domingo 19 de febrero de 2012

Estampas callejeras

Una muchacha llora desconsolada sin hablar, mientras sostiene el celular a la altura de la oreja. El interlocutor habla sin que lo interrumpan. ¿Estará la muchacha escuchando razones que acarrean decisiones definitivas? ¿Estarán dándole explicaciones que ella preferiría no escuchar?

Un conocido publicista que no tiene un pelo de tonto cruza la avenida miraflorina de doble sentido aunque el semáforo le indica que debe esperar todavía 15 segundos más. Pasa al costado de alguien que lo mira con evidente desaprobación y que debe contenerse las ganas de gritarle "¡este santo no!"

Una mujer, harta de que su vecino le deje la basura en la puerta, pone un cartel en el poste de luz que está frente a su casa. Cada día, un cartel distinto. Se puede interpretar que al vecino le importa un reverendo pepino el papel de la mujer y que no solamente lo arranca y lo rompe, sino que sigue dejando su basura en donde le han pedido, siempre en tono educado, que no la deje.

Un niño pequeño, acompañado de una mujer adulta, cruza la pista subido en su triciclo. Cuando va a la mitad de su recorrido, ve que a lo lejos viene un carro. El niño mira hacia adelante y hacia atrás. Tiene dos opciones: o sigue rápido y llega a la vereda del frente o retoma sus pasos y regresa por donde vino. Opta por lo segundo, pero por precaución, se baja del triciclo y lo jala hasta estar de nuevo en lo que considera puerto seguro. El carro que motivó su decisión voltea una cuadra antes de llegar a donde está el niño con su triciclo.

Un cartel pegado en un poste incluye la foto de un gato que parece fino. Es un anuncio de recompensa a quien encuentre la mascota perdida pocos días antes. A mano, ayudado por la letra de algún bromista, el gato dice: "je, je, por fin conseguí mi libertad".
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viernes 10 de febrero de 2012

Frases frecuentes

Algunas frases que se repiten o repetían con frecuencia en series que veo o veía.

Sé lo que están pensando. Y tienen razón.
Thomas Magnum en Magnum P.I.

No sé a qué te refieres con eso.
Temperance Brennan en Bones.

¡Heyyyy!
Arthur Fonzarelli, Fonzie, en Happy days.

Arreando, que es gerundio.
Antonio Alcántara en Cuéntame cómo pasó.

¡Oye, rubia!
David Addison en Moonlighting.

Me encanta cuando un plan se realiza.
Coronel Hannibal Smith en The A Team.

Las coincidencias no existen.
Leroy Jethro Gibbs en NCIS.

Confía en mí. Sé exactamente lo que hago.
Inspector Sledge Hammer en Sledge Hammer.

Oh, por Dios... ¡Magnum!
Jonathan Quayle Higgins en Magnum P.I.

¡Newman!
Jerry Seinfeld en Seinfeld.

Presunto... presunto estafador.
Neal Caffrey en White collar.

¡Ay Señor, Señor!
Abuela Herminia en Cuéntame cómo pasó.
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jueves 2 de febrero de 2012

El adiós a la tierra

Hace poco, alguien que quiero mucho vendió el último bien material que lo unía a la tierra donde nació. Esa persona escribió un texto al respecto, que reproduzco a continuación sin su permiso. Por eso, he quitado toda referencia a lugares concretos y los he reemplazado por el nombre de otro lugar que algunos sabrán reconocer: Sagrillas. Podría haber escogido Maycomb, Giancaldo, Avonlea o Ystad. Pero me quedo con Sagrillas.

ADIÓS ADIÓS SAGRILLAS
Cerraron la puerta, o tal vez no era necesario, no había nada que cuidar. Quedó todo vacío: la sala sin los escritorios de papá, ni los muebles, ni el “espejo de cuerpo entero” de mamá, ni las fotos de la familia ampliadas por algún artista ambulante. El reloj de la empresa donde trabajó papá (del que nunca quiso desprenderse porque le hacía recordar años y años de trabajar en esa oficina). Las flores de papel que hacía mamá sobre un florero, seguramente regalo de matrimonio. Y el aparador, con la vajilla de loza sobreviviente de otros repartos. La pequeña refrigeradora inservible desde hace años. 
Todo eso, ya no estaba. Y adentro, en los dormitorios: camas, mesitas de noche, los roperos de papá y mamá, los adornitos. El rinconcito con los santitos y las fotos de los abuelos, donde se arrimaba mamá para rezar por nosotras, sus hijas. Nada, ya nada está. Todo desapareció igual que los años y años de vivir en esa casa, con su balcón que permitía ver el río, las calles vecinas y hasta el interior de la casa del frente.
El balcón a donde sacábamos las mecedoras en las noches calurosas para recibir aire fresco antes de irnos a dormir... Las mecedoras... 
Se acabó nuestra vida en Sagrillas.
Ya no estaban nuestros padres desde hace algunos años, es cierto, pero cuando íbamos teníamos la ilusión de verlos aparecer por ahí, con su risa, con su sonrisa, con su enorme alegría de vernos llegar desde el balcón, y esperar que subiéramos por esa escalera que papá se cuidaba de mantener bien iluminada, en cuanto llegábamos. 
Adiós Sagrillas.
No sé si volveré alguna vez. Tendría que ser muy valiente para pasar por aquella calle y mirar hacia el balcón esperando ver ahí arriba a esas dos personitas que sonrientes y ansiosas nos veían llegar desde lejos, en un motocarro, y entrar por la puerta y subir la escalera para llegar al balcón y fundirnos en abrazos llenos de risa y alegría, aunque fuera de vez en cuando, de vez en vez, como dice la canción.
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jueves 26 de enero de 2012

Esos indescriptibles segundos

Situación uno
Entras a una tienda de ropa informal con la idea de comprarte un jean:
- Señorita, buenos días. Estoy buscando un jean modelo clásico, con corte a la cintura, sin desteñidos ni deshilachados.
- ¿Azul o celeste?
- Celeste.
- ¿Qué talla?
- 34 -la misma talla que usas desde tiempos prácticamente inmemoriales.
- ¿Para usted? -quiere saber la vendedora.
- Si, para mí -respondes, y algo se agita en tu interior.
- No, 34 no. Usted no es talla 34 -dictamina la vendedora, muy segura de sí misma, mientras te echa un vistazo de arriba a abajo.

En ese instante, te arrepientes de todos los chocolates, los heladitos, las empanaditas, los pollitos a la brasa, las pizzas, los panes con jamón y queso, los quequitos, las galletas, las hamburguesas, las crepes, los desayunos con vista al mar, los lonchecitos mirando al atardecer, las Coca Cola superhelada (nada de dieta, nada de hielo). Te arrepientes hasta de lo que todavía no has comido y juras que nunca más, ¡NUNCA MÁS! vas a volver a darte un gustito de esos porque a la larga salen caros.

- Usted no puede ser más de una talla 32 -sentencia la vendedora.

Recobras el aliento y sientes que el corazón retoma su ritmo. Entonces, te pruebas la talla 32, y ves con agrado que te queda bien. Es más, te queda un poquito flojo. No lo puedes creer. Todas las promesas de segundos antes quedan en nada.

- Qué buen ojo, señorita. El pantalón me quedó perfecto. Me voy a llevar el que me probé y uno igualito más oscuro.

Situación dos
Estás en una tienda mirando ropa. No tienes la menor intención de comprar nada, solamente estás mirando. A lo lejos, una mujer te observa y te observa. Casi te incomoda, pero decides ignorarla. Hasta que parece armarse de valor y se te acerca:
- Hola. Disculpa, quiero ver si me puedes ayudar -dice, bastante avergonzada.

Piensas que te va a pedir plata, que te va a venir con el cuento de que le han robado y que no tiene cómo regresar a su casa. Pero te equivocas.
-Es que estoy buscando un regalo para mi sobrina y me gustaría regalarle esta casaca -y te muestra lo que tiene en la mano.
- ...
- Te he estado mirando y creo que eres como mi sobrina. Si, creo que eres igual que ella... -.

En el instante que abre la boca para seguir, tu cabeza se pone como un remolino. Te preparas para lo que sigue, casi te pones a la defensiva y te alistas para devolver el golpe.
- Mi sobrina es flaquita, igual que tú.

Te han dicho muchas cosas en tu vida, pero flaquita jamás. Te pruebas la casaca, te queda bien. Te pruebas una igual de talla más chica y otra de talla más grande. La mujer opta por la primera que te probaste. Te agradece con una enorme sonrisa. Sales de la tienda, con una sonrisa más enorme todavía.
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