sábado, 15 de septiembre de 2018

De médicos y médicos

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Mi papá era médico. Mi tío, su hermano mayor, también era médico. Tengo la certeza de que para ninguno era un problema dar consejo profesional a quien se lo pidiera al paso sin pretender cobrar por eso.

Ojalá todos los médicos fueran como ellos... pero sé que no es así. Y lo he sabido en carne propia, con gran decepción de mi parte.

Hace algunos años acudí a un dermatólogo por recomendación de un amigo. Cuando pedí la cita por teléfono pregunté el precio de consulta para llevar la cantidad justa ese día.

Todo muy bien.

Fui a mi cita, le conté al doctor lo que me molestaba y me dijo que la solución era una cauterización, que se podía hacer en ese momento. Hizo la cauterización sin problema y cuando ya me iba, me dijo:
- ¿No tiene otra consulta que hacer? Mire que así nomás uno no va al dermatólogo.

Así que le hice dos preguntas menores referidas a la piel de mis manos y algo en un brazo. Me dijo qué hacer para solucionarlo, que era muy fácil, y con una sonrisa se despidió de mí.

Cuando me acerqué a la recepción a pagar la consulta, la secretaria me dio un monto que era el triple de la cantidad que me habían dicho por teléfono. Todo esto sin parpadear. Mi asombro fue triple también:
- ¿Por qué tanto? A mí me dieron el precio por teléfono, y no era ese.
- Sí, pero usted le hizo tres consultas al doctor, por eso el precio es triple.
- ¿Qué cosa? Eso no me dijeron, además el propio doctor me alentó a preguntar.

Le entregué lo que había llevado mientras la secretaria me dijo que podía completar el saldo otro día. Por supuesto que no completé nada, nunca, a pesar de las varias veces que me llamaron para cobrar. Finalmente, se cansaron de insistir.

Otro incidente fue, casualmente, con otra dermatóloga. La consulta era sobre manchas en la piel, para lo que me recetó un jabón exclusivo y casi a medida que se pedía por teléfono y entregaban a domicilio. Entonces llamé para pedir el casi exclusivo jabón y poco me faltó para estallar cuando me dijeron el precio: 180 dólares. Me lo dijeron así, en dólares:
- ¿Qué cosa? Deshaga el pedido, por favor.
- Pero mire, es un jabón muy fino, muy especial, ideal para su tipo de piel que...
- ¿Por teléfono, por mi voz, puede usted conocer mi tipo de piel?
- No, pero...
- Gracias.

Que se den por felices de que les haya dicho gracias antes de colgar el teléfono sonoramente. La dermatóloga y sus negocios, cuántos caerán redonditos. Y es que ya se sabe que para algunos, cuanto más caro, mejor.

Un tercer incidente le ocurrió a alguien cercano a mí. A esta persona le recetaron un remedio que solamente había en una farmacia de Lima, una farmacia que no tiene sucursal y cuyo único local queda en un distrito a más de dos horas de donde vive esta persona. Cuando preguntó si se lo podían llevar a domicilio, lógicamente con un recargo, la respuesta fue que esa farmacia no hace repartos a domicilio. Ni siquiera con recargo, no hay reparto.

Seguramente la farmacia es de un pariente del médico.

Sí, pues, hay médicos y médicos.

sábado, 1 de septiembre de 2018

La llave

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El hombre regresó a casa esa tarde de sábado. Estaba con sus dos hijos, una niña de diez años y un niño de tres. Se había quedado a cargo de sus hijos pues su esposa estaba fuera de la ciudad por un asunto familiar.

Los tres habían pasado un día muy especial. Salieron temprano, almorzaron en un sitio que eligieron entre todos. La comida fue un poco accidentada, todo lo accidentada que puede ser una comida con un niño pequeño. Nada grave, nada que echara a perder el buen ánimo y las ganas de estar juntos.

Después quisieron ir al cine, pero debieron descartar la idea porque no lograron ponerse de acuerdo sobre qué película ver. Antes de aguantar caras largas, el hombre prefirió irse a un parque cercano a su casa donde los niños pudieran jugar y cansarse un rato. Sobre todo el más chico.

Cuando ya era evidente que el día se estaba convirtiendo en noche, emprendieron el regreso a casa. Salieron del auto, los niños corrieron a la puerta del departamento ansiosos por entrar rápido. El hombre los siguió a pocos pasos.

Al llegar a la puerta, el hombre metió la mano al bolsillo para sacar la llave de la casa. No la encontró. Buscó en los demás bolsillos. Nada. Volvió a buscar en todos los bolsillos, pero no encontró la llave. Entonces, como un chispazo, se le vino a la mente la llave, su llave, en la mesa de la sala de estar. En sus idas y venidas antes de salir, al ver la llave en la mesa pensó repetidamente: "mejor me meto la llave al bolsillo de una vez, no vaya a ser que me la olvide".

Era evidente lo que había pasado. Al salir no se dio cuenta, la señora que los ayuda en la casa casi acababa de llegar y se iba a quedar haciendo los quehaceres. Por eso, en ese momento, el hombre no se dio cuenta de que no tenía la llave porque no cerró con llave. Simplemente cerró.

Se volteó hacia sus hijos para contarles la situación en la que estaban. La niña se preocupó, el niño solamente entendió que no iban a poder entrar a la casa un rato.

Padre e hija empezaron a pensar en soluciones. La mejor opción sería llamar a un cerrajero que aplicara su arte para abrir la puerta sin la llave, pero ¿dónde encontrarían un cerrajero un sábado casi a las siete de la noche?

Otra opción era llamar a la señora que los ayuda en la casa para decirle que iban a su casa a recoger la copia que ella tiene. La señora no vive precisamente cerca, pero a grandes males, grandes remedios. Pero esa opción quedó descartada cuando la señora le dijo que ella no tenía la llave nueva, que la suya era para la cerradura que tenían antes.

De repente, el hombre vio un tenue rayo de luz al final del túnel. Recordó algo. Sin dar explicaciones, les dijo a sus hijos que lo siguieran.

Los tres llegaron al auto, el hombre muy seguro, los niños sin entender nada. Por primera vez renegó de su decisión, que más de uno había cuestionado, de tener sus llaves separadas. De haberlas tenido juntas se hubiera dado cuenta esa mañana antes de partir de que no tenía la llave de la casa. Que solamente tenía la del auto. Y lo hubiera solucionado rápidamente.

Pero no debía pensar en eso ahora.

Se aferró a su tenue rayo de luz al final del túnel. El día que cambiaron la cerradura de la puerta de entrada, él sacó dos copias adicionales de la llave nueva. En la confusión de ponerse las llaves nuevas en el bolsillo, una se cayó debajo del asiento del conductor. Por más que buscó y rebuscó en ese momento, no logró encontrar la llave. Y decidió dejar la búsqueda para más adelante.

Les dijo a sus hijos: "busquemos bien por todos lados del auto, debajo de las alfombras, debajo de los asientos, en todas las ranuras. La solución a nuestro problema está aquí".

Con una calma que lo sorprendió, entre bromas y risas de sus hijos, entre canciones para no perder el buen humor, miraron por todos los resquicios del auto... hasta que encontraron la llave.

No hace falta decir que desde ese día, el hombre lleva un solo llavero en el bolsillo, con llaves de auto y casa juntas.

viernes, 24 de agosto de 2018

"Ese nombre existía"

Cartel
El abuelo materno vivía en una ciudad lejana y venía de visita de vez en cuando. En esas visitas, el abuelo aprovechaba para reunirse con diversas personas relacionadas con su trabajo en su ciudad lejana.

No era tan lejana la ciudad, en verdad, pero a los cinco años, todo lo que no está prácticamente a la vista está lejos.

Uno de los nombres que el abuelo repetía muchas veces en sus visitas de la ciudad lejana era el de Carrera Paz. Cuántas veces lo habrían oído decir al abuelo que se iba a reunir con Carrera Paz, que había hablado por teléfono con Carrera Paz, que Carrera Paz le iba a mandar unos papeles.

Siempre Carrera Paz, nunca solamente Carrera. Nunca otra manera de referirse a ese misterioso doble nombre que no fuera Carrera Paz.

Carrera Paz...

Así pasaban los días de las visitas del abuelo materno, entre almuerzos familiares, paseos a diferentes partes de la ciudad, conversaciones con amigos que no se veían con mucha frecuencia porque vivían lejos y menciones interminables a Carrera Paz.

Un día, el papá y el abuelo materno salieron juntos. Era un binomio natural a sus ojos de cinco años, era normal que el papá llevara al abuelo materno a hacer sus gestiones, que eran parte de las razones por las que venía de visita.
- ¿No quieres venir con nosotros? -preguntó el papá.

La respuesta no vino con palabras, sino con una rápida carrera hacia la puerta. Tres personas salieron juntas, papá, abuelo materno y una figura pequeñita entre los dos hombres. Qué bien se sentía caminar de la mano de esos hombres grandes, poderosos, que siempre tenían la respuesta a sus preguntas.

Se subieron al carro, y se dirigieron a un lugar impreciso. A los cinco años no se sabe los nombres de las calles ni direcciones, uno simplemente va a donde lo llevan los adultos que conforman su mundo y en los que confía ciegamente.

De repente, el papá detuvo el auto en una calle estrecha, una calle que ahora recuerda antigua pero bonita. El abuelo materno se bajó por el lado del pasajero mientras decía:
- No me demoro.
- No hay problema, don Pablo. Acá lo esperamos.

El abuelo materno se bajó y desde el asiento de atrás dos ojitos curiosos lo siguieron en cada paso. De repente, el abuelo materno tocó el timbre en una casa de puertas muy altas que debajo del timbre y de la placa con la dirección decía en letras enormes:
JOSÉ CARRERA PAZ
Representante comercial

"Ese nombre eran dos apellidos. Ese nombre existía", se dijo con fascinación. Una fascinación que hasta ahora le hace estremecerse cuando recuerda el momento.

martes, 7 de agosto de 2018

El smoking

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La gran final del concurso de belleza se iba a realizar en un teatro de la capital y sería transmitida a nivel nacional. El joven presentador de televisión fue designado para ser el maestro de ceremonias, y ya se habían ensayado todos los detalles. Con ese fin le enviaron a su casa el smoking que debía vestir la noche de gala.

Llegada la fecha, y con el tiempo necesario para ir al teatro, el joven presentador de televisión comenzó a acicalarse. Sacó el smoking de la caja, la camisa blanca con la pechera adornada, el fajín de seda para la cintura y la corbata michi. Pero al momento de vestirse observó algo extraño: los dos lados de la camisa tenían ojales y ningún botón. Buscó por todos lados, no había botones en la caja. No podía imaginar cómo se cerraba una camisa que tenía solo ojales en los dos lados de la pechera.

No había caso. Alguien había olvidado colocar en la caja los ganchitos adornados que, al juntar los ojales en la pechera, cerraban la camisa.

Fue un momento de desaliento. No había tiempo para salir a buscar los benditos ganchitos. No había cómo cerrar la camisa. No había forma de solucionar un problema que parecía tan mínimo, pero con grandes consecuencias, como no poder lucir el smoking para la noche de gala.

La solución vino de la esposa del joven presentador de televisión, que felizmente no era ajena al arte de la costura. Ella buscó un vestidito de su pequeña hija de dos años, que tenía una hilera de botoncitos negros adornados con un puntito brillante. Uno por uno sacó los botoncitos y los fue colocando en la pechera de la camisa que el joven presentador de televisión tenía ya puesta. Ahí sí los dos ojales cerraron juntos. Con paciencia y buen humor terminó su tarea, cosiendo con calma botón por botón, cuidando de no pinchar al joven presentador de televisión durante la tarea. Todo quedó perfecto. Nadie sospecharía que algo raro había sucedido.

Cuando llegó la hora del esperado programa y comenzó el concurso, sonaron las fanfarrias, se levantó el telón. Del fondo apareció la figura del joven presentador de televisión. En medio de aplausos llegó al centro del escenario y comenzó el programa. Todos pudieron verlo elegantemente vestido con smoking, el fajín de seda en la cintura, corbata michi y una hilera de botoncitos negros adornados con un puntito brillante en la pechera.