miércoles, 3 de febrero de 2016

Una vuelta a la esquina del tiempo

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Mis pasos me llevaron hasta allá. No diría que fue casual, tenía que ir cerca de ahí, y estando ya a dos cuadras de esa esquina decidí desviarme levemente de la ruta en búsqueda imposible de algún pedacito de pasado.

Divisé la casa que en verdad son dos casas, sus dos pisos, una casa por piso, sus dos colores. En la memoria, resuena el sonido de ese timbre que probablemente nunca vuelva a tocar cuando llegaba de visita, previa llamada telefónica para anunciarme.

Tres ventanas de un lado, otras dos al doblar la esquina. Por todas esas ventanas más de una vez me asomé para ver quién tocaba el timbre o después de oír el ruido inconfundible que precede a un choque de dos autos. Había tanto choques en esa esquina... Por alguna de esas ventanas, una carita infantil se asomaba riendo, llamándome a gritos perfectamente audibles desde metros de distancia cuando me veía acercarme.

El árbol que servía de fuerte, de escondite, de sombrilla ya no está. Los nuevos ocupantes lo derribaron hace algún tiempo. Ahora hay otro árbol en su lugar, casi lo siento un intruso.

La tienda de atrás sigue estando ahí, con los mismos dueños, que me saludaban alegremente cuando iba a comprar algún colorido antojo que siempre acompañaba mis visitas. Un colorido antojo que era entregado casi a escondidas en unas manitos cómplices que sabían con certeza casi absoluta que mi visita implicaba una de esas sorpresas.

Tardes de televisión, noches de conversación y juegos de mesa que, obligados, duraban horas enteras en tiempos difíciles. Tantos tiempos buenos pasados detrás de esas cinco ventanas, tantos felices recuerdos, y de los otros.

Al llegar a la otra esquina creo distinguir que el edificio de atrás ha cambiado de color, que el jardín de la casa del otro lado de la calle ha dado lugar a una pared que impide ver las rosas que se veían antes. Muchos cambios, y a la vez, muchas cosas iguales.

Mando una carita feliz a un número en mi pantalla, su destinatario ni sabe que acabo de pasar por delante de la ventana desde donde hace años me veía llegar. Pienso que ya no necesitaría subirse al sillón para alcanzar la ventana y poder ver la calle. Veo que casi de inmediato aparecen las dos marquitas azules que me indican que el destinatario vio el mensaje. Recibo otra carita feliz en respuesta. Sonrío.

Ya estoy lejos. Decido bajarme de mi propio DeLorean y seguir mi camino con los pies puestos en este tiempo.

martes, 26 de enero de 2016

El tráfico, siempre el tráfico

No se puede negar que el tráfico de Lima es caótico, desordenado y que puede hacer que hasta el más paciente se desespere y reviente. Pero de ahí a usar el tráfico como excusa para todos los males que nos rodean hay un enorme (y francamente aburrido) abismo.

Lo que me pasó hace algún tiempo, el día que iba al aeropuerto con motivo de mi viaje a México, fue realmente anecdótico y digno de contarse en este blog.

Tenía que presentarme en el aeropuerto a las 6 a. m. así que reservé un taxi que me recogiera de mi casa media hora antes. Es un plazo suficiente y prudencial, pues a esa hora prácticamente no hay autos en las pistas.

El taxi llegó puntualmente a las 5:30 a. m. El chofer arrancó y de inmediato vi que tenía intenciones de tomar el camino de la Costa Verde, que es como se llama el circuito de playas de Lima. Esta ruta es muy usada por muchos choferes, como una manera de evitar el tráfico en avenidas principales de la ciudad. Al estar ubicada al pie del acantilado bajo el cual están muchas playas limeñas, no son raros los accidentes causados por piedras que caen sobre autos que pasan por abajo. Por su ubicación justo al lado del acantilado, el camino de ida tiene más probabilidades de ver un accidente que el camino de regreso, que está algo más alejado. Por eso, prefiero no ir por la Costa Verde.

- Señor, ¿va a ir por la playa?
- ¿Por qué? ¿No quiere?- me contestó con una pregunta en tono de fastidio.
- No, la verdad es que preferiría que tomara otro camino.
- ¿Por dónde?- con tono más fastidiado.
- Por la avenida La Marina -le respondí, mencionando la ruta tradicional para ir al aeropuerto.
- Es que por ahí hay mucho tráfico.
- ¿A las 5:30 de la mañana? Por favor, señor... -repliqué, intentando no demostrar fastidio en mi voz.
- Es que en la base van a ver que me demoro más de la cuenta.
- No sabía que a los choferes les cronometraban la ruta. Finalmente, si eso pasa, les puede decir que yo le pedí no ir por la playa.

No me contestó nada, pero visiblemente molesto y refunfuñando tomó la ruta que lleva por la avenida La Marina. Llegamos al aeropuerto en 25 minutos, estuve ahí a las 5:55 a. m.

Al entrar al aeropuerto, los taxistas suelen tomar el carril rápido, donde tienen 15 minutos contados desde que se pasa el control del aeropuerto, se detiene el auto para que baje el pasajero y se sigue el camino hasta la salida. Es tiempo de sobra, y es una vía por la que no hay que efectuar pago alguno. Sin embargo, es un carril largo, lo habitual es dejar al pasajero lo más cerca de la puerta que corresponde a la aerolínea que se va a usar.

Este señor entró, pasó el control y detuvo el taxi en cuanto pudo, al final de todo el largo carril de la vía rápida. Yo le dije: "señor, falta todavía para llegar a la puerta de los pasajeros", y de muy mala gana me respondió: "sí, pero no hay sitio más adelante". Honestamente, no sé cómo logró ver eso.

Se bajó, abrió la maletera, me dio mi maleta y estiró la mano esperando su pago. Sin necesidad de preguntar por la tarifa pues ya había sido fijada cuando hice pedí el taxi, le entregué el billete a la vez que le dije: "hace muchos años que soy clienta de esta empresa de taxis y nunca me habían tratado así". Me di la vuelta sin darle las gracias, y recorrí la distancia hasta la entrada.

A mi regreso a Lima, llamé a la empresa de taxis para presentar el reclamo. La operadora que me atendió me dijo que no es cierto que la empresa les exija a sus choferes un tiempo determinado para un servicio y menos aun que el pasajero no pudiera escoger su ruta. Me dio las gracias por haber puesto en su conocimiento esto.

¡Usar la excusa del tráfico a las 5:30 de la mañana es el colmo! Realmente, las personas que viven quejándose por el tráfico de Lima deberían darse una vueltita por Ciudad de México. Eso sí es tráfico de verdad.

lunes, 18 de enero de 2016

Otras frases memorables más

Una nueva entrega de frases más que memorables oídas y leídas por aquí y por allá.
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Todo este sufrimiento y nada cambia.
Carrie Mathison en Homeland.

Nadie quiere los errores, señora Patmore, ocurren solamente.
Daisy en Downton Abbey.

Cuando me compré este abrigo estaba de moda, después dejó de estar de moda; ahora es tan viejo ¡que está de moda otra vez!
Spella en Queso y mermelada.

Ten cuidado con lo que dices porque haces mucho daño.
Carlos Alcántara en Cuéntame cómo pasó.

Nunca le quites una oportunidad de aprender a otro estudiante, no importa cuánto necesites que los demás sepan lo inteligente que eres.
Annalise Keating en How to get away with murder.

¿Qué es la felicidad? Es ese momento antes de que necesites más felicidad.
Don Draper en Mad Men.

A veces, las cosas más duras de la vida son las que más vale la pena hacer.
Rick Castle en Castle.

No tiene nada de noble ser superior a tu prójimo; la verdadera nobleza es ser superior a quien eras antes.
Harry Hart en Kingsman.

Cumplir tus sueños requiere de muchas decisiones difíciles.
Maura Isles en Rizzoli & Isles.

No funcionó lo de siempre: la debilidad, la improvisación, la desesperación, la codicia humana.
Mai Burun en El peso del corazón.

Si quieres conocer a la gente, empieza una guerra.
Madeleine Labarie en Suite francesa.

Todavía quedan algunos débiles destellos de civilización en este matadero bárbaro que alguna vez fue conocido como humanidad.
Monsieur Gustave en Grand Hotel Budapest.

domingo, 10 de enero de 2016

La vida es una pregunta

Empezamos el año con una entrada renegona, de esas que aparecen de vez en cuando por estos barrios.
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Dice Celia Cruz que la vida es un carnaval, pero yo creo que la salsera se equivoca. La vida es una pregunta. Una pregunta incómoda, impertinente y molesta muchas veces.

Cuando conocemos a un niño, lo primero que se le pregunta es: "¿cuántos años tienes?", como si no lo pudiéramos calcular por su tamaño, por cómo habla o por otras señales a la vista. Finalmente, tampoco es tan importante saber su edad. Pero si el niño, después de contestar, pregunta a su vez la edad de su interlocutor adulto, la respuesta instantánea es: "no, a los grandes no se les pregunta su edad".

Vaya doble moral.

Algunos años después, la pregunta cambia y pasa a ser más académica: "¿cuál es tu curso favorito en el colegio?" Parece que no le podemos preguntar por el nombre de sus amigos, por ejemplo. ¿Y si al niño no le gusta ningún curso o si es de los que sufre terriblemente en el colegio?

Tiempo después, la nueva pregunta es: "¿qué quieres estudiar cuando termines el colegio?" y el escolar que está a punto de dejar de serlo tiene que dar una respuesta sustentada de sus razones para optar por una u otra carrera. Y escuchar callado una serie de "sabias" recomendaciones que muchas veces solamente lo confunden más.

Más adelante, el ya exescolar está estudiando una carrera en la que se desempeña bastante bien. Se vislumbra buen profesional en el futuro cercano. Entonces presenta a su enamorada, y ahora la pregunta es si ya tienen fecha de matrimonio.

Como diría Condorito, ¡PLOP!

Pasado un tiempo, largo o corto, viene la esperada boda. Al cabo de casi nada, ni bien terminada la boda y cuando los flamantes esposos están recién estrenando nueva casa, viene la pregunta demoledora: "¿y los hijos, para cuándo?" Y esta sí que es una pregunta sumamente delicada, porque no sabemos qué motivos puede habar para que esa pregunta no tenga respuesta.

Cuando finalmente llega el heredero y ya (casi) todos creemos que se agotaron las preguntas, la curiosidad cambia a "¿y para cuando la parejita?" (así, en diminutivo).

Como ven, no acaban nunca. Y es que la lista de preguntas sigue, pero es un bastanteaburrido enumerarlas todas.

Lamentablemente, casi todas las personas que atosigan a los demás con preguntas suelen tener la mejor de las intenciones. Digo lamentablemente porque si las intenciones fueran malas, la respuesta podría ser un sonoro ¡a ti qué te importa! Bien merecido lo tendría el preguntón, pero eso es válido solamente para personas malintencionadas. Para todas las demás, existe la simple respuesta "tones".
- ¿Tones?
- Sí, para los preguntones.

En esta primera entrada de 2016 aprovecho para agradecer una vez más a los lectores y para invitarlos a seguir leyendo Seis de Enero en este nuevo año.