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sábado, 6 de abril de 2019

Una víbora en el salón de clases

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A continuación, presento otra historia prestada, de alguien que me la mandó directamente del baúl de los recuerdos y me autorízó a publicarla en este blog.
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Todo se desarrollaba normalmente en el salón de estudios. En las filas de ordenadas carpetas se sentaban las alumnas de dos en dos. Una hermana religiosa, instalada al frente, cuidaba y vigilaba a las estudiantes que, en absoluto silencio, preparaban sus tareas para el día siguiente. Ellas estudiaban internas en el colegio ubicado en una ciudad del Oriente peruano, y ésta era la última actividad del día antes de ir a dormir.

El salón estaba ubicado en una esquina del edificio y sus altas ventanas estaban siempre abiertas para recibir el fresco de la noche, en el caluroso y eterno verano tropical. Desde allí, las alumnas escuchaban las voces y sonidos que venían de la calle, y estaban tan acostumbradas que ya ni prestaban atención a esos sonidos.

La noche avanzaba normalmente, cuando de pronto se inició la hecatombe, comenzó el maremágnum, se desató la histeria colectiva. Todo comenzó cuando una alumna vio caer algo de la ventana que daba a la calle, y gritó "una víbora!". Nadie sabía bien qué pasaba, pero del fondo del salón las alumnas salieron despavoridas de sus asientos, arrastrando a su paso carpetas y libros, empujando a otras compañeras, mientras corrían y gritaban, para alcanzar la puerta y salir del salón.

Más de una alumna cayó de su silla y recibió algunos pisotones antes de poder levantarse. Una de ellas, en lugar de ponerse a salvo, buscaba a su hermana menor entre las caídas, cuando finalmente la vio ya muy cerca de la puerta. Solo ahí salió también con el tumulto. Sin embargo, a pesar de todo el griterío y laberinto, no hubo lesiones ni contusiones graves. El salón de estudios quedó en completo desorden hasta el día siguiente. Al hacer la limpieza, encontraron una cáscara de plátano al lado de la ventana.

Pero todo ese griterío y ruido del salón se escuchó también en la calle. Nadie sabía qué pasaba y comenzaron las averiguaciones. Al día siguiente, el periódico de la ciudad publicó en primera plana: "Falsa alarma de víbora causa tremendo alboroto entre colegialas".

El suceso quedó grabado para siempre en la memoria de todas esas alumnas que, años después, cada vez que se juntan para alguna celebración, recuerdan entre risas el incidente.

domingo, 17 de julio de 2016

Compañeros por siempre

Se cumple un año más de habernos graduado del colegio. Es uno de esos aniversarios que termina en cero, de los que siempre vale la pena celebrar porque los sentimos como el inicio de una nueva etapa.

Más de doce meses de intensa preparación nos llevó a un resultado perfecto. La anticipación era tanta que uno hasta objetó la fecha: "el 16 de julio es día de semana". Hasta que alguien le dijo que era de 2016, no de 2015.

Las semanas previas fueron de intercambio de fotos, de imágenes de los tiempos en que contábamos los días para que llegara por fin esa última vez en que íbamos a ponernos el uniforme escolar. Casi fue volver a vivir esa emoción adolescente.

Los mensajes instantáneos daban cuenta de los que iban llegando desde sus puntos actuales de residencia, muchos de Estados Unidos, algunos de México, otros menos de Canadá.

La jornada empezó temprano, para recordar a los que compartieron aulas con nosotros y ya no están. Pocos fuimos los esforzados que nos levantamos ese sábado casi a la hora de un día de semana, pero qué más daba. Había que aprovechar el día al máximo.

De ahí, breve paso por el colegio. Todos coincidimos en algo: se veía más chico de lo que nuestros recuerdos indicaban. Encontramos muchos cambios, pero la estructura básica estaba ahí: este era el salón del profesor Tal, y acá estaba el cuartito con los mapas del salón de geografía, más allá el laboratorio de química. Hasta nos repartieron réplicas de las tarjetas de conducta, ese documento que debíamos llevar con nosotros en todo momento pues a la primera que nos portáramos mal, nos bajaban puntos de conducta, lo que se reflejaba a fin de bimestre en la libreta de notas. Dicen que ya no existe, que hace años la eliminaron.

Uno de los momentos cumbre, ya en el restaurante donde se dio la mejor parte de la celebración, fue cuando nos repartieron camisas a todos, para reproducir la costumbre de pintarrajearnos el uniforme el último último día de clases. Fue muy gracioso ver filas de cinco, seis personas firmando unos las camisas de los otros a la misma vez. Todo eso mientras en una pantalla desfilaban fotos de nosotros en diferentes etapas de nuestro tiempo escolar.

Música, bailes, risas, carcajadas y también lágrimas hasta pasada la medianoche en una celebración que nos transportó a otros tiempos.

Se podría escribir una enciclopedia completa con las anécdotas, los apodos, las historias de los que nos reunimos para celebrar ese aniversario terminado en cero. Compañeros por siempre.
Así quedó la camisa firmada

miércoles, 6 de julio de 2016

"Te espero a la salida"

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Me oigo decir una frase que normalmente sería amenazadora a quien me escucha al otro lado del teléfono: "mañana te espero a la salida".

Ha habido un cambio en la rutina diaria, así que debo estar a la una en punto de la tarde siguiente esperando la salida escolar de una adorable pequeña.

Llego diez minutos antes y no hay nadie, miro mi reloj pensando en que me he equivocado de hora, pero a los pocos segundos empiezan a aparecer otras personas con el mismo objetivo que yo. Exactamente a la 1:00 p. m. suena una campana, se abren las puertas y me dirijo al punto acordado para esperar. Veo salir multitud de niños alegres, sus voces se confunden en el patio. Pienso que cada uno de esos pequeños es especial y único en el mundo para alguien, que cada uno tiene gente que lo espera en casa.

Yo espero a mi niña especial.

Al poco rato, una carita alegre se acerca corriendo. Le escucho decir "¡Hala!", y emprendemos el camino hacia la calle y de ahí al paradero para esperar el bus que nos llevará a casa. Felizmente, la espera es muy corta, el bus está casi vacío así que escogemos un buen sitio hacia al fondo para poder bajar sin problemas.

Nos espera un trecho bastante corto, poco más de veinte cuadras, distancia que recorrí caminando en el trayecto de ida.

De repente oigo un canturreo en voz fuerte y clara:
Choco choco la la
Choco choco te te
Choco la
Choco te
Chocolaaate

Mi primer impulso es decirle que no siga, que está molestando a los otros pasajeros... pero algo me hace mirar a las demás personas. Nadie se ha inmutado, todos siguen en lo suyo. O el canturreo no les molesta o les gusta. Me alegra no haber dicho nada, ¿cuántas veces al día oye un niño la palabra "no"?

Me uno a su cantar con palmadas muy suavecitas, le digo que saldría bien con cualquier otra palabra de cuatro sílabas. Lo intentamos y sí, sale bien. Pasamos a otra canción. De repente me dice que tiene hambre, que no terminó de comer lo que tenía en su lonchera, así que la abre y veo que empieza a devorar frutita picada que tenía lista. Me ofrece un trozo, le digo que no. Cuando termina, pone todo de vuelta, en impecable orden.

Ya casi hemos llegado, le digo que se prepare para pararse. A una cuadra de nuestro destino, nos levantamos, le pregunto si quiere apretar el timbre para indicarle al chofer que debe parar. Es innecesario, igual va a parar en esa esquina, pero sé que le gusta hacerlo.

Bajamos y caminamos la distancia que nos separa de casa. En el recorrido, pasamos por una heladería nueva y le prometo regresar en otro momento para probar los sabores que no conocemos. "Si quieres, venimos más tarde". Me dice que no, que mejor otro día.

Llegamos a casa, aplaude de alegría cuando sabe que el almuerzo está lleno de las cosas que le gustan. Come sin prisa mientras cuenta de un programa de televisión que acaba de descubrir sobre un mago y las cosas increíbles que hace. Le prometo que lo veré con ella en una hora.

Así transcurrió esa tarde feliz.

viernes, 3 de abril de 2015

Formando gente responsable

Publico otro relato prestado, esta vez sobre las tareas del colegio, ahora que estamos en inicio de año escolar por estos lares. Quien escribió esto casi no tuvo ayuda en sus tareas de colegio. Aprendió y se convirtió en una persona súper responsable, y además en sus tiempos escolares, todos los años ocupó el primer puesto de su salón. Ahora enseña a universitarios en sus primeros años de carrera. Sabe de lo que habla.

Yo personalmente no entiendo a los profesores que califican con mejores notas los trabajos donde es evidente la mano del padre del alumno. ¿Qué mensaje se les da a los alumnos que trabajaron solos y sin ayuda?
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Para mí el colegio, y me refiero a los primeros años de primaria, es un proceso personal: cada grado trae retos nuevos y el niño los asume, irremediablemente aprende.

Hay que supervisar ese proceso, por cierto, mientras supervisar signifique sembrar las ganas de saber. Pero con la distancia debida. Ni tan lejos ni tan cerca. ¿Cómo, si no, formamos gente responsable y segura? Después, cómo les cuesta la universidad.

Estoy pensando en los adultos que siguen ese proceso de aprendizaje, y me refiero a las tareas de sus hijos, como si fuera propio y lo contagian de ansiedad. También pienso en mis alumnos universitarios, en los que se quedan paralizados cuando ante dos caminos válidos les digo "decídelo tú". Hay que supervisar el aprendizaje de los niños, por cierto, mientras supervisar signifique alentar. Con confianza. No con estrés, no con el miedo de quien piensa: "pobrecito, no va a poder".

domingo, 20 de abril de 2014

Una palabra inolvidable

Un día de primero de secundaria, la miss Silvia, nuestra profesora de Literatura, nos leía un texto del libro que usábamos ese año. Era un libro de color rosado oscuro, de una editorial argentina cuyo nombre eran dos apellidos. Supongo que serían los dueños o fundadores de la editorial.

El relato en cuestión estaba escrito en primera persona y se trataba de un hombre que caminaba por el andén de una estación esperando un tren. Recuerdo que el tono de la narración era triste y nostálgico, el hombre partía sin querer partir, dejando atrás personas y circunstancias que no quería dejar atrás para enfrentar un futuro incierto que no le era del todo agradable y que probablemente no quería enfrentar.

En un momento, decía el relato, mientras el protagonista de la historia recorría el andén, las maletas golpeaban sus corvas. Como si la estuviera viendo, recuerdo que la miss Silvia detuvo la lectura, nos miró por encima de sus lentes y nos dijo: "corva es la parte trasera de las rodillas", mientras con la mano libre nos señalaba el punto exacto al que hacía referencia. Luego prosiguió con la lectura.

Ahí entendí el origen de la palabra encorvado. Además, nunca olvidé el significado de la palabra corva.

Muchos años después, sentada con mi hermano en torno a una mesa redonda, probablemente compartiendo algún rico bocado, comentó casi al azar:
- El otro día, me di un golpe en la corva.

Mi mente retrocedió en el tiempo, y volví a estar sentada en la clase de Literatura de primero de secundaria de la miss Silvia, volví a verla leer el libro rosado oscuro de una editorial argentina y la explicación que nos dio, mirándonos por encima de sus lentes. Recordé todo eso en una fracción de segundo, pero no dije nada, hasta que mi hermano me preguntó:
- ¿Sabes dónde aprendí que esa parte detrás de las rodillas se llama corva?
- ¿En un libro de literatura rosado oscuro...? -respondí, con una pregunta.
- ¡Sí...!
- ¿...cuando un hombre caminaba por el andén mientras su maleta le golpeaba las corvas?
- ¡Sí!

Nos reímos mucho, asombrados ante la coincidencia. Él había usado ese mismo libro color rosado oscuro cuatro años que yo, y también fue con ese libro que supo que la parte de atrás de la rodilla se llama corva.

Por alguna razón que no sabría explicar, este episodio vino a mi mente una tarde de otoño. Lo que sí sé es cuándo y cómo aprendí el significado de corva, una palabra inolvidable.

martes, 4 de junio de 2013

Un alegre coro


Hace pocos días, caminaba por la avenida Larco. Era una mañana un poco fría y húmeda, de esas que anuncian la inminente llegada del invierno limeño pero que a la vez dejan ver un tímido y ocasional rayo de sol. Parece que los días de sol no se deciden a irse y que los días fríos tiene cierta pereza por instalarse entre nosotros.

Caminaba sin prisa, cosa rara en alguien que por lo general avanza rápido por las calles. De repente, noté que un poco más adelante de mí había unos ruidos conocidos, un ruido agradable que al instante supe qué era y de dónde venía. Era un grupo de niños muy chiquitos, probablemente de un centro preescolar, que caminaban en una nada ordenada fila india. Nada ordenada y por demás bulliciosa. Sus voces se confundían con el ruido del tráfico de esta avenida tan concurrida y transitada.

Estaban separados en tres grupos, de lejos pude calcular unos 15 niños por grupo, encabezado cada uno por una profesora. Otra profesora más iba al final del alegre y diminuto gentío.

En eso, una de las profesoras dijo en voz alta y clara: "Chicos, ¿estamos en Barranco?", a lo que el alegre coro contestó con toda la fuerza de sus pulmones: "¡¡¡NOOO!!!" La profesora repreguntó: "¿Estamos en Chorrillos?", y esta segunda respuesta fue exactamente igual a la primera, pero algunos decibeles más alta. Y la profesora lanzó su tercera pregunta "¿Dónde estamos entonces?", a lo que una multitud de ensordecedoras vocecitas contestó: "¡¡¡En Miraflores!!!"

En eso, noté que uno de los niños tuvo la intención de separarse de la fila y de acercarse a una tienda. La profesora que tenía más cerca corrió a su lado y le dijo: "no, no Daniel, el camino no es por ahí". El niño regresó al buen camino sin decir nada.

Así avanzamos juntos, hasta que me tocó el turno de voltear en una esquina. Los vi alejarse, los oí contestar nuevas preguntas de su profesora hasta que sus voces se perdieron en la distancia. Retrocedí en el tiempo, a cuando mi voz era la que se confundía con tantas otras, en esas caminatas que hacíamos desde el antiguo local escolar de San Isidro hacia el Olivar.

Por coincidencia, Nina publicó fotos de algo similar que vio hace pocos días. Lo de ella fue en Portugal, por lo que parece que hacer caminar a los niños en (nada) ordenadas filas indias es una tendencia universal.

martes, 27 de diciembre de 2011

De pompas y circunstancias

Pensabas que porque habían pasado 25 años de tu graduación te iba a dar igual ver graduarse a un grupo de muchachos. Eso pensabas, y eso sentías.

Aparece el grupo de graduandos y reconoces una cara conocida. Una entre más de cien. Podría ser una entre más de mil, de cien veces mil y de todas maneras reconocerías esa cara. Y recuerdas ese diálogo entre un zorro y un principito que casi conoces de memoria:
Para mí, no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
[...]
Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música.
[...]
Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo...
Pensabas que sería una ceremonia como muchas. Como todas. Y resultó ser como ninguna. Ni siquiera como aquella en la que tú y tu grupo fueron los protagonistas, hace 25 años.

En todos los discursos, hubo recuerdos para los ausentes. Hubo también agradecimientos para todos. Bueno, para casi todos. Se agradeció a los profesores, a los padres, a los abuelos y, por supuesto, a los propios (ex)alumnos. A pesar de lo que pensabas, esta vez tampoco agradecieron a los tíos. Para otra oportunidad será. Aunque no te importó mucho, porque más de uno te saludó con mucho cariño.

Más de cien graduandos, todos ellos elegantemente vestidos, que una hora y media después se convirtieron en graduados. Una letra menos que es todo un mundo de diferencia. Entre la multitud, una cara conocida. En medio del bullicio, una voz conocida. En medio del barullo, unos pasos conocidos.

Pensabas que sería una ceremonia como muchas. Como todas. Y resultó ser como ninguna. Con su propia pompa y su propia circunstancia.

¡A todos, mis mejores deseos de que 2012 sea un año mucho mejor!
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jueves, 8 de octubre de 2009

Parrillada nocturna

Hubo de todo esa noche de viernes. Desde un ascensor que se resistía a subir, con seis personas adentro durante noventa interminables segundos, hasta un pisco sour del que solamente pudimos sentir el olor porque la licuadora nos jugó una mala pasada, pasando por las risas y charlas que suele haber cuando se reúnen personas que se conocen desde la prehistoria de sus vidas. Es decir, desde antes de la escritura.

El motivo de la reunión era la breve visita de P a la patria, luego de cuatro años de haber partido a Australia. Además, C inauguraba departamento con pequeño patio de parrillas incluido, ideal para una parrillada nocturna de esas a las que el Grupete es tan aficionado.
Luego de varios días y de más de no sé cuántos e-mails de confirmación, llegó la fecha fijada. Acordamos que cada uno llevaba lo que comería, salvo P que era el invitado de honor. Así que ahí estuvimos el Grupete casi completo, pasándola tan bien como siempre la pasamos cuando nos reunimos. Hasta las respectivas parejas se han integrado tanto que ya es casi como si todos hubiéramos estado en el mismo salón.
La noche estaba especialmente húmeda y fría, como saben serlo las noches limeñas a pesar de estar bien entrado setiembre. A pesar de estar en primavera. Aun así, ahí estábamos alrededor de la mesa al aire libre, bien abrigados, compartiendo lo que habíamos llevado (no sé en qué momento desaparecieron mis salchichas blancas, de las que no probé ni un pedacito... aunque me queda el consuelo de saber que estuvieron muy ricas), compartiendo recuerdos, acompañando casi todos de un "¿¡te acuerdas?!", seguido de sonoras carcajadas.
Siempre es así.
Se anuncia otra reunión en las próximas semanas. Otro del Grupete viene a Lima a atender asuntos familiares, así que nuevamente la ocasión será propicia. Ojalá esta vez el pisco sour no se quede simplemente en olor.

jueves, 5 de marzo de 2009

A los amigos de siempre

A propósito del inicio de las clases, copio un artículo del escritor español Javier Marías, prácticamente ya caserito de este blog.


LA ZONA FANTASMA. 4 de enero de 2009.
Disfrazados de mayores

Como a cualquiera en las mismas circunstancias, la reunión me hacía ilusión y me daba miedo, luego me puso nervioso. En 1968 acabé el preuniversitario y salí del colegio Estudio, en el que había permanecido desde los cuatro años. Hace una semana, a instancias de uno de los pocos compañeros con los que mantengo amistad, José Manuel Vidal, que además es mi cardiólogo desde hace un decenio, unos cuarenta miembros de aquella promoción fuimos a su casa y nos vimos las caras, en algún caso por primera vez en cuarenta años. Mercedes Cabrera, la Ministra de Educación, y yo teníamos la ventaja de que esa cara se nos ve en la prensa de vez en cuando y era difícil que le diéramos un susto a nadie. Da temor encontrarse con cincuenta y siete años a quienes dejamos de ver con dieciséis o diecisiete. De hecho dudaba que fuera aconsejable. A algunos los había vuelto a ver hacía veinte, con motivo de una reunión similar, pero eso es también mucho.

Fue muy agradable y divertido, y, tras unos segundos de desconcierto, todo el mundo resultó reconocible. Había que hacer una corrección de enfoque, acoplar la cara infantil o juvenil que uno guardaba en la memoria a la del hombre o la mujer maduros que tenía ahora uno enfrente. A los pocos minutos, en el peor de los casos, se obraba una superposición y, por así decir, uno conseguía “encajar” las dos imágenes, la del pasado remoto y la del presente, sin que ésta borrara aquélla del todo ni aquélla desmintiera del todo a ésta. Nadie preguntaba mucho por la vida actual de cada cual, más allá del “Qué tal te va” impuesto por la educación. Esa vida actual en realidad no interesaba, a ninguno nos importaba saber a qué se dedicaba el otro, si tenía hijos, mujer o marido, porque en seguida se congeló el tiempo y empezamos a tener la sensación de que la vida verdadera era aquella, la de estar todos juntos sin profesión ni ataduras, en la vaga y eternizada expectativa de la infancia, y de que cuanto había ocurrido y venido después de separarnos era accidental y secundario, una especie de desviación de lo natural, o de error, o acaso un larguísimo sueño que tocaba a su fin al reencontrarnos aquella noche, como si pensáramos: “Este es mi lugar. Estos son mis compañeros primeros, con los que eché a andar por el mundo y con los que conviví a diario durante trece años fundamentales; aquí están las primeras chicas que me gustaron, mis primeros enemigos con los que me pegué en el patio para luego hacer siempre las paces; aquí están mis primeros amigos a los que procuré ser leal, aquí mi primera representación del mundo, en la que aprendí ya casi todo”.

Era curioso ver y sentir el afecto espontáneo con que nos tratábamos todos (hasta los que no nos caíamos muy bien en el colegio), con una natural tendencia a abrazarnos, a pasar una mano cariñosa por el brazo, a que las mujeres, cuando la noche ya estuvo avanzada y tomamos asiento, apoyaran sus cabezas cansadas en los hombros de los hombres en quienes confiaban, como si fuéramos hermanos. Allí nadie podía ser un farsante, y no había ministra ni escritor que valieran, ni médico, arquitecto, abogado, ingeniero, periodista o psiquiatra. Nadie era nada más que el que siempre fue en clase. “Ellos me conocen bien”, pensé, “nunca podría engañarlos: todos sabemos cómo es cada uno, aquí no cabe ningún fingimiento”. Oh, y me sentí tan cómodo, tan a salvo y tan a resguardo. Hablé con la primera niña -niña entonces- que me gustó, a los cuatro años, María José Gancedo, simpatiquísima; y con la segunda, a los seis, Margarita Castillo; reconocí a Marín y a Peña, y el primero montó un DVD con viejas fotografías que nos sumergió aún más no en el pasado, sino en el tiempo que está siempre ahí, esperándonos; a Onís y a Tatay, antaño pendencieros y que hoy organizan safaris; a Lambea y a Suárez-Carreño, y a los cariñosos Gamero, Salgado y Ruiz-Bravo; a Marianne, Suseta, Asun y María Rosa, a Carmen Bernis y a Lola Lantero, ahora rubia casi platino; estaba Mercedes, también muy simpática, sin guardaespaldas por una vez porque allí era donde menos los necesitaba. No puedo nombrarlos a todos. Dos han muerto: mi mejor amigo de la primera infancia, Bauluz, y África, de la que alguien contó cómo en otra reunión, a la que no asistí, se despidió de Gonzalo Domínguez Torán con un beso casi cincuentón en la boca, y le dijo: “Tenía esto pendiente desde la niñez. Ahora ya me quedo tranquila al respecto”. Brindamos por ellos y por otros ausentes: Inés Ortega, Liven Porter, Javier Fernández del Riego, Paloma Agrasot, Rafael López Barrantes, algunos no habían podido venir desde América.

Preferí no quedarme hasta el final. No quería irme cuando ya no hubiera más remedio y por ende sentirme “expulsado” de la verdadera vida, de la más auténtica, de aquella en la que no hay disimulos y todo es diáfano. Me rondaban dos pensamientos contradictorios, o eran sentimientos: por un lado, “Si siguiéramos aquí un día tras otro, sería una pesadilla”. Por otro, y era más fuerte, “Que no se acabe, por favor, que no se acabe esto”. Por eso me fui, cuando aún quedaban muchos y muy animados. Para acabar yo la experiencia feérica, de abolición o más bien compresión del tiempo, y que no fuera otro quien me la terminara, ni siquiera el anfitrión delicado y generoso. Porque, como dijo alguien, volvimos a ser nosotros, sólo que disfrazados de mayores. Nuestros muchos años, nuestras profesiones y fracasos o logros, nuestras mujeres o maridos e hijos, pasaron a no ser más que eso, disfraces que se ponen los niños.

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 4 de enero de 2009

Yo ya lo he dicho antes: mis amigos de colegio son los mejores amigos que tengo. Es como dice Marías, cada vez que nos reunimos es como si el tiempo se hubiera detenido, como si la vida se hubiera quedado en esos años, como si volviéramos a tener los mismos pocos años de entonces y estuviéramos listos para empezar una carrera de carpetas.

Esto va para ellos. También va para los que acaban de empezar un año escolar más. Y para aquellos que han visto a sus hijos vistiendo uiforme escolar por primera vez este año.

lunes, 5 de mayo de 2008

Torrente de recuerdos

Hace algunas semanas, publiqué dos posts que abrieron las puertas de la memoria del Grupete. No me parece recomendable dejar que tantos buenos momentos se queden solamente entre nosotros, y por eso comparto algunos de ellos con mis (espero que no tan) escasos lectores:

1. La vez en que Rafo empujó a Jorge Luis a un desagüe abierto en el Golf o El Olivar de San Isidro (no recuerdo bien en cuál fue).
El colegio quedaba originalmente en San Isidro, y en los primeros años de primaria, nos llevaban a cada rato caminando indistintamente a ambos lugares. En una de esas tantas veces, me acuerdo de haber escuchado un chapoteo nada común. Cuando nos volteamos a ver de dónde venía el ruido, vimos que Rafo miraba hacia abajo, hacia un buzón de agua sin tapa. Adentro Jorge Luis luchaba por no ahogarse.

La miss Bertha lo sacó como pudo, le sacó toda la ropa (imagino que no toda), pidió prestado a alguien uno de esos horribles mandiles que componían el uniforme escolar, todavía más feo que el mandil, y con Jorge Luis mojado como un pollito regresamos al colegio. Ahora pienso que tal vez por eso su mamá lo metió durante el resto de nuestra vida escolar a clases de natación.

Por acciones como la descrita, Rafo duró en el colegio solamente hasta primer grado. Jamás ninguno de nosotros volvió a saber de él. Mejor...

2. "¡Ahora si! ¡Ahora si!"
Era el grito temible y terrible que coreábamos cuando alguien hacía algo indebido. El "infractor" quedaba paralizado del pánico, muchas veces hasta llorando. ¿Qué provocaba esto? Algo tan terrible como dejar caer un libro accidentalmente, cerrar la puerta muy fuerte y felonías similares.

3. Las zapatillas Diadora
Cómo olvidar eso: en tiempos del primer gobierno de Alan, fuimos de viaje de promoción a Tacna, Arequipa y Cusco. Incluía un día de compras en Arica. Pueden imaginar lo que fue para este grupo de adolescentes tener delante tantas cosas que en Lima no existían en esos tiempos de triste recordación.

Casi todos los hombres del salón compraron zapatillas de diversas marcas. Felices de la vida, regresamos a Tacna. Esa noche, tuvimos permiso de ir a una discoteca y la noticia corrió más rápido que nada: a Elmer le habían vendido dos zapatillas Diadora de diferente modelo y talla, y encima del mismo pie.

Mientras todos los demás lucieron orgullosos sus zapatillas nuevas, Elmer fue blanco de todas las burlas. Después del viaje supe que a toda costa había querido ponerse el "par" de zapatillas, y que los otros se lo impidieron. Así pudo hacer el reclamo a través de la guía que tuvimos en el viaje.

Hasta ahora no falta quien recuerde este episodio. Con carcajadas de por medio, por supuesto.

4. Los ensayos para los desfiles de Fiestas Patrias
Lo único bueno que tenían era que nos hacían perder clases con autorización. En el local viejo, parte de la marcha era en la calle, parte era dentro del colegio. En estos tiempos de caos vehicular en Lima, eso sería impensable.

Cuando desfilábamos por el pasadizo en el que estaban los salones del primer piso, nuestros pasos retumbaban y a propósito hacíamos que resonaran más. Y cuando desfilábamos por afuera, pasábamos delante de una casa que tenía unas rejas verdes de madera que permitían ver en su interior dos pastores alemanes durmiendo. Bastaba que alguien tocara la puerta para que los tremendos perros se abalanzaran y nos ladraran ferozmente. Recuerdo mi terror de que las puertas se abrieran, que el peso de los perros venciera a la cadena con candado que las matenía cerradas. Hasta donde sé, eso nunca pasó.

5. Las antipáticas actuaciones
Recuerdo dos en particular: la de la zarzuela de María Fernanda, en la que las mujeres decíamos: "¡Ay, que zaragatero es usted!" Los hombres salían con corbata, las mujeres con paraguas. Vaya uno a ver dónde se consigue un paraguas en Lima. Mi papá me llevó al canal y me hizo escoger cuál me gustaba más.

Yo soy la que está al medio, de rosado y con mis infaltables lentes.
Fotos sacadas directamente de mi baúl de los recuerdos.

Otra actuación "memorable" fue en el cine Country. Nadie se acuerda bien a quiénes representábamos, si éramos viejos o duendes. Teníamos unas horrorosas narices de plástico, la mía me ajustaba horriblemente. Y teníamos que estar agachados todo el tiempo, con unas ropas de colores demasiado llamativos, cascabeles en los zapatos y bastones. ¿Por qué nos sometieron a ese escarnio público? De esa no tengo fotos... felizmente.

Por no mencionar las "coreografías" que teniamos que hacer las mujeres, en actuaciones como las del día del colegio. Seguramente nadie nos prestaba atención. En verdad, no los culpo.

Esto es una mínima parte de nuestras vivencias de tiempos escolares. En mi caso, tiempos felices casi siempre.

martes, 20 de noviembre de 2007

Viaje al pasado

La promoción de mi hermano cumple 25 años de haber salido del colegio. Con ese motivo, los muchachones que alguna vez fueron sus compañeros nos invitaron a la pequeña ceremonia que organizaron para plantar un árbol en recuerdo de los que ya no están.

Yo prefiero recordarte con un breve relato de hermana menor que escribí hace algunos meses, mucho antes de pensar en abrir un blog. Más allá de lo fregado que podías ser a veces, eras el que lo sabía todo. Absolutamente todo.

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Gogol

- Tito, ¿cuál es el último número que existe?
- Gogol, es un 1 seguido de montones de ceros.

La niña de cuatro años no puede creer que los números no tengan final. Total, ella puede contar hasta 100 y eso es un montón. Su mente no imagina que exista algo que no tenga final. Pero su hermano mayor lo sabe todo. Es su conocimiento de las cosas lo único que no tiene final.

……………………..

Ese pequeño diálogo estuvo dormido en la mente de la niña por muchos años. Hasta el día en que leyó que Sergey Brin y Larry Page, los creadores de Google, el buscador por Internet más usado del mundo, llamaron así a su motor de búsqueda a partir de la palabra inglesa googol… un 1 seguido de 100 ceros.

¿Cómo pudiste saber eso? ¿Cómo podías saber eso, si solamente tenías 7 años? ¿De dónde sacaste una información tan precisa, en tiempos en que el futuro era gente vestida con trajes espaciales y la navegación por Internet era inconcebible?

Se agolpan tantos recuerdos: el concurso del colegio, para el cual me instruiste durante días sobre Pompeya y el Vesubio, con lo que a los 7 años terminé siendo la participante más chiquita. O ese otro episodio, en el que lavaste mi pelo con tanto amor y cuidado, tratando de no hacerme doler las heridas de la cabeza, diez días después de la operación. Y podría enumerar tantos más, buenos y de los otros.

¿A dónde se fue todo eso? ¿A dónde se van las vivencias, las emociones, las memorias cuando de un hachazo la vida cambia tanto?

Atesoro todo eso como tu segunda mejor herencia. La primera, por supuesto, tiene ahora 13 años y absorbe como esponja todo lo que se le pueda contar de ti.

Y además siempre estás. Porque no importa dónde esté, o qué esté haciendo, cada vez que pienso en ti oigo tu himno, ese himno que eres tú, y sé que estás acá:
Saber que se puede,
querer que se pueda,
quitarse los miedos,
sacarlos afuera…
Pintarse la cara color esperanza
tentar al futuro
con el corazón


……………………..

- Tito, ¿cuál es el último número que existe?
- Gogol, es un 1 seguido de montones de ceros.
Lima, 12 de mayo de 2007.