viernes, 11 de abril de 2014

"¿No tendrá otro billetito?"

Pasa un día cualquiera, en que vas a comprar algo con el mejor de los buenos ánimos.

Al momento de pagar, sacas un billete y lo entregas al vendedor. Como si se desencadenara una serie de mecanismos contenidos en un protocolo que casi has aprendido a conocer, el vendedor escudriña tu billete, lo mira por el anverso, lo mira por el reverso, se lo acerca a los ojos, lo mira de lejos, lo estira al punto que sientes que lo va a romper, lo pone a contraluz, lo vuelve a mirar por el reverso y luego por el anverso. Entonces, te lanza una mirada indescifrable y te dice con tono que parece de pregunta:
- ¿No tendrá otro billetito?

Encima te lo dicen así, con un diminutivo, como para que duela menos, o la molestia sea menor o para que no creas que le tienen cólera a tu billete, o quién sabe para qué.
- ¿Qué tiene este billete de malo?
- Es que está rotito -de nuevo el diminutivo.

A la vez que te dice eso, te muestra una muesca de un nanomílimetro de largo, apenas perceptible al ojo humano. Debe ser imperceptible para un lince también.
- ¿Dónde esta rotito? -siguiendo el mismo estilo.
- Acá, ¿no lo ve?
- No, no lo veo.
- Es que así no se lo puedo recibir.

Estás ante dos opciones: cambiar el billete o pelear. Más de una vez he optado por lo primero, cuando realmente reconozco que el rotito existe, después de un minucioso escrutinio y siempre pensando que lo puedo entregar en una próxima transacción comercial. Sin embargo, en más de una ocasión no lo he querido hacer así:
- Tal vez usted no, pero se lo recibirá cualquier otra persona, tal como yo lo recibí.
- ...
- Además, el Banco Central de Reserva tiene una directiva sobre cambio de billetes deteriorados, y aunque ese billete no está deteriorado ni rotito, se lo pueden cambiar.

Ese es el tipo de respuesta que puedes recibir cuando tienes un abogado al frente. Quedan dos opciones, que el vendedor acepte el billete o que insista en su negativa. Si acepta el billete, se completa la compra y todos quedan felices. Si el billete no es aceptado y tú insistes en que el billete está perfecto, la única salida es decir:
- Entonces no compro nada. Gracias -y haces el ademán de irte.

Lo más seguro es que la compra se concrete luego de esto, especialmente si el comprobante de pago respectivo por la transacción ya fue emitido.

No sé cómo será en otros países, pero en el Perú la gente es sumamente detallosa con los billetes. La situación empeora cuando el pago se hace con dólares, algo bastante habitual por estos lados. Ahí sí, quien recibe el billete no transige por nada del mundo. En realidad es una situación ridícula, porque en Estados Unidos, el hogar de los dólares, circulan billetes rotos con la mayor tranquilidad. Me refiero a billetes rotos de verdad, no uno con un invisible rotito.

Ahí quisiera ver a los vendedores y cajeros peruanos preguntarle al cliente si "no tendrá otro billetito".

jueves, 3 de abril de 2014

Desconectados no podemos nada

El otro día, A perdió su celular. Lo último que hizo con ese teléfono fue contestar una llamada mientras caminaba por la calle. Dice que lo guardó, y se dio cuenta de que no lo tenía cuando quiso hacer otra llamada un rato después. El teléfono había desaparecido.

No le quedó más remedio que suspenderlo y adquirir uno nuevo.

Al día siguiente, A fue muy temprano a comprar su nuevo teléfono. No quería complicarse la vida con tecnologías que cree que ya no podrá aprender, así que su idea era un teléfono simple, que le permitiera hacer y recibir llamadas, enviar y recibir mensajes de texto y poco más.

Una vez que venció los afanes de la persona que le atendió, que a toda costa quería venderle un teléfono de esos inteligentes que abundan ahora, A salió feliz con su celular nuevo que cumplía con todos los requisitos que buscaba. Hizo algunas llamadas de prueba sin ningún problema y se fue a su casa.

Esa misma tarde, notó que el teléfono no tenía línea. Lo apagó y prendió varias veces, pero no hubo cambio. Intentó llamar a la empresa prestadora de servicio celular, pero no lo logró. Marcó un número en el que le contestó directamente una persona y no una máquina. Le pareció muy raro a A, pues la costumbre es pasar por infinidad de grabadoras que mencionan una serie de opciones que rara vez contienen lo que se busca. Le contó toda la historia y la respuesta que recibió fue:
- Tendría que llamar en todo caso a lo que es este mismo número, pero en todo caso marcar lo que es la opción 6.
- Pero no me contestó ninguna máquina con opciones, de frente me contestó usted -replicó A.
- Qué raro. En todo caso, vuelva a llamar y marque lo que es la opción 6.

Obedientemente, así lo hizo A y de nuevo, le contestó una persona que le dijo lo mismo, que volviera a llamar y marcara la opción 6. A, siempre paciente, estaba empezando a hartarse. Intentó una tercera vez, y lo mismo.

No le quedó más remedio que ir de nuevo a presentar su reclamo. El hombre de la puerta se le acercó muy amable y A le contó su problema. La aparente solución fue apagar y volver a prender el teléfono, y el teléfono volvió a la vida. "Qué raro", se dijo A, pero como su pericia con estos aparatos es casi nula, pensó que algo habría hecho mal.

Esa noche en su casa, de nuevo, notó que el teléfono volvió a quedarse sin servicio. Lo apagó y prendió varias veces sin éxito. Con resignación, programó su mañana de sábado para ir, por tercera vez en 24 horas, a presentar su reclamo. Esta vez, pediría que le atendieran propiamente, no dejaría que le despacharan en la entrada.

Cuando le llegó su turno, contó el problema como por décima vez y la respuesta fue que era cosa de la línea, que como la había suspendido, algo estaba fallando con la restauración del servicio. Después de largos minutos de ingresar códigos en una computadora, de múltiples consultas telefónicas, de una que otra pregunta entre trabajadores de la empresa, A recibió la buena noticia de que el teléfono estaba totalmente funcional. Dice que lo probó y que finalmente funcionaba.

Ojalá que al leer esto, A no me termine contando que los problemas siguieron, al igual que las contradicciones de una empresa que dice la vida es más cuando se comparte, pero que a la hora de la hora, lo único que saben hacer es echarle la culpa al usuario. ¿Y el compartir? Muy bien, gracias por preguntar.

martes, 25 de marzo de 2014

De noche en París

Una abuela del siglo XX, bastante actualizada en nuevas tecnologías, reflexiona al ver a su nieta, una niña nacida en el siglo XXI, con todo lo que eso implica.

AHORITA ES DE NOCHE EN PARÍS
Te miro. Veo tus manos pequeñitas delizándose por el smartphone de tu mamá. Estás buscando las fotos de tu fiesta de cumpleaños, te detienes en una, aquella en donde soplas las velitas, las cinco velitas. Giras, vuelves, escoges con tus deditos. Ahí están las fotos.

Te cuento. Hace muchos años, mi papá, tu bisabuelo, tenía una cámara Kodak. Era rectangular, mi papá la había pintado de verde porque estaba oxidada. Le ponía un rollo de película dentro y tomaban las fotos. Solo las podían revelar cuando llegaba un fotógrafo al pueblo. Pero, ¿sabes qué?, yo tengo todavía esas viejas fotos. Opacas, borrosas, pero ahí están Reconozco a todos los que posaron para esas fotos. Estaban jóvenes, risueños. Yo me veo ahí, pequeñita como tú, junto a tu tía, mi hermana.

Y ahora llegas tú. De esas fotos viejas tomadas por la cámara Kodak solo quedamos tu tía y yo. En esos tiempos, cuando teníamos tu edad, sólo conocíamos nuestro pequeño pueblo, ni siquiera Lima, lo demás solamente estaba en los libros que leímos ávidamente, mucho después. Como por ejemplo las Tradiciones de Ricardo Palma. Seguro que no las conoces.

Por eso ahora, veo con asombro todo lo que sabes y dices. Mientras buscabas las fotos, hablaban de una amiga de tu mamá, que vive en París. Querían llamarla para saludarla por su cumpleaños, pero tu, mi pequeñita de cinco años sentenciaste; “Ahorita es de noche en París”.

¿Cómo pudiste saberlo? Creo, estoy segura, que escuchaste de pasada esa información y se quedó en tu cabecita. O tal vez alguien estaba escribiendo por el smartphone de tu mamá, desde París.

Y ahora te veo, te observo mirando las fotos en el smartphone de tu mamá con tus pequeños deditos, y recuerdo la vieja cámara Kodak pintada de verde de mi papá, tu bisabuelo.

martes, 18 de marzo de 2014

Lo bueno de lo malo

Alguien que conozco tuvo un problema en su casa el otro día.

Me cuenta que acababa de llegar a su casa y que estaba en la cocina, una mañana cualquiera de un día de semana cualquiera, cuando notó que el piso tenía un poco de agua. Fue a ver de dónde provenía y vio que salía de un depósito que conduce el agua de los baños del edificio donde vive directamente hacia el desagüe. Como su departamento está en el primer piso, el agua sucia debe pasar por ahí obligadamente antes de perderse en el drenaje de la ciudad.

El flujo de agua no era muy fuerte, pero era constante y en un rato el agua amenazaba con entrar a su casa. Para evitar eso, se puso a barrer tan rápido como pudo con una mano mientras con la otra llamaba apresuradamente por teléfono a un gasfitero conocido que solucionara el problema.

Mientras seguía evitando que el agua ingresara a su casa, marcó el teléfono del maestro, que es como llamamos en el Perú a todos aquellos hombres que ejercen un oficio muchas veces de manera empírica. A la vez, rezaba para que el gasfitero estuviera cerca y el inicio de los arreglos no demorara. Felizmente, el hombre le dijo que estaba a una cuadra de su casa, así que en menos de un minuto llegó.

Lo primero que le pidió fue detener el flujo, de agua. Para eso, tenía que abrir la tapa de otro buzón que esta fuera del departamento, en el área de los estacionamientos, justamente en el lugar de un auto que nunca sale y cuyo dueño nunca está en casa. Por suerte, ese preciso día, el auto no estaba en su lugar habitual, con lo que el maestro pudo trabajar sin ninguna dificultad. Tampoco estaba otro carro, que de haber estado estacionado en su sitio de siempre, no hubiera dejado que el hombre pudiera transitar libremente.

Luego de unos quince minutos, quedó detenido el flujo del agua, aunque había que seguir sacando todo lo que se había derramado en la cocina en el camino hacia el exterior y que apenas entró a la casa. A pesar de ser agua sucia, agua de desagüe, el olor no era todo lo desagradable que se podría suponer.

El gasfitero hizo su diagnóstico en poco rato. Había pasado lo que era previsible, que las tuberías se habían atorado por una serie de cosas que incomprensiblemente las personas arrojan por el inodoro. Me dicen que el maestro encontró hasta un trapo.

Casi dos horas después, cuando ya todo se hubo limpiado todo, se pusieron las tapas de los desagües de vuelta a su sitio, las cosas volvieron a la normalidad. Y vaya que sí, pues al poco rato, uno de los autos que hubiera sido un gran impedimento para realizar el trabajo ya estaba estacionado en su lugar de siempre, sin enterarse de lo que minutos antes había estado pasando.

Muchas circunstancias buenas en medio de un acontecimiento francamente malo.