para lograr sus fines. Y como por arte de magia (nunca mejor dicho), los personajes dejaban su forma original y pasaban a ser sapos, perros, lagartijas o alguna alimaña igualmente simpática.

Hablo en pasado sobre el programete este porque espero que su ausencia de las pantallas de televisión sea definitiva y que no se trate simplemente de un receso entre temporadas.

Ayer vi otro programa etiquetado también como juvenil. Venía este de una cadena estadounidense, debidamente doblado al castellano, donde lo único que quieren los chicos cuyas vidas ficticias se retratan acá es salir en televisión. Ese es su máximo logro y cometido y para eso son firmes creyentes y practicantes de que el fin justifica los medios.

Entre unos y otros se ponen unas trampas tremendas para lograr que otros y unos no cumplan con las citaciones que reciben para pasar las diferentes pruebas que determinarán si salen o no en televisión.

Antes de que alguien se pregunte por qué razón me dedico a ver estos bodrios televisivos, diré que del primer programa veía muy de vez en cuando sus dos minutos finales, mientras esperaba el programa que venía a continuación. El otro lo vi hace pocos días de casualidad, mientras escogíamos con Marcela algo para ver juntas. Menos de dos minutos más tarde simplemente cambié de canal.

Francamente, qué paupérrimo concepto tienen algunos de la mente adolescente. Ojalá dejaran de alimentarlos con programas como estos lamentables ejemplos que menciono. Tal vez ese supuesto público objetivo debería rebelarse de alguna manera ante tan grande subestimación a su capacidad intelectual.

jueves, 24 de enero de 2013

Sabor a barrio

Voy al quiosco de la esquina, y le pregunto al buen Tato si mi mamá ya compró el periódico para evitar repetir la compra. Me dice que si, que hace ya buen rato pasó por ahí y se llevó el diario decano. Y me entrega el fascículo anterior de los cuentos para Marcela, que se me pasó comprar en su momento. Le agradezco y me voy.

Entro a la farmacia y la servicial Fátima me recibe con una sonrisa. Le digo que se me acaba de olvidar el nombre de la pastilla que quiero comprar. "¿La que siempre llevas?", me pregunta. Cuando le digo que si, me saca una caja blanca con rayas verdes y me pregunta cuántas me llevaré esta vez. Me entrega la cantidad que le pido, le pago y salgo con mi pastilla cuyo nombre prometo no volver a olvidar.

Entro a la bodega que está en la misma cuadra en la que vivo. No tengo necesidad de cruzar ninguna pista cuando voy para allá. La dueña, Luisa María, me pregunta si esta vez también voy a comprar la vela votiva color rojo que siempre compro cuando voy con Marcela. Le digo que esta vez no, que cuando esté con Marcela, a la que le encanta dejarle una velita a la Virgen de Lourdes que hay a la entrada de la tienda.

Me acerco al panadero que tiene su mercadería en un triciclo y que vende a todo aquel que llega a la esquina donde se estaciona o que lo encuentra en el camino. No tengo ni que decir nada, él ya sabe que son dos panes de los más crocantes. Las pocas veces que el pedido varía, el panadero muestra su extrañeza demorándose dos décimas de segundo más en despachar los panes.

Camino media cuadra y me cruzo con el hombre que limpia autos. Nos saludamos y cada uno sigue su camino. Lo mismo pasa con el cartero, que a veces me regala un breve momento de dicha cuando me anticipa que tiene algo para mí en su enorme bolsa azul, incomprensiblemente estampada con las palabras Poste Italiane.

Entro al restaurante en donde a veces compro el almuerzo. El dueño ya sabe que no debe incluir ají ni cubiertos descartables en mi pedido. En cambio, agrega una pequeña bolsa con dos trozos de limón, que le da a la sopa un sabor muy agradable.

Todos estos encuentros que narro en esta entrada ocurren en un área que no excede de dos cuadras a la redonda.

Sabor de barrio.

martes, 9 de octubre de 2012

Chiquilladas

Una mañana de un sábado cualquiera de verano de 1996.

Voy a ver a un pequeñito a su casa. Al entrar, pregunto por él y me dicen que el niño está en su cuarto. Así que hacia allá voy a buscarlo.

Cuando estoy a pocos pasos de la puerta del dormitorio, el pequeño sale corriendo hecho una exhalación hacia el baño, en dirección opuesta a mí. Lo escucho reír a todo pulmón. Entro al baño, lo encuentro sentadito en una esquina, riendo a más no poder, tapándose la cabeza con brazos y manos. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo: sentado en el suelo, entre sonoras y traviesas carcajadas, vestido con un polo negro de manga corta y un pantalón corto amarillo. Levanta la cabeza, me mira y recién entonces me doy cuenta del detalle:
- Hey, ¡tu pelo! ¿Dónde está?
- Está cotado -responde, mientras se señala la cabeza.

Recién en ese momento se deja ver completamente.
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Una mañana de un martes cualquiera de agosto de 2012.

Decido ir a almorzar con una pequeñita a su casa, pero sin decirle nada. Será una sorpresa para cuando llegue del colegio, lo que suele suceder cerca de la una de la tarde. Llego a su casa poco antes de esa hora.

A la 1:10 pm, suena el timbre. Desde el segundo piso, Tita abre las dos puertas de fierro del edificio mientras me anuncia la llegada de la niña. La señora de la movilidad la lleva de la mano hasta trasponer la primera de las dos puertas y la cierra. La niña sigue su camino solita, ya segura una vez en el interior, hasta pasar la segunda puerta, que ella misma cierra. Es una rutina conocida por todos los que participan en ella a diario. Mientras bajo las escaleras, la oigo hablar sin parar. Debe creer que los pasos que escucha son los habituales, los de su querida Tita, a quien le cuenta las incidencias de su día.

Cuando en eso, levanta la cabeza y me ve. Su alegre voz es reemplazada por un repentino y notorio silencio. Los ojos se le ponen como platos, abiertos de tanto asombro:
- ¡Oye! ¡¿Qué haces aquí?!
- He venido para almorzar contigo, ¿está bien?

Su respuesta es correr hacia mí y darme la mano para subir juntas la escalera.
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Quiero dar la bienvenida a este universo blogosférico a Mil rostros de la ciudad, que recientemente publicó su primera entrada. Desde acá los invito a leer este nuevo espacio que, ojalá, se quede en la blogósfera durante mucho tiempo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Crónicas de viaje: La postal

Pero, ¿cómo llegó esa postal a mi casa?
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Antes de partir, le prometí a Marcela que le mandaría una postal de cada sitio que visitara. Ella me escuchó, pero no dijo nada. De todas maneras, ¿a los cuatro años quién sabe qué es una postal? Menos todavía en tiempos de comunicación digital.

Siempre hay que cumplir lo que uno ofrece, más aun si es una oferta hecha a una niña de cuatro años. Así que mi llegada al aeropuerto de Schiphol emprendí la búsqueda de las postales y de una oficina postal o algo que hiciera las veces de oficina postal.

Encontrar las postales fue fácil. Las había por montones en las tiendas de recuerdos, que también había por montones. Pensando en alguna que fuera del gusto de Marcela, escogí una llena de tulipanes de muchos colores, que decía ÁMSTERDAM en enormes letras. Le escribí unas palabras al dorso, puse su nombre y dirección, le pegué la estampilla que compré y directo al buzón se fue, junto con otras postales que escogí para otros destinatarios.

A los pocos días, recibí un mensaje por correo electrónico: "Marcela recibió tu postal hoy". Eso fue todo. Hasta ese momento, me di por satisfecha pues, una vez más, el correo cumplió con el encargo que le había dado.

Después supe la historia detrás de la historia.

La postal llegó casi una semana después de que yo la soltara en el buzón anaranjado en Schiphol. Justo ese día mi mamá había ido a almorzar a casa de Marcela, y fue testigo de excepción del momento en que recibió la postal. Me dijo que le encantaron los tulipanes.

Al día siguiente de mi regreso a Lima, vi a Marcela. Entre saludos y abrazos, le pregunté si le había gustado su postal. Me dijo que si, y a continuación me preguntó cómo había llegado la postal a su casa. Le dije que yo la había llenado, había puesto su dirección y la había dejado en un buzón.

- Ya... pero, ¿CÓMO llegó la postal a mi casa?

Evidentemente, mi respuesta no había sido suficiente. Así que le dije:
- Una postal es una tarjeta con fotos de los sitios que uno visita cuando se va de viaje y que se mandan como recuerdo. Como yo quería mandarte ese recuerdo, en el aeropuerto de una ciudad que se llama Ámsterdam, me fui a una tienda y busqué una postal que pensé que te gustaría. Escogí la de las flores, que se llaman tulipanes, atrás te escribí unas palabritas y le puse tu dirección. Después le pegué una estampilla. Habrás visto un sticker en la esquina de arriba
- Si- me respondió, con movimiento afirmativo de la cabeza.
- De ahí la dejé en un buzón anaranjado. Un buzón es como una caja muy grande para las cartas y las postales. Después vino un cartero, sacó todas las cartas y postales y las repartió en bolsas para los diferentes países como Perú, Argentina, Colombia... a ver, otro país.
- ¡Kenia!
- Ajá, Kenia, Japón. Bueno, todos los países. Cada bolsa se fue en el avión que le tocaba de acuerdo al país al que tenía que ir. La tuya tenía que ir al Perú, así que la metieron en la bolsa que venía para acá. Cuando llegó al Perú, otro cartero separó las cartas y postales de acuerdo a los sitios a donde debían llegar.
- Higuereta, Lima, Miraflores- enumeró ella.
- Exactamente, y una de esas iba para tu casa, para eso hay que poner la dirección completa. Después, otro cartero la llevó hasta tu casa y así llegó a tus manos. Mira todo lo que recorrió la postal de los tulipanes- le dije, mientras le mostraba la distancia en un globo terráqueo.

Se lo quedó mirando sin decir nada. Supongo que esta vez su curiosidad quedó satisfecha porque no siguió preguntando más.

En una era de comunicaciones virtuales, hay una niña de la era digital que recibió una postal que alguien que la quiere mucho le escogió especialmente, y que llegó hasta ella luego de atravesar todo un océano y dos continentes.

La magia del correo sigue viva. Ni más ni menos.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Renovación generacional

La tía Angelita nos contaba historias de su niñez en los campos de explotación del caucho. Su padre, don Francisco Martínez Camino, llegó de su natal Extremadura a "hacer la América" a finales del siglo XIX, en pleno apogeo de la explotación del caucho en la Amazonía peruana. Por eso, la tía Angelita tenía un niñez llena de historias de ese tiempo y lugar.

También nos contaba cuentos que no terminaban con el típico "colorín colorado, esta historia se ha acabado". Sus cuentos acababan con un original "Se han casado y por aquí han pasado". Esas palabras me hacían pensar en un príncipe y una cenicienta que habían pasado por la esquina de la casa sin que los hubiéramos visto. Siempre me preguntaba por qué la tía Angelita no nos había avisado para poder verlos pasar, aunque fuera de lejos.

Pero sobre todo, la tía Angelita nos cantaba canciones. Canciones de esa niñez lejana en el tiempo, lejana en el espacio, lejana en circunstancias. Seguramente, son canciones que escuchó innumerables veces en los tiempos en que vivía en "el caucho". Canciones que no hemos vuelto a oír en ninguna otra parte ni a ninguna otra persona, con una mezcla de castellano y portugués, seguramente tal como ella las recordaba.

A, B, C mendesha
que bailo con José
Mi niña tan bonita
mi niña pela rua
Para vestir a mi amada
con tinta encarnada

O esta variante del popular de tin marín: an, san, gan, pique, pique, golegán, bulle, bulle, rataplán, mis, gan.

Por más que he buscado a través de Google y similares, no he encontrado ninguna de estas dos canciones.

Nos decía frases como "cabeza de futbolista" cuando olvidábamos algo o cometíamos alguna torpeza. Teniendo en cuenta el estado de nuestro fútbol, la frase no puede ser más exacta.

Así como en tiempos pasados hubo un niño curioso, ahora hay una niña de cuatro años que se esfuerza por recordar y cantar esas canciones. Que pregunta si la Tití era amable y que pide repetidas veces que se le cuenten sus historias. Y ahí vamos al baúl de los recuerdos y le contamos de la vez que le hizo cesárea a una vaca que estaba sufriendo para parir a un becerro mal colocado. O como cuando le dio una insolación terrible por exponerse al sol playero sin tener el mayor cuidado. O como cuando, incapaz de recordar el nombre de su remedio, decía que se le había acabado la "cojinovita" (el nombre correcto es GeroMucovit).

¿Ya ves, tía? Decías que nosotros te íbamos a recordar apenas como un "ras". Y ahora dos de tus sobrinos tataranietos, que no coincidieron contigo en el tiempo, cantan tus canciones y conocen tus historias. Con suerte, las transmitirán a la siguiente generación.

Que así sea.
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martes, 1 de mayo de 2012

Adiós, verano

Esta entrada debió haberse publicado hace algún tiempo, pero se fue quedando rezagada entre taladros, brevetes y sonatas.
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Debo comenzar diciendo que no me gusta el verano, que mis destinos soñados de viaje nunca incluyen lugares de playa y que cuando el verano está en todo su apogeo, quiero que llegue a su fin cuanto antes. Me encantan los húmedos días fríos que Lima nos regala entre junio y setiembre, signo distintivo de esta ciudad de cielo eternamente gris.

No obstante, y quizá porque es extraña la naturaleza humana, cuando el calendario y un inicialmente imperceptible cambio de temperatura anuncian que se acaba el verano, se puede percibir una especie de tristeza en el ambiente. Quizá sean rezagos de los tiempos en que el fin del verano significaba el término de las vacaciones escolares, que se acababan los días de ver televisión con Tito hasta muy entrada la noche y que habrían de pasar varios meses hasta volver a ver sandías, uvas y tunas en la mesa.

Esa sensación la tuve en días pasados, en lo que pasó a ser el último día de playa de este verano 2012. Por lo menos acá, se considera que la temporada de playa empieza el fin de semana entre la Navidad y el Año Nuevo y termina el Domingo de Resurrección.

En ese último día de playa, todos los vendedores de productos típicos de estos tiempos estaban rematando sus existencias. El heladero no tenía el helado que quería. Me explicó que le quedaban ya pocos helados, que dada la cercanía con el fin de la temporada, no había querido llenarse de mercadería con la que después no iba a saber qué hacer. Tuve que conformarme con alguno de los que le quedaban en su cajita llena de hielo. Nos despidió con una sonrisa acompañada de un "hasta el próximo año" al momento de levantarse para seguir ofreciendo su mercadería.

Las señoras que venden vestidos playeros también hacían rebajas increíbles a sus vestidos. Tal vez porque quedaban aquellos que a nadie habían gustado, sus ventas no tenían éxito. Vi a unas chicas probarse prácticamente todos, pero en verdad no sé si habrán llegado a comprar alguno.

Marcela disfrutó de esta visita a la playa. Recordó el balde morado que el caprichoso mar se llevó pocas semanas antes y que nunca devolvió. Hizo castillos con arena, recolectó plumas, comió pan con atún, todo mientras contaba novedades de su colegio. Todo lo referente al colegio es novedad pues recién ha comenzado en marzo y está feliz.

En verdad, también disfruté de ese último día de playa del verano 2012. A pesar de no ser mi estación favorita, no puedo negar que el verano tiene su encanto.
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jueves, 30 de junio de 2011

De abrigo y sombrero

Si pasamos todos los días a la misma hora por el mismo sitio, lo más probable es que veamos siempre a la misma gente haciendo lo mismo cada vez que los veamos.

En mi recorrido diario veo todas las mañanas a la señora que lleva a su nieto al colegio. Van caminando despacito los dos, el niño lleva una mochila colgada de la espalda y no para de hablar. La abuela carga la lonchera y parece escucharlo, por lo menos, se le ve atenta a cada palabra del niño. De vez en cuando asiente y eso le da cuerda al niño. Imagino que así es la caminata diaria de Marcela a su nido. Así eran las caminatas con Gonzalo cuando era chiquito.

Está la señora siempre apoyada de un murito que hay entre la pared de su casa y la calle. Fuma un cigarro y echa las cenizas a una taza blanca a la que le falta el asa. Mira a la gente pasar sin decir nada más que un ocasional saludo a una que otra persona.

Hay una pareja de señores a quienes la corrección política me obliga a llamar adultos mayores. Van de la mano, sin hablar mucho. El señor mira a todo aquel que se le cruza y hace un saludo con la cabeza mientras sonríe bondadosamente. Me hacen recordar a mis propios abuelos.

Estas son algunas de las personas que veo a diario en diferentes momentos del día. Se puede uno imaginar a dónde van y de dónde vienen todos ellos.

Todos menos uno.

En medio de toda esa colección de personas está el hombre del sombrero. De abrigo y sombrero. Parece extraído de la portada del Cementerio de Praga. Un anacronismo total, más enigmático aun porque es un hombre joven y porque siempre lo veo de noche. Camina en sentido contrario a mí, por lo que lo puedo mirar discretamente desde media cuadra de distancia. Pasa con la vista puesta al frente, jamás lo he visto mirar a los costados. Parece muy decidido. Su paso es muy decidido. Misterioso.

Richard Castle ya hubiera elaborado una serie de alucinantes explicaciones sobre este peculiar personaje: que es un viajero del tiempo, que es miembro de un grupo que rescata valores decimonónicos, que todos los días va a un fiesta de disfraces, que acaba de cometer un asesinato y está vestido así para despistar. Se me acaban las ideas, pero es que no tengo la imaginación que semanalmente suele desplegar Castle.

El hombre de abrigo y sombrero es decididamente intrigante.
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Dicen que todos los peruanos somos embajadores del Perú. Si me conceden un pasaporte diplomático, gustosa cumplo el servicio de manera voluntaria. Pongo en conocimiento de quien corresponda que me pueden contactar por medio de este blog.

jueves, 23 de junio de 2011

Un domingo cualquiera

Este post casi se quedó olvidado entre los borradores sin publicar, no sé por qué.
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Ese domingo empezó casi como un domingo cualquiera.

Gonzalo se había quedado a dormir en la casa, algo que ya no pasa muy seguido. Él, mi mamá y yo decidimos ir a tomar desayuno por ahí. Así que terminamos sentados en una mesa cuadrada, con algo de frío, mirando el mar. Comentamos un libro que los tres habíamos leído, no al mismo tiempo, claro. Un libro que trata de cadetes, de perros, de ciudades, de mañanas frías, de exámenes robados, de delaciones, de honor, de deshonor.

Casi como un domingo cualquiera.

Más tarde ese mismo día, Marcela estuvo en la casa, como un domingo cualquiera. Salimos a la bodega de la esquina, a comprar el helado de siempre.

Al regresar, le pregunté si quería ir a ver los caracoles. Es lo que le he preguntado las últimas semanas, pero por alguna rara circunstancia, los caracoles solamente están de lunes a viernes. Tal vez el fin de semana se van a algún tipo de retiro.

Fuimos al jardín, y ahí estaba. Un caracol avanzaba muy lentamente, moviendo las antenas (o como se llamen en los caracoles), casi como si nos detectara. Marcela tenía los ojos abiertos como platos. Creo que ya había empezado a creer que los caracoles no existían.

Nos quedamos un rato mirándolo y luego nos regresamos a la casa. Ella estaba fascinada gritando que "había visto al caracol". Casi como un domingo cualquiera.

Esa misma noche, un post de mi amiga Sylwia me hizo ver que a veces vale la pena empezar en pequeño. Que no tiene nada de malo vivir un día cualquiera. Un domingo cualquiera. Tal como ese domingo, que no tuvo nada de extraordinario. O tal vez si.
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Tengo nuevo post en Global Voices en inglés y en castellano.



jueves, 10 de marzo de 2011

Otro momento mágico


- El próximo año, quiero que me recojas de mi nido.

A los tres años, el futuro bien puede identificarse como mañana, el próximo año o agosto. No importa. Lo que Marcela quiere es muy claro: que vaya a recogerla a la salida de su nido en algún momento.

Como se acerca el último día de las clases de verano en su "otro" nido, escojo la fecha pero no se lo digo a nadie. Menos a Marcela. Cuando tu edad se cuenta con los dedos de una sola mano y el futuro es un concepto tan abstracto es mejor no alterar la rutina.

Así que ahí estoy, al mediodía, en la puerta del nido con nombre de pirueta. Me asomo rápidamente y al verme, a la pequeña se le dibuja una sonrisa que jamás olvidaré. Corre hacia mí, se me abalanza. No tengo necesidad de agacharme para cargarla.

- ¿Te gusta que haya venido a recogerte?

Hace un movimiento afirmativo con la cabeza. Se muerde el labio inferior. No habla. No me mira. Es difícil saber quién es más feliz en ese momento.

Caminamos hasta su casa. Le digo que me voy a quedar a almorzar. Saca todos sus juguetes para enseñármelos, después los guardamos uno por uno. Está feliz porque Elisa acaba de regresar de Cajamarca:
- ¿Vamos a Cajamarca? -le digo.
- No me gustan las tormentas.
- Nos vamos cuando no haya tormentas. En agosto no hay tormentas.
- No tengo paraguas.
- Compramos uno.
- ¿Dónde? Nunca he visto dónde venden- replica, mientras se encoge de hombros y levanta las manitos.
- Buscamos. O lo compramos al llegar a Cajamarca. Ahí seguro que si venden.
- No, no me gustan las tormentas.

Almorzamos. Jugamos un ratito. Conversamos. Nos reímos. Me cuenta cosas. Le cuento cosas. Con pena veo que me llega la hora de partir. Me voy con la promesa de repetir la experiencia. Si, pero otro día me llevas al parque después de comer.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Acción de gracias

El Día de Acción de Gracias es una festividad que se celebra en varios países del mundo. En el Perú no dedicamos un día especial a dar gracias por lo que hemos recibido en el año, aunque tal vez deberíamos tenerlo.

Desde este pequeño rincón personal, en este día doy gracias:
  • Por vivir en una época en donde la tecnología ha acortado las distancias.
  • Por vivir en un lugar en el que puedo decir lo que pienso sin temor a censuras ni represiones.
  • Por tener cerca a los que más quiero.
  • Por los buenos recuerdos de los que ya no están.
  • Por poder disfrutar en cualquier momento de unos anticuchos o, mejor aun, de un plato de tacacho con cecina.
  • Por las películas vistas con Gonzalo y todos los momentos que hemos pasado juntos.
  • Por la voz de Marcela diciendo claramente "oh-oh" cuando hablamos por teléfono.
  • Por el cielo nublado de Lima, que me hace sentir en casa.
  • Por el inventor del manjarblanco y ese maravilloso momento de inspiración.
  • Por este espacio, que me ha permitido conocer personas interesantes de lugares inimaginables.
  • Por haber comprobado que es cierta esa frase que dice "que todos tenemos una historia que contar".
  • Por los que visitan frecuentemente este blog, sobre todo por aquellos fieles y silenciosos lectores que vienen constantemente, aunque no se manifiesten. Como aquel que navega desde Chicago, Illinois con el sistema operativo Linux, el que me visita desde Mountain View, California y uno que llega de más lejos, desde Jelenia Góra, Dolnoslaskie (Polonia), que navega con Safari y usa el sistema operativo Apple. A ver si después de leer esto pierden la timidez.
Y como decir simplemente "gracias" no es suficiente:
Thank you, شكرا (léase shukran), choh sagol, grazie, salamat, terima kasih, dhonnobad, on giarama, köszönöm szépen, obrigado, dziękuję, vielen Dank, merci beaucoup, mèsi, maketai, misaotra, hvala vam, dankjewel, asante, dankon, bolshoe spasibo, katta rachmat, dyakuyu, teşekkürler, arigato, shukrani.

PD: gracias a mis amigos bloggers y de Global Voices Online por su colaboración en este post.
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Hablando de Global Voices Online, los invito a leer mi primer post publicado ahí en calidad de colaboradora (para la versión en castellano, hacer clic acá).


jueves, 24 de septiembre de 2009

La reina mora

No sé qué tiene mi reina mora
A veces canta, a veces llora (*)
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Marcela tiene la magia propia de los que cuentan su edad con los dedos de una sola mano. Es uno de esos "locos bajitos" de Serrat.
El otro día llegó a la casa durmiendo, lo que suele anunciar ratos de llanto y mal humor cuando se despierta. Esa vez no fue la excepción: se despertó llorando sin que nada la consolara, y así pasó un buen rato.

En una de esas, se me ocurrió preguntarle si quería ir a ver "los molinos", un artilugio giratorio colocado en el patio que está al fondo de la casa para evitar que las palomas se paseen por ahí, ensuciándolo todo. Sin decir nada ni dejar de llorar, se soltó de las piernas de su mamá y decididamente me estiró la mano. Las dos juntas nos fuimos caminando hacia el pequeño patio de atrás.
No había nada de viento. El molino no giraba, pero ella igual se lo quedó mirando fijamente y, de un momento a otro, dejó de llorar. Señalaba el molino con el dedo, mientras gritaba repetidamente "¡arriba!", concepto que ha aprendido hace poco y que le encanta. En eso, empezó a correr algo de viento, con lo que el molino empezó a girar muy lentamente.

Entonces vi una pequeña maceta que tiene forma de sapo, y se lo señalé mientras le decía "¡mira Marcela, un sapo!" Lo miró fascinada, aunque con cierto temor porque me imagino que debía verlo como un ser animado más que como un adorno. Le enseñé cómo hacen los sapos, le dije que ese sonido se llama croar mientras ella seguía mirándolo desde lejos.
En eso, se levantó corriendo a llamar a su mamá, intentando contarle que había visto un sapo. Que había visto un molino arriba. Que el sapo hace "croc, croc" y que el molino giraba. Sonreía feliz, con los ojitos aún mojados, pero a esas alturas, su llanto era ya solamente un recuerdo.
Pasó el resto de la tarde yendo y viniendo para ver al sapo. De lejitos nomás, por si acaso. Eso si, siempre riendo, sonriendo e imitando su sonido.
¡Feliz cumpleaños, reina mora!
(*) La tía Angelita repetía esa rima. Nunca se la he escuchado a otra persona, tampoco la he encontrado en Internet (ni a través de San Google), pero supongo que debe ser una antigua rima infantil española que ella misma le escuchó a su papá más de una vez.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Fuegos de artificio

Lo diré de arranque: no me gustan los fuegos artificiales. Traigo esto a colación a raíz de algo que pasó el último domingo y que me dejó pensando.
Tradicionalmente, por Fiestas Patrias, una conocida tienda organiza todo un desfile por las calles de Miraflores. Lo suelen hacer el domingo previo al 28 de julio, pero este año tuvieron que postergarlo debido al ubicuo virus de la nueva influenza. Así que quedó reprogramado para el domingo 6 de setiembre. Y el domihgo 6 de setiembre se llevó a cabo.
El punto final del recorrido es siempre el Parque Central de Miraflores, que está a unas 10 cuadras de donde vivo. Todo termina con una fiesta de luces, color y diversión. En pocas palabras, con fuegos artificiales.

Ese día, a esa hora, Marcela estaba en mi casa. Estábamos las dos viendo televisión cuando empezó la bulla tan característica. Me miró muy asustada, así que la llevé a la puerta del edificio para que viera las luces y asociara los ruidos con un espectáculo alegre. Todos aplaudíamos cada vez que veíamos nuevas luces de colores, que felizmente se ven sin problema desde la entrada del edificio.

Ya dentro de la casa cuando todo acabó, Marcela nos contaba muy contenta todo lo que había visto: luces, estrellas, colores, ¡bum!, verde, rojo, azul, amarillo. Estaba feliz.
Eso me trasladó a otro tiempo, a otro lugar, aunque eran un tiempo y un lugar diferentes a los míos. Hace pocos días el mundo recordó los 70 años del inicio de una guerra que duró seis años y que fue tan brutal que dejó un saldo que solamente se puede contar de millón en millón. Y pensé en los niños (y adultos) que escuchaban aterrados ruidos muy parecidos a los que escuchamos este domingo. Tan parecidos y tan diferentes al mismo tiempo, porque estos no tenían nada de divertidos. Al contrario, anunciaban muerte y destrucción. Y nunca se sabía cuándo acabarían.
Pensé en una pensionista, cuando no era pensionista todavía, que debía dormir vestida y con zapatos por si su familia y ella debían salir corriendo durante la noche. Pensé en su simple deseo de dormir descalza, imposible durante años.
Pensé en tantos otros sitios y tantos otros nombres que me faltaría espacio para nombrarlos.
Realmente no entiendo por qué debemos usar este tipo de demostraciones para celebrar. ¿Será que la guerra está tan metida en nuestras mentes que la hacemos participar, aunque sea indirectamente, hasta en nuestras ocasiones felices?
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Este domingo 13 de setiembre, a las 7:30 pm (hora de Lima), TVE Internacional estrena la nueva temporada de Cuéntame cómo pasó, una de mis series favoritas. Comparto la buena noticia con los seguidores de esta excelente serie española. Con los no seguidores también, por si acaso.

lunes, 2 de junio de 2008

Historia de posts cruzados

Hoy lunes 2 de junio, recibí un comentario en mi post El señor de los churros, publicado hace algunos meses. Lo copio a continuación:
Hola Gabriela, llego a tu blog por mi mamá, que buscando el blog de una amiga mía bloggera, terminó dando en el tuyo y me lo pasó a mi por que le pareció gracioso que todas hablamos de lo mismo... churros. Te paso el link de mi amiga cordobesa para que veas a que me refiero
http://lamajuluta.blogspot.com/2008/05/churros-en-miraflores.html. Viendo tu blog, que me parece muy bueno, leí que tu parte materna es de la selva, en mi caso el que era de la selva, de Nauta, era mi papi. Y otra cosa en común es que veo que eres abogada, yo vivo en Bs As y estoy casada con un abogado jja..varias cosas en común. Besos, Katia
La curiosidad pudo más, y de inmediato fui al link que me dio Katia en su comentario. La autora se llama Marcela, es de Córdoba (Argentina) y firma su blog como La Majuluta. Además de las coincidencias que señalaba Katia, la Majuluta es tocaya de mi sobrina.

Comenté lo siguiente en su post titulado Churros en Miraflores:

Hola: No puedo creer esta coincidencia. Tengo un blog de cosas varias, se llama Seis de enero, y hace unos meses publiqué El señor de los churros. Puedes leerlo en:(http://seisdeenero.blogspot.com/2008/03/el-seor-de-los-churros.html). No sabía que el señor se llamara don Claudio, ni menos hablé con él ni le tomé fotos. Y mira tú, gracias a Katia encontré la coincidencia en nuestros blogs. Daré una vuelta por tu blog. Me ha encantado toda esta historia. Como para un post. Gracias Katia.

Luego ella me contestó, a través de otro comentario:
Gabriela, bienvenida... Me he quedado maravillada realmente con lo que contabas en tu post. Ahora vamos a tener que buscar también al gemelo de don Claudio (dónde dijiste? Av. Aramburu?). Tienen trascendencia internacional ahora. :D
En mi respuesta, le puse:
Hola de nuevo:
Marcela: te llamas como mi sobrina de 8 meses. Tiene su post: http://seisdeenero.blogspot.com/2008/03/mar-y-cielo-en-femenino.html. Gracias por la bienvenida. Y si pues, el "hermano" de don Claudio está en la Av. Aramburú, frente al Acuerdo de Cartagena. En la pared lateral del colegio San Jose de Cluny. Me parece que solamente se le encuentra por las tardes, nunca lo he visto en la mañana.
A los pocos minutos Marcela comentó:

Hola de nuevo Gabriela, me encuentro acá recorriendo y emocionándome con lo que escribes en tu blog. Y conociendo a Marcela, mi tocaya, nacida en el mismo día que mi abuela Pena pero 103 años después. :), y conociendo a la tía Angelita, como si una amiga me contase de su familia. Y tus recuerdos y relatos me llevan a mis recuerdos, a mis tías abuelas, a tantas historias de familia criolla. Y no puedo decirte otra cosa que gracias, y que suerte que tiene aquella Marcela! Un beso desde Argentina, la otra Marcela

Como si no fueran suficientes coincidencias, la abuela de Marcela-cordobesa nació el mismo día que Marcela-limeña... con algunos añitos de diferencia. Esa será una de las historias que le contaré a mi sobrina cuando tenga edad para entenderla.

La emoción es tan grande. Acá estoy, escribiendo esto y pensando en lo que diría la tia Angelita por este lado. Y qué diría doña Pena por allá. O la tía Meche de mi amiga Inés.

Volviendo a Katia, cuyo comentario originó toda esta cadena, le pregunté a mi mamá si conocía a alguien con su apellido que fuera de Nauta. Y me dijo que si. Me contó de una señorita, que ya debe ser octogenaria, de nombre Julia, que se casó con un señor suizo cuyo apellido empieza con G. No pongo los datos completos, por lo menos no sin la aprobación de Katia.

Debo confesar que cuando comencé con este blog, por sugerencia-cuasi-imposición de Juan, lo hice a regañadientes. Lo acepté como parte de mi labor de traductora voluntaria de Global Voices Online en castellano.

Siempre creí que en el mundo no había emoción más grande que recibir una carta, correo de verdad. Jamás me imaginé que tener un blog contuviera esas mismas emociones. Valen la pena de principio a fin.

jueves, 13 de marzo de 2008

Mar y cielo, en femenino

"Tiene tu pelo", fue lo primero que me dijo mi hermana el 27 de setiembre de 2007, cuando asomé la cabeza en su cuarto de clínica, pocas horas después del nacimiento de Marcela.

Tres simples palabras, que en nuestra familia significan tanto. Cuenta la leyenda familiar que tu abuelo se asomaba a mi cuna y me decía eso, regálame tu pelo... él, con su abundante e indomable melena, envidiaba mis ondas.

Y mira tú, dicen que tienes mi pelo, el que tu abuelo envidiaba. El abuelo del que te hablaremos para que lo conozcas y lo quieras, porque él a ti ya te conoce y te quiere.

Cuando te cargué por primera vez vi algo que nadie había percibido: tu diminuta barbilla partida, signo inequívoco de tu papá y de Claudia. No debe haber habido padre más feliz que él cuando le dije: "oye, mira, heredó tu barbilla partida".

Dos días después, ya en tu casa, me tenías cambiando tu primer pañal.

Ahora te veo sentadita. Te cargo y me sonríes mostrándome tus dientazos. Te carcajeas cuando me oyes entonar torpemente eso de "te quiero yo, y tú a mí". Porque te quiero, ¿sabes? Y mucho.

Algún día leerás esto.

Y algún día te contaré de cómo tu mamá me anunció que tenías mi pelo, de cómo le anuncié a tu papá que sacaste su barbilla, de cómo fue tu primer cambio de pañal (un poco caótico, para qué mentirte). Te contaré historias, como lo he hecho tantas veces con tu primo Gonzalo. Escribiremos tu propia historia. Responderé tus preguntas, que ojalá sean muchas, y espero tener siempre la respuesta a la mano.

Te contaré también que cada vez que puedo te asomo a la ventana, porque te encanta ver pasar los carros por la calle. Y de la vez en que te llevé a pasear en tu coche, haciendo malabares para que el sol no te diera de lleno en la cara.

De cómo la casa queda oliendo deliciosamente a Marcela cada vez que nos visitas. Y de tus "llamadas" telefónicas en cualquier momento del día, que algún día serán conversaciones reales.

Sobre todo, te contaremos todos de Tito, de la tía Angelita, del abuelo (el que quería mi pelo) y de lo importantes que son todos ellos en nuestras vidas de todos los días.

Marcela...

Mar y cielo, en femenino.

viernes, 25 de enero de 2008

30 años...

Hace 29 años y 11 meses vi en El Comercio la nota de una hija dirigida a su padre, fallecido 25 años antes. Recuerdo haber pensado: ¿cómo se puede vivir 25 años con semejante pena? Apenas había pasado un mes y simplemente no me lo imaginaba. 25 años... yo con 8 recién cumplidos los consideré más que toda una vida.

Y hoy son 30 años.

Tantas cosas han pasado. No me refiero a las obvias como los avances tecnológicos, la caída del Muro de Berlín, las Torres Gemelas, un japonés de presidente del Perú, sino a otras menos trascendentes pero más cercanas. Nuestra propia intrahistoria.

En estos 30 años se ha ido y ha llegado tanta gente. Se fue Tito, la tía Angelita, el tío Jorge y los tres abuelos que conocí. De otro lado, llegaron Ana Cé y Américo y, por supuesto, llegaron también Gonzalo y Marcela.

Porque a pesar de las partidas, la familia sumó.

No pudimos verte en nuestras graduaciones del colegio, ni en nuestro ingreso a la universidad, ni tampoco en nuestras graduaciones de la universidad, que logramos gracias al tremendo esfuerzo de una mujer tremendamente inigualable (bueno, un poco a nosotros mismos también).

Tampoco pudimos verte el 16 de marzo de 1994, ni el 27 de setiembre de 2007. Pero sé que estabas ahí. Todos lo sabemos.

Pero esto no se trata de tristezas ni nostalgias. Se trata de una celebración de la vida que fuiste, que eres, que diste y que tuvimos el privilegio de conocer. Así que, por favor, te pido que le hagas acordar a mi mamá cómo se hace el enrollado de limón.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Personitas que unen

Un bebé, al nacer, trae consigo felicidad, miedo, angustia, alegría, noches de insomnio, ganas de aprender a usar una cámara digital, ojeras, fotologs... sin olvidarnos del pan(etón) bajo su brazo. No solamente los recién estrenados padres. Todos se agolpan, ejem, nos agolpamos, por verl@, cargarl@, darle de comer y hasta cambiarle el pañal.

Pero hay un detalle en el que nunca había reparado hasta la vez en que Gonzalo dijo "yo soy el nexo común de estas dos familias" refiriéndose a sus familias paterna y materna, y agregó que a él debíamos agradecerle que todos nos conociéramos y estuviéramos reunidos.

En un primer momento lo refuté, y le respondí que yo conocía a la mamama, al papapa y a todos sus tíos de la "otra parte" de su familia muchísimo antes de que él naciera. Y sin embargo, un bichito se quedó dándome vueltas.

Por eso, desde ahí me puse a pensar que, de alguna manera, es así. Siempre conociste a tus concuñados, aunque de una manera cordial y lejana. Pero de un momento a otro y muy rápido, eso cambia.

Comienzas a ver a l@s cuñad@s al menos una vez al año, en el cumpleaños del sobrin@ o del niet@, según sea el caso. Y la interrelación crece y crece, incluso sin que nos demos cuenta: te encuentras en la calle con la tía de tu cuñad@, a la que ves por segunda vez en tu vida, y al saludarla sientes como si fuera tu propia tía. O terminas siendo paciente de Sole, que es la hermana del cuñado de tu cuñada, y te sientes feliz cuando la oyes decir a las personas con las que trabaja que eres parte de "su familia". Y compartes esa misma sensación.

Todo trasciende y va más allá de la familia misma, porque están también los amigos de los papás del recién nacido (que en buena cuenta son la familia que uno elige), sus parejas, sus hijos. Pasan a ser tus amigos también, conversas con ellos como si hubieran pasado juntos todas las vacaciones escolares y hubieran estado a tu lado el día del examen de ingreso a la universidad. Y eso que muchas veces, al ser amig@s de tu propi@ herman@, tal vez los conozcas cordial y lejanamente.

Familias enteras unidas gracias a un pequeñísimo ser humano que vive totalmente ajeno al revuelo que causa... por lo menos, es ajeno a todo en sus primeros tiempos de vida.

Gonzalo tenía razón: habría que agradecerles porque, en un instante, hacen que la familia crezca, incluso desde antes del primer anuncio del nacimiento, desde antes de los primeros saludos y felicitaciones.

Son personitas que unen, que juntan, que reúnen. No tendría por qué ser de otra manera. En mi caso, esas personitas se llaman Gonzalo y Marcela. Por eso, desde acá, les agradezco.