miércoles, 22 de junio de 2022

Mi encuentro con Van Gogh

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Iba caminando por las calles empapadas de rocío, como son las calles de Lima en los meses fríos.
Regresaba de mi caminata diaria por el malecón de Miraflores. A esa hora es habitual ver corredores matutinos, personas con niños, personas con perros, personas sin perros, escolares camino a sus colegios. En fin, de todo.
Ya en mi tramo final recorría un puente muy grande y conocido. A lo lejos lo vi, caminaba en dirección contraria a la mía. Primero pensé que era una visión, una representación de una imagen sumamente conocida. Se iba acercando, son un perro pequeño a su costado.
Ahí me di cuenta de que no era mi imaginación. No, era real. Muy real.
Tenía ante mí, cada vez más cerca, la representación en vivo del famoso cuadro de la oreja de Van Gogh. Alto, pelirrojo, con barba recortada, expresión seria, algo despeinado por la carrera y con una vincha que a lo lejos parecía estar a la altura de la oreja.
Lo miré asombrada, me devolvió la mirada, intrigado. No sé por qué, ya debería estar acostumbrado a la impresión que causa en la gente ver un cuadro tan famoso en carne y hueso.
Caminé lo que me quedaba de regreso a casa con la sensación de haber tenido un encuentro inolvidable.


jueves, 9 de junio de 2022

Ángel inesperado

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Cuento esta historia tal como me la contaron sus protagonistas.
Dos amigas viajaron a una ciudad de Estados Unidos, a visitar a un pariente que vive hace poco en esa ciudad. Entre visitas a lugares históricos fueron una tarde de compras a una tienda enorme que vende de todo con precios muy baratos.
Recibieron indicaciones de qué buses tomar. Debían cambiar de línea a medio camino y tomar otro bus que las dejarían prácticamente en la puerta de la tienda. Y eso era bueno porque esa tarde había llovido intermitentemente y lo mejor era evitar mojarse. Llevaban paraguas, pero preferían evitar quedar bajo la lluvia tanto como fuera posible.
El camino de ida fue perfecto, esperaron poco tiempo al primer bus y el segundo llegó en pocos minutos. El viaje total les tomó 45 minutos, más o menos lo que les habían dicho que les tomaría el trayecto.
Llegaron sin inconvenientes, eligieron, se probaron, compraron y salieron. Ya no llovía. Fueron al paradero y en unos diez minutos llegó el bus que las llevaría por el primer tramo del camino de vuelta.
También sin inconvenientes tomaron el último bus, el que sería el último del trayecto. En eso, en una distracción, en una confusión, en medio de la emoción de estar haciendo bien las cosas, una de las dos dijo "este ese nuestro paradero". Y se bajaron alegremente.
Ya en la calle, lejos de la seguridad del bus, se dieron cuenta de que se habían equivocado. No, ese no era el paradero.
¿Y ahora?
Se acercaron a la única tienda abierta que vieron a preguntar si estaban lejos de donde debieron haber bajado. Todos voltearon a mirarlas, nadie se tomó el trabajo de contestarles. En realidad sí, un hombre que estaba afuera de la tienda se les acercó y les dijo que debían regresar a la esquina en la que acababan de estar.
"Tranquilas, esperen ahí, el bus no demora en llegar", aseguró con voz ronca y tranquilizadora. Su voz era totalmente opuesta a su aspecto.
Ellas regresaron a esa esquina, la misma en la que habían bajado por error minutos antes. No parecía que iba a volver a llover, pero sí hacía algo de frío. El único movimiento a su alrededor era en esa tienda, pero era ajeno a ellas. Se habían olvidado de ellas. No pasaban ni autos por esa esquina, uno que otro ocasional, contados con los dedos.
Así pasó casi media hora. En eso, a lo lejos asomó lo que parecía ser un bus. Y parecía que no era un bus cualquiera. Parecía que era EL bus que se acercaba rápido. Con dudas, se alistaron para subir.
Y de repente a sus espaldas una voz ronca de hombre lanzó una voz de alerta. Se voltearon. Era el hombre que les había dicho que esperaran tranquilas. Les dijo con señas que ese era su bus.
Se subieron y ya dentro, le hicieron un gesto de agradecimiento, que el hombre les devolvió. Una sensación de protección y seguridad flotó en el aire.

jueves, 5 de mayo de 2022

Carrera matutina

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Todos los días, mi papá me levanta temprano... Ejem, en verdad, yo despierto a mis papás. La cosa es que mi papá se pone su ropa deportiva, me vista con ropa que mi mamá dejó lista en la noche y salimos a correr.
Él corre, a mí me lleva en mi coche delante de él. Vamos por unas calles bonitas cerca de la casa. Las personas que se cruzan con nosotros me sonríen. Pasamos tan rápido que no me da tiempo a contestarles, pero me gusta ver esas sonrisas.
Lo que más me divierte es un grupo grande que baila con música a todo volumen. Su ropa colorida me hace acordar a la ropa que se pone mi papá  para salir a correr. Cuando me ven, me llaman con alegres gritos. A esas alturas, ya voy medio dormido y sus saludos me despiertan. Saco la mano por el costado del coche y así sigo hasta que sus voces y la música quedan lejanas.
Veo muchos perros, de todos los tamaños y colores. Sus dueños me saludan también, y yo tengo ganas de jugar con los perros.
Cuando mi papá completa el camino, regresamos a la casa. Mi mamá nos recibe con besos y abrazos y me va preguntando a quién vi mientras me saca del coche. Son los mejores momentos de las mañanas.
(*) Inspirado en el niñito que pasa en su coche que empuja su papá, justo antes de empezar  nuestra hora de zumba y nos saluda a lo lejos.

Que este domingo tengan todos un feliz Día de la Madre.

domingo, 17 de abril de 2022

Un lindo detalle

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Abu, acabo de recibir la respuesta que estaba esperando. Me aceptaron para el ciclo que empieza en agosto.
La abuela felicitó a su nieto, su nieto mayor. Sabía que estaba esperando esa respuesta y se alegraba de saber que seguiría su brillante camino profesional.
Si había una abuela orgullosa y feliz ese día, era ella.
Faltaban tres meses para la partida del nieto, pero pasaron volando. Y dos días antes de la partida, el nieto fue a visitar a su abuela. Pasó buena parte de la tarde con ella riendo, contando historias y queriéndose mucho. Esas horas también pasaron volando.
El nieto se fue, llegó, se instaló. Varias veces al día se comunicaba con la familia, que quedó pendiente de sus noticias. Las llamadas y los mensajes iban y venían. La abuela sabía siempre cómo estaba el nieto. "Bendita sea la tecnología", se decía.
Una tarde cualquiera, sonó el timbre, La abuela recordó las visitas sorpresivas del nieto, cuando llegaba simplemente "porque estaba cerca".
"Ya volverán esas visitas", pensó, mientras iba a ver quién tocaba.
El intercomunicador le devolvió la voz de un hombre que preguntó por ella y le dijo que tenía un regalo para ella. La abuela salió y se encontró que le traían un enorme ramo de flores. Destacaban los girasoles entre flores más chicas. Recibió el pesado ramo, agradeció al hombre del reparto y entró rápido a su casa para ver la tarjeta.
Una furtiva lágrima le salto al leer la tarjeta: "Abu, te mando un motivo para sonreír. Te quiero mucho".
Misión cumplida, pensó mientras iba a buscar su teléfono.
Si había una abuela orgullosa y feliz ese día, también era ella.