domingo, 10 de junio de 2018

Pregonero del siglo XXI

Imagen
El pregonero era el funcionario público que de viva y alta voz difundía anuncios para hacer público y notorio todo lo que se quería hacer saber a la población. A estas alturas del devenir de la humanidad, con la información literalmente al alcance de la mano, es evidente que su trabajo dejó de tener sentido.

Por eso llamó mi atención algo que presencié un sábado muy temprano de este otoño tan inusualmente lluvioso en la ciudad capital de este país de desconcertadas gentes.

Venía caminando por una muy transitada y conocida avenida de Miraflores. Había pocos autos, había poca gente. Sin duda, la lluvia, el frío, la hora temprana y el partido amistoso que disputaría la selección peruana de fútbol pocas horas después eran los factores de esas calles vacías.

De repente, detrás de mí, una sonora voz masculina anuncia a todo pulmón:
- ¡Dieciséis grados! ¡Dieciséis grados!

Supuse que se refería a la temperatura, aunque no estoy muy segura porque me pareció una afirmación bastante generosa. Debíamos estar en 14°C, por lo menos. La acentuada y omnipresente humedad es engañosa, pero lo que el hombre anunciaba parecía equivocado.

Me di cuenta de que el hombre estaba prácticamente a mi costado. Por pura precaución, bajé un poquito la velocidad para que se alejara de mí. A algunos pasos por detrás de él, seguí oyendo su anuncio meteorológico con la misma voz fuerte y clara.

Después, este pregonero moderno se quedó callado. Ya no lo vi más.

Sin embargo, pocos segundos después volví a oír la misma voz, aunque con un anuncio diferente:
- ¡Oliver Kahn! ¡Oliver Kahn!

Que pronunciara a voz en cuello el nombre de este exarquero de la selección alemana de fútbol me pareció surrealista. ¿De qué rincón de la memoria viene alguien a rescatar a un futbolista que se retiró hace diez años?

Surrealista o no, el incidente dio algo de color a una mañana sabatina tan gris, tan limeña... tan entrañablemente deliciosa.
--------------------
Te invito a leer el boletín semanal de Global Voices en Español.


domingo, 3 de junio de 2018

Estampas desde un bus

Es una tarde de viernes de otoño que se volvió frío de un día para otro. El bus va relativamente vacío. No es hora punta, no hay calles llenas de gente. Es un momento perfecto para ir con toda tranquilidad, y es una delicia ver la vida pasar mientras en bus pasa.

El bus avanza por una larga y estrecha calle, normalmente llena de autos que pugnan por continuar su camino, autos que pugnan por encontrar estacionamiento y peatones que deben sortear a unos y otros. Pero en esta tarde de viernes de otoño que se volvió frío de un día para otro no pasa nada de eso. Al contrario, las tiendas por las que pasa el bus se ven vacías de clientes y llenas de mercadería y trabajadores que se distraen mirando el mundo a través de una minúscula pantalla que parece tenerlos dominados.

Un hombre que peina canas y cuyos ojos habrán visto mil batallas se estaciona afuera de una cafetería. Lo hace con la elegancia y la seguridad que dan la experiencia. Se baja de su auto, y al momento se le acerca un atento muchacho elegantemente uniformado con el logo de la cafetería. El hombre canoso lo reconoce, le sonríe, le da la mano y entablan un breve diálogo cordial de evidente intercambio de saludos.

El cartel de una tienda anuncia extemporáneamente ofertas de Navidad en varios carteles multicolores. Demasiada previsión o demasiada negligencia.

Una pasajera se baja del bus. Cruza una calle caminando a toda velocidad, sin llegar a correr. Cruza otra calle y se pierde entre los autos y otros peatones.

Estampas que se ven desde un bus en una tarde de viernes de otoño que se volvió frío de un día para otro.

jueves, 24 de mayo de 2018

"El cielo y la tierra, el cielo y la tierra"

Imagen
Había una vez dos hermanas que jugaban mil cosas juntas. Todavía hay dos hermanas, y aunque ya no juegan mil cosas, siguen juntas. Las llamaremos la mayor y la menor.

Eran ellas dos, aunque a veces se les unía un tío que parecía un hermano porque había nacido prácticamente el mismo día que la mayor. Pero casi todo el tiempo eran únicamente ellas dos y nadie más.

Vivían en una apacible ciudad de la selva donde todos se conocían y todos sabían lo que los demás hacían, y donde pasar al lado de alguien sin saludar era motivo de ofensa y gran malestar.

Así pasaban los días las dos hermanas, jugando al aire libre en su ciudad natal, una ciudad con eterno verano. Nadie las vigilaba, nadie estaba pendiente de ellas porque en esa apacible ciudad de eterno verano nada malo les podía pasar.

Un día como cualquier otro, las dos hermanas jugaban lo que ellas conocían como mundo, y que en otros lados llaman tejo o rayuela. Para ahorrar una raya a las líneas trazadas en el suelo, uno de los bordes de su mundo era el borde del patio donde jugaban. Después de eso, el suelo se inclinaba en una pendiente de varios metros. Nada que no se pudiera recorrer caminando, pero no era muy agradable de recorrer porque prácticamente era donde la gente lanzaba sus desechos.

Así jugaban las hermanas una mañana cualquiera en su apacible ciudad del eterno verano. Le tocaba lanzar y saltar a la mayor. La menor vio que su hermana lanzaba la piedra que usaban como tejo y volteó para ver hasta dónde llegaba. Volvió a voltear para ver a su hermana empezar a saltar, pero no la vio.

La menor se llevó el susto de su vida. Su hermana había desaparecido.

Ahogó un grito de terror. Miró al cielo pues pensó que tal vez su hermana se había ido volando. O que unos globos gigantes aparecidos de la nada la habían levantado del suelo. O que una bandada de silenciosos pájaros la habían tomado de los brazos con el pico y se la habían llevado volando.

Pero por los aires tampoco estaba la hermana mayor.

Así que la niña corrió sin pensar muy bien a dónde se dirigía, pero sus pies la llevaron al borde del terreno, ese que usaban como límite de su juego para ahorrarse una raya al trazar su mundo. Y ahí vio a su hermana deslizarse irremediablemente cuesta abajo, seguramente iba muy rápido, pero la hermana menor dice que la hermana mayor rodaba en cámara lenta.

Cuando la hermana mayor dejó de rodar, la hermana menor corrió a la casa familiar a llamar a su papá: "papá, papá, ven, ven por favor".

Sin entender mucho, pero con toda certeza asustado por la desesperación de la hermana menor, el padre salió con la niña. Cuando llegaron al límite de su mundo, el padre vio a la hermana mayor levantarse tambaleando. Aliviado, tras imaginar quién sabe qué desgracias, bajó al encuentro de su hija y con ella de la mano, regresó a terreno seguro.

Una vez que las dos hermanas se reunieron, la menor quiso saber qué sintió la mayor mientras rodaba cuesta abajo. La mayor, aún aturdida, contestó: "no entendía nada, estaba preparándome para saltar cuando de repente me sentí en el aire y comencé a ver el cielo y la tierra, el cielo y la tierra, el cielo y la tierra".

domingo, 13 de mayo de 2018

Todo sea por un helado

Imagen
Es el viernes anterior al Día de la Madre. Las calles y las tiendas están llenas de gente que espera, para variar, la penúltima hora para hacer lo que hay que hacer.

Entro a un autoservicio para comprar tres cositas, sé que no me demoraré mucho. Escojo lo que quiero y busco la caja con la fila más corta. Ya sé que no es garantía de nada, pero es probable que sea la que avance más rápido.

Entre la fila de mi caja y de la caja que está a mi derecha, hay un congelador con helados. Es un congelador horizontal con puertas corredizas que dejan ver el interior, Las envolturas multicolores de los helados son una tremenda tentación para los ojos de quienes pasan por ahí.

En la fila de la caja que está a mi derecha, hay una señora y una niña, a la que calculé unos cinco años. Presumo que son abuela y nieta, aunque ya se sabe que es mejor no asumir nada porque las apariencias pueden engañar. La niña miraba los helados con ojos codiciosos y de repente señaló uno:
- Ese es el helado que quiero.

Entre tantos helados, era difícil saber a cuál se refería. El vidrio de la tapa de la congeladora le impedía acercar su manito más para dejar en claro exactamente cuál era el helado que quería.

Entonces, empezó a abrir la puerta corrediza. Desde donde estaba, pude ver que las dos hojas que tapaban la congeladora se abrían a la vez. Recién ahí noté que las dos hojas estaban al mismo nivel, no como suelen estar: una por encima de la otra para que, al deslizarse, no ocurra lo que estaba parecía estar ocurriendo.

La puerta corrediza que quedaba atrás de la niña también se abría sin que nadie hiciera nada para impedirlo. Fue un solo instante, entre ver los esfuerzos de la niña por llegar al helado de sus deseos, entre pensar "acá hay algo que no está bien", entre que mi mente anticipara que la cosa no iba a terminar bien.

Y la cosa no terminó bien.

La parte de la tapa que quedaba inadvertida a los ojos de la niña perdió el equilibrio y cayó al suelo. Cayó al suelo y se hizo trizas. Se hizo trizas y miles de vidrios minúsculos salieron disparados en todas direcciones. Miles de vidrios minúsculos salieron disparados en todas direcciones con un estrépito que debe haberse oído en toda la tienda.

Yo lo vi todo desde mi posición privilegiada.

A mi costado, una voz infantil solamente atinó a decir con tono muy tranquilo: "¡ay!".

En menos de un minuto, el lugar del incidente se vio lleno de encargados, personal de seguridad, personal de limpieza, clientes curiosos.

A mi costado, ajena al revuelo causado por sus antojos heladeros, vi una manito infantil que sostenía en alto el helado deseado y oí a la misma voz de segundos antes decir triunfal: "mira, este es el helado que quiero".

Feliz día a todas las madres que celebren su día el segundo domingo de mayo, y también a las que lo celebran en otra fecha del calendario.