miércoles, 16 de enero de 2019

La radio de la funda anaranjada

Imagen
Había una vez una radio que tenía una funda de tela anaranjada. Era una radio antigua, a pilas, portátil, que su dueña tenía desde tiempos inmemoriales. Sería imposible determinar cuándo fue que su dueña la compró, lo que sí es más que posible es recordarla atenta a su radio todos los días.

La funda anaranjada era obviamente hecha a mano. Las costuras eran firmes y casi perfectas. Su dueña cubría cariñosamente la radio todas las noches y en todo momento en que no la usaba.

A la luz de los tiempos pasados, es evidente que la radio de la funda anaranjada era un objeto valioso y querido por su dueña.

Por las mañanas muy temprano, la sintonizaba en volumen muy bajo para no molestar a nadie. No era para estar al tanto de las noticias, no. Era para no perderse las recomendaciones de un programa diario lleno de consejos para el buen cuidado del hogar que duraba hasta bien entrada la mañana. De ahí al mediodía, las radionovelas reinaban.

Después, la radio de la funda anaranjada descansaba prácticamente toda la tarde. Su dueña se enganchaba a la televisión y sus infaltables e inolvidables telenovelas destronaban a todos los demás programas.

Hacia las cinco de la tarde, la radio de la funda anaranjada volvía a ser protagonista absoluta de la atención de su dueña. Era la hora sagrada de su rosario, que seguía con un ojo abierto y el otro cerrado... aunque la verdad es que casi todo el rato los dos ojos estaban cerrados. De todas maneras, la cita diaria con el rezo del rosario era impostergable.

Hubo muchas noches, de esas que no nos gusta recordar, cuando la oscuridad y el miedo se cernían sobre la ciudad, en que la radio de la funda anaranjada se volvía centro de inesperada atención. Eran otros tiempos, felizmente ya pasados, en que los teléfonos eran escasos, sobre todo en esas noches de oscuridad. Entonces la radio de la funda anaranjada servía para acompañar esos momentos hasta que la luz volvía.

Las personas llamaban a la radio de noticias para que sus familias supieran que estaban bien. El conductor del programa dejaba de lado su transmisión habitual y se convertía en mensajero de noticias de la intrahistoria de la sociedad de esos tiempos.

Hasta que llegó ese sábado que todos recordamos con mucha pena. La dueña de la radio de funda anaranjada nos dejó, repentina e inesperadamente. Nos dejó con un legado enorme de historias, de esas que se cuentan con sonrisas acompañadas de lágrimas, de esas que nos dejan moviendo la cabeza con una mezcla de admiración, asombro y nostalgia eterna.

Por más que pienso, no recuerdo qué fue de la radio de la funda anaranjada después de ese día.

lunes, 7 de enero de 2019

El jirón de la Unión

Imagen
El jirón de la Unión es una calle emblemática de Lima. Aparece en muchos libros que transcurren en esta tres veces coronada villa y, sin duda, ha sido testigo de innumerables acontecimientos históricos. El texto a continuación no es mío, me lo mandó alguien que leyó una crónica del escritor y cronista peruano Eloy Jáuregui que le produjo una impresión positiva. Hay alguna referencias y nombres conocidos de los peruanos que tal vez no sean tan familiares en otros lares, pero hay enlaces con información para todas esas referencias.
-------------
EL JIRÓN DE LA UNIÓN

Leo un articulo de Eloy Jauregui, a quien solo conozco de letras. Es sobre el Jirón de la Unión, pasado y presente. Y, ¿sabes qué? Doy fe. Puedo decir como Augusto Ferrando: "yo lo descubrí".

Lo descubrí cuando, recién bajaditas*, mi papá nos llevó a mi hermana y a mí a conocer el centro de Lima. Quizás te sea difícil entender lo que se siente al ver de frente y en todas sus dimensiones, los edificios, las calles, las plazuelas, todo lo que solo conocías por los libros de Historia del Perú de Pons Muzzo y las "Tradiciones peruanas" de Ricardo Palma.

(Bueno, debe ser como ver en vivo y en directo la Fontana de Trevi, o más ambicioso aún, la Mona Lisa).

El Jirón de la Unión era una larga extensión de calles con nombres diferentes. En las galerías Boza estaba el Crem Rica, donde años después nos reuníamos a tomar helados y subir y bajar por la famosa escalera eléctrica, la primera que hubo en Lima. Veíamos al pasar el local de La Prensa y Última Hora, la iglesia La Merced con el milagrosísimo san Hilarión, y al frente la tienda Monterrey junto al edificio del Banco Internacional. Más abajo la Botica Inglesa, donde atendía la jovencita Chabuca Granda que desde ahí veía pasar a una rumbosa y coqueta Flor de la Canela, del Puente a la Alameda, con jazmines en el pelo y rosas en la cara.

Cuántas películas vimos en los cines Excélsior, Biarritz, Bijou, Adán y Eva. Cuántas empanadas comimos en la pastelería Hinojosa. Los fotógrafos esperaban el paso de dos amigas o una pareja, tomados del brazo, para tomar la foto que luego llevarían a la casa, cuya dirección se daba sin temor alguno. Si no querías comprarla, la fotografía aparecía rota y en pedazos en la puerta de la casa. El jirón de la Unión era sinónimo de elegancia y pituquería. Se dice que las limeñas, vestidas con sus mejores galas, sacaban paquetes guardados para caminar por esas calles como si hubieran salido de compras.

En una época trabajé en una oficina en la cuadra 5, calle Espaderos en ese tiempo. La oficina estaba en el segundo piso, y la puerta de la calle se abría directamente a la escalera. Ahí ocurrió lo que el diario popular Ultima Hora tituló una mañana de invierno: "Cajerita asaltada en el jirón de la Unión ".

El incidente sucedió durante un desfile de las candidatas a Miss Perú, que pasaban por las calles saludando al público desde carros descubiertos y arreglados para la ocasión. Mientras todos veíamos el desfile desde la escalera del local, alguien cometió el asalto a la cajera en el segundo piso. Pero esa es otra historia. ¡Ah! El jirón de la Unión. Lo era todo. Tiendas, cines, paseos, cafés, heladerías, encuentros con amigos. En cierta forma, y salvando las distancias, me recuerda un poco a la avenida Larco de hoy. Salvando las distancias, claro.

Hace mucho tiempo, muchos años, que no he vuelto al jirón de la Unión. No quiero hacerlo. Sería como ver una joya destrozada en pedacitos, me ganaría la tristeza, el saudade, el nunca más. Tanta gente con zapatillas de marca y ofertas en la mano, gritando: ¡tatuajes, tatuajes! 

Prefiero recordarlo con su sencilla elegancia de antes, como cuando lo descubrí, recién bajadita, deslumbrada de Lima y sus historias.

Pero nada vuelve atrás. La vida sigue.
-------------
* Así se les dice a los provincianos en Lima. Como la capital está en la costa, por lo general, los peruanos del interior del país bajan cuando migran a Lima.

martes, 1 de enero de 2019

¡Bienvenido 2019!

Espero que hayan recibido 2019 en buena forma. Que este año venga mejor que el anterior y lleno de historias para contar y comentar.

Imagen

martes, 18 de diciembre de 2018

El duendecito itinerante

Imagen
Se acercaba la Navidad, cada día eran menos los cuadraditos que faltaban para que el calendario marcara el tan esperado 24 de diciembre.

El hombre esperaba ese momento todos los años con la ilusión de un niño. Lo mejor para él era decorar la casa con adornos navideños, los clásicos duendes, arbolitos, coronas, guirnaldas. Las piezas más destacadas de la decoración eran un Papá Noel gigante a un lado de la sala y un nacimiento igualmente grande en el otro extremo.

Concluida la decoración interior, el hombre procedía todos los años a colgar otros adornos especiales para la puerta de su casa. Así, la Navidad daba la bienvenida a los visitantes. Ahí estaba, una guirnalda en una puerta y un duende en la otra. Esos dos adornos los sujetaba con una cuerda bien atada, con tres nudos muy ajustados.

El toque final era una corona de luces de colores que ponía al centro de la ventana. De noche, las luces bailaban al ritmo de una disposición aparentemente aleatoria.

Una vez concluida la tarea que tomaba toda la mañana, el hombre se sentaba orgulloso a contemplar su obra. No le importaba que todo el esfuerzo debía deshacerse menos de un mes después, él era feliz de ver su casa en modo navideño.

Más tarde ese día, el hombre salió a hacer una gestión. Grande fue su desazón cuando notó que el duende que poco antes había colocado con tanto cariño en la puerta no estaba. Miró alrededor y lo vio tirado en el suelo. Imaginó el golpe que debió haberse dado el pobre duende al caer y le dolió todo lo que al muñeco no le había dolido.

Lo volvió a amarrar, salió y se olvidó del asunto.

Cuando regresó horas después, volvió a encontrar el duende fuera de lugar. Esta vez no estaba  en el piso. Alguien lo había dejado apoyado contra la puerta. Nunca antes le había pasado eso. Nunca antes había tenido que recoger un adorno puesto apenas horas antes. Volvió a agacharse, volvió a ajustar los nudos. Los ajustó un poco más esa vez.

Al día siguiente, nuevamente el duende no estaba donde debía estar. Ahora lo habían colocado bien sentadito al pie de las escaleras del edificio.

Decidió agarrar al toro por las astas, o al duende por el gorro. Entró a su casa, le puso una cuerda más larga alrededor del gorro y otra delgada alrededor del cuello, casi imperceptible.

Por cuarta vez, fijó al duende en su sitio, lo amarró con nudos fuertes desde el gorro y desde el cuello. No ajustó mucho la cuerda del cuello, lo suficiente para asegurarlo solamente.

Ya con esas nuevas amarras el duende itinerante no volvió a caerse.

¡Feliz Navidad a mis queridos lectores! Gracias por su constante compañía y comentarios.