domingo, 17 de julio de 2016

Compañeros por siempre

Se cumple un año más de habernos graduado del colegio. Es uno de esos aniversarios que termina en cero, de los que siempre vale la pena celebrar porque los sentimos como el inicio de una nueva etapa.

Más de doce meses de intensa preparación nos llevó a un resultado perfecto. La anticipación era tanta que uno hasta objetó la fecha: "el 16 de julio es día de semana". Hasta que alguien le dijo que era de 2016, no de 2015.

Las semanas previas fueron de intercambio de fotos, de imágenes de los tiempos en que contábamos los días para que llegara por fin esa última vez en que íbamos a ponernos el uniforme escolar. Casi fue volver a vivir esa emoción adolescente.

Los mensajes instantáneos daban cuenta de los que iban llegando desde sus puntos actuales de residencia, muchos de Estados Unidos, algunos de México, otros menos de Canadá.

La jornada empezó temprano, para recordar a los que compartieron aulas con nosotros y ya no están. Pocos fuimos los esforzados que nos levantamos ese sábado casi a la hora de un día de semana, pero qué más daba. Había que aprovechar el día al máximo.

De ahí, breve paso por el colegio. Todos coincidimos en algo: se veía más chico de lo que nuestros recuerdos indicaban. Encontramos muchos cambios, pero la estructura básica estaba ahí: este era el salón del profesor Tal, y acá estaba el cuartito con los mapas del salón de geografía, más allá el laboratorio de química. Hasta nos repartieron réplicas de las tarjetas de conducta, ese documento que debíamos llevar con nosotros en todo momento pues a la primera que nos portáramos mal, nos bajaban puntos de conducta, lo que se reflejaba a fin de bimestre en la libreta de notas. Dicen que ya no existe, que hace años la eliminaron.

Uno de los momentos cumbre, ya en el restaurante donde se dio la mejor parte de la celebración, fue cuando nos repartieron camisas a todos, para reproducir la costumbre de pintarrajearnos el uniforme el último último día de clases. Fue muy gracioso ver filas de cinco, seis personas firmando unos las camisas de los otros a la misma vez. Todo eso mientras en una pantalla desfilaban fotos de nosotros en diferentes etapas de nuestro tiempo escolar.

Música, bailes, risas, carcajadas y también lágrimas hasta pasada la medianoche en una celebración que nos transportó a otros tiempos.

Se podría escribir una enciclopedia completa con las anécdotas, los apodos, las historias de los que nos reunimos para celebrar ese aniversario terminado en cero. Compañeros por siempre.
Así quedó la camisa firmada

miércoles, 6 de julio de 2016

"Te espero a la salida"

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Me oigo decir una frase que normalmente sería amenazadora a quien me escucha al otro lado del teléfono: "mañana te espero a la salida".

Ha habido un cambio en la rutina diaria, así que debo estar a la una en punto de la tarde siguiente esperando la salida escolar de una adorable pequeña.

Llego diez minutos antes y no hay nadie, miro mi reloj pensando en que me he equivocado de hora, pero a los pocos segundos empiezan a aparecer otras personas con el mismo objetivo que yo. Exactamente a la 1:00 p. m. suena una campana, se abren las puertas y me dirijo al punto acordado para esperar. Veo salir multitud de niños alegres, sus voces se confunden en el patio. Pienso que cada uno de esos pequeños es especial y único en el mundo para alguien, que cada uno tiene gente que lo espera en casa.

Yo espero a mi niña especial.

Al poco rato, una carita alegre se acerca corriendo. Le escucho decir "¡Hala!", y emprendemos el camino hacia la calle y de ahí al paradero para esperar el bus que nos llevará a casa. Felizmente, la espera es muy corta, el bus está casi vacío así que escogemos un buen sitio hacia al fondo para poder bajar sin problemas.

Nos espera un trecho bastante corto, poco más de veinte cuadras, distancia que recorrí caminando en el trayecto de ida.

De repente oigo un canturreo en voz fuerte y clara:
Choco choco la la
Choco choco te te
Choco la
Choco te
Chocolaaate

Mi primer impulso es decirle que no siga, que está molestando a los otros pasajeros... pero algo me hace mirar a las demás personas. Nadie se ha inmutado, todos siguen en lo suyo. O el canturreo no les molesta o les gusta. Me alegra no haber dicho nada, ¿cuántas veces al día oye un niño la palabra "no"?

Me uno a su cantar con palmadas muy suavecitas, le digo que saldría bien con cualquier otra palabra de cuatro sílabas. Lo intentamos y sí, sale bien. Pasamos a otra canción. De repente me dice que tiene hambre, que no terminó de comer lo que tenía en su lonchera, así que la abre y veo que empieza a devorar frutita picada que tenía lista. Me ofrece un trozo, le digo que no. Cuando termina, pone todo de vuelta, en impecable orden.

Ya casi hemos llegado, le digo que se prepare para pararse. A una cuadra de nuestro destino, nos levantamos, le pregunto si quiere apretar el timbre para indicarle al chofer que debe parar. Es innecesario, igual va a parar en esa esquina, pero sé que le gusta hacerlo.

Bajamos y caminamos la distancia que nos separa de casa. En el recorrido, pasamos por una heladería nueva y le prometo regresar en otro momento para probar los sabores que no conocemos. "Si quieres, venimos más tarde". Me dice que no, que mejor otro día.

Llegamos a casa, aplaude de alegría cuando sabe que el almuerzo está lleno de las cosas que le gustan. Come sin prisa mientras cuenta de un programa de televisión que acaba de descubrir sobre un mago y las cosas increíbles que hace. Le prometo que lo veré con ella en una hora.

Así transcurrió esa tarde feliz.

miércoles, 29 de junio de 2016

Estampas invernales

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Un hombre que carga un bebé toca el timbre de una casa. Mira su reloj. Parece que lleva buen rato esperando que les abran la puerta. Es temprano en la mañana, hace frío, ha llovido durante horas, y aunque el bebé está bien abrigado, al hombre le preocupa que la espera a la intemperie lo pueda afectar.

Una mujer y una niña de unos seis años caminan de la mano por la calle. De repente se detienen. La mujer se agacha hasta quedar a la altura de la niña y le envuelve el cuello con una bufanda rosada con dibujos de ositos panda. Terminada la acción, se vuelven a tomar de la mano y siguen su camino.

Las calles están llenas de charcos por la lluvia que duró la noche entera. Un hombre avanza por una avenida principal. Va muy concentrado hablando por teléfono en tono algo airado mientras camina a paso ligero. Las personas que pasan a su costado deben hacerse a un lado para no chocar con él. Está tan concentrado en su conversación que no se da cuenta de dónde pisa y termina metiendo un pie en un enorme charco que hubiera visto de haber estado más atento a su entorno.

En la fila de pago del autoservicio, dos mujeres conversan animadamente. Parece que se contaran buenas noticias, pero la cercanía permite escuchar que están compartiendo historias de resfríos de parientes cercanos y hasta de mascotas. Parece una competencia de quién cuenta sobre la peor enfermedad.

jueves, 23 de junio de 2016

Recordando la celebración de San Juan

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Este relato sobre las costumbres del Día de San Juan en la selva del Perú me lo envió alguien que disfrutó esa celebración en su niñez y, con su permiso, lo publico.
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Todo estaba listo desde el día anterior. Estaban preparados los juanes, las yucas, los plátanos, la chicha en botellas, los ajíes charapillos, amén de platos, cubiertos y vasos. Todo en canastas bien acondicionadas y listas para el transporte.

Ese día, a media mañana, salía toda la familia, cerraban la puerta de la casa y partían a algún destino en las afueras del pueblo a celebrar la típica y tradicional festa de San Juan, el patrono de la Amazonía peruana.

Todavía tengo la foto. Gastada y desvaída, pero se puede distinguir bien. Ahí está mi abuelo, alto, delgado, con su sombrero de paja. A su lado, mi mamá y mi papá, mi tía y otras dos señoras. A los pies del grupo, sentados en cuclillas mi hermana y yo, al lado de mi tío, que curiosamente es apenas horas mayor que mi hermana.

El pueblo se quedaba vacío. Se juntaban familias o grupos de amigos que ya tenían algún destino a dónde ir, una chacra cercana, un fundo, o simplemente un ambiente amplio a las orillas de un río o una quebrada.

Los hombres se juntaban para conversar y tomar alguna cerveza, mientras las mujeres deshacían las canastas, acomodaban los juanes y demás alimentos preparados el día anterior.

El juane es un plato típico de la selva peruana, hecho a base de arroz y presas de gallina, envuelto en hojas que le dan color y sabor.

Llegaba la hora del almuerzo y todos se disponían a disfrutar de estas delicias. Ahí las señoras intercambiaban sus juanes y se contaban secretos de cocina.

Terminado el almuerzo, no faltaba algún músico aficionado que, guitarra en mano amenizaba, el momento y hasta hacía bailar a los asistentes. Ya entrada la tarde, comenzaba el regreso al pueblo.

Terminaba la fiesta pero quedaba la satisfacción de haber pasado un día lleno de alegría, de unión familiar y sana distracción.

Así se pasaba la fiesta de San Juan en un pueblo de la selva del Perú en aquellos tiempos. Han pasado muchos años, la fiesta se sigue celebrando, cada vez con mayor entusiasmo y el movimiento propio de esta época. Pero en mi memoria quedan esos días en que las costumbres y las personas eran más sencillas, más confiadas y disfrutaban con pequeños detalles de una fiesta tradicional que pintaba de color y sabor su rutina diaria.