lunes, 20 de abril de 2015

Esos ojos azules

Mañana de verano, un día nada especial. O un día común y corriente que tuvo un fugaz segundo que lo tornó especial y diferente.

Vas caminando por la avenida más miraflorina de todas. Es lo suficientemente temprano como para que muchas tiendas todavía no hayan empezado a atender al público, pero lo suficientemente tarde como para que los cafés estén rebosando de gente que ya no busca tomar desayuno sino un poco de charla y tertulia premeridiana.

Las personas leen el periódico, conversan entre ellas, hablan por teléfono, miran a los transeúntes pasar. Es relajante ver a tanta gente que puede vivir sin estar sujeta a la tiranía de un reloj.

De repente, al pasar por un café famoso por sus churros que tiene mesas y sillas en la vereda, te chocas casi con un grupo de cuatro señores sentados en una de esas mesas que están en la vereda. Todos peinan canas, algunas muy ralas. Calculas que tienen siete décadas. Los captas en el preciso instante en que en su mesa solamente se escucha un silencio que los ha dejado reflexionando. Sin duda, un ángel pasaba en ese momento.

Y entonces, uno de ellos te mira, clava en tu pupila su pupila azul. Azul intenso, un tono de cian pocas veces visto en vivo y en directo. ¿Cuánto dura ese instante? Tal vez menos de lo que toma el aleteo de un ave, pero en tu mente queda grabado para siempre. Ni siquiera recuerdas la cara que esos ojos intensos azules tienen alrededor.

¡Lo que habrán visto esos ojos!, dices para tus adentros, a la vez que sin pensarlo, sin darte cuenta, en una acción casi instintiva, retiras la vista. Cuando la regresas, ahora sí con disposición de captar esa mirada memorable pero temiendo que se dirigiera a otro lado, te vuelves a topar con esos ojos tan infinitamente azules.

Ya no desvías la mirada, simplemente el avance de tu caminar hace que quede atrás. No te animas a voltear una vez que has pasado de largo. El ángel que pasó por la mesa ya se fue, regresan las voces, la conversación con tono callado y bajo se reanuda.

Un momento imperceptible, un azul intenso, una fugaz coincidencia de miradas de dos desconocidos convirtieron una mañana de verano común y corriente en un instante totalmente memorable.
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Hablando de ojos azules, hace poco vi el episodio final de White collar, una de mis series favoritas. De un desconcertante momento pasa a un final que deja muchas interrogantes. Como para preguntarse si tienen planeado un regreso. Total, con la televisión nunca se sabe. Por lo pronto, adiós a Neal Caffrey, su sombrero, su elegancia y su asombrosa manera de salir de los aprietos... sin perder el estilo.

viernes, 10 de abril de 2015

Así vale la pena reclamar

Hace poco más de un mes, compré un producto que se vende en frascos en un supermercado al que voy con mucha frecuencia. Escogí uno, lo metí al carrito de compras y pagué.

Al llegar a la casa, tomé el frasco con la intención de usarlo de inmediato. Pero casi me quedé con la mera intención pues abrir el frasco fue casi una misión imposible. Tenía una tapa de metal, de esas que tienen un anillo unido a la tapa con diminutas extensiones de metal que, se supone, debe ceder cuando uno le da la vuelta.

Pero no fue el caso esta vez, pues la tapa giraba con todo lo que hacía imposible abrirla. Con la ayuda de un cuchillo logré separar las diminutas extensiones de metal y, finalmente pude abrir el frasco y disfrutar su contenido.

Al volver a cerrarlo para guardarlo, noté que la acción del cuchillo había dejado unas peligrosas puntas mínimas con las que hubiera sido muy fácil hacerse un corte la siguiente vez que se abriera el frasco.

Fue ahí que pensé: si esta marca tiene una página web desde donde pueda comunicarme con ellos, les voy a contar lo que me acaba de pasar para que tengan más cuidado. Busqué, tenían página web propia, no un molestoso apéndice en una red social. Tenían la palabra CONTÁCTANOS así que procedí según lo planeado.

Me olvidé del asunto por apenas 15 minutos, que fue lo que demoró en llegar una respuesta. Una muy amable respuesta, por cierto. Me pedían disculpas por el inconveniente y se ofrecían a reponerme un frasco de igual presentación que el que yo había comprado. Le di mi dirección y fijamos una hora al día siguiente para que me llevaran lo ofrecido.

En medio de mis dudas y un gran escepticismo, al día siguiente, a la hora señalada, sonó el timbre de mi casa. ¿Serán ellos? Pues sí, eran.

Un señor muy amable me reiteró las disculpas ya ofrecidas por escrito. Le enseñé el frasco y cómo había quedado luego de todo lo que fue necesario hacer para abrirlo. Me dijo que se lo iba a llevar y me enseñó lo que tenía para entregarme: un frasco del mismo producto que yo había comprado el día anterior y otro más de una presentación más refinada.

Le agradecí el detalle y me dijo que más bien me agradecía a mí y que iba a verificar otras botellas del mismo lote. Nos despedimos y se fue.

Este nuevo frasco se abrió muy fácil, como debe ser.

Al día siguiente recibí otra llamada. Era para preguntarme en dónde había comprado el frasco que había devuelto. "Es para determinar el lote exacto", me explicaron. Se lo dije, y fue el final de la conversación. Y de todo el incidente.

Así vale la pena reclamar.

viernes, 3 de abril de 2015

Formando gente responsable

Publico otro relato prestado, esta vez sobre las tareas del colegio, ahora que estamos en inicio de año escolar por estos lares. Quien escribió esto casi no tuvo ayuda en sus tareas de colegio. Aprendió y se convirtió en una persona súper responsable, y además en sus tiempos escolares, todos los años ocupó el primer puesto de su salón. Ahora enseña a universitarios en sus primeros años de carrera. Sabe de lo que habla.

Yo personalmente no entiendo a los profesores que califican con mejores notas los trabajos donde es evidente la mano del padre del alumno. ¿Qué mensaje se les da a los alumnos que trabajaron solos y sin ayuda?
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Para mí el colegio, y me refiero a los primeros años de primaria, es un proceso personal: cada grado trae retos nuevos y el niño los asume, irremediablemente aprende.

Hay que supervisar ese proceso, por cierto, mientras supervisar signifique sembrar las ganas de saber. Pero con la distancia debida. Ni tan lejos ni tan cerca. ¿Cómo, si no, formamos gente responsable y segura? Después, cómo les cuesta la universidad.

Estoy pensando en los adultos que siguen ese proceso de aprendizaje, y me refiero a las tareas de sus hijos, como si fuera propio y lo contagian de ansiedad. También pienso en mis alumnos universitarios, en los que se quedan paralizados cuando ante dos caminos válidos les digo "decídelo tú". Hay que supervisar el aprendizaje de los niños, por cierto, mientras supervisar signifique alentar. Con confianza. No con estrés, no con el miedo de quien piensa: "pobrecito, no va a poder".

viernes, 27 de marzo de 2015

Crónicas de viaje: La niña y el gaucho

¡¿De verdad?! ¿De verdad nos vamos a Buenos Aires?

La niña no lo puede creer. Acaba de enterarse de que en menos de una semana va a pasar cuatro días en Buenos Aires. ¡Cuatro días en la ciudad de donde viene su programa favorito de televisión! Ese que no se pierde nunca. Ese cuyos capítulos ha visto tantas veces que casi se sabe de memoria.

No sabía, no podía saber que todo el viaje fue planeado durante casi dos meses en máximo secreto, con la complicidad de todas las personas que la quieren. Son muchas las personas que la quieren. Es una niña afortunada. Es una niña alegre. Es una niña feliz.

Cuando se lo dijeron, faltaba menos de una semana para el viaje. En esos dos meses, la llevaron a sacar su pasaporte. "Son papeles importantes que toda persona debe tener", le dijeron a manera de explicación que ella asumió sin darle más vueltas. Te hace reflexionar en cómo confían absolutamente los niños en las personas que quieren y que los quieren. Y en lo destestable que es todo aquel que traiciona esa confianza, pero ese es otro tema.

En esos dos meses, se hicieron los trámites simples que se necesitan para tener el permiso de viaje al exterior que deben mostrar todos los menores de edad al momento de pasar el control migratorio.

Con mucho sueño, luego de un vuelo nocturno, el trayecto del aeropuerto al hotel se hizo cuando el día despertaba en la capital argentina. Con ojitos semicerrados, trataba de absorber todo lo que podía por las ventanas del auto.

El primer día fue de compras. En una sola tienda, en una sola compra, se apertrechó de mochila, lonchera, cartucheras, útiles escolares y todo lo demás para el colegio. ¿Cómo se describe la felicidad que reflejan los ojos de un niño? La emoción era tanta que saltaba y corría por las calles, siempre con la atenta mirada de quienes iban con ella. Ahí iba, señalando todos los quioscos, preguntando si tenían los ejemplares de la revista que por una u otra razón no habían encontrado en Lima. Consiguió algunos, se resignó a no tener otros.

El segundo día fue el gran día. El plan era visitar una hacienda en las afueras de Buenos Aires, con gauchos, caballos, música, baile.

Dio un paseo a caballo, se llenó del polvo del camino, miró a los gauchos con los ojos muy abiertos. En especial a Cirilo, el gaucho que se notaba era el más experimentado de todos. El que manejaba la carreta en la que se subió para dar otra vuelta. Cirilo la hizo sentarse adelante, a su costado, para que tuviera una visión privilegiada de los verdes campos que la rodeaban.

Pasado el almuerzo, donde no faltó el baile ni las exhibiciones con sogas, vino el cierre de tan memorable jornada. Los gauchos hacen lo que para ellos es un juego, y que para los demás mortales es una hazaña imposible: tratan de enlazar un artilugio con una especie de lanza.

Así, los gauchos vienen montados en sus caballos a toda velocidad, lanza en ristre que pasan con una puntería asombrosa por un pequeño anillo de metal que cuelga de un arco de tres parantes. El anillo se queda en la lanza, y después se lo dan como ofrenda a alguien de la concurrencia. Obviamente, a una mujer. Galanteo puro, entre aplausos del respetable.

El broche de oro viene cuando Cirilo escoge a algunas privilegiadas a las que lleva a pasear en su caballo por una distancia muy corta, haciendo alarde de sus habilidades de avezado jinete. Después de llevar a dos chicas, Cirilo estiró la mano hacia la niña, invitándola a acompañarlo en ese breve recorrido. La había dejado para el final, fue la última a quien ofreció ese breve trayecto a lomos de caballo.

Ahí iban la niña y el gaucho. Ella bien agarrada, imposible pensar en una caída. Él muy concentrado en las órdenes que le daba al caballo. Luego, ella desmontó feliz, con una sonrisa de esas que no se olvidan ni con el paso de todos los años del mundo

Un viaje memorable, y no solamente para una niña de siete años que miraba fascinada todo lo que la rodeaba y que no paró un momento de expresar su felicidad, corriendo, saltando. Cuatro días que se pasaron volando, y quedaron para el recuerdo.

La felicidad era eso.
Este es el anillo de los gauchos