En un tiempo no muy lejano, las gente se comunicaba con los que estaban lejos a través de la palabra escrita, casi siempre manuscrita, que plasmaba en papel especial (livianito, para no hacer el envío muy caro), que luego metía en un sobre para convertirlo en una carta, que después llevaba a la oficina de correos. Ya el correo se encargaba de hacer llegar esa carta a las manos del destinatario.
El remitente quedaba a la espera de una respuesta, que se haría siguiendo el mismo procedimiento. Una carta demoraba días, hasta semanas en llegar a su destino. Igual pasaba con la contestación. Así, las noticias, las buenas y las otras, recorrían un camino lento, tortuoso y a veces incierto.
De todas maneras, en mis años de usar ese sistema de comunicación mis cartas siempre llegaron a su destino y siempre recibí las cartas que me mandaron.
Hasta que llegó internet. Y nunca más las noticias tardaron semanas en llegar. Ahora toman segundos. A veces, las respuestas toman la misma cantidad de segundos. No importa dónde estén destinatario y remitente, la comunicación pasó a ser inmediata casi en su totalidad.
Los abuelos pueden conocer a los nietos que nacen en países lejanos el mismo día en que nacen. Los que se quieren pueden mandarse mensajes cariñosos viéndose a la cara, aunque tengan un océano de por medio. Los negocios se pueden cerrar casi sin necesidad de viajar horas enteras en aviones y de hacer escalas. Los alumnos pueden tomar clases sin salir de casa y sin perder horas en trasladarse de un punto a otro. Se puede ir al banco solamente mirando una pantalla que casi se ha vuelto mágica.
¿Por qué amo internet? Porque nos comunica, nos conecta, nos contacta, nos acerca y más con apenas un clic. Y porque además permite que la magia del correo real siga existiendo, espero que por mucho tiempo.
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Esta entrada forma parte del festival de blogs de Global Voices.

El remitente quedaba a la espera de una respuesta, que se haría siguiendo el mismo procedimiento. Una carta demoraba días, hasta semanas en llegar a su destino. Igual pasaba con la contestación. Así, las noticias, las buenas y las otras, recorrían un camino lento, tortuoso y a veces incierto.
De todas maneras, en mis años de usar ese sistema de comunicación mis cartas siempre llegaron a su destino y siempre recibí las cartas que me mandaron.
Hasta que llegó internet. Y nunca más las noticias tardaron semanas en llegar. Ahora toman segundos. A veces, las respuestas toman la misma cantidad de segundos. No importa dónde estén destinatario y remitente, la comunicación pasó a ser inmediata casi en su totalidad.
Los abuelos pueden conocer a los nietos que nacen en países lejanos el mismo día en que nacen. Los que se quieren pueden mandarse mensajes cariñosos viéndose a la cara, aunque tengan un océano de por medio. Los negocios se pueden cerrar casi sin necesidad de viajar horas enteras en aviones y de hacer escalas. Los alumnos pueden tomar clases sin salir de casa y sin perder horas en trasladarse de un punto a otro. Se puede ir al banco solamente mirando una pantalla que casi se ha vuelto mágica.
¿Por qué amo internet? Porque nos comunica, nos conecta, nos contacta, nos acerca y más con apenas un clic. Y porque además permite que la magia del correo real siga existiendo, espero que por mucho tiempo.
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