sábado, 16 de mayo de 2015

Hasta siempre, tía Titita

Su partida de nacimiento decía que tenía cinco nombres. Yo la conocía como Maricarmen, aunque de chicos le decíamos la tía Titita. Sus nietos la volvieron a bautizar como Maque tiempo después.

Era mi madrina, amiga de mi mamá desde los tiempos en que ambas llegaron a Lima a estudiar en la universidad, una Medicina, Ciencias Económicas la otra. Venía de Huancayo, directo a una pensión regentada por monjas, en donde conoció a mi mamá. Curiosamente, las dos cambiaron de carrera y terminaron estudiando Periodismo.

Si sacamos cuentas, esa amistad hace rato que cumplió las Bodas de Oro. Y estaba firme como el primer día.

Su nombre venía asociado a mil historias de confusiones y despistes, a cual más graciosa. Resulta que Maricarmen nació zurda en un tiempo en que eso era malo, en una época en que a los niños zurdos se les amarraba la mano izquierda para que escribieran "como tiene que ser". Ella lo resolvió escribiendo como diestra en el colegio y como zurda en su casa. Lo que sin duda es un logro que merece todo reconocimiento le valió no tener idea de cuál es la derecha y cuál la izquierda. Felizmente, yo vivo en un tiempo en que a los zurdos nos dejan expresarnos libremente con la mano que más nos acomoda.

Por lo tanto, para ella perderse era lo más común. Una vez, en sus tiempos universitarios, regresando a casa en un bus, se encontró con la ruta cerrada por algún motivo. Como el bus tomó otro camino, ya no supo dónde estaba ni cómo retomar las calles que tuve que aprender a conocer de memoria. Terminó regresando en un camión, sentada al lado de un amable chofer que accedió a llevarla a su casa, y que le daba fuertes pisotones cada vez que apretaba algún pedal. Por no pecar de malagradecida, aceptó cada pisotón sin decir nada.

Era admirable cómo tomaba esos incidentes con un humor envidiable.

No se contentó con estudiar Periodismo. Su sueño era ser abogada, y lo consiguió cuando ya era madre de hijos profesionales. Se llenaba de orgullo cuando contaba que estaba estudiando y luego cuando se graduó. Después quiso abrir un blog, aventura en que la acompañé. Hasta ahora me asombro de lo rápido que aprendió y de cómo creció su lista de amigos por ese medio. Por eso decía que yo era su madrina de blogs. Lamentablemente, personas inescrupulosas tomaron por asalto su cuenta y se vio obligada con mucha pena a dejar blog y amigos.

Esta mañana me enteré de que ya partió. Después de pasar meses enteros enfrentándose a una serie de reveses a su salud de los que no vale la pena ni recordar ni mencionar, podemos decir que ya descansa.

Hasta siempre, tía Titita.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Otros ángeles mecánicos

Después de la historia de los ángeles mecánicos, me mandaron otra historia que con permiso de quien me la envió, publico a continuación.
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Iba yo manejando mi carro por la Vía Expresa, una vía rápida en Lima que tiene pasos a desnivel y puentes. Para salir de la vía, hay varias pistas laterales en subida con espacio para dos carros, de aproximadamente 100 metros de largo.

Subía yo con la mayor tranquilidad, cuando el carro comenzó a fallar y a más o menos a la mitad del ascenso, se apagó sin más. Con mucho miedo, puse el freno de mano mientras trataba de encenderlo una y otra vez. Pero nada. No me quedó otra solución que salir del carro, esperando que a mi lado no pasara otro a gran velocidad.

Dejé el auto a medio camino de la subida con la idea de buscar un teléfono público para pedir una grúa de auxilio mecánico que sacara mi auto, y a mí, de esa peligrosa situación. Eran otras épocas, no había celulares... que fácil sería ahora.

Caminé algunas cuadras, pero no encontré ningún teléfono. Así que regresé a donde estaba mi carro pensando que tal vez podía esta vez arrancar el motor. Por mi lado pasaban algunos autos y hasta me tocaban la bocina con insistencia, en medio de mi angustia porque el motor seguía sin arrancar.

Estaba en esas cuando a mi lado, en plena subida se detuvo una grúa. Sí señores, una grúa, sin marcas ni nombres de ninguna empresa, pero una grúa al fin y al cabo. Me dijo el chofer por la ventana: ¿quiere que le ayude a salir? Le dije que si moviendo la cabeza con una mezcla de desesperación y alivio.

Entonces se puso delante de mi carro, bajó de la grúa y colocó una enorme cadena. Me hizo señas para que me sentara a su lado y así los dos, sentados en la grúa avanzamos, mientras la cadena jalaba mi carro. Así subimos y llegamos a una zona segura, a dos cuadras de distancia.

Ahí bajamos los dos, y él sacó la cadena. Entonces le pregunté: ¿cuánto le debo? Me hizo una señal negativa con la mano, sin decir palabra. Luego volvió a entrar a la grúa y se fue, muy tranquilo.

Yo subí a mi carro que comenzó a funcionar perfectamente. No alcanzaba a comprender y hasta ahora no entiendo qué fue lo que pasó. Por qué pasaba esa grúa por una vía de alto tránsito, por qué subió por esa salida, por qué no pasaron otros carros por esa misma vía mientras el hombre colocaba la cadena y salía arrastrando el mío.

Nunca lo sabré. ¿Fue o no un ángel? ¿O una suma de coincidencias? Lo dejo al criterio de quien lea esto.
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En el Perú como en muchos otros países, este domingo se celebra el Día de la Madre. Que lo pasen lindo las mamás que pasen por este blog. A mis amigas españolas, que lo celebran el primer domingo de mayo, les deseo que lo hayan pasado genial.

miércoles, 29 de abril de 2015

Ángeles mecánicos

Esta historia me la contó hace algunos meses un taxista, al que llamaremos Pablo, cuando me llevaba a casa luego de una reunión de trabajo.

Era cerca de las 11 de la noche, de una noche fría y húmeda como saben ser las noches de Lima a mediados de año. Pablo iba solo, ya pensando en dar por cerrada la jornada y encaminarse a su casa. Estaba en un barrio residencial de una zona bastante acomodada, no había nadie caminando por la calle y pasaban poquísimos carros.

De repente, su carro se paró. Tosió unas cuantas veces y luego, nada. Silencio absoluto. Como decimos acá, Pablo se quedó botado. Él sabía que no se le había acabado el combustible pues hacía pocas horas había surtido cantidad suficiente para dos días más. Intentó empujar, pero para su mala suerte estaba en una calle cuesta arriba y su esfuerzo era en vano, pues lograba avanzar muy poco y el carro retrocedía ni bien lo soltaba. Encima, quedaba más atrás del punto de inicio. Su carro era bastante nuevo, tenía poco más de un año de uso, y eso hacía que el desperfecto fuera poco común.

De repente, pasó otro taxi por su costado. Al verlo, el otro taxista paró y le preguntó si necesitaba combustible. Cuando Pablo le explicó que el problema no era ese y le pidió que lo ayudara a empujar, el taxista le respondió que no. Sin más, se fue, dejando solo a Pablo.

Su celular no tenía crédito, y de todas maneras, no hubiera tenido a quién llamar para pedir ayuda. Cuando ya se había hecho la idea de tener que esperar a la mañana para encontrar una solución, apareció un auto nuevo, costoso, uno de esos carros alemanes que impresionan solamente con verlos. Dentro del carro estaba una pareja, no mayores de 40 años. Ambos estaban impecablemente vestidos, aunque no de etiqueta ni en traje de noche, pero se podía ver que venían de un compromiso social.

El hombre bajó la ventana y le preguntó si el problema se debía a falta de combustible. Como pasó con el taxista, cuando le explicó que lo que necesitaba era que alguien empujara, el hombre se excusó y se fue.

De nuevo solo, Pablo estaba sopesando sus pocas opciones, cuando vio que el carro nuevo regresaba. La pareja se bajó del carro, y le dijeron que lo iban a ayudar a empujar el taxi. La chica que iba en el carro lujoso tenía zapatos con tacos altos, pero igual, se dispuso a empujar.

Así, entre los tres, empujaron cerca de una cuadra, con la idea de que el taxi de Pablo avanzara de la calle cuesta arriba y saliera de ahí. Luego de un rato de esfuerzo conjunto, el hombre del carro lujoso le dijo a la chica que acercara su auto. Ya estaban un poco lejos y el carro estaba abierto.

Ella se fue y al poco rato llegó manejando el carro. Ya en ese momento, el taxi de Pablo había alcanzado un punto en el que el camino era cuesta abajo y él podía arreglárselas solo. Pablo les agradeció sinceramente. La pareja se despidió. Se dieron la mano y de nuevo se quedó solo.

Empujó el carro, que esta vez arrancó sin problemas.

"¿Sabe qué creo?", me dijo Pablo al terminar su historia. "Que esa pareja eran dos ángeles que llegaron a ayudarme en un momento sumamente difícil. Yo antes creía que la gente de plata era déspota, egoísta. Pero, ¿ya ve? El que yo pensaba que me iba a ayudar, el otro taxista, me dejó solo sin importarle nada. Y la pareja que me ayudó, a ellos no les importó ensuciar sus elegantes ropas ni arriesgarse en medio de la noche para ayudar a un desconocido. Desde ahí, aprendí a no juzgar a nadie por si tiene o no plata".

Le dije a Pablo que coincidía con su apreciación. Y así es.
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Esta es una historia que me parece que vale la pena compartir.



lunes, 20 de abril de 2015

Esos ojos azules

Mañana de verano, un día nada especial. O un día común y corriente que tuvo un fugaz segundo que lo tornó especial y diferente.

Vas caminando por la avenida más miraflorina de todas. Es lo suficientemente temprano como para que muchas tiendas todavía no hayan empezado a atender al público, pero lo suficientemente tarde como para que los cafés estén rebosando de gente que ya no busca tomar desayuno sino un poco de charla y tertulia premeridiana.

Las personas leen el periódico, conversan entre ellas, hablan por teléfono, miran a los transeúntes pasar. Es relajante ver a tanta gente que puede vivir sin estar sujeta a la tiranía de un reloj.

De repente, al pasar por un café famoso por sus churros que tiene mesas y sillas en la vereda, te chocas casi con un grupo de cuatro señores sentados en una de esas mesas que están en la vereda. Todos peinan canas, algunas muy ralas. Calculas que tienen siete décadas. Los captas en el preciso instante en que en su mesa solamente se escucha un silencio que los ha dejado reflexionando. Sin duda, un ángel pasaba en ese momento.

Y entonces, uno de ellos te mira, clava en tu pupila su pupila azul. Azul intenso, un tono de cian pocas veces visto en vivo y en directo. ¿Cuánto dura ese instante? Tal vez menos de lo que toma el aleteo de un ave, pero en tu mente queda grabado para siempre. Ni siquiera recuerdas la cara que esos ojos intensos azules tienen alrededor.

¡Lo que habrán visto esos ojos!, dices para tus adentros, a la vez que sin pensarlo, sin darte cuenta, en una acción casi instintiva, retiras la vista. Cuando la regresas, ahora sí con disposición de captar esa mirada memorable pero temiendo que se dirigiera a otro lado, te vuelves a topar con esos ojos tan infinitamente azules.

Ya no desvías la mirada, simplemente el avance de tu caminar hace que quede atrás. No te animas a voltear una vez que has pasado de largo. El ángel que pasó por la mesa ya se fue, regresan las voces, la conversación con tono callado y bajo se reanuda.

Un momento imperceptible, un azul intenso, una fugaz coincidencia de miradas de dos desconocidos convirtieron una mañana de verano común y corriente en un instante totalmente memorable.
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Hablando de ojos azules, hace poco vi el episodio final de White collar, una de mis series favoritas. De un desconcertante momento pasa a un final que deja muchas interrogantes. Como para preguntarse si tienen planeado un regreso. Total, con la televisión nunca se sabe. Por lo pronto, adiós a Neal Caffrey, su sombrero, su elegancia y su asombrosa manera de salir de los aprietos... sin perder el estilo.