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sábado, 14 de junio de 2008

Mis películas favoritas

Así como publiqué hace poco las novelas que tienen un lugar preferencial en mi lista personal, esta vez es el turno de las películas que considero especiales por una u otra razón. Son tres, las primeras que consigno en mi perfil.
1. Quiz show: dirigida por Robert Redford y ambientada a finales de los años cincuenta, cuenta la historia de un programa concurso, Veintiuno, que para mantener o elevar sus niveles de rating, facilitaba las respuestas a algunos concursantes que los productores consideraban idóneos para lograr tal fin. Está basada en hechos reales.
La trama de la película empieza con la entrada de Charles VanDoren (Ralph Fiennes) al concurso. VanDoren era el hijo del famoso escritor Mark VanDoren, ganador del Premio Pulitzer, según nos enteramos en los primeros minutos de la película, además de ser pariente cercano de otros escritores y poetas destacados. Por lo tanto, era heredero de una conocida estirpe de intelectuales. Pero él era (un simple) asistente de cátedra de la Universidad de Columbia.
Es interesante ver cómo se desarrolla su conflicto interno, sobre todo cuando empieza a ganar más y más dinero, más y más fama. Así, deja de ser "el hijo de" y "el sobrino de" para pasar a ser "el concursante triunfador de Veintiuno".
Tiene varias escenas y diálogos memorables, de los cuales rescato tres:
- Cuando Dick Goodwin (interpretado por Rob Morrow), integrante de una subcomisión del Congreso, ya con la certeza de que en el programa hay algo raro, confronta a VanDoren durante un juego de póquer. Tras varias pullas que solamente entienden ellos dos, Goodwin le dice a VanDoren: "sé que mientes". Y VanDoren, que ha captado perfectamente qué es lo que quiere decir su némesis, le contesta: "la palabra es bluf".
- El diálogo entre Charles VanDoren y su padre Mark (Paul Scofield), cuando aquel confiesa la verdad. El padre le dice primero en tono burlón que hacer trampa en un programa concurso de televisión es como plagiar historietas cómicas. Al ver la gravedad del asunto, indignado increpa al hijo: "¿a ti?, ¿te daban las respuestas a ti?", y termina lapidariamente: "¡tu nombre es el mío!"... que es el quid de todo el asunto.
- La declaración que hace Charles VanDoren al final de la película, cuando ya todo se ha descubierto: "me he parado en los hombros de la vida y nunca me he ensuciado con tierra para construir, para erigir una fundación propia. He volado muy alto con alas prestadas. Todo vino demasiado fácilmente".
2. Cinema Paradiso: arranca con el anuncio que le hacen a Totó de que Alfredo ha muerto, y eso nos lleva en un flashback a presenciar quién es Totó, quién es Alfredo y a todos los pintorescos personajes de Giancaldo.
Vemos crecer a Totó, aprendemos que es un niño travieso que vive con su madre y su hermana. Su padre desapareció en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial y nadie supo más de él.
Mi mama, que ha pasado su niñez en una pequeña ciudad de la selva del Perú y que vivía al lado del cine que era propiedad de mi abuelo, dice que la gente se comportaba igual a como vemos en la película cuando el rollo no llegaba a tiempo.
Creo que todo el que haya visto Cinema Paradiso no puede evitar las lágrimas con las escenas finales. Como para no perdérselas ni por un segundo.
3. Musíme si pomáhat: película checa que pasó casi desapercibida en el cine cuando la dieron en Lima con el nombre Lo mejor de nosotros. La he visto hace poco en el cable con el título Amor en tiempos de odio (no confundir con el libro de parecido título de Gabriel García Márquez). En inglés se llama Divided we fall (Divididos caemos). He tratado de traducir el título del checo original, e interpreto que el resultado es algo así como "tenemos que ayudar" (si alguien puede, agradeceré la corrección).
La trama está ambientada en Checoslovaquia ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y nos muestra las desventuras de Josef y Marie, una pareja sin hijos que decide alojar a un judío en su casa con los riesgos que una acción así significaba en esos tiempos.
Los minutos finales también son memorables.
Probablemente los críticos de cine dirán que esta es una lista predecible y azucarada. Como lo saben todo, seguramente tendrían razón. Yo siempre digo que sería interesante ver qué podrían hacer ellos con una cámara y un libreto. Sin duda, una película dirigida por un critico debe ser una obra maestra.

jueves, 27 de marzo de 2008

Cara y Liesel...

O Caffrey y Meminger.

Cara y Liesel tienen varias cosas en común. La primera es que ninguna es una persona real, ambas son personajes de los dos últimos libros que he leído.

Cara Caffrey es una de Las chicas de setiembre, de la inglesa Maureen Lee: Liesel Meminger es La ladrona de libros, del australiano Marcus Zusak. Otra semejanza es que la vida de ambos personajes, el trozo de vida con el que he tenido contacto como lectora, transcurre en medio de la Segunda Guerra Mundial.

A Cara la guerra la sorprende a los 19 años, y decide enrolarse en el ejército inglés desde su ciudad natal, Liverpool. Sus padres y hermanos son irlandeses, pero ella nació en Liverpool, la misma noche de la llegada de la familia a esa ciudad. Terminado su entrenamiento, la mandan a Malta, pero algunas circunstancias la obligan a volver a Liverpool. No contaré más para no aguarles la fiesta a los que lleguen a leer el libro.

En cambio, Liesel es una niña de poco más de 8 años en 1939. Es alemana, y tristes acontecimientos (tampoco los diré) la hacen permanecer en la pequeña ciudad alemana de Molching, cercana a Múnich, con padres de acogida. Este libro está narrado en primera persona, y quien lo narra es muy peculiar.

Pero tienen en común algo que me sobrecogió sobremanera: tanto ellas como las personas que las rodeaban pasaron por la experiencia de los bombardeos aéreos que sufrieron sus respectivas ciudades. No es que no supiera que ambos bandos bombardearon ciudades, que hicieron que la población civil formara en gran medida parte de las bajas de guerra. Eso se lee fácil en cualquier libro de Historia.

Es que es la primera vez que logro ponerme en los zapatos de los personajes y me imagino lo que debe haber sido eso: una noche oscura cualquiera, quién sabe si estrellada y con una maravillosa luna llena, la gente en sus casas preparándose para ir a dormir o durmiendo.

Entonces suenan las inconfundibles sirenas... no hay nada más que hacer que correr a los refugios antiaéreos o a los sótanos medianamente preparados (o no) para guarecer a los ciudadanos. Lo que estuviera a la mano.

Aguantar el terror de escuchar los aviones, las bombas caer, las explosiones, pensar si la siguiente caerá sobre tu cabeza.

Y así por interminables horas. Hasta que otra sirena anunciara que este fin de tu pequeño mundo había terminado. Para salir y comprobar que tu casa estaba en pie, o que no lo estaba, que tus amigos seguían con vida, o no.

No lo imagino.

Esto me llevó pensar en tiempos y lugares más cercanos. En nuestra serranía peruana, cuando hace años y durante años los chicos malos (del bando que fueran) hacían de las suyas. En esos casos no había sirenas, ni aviones, pero si mucha bulla.

Y también mucho miedo. Demasiado miedo.

No lo imagino.

Para mí, eran noticias al día siguiente en un periódico o en televisión. Para otros, significaban el fin de su pequeño mundo. Debían dejarlo todo y correr a sitios más seguros, donde por lo general los recibían con desconfianza. Donde tenían que dejar su idioma natal y ser bilingües a la fuerza para evitar las burlas de los demás.

Y pasa en cualquier parte del mundo ahorita, pero no quiero mencionar sitios. Todos somos iguales, todos moriríamos de terror al ver que nuestro pequeño mundo cae ante nuestros ojos. Sin poder hacer nada. Tal vez casi ya sin poder llorar.

No lo imagino.