miércoles, 9 de octubre de 2019

El misterio de los zapatos

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La mujer llegó temprano a su práctica de baile. No le gusta llamarla clase porque no es que aprenda propiamente. Practica baile como una manera de alejar las tensiones propias de la vida diaria, del trabajo, de la casa. De todo.

Como dicen las reglas del lugar, no puede entrar al salón de baile con los zapatos que se usan en la calle. Al llegar, todos deben descalzarse y entrar con medias o con calzado especial como el que se usa en el ballet.

Pero esto no es ballet. Lo que practican aquí son bailes en parejas, bailes de salón. Lo de bailar descalzos es además una protección contra los pisotones.

De su casa fue caminando al lugar. No tenía prisa, tenía tiempo. Iba con ropa cómoda, remataba el atuendo con unas sandalias que reciben el nombre de chancletas, chanclas o chalas según el país.

Dejó su calzado en los casilleros habilitados para tal fin a la entrada del salón de baile. Una vez adentro, se puso sus zapatos especiales tipo ballet. Apagó su teléfono y esperó a ver con qué estilo los sorprendía la profesora y quién sería su pareja ese día, muy decidida a disfrutar el baile y nada más.

Así pasaron dos horas. Dos horas que volaban. Volaban las horas mientras sus pies se deslizaban al ritmo de la música, atenta siempre a los pasos, a los giros, a las indicaciones de la profesora. Unas veces todo salía bien. Otras, no tanto. La diferencia la hacía la pareja, si el elegido bailaba tan bien como ella, el resultado era perfecto.

Pero nunca se dejaba frustrar por una pareja torpe. Ella iba a pasarlo bien.

Se acercó a donde se dejaban los zapatos. Como siempre, un pensamiento cruzó su mente: "¿y si alguien se había llevado sus zapatos por error?", pensamiento que siempre terminaba descartado pues sus zapatos estaban ahí, esperándola.

Cuando se agachó a buscarlos, no los vio. Revisó en todos los casilleros, por si alguien los hubiera movido de lugar.

Nada.

Preguntó en la oficina si los había dejado ahí, aunque sabía que la respuesta sería no.

Y fue no.

Esperó a ver si los veía en pies ajenos.

Nada.

Se resignó a ponerse el último par que quedó solitario. Se parecían a sus sandalias, pero no eran. Ni siquiera eran de su tamaño.

Por más que averiguó, por más que preguntó, por más que esperó su calzado nunca apareció.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Nostalgia por el terruño

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Me llegó este texto que expresas una dulce nostalgia por el terruño. Yo no lo escribí, pero asocio estos recuerdos con mis propios de la casa de mi infancia que vienen llenos de olores, sabores y sonidos de esa época aparecen hasta en sueños.
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VOLVER A VERTE

Cuando vuelva a verte tierra mía
Me envolveré en tus ramajes
Y en la undosa serpiente de tus ríos
Ahogaré mi nostalgia.

Llegaré por el aire
Tramontando las nevadas cordilleras
El frío y la neblina gris
De la ciudad sin sol y sin estrellas.

Me inundaré de colores
Pintaré con tus verdes mis retinas
Con el azul de tus mañanas claras
Y con el rojo sol del mediodía
Que se desmaya en tonos de oro y rosa
Cuando termina el día.

El sol que se deshace en arcoíris
Y la quebrada mansa y cristalina
Donde la cañabrava
Proyecta sombras de grácil danzarina.

Caminaré por calles conocidas
Repitiendo los pasos de mi infancia
Las mismas sombras que dejé en la acera
Saldrán a mi camino.
Y en la rosada aurora
De tus mañanas tibias
Encontraré la paz...
El tiempo detendrá su recorrido.

Ala del corazón, sombra del viento
Quiero volver a verte tierra mía.
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Ya van casi dos semanas que no veo al señor del paradero sentado en su sitio habitual. Tal vez la razón para su presencia tan temprano quedará siempre en el misterio.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Dieciocho años después...

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Cómo olvidar lo que el mundo vivió hace exactamente 18 años.

Si lo viviste, no hay necesidad de recordar lo que se reprodujo en millones de pantallas de televisión. Si te lo contaron, tampoco hay necesidad de explicar mucho porque seguro ya has visto las imágenes una y otra vez.

No entraré en detalles de lo que pasó, ni hablaré de las razones, ni las causas, ni las consecuencias. Eso lo dejo a los entendidos.

Voy a hablar de algo que viví tres años después en el mismo lugar de los hechos.

Corría abril de 2004, era la primera vez que iba a Nueva York. Pasé algunos días en casa de una amiga muy querida que en ese tiempo vivía en Nueva Jersey. De su casa, ir a Nueva York era muy fácil, así que casi era una visita obligada.

Tomé el tren como me enseñó mi amiga, hice el cambio en la estación indicada, donde tomé el otro tren que me dejó en Gran Central Station. Ahí estaba yo, en el mismísimo Madison Square Garden, tantas veces mencionado. Y frente a mis ojos, la famosa estación que había visto en tantas y tantas películas y series.

Con un mapa en la mano, fui al encuentro de otra amiga que me indicó cómo llegar a la Zona Cero. Iba a ir sola, era día de trabajo para todos los que estaban en su rutina.

La instrucción era sencilla: tomar no recuerdo qué línea del metro y bajar en la que se había convertido en la última estación desde ese septiembre de hace 18 años. De ahí debía caminar en línea recta. No había pierde.

Pero me perdí.

No sé qué pasó, tal vez salí por la puerta equivocada de la estación. Tal vez fui a la derecha en vez de la izquierda. Me suele pasar, ya estoy acostumbrada y sé qué hacer. Entré a la primera tienda que encontré, pedí indicaciones, que me dieron amablemente.

Estaba a dos cuadras de la Zona Cero. Comencé a recorrer esa distancia.

De repente, una sensación fea me empezó a oprimir el pecho. Me faltaba el aire. Me sentía mareada. No podía respirar. Ni más ni menos que si estuviera a 5000 metros de altura, pero no estaba para nada tan alto. Hasta sentí ganas de dar media vuelta e irme de ahí. Pero no me detuve.

No entendía qué pasaba.

Casi sin aliento seguí caminando hacia donde me habían indicado. Seguía sin entender la razón de tan fuerte malestar repentino.

En eso, levanté la vista. Ante mí estaba la entrada de lo que hasta el 11 de septiembre de 2001 había sido la estación final del metro. En medio de polvo, en grandes letras mayúsculas aún se leía "World Trade Center". A mi derecha, hasta donde alcanzaba la vista, se extendía un enorme terreno en el que se divisaban unos cuantos hombres trabajando.

Ahí lo entendí todo. Tres años después, la energía negativa emanada ese día aún se podía sentir.

Me sobrecogió pensar cuántos lugares en el mundo deben emanar esas mismas sensaciones.

Tremendo, de verdad.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Complicidad familiar

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Esta historia le pasó a la amiga de un conocido. Si bien parece la introducción de una leyenda urbana, estos hechos son reales. Doy fe.

Madre e hija salen del edificio en el que viven y se cruzan con una vecina. Se saludan al paso, y la vecina deja una estela de perfume muy agradable. Madre e hija dicen "qué rico perfume".

Un foquito se prende.

A los pocos días, la hija se encuentra con la vecina y le pregunta el nombre del perfume. Ella promete dárselo a la mayor brevedad posible pues no lo tiene en la cabeza.

Varios días después, la vecina se encuentra con la madre y le entrega un papelito con el nombre del perfume. La madre se lo entrega a la hija.

Cuando la hija vio la marca del perfume, fue grande su alegría. Es justamente donde trabaja su sobrino, así que lo contactó y le contó la historia en tres palabras. Al final, le preguntó si podía comprarlo y la respuesta del sobrino fue "claro, lo que sea por mi abuela". Eso sí, advirtió, no sabía cuánto se demoraría en llegar el pedido. "No importa", fue la respuesta, "como es sorpresa puede llegar en cualquier momento".

La mañana siguiente el sobrino comunica que llegó el pedido. "Qué eficiencia", pensó la hija. "Te lo acabo de mandar con un mensajero en este momento", ofreció el sobrino. Doble eficiencia.

La distancia es corta, así que menos de 15 minutos después la hija tuvo el perfume en sus manos. Feliz con toda la aventura, fue donde la madre y le dijo: "sorpresa, te compré el perfume de la vecina, ese que te gustó, cuyo nombre le pediste".

Sorprendida, contenta, la madre lo abre, lo huele, se lo pone en ese instante, sonríe y dice: "en verdad, le pedí el nombre porque pensé que te había gustado a ti".

¡PLOP!