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lunes, 27 de enero de 2020

Historia de una reivindicación

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Hay un programa español que consta en saber para ganar. Como se puede deducir, es un concurso de conocimientos en el que hay diversas preguntas en diferentes pruebas que tres concursantes deben superar todos los días.

No me lo pierdo un solo día, pues lo dan hasta fines de semana.

Hace algún tiempo, dieron una respuesta incorrecta cuando preguntaron quién había compuesto "La flor de la canela", canción de la peruana Chabuca Granda. El presentador dijo que la autora era María Dolores Pradera.

Eso provocó una reacción mía inmediata:

No solamente nunca rectificaron, sino que al cabo de un tiempo volvieron a cometer el mismo error, que motivó una respuesta mía más ruidosa.

Durante varios días, semanas y hasta meses, estuve insistiendo con el mismo pedido: que rectificaran, que dijeran quién era la verdadera autora. Y hasta mandé un tuit diario con el pedido:
Y así pasaron varios meses, tiempo en el que de vez en cuando mandaba mi recordatorio del pedido de rectificación.

Hasta que un día me dieron una sorpresa doble. Por un lado, si bien no era una rectificación, era una reivindicación. Por el otro, ahí supe que había personas interesadas en mi reclamo:

Otro ejemplo:
Ya entrado 2020, seguí insistiendo:

Y a los pocos días, otra sorpresa:

Y así quedó reivindicada Chabuca Granda y su inmortal "Flor de la canela". Que nadie vuelva a confundirse. Acá está, en su propia voz:

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Les invito a leer mi más reciente artículo en Global Voices, con una terrible noticia de algo que ocurrió en Lima el jueves 23 de enero.

lunes, 7 de enero de 2019

El jirón de la Unión

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El jirón de la Unión es una calle emblemática de Lima. Aparece en muchos libros que transcurren en esta tres veces coronada villa y, sin duda, ha sido testigo de innumerables acontecimientos históricos. El texto a continuación no es mío, me lo mandó alguien que leyó una crónica del escritor y cronista peruano Eloy Jáuregui que le produjo una impresión positiva. Hay alguna referencias y nombres conocidos de los peruanos que tal vez no sean tan familiares en otros lares, pero hay enlaces con información para todas esas referencias.
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EL JIRÓN DE LA UNIÓN

Leo un articulo de Eloy Jauregui, a quien solo conozco de letras. Es sobre el Jirón de la Unión, pasado y presente. Y, ¿sabes qué? Doy fe. Puedo decir como Augusto Ferrando: "yo lo descubrí".

Lo descubrí cuando, recién bajaditas*, mi papá nos llevó a mi hermana y a mí a conocer el centro de Lima. Quizás te sea difícil entender lo que se siente al ver de frente y en todas sus dimensiones, los edificios, las calles, las plazuelas, todo lo que solo conocías por los libros de Historia del Perú de Pons Muzzo y las "Tradiciones peruanas" de Ricardo Palma.

(Bueno, debe ser como ver en vivo y en directo la Fontana de Trevi, o más ambicioso aún, la Mona Lisa).

El Jirón de la Unión era una larga extensión de calles con nombres diferentes. En las galerías Boza estaba el Crem Rica, donde años después nos reuníamos a tomar helados y subir y bajar por la famosa escalera eléctrica, la primera que hubo en Lima. Veíamos al pasar el local de La Prensa y Última Hora, la iglesia La Merced con el milagrosísimo san Hilarión, y al frente la tienda Monterrey junto al edificio del Banco Internacional. Más abajo la Botica Inglesa, donde atendía la jovencita Chabuca Granda que desde ahí veía pasar a una rumbosa y coqueta Flor de la Canela, del Puente a la Alameda, con jazmines en el pelo y rosas en la cara.

Cuántas películas vimos en los cines Excélsior, Biarritz, Bijou, Adán y Eva. Cuántas empanadas comimos en la pastelería Hinojosa. Los fotógrafos esperaban el paso de dos amigas o una pareja, tomados del brazo, para tomar la foto que luego llevarían a la casa, cuya dirección se daba sin temor alguno. Si no querías comprarla, la fotografía aparecía rota y en pedazos en la puerta de la casa. El jirón de la Unión era sinónimo de elegancia y pituquería. Se dice que las limeñas, vestidas con sus mejores galas, sacaban paquetes guardados para caminar por esas calles como si hubieran salido de compras.

En una época trabajé en una oficina en la cuadra 5, calle Espaderos en ese tiempo. La oficina estaba en el segundo piso, y la puerta de la calle se abría directamente a la escalera. Ahí ocurrió lo que el diario popular Ultima Hora tituló una mañana de invierno: "Cajerita asaltada en el jirón de la Unión ".

El incidente sucedió durante un desfile de las candidatas a Miss Perú, que pasaban por las calles saludando al público desde carros descubiertos y arreglados para la ocasión. Mientras todos veíamos el desfile desde la escalera del local, alguien cometió el asalto a la cajera en el segundo piso. Pero esa es otra historia. ¡Ah! El jirón de la Unión. Lo era todo. Tiendas, cines, paseos, cafés, heladerías, encuentros con amigos. En cierta forma, y salvando las distancias, me recuerda un poco a la avenida Larco de hoy. Salvando las distancias, claro.

Hace mucho tiempo, muchos años, que no he vuelto al jirón de la Unión. No quiero hacerlo. Sería como ver una joya destrozada en pedacitos, me ganaría la tristeza, el saudade, el nunca más. Tanta gente con zapatillas de marca y ofertas en la mano, gritando: ¡tatuajes, tatuajes! 

Prefiero recordarlo con su sencilla elegancia de antes, como cuando lo descubrí, recién bajadita, deslumbrada de Lima y sus historias.

Pero nada vuelve atrás. La vida sigue.
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* Así se les dice a los provincianos en Lima. Como la capital está en la costa, por lo general, los peruanos del interior del país bajan cuando migran a Lima.

miércoles, 29 de junio de 2016

Estampas invernales

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Un hombre que carga un bebé toca el timbre de una casa. Mira su reloj. Parece que lleva buen rato esperando que les abran la puerta. Es temprano en la mañana, hace frío, ha llovido durante horas, y aunque el bebé está bien abrigado, al hombre le preocupa que la espera a la intemperie lo pueda afectar.

Una mujer y una niña de unos seis años caminan de la mano por la calle. De repente se detienen. La mujer se agacha hasta quedar a la altura de la niña y le envuelve el cuello con una bufanda rosada con dibujos de ositos panda. Terminada la acción, se vuelven a tomar de la mano y siguen su camino.

Las calles están llenas de charcos por la lluvia que duró la noche entera. Un hombre avanza por una avenida principal. Va muy concentrado hablando por teléfono en tono algo airado mientras camina a paso ligero. Las personas que pasan a su costado deben hacerse a un lado para no chocar con él. Está tan concentrado en su conversación que no se da cuenta de dónde pisa y termina metiendo un pie en un enorme charco que hubiera visto de haber estado más atento a su entorno.

En la fila de pago del autoservicio, dos mujeres conversan animadamente. Parece que se contaran buenas noticias, pero la cercanía permite escuchar que están compartiendo historias de resfríos de parientes cercanos y hasta de mascotas. Parece una competencia de quién cuenta sobre la peor enfermedad.

domingo, 14 de febrero de 2016

Sucedió una tarde

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Lo que voy a narrar sucedió una tarde verano en Lima, un verano que, como todos, se presenta interminable.

Quienes conocen Lima, saben que el sistema de transporte público recibe más críticas que elogios, pero que aun así tiene espacio para sorpresas. De las buenas, claro.

El cobrador es un personaje que ocupa un lugar preferente en nuestro transporte público. Además de ejercer la labor que su nombre indica, es quien anuncia a viva voz la ruta en cada paradero, quien le indica al chofer si puede hacer tal o cual maniobra y quien responde las preguntas de los pasajeros. Muchas veces, es también quien le indica a un pasajero no familiarizado con la ruta dónde debe bajar. Hay que tener en cuenta que no es precisamente un personaje con mucha educación. A pesar de ser constantemente vapuleados por su labor, reconozco y admiro a estas personas que deben ir todo el rato de pie, gritando la ruta al límite de la voz y a veces enfrentándose violentamente con pasajeros que no quieren pagar.

El cobrador del relato era un hombre al que le calculo poco más de 30 años, muy animado, que gritaba la ruta con fuerte voz sonora y respondía con mucha amabilidad a los potenciales pasajeros cuando preguntaban si los llevaba a tal o cual sitio.

Yo iba a un lugar a unos veinte minutos de donde me subí. Conozco la ruta bastante bien, no tenía nada que consultar.

Un poco más adelante, se subió un hombre de unos 50 años a quien nada delataba como extranjero. En realidad, bien pasaba como un limeño más. Preguntó con un marcado acento de no hispanoparlante si ese bus llegaba a una determinada avenida y el cobrador le dijo que sí. El hombre subió.

Una vez dentro, el cobrador le dijo en perfecto inglés que le iba a tomar poco menos de media hora llegar hasta allá y que él le iba a avisar dónde debía bajar. Yo me quedé muy intrigada de oír a un cobrador con un inglés tan bueno... sobre todo porque me pareció mejor que su castellano.

El misterio quedó resuelto cuando el pasajero le preguntó cómo era que hablaba inglés tan bien. El cobrador le dijo que había vivido varios años en Boston. Después entablaron un diálogo, todo en inglés, que más o menos fue así:
- ¿Y usted de qué parte de Estados Unidos es? -preguntó el cobrador.
- No, yo soy de Europa.
- Ah, ¿de dónde?
- De Grecia.
- Griego, ya veo.

Unos cuantos paraderos más adelante, el pasajero dijo "por favor, no se vaya a olvidar de mí", a lo que el cobrador le respondió que no se preocupara, que todavía faltaba un buen trecho y que no podía perderse porque hay un puente muy grande en esa avenida.

Yo bajé un poco más adelante, pensando en qué posibilidades había de que un griego que hablaba muy poco castellano y que casi no conoce Lima subiera a una unidad de nuestro inefable transporte público donde el cobrador hablar inglés y lo pudiera guiar sin problemas.

Muy pocas posibilidades, sin duda. Pero yo lo vi y lo oí, y me pareció asombroso, digno de ser contado.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Complicaciones empresariales

Hace  algunas semanas tuve una reunión en una importante y conocida empresa privada. Su ubicación es tan conocida que es casi un punto de referencia para los limeños. Por eso, no pasó por mi cabeza que esa visita acarrearía complicaciones.

La reunión estaba concertada para las 11 am. La distancia a recorrer era bastante corta, así que salí con media hora de anticipación, con la certeza casi absoluta de que iba a llegar más que a tiempo.

El ejecutivo con el que me iba a reunir me dijo que entrara por la puerta chica "de atrás", que en verdad no es nada chica, sino que está en una calle bastante chica, totalmente diferente a la gran avenida que da al frente de la empresa. Y a la puerta chica me dirigí esa mañana de viernes a mi llegada, casi a las 10:40 am.

Tenía delante de mí a dos personas que también querían entrar. La señorita que controlaba la entrada debía multiplicarse por cuatro. Preguntaba al visitante a quién buscaba y recibía su documento de identidad, llamaba a esa persona para confirmar lo dicho por el visitante, y luego de recibir la  confirmación ingresaba varios datos en una computadora. Segundos después, entregaba al visitante una credencial que debía colgarse en lugar visible, junto con un papelito que el visitado debía firmar. A su salida, el visitante debería devolver la credencial y el papelito para recuperar su documento de identidad.

Aproximadamente diez minutos después, me tocó el turno de ser atendida. Di el nombre del abogado con quien me iba a reunir y...:
- La entrada para esa oficina es la de adelante.
- El señor me dijo entrara por acá.
- No es así. Debe ir por el otro lado.

Al filo de las 11 am, llegué a la puerta de adelante. Nueva espera, pues había otro visitante esperando su documento de identidad para poder irse. Finalmente me atendió otra señorita. Repetí el nombre de la persona con quien debía reunirme. Lo llamaron para confirmar la reunión y que autorizara mi entrada, cosa que demoró un rato pues la señorita no encontraba el número del anexo correspondiente en su listado. Finalmente lo encontró, llamó y obtuvo la muy necesario confirmación. Le entregué mi documento de identidad, recibí una credencial y el consabido papelito. Me dijeron que la oficina era en el cuarto piso. Subí por las escaleras y al llegar allí, me vi frente a un mostrador, donde anuncié mi reunión.

Miré la hora. Eran las 11:04 am. A pesar de esos cuatro minutos, puedo decir que llegué a tiempo. Un instante más tarde, salió a recibirme el ejecutivo, quien el saludarme me preguntó si me había sido difícil llegar a la empresa:
- No -le respondí, riendo-, lo difícil fue entrar.

martes, 1 de mayo de 2012

Adiós, verano

Esta entrada debió haberse publicado hace algún tiempo, pero se fue quedando rezagada entre taladros, brevetes y sonatas.
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Debo comenzar diciendo que no me gusta el verano, que mis destinos soñados de viaje nunca incluyen lugares de playa y que cuando el verano está en todo su apogeo, quiero que llegue a su fin cuanto antes. Me encantan los húmedos días fríos que Lima nos regala entre junio y setiembre, signo distintivo de esta ciudad de cielo eternamente gris.

No obstante, y quizá porque es extraña la naturaleza humana, cuando el calendario y un inicialmente imperceptible cambio de temperatura anuncian que se acaba el verano, se puede percibir una especie de tristeza en el ambiente. Quizá sean rezagos de los tiempos en que el fin del verano significaba el término de las vacaciones escolares, que se acababan los días de ver televisión con Tito hasta muy entrada la noche y que habrían de pasar varios meses hasta volver a ver sandías, uvas y tunas en la mesa.

Esa sensación la tuve en días pasados, en lo que pasó a ser el último día de playa de este verano 2012. Por lo menos acá, se considera que la temporada de playa empieza el fin de semana entre la Navidad y el Año Nuevo y termina el Domingo de Resurrección.

En ese último día de playa, todos los vendedores de productos típicos de estos tiempos estaban rematando sus existencias. El heladero no tenía el helado que quería. Me explicó que le quedaban ya pocos helados, que dada la cercanía con el fin de la temporada, no había querido llenarse de mercadería con la que después no iba a saber qué hacer. Tuve que conformarme con alguno de los que le quedaban en su cajita llena de hielo. Nos despidió con una sonrisa acompañada de un "hasta el próximo año" al momento de levantarse para seguir ofreciendo su mercadería.

Las señoras que venden vestidos playeros también hacían rebajas increíbles a sus vestidos. Tal vez porque quedaban aquellos que a nadie habían gustado, sus ventas no tenían éxito. Vi a unas chicas probarse prácticamente todos, pero en verdad no sé si habrán llegado a comprar alguno.

Marcela disfrutó de esta visita a la playa. Recordó el balde morado que el caprichoso mar se llevó pocas semanas antes y que nunca devolvió. Hizo castillos con arena, recolectó plumas, comió pan con atún, todo mientras contaba novedades de su colegio. Todo lo referente al colegio es novedad pues recién ha comenzado en marzo y está feliz.

En verdad, también disfruté de ese último día de playa del verano 2012. A pesar de no ser mi estación favorita, no puedo negar que el verano tiene su encanto.
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domingo, 19 de febrero de 2012

Estampas callejeras

Una muchacha llora desconsolada sin hablar, mientras sostiene el celular a la altura de la oreja. El interlocutor habla sin que lo interrumpan. ¿Estará la muchacha escuchando razones que acarrean decisiones definitivas? ¿Estarán dándole explicaciones que ella preferiría no escuchar?

Un conocido publicista que no tiene un pelo de tonto cruza la avenida miraflorina de doble sentido aunque el semáforo le indica que debe esperar todavía 15 segundos más. Pasa al costado de alguien que lo mira con evidente desaprobación y que debe contenerse las ganas de gritarle "¡este santo no!"

Una mujer, harta de que su vecino le deje la basura en la puerta, pone un cartel en el poste de luz que está frente a su casa. Cada día, un cartel distinto. Se puede interpretar que al vecino le importa un reverendo pepino el papel de la mujer y que no solamente lo arranca y lo rompe, sino que sigue dejando su basura en donde le han pedido, siempre en tono educado, que no la deje.

Un niño pequeño, acompañado de una mujer adulta, cruza la pista subido en su triciclo. Cuando va a la mitad de su recorrido, ve que a lo lejos viene un carro. El niño mira hacia adelante y hacia atrás. Tiene dos opciones: o sigue rápido y llega a la vereda del frente o retoma sus pasos y regresa por donde vino. Opta por lo segundo, pero por precaución, se baja del triciclo y lo jala hasta estar de nuevo en lo que considera puerto seguro. El carro que motivó su decisión voltea una cuadra antes de llegar a donde está el niño con su triciclo.

Un cartel pegado en un poste incluye la foto de un gato que parece fino. Es un anuncio de recompensa a quien encuentre la mascota perdida pocos días antes. A mano, ayudado por la letra de algún bromista, el gato dice: "je, je, por fin conseguí mi libertad".
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jueves, 4 de agosto de 2011

Definitivamente, hay gente que se pasa

Como contaba hace algún tiempo, hay gente que se pasa. Y hay gente que se pasa y que encima se excede.

Lo que cuento acá lo vi y lo viví yo. No me lo contaron.

Venía caminando por la calle Colón, una calle miraflorina bastante estrecha. Era sábado en la tarde, del fin de semana de Fiestas Patrias. Había muy poca gente en la calle, muy pocos carros circulaban.

Por la misma calle Colón, avanzaba un tremendo bus de los que llevan turistas en sus recorridos por Lima. Me dio la impresión de que estaba vacío, pero no lo puedo asegurar porque era un ómnibus alto y tenía los vidrios oscuros. De todas maneras, es un detalle secundario y sin importancia.

Avanzaba el ómnibus por la calle Colón hacia el Malecón de Miraflores, en el mismo sentido que iba yo, cuando en eso se detuvo repentinamente. Después vi claramente que el chofer del ómnibus bajaba rápidamente. Pensé que tal vez tendría una emergencia.

Detrás del ómnibus había tres carros, que acataron la parada sin el menor problema. Cuando me di cuenta, el chofer estaba muy campante comprándole fruta a un señor que tiene su puesto en la esquina. Debo anotar que el señor frutero es sordo y toda transacción con él toma su tiempo.

Me pareció que estaba siendo testigo de la frescura más grande del mundo. Un hombre que maneja un tremendo bus se para como si nada a comprar fruta, sin detenerse a pensar un segundo en los carros que venían detrás. Él era dueño de la calle, del tiempo de todos, de los derechos de todos.

Ah, no, me dije, eso si que no. Al pasar cerca del hombre, aunque a prudente distancia, le dije a voz en cuello: "¡Oiga usted, no sea fresco! ¡Mire el atoro que está causando atrás de su ómnibus!"

Parece que eso alertó a los conductores de los autos que venían atrás, porque comenzó el concierto de bocinas. El fresco del chofer, con cara de 'yo no fui', no tuvo más remedio que subirse a su ómnibus y partir.

Definitivamente, hay gente que se pasa.
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Global Voices en castellano está llevando a cabo un festival de blogs titulado México: ciudadanía, violencia y blogs. Los invito a leer los lineamientos del festival.


jueves, 23 de septiembre de 2010

Contradicciones

En Miraflores, el distrito limeño en el que vivo, el alcalde actual ha decidido arreglar muchas veredas. Es cierto que han quedado muy bonitas y acogedoras.


Estas dos fotos de arriba corresponden a la misma esquina, vista desde dos ángulos diferentes.


A unas cuantas cuadras de mi casa, la esquina de la Av. Larco y la calle Schell tiene este aspecto. Las dos fotos son del mismo cruce, desde dos ángulos diferentes.

Pero como sucede muchas veces, hay un GRAN pero.

Estas mejoras no tendrían nada de malo. Es más, sería la primera en aplaudirlas... si no fuera porque a pocos metros de distancia de estas esquinas tan bellamente arregladas hay pistas y veredas en estado lamentable que nadie menciona y menos repara. Eso, sin contar con que los lindos ladrillos rojos no duran nada así puestos porque empiezan a despegarse y pueden ser muy peligrosos.

A continuación algunas fotos, porque una imagen vale más que mil palabras.







¿Se imaginan lo que es para quienes se movilizan en sillas de ruedas? ¿Acaso no sería mejor usar los recursos, escasos o no, en reparar lo que está roto y no en mejorar lo que está bien? Es apenas mi humilde opinión.

Dentro de poco más de una semana los peruanos elegiremos a alcaldes, regidores y presidentes regionales. En mi distrito, el alcalde postula a la reelección. Si llegara a ser reelecto, definitivamente no será con mi voto.

Este post ha sido citado en Global Voices.

jueves, 22 de abril de 2010

Carrera por el agua

Domingo 18, 8:45 am. Caminé las cuadras que separan mi casa del parque Central de Miraflores, punto de partida de la Carrera por el Agua, una iniciativa de Dow Live Earth. Tal como pasó en noviembre del año pasado, estábamos casi todos los de aquella vez. Tuvimos una baja por motivos de salud.
A las 9:00 am en punto partimos. Muchos corriendo. Otros, como yo, caminando. 6 kilómetros. Era raro ver las calles de Miraflores por donde pasábamos totalmente vacías de carros. Aunque eso es relativo, porque pude notar largas filas de carros detenidas por policías en los cruces con las avenidas principales.

Desde sus ventanas, los vecinos nos animaban con gritos y aplausos. Muchos de ellos aún con sus pijamas. Veía pasar a mi lado familias enteras, en algunos casos, bebés en sus coches con el polo celeste distintivo de la carrera.

Poco menos de una hora después pasé la línea de llegada. Y durante todo ese rato una idea ocupaba mi pensamiento: esa es la distancia promedio que muchas personas, sobre todo mujeres y niños, recorren cada día para conseguir agua. El agua que probablemente todos los participantes en la carrera de ese domingo obtienen con solamente como girar la llave del caño, o de la ducha (y caliente además). El agua que muchas veces dejamos correr sin detenernos a pensar que hay personas en el mundo que caminan 6 kilómetros en promedio para conseguirla.

Como para ponernos a pensar...

Les invito a leer acá el artículo que sobre este tema escribí para Global Voices Online. Acá la versión en castellano.

sábado, 16 de enero de 2010

Perlitas

Comparto acá algunas perlitas que he encontrado en mi diario quehacer.
1. Esta primera imagen la tomé, con ayuda de mi fiel celular, en la oficina distrital de una entidad que brinda un importante servicio al público:

Pues parece que los únicos que desconocen (mayormente) algo son los redactores del aviso.

2. El siguiente cartel está colgado en varios postes de Miraflores:


No se lee muy bien. A esa distancia, el fiel celular no refleja tan fielmente la realidad. El texto dice: YOUR ALMS IS OF NO USE. Y luego viene un mensaje en inglés pidiendo a los extranjeros que no den limosna a los niños de la calle porque promueve explotación infantil. Los hay similares en castellano.

De todos modos, creo sonaría mejor si el texto dijera: YOUR ALMS IS COMPLETELY USELESS. Porque puesto así como está yo lo entiendo como un débil y hasta diría incompleto TU LIMOSNA ES DE NINGUNA UTILIDAD. O TU LIMOSNA ES NO ÚTIL. La versión en castellano es mucho más fuerte, pues dice TU LIMOSNA NO SIRVE DE NADA.

3. Esta imagen también es de una entidad estatal que brinda otro servicio público:

Bueno, acá alguien parece haber estado con hambre. No se lee muy bien. El reflejo del vidrio dificulta la lectura, así que lo transcribo:

COMUNICADO
Ley 28683
AS MU RES E BARA DAS ÑAS Y NIÑOS, ADULTOS MA ORES Y PE ONAS CON DIS APA DAD, TI NEN TENCI N P E ERE TE EN V NTAN LLA.

A los pocos días quise tomar una foto mejor y encontré que alguien, diligentemente, había rellenado los espacios con corrector blanco.

Ver más perlitas acá.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

5 kilómetros por una buena causa

El Pentagonito parecía un mar de aguas rosadas salpicadas con plomo ese domingo. Había que recorrer todo su perímetro. 5 kilómetros. Por una buena causa: llamar la atención sobre el cáncer de seno.
Ahí estábamos, a las 8:45 am, el 15 de noviembre. Ana Cé, Gonzalo, Lizzi, Nico, yo y miles de otras personas. Un hombre daba instrucciones por medio de un micrófono. Un enorme reloj digital indicaba que faltaban pocos minutos para la partida.
A las 9:00 am en punto partieron. Primero los corredores. Después las personas con alguna discapacidad. Finalmente nosotros, los caminantes. Ana Cé y yo éramos caminantes, los otros fueron corredores durante algún tramo. Estábamos todos juntos en un momento y un segundo más tarde quedábamos solamente las dos.
Llegamos a la meta 58 minutos más tarde. Quizá hubiera podido ser menos, no lo sé. Quizá la próxima vez sea menos, no lo sé. Lo sabremos la próxima caminata.


Fotos tomadas en plena caminata con mi celular.