jueves 9 de julio de 2009

Pequeños diálogos inolvidables

- Oye, ¡no tienes cejas! —dice ella, asombrada.
- No —responde él, con cara y tono de fastidio—. ¿Recién te das cuenta?
- Si, como siempre tienes los lentes puestos nunca lo había notado.
- Toda mi vida he envidiado tus cejas, las comparaba con las mías y salían perdiendo.

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La pequeña levanta un paquete del piso y exclama algo ininteligible.
- Imbécil tú —dice el más grande, con la velocidad de un acto reflejo.
- ¡Pobrecita! —sale la segunda, defensora—. Ella dijo "¡qué bestia!"
- ¿Qué les pasa? Yo dije "¡pesa!" —concluye la pequeña.

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- ¿Yo tengo piernas? —pregunta el más grande.
- No, nunca me había fijado. Tus pies salen directamente de debajo de tu tronco —responde la pequeña, sin evitar lanzar una muy sonora carcajada.
- No, no —dice el más grande, riendo también—. Quise preguntar si tengo las piernas quemadas.
- Ah, si, un poco... creo.

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El más pequeñito pone en fila las figuritas de su álbum de super héroes, mientras va enumerando en voz alta los nombres de los que ya tiene.

- Acá están el Hombre Elástico, la Mujer Invisible, la Mole y el Doctor Chumana.

Quien lo oye conoce a los Cuatro Fantásticos, pero ese doctor mencionado al final no le suena para nada. Teme preguntar y sentir que su tiempo de estar al día con los nombres de los súper héroes ya pasó. Pero el más pequeñito insiste y lo repite todo:
- Mira, acá están el Hombre Elástico, la Mujer Invisible, la Mole y el Doctor Chumana.
- ¿Doctor Chumana? A ese no lo conozco —después de todo, hay veces en que la curiosidad puede más que el orgullo—. ¿Es un nuevo miembro de los Cuatro Fantásticos o es de otro lado?
- ¿Quién es el Doctor Chumana? ¡Antorcha Humana!
Ahora si quedó completo el cuarteto, tal como siempre lo conoció.

jueves 2 de julio de 2009

Sorpresa desde Tartús

Hace algunos meses, a través de algunos comentarios en el blog de Mariyah, llegué al blog de Abufares, que se llama Abufares said... the world according to a Tartoussi, (Abufares dijo... el mundo según un tartusino). Me llamó la atención las palabras que tiene a manera de introducción debajo del nombre de su blog:
"Un hombre que camina solo en una playa desierta, blandiendo una linterna en su mano extendida puede ser un tonto. Pero, para un barco perdido en una noche tormentosa, el mismo hombre es un salvador."
Como suele ser, todo depende del punto de vista. Desde entonces, leo sus siempre enriquecedores posts, escritos con una prosa envidiable, llenos de una sensibilidad que no es muy común. Al menos, así lo creo.
Leí hace pocos días su último post, con el título de Suffonsified, palabra para mí desconocida, por lo que me eché a buscarla en varios diccionarios. Es una palabra que se usa en frases para rechazar educadamente cuando se nos ofrece más comida, pues quiere decir algo así como satisfecho.
Contaba Abufares de un viaje hecho recientemente a Francia, presumo que por motivos de trabajo, y de cómo se acompañó las tres noches que estuvo ahí. La primera le pasó en compañía de Fares, el blog de su hijo, "su orgullo y dicha" (su ojito derecho, dirían mis amigos españoles). Dice que está enamorado de la gente que escribe, y su hijo, sangre de su sangre, está escribiendo. Tiene 9 años. Y ese amor se nota, porque justamente Abufares significa 'papá de Fares'.
En la segunda noche, tuvo por compañía a Mariyah, que acaba de terminar la historia de amor de sus padres, que sus lectores hemos seguido a lo largo de 26 entregas. En varios comentarios de Abufares en el blog de Mariyah, había leído repetidas veces que es su fan número 1. Y la alienta a no dejar de escribir. Lo mismo he hecho yo.
La sorpresa vino cuando llegué a su tercera noche en Francia, pues esto fue lo que encontré:

Gabriela escribe desde Lima, a 8000 millas de distancia (12,800 km). Desde que honró mi blog con su primer comentario me simpatizó de inmediato. Sé que conoceré a esta inteligente, enérgica y bella dama algún día. No tengo dudas. O ella vendrá a verme a Tartus y caminaré con ella a lo largo de los estrechos callejones de la ciudad vieja o ella me guiará en el distrito de Barranco de su encantadora ciudad. Gabriela escribe inimitablemente en castellano, un idioma que siempre me ha gustado y entendido vagamente. Traduzco su post con Google primero y trago el pobre inglés solamente por el gusto de entender el significado general detrás de sus palabras. Después, lentamente bebo a sorbos su espíritu latino y me mareo con su delicada melodía y ritmo. Seis de enero es el blog de mi adorable abogada peruana. No puedo esperar a estar en Lima, para meterme en problemas y que después Gabriela me saque de apuros. Ella estuvo conmigo en mi tercera noche y no me fui hasta que ella no recibió mi mensaje. No puedes pasarte la vida entera viajando sin ir a donde siempre quisiste ir. Sudámerica es un sueño en espera, Gabriela me recordó.

Tartús es la antigua Tortosa de los cruzados. Un nombre que he leído en algunos libros de tiempos antiguos. Hasta hace algún tiempo era solamente eso.
Esa es apenas parte de la magia de la blogósfera.

Para leer el post completo de Abufares, hacer click acá.


jueves 25 de junio de 2009

¿Error o truco?

Hace algunos días fui de compras a un supermercado en Miraflores. Tenía una lista de compras relativamente chica, nada de ahí era realmente muy importante. Uno de los encargos era un paquete de guindones.
Después de haber puesto en el carrito de compras casi todo lo que necesitaba, fui hasta donde estaban los guindones a granel. No me gusta mucho comprarlos envasados porque siento que no son completamente frescos.

Los encontré en el sitio en el que están siempre. Un cartelito anunciaba "Guindones medianos S/.1.52 x 100 g". Detrás del cartel, había varios envases artesanales, de esos de la propia tienda, ya con el peso marcado con una etiqueta. Agarré uno de ellos y me fijé en el peso para llevar uno que contuviera aproximadamente la cantidad de 250 gramos. La etiqueta decía "Guindones sin pepa", y el precio indicado por kilo era de S/26.90. El precio de los guindones medianos, a partir de lo indicado en el cartelito, era de S/.15.20, es decir, casi la mitad.
Comencé a hurgar en todos los envases para encontrar uno que contuviera guindones medianos, pues no es nada complicado sacarles la pepa. Por lo menos, no como para pagar casi el doble.
Nada. Todos eran guidones sin pepa. Unos 250 gramos de esos guindones me salían a poco menos de 7 soles. Los otros guindones no hubieran llegado a 4 soles.
Así que le pregunté a un trabajador de la tienda, fácilmente visible por su uniforme de color distintivo, dónde podría encontrar los guindones medianos, los que costaban casi la mitad. Muy atento, me explicó que yo debía fijarme bien, que el cartel señalaba S/.1.52 por 100 gramos, y que el peso de lo que yo tenía en la mano era de casi 300 gramos. Por eso salía más caro.
Le repliqué que él se fijara bien en el precio por kilo y en que decía "Guindones sin pepa", no "Guindones medianos". Le pedí que por favor me dijera dónde estaban los medianos, que eran los que yo buscaba. Me dijo que iba a buscar alguien de ese sector.
Se fue. Regresó al rato con una señorita a la que le volví a hacer la explicación. Su respuesta fue la misma: que ese envase tenía casi el triple y que por eso el precio no era de S/.1.52 sino más. Le volví a contestar lo que ya le había dicho a la persona anterior, y le pedí que por favor me indicara dónde estaban los guindones medianos. También le dije que más bien sacara el cartel errado para no confundir a más gente y que se ahorraran complicaciones.
Me dijo que ella me traería los guindones, esos guindones que no estaban por ningún lado. Se llevó el cartelito del S/.1.52. La esperé en el mismo sitio, y efectivamente apareció trayendo un envase con cerca de 300 gramos de los guindones que yo buscaba, por un total de casi S/.3.50.
No se trata tanto de los 3 soles que hubiera pagado de más, sino más bien de no pagar en exceso por algo que, al menos para mí, no tenía sentido.
Yo lo vi como un error sin la más mínima mala fe. Cuando conté el incidente, hubo quien me dijo que no sería raro que fuera un truco para clientes menos atentos que yo, para que terminaran comprando un producto más caro y pagando casi el doble del precio. Total, cuando uno paga en la caja no hace mayores cálculos sobre el monto final a pagar. Y la tienda gana con nuestra falta de atención.
Puede ser que sea así, aunque me parece que sería algo complicado, pues serían demasiadas las personas que tendrían que estar involucradas. Aunque nunca se sabe.

jueves 18 de junio de 2009

Movilidad escolar

Prácticamente, a lo largo de toda nuestra vida escolar, mis hermanos y yo fuimos usuarios de esa entrañable institución llamada la movilidad.

Primero, en mi año de kindergarten, fue la señora Raquel, con su inolvidable Volkswagen Kombi (las auténticas, no las infames de estos tiempos) color verde agua. Los de kínder, que en la movilidad éramos tres, entrábamos a la misma hora que el resto del colegio, pero salíamos dos horas más temprano. Así que a nuestro regreso la camioneta era solamente para nosotros tres, que por ser los menores, íbamos muy intimidados y tranquilitos por la mañana. Muchas veces, la señora Raquel se aparecía con regalitos para nosotros, por lo general trozos de queque hechos en casa.

Después vinieron varias otras "señoras de la movilidad": la señora Matienzo, la señora Pinto, la señora Riva y finalmente Manuel, la única excepción en esta lista de mujeres. Hubo un año, cuando recién el colegio se mudó al local nuevo, en que usamos el servicio de ómnibus. Solamente duró un año porque el servicio no era muy bueno ni tenía ese sabor tan familiar de la camioneta.

En esas mañanas limeñas tan húmedas de junio, la camioneta paraba en la casa de alguien, que bien podía estar listo y formalito esperando muerto de frío en la calle, como también podía salir apurado con un pan en la mano y sin peinarse. Ya se sabía quién era (éramos) de los formalitos y quién de los que salían a la volada con la mitad del desayuno en la mano.

Recuerdo que era todo un triunfo cuando uno de "los grandes" te saludaba al cruzártelo en el patio del colegio.

Todas estas evocaciones y añoranzas me vinieron a la mente hace poco, una tarde cualquiera. Caminaba sin apuro por una de tantas callecitas miraflorinas, sin pensar en nada en especial. De repente escuché a uno de mis costados muchas voces de niños gritando: "¡somos hermanos!, ¡somos hermanos!" a voz en cuello. Cuando me voltée a ver de dónde venían las voces, vi una camioneta, inequívocamente una movilidad escolar, ahora casi todas uniformadas de amarillo. Desde dos ventanas abiertas asomaban cuatro cabecitas, pregonando alegremente a los cuatro vientos esa hermandad que los hacía tan inmensamente felices.
Retrocedí no sé cuántos años, a los tiempos en que era yo quien hacía lo mismo: asomar la cabeza por la ventana para gritar alegremente a los cuatro vientos (no mamá, nunca sacaba la cabeza por la ventana), para sorpresa, y fastidio a veces, de los transeúntes. Retrocedí también a los diálogos de los más chicos, cuando yo ya era de "los grandes", que decían llenos de asombro que "Magnum tiene un teléfono en su carro". Recuerdo ese momento, recuerdo quién lo dijo. Para mí fue una sorpresa descubrir hace pocos años que es todo un colega, especialista en Derecho Comercial. Para él ya no debe ser sorpresa hablar por teléfono desde el carro.

Otra generación. Otro tiempo. Otro mundo. Otra vida. Los mismos gestos. Los mismos gritos. Las mismas acciones. Algún día, será otra generación en otro tiempo, otro mundo y otra vida, con los mismos recuerdos. Tal vez hasta con la misma nostalgia por la moviildad.