martes, 24 de noviembre de 2020

Ya son 13

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En este año loco, este blog cumplió 13 años. Y así seguirá, cumpliendo años y apagando velitas. Gracias por estar ahí.

lunes, 26 de octubre de 2020

"Dice que no está"

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Recordé una historia graciosa que me contaron hace tiempo.
Una señora, a quien llamaremos Sara, tena en una casa bastante grande con muchas habitaciones. Es que Sara alquilaba alojamiento para estudiantes, y la casa era ideal para que todos estuvieran cómodos.
Todo era armonía en la casa de Sara, pero las cosas se podían complicar cuando sonaba el teléfono. Nadie sabia quién estaba en casa, quién había salido, quién contestaba. Eso cuando se tenía suerte y el teléfono no daba ocupado por horas... a veces por dejarlo mal colgado.
Como es de suponer, todo esto ocurría antes de la invasión de ese invento llamado teléfono celular, que es cada vez menos teléfono y cada vez más cerebro.
Sonaba el teléfono y comenzaba el desorden:
- Por favor, ¿está Juan Pablo?
- Un ratito, voy a ver.
"¡Juan Pablo! ¡Juan Pablo!", el sonido de la voz se hacía más lejano a cada paso de quien buscaba a Juan Pablo.
Si había mucha suerte, el interfecto estaba en casa y contestaba el teléfono. Si había poca suerte, el interfecto no estaba y si no había nada de suerte, no solamente no estaba en casa sino que nadie le decía después que lo habían llamado. Pero lo más habitual era que quien contestara la llamada simplemente se olvidara y dejara en la mayor intriga a quien buscaba a Juan Pablo.
De todas las historias relacionadas con el caos telefónico en casa de Sara, la peor fue una que hizo que todos se pusieran en orden.
Sonó el teléfono, y quien llamaba tuvo la suerte de no encontrar el teléfono ocupado y de que le contestaran la llamada bastante rápido.
- Por favor, ¿está Juan Pablo?
- Un ratito, voy a ver -respondió un atento muchacho.
El muchacho que contestó la llamada se cruzó con Sara:
- Sara, llaman a Juan Pablo.
- No está, se fue a clases temprano. Toma el recado y anótalo en los papeles que hay ahí.
Con mucha diligencia, el muchacho que contestó tomó el teléfono y dijo:
- Oye, dice que no está.
- ...

miércoles, 23 de septiembre de 2020

El título esquivo

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Tenía la imagen en la cabeza, pero no podía recordar el título de la serie.
¿Cómo no podía recordar el nombre de esa serie cómica? Un abogado joven, de familia acomodada, muy elegante, muy serio de esos que se dice que lo tiene todo. Una muchacha de familia nada tradicional, hija de hippies, muy locuaz y alegre, de esas que se dice debió luchar por todo lo que tiene. Hasta puede ver a los personajes: él es alto, de pelo oscuro que peina con raya al costado, casi nunca se ríe; ella es rubia, bonita, siempre sonríe.
Caramba, ¿cómo se llama esa serie? Hasta se acuerda de que el título son los nombres de los dos protagonistas: "Tal y Cual" o "Cual y Tal", el orden de los factores no altera el hecho de que no se acuerda el título. Solamente recuerda que el nombre de ella era raro, único y por eso mismo difícil de recordar.
Eran como el agua y el aceite, tan distintos como el día de la noche, pero se querían. Se adoraban.
Hay alguien que se acordaría. Con lo fácil que sería llamarlo y preguntarle. Él lo sabría, Él lo sabía todo.
"Ay, a ver si me das el nombre de esa serie". Sabía que la respuesta a la pregunta llegaría pronto en el momento más inesperado.
Aunque dejó de pensar en el asunto, de rato en rato la pregunta sin respuesta volvía. Ni siquiera san Google podría ayudar, no sabía cómo formular la pregunta o qué palabras buscar.
Al día siguiente, ordenando cajones y muebles llenos de papeles, encontró un periódico de hace unos meses. Estaba abierto en la página del crucigrama... y ahí estaba la foto de la serie cuyo título no podía recordar.
Ahí estaban, ella sonriendo feliz, él muy serio.
Y ahí el título, en grandes letras mayúsculas: "Dharma y Greg".
Su respuesta llegó pronto en el momento más inesperado.

Dharma y Greg

domingo, 23 de agosto de 2020

El niño y el taxi

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Era un día especial, la abuela había invitado a almorzar al nieto. Iban más personas, pero el niño de diez años era el invitado de honor.
Desde temprano, la abuela se dedicó a cocinar el plato favorito del invitado, desde la entrada hasta el postre. Los demás invitados sabían quién era la estrella y nadie lo discutía.
Cerca del mediodía, sonó el teléfono pero la abuela no tuvo necesidad de contestar, su hija estaba más cerca. Unos minutos después, la hija se acercó a la cocina y le trajo la novedad: había llamado la mamá del nieto, que por motivos de trabajo estaba fuera de su casa, en otro punto de la ciudad. Estaba tan lejos que si iba de ahí a su casa para recoger al nieto para luego ir juntos a la casa de la abuela iban a llegar muy tarde. Así que le había pedido a un taxista de toda su confianza que recogiera al niño y lo llevara a casa de la abuela, y que calculaba que ella llegaría casi al mismo tiempo que el niño en el taxi.
La abuela reaccionó inmediatamente:
- Ni hablar, yo voy a recoger a mi nieto y lo voy a traer.
La hija le dijo que eso no tenía ningún sentido, que si la mamá del niño había pensado en esa solución era porque sabía que no habría problema, que confiara que todo estaría bien. Además, le hizo ver que entre ir y venir todo se retrasaría y sería peor.
La abuela se resignó y regresó a la cocina. Sabía que mandar al niño con un taxista conocido era la mejor decisión, pero no pudo evitar preocuparse. Su único pensamiento estaba en el niño, esperaba que llegara pronto y bien. Tan concentrada estaba en eso que casi se le quema lo que tenía en el horno.
Después de media hora interminable, sonó el timbre. La abuela se apresuró a abrir y suspiró aliviada cuando el niño entró tranquilo, ajeno a las preocupaciones de su abuela, con una pelota bajo el brazo. Saludó y fue corriendo al patio del fondo a jugar un rato hasta que lo llamaran a almorzar.
Al poco rato, llegó la mamá del niño, que corrió a saludarla. Cuando vio la pelota, la mamá preguntó:
- Hijito, ¿esa no era la pelota que estaba desinflada?
- Sí. Le pedí al taxista que fuéramos a inflarla. Él mismo se bajó, la infló y me la dio --contestó el niño con una sonrisa ufana.
La abuela y la madre del niño se miraron, sin pronunciar palabra se dijeron lo mismo: "y yo preocupada por todo el asunto".