miércoles, 27 de mayo de 2020

La novela incompleta

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La tía Angelita era una gran seguidora de telenovelas. Era cosa de llegar del colegio y encontrarla viendo la última novela del día, después de varias más que ya había disfrutado durante la mañana.
Las novelas venían de muchos lugares. Eran sobre todo mexicanas y venezolanas, pero también hubo algunas argentinas.
Una de esas novelas argentinas se llamaba "Lucía Bonelli". En el Perú se vio esa novela con expectativa pues salía la actriz peruana Emily Kreimer, que murió bastante joven. Hacía de la hija de Lucía Bonelli, que además tenía otros tres hijos nombres con nombres bíblicos.
De lo poco que recuerdo de la trama, Lucía Bonelli queda viuda inesperadamente en el primer capítulo y como si eso no fuera suficiente, se entera de que la familia está en la quiebra.
Como era un mujer decidida, porque no ponen como título de una novela el nombre de cualquier pusilánime, la señora Bonelli se pone al frente de las empresas de la familia, porque siempre son en plural. Y como suele pasar en las novelas, una señora que probablemente antes solamente se había dedicado a ser la millonaria esposa de un millonario resulta ser una estupenda empresaria que "saca adelante a su familia".
Sola.
Cierto que contaba con la ayuda de algunos colaboradores, pero ella era el cerebro, la que  tenía el olfato, la que tomaba la decisión final. Siempre acertada, claro.
Como era de suponer, a doña Lucía no le faltaban galanes. Al menos no le faltaba un galán, cuyo nombre solamente recuerdo como Fontana.
A los hijos de Lucía, sobre todo a los hijos hombres, no les gustaba el tal Fontana. Y no lo disimulaban. Le hacían la guerra.
Y parecía una injusticia.
Hasta que llegó una escena inolvidable en que una mujer se presenta ante Lucía Bonelli y le anuncia que es "la esposa de Fontana".
Lo vimos un viernes, y ahí acabó el capítulo.
No quedaba más que esperar hasta el lunes.
Y así llegó el lunes. Ahí estaba la tía Angelita, lista para seguir la trama, intrigadísima. Y sin embargo, a la hora acostumbrada de "Lucía Bonelli" dieron cualquier otra novela.
Sin más.

sábado, 16 de mayo de 2020

La amiga del pan

Todos los días, la niña se sienta a tomar desayuno con sus hermanos. Casi siempre los acompaña en el desayuno una tía a la que todos quieren mucho y que vive en su casa. Es su tía, pero no le dicen tía, la llaman por su nombre. A veces, dependiendo de la hora, su mamá y su papá también comparten la mesa, si es que no han salido ya a trabajar.
La niña observa lo que hace su tía. Le gusta ver cómo mezcla todo el huevo frito, cómo la yema cruda se junta con la clara frita, cómo todo queda amarillo por efecto de la yema y de la mostaza que pone la tía. Acto seguido, la tía abre el pan y mientras le saca toda la miga posible dice:
- No hay que comer la amiga del pan.
La niña observa, absorbe pero no dice nada. Nunca pregunta qué tiene de malo la amiga del pan, por qué hay que dejarla a un lado. No, se limita a observar y absorber.
Y así se limita a quedar intrigada. No entiende, porque a ella le gusta estar con sus amigas. Ya va al nido y tiene un grupo de amigas con la que juega y se ríe. Le gusta verlas en los cumpleaños, ya ha ido a varios en los últimos tiempos y lo mejor es jugar con las amigas. También con los amigos del nido. Se le hace raro verlos a todos con ropas elegantes y no el mandil plomo con el que van al nido.
Día tras día, desayuno tras desayuno, la niña ve a su tía sacar la miga del pan. Hasta aprendió a hacerlo ella también. Aprendió también a comer el huevo frito como lo hace su tía, aunque no le sale tan bien. Se le derrama por los costados del pan. No le importa, lo que le importa es el sabor.
Hasta que un día se animó y preguntó:
- ¿Por qué tengo que dejar al pan sin su amiga?
- ¿Su amiga? ¿Qué amiga? -preguntó la tía extrañada.
- Sí, tú siempre dices que no se come la amiga del pan.
- No -contestó la tía entre risas, casi sin poder hablar. Lo que no se come es la miga del pan.
Pasaron los años, y la niña ya no es niña. Hace tiempo que ya no va al nido. Pero todavía saca toda la miga del pan. Y todavía hace la misma mezcla con el huevo frito.
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Cambiaron algunas cosas en Blogger. Habrá que acostumbrarse.


viernes, 1 de mayo de 2020

Perdonen pero...

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Toda esta situación de cuarentenas, confinamientos, distanciamiento social, inmovilización obligatoria y similares genera diversidad de sensaciones y sentires. Y algunos me tienen realmente harta.

Ya me harté de comentarios, supuestamente irónicos, de gente que dice no bañarse hace no sé cuántos días, que se queda con pijama todo el día, que ya ni siquiera se peina. Trabajo en mi casa desde hace cuatro años, y no hay un solo día que no me bañe, que no me cambie de ropa. Creo firmemente que no se trata de hacerlo para que los demás me vean sino de hacerlo por mí, para sentirme bien. Qué triste debe ser la vida para quien vive para la opinión de los demás.

Ya me harté de las "bromas" de no saber qué día es, de que "es viernes y mi cuerpo no lo sabe", de que saldremos a la calle con las calendas griegas. Ya sé que es una manera de llevar la incertidumbre, pero es muy cansador leerlo por todos lados.

Ya me harté de las quejas de por qué acá se así si allá se hace asá y tienen tales índices. Ya me hartaron los expertos de teclado, los que solamente salen a criticar sin exponer media sugerencia. Ser expertos de teclado es bien fácil. Como se dice, "una cosa es con guitarra y otra con cajón".

Ya me harté de esos reenvíos de mensajes con noticias absurdas, entrevistas a niñas que dicen hablar con Dios, y otras más que comienzan con "el primo del amigo de mi vecina trabaja en el ministerio y me he dicho que" seguido de una falsedad de lo más alarmista. Por favor, que tengan medio dedo de frente y piensen antes de reenviar alegremente algo que obviamente no tiene ningún sentido.

Y al que le caiga el guante, que se lo chante.

La lista es mucho más larga, pero tampoco quiero hartar a los amables lectores.

martes, 21 de abril de 2020

El niño del balcón

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- ¡Hola!

La voz infantil suena a lo lejos. Desde donde estoy, solamente puedo intuir que es un niño aburrido por el encierro y que lanza saludos al aire para romper la monotonía de las últimas semanas.
- ¡Hola! ─vuelve a gritar el niño, sin mucha convicción.
- ¡Hola! ─contesta una voz masculina, más lejana que el niño. ¿Cómo te llamas?

Tal vez asombrado por haber tenido respuesta, el niño demora unos segundos en contestar. Con voz más fuerte, contesta algo que se puede entender como Rafo o Marcos. Me quedo con Rafo.

- ¿Cuántos años tienes?
- Cuatro. ¿Y tú?
- Un poco más ─ríe el hombre sin soltar prenda.

Y así comienza un diálogo trivial como el que se tiene con los niños pequeños. Y sin querer me entero de que Rafo vive con sus papás y su hermano menor “que es bebé y no habla”. Que habló con sus abuelos "por la computadora", que su hermano también quiso participar también en la llamada con los abuelos "pero él no habla".

Luego Rafo le pregunta "cuándo se va el virus para poder salir". El hombre le dice que no sabe pero que seguramente será pronto. Que es mejor que se quede en su casa para que el virus no entre y no se enferme nadie.

- ¿Tú con quién vives?
- Con mi esposa y un perro. Se llama Odie. Lo saco a pasear todos los días.
- Yo quiero tener un perro, pero mi mamá dice que no.

De repente Rafo dice que lo llama su mamá.
- Chau.
- Chau, Rafo. Otro día volvemos a hablar.
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Haz como Rafo y quédate en casa.