viernes, 31 de octubre de 2014

Una historia de Halloween

Un amigo, lector y comentarista frecuente del blog me mandó esta historia para publicarla el 31 de octubre.
----------------
Hace algunos años mi madre tuvo un problema de salud tan serio que tuvimos que llevarla de emergencia al hospital. Si hubiera estado en una sala normal hubiera sido una cuestión de paciencia, pero lo preocupante es que la internaron de inmediato en trauma shock, aquella sala donde se lleva a los enfermos graves y que precisan de una atención inmediata.

Confieso que fue una de las noches más difíciles de mi vida y no le desearía a nadie pasar por una experiencia parecida. Al día siguiente fui a visitarla tratando de aparentar tranquilidad con una expresión forzada de optimismo. Cuando vi su expresión tan demacrada, deduje que no había pasado nada bien la noche. Pero también noté que deseaba contarme algo que le había sucedido.

Con escepticismo (¿qué puede pasar de grave en un hospital? Suficiente con los problemas que tienen los pacientes) le pregunté por el motivo de su inquietud. De acuerdo a su relato, cuando dieron las doce de la noche aún se encontraba despierta. Por indicación de los doctores, su cama estaba elevada al máximo nivel y no lograba conciliar el sueño. Para distraerse trató de orar un poco, pero no lograba concentrarse.

La sala de pacientes se encontraba en silencio a excepción de alguno que otro pitido de las máquinas conectadas a los pacientes. La oscuridad invadía todo el espacio libre, salvo por un rayo de luz que venía de la puerta que daba al corredor principal.

Mi madre disimuladamente miró al paciente del costado. Según había escuchado, había sido victima de un asalto y se encontraba en un coma profundo. El paciente no reaccionaba desde que lo habían internado en la sala. Su aspecto no era muy alentador, estaba cubierto de tubos y apósitos.

Lo que realmente llamo la atención de mi madre fue que al pie de la cama había una forma sentada. ¿Visitas a la medianoche? Imposible. ¿Una enfermera? Peor aun, porque ellas siempre están en constante movimiento. Cuando aguzó la visión, notó que era figura sentada y cubierta por un largo manto negro. En la mano sostenía una herramienta cuyo extremo se perdía en la oscuridad. Era imposible distinguir su rostro pues estaba oculto por una capucha aunque algunas greñas escapaban.

Mi madre no podía creerlo. Se sobó los ojos, y cuando quiso mirar de nuevo, la figura había desaparecido.

Cuando terminó su historia, fue inevitable que me sintiera algo escéptico. Atine a tranquilizarla y la conminé a que se olvidara del tema. Bromeando le dije: "Madre, si la hubiera visto al pie de su cama, tendría más razones para preocuparse". Ella mostró una sonrisa optimista y me dijo que prefería descansar.

Antes de retirarme, miré la cama del costado y noté que estaba vacía. "Bueno, se habrán llevado al paciente", pensé. Pero como no quería quedarme con la duda, me acerqué a la recepción. Cuando le pregunté a la enfermera por el paciente de mi interés, solamente atinó a mirarme con expresión resignada…

domingo, 19 de octubre de 2014

Una idea llamada Tabra

Esta historia me la mandó un buen amigo de toda la vida que hace algunos años descubrió la maravilla de correr olas. Con su permiso la publico, con algunos cambios en los nombres.
---------------------------
Un sábado cualquiera hace unos meses, salí con mi hija del agua después de correr unas olitas en una playa limeña. Mientras nos secábamos, mi hija me dice: "Papá, no voltees pero detrás de ti está un señor con su hijo autista". Obviamente y movido por la curiosidad, volteé, pero luego seguí secándome y cambiándome.

Este señor entró al agua con su hijo, una tabla y un instructor de tabla, pero les fue fatal. El mar estaba ligeramente embravecido, la playa era de piedras y el niño no quería subirse a la tabla. La gente que estaba ahí viéndolo todo no sabía lo que pasaba y todos gritaban cosas como "sáquenlo del agua", "no lo obliguen". Todo el ambiente era feo, negativo.

A mi hija le picaban los pies por acercarse a ellos y ayudarlos, así que me preguntó si se podía acercar. Yo se lo permití y salió disparada a la orilla a ayudar a sacarlo. Una vez fuera le recomendamos al padre que llevara a su hijo a otra playa, con arena y sin gente para evitar la mala vibra. Le recomendamos que los fuera metiendo al agua poco a poco.

Mi hija se ofreció a acompañarlos el siguiente sábado. Al despedirnos intercambiamos teléfonos.

Es así que desde ese día hasta ahora bajamos juntos casi todos los fines de semana. El muchacho tiene 13 años, y al inicio no quería ni tocar la tabla, pero luego de algunas semanas y mucha paciencia logramos que se metiera en la misma tabla con su papá en tándem a correr olas echados. La conexión que padre e hijo han logrado única. En el mar, el chico hace caso a todas las instrucciones y se nota que disfruta un montón. Todos nos metemos al agua y la pasamos muy bien.

Con los días, nació la idea de formar una asociación sin fines de lucro a la que hemos llamado Tabra. El nombre nació de una manera espontánea un día que estábamos conversando fuera del agua y el muchacho empezó a decir "quiero tabra", pronunciando mal la palabra tabla. Nos gustó tanto el nombre que quedó así, con el lema "No existe una sola forma de expresarse".

La idea de la asociación es dar la oportunidad a niños con autismo o síndrome de Down de que experimenten el deporte de la tabla. Es totalmente gratuito.

Un día, este papá me dijo que en los 13 años de vida de su hijo, nunca había logrado tal conexión con él, a pesar de las diferentes terapias, y que tampoco había conocido personas con ese deseo genuino de ayuda como el de mi hija y, bueno, de bueno de pasadita mío también.

Me conmovió eso que mencionó, la conexión que logró con su hijo. La verdad es que hay ciertos mitos que hay que desmitificar. Existen muchas personas con deseo genuino de ayudar, el ser humano es noble por naturaleza, ¡solo es cuestión de buscar! La otra cosa es que gane un amigo sencillo, simple y buena onda.

martes, 7 de octubre de 2014

Creatividad lingüística

Dicen que los peruanos somos creativos e ingeniosos. De eso no me cabe duda, pero me imagino que lo mismo se puede decir de todas las personas, independientemente de su lugar de origen.

Pero tanta creatividad tiene una parte negativa. Y es que cuando se inventan palabras, el resultado puede ser desastroso.

Hace pocos días, tuvimos en el Perú elecciones para decidir quiénes serían nuestras nuevas autoridades municipales, provinciales y regionales. En las semanas y días previos al proceso, hubo montones de entrevistas de todo tipo a candidatos, líderes políticos y a autoridades encargadas de organizar y vigilar el proceso.

Una de esas entrevistas se trató sobre el procedimiento al momento de emitir el voto. El entrevistado era una autoridad electoral de cuyo nombre felizmente no me acuerdo a quien el periodista radial preguntó qué debía hacer un ciudadano que tenía su documento de identidad vencido, sobre todo si se tiene en cuenta que ese documento es imprescindible al momento de sufragar.

La respuesta fue más o menos así: "En principio, esa circunstancia no debería recortar el derecho ciudadano de emitir el voto. Pero recomiendo a los electores no negligir y renovar su documento con la debida anticipación".

¡Negligir! El negligente neglige... ¿y el diligente? ¿¡Dilige!?

Pero la cosa no quedó ahí, pues ese mismo día más tarde, al pasar por una avenida limeña, vi un tremendo cartel que decía: "Asociación Tal y Cual: Discipulando juntos".

¡Discipular! ¿Somos todos discípulos? ¿Acción de ser discípulo?

Como diría el querido Condorito:

jueves, 25 de septiembre de 2014

Las gotas que volvieron

Esta historia es prestada, me la contó una persona que me autorizó a usarla en el blog. Así que, con ese permiso, la cuento.
------------------------------
Era una una tarde fría, como los últimos días de este invierno que no quiere irse. Salía del complejo médico en el que había pasado buena parte de la tarde, tras la consulta con un oftalmólogo. Iba un poco mareada por unas gotas que me pusieron para verme el fondo de ojos. Tras una larga espera, finalmente llegó mi ansiado turno. El médico me atendió, recibí papeletas con citas para nuevos exámenes, y lo que más esperaba: las gotas que me aplico religiosamente todas las noches y que tienen un alto precio en las farmacias.

Ya en la calle, tomé un taxi para ir a casa, en medio del tremendo tráfico de la llamada hora punta. El taxista era un joven atento y muy correcto, y tomó el camino a mi casa por la ruta más corta, como yo le indiqué. Llegamos a mi destino, le pagué lo acordado y entré al edificio donde vivo.

Ya dentro de mi casa, me dispuse a arreglar mis cosas y poner todo en su lugar. Fue ahí que me di cuenta de que no veía la bolsa que me dieron después de mi cita, la pequeña bolsa donde había guardado los frascos con las gotas y las papeletas de las nuevas citas. Busqué y busqué, miré dos y hasta tres veces en los mismos cajones y rincones sin éxito. Así pasó cerca de media hora, hasta que tuve que decirme resignadamente que había olvidado la bolsita en el taxi. "Toda la tarde perdida y sin conexiones para seguir el tratamiento. La dejé en el taxi, mejor lo doy por perdida", reflexioné tristemente.

Fue un momento de confusión, pero felizmente no duró mucho.

En el preciso instante en que el pensamiento de confusión cruzaba mi cabeza, escuché un timbre que no era el de mi departamento, sino el del costado, Aun así, yo estaba segura de que era mi taxista. Entonces salí corriendo y ahí estaba efectivamente el hombre, tocando todos los timbres y mirando todas las ventanas para ver si acertaba y divisaba mi cara. Por fin me vio, me dijo que venía a entregarme la bolsa que dejé olvidada en su taxi. Le agradecí mucho y le dije, hoy le va a pasar algo muy bueno, por este acto de bondad que acaba de hacer. Que Dios lo bendiga. Lo único que pensé en ese momento era cuánto habría recorrido ya, a una hora en que todo lo que hay en la calle son autos, personas apuradas, bocinazos, apuro, impaciencia, este hombre se había tomado la molestia y el esfuerzo de regresar a mi casa, a la casa de una desconocida cuyo nombre ni siquiera sabía, solamente para devolverme una bolsita muy valiosa para mí, pero que para él no significaba gran cosa.

Claro que hay gente buena y generosa en el mundo. Hechos así nos devuelven la fe en la humanidad.