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domingo, 6 de julio de 2014

Dos desafíos

1. Doce semanas, doce fotos
Iela, del blog Cultura femenina, ha lanzado el desafío de publicar una foto por cada semana que dure el verano. Ella vive en Canadá y está disfrutando de su verano, pero los que vivimos por debajo del ecuador estamos, finalmente, gozando del invierno.

Así que acepté el desafío, pero con fotos invernales. Acá va la primera, la imagen de un charco en la entrada de mi edificio, luego de una noche entera de lluvia limeña:
Reja de entrada del edificio, con espejo de agua incluido
2. Cien mil visitas
Gonzalo (el primero de la izquierda) y un grupo de sus amigos han realizado un video donde cantan la canción Gone, gone, gone, de Phillip Phillips, ganador de American Idol en 2012. Tienen como meta llegar a las 100,000 visitas, así que denle clic y disfruten de sus voces... de paso, los ayudamos:

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Dentro de una semana se acaba el Mundial de Fútbol Brasil 2014. Aunque el Perú no participa, acá se vive la fiesta casi como propia (ese "casi" marca una diferencia tremenda). No imagino lo que sería si nuestra selección hubiera clasificado.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Dormir en el cine

Que levante la mano quien nunca se ha quedado dormido en el cine. Creo que a todos nos ha pasado al menos una vez.

En mi caso, casi siempre se trata de una pequeña cabeceada, que por breves minutos me hace perder la ilación de la trama. Es que las condiciones son las propicias: el entorno está oscuro, hay un gran silencio y las voces de la película terminan sirviendo de arrullo, factores todos que se ven potenciados cuando la sesión de cine se da luego de una jornada de trabajo.

Hace algunos años, vi una película con Al Pacino, donde el bueno de Al cree recordar de manera muy confusa haber sido testigo de un asesinato. No lo recuerda bien, no está seguro porque todo ocurre mientras él experimenta un estado de duermevela producido no recuerdo por no sé qué factor, una fuerza física irresistible que lo inducía a dormir por largos periodos. Lo gracioso es que yo vi esa película a intervalos interrumpidos  también por un sueño profundo. Al ver los créditos finales, entendí totalmente la desazón del protagonista. Es lo único que entendí, porque de la trama no comprendí nada.

Alguna vez de las tantas que fui al cine con Gonzalo, nos pasamos la película riendo porque un señor sentado en la fila adelante de la nuestra se pasó las dos horas de proyección no solamente durmiendo, sino roncando a toda gana. Sus acompañantes, aparentemente su esposa e hija, no hicieron el más mínimo esfuerzo por arrancarlo de los brazos de Morfeo. Debían estar acostumbradas.

Cuando las luces se encendieron, el hombre se levantó de su asiento diciendo "no he visto nada". Nosotros los de la fila siguiente podíamos dar fe de esa declaración.

jueves, 24 de enero de 2013

Sabor a barrio

Voy al quiosco de la esquina, y le pregunto al buen Tato si mi mamá ya compró el periódico para evitar repetir la compra. Me dice que si, que hace ya buen rato pasó por ahí y se llevó el diario decano. Y me entrega el fascículo anterior de los cuentos para Marcela, que se me pasó comprar en su momento. Le agradezco y me voy.

Entro a la farmacia y la servicial Fátima me recibe con una sonrisa. Le digo que se me acaba de olvidar el nombre de la pastilla que quiero comprar. "¿La que siempre llevas?", me pregunta. Cuando le digo que si, me saca una caja blanca con rayas verdes y me pregunta cuántas me llevaré esta vez. Me entrega la cantidad que le pido, le pago y salgo con mi pastilla cuyo nombre prometo no volver a olvidar.

Entro a la bodega que está en la misma cuadra en la que vivo. No tengo necesidad de cruzar ninguna pista cuando voy para allá. La dueña, Luisa María, me pregunta si esta vez también voy a comprar la vela votiva color rojo que siempre compro cuando voy con Marcela. Le digo que esta vez no, que cuando esté con Marcela, a la que le encanta dejarle una velita a la Virgen de Lourdes que hay a la entrada de la tienda.

Me acerco al panadero que tiene su mercadería en un triciclo y que vende a todo aquel que llega a la esquina donde se estaciona o que lo encuentra en el camino. No tengo ni que decir nada, él ya sabe que son dos panes de los más crocantes. Las pocas veces que el pedido varía, el panadero muestra su extrañeza demorándose dos décimas de segundo más en despachar los panes.

Camino media cuadra y me cruzo con el hombre que limpia autos. Nos saludamos y cada uno sigue su camino. Lo mismo pasa con el cartero, que a veces me regala un breve momento de dicha cuando me anticipa que tiene algo para mí en su enorme bolsa azul, incomprensiblemente estampada con las palabras Poste Italiane.

Entro al restaurante en donde a veces compro el almuerzo. El dueño ya sabe que no debe incluir ají ni cubiertos descartables en mi pedido. En cambio, agrega una pequeña bolsa con dos trozos de limón, que le da a la sopa un sabor muy agradable.

Todos estos encuentros que narro en esta entrada ocurren en un área que no excede de dos cuadras a la redonda.

Sabor de barrio.

martes, 9 de octubre de 2012

Chiquilladas

Una mañana de un sábado cualquiera de verano de 1996.

Voy a ver a un pequeñito a su casa. Al entrar, pregunto por él y me dicen que el niño está en su cuarto. Así que hacia allá voy a buscarlo.

Cuando estoy a pocos pasos de la puerta del dormitorio, el pequeño sale corriendo hecho una exhalación hacia el baño, en dirección opuesta a mí. Lo escucho reír a todo pulmón. Entro al baño, lo encuentro sentadito en una esquina, riendo a más no poder, tapándose la cabeza con brazos y manos. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo: sentado en el suelo, entre sonoras y traviesas carcajadas, vestido con un polo negro de manga corta y un pantalón corto amarillo. Levanta la cabeza, me mira y recién entonces me doy cuenta del detalle:
- Hey, ¡tu pelo! ¿Dónde está?
- Está cotado -responde, mientras se señala la cabeza.

Recién en ese momento se deja ver completamente.
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Una mañana de un martes cualquiera de agosto de 2012.

Decido ir a almorzar con una pequeñita a su casa, pero sin decirle nada. Será una sorpresa para cuando llegue del colegio, lo que suele suceder cerca de la una de la tarde. Llego a su casa poco antes de esa hora.

A la 1:10 pm, suena el timbre. Desde el segundo piso, Tita abre las dos puertas de fierro del edificio mientras me anuncia la llegada de la niña. La señora de la movilidad la lleva de la mano hasta trasponer la primera de las dos puertas y la cierra. La niña sigue su camino solita, ya segura una vez en el interior, hasta pasar la segunda puerta, que ella misma cierra. Es una rutina conocida por todos los que participan en ella a diario. Mientras bajo las escaleras, la oigo hablar sin parar. Debe creer que los pasos que escucha son los habituales, los de su querida Tita, a quien le cuenta las incidencias de su día.

Cuando en eso, levanta la cabeza y me ve. Su alegre voz es reemplazada por un repentino y notorio silencio. Los ojos se le ponen como platos, abiertos de tanto asombro:
- ¡Oye! ¡¿Qué haces aquí?!
- He venido para almorzar contigo, ¿está bien?

Su respuesta es correr hacia mí y darme la mano para subir juntas la escalera.
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Quiero dar la bienvenida a este universo blogosférico a Mil rostros de la ciudad, que recientemente publicó su primera entrada. Desde acá los invito a leer este nuevo espacio que, ojalá, se quede en la blogósfera durante mucho tiempo.

jueves, 30 de agosto de 2012

Muchachos solidarios

Por razones de fuerza mayor, nuestros muchachos solidarios se han visto en la necesidad de cancelar su iniciativa planificada para diciembre de este año. Infinitas gracias a todos los que hicieron llegar su ayuda.

Esta es una entrada un poco diferente a las habituales de este blog.

Mi sobrino Gonzalo (18 años), de quien tanto he hablado en muchas entradas, forma parte de un grupo de muchachos que por iniciativa propia quieren llevar ayuda a tres comunidades en Otuzco, provincia del departamento de La Libertad, en el norte del Perú. Gonzalo terminó el colegio el año pasado, y en sus últimos años de secundaria, fue uno de varios escolares que, con auspicio de su colegio, viajó a esos mismos lugares llevando artículos de primera necesidad para las personas que viven en esta zona, donde hay mucha pobreza.

Creo que la solidaridad de Gonzalo y sus amigos merece todo el apoyo de quienes se lo podamos brindar. Por mi parte, pienso ayudarlos difundiendo su iniciativa y aportando algunos artículos que entregaré en fechas más próximas a su partida.

Su idea es tener todo listo para diciembre, como parte de una campaña navideña y para eso se están organizando con el debido tiempo. Es muy importante destacar que a estos muchachos no los auspicia ni los patrocina nadie. Los motivan sus ganas de ayudar, siguiendo la línea de lo que han visto y hecho mientras estaban en el colegio. Por eso es importante difundir su idea para que el pedido de apoyo llegue a la mayor cantidad posible de personas.

A través de esta entrada comparto con mis lectores, especialmente los que están en el Perú (aunque todos pueden ayudar), la iniciativa de estos muchachos solidarios para ver si alguien más se anima a aportar a su campaña. Ellos están con todas las ganas de viajar entre el 14 y el 20 de diciembre de este año. Cualquier aporte, por mínimo que sea, será bien recibido: alimentos no perecibles, juguetes para los niños y hasta donaciones en efectivo. Todo es bienvenido y no duden que será bien utilizado.

Si alguien prefiere donar de manera anónima, puede hacerlo por acá o por medio de un comentario en esta entrada que no se publicará.

Muchas gracias.

martes, 26 de junio de 2012

Crónicas de viaje: La aventura comienza

Esta tarde parto para Nairobi. Me espera un largo viaje a Ámsterdam, unas horas de espera y otro viaje menos largo hasta Nairobi.

Lo próximo que lean en este blog, se habrá escrito en alguno de esos puntos.

Mientras tanto, les dejo un encarguito a los que tienen cuenta en Facebook. Les agradecería que entraran a este vínculo y den clic en ME GUSTA. Es para un trabajo de universidad de Gonzalo. Tiene que llegar a 500 ME GUSTA y en este momento va en 326. Muchas gracias a los que lo ayuden con esto

Ahora si, deséenme buen viaje.
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miércoles, 23 de mayo de 2012

Renovación generacional

La tía Angelita nos contaba historias de su niñez en los campos de explotación del caucho. Su padre, don Francisco Martínez Camino, llegó de su natal Extremadura a "hacer la América" a finales del siglo XIX, en pleno apogeo de la explotación del caucho en la Amazonía peruana. Por eso, la tía Angelita tenía un niñez llena de historias de ese tiempo y lugar.

También nos contaba cuentos que no terminaban con el típico "colorín colorado, esta historia se ha acabado". Sus cuentos acababan con un original "Se han casado y por aquí han pasado". Esas palabras me hacían pensar en un príncipe y una cenicienta que habían pasado por la esquina de la casa sin que los hubiéramos visto. Siempre me preguntaba por qué la tía Angelita no nos había avisado para poder verlos pasar, aunque fuera de lejos.

Pero sobre todo, la tía Angelita nos cantaba canciones. Canciones de esa niñez lejana en el tiempo, lejana en el espacio, lejana en circunstancias. Seguramente, son canciones que escuchó innumerables veces en los tiempos en que vivía en "el caucho". Canciones que no hemos vuelto a oír en ninguna otra parte ni a ninguna otra persona, con una mezcla de castellano y portugués, seguramente tal como ella las recordaba.

A, B, C mendesha
que bailo con José
Mi niña tan bonita
mi niña pela rua
Para vestir a mi amada
con tinta encarnada

O esta variante del popular de tin marín: an, san, gan, pique, pique, golegán, bulle, bulle, rataplán, mis, gan.

Por más que he buscado a través de Google y similares, no he encontrado ninguna de estas dos canciones.

Nos decía frases como "cabeza de futbolista" cuando olvidábamos algo o cometíamos alguna torpeza. Teniendo en cuenta el estado de nuestro fútbol, la frase no puede ser más exacta.

Así como en tiempos pasados hubo un niño curioso, ahora hay una niña de cuatro años que se esfuerza por recordar y cantar esas canciones. Que pregunta si la Tití era amable y que pide repetidas veces que se le cuenten sus historias. Y ahí vamos al baúl de los recuerdos y le contamos de la vez que le hizo cesárea a una vaca que estaba sufriendo para parir a un becerro mal colocado. O como cuando le dio una insolación terrible por exponerse al sol playero sin tener el mayor cuidado. O como cuando, incapaz de recordar el nombre de su remedio, decía que se le había acabado la "cojinovita" (el nombre correcto es GeroMucovit).

¿Ya ves, tía? Decías que nosotros te íbamos a recordar apenas como un "ras". Y ahora dos de tus sobrinos tataranietos, que no coincidieron contigo en el tiempo, cantan tus canciones y conocen tus historias. Con suerte, las transmitirán a la siguiente generación.

Que así sea.
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martes, 27 de diciembre de 2011

De pompas y circunstancias

Pensabas que porque habían pasado 25 años de tu graduación te iba a dar igual ver graduarse a un grupo de muchachos. Eso pensabas, y eso sentías.

Aparece el grupo de graduandos y reconoces una cara conocida. Una entre más de cien. Podría ser una entre más de mil, de cien veces mil y de todas maneras reconocerías esa cara. Y recuerdas ese diálogo entre un zorro y un principito que casi conoces de memoria:
Para mí, no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
[...]
Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música.
[...]
Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo...
Pensabas que sería una ceremonia como muchas. Como todas. Y resultó ser como ninguna. Ni siquiera como aquella en la que tú y tu grupo fueron los protagonistas, hace 25 años.

En todos los discursos, hubo recuerdos para los ausentes. Hubo también agradecimientos para todos. Bueno, para casi todos. Se agradeció a los profesores, a los padres, a los abuelos y, por supuesto, a los propios (ex)alumnos. A pesar de lo que pensabas, esta vez tampoco agradecieron a los tíos. Para otra oportunidad será. Aunque no te importó mucho, porque más de uno te saludó con mucho cariño.

Más de cien graduandos, todos ellos elegantemente vestidos, que una hora y media después se convirtieron en graduados. Una letra menos que es todo un mundo de diferencia. Entre la multitud, una cara conocida. En medio del bullicio, una voz conocida. En medio del barullo, unos pasos conocidos.

Pensabas que sería una ceremonia como muchas. Como todas. Y resultó ser como ninguna. Con su propia pompa y su propia circunstancia.

¡A todos, mis mejores deseos de que 2012 sea un año mucho mejor!
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viernes, 2 de septiembre de 2011

Sábado de cine

Un sábado que comenzó como todos y terminó como pocos.

A eso de las 3 pm de un sábado, suena el teléfono. Contesto y me sorprende la voz de Gonzalo, que me dice: ¿vamos al cine? Cuando me dijo el título de la película, dudé por una décima de segundo, pero pensando en tardes de cine de hace algunos años, le dije que si. Quedamos en que a las 5 pm estaría en la casa.

Efectivamente, a la hora acordada en punto, sonó el timbre. Y hacia el cine partimos.

La sala estaba llena, mucho más de lo que yo esperaba. La película que vimos transcurre en una ciudad famosa por su puente rojo y su bahía, sus tranvías y sus calles ondulantes. Le pregunté a Gonzalo si recordaba el puente, y me dijo que no estaba seguro de si lo recordaba o si recordaba saber que había estado ahí.

Creo que toda película, por más mala y aburrida que sea, siempre tiene algo que destacar. Esta película no es mala ni aburrida, pero debo reconocer que no la hubiera visto de no haber sido por Gonzalo. Para mí, su mensaje final es que hay cosas que no se pueden forzar y que no importa lo que hagamos, cada ser tiene una naturaleza contra la cual no puede luchar.

Particularmente, le doy otro valor. Me hizo pensar y recordar un pasado no tan remoto en términos de tiempo, pero que se siente tan distante como si hubiera transcurrido en otro mundo. En otra vida. Una vida en la que éramos uno más y una menos. Recuerdos por un lado, expectativas por el otro.

Al salir del cine nos recibió una fría y húmeda noche limeña. La noche de un sábado que comenzó como todos y terminó como ninguno.

jueves, 30 de junio de 2011

De abrigo y sombrero

Si pasamos todos los días a la misma hora por el mismo sitio, lo más probable es que veamos siempre a la misma gente haciendo lo mismo cada vez que los veamos.

En mi recorrido diario veo todas las mañanas a la señora que lleva a su nieto al colegio. Van caminando despacito los dos, el niño lleva una mochila colgada de la espalda y no para de hablar. La abuela carga la lonchera y parece escucharlo, por lo menos, se le ve atenta a cada palabra del niño. De vez en cuando asiente y eso le da cuerda al niño. Imagino que así es la caminata diaria de Marcela a su nido. Así eran las caminatas con Gonzalo cuando era chiquito.

Está la señora siempre apoyada de un murito que hay entre la pared de su casa y la calle. Fuma un cigarro y echa las cenizas a una taza blanca a la que le falta el asa. Mira a la gente pasar sin decir nada más que un ocasional saludo a una que otra persona.

Hay una pareja de señores a quienes la corrección política me obliga a llamar adultos mayores. Van de la mano, sin hablar mucho. El señor mira a todo aquel que se le cruza y hace un saludo con la cabeza mientras sonríe bondadosamente. Me hacen recordar a mis propios abuelos.

Estas son algunas de las personas que veo a diario en diferentes momentos del día. Se puede uno imaginar a dónde van y de dónde vienen todos ellos.

Todos menos uno.

En medio de toda esa colección de personas está el hombre del sombrero. De abrigo y sombrero. Parece extraído de la portada del Cementerio de Praga. Un anacronismo total, más enigmático aun porque es un hombre joven y porque siempre lo veo de noche. Camina en sentido contrario a mí, por lo que lo puedo mirar discretamente desde media cuadra de distancia. Pasa con la vista puesta al frente, jamás lo he visto mirar a los costados. Parece muy decidido. Su paso es muy decidido. Misterioso.

Richard Castle ya hubiera elaborado una serie de alucinantes explicaciones sobre este peculiar personaje: que es un viajero del tiempo, que es miembro de un grupo que rescata valores decimonónicos, que todos los días va a un fiesta de disfraces, que acaba de cometer un asesinato y está vestido así para despistar. Se me acaban las ideas, pero es que no tengo la imaginación que semanalmente suele desplegar Castle.

El hombre de abrigo y sombrero es decididamente intrigante.
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Dicen que todos los peruanos somos embajadores del Perú. Si me conceden un pasaporte diplomático, gustosa cumplo el servicio de manera voluntaria. Pongo en conocimiento de quien corresponda que me pueden contactar por medio de este blog.

jueves, 23 de junio de 2011

Un domingo cualquiera

Este post casi se quedó olvidado entre los borradores sin publicar, no sé por qué.
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Ese domingo empezó casi como un domingo cualquiera.

Gonzalo se había quedado a dormir en la casa, algo que ya no pasa muy seguido. Él, mi mamá y yo decidimos ir a tomar desayuno por ahí. Así que terminamos sentados en una mesa cuadrada, con algo de frío, mirando el mar. Comentamos un libro que los tres habíamos leído, no al mismo tiempo, claro. Un libro que trata de cadetes, de perros, de ciudades, de mañanas frías, de exámenes robados, de delaciones, de honor, de deshonor.

Casi como un domingo cualquiera.

Más tarde ese mismo día, Marcela estuvo en la casa, como un domingo cualquiera. Salimos a la bodega de la esquina, a comprar el helado de siempre.

Al regresar, le pregunté si quería ir a ver los caracoles. Es lo que le he preguntado las últimas semanas, pero por alguna rara circunstancia, los caracoles solamente están de lunes a viernes. Tal vez el fin de semana se van a algún tipo de retiro.

Fuimos al jardín, y ahí estaba. Un caracol avanzaba muy lentamente, moviendo las antenas (o como se llamen en los caracoles), casi como si nos detectara. Marcela tenía los ojos abiertos como platos. Creo que ya había empezado a creer que los caracoles no existían.

Nos quedamos un rato mirándolo y luego nos regresamos a la casa. Ella estaba fascinada gritando que "había visto al caracol". Casi como un domingo cualquiera.

Esa misma noche, un post de mi amiga Sylwia me hizo ver que a veces vale la pena empezar en pequeño. Que no tiene nada de malo vivir un día cualquiera. Un domingo cualquiera. Tal como ese domingo, que no tuvo nada de extraordinario. O tal vez si.
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Tengo nuevo post en Global Voices en inglés y en castellano.



jueves, 5 de mayo de 2011

Hay gente que se pasa

Ciertamente, hay gente que se pasa. Esta es una reflexión a la que llegué después de dos experiencias vividas en los últimos días.

La primera fue en una ceremonia en el colegio de Gonzalo. Antes de que comenzara, el presentador habló por el micrófono para anunciar que en dos minutos empezaría la ceremonia. Y pidió dos cosas: que los asistentes apagaran sus celulares y que, por favor, no tomaran fotos ni videos.

A los pocos minutos, se apagaron las luces y todo comenzó.

Literalmente, todo comenzó. Porque los celulares empezaron a sonar sin parar. Y los padres de familia no paraban de tomar fotos y de grabar videos. Debo confesar que lo que más me molestaba eran los celulares. A fin de cuentas, las personas que tomaban fotos lo hacían desde sus asientos y sin hacer bulla.

Con los celulares, era otra la historia. No solamente porque la variedad y el volumen de timbrados era enorme, sino porque las personas reaccionaban al tercer o cuarto timbrado. Si a eso se le agrega lo que se demoran algunas en encontrar el aparatito en sus tremendas carterazas, ya tenemos asegurados mínimo unos seis timbrados. Debo rectificar y decir que el doble de timbrados, porque como no hay respuesta y la llamada se corta, el teléfono vuelve a perderse en esa dimensión desconocida que son algunas carteras... y 30 segundos después, el teléfono vuelve a sonar y la historia se repite.

Esto me hizo preguntarme: ¿y si hubieran dicho que dejaran los teléfonos prendidos y que tomaran todas las fotos y los videos que quisieran?

El otro incidente fue al día siguiente. Fui a un centro comercial al que no iba hace años, y lo encontré totalmente cambiado y en obras. Quise salir por la Av. Angamos, la que me resultaba más directa para regresar. Pregunté a varias personas y todas me señalaron en una dirección.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que estaba entrando cada vez más a la zona de las obras y que se me hacía difícil pensar que encontraría una salida por donde me habían dicho. Entonces me acerqué a un policía que cuidaba un banco y le volví a preguntar por la salida a la Av. Angamos. Me contestó que estaba cerrada por las obras (!!!).

Le pedí que me indicara por dónde salía a la Av. Aviación, y me lo indicó muy claramente. Una vez afuera por el lado de la Av. Aviación, caminé hacia la Av. Angamos y regresé a casa.

Si no hubiera sido por ese orientado policía, creo que seguiría dando vueltas más perdida que Algernon en ese laberinto que resultó ser el centro comercial a causa de las obras.

Definitivamente, ¡hay gente que se pasa! Y eso que no menciono a los adultos mayores (y no tan mayores a veces) que se empeñan en ir a las cajas de atención preferente aunque en las otras cajas haya menos gente haciendo cola.

viernes, 11 de febrero de 2011

De cajas, collares y alfajores

El 25 de diciembre, Gonzalo me entregó una caja envuelta en papel navideño. Al entregarme la caja me dijo: "no te los comas todos". Desenvolví el regalo y vi que era una caja de alfajores. Decidí guardarlos en su caja sin abrir para comerlos en otro momento. Ya sabemos que las fiestas de fin de año vienen acompañadas de mucha comida.

Al cabo de unos cuantos días, recordé los alfajores. Busqué la caja y al abrirla me di con la sorpresa de que no había alfajores adentro sino un collar. Esto debe ser una broma de Gonzalo, me dije.

Llegué a usar el collar en una reunión del Grupete.

Casi a fines de enero, recibí un e-mail de Ana Cé, cuya parte pertinente copio a continuación:
Una curiosidad. ¿Te comiste los alfajores que te regaló Gonzalo? Te lo pregunto porque ayer me llamó la amiga que los estaba vendiendo y me preguntó una cosa rarísima: si no había encontrado un collar dentro de la caja de alfajores. Yo me quedé con cara de plop pero me explicó que su hijito estaba jugando con una caja de alfajores y guardó un collar de ella ahí, sin que nadie se diera cuenta.
Yo le compré dos cajas de alfajores, una para la casa y otra para que Gonzalo te la regalara. Como la nuestra sí nos la comimos, debo suponer que en la tuya es que estaba el collar.
Entre el asombro y la risa iniciales, le contesté que si, que yo tenía el collar, que pensé que ponerlo en la caja de alfajores había sido una broma de Gonzalo y que hasta lo había usado una vez. Ana Cé me mandó otro mensaje diciéndome que el asunto sería una buena historia para este blog.

Después me puse a pensar en la serie de azares que rodeaban la historia. Un niño jugando elige al azar una caja vacía de alfajores de los que su mamá preparó para Navidad y pone ahí un collar. No solamente lo pone ahí sino que se acuerda de haberlos puesto ahí. Otra persona, Ana Cé, compra dos cajas de alfajores, que son elegidas al azar por la persona que las vende. Al azar también, Ana Cé elige sin abrir una de las dos cajas de alfajores (que en verdad contiene el collar de marras) para hacerme un regalo. Abre la otra que si tiene alfajores y la comparte con Gonzalo. Yo abro mi regalo, me llama la atención no encontrar lo que esperaba encontrar, pero lo tomo como una broma.

Nadie tiene por qué sospechar que está en marcha una confusión que comenzó con un niño jugando. Un niño cuya buena memoria hizo que esta historia de confusiones y de azares terminara bien y con todas las piezas en su sitio.

Un momento, ¿dónde quedaron mis alfajores? Exijo una explicación.
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Cómo me disgusta que se use la palabra zurdo para designar a personas con ideologías de izquierda. ¿Acaso les dicen diestros a aquellos que tienen simpatía por las ideologías de derecha? No, qué va. Nada que ver. Diestros son los hábiles y expertos en un oficio. ¿Qué tiene que ver mi tendencia natural por la mano izquierda con la política? Ojo, no tengo nada en contra de los que optan por la ideas de izquierda. Eso es de cada quien.
Por segunda vez en un mismo día, exijo una explicación.

domingo, 28 de marzo de 2010

Como si nada

Una tarde de sábado cualquiera. Después del almuerzo, estamos Gonzalo, Ana Cé y yo conversando, como si nada. Y surge una duda. Una duda bastante trivial. Trivial, pero que solamente Carla puede resolver.

Entonces Ana Cé le pide a Gonzalo que llame a Carla y le haga la pregunta trivial. Dos minutos más tarde, Gonzalo corta la comunicación, ya con la respuesta de Carla. Como si nada.

Lo que acabo de contar no sería nada raro. Pero falta agregar un pequeño detalle: Gonzalo, Ana Cé y yo estábamos sentados en la sala de mi casa en Lima. Carla vive en una pequeña ciudad de Georgia, en Estados Unidos.

Vi todo sin decir nada. Cuando Gonzalo cortó le dije:
- Para ti, eso de llamar a Carla a Estados Unidos es lo más normal del mundo, ¿no? Como si nada.
- Si -me respondió.

Ana Cé y yo nos miramos. Cuando teníamos los 16 años que Gonzalo acaba de cumplir eso era simplemente impensable. Y eso que a esas alturas, ya existía el discado directo internacional. Porque retrocediendo un poco más, las llamadas había que pedirlas a una operadora y esperar pacientemente al lado del teléfono.

Definitivamente, otros tiempos...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Acción de gracias

El Día de Acción de Gracias es una festividad que se celebra en varios países del mundo. En el Perú no dedicamos un día especial a dar gracias por lo que hemos recibido en el año, aunque tal vez deberíamos tenerlo.

Desde este pequeño rincón personal, en este día doy gracias:
  • Por vivir en una época en donde la tecnología ha acortado las distancias.
  • Por vivir en un lugar en el que puedo decir lo que pienso sin temor a censuras ni represiones.
  • Por tener cerca a los que más quiero.
  • Por los buenos recuerdos de los que ya no están.
  • Por poder disfrutar en cualquier momento de unos anticuchos o, mejor aun, de un plato de tacacho con cecina.
  • Por las películas vistas con Gonzalo y todos los momentos que hemos pasado juntos.
  • Por la voz de Marcela diciendo claramente "oh-oh" cuando hablamos por teléfono.
  • Por el cielo nublado de Lima, que me hace sentir en casa.
  • Por el inventor del manjarblanco y ese maravilloso momento de inspiración.
  • Por este espacio, que me ha permitido conocer personas interesantes de lugares inimaginables.
  • Por haber comprobado que es cierta esa frase que dice "que todos tenemos una historia que contar".
  • Por los que visitan frecuentemente este blog, sobre todo por aquellos fieles y silenciosos lectores que vienen constantemente, aunque no se manifiesten. Como aquel que navega desde Chicago, Illinois con el sistema operativo Linux, el que me visita desde Mountain View, California y uno que llega de más lejos, desde Jelenia Góra, Dolnoslaskie (Polonia), que navega con Safari y usa el sistema operativo Apple. A ver si después de leer esto pierden la timidez.
Y como decir simplemente "gracias" no es suficiente:
Thank you, شكرا (léase shukran), choh sagol, grazie, salamat, terima kasih, dhonnobad, on giarama, köszönöm szépen, obrigado, dziękuję, vielen Dank, merci beaucoup, mèsi, maketai, misaotra, hvala vam, dankjewel, asante, dankon, bolshoe spasibo, katta rachmat, dyakuyu, teşekkürler, arigato, shukrani.

PD: gracias a mis amigos bloggers y de Global Voices Online por su colaboración en este post.
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Hablando de Global Voices Online, los invito a leer mi primer post publicado ahí en calidad de colaboradora (para la versión en castellano, hacer clic acá).


miércoles, 18 de noviembre de 2009

5 kilómetros por una buena causa

El Pentagonito parecía un mar de aguas rosadas salpicadas con plomo ese domingo. Había que recorrer todo su perímetro. 5 kilómetros. Por una buena causa: llamar la atención sobre el cáncer de seno.
Ahí estábamos, a las 8:45 am, el 15 de noviembre. Ana Cé, Gonzalo, Lizzi, Nico, yo y miles de otras personas. Un hombre daba instrucciones por medio de un micrófono. Un enorme reloj digital indicaba que faltaban pocos minutos para la partida.
A las 9:00 am en punto partieron. Primero los corredores. Después las personas con alguna discapacidad. Finalmente nosotros, los caminantes. Ana Cé y yo éramos caminantes, los otros fueron corredores durante algún tramo. Estábamos todos juntos en un momento y un segundo más tarde quedábamos solamente las dos.
Llegamos a la meta 58 minutos más tarde. Quizá hubiera podido ser menos, no lo sé. Quizá la próxima vez sea menos, no lo sé. Lo sabremos la próxima caminata.


Fotos tomadas en plena caminata con mi celular.

jueves, 11 de junio de 2009

Diálogo abecedario

- ¿Ya la viste?— pregunta la primera.
- ¿A quién?— responde interrogativamente la segunda.
- A la flaca esa, pues. Esa que es tan flaca que si no le ponen el sombrero se confunde fácilmente con las que tiene al lado.
- ¿Qué tiene?— vuelve a preguntar la segunda, sin entender bien cuál es el punto al que quiere llegar su interlocutora.
- Que está insoportable. Desde que se ha hecho tan famosa cree que es más importante que todas las demás. Debería darse cuenta de que siempre va en minúscula y como complemento de otras cosas, y que por sí sola sigue sin valer mucho.

Este diálogo ficticio (preferentemente imaginado con una buena dosis de entonación limeña) bien podría estar dándose dentro del alfabeto, en donde "la flaca que sin sombrero se confunde con lo que tiene al lado" es la letra i. Efectivamente, de un momento a otro la i se ha hecho muy famosa, pues por todos lados vemos iPhones, iPods, iTouch, iLike, iGoogle y similares.

Quizá a estas alturas ya las demás letras estaban medianamente acostumbradas (aunque no necesariamente cómodas) con la súbita popularidad de la e, en palabras como e-mail, e-business. e-books, etc. La diferencia entre ambas popularidades es que la e viene seguida de un guión, lo que indica que no es propiamente parte de la palabra.
Hace algunos años leí el libro El orden alfabético, de Juan José Millás. Recuerdo que el autor señala en una parte que la vida diaria no respeta el orden alfabético. Así dice, por ejemplo, que alfabéticamente, el almuerzo debería venir antes que la cena y que el desayuno. Igualmente con la muerte, que en el diccionario viene antes que el nacimiento.
Eso hizo que me preguntara: ¿y si algunas letras estuvieran efectivamente celosas de otras más usadas? ¿Y si en represalia decidieran esconderse? ¿Y qué pasaría con el popular juego de palabras cruzadas, en donde hay letras que tienen diez veces más valor que otras?

¿Se lo han preguntado? Ahí lo dejo como tarea...
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Agradezco a Gonzalo por su colaboración en este post.

jueves, 12 de marzo de 2009

Princesa sin coronita

Los recuerdos vienen asociados muchas veces con sabores y olores. Los recuerdos de la niñez, por ejemplo, como ese olor a tierra mojada que me remite a Yurimaguas cada vez que lo siento. O el olvidado aquel de la colonia "Ramillete de novia", regalo navideño preferido de la tía Angelita prácticamente inexistente y por eso mismo casi imposible de conseguir.

Con los sabores pasa lo mismo. Si cierro los ojos retrocedo en el tiempo y puedo sentir el sabor del Amaro, ese chocolate amargo que mi papá comía uno tras otro y del que a veces nos invitaba pedacitos. El chocolate Golazo, que debe haber salido al mercado en tiempos de algún Mundial de fútbol, con sus envolturas verde y mostaza (uno era con maní, no recuerdo cuál).
Pero esos sabores ya no existen. Son parte de un pasado que pasado está.

En cambio, hay otros sabores que todavía podemos encontrar. O casi, porque no entiendo por qué algunos genios se empeñan en distorsionarlos.

Primero el chocolate Princesa, ese cuadradito que se podía comer en un solo bocado, con tres bandas a los costados: marrón oscuro, marrón claro, marrón oscuro, cada color era un sabor. Venía envuelto en papel platina dorado. Inolvidable.

Pero en los últimos años el Princesa, sin dejar de ser el cuadradito que se puede comer en un solo bocado, ha dejado de tener sus tres características franjas en dos colores. Es más bien un chocolate relleno, pero el sabor no es el mismo. Además, hay ahora una versión más grande: una barra grande de chocolate.

Las clásicas galletas Coronita, con sus tres sabores piña y coco, limón y chocolate. Esos tres únicos sabores. De un momento a otro, irrumpieron las de naranja y fresa. De los tres sabores originales únicamente subsistió el de chocolate. A la larga, desapareció el de naranja también. De los demás, nos quedaron el recuerdo. Lo más triste es que los desaparecidos eran los sabores más ricos.

Otro clásico: las Charadas, que había de galleta de maní con relleno de maní y de galleta de chocolate con relleno de vainilla. Vaya uno a saber con qué razón, la de maní desapareció. La de chocolate subsiste, pero hace mucho tiempo que no la pruebo. Hace pocos años irrumpieron las Charada de capuccino, aunque creo que sin éxito porque no las vi más.

Tradicionalmente, el Sublime era un chocolate con maní cuyo nombre lo decía todo. Se derretía en tu boca, no en tu mano. Su envoltura era de un papel transparente, lustroso, parecido al que se usa para sacar moldes para costura. Estaba el Sublime de siempre, y un sabroso Sublime blanco que no era muy común. No existían el Sublime con galleta, ni el Sublime bombón, ni el Sublime stick ni ningún otro agregado (y mucho menos su desagradable publicidad). Sublime a secas. Era tan rico que la competencia tenía el Supremo, con una envoltura fácilmente confundible... pero hasta ahí nomás llegaban las semejanzas. Aunque debo reconocer que el Sublime actual sigue siendo muy rico.

También había unas galletas deliciosas llamadas Rondelas, de naranja. Después salieron de fresa y limón, igualmente deliciosas. Ya no existe ninguno de esos sabores.

En lo que constituye para mí el máximo atentado contra los sabores de siempre, el chocolate Sorrento también desapareció. Pero acá debemos "agradecer" que de vez en cuando los fabricantes nos hagan el favor de regalarnos con una "edición limitada". El sabor, por supuesto, no es el mismo que recuerdo.

Respecto a los helados, mi clásico de siempre era el Eskimo, una delicia de fresa de la que siempre le contaba a Gonzalo. Su contraparte era el BuenHumor, de chocolate (el helado de chocolate nunca me ha gustado). Desaparecieron también. Hace algunos veranos nos vinieron nuevamente con la consabida "edición limitada". Recuerdo la felicidad de Gonzalo cuando me dijo que había visto Eskimo en una playa. Nos comimos uno entre los dos.

Entendería perfectamente estas movidas si hubieran retirado del mercado los sabores con menos demanda. Pero la verdad es que la totalidad de estos nombres que menciono eran los preferidos de todos. Y todos los extrañamos, y nos alegramos cuando alguien nos cuenta que ha descubierto una de esas infames ediciones limitadas. Corremos a comprar, pero el sabor que sentimos es apenas parecido al que recordamos y que esperamos sentir.

A veces siento como si nos hubieran arranchado a la mala y sin permiso nuestros recuerdos.

Katia también expresó su sentir sobre este tema.

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PS: todos los nombres de productos mencionados en este post son marcas registradas.

jueves, 19 de febrero de 2009

¿Era todo esto realmente necesario?

Hace algunos meses, mi empresa proveedora de cable anunció con bombos y platillos que empezaría a repartir en Lima los decodificadores con los que entraríamos a una nueva evolución. En un primer momento y con muy poca información a la mano me alegré pues estaba segura de estar a punto de recibir mejoras en mi servicio de cable. Mejoras que para mí se reducen a una sola: más canales.
Vana ilusión.
Efectivamente, comenzaron el reparto de los decodificadores hacia fines del año pasado. Anunciaban a qué zonas llegarían mediante comerciales en televisión, en radio y periódicos. Finalmente, le tocó el turno a Miraflores.
Primera dificultad: ¿y si llegaban en un momento en el que no había nadie en la casa? Felizmente llegaron un sábado en la mañana, con lo que la primera dificultad quedó superada.
La instalación de los decodificadores corre por cuenta del cliente. Casi nunca he tenido problemas con este tipo de procesos, más aun si tengo un buen manual a la mano y si además tengo la facilidad de llamar a la empresa proveedora de cable, por medio de un teléfono gratuito, en caso de dudas.

Entonces surgió la segunda dificultad. Desde siempre en la casa hemos usado VHS para grabar todo tipo de programas que dan en horarios inadecuados para poder verlos en horarios adecuados. El cable coaxial que trae la señal de cable a la casa estaba conectado al VHS, que por medio de otro cable se conectaba al televisor. Así está desde hace no sé cuánto tiempo. En las instrucciones no había mención a ese aparato cuasi decimonónico que se llama VHS. Entonces llamé por medio de la línea gratuita a preguntar qué hacer. El diálogo, después de la espera y las múltiples opciones que tuve que elegir, fue más o menos así:

– Señorita, buenos días. Acaban de entregarme mis decodificadores y al instalarlos me doy cuenta de algo: no dicen qué hacer en caso de tener conectado un VHS al televisor.
– ¿Un VHS? –con voz dubitativa.
– Si, un VHS –viendo que no iba a llegar a ningún sitio, seguí hablando–. Lo que quiero saber es cómo hago porque en las instrucciones no mencionan ningún VHS.
– Pero... ¿usted usa su VHS?
– Si lo uso, todos los días (si no, ¿cómo cree que hago para ver Magnum o NCIS?).
– ...
– Imagino que lo que debo hacer es conectar el cable del decodificador en la entrada al VHS y de ahí al televisor.
– Bueno..., hágalo como indica y si tiene alguna dificultad vuelva a llamarnos.
– OK, gracias señorita.
Entonces surgió la tercera dificultad, porque resulta que el cable coaxial tenía atornillado casi nueve años y estaba prácticamente imposible de desenroscar. Después de intentar por largo rato, me di por vencida y fui a pedir ayuda a Carlos, el muchacho que atiende en la ferretería del barrio. Me ofreció venir a la 1 pm, hora de su almuerzo, es decir, casi hora y media más tarde.
Para buena suerte, al poco rato llegó Gonzalo, que ya tenía sus decodificadores instalados desde hacía semanas. Estuvo intentando desenroscar el cable coaxial durante buen rato hasta que lo consiguió. No sé cómo hizo, pero entre los dos completamos la instalación del primer decodificador con éxito. Procedimos con el segundo, que fue un poco más fácil.
Cuando llegó Carlos, le pedí disculpas por no haberle avisado que ya había solucionado la dificultad.
Llamé de nuevo a la línea gratuita para que activaran los decodificadores, cosa que se hizo en cinco minutos... sin contar la espera ni todas las opciones que tuve que elegir para poder hablar con una operadora. Me advirtió la operadora que por el momento mi señal no sería digital, que debía esperar más o menos a mediados de febrero, que en ese periodo tendría algunos canales de prueba y que gozaría de todos los servicios en poco tiempo.
Así pasaron casi dos semanas. Un comercial repetido hasta la saciedad me decía que la manera de saber si ya contaba con la señal digital era que mi televisor captara solamente hasta el canal 74. Hasta que llegó el ansiado momento de "gozar de todos los servicios".
Enumero mis decepciones:
1. No hay más canales, son los de siempre, pero con otra numeración que voy a tener que aprenderme. En octubre ya habían cambiado totalmente el orden de los canales, y ahora los cambian de nuevo.
2. No puedo ver los canales que tienen las letras HD al lado de su nombre porque necesitan de otro decodificador. No gracias, los dos que me dieron fueron suficientes.
3. Hay muchos canales de audio, pero hasta donde sé, la televisión se ve, no se escucha. Si quiero música, pongo la radio. Además, no tengo acceso a esos canales. no sé por qué.
4. Ahora tengo cuatro aparatos de remoto: el televisor, el VHS, el DVD y el decodificador. El que manda sobre el decodificador está programado para que funcione con el televisor también, con lo que se supone puedo prescindir del control del televisor. Pero, ¿cómo hago para las funciones avanzadas? Yo me despierto con el televisor, previamente programado, porque siempre he creído que la tecnología debe facilitarnos la vida y no complicárnosla.
5. Encima de todo esto, he tenido que desconectar los cables rojo, amarillo y blanco del DVD porque mi televisor solamente tiene un juego de entrada/salida de estos cables. Esto quiere decir que cuando quiera ver algo por DVD (que no es con mucha frecuencia), tengo que sacar los cables del decodificador, poner los del DVD, ver la película, sacar los cables del DVD y poner los del decodificador.
6. Está también el hecho de que ahora mi VHS capta únicamente hasta el canal 74. Ya no podré grabar esa serie inglesa que me gusta tanto, New tricks, porque la dan en el canal 81 y me siento obligada a verla en vivo en un momento en el que no necesariamente tengo una hora para sentarme a ver televisión. Felizmente Magnum y NCIS se ven por los canales 68 y 19 respectivamente. Ya sé que hay aparatos de DVD que graban, pero hasta donde sé son bastante caros.
Entonces ahora tengo que:
  • Solamente puedo grabar hasta el canal 74.
  • Debo aprenderme otra vez la ubicación de todos los canales.
  • El control remoto, que es único para el TV y para el DECO, a veces no hace caso porque debe ser un poco temperamental.

Esto me lleva a preguntarme: ¿era realmente necesario todo esto? Francamente, no le encuentro ventajas por ninguna parte y lo peor es que un cambio permanente. A ver si alguien me demuestra que estoy equivocada...