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viernes, 11 de febrero de 2011

De cajas, collares y alfajores

El 25 de diciembre, Gonzalo me entregó una caja envuelta en papel navideño. Al entregarme la caja me dijo: "no te los comas todos". Desenvolví el regalo y vi que era una caja de alfajores. Decidí guardarlos en su caja sin abrir para comerlos en otro momento. Ya sabemos que las fiestas de fin de año vienen acompañadas de mucha comida.

Al cabo de unos cuantos días, recordé los alfajores. Busqué la caja y al abrirla me di con la sorpresa de que no había alfajores adentro sino un collar. Esto debe ser una broma de Gonzalo, me dije.

Llegué a usar el collar en una reunión del Grupete.

Casi a fines de enero, recibí un e-mail de Ana Cé, cuya parte pertinente copio a continuación:
Una curiosidad. ¿Te comiste los alfajores que te regaló Gonzalo? Te lo pregunto porque ayer me llamó la amiga que los estaba vendiendo y me preguntó una cosa rarísima: si no había encontrado un collar dentro de la caja de alfajores. Yo me quedé con cara de plop pero me explicó que su hijito estaba jugando con una caja de alfajores y guardó un collar de ella ahí, sin que nadie se diera cuenta.
Yo le compré dos cajas de alfajores, una para la casa y otra para que Gonzalo te la regalara. Como la nuestra sí nos la comimos, debo suponer que en la tuya es que estaba el collar.
Entre el asombro y la risa iniciales, le contesté que si, que yo tenía el collar, que pensé que ponerlo en la caja de alfajores había sido una broma de Gonzalo y que hasta lo había usado una vez. Ana Cé me mandó otro mensaje diciéndome que el asunto sería una buena historia para este blog.

Después me puse a pensar en la serie de azares que rodeaban la historia. Un niño jugando elige al azar una caja vacía de alfajores de los que su mamá preparó para Navidad y pone ahí un collar. No solamente lo pone ahí sino que se acuerda de haberlos puesto ahí. Otra persona, Ana Cé, compra dos cajas de alfajores, que son elegidas al azar por la persona que las vende. Al azar también, Ana Cé elige sin abrir una de las dos cajas de alfajores (que en verdad contiene el collar de marras) para hacerme un regalo. Abre la otra que si tiene alfajores y la comparte con Gonzalo. Yo abro mi regalo, me llama la atención no encontrar lo que esperaba encontrar, pero lo tomo como una broma.

Nadie tiene por qué sospechar que está en marcha una confusión que comenzó con un niño jugando. Un niño cuya buena memoria hizo que esta historia de confusiones y de azares terminara bien y con todas las piezas en su sitio.

Un momento, ¿dónde quedaron mis alfajores? Exijo una explicación.
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Cómo me disgusta que se use la palabra zurdo para designar a personas con ideologías de izquierda. ¿Acaso les dicen diestros a aquellos que tienen simpatía por las ideologías de derecha? No, qué va. Nada que ver. Diestros son los hábiles y expertos en un oficio. ¿Qué tiene que ver mi tendencia natural por la mano izquierda con la política? Ojo, no tengo nada en contra de los que optan por la ideas de izquierda. Eso es de cada quien.
Por segunda vez en un mismo día, exijo una explicación.

jueves, 8 de octubre de 2009

Parrillada nocturna

Hubo de todo esa noche de viernes. Desde un ascensor que se resistía a subir, con seis personas adentro durante noventa interminables segundos, hasta un pisco sour del que solamente pudimos sentir el olor porque la licuadora nos jugó una mala pasada, pasando por las risas y charlas que suele haber cuando se reúnen personas que se conocen desde la prehistoria de sus vidas. Es decir, desde antes de la escritura.

El motivo de la reunión era la breve visita de P a la patria, luego de cuatro años de haber partido a Australia. Además, C inauguraba departamento con pequeño patio de parrillas incluido, ideal para una parrillada nocturna de esas a las que el Grupete es tan aficionado.
Luego de varios días y de más de no sé cuántos e-mails de confirmación, llegó la fecha fijada. Acordamos que cada uno llevaba lo que comería, salvo P que era el invitado de honor. Así que ahí estuvimos el Grupete casi completo, pasándola tan bien como siempre la pasamos cuando nos reunimos. Hasta las respectivas parejas se han integrado tanto que ya es casi como si todos hubiéramos estado en el mismo salón.
La noche estaba especialmente húmeda y fría, como saben serlo las noches limeñas a pesar de estar bien entrado setiembre. A pesar de estar en primavera. Aun así, ahí estábamos alrededor de la mesa al aire libre, bien abrigados, compartiendo lo que habíamos llevado (no sé en qué momento desaparecieron mis salchichas blancas, de las que no probé ni un pedacito... aunque me queda el consuelo de saber que estuvieron muy ricas), compartiendo recuerdos, acompañando casi todos de un "¿¡te acuerdas?!", seguido de sonoras carcajadas.
Siempre es así.
Se anuncia otra reunión en las próximas semanas. Otro del Grupete viene a Lima a atender asuntos familiares, así que nuevamente la ocasión será propicia. Ojalá esta vez el pisco sour no se quede simplemente en olor.

jueves, 11 de septiembre de 2008

¿Vecinos fantasmas?

Muchas veces, casi exclusivamente en la noche o la madrugada, mis vecinos hacen los ruidos más extraños. Como vivo en el primer piso de un edificio, siempre me pareció que era normal percibir los movimientos de los habitantes de los pisos superiores. Aunque no sé qué tanto de normal tenga que mi vecino empiece a mover su cómoda y sus sillones a partir de las 11 de la noche todos los días.

Hasta que una vez, en una reunión del Grupete, alguien comentó lo mismo, que sus vecinos mueven cómodas y camas a partir de la medianoche. O teníamos los mismos vecinos, o eran familia, porque de otra manera no encontraba explicación a que alguien hiciera tan extraños traslados en mitad de la noche.
Poco después, casi como por casualidad, mi mamá me mandó un artículo de Javier Marías, uno de sus escritores preferidos.
Lo transcribo a continuación, sin el permiso correspondiente. Sé de buena fuente que el escritor nunca contesta los mensajes de correo que le mandan. Espero que a don Javier no le moleste que lo cite:

LA ZONA FANTASMA. 16 de abril de 2006.
El ruido en la imaginación produce monstruos

Imagino que a estas alturas mis lectores habituales, cada vez que vean que escribo un nuevo artículo sobre los ruidos, se darán codazos, harán chistes y se dirán: “Este pobre hombre está trastornado”. Yo mismo no lo descarto, y a veces quisiera ser más duro de oído, para no padecer tanto en este país, como saben, con una “contaminación acústica” sólo superada por la del Japón en el mundo. Así que, al fin y al cabo, algo de razón me asiste en mi desvarío. Vaya también en mi descargo que desde luego no soy el único por él atacado. Pero hoy no voy a hablar de esa clase de estruendos cuyos mayores culpables no son, sin embargo, los ciudadanos particulares por escandalosos que sean, sino los ayuntamientos, con el de Madrid al frente, perfecto y tradicional ejemplo de desconsideración hacia sus contribuyentes, votantes y representados. Sino de los extraños ruidos que al parecer hacen todos nuestros vecinos, sobre todo los de los pisos de arriba, al llegar la noche.

No conozco a nadie, de hecho, que en algún momento de su vida, en alguna casa que haya ocupado, no haya estado convencido de que los vecinos del piso superior se ponían a arrastrar los muebles de madrugada, o a cambiarlos de sitio (incluidas las camas), y no una noche suelta, sino casi todas. Seguro que ustedes mismos tienen o han tenido esta sensación incomprensible. ¿Tan insatisfechos y dubitativos están respecto a la colocación de su mobiliario, que hacen pruebas incesantes, ahora el sofá aquí y los armarios allá, los sillones en aquel rincón y las mesas junto a la ventana? Aunque no es descartable que exista bastante gente en verdad indecisa sobre la disposición de sus alcobas y salones, es del todo imposible que sea tanta como para que a todos nos haya tocado sufrir a alguna. ¿Qué es lo que sucede, entonces? ¿A qué insondables actividades se dedican las personas a altas horas, sobre todo las que madrugan porque trabajan fuera o han de llevar a sus niños al colegio, y en modo alguno parecen bohemias?

Si uno tuviera que deducir sus vidas nocturnas a partir de los ruidos, se haría composiciones de lugar disparatadas. Ha habido casas en las que he creído que mis vecinos de arriba, llegada cierta hora tardía, se ponían a jugar a las canicas o quizá a la petanca, porque el sonido que me alcanzaba, inequívoco, era el de bolas rodando por el entarimado. Con otros me figuraba que, nada más volver de sus salidas, se les caían los botones al suelo o bien se les rompían unos cuantos collares de perlas, lo cual, dada la reiteración de ese ruido, me llevó a concluir que el marido y la mujer se los arrancaban mutua y respectivamente, quizá como prolegómeno. En un piso inglés (apropiadamente), durante un mes entero tuve la impresión de vivir debajo de las ancianitas de Arsénico por compasión, aquella comedia negra de Capra, sólo que en vez de matar, como ellas, mediante el silencioso veneno, los inquilinos se dedicaban durante la noche a descuartizar el cadáver de la jornada, tan semejante al de laboriosos serruchos era el ruido que armaban. En otra ocasión sentí que un hombre de edad, solitario y apocado, organizaba al anochecer grandes fiestas muy concurridas, por los numerosos pasos –incluso como pasos de baile– que desde abajo yo escuchaba; no era así, porque una vez cedí a la tentación de mi intriga y vigilé desde mis balcones la puerta de la calle, por la que no entró ni un desconocido, es decir, ni un solo posible invitado; lo cual no me impidió oírlos una vez más sobre mi cabeza, como si bailaran sin música y corretearan unos en pos de otros. Una amiga mía tuvo una vecina, durante años, a la que siempre veía entrar y salir con zapato bajo; una vez en su casa, sin embargo, y por el tipo de ruido que hacían sus pasos, estaba convencida de que se calzaba unas zapatillas con tacones y el talón al descubierto, a las que su imaginación no podía evitar añadir pompones para completar visualmente el cuadro: acabó persuadida de que aquella mujer, discreta y sobria, se resarcía por las noches poniéndose un negligé, esas zapatillas con tacón alto y borla y quizá ropa interior diabólica, aunque no fuera a recibir a nadie. Una vez pregunté, a unos jóvenes desde cuyo piso se oía un “papapam” sordo y continuado, como si manejaran una imprenta, y la respuesta fue más extravagante que lo imaginado: “Es que tenemos una destilería de whisky clandestina”, dijeron.

A lo largo de los años algo más he averiguado: lo que tomamos por lunático arrastre de muebles se corresponde a veces con el extemporáneo paso de una aspiradora a tirones, o bien con un febril abrir y cerrar de cajones. Uno se pregunta, de todas formas, por qué nadie abrirá y cerrará los cajones de su cómoda a las tantas, no una ni dos, sino veinte veces, o por qué dará golpes sin cuento con una vieja aspiradora metálica. Por supuesto en España, donde casi nadie se acuerda de que existen los otros, no es raro oír martillazos en plena noche: es gente colgando cuadros o acometiendo reparaciones. Pero, acostumbrado a tantos ruidos inexplicables, uno tiene la sensación de que los vecinos de arriba están clavando ataúdes, y piensa: “Ojalá sean los suyos”.

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 16 de abril de 2006
Al parecer, no solamente mis vecinos hacen los ruidos más extraños. Tal vez mis vecinos, los del grupeterito y los de don Javier (ya ven que tiene mucho humor negro) sean miembros de una cofradía ultra secreta que se manda mensajes cifrados a través de los movimientos de los muebles, movimientos que los demás, como simples mortales, no estamos en capacidad de descifrar.

lunes, 5 de mayo de 2008

Torrente de recuerdos

Hace algunas semanas, publiqué dos posts que abrieron las puertas de la memoria del Grupete. No me parece recomendable dejar que tantos buenos momentos se queden solamente entre nosotros, y por eso comparto algunos de ellos con mis (espero que no tan) escasos lectores:

1. La vez en que Rafo empujó a Jorge Luis a un desagüe abierto en el Golf o El Olivar de San Isidro (no recuerdo bien en cuál fue).
El colegio quedaba originalmente en San Isidro, y en los primeros años de primaria, nos llevaban a cada rato caminando indistintamente a ambos lugares. En una de esas tantas veces, me acuerdo de haber escuchado un chapoteo nada común. Cuando nos volteamos a ver de dónde venía el ruido, vimos que Rafo miraba hacia abajo, hacia un buzón de agua sin tapa. Adentro Jorge Luis luchaba por no ahogarse.

La miss Bertha lo sacó como pudo, le sacó toda la ropa (imagino que no toda), pidió prestado a alguien uno de esos horribles mandiles que componían el uniforme escolar, todavía más feo que el mandil, y con Jorge Luis mojado como un pollito regresamos al colegio. Ahora pienso que tal vez por eso su mamá lo metió durante el resto de nuestra vida escolar a clases de natación.

Por acciones como la descrita, Rafo duró en el colegio solamente hasta primer grado. Jamás ninguno de nosotros volvió a saber de él. Mejor...

2. "¡Ahora si! ¡Ahora si!"
Era el grito temible y terrible que coreábamos cuando alguien hacía algo indebido. El "infractor" quedaba paralizado del pánico, muchas veces hasta llorando. ¿Qué provocaba esto? Algo tan terrible como dejar caer un libro accidentalmente, cerrar la puerta muy fuerte y felonías similares.

3. Las zapatillas Diadora
Cómo olvidar eso: en tiempos del primer gobierno de Alan, fuimos de viaje de promoción a Tacna, Arequipa y Cusco. Incluía un día de compras en Arica. Pueden imaginar lo que fue para este grupo de adolescentes tener delante tantas cosas que en Lima no existían en esos tiempos de triste recordación.

Casi todos los hombres del salón compraron zapatillas de diversas marcas. Felices de la vida, regresamos a Tacna. Esa noche, tuvimos permiso de ir a una discoteca y la noticia corrió más rápido que nada: a Elmer le habían vendido dos zapatillas Diadora de diferente modelo y talla, y encima del mismo pie.

Mientras todos los demás lucieron orgullosos sus zapatillas nuevas, Elmer fue blanco de todas las burlas. Después del viaje supe que a toda costa había querido ponerse el "par" de zapatillas, y que los otros se lo impidieron. Así pudo hacer el reclamo a través de la guía que tuvimos en el viaje.

Hasta ahora no falta quien recuerde este episodio. Con carcajadas de por medio, por supuesto.

4. Los ensayos para los desfiles de Fiestas Patrias
Lo único bueno que tenían era que nos hacían perder clases con autorización. En el local viejo, parte de la marcha era en la calle, parte era dentro del colegio. En estos tiempos de caos vehicular en Lima, eso sería impensable.

Cuando desfilábamos por el pasadizo en el que estaban los salones del primer piso, nuestros pasos retumbaban y a propósito hacíamos que resonaran más. Y cuando desfilábamos por afuera, pasábamos delante de una casa que tenía unas rejas verdes de madera que permitían ver en su interior dos pastores alemanes durmiendo. Bastaba que alguien tocara la puerta para que los tremendos perros se abalanzaran y nos ladraran ferozmente. Recuerdo mi terror de que las puertas se abrieran, que el peso de los perros venciera a la cadena con candado que las matenía cerradas. Hasta donde sé, eso nunca pasó.

5. Las antipáticas actuaciones
Recuerdo dos en particular: la de la zarzuela de María Fernanda, en la que las mujeres decíamos: "¡Ay, que zaragatero es usted!" Los hombres salían con corbata, las mujeres con paraguas. Vaya uno a ver dónde se consigue un paraguas en Lima. Mi papá me llevó al canal y me hizo escoger cuál me gustaba más.

Yo soy la que está al medio, de rosado y con mis infaltables lentes.
Fotos sacadas directamente de mi baúl de los recuerdos.

Otra actuación "memorable" fue en el cine Country. Nadie se acuerda bien a quiénes representábamos, si éramos viejos o duendes. Teníamos unas horrorosas narices de plástico, la mía me ajustaba horriblemente. Y teníamos que estar agachados todo el tiempo, con unas ropas de colores demasiado llamativos, cascabeles en los zapatos y bastones. ¿Por qué nos sometieron a ese escarnio público? De esa no tengo fotos... felizmente.

Por no mencionar las "coreografías" que teniamos que hacer las mujeres, en actuaciones como las del día del colegio. Seguramente nadie nos prestaba atención. En verdad, no los culpo.

Esto es una mínima parte de nuestras vivencias de tiempos escolares. En mi caso, tiempos felices casi siempre.

martes, 15 de abril de 2008

Secuelas de un post: el Grupete (actualización)

Hace menos de una semana publiqué un post sobre Monika, la Cortina de Hierro y el chicle. Les mandé el texto a todos mis amigos de colegio, ese maravilloso Grupete que ha reclamado en conjunto un post propio.

Comenzaré por citar algunos de los comentarios de los grupeteros acerca del post. El primero es de Monika, directo desde Varsovia:

Wow, Gabi tengo lagrimas en los ojos...... Tenemos que encontrarnos en algun lugar algun dia :) - Gracias
Perdi total contacto con todos - ya no recibo emails de la gente del salon.
En Polonia existe una web donde se registran los distintos colegios iy salones y despues de anos la gente se rencuentra alli- hay algo asi en Peru? capaz podemos registrarnos? Seia mas facil...
Besos Monika

En verdad, había pensado escribir este post con las primeras reacciones, pero me pareció justo esperar el comentario de Monika antes de redactarlo. Por cierto, como respuesta le mandé todos los e-mails del Grupete.

Desde Sydney, Percy escribió (copio textualmente):
[…]

Dejando la joda de lado, Gaby que bacan escribes, […] tu articulo, no sabes como me has hecho retroceder en el tiempo y los sentimientos de alegria que me ha venido al leer tu articulo, yo ni me acordaba del buque ese, pero ahora que lo comentas se me vino un flashback super claro de cuando estuvimos en la cubierta y lo del radar, de los chocolates y dulces no me acuerdo, y me he dado cuenta que desde chica estabas interesada en la politica y ciencias sociales, mientras yo me ponia a bailar. joder, reir en clases y me botaban del salon […] igualmente de las cosas simples de la vida que mencionas en tu articulo, como el ir a la tienda de la esquina a comprar golosinas, me has hecho acordar cuando vivia en Pueblo Libre (JAJAJAJAJAAJA) y me mama me mandaba a comprar vainas, de hecho que con el vuelto me compraba mi chicle globo! la vida es tan rapida estos dias que entramos en la rutina y nos olvidamos por completo de lo que hemos vivido, aunque no soy muy aficionado de mirar el pasado, pero como dicen recordar es volver a vivir.

con tantas anecdotas del colegio y del grupete tienes harto pa escribir
Otro que recordó el barco con claridad fue Mariano:
Gabriela,
Cómo crees que me voy a olvidar de esa visita (aparte de mirar el reloj para que acabe el día y no tener que regresar a clases)...
Lo que más me acuerdo es cuando abrieron la cabina del motor y era del tamaño de un dormitorio y el barco que ten{ia mas de 100 metros (así lo ví yo, seguro era más chico)...
Iamgino al gordo Carlos, si Jorge Luis se come mi chocolate creo que jamás lo podría olvidar...
Carlos, el aludido por Mariano, dijo:
Como siempre: gracias Gaby recuerdo ese día como si fuese ayer.
Jorge Luis se comió mi chocolate. JAJAJA.
Carlos
Sorprendente confesión, porque no le conocía es faceta de big bully a Jorge Luis. Tal vez era un matalascallando (a ver que me lo confirmen los hombres del salón). Para mí era alguien con quien hablaba muy poco... casi siempre obligada por el hecho de compartir grupo porque nuestros apellidos iban consecutivos alfabéticamente en la lista.

Coqui, desde Denver, otro que pide post del Grupete:
Hola Gaby,
Sabes que he sentido mientras leia bastantes de tus posts?, orgullo, he leido varios y voy a seguir leyendolos […], te cuento que desde que estoy aqui muchas oportunidades de salir no tengo, ya sabes que aqui manejas en tragos y te cuelgan y yo soy pues medio chelerito asi que mas paro aqui pegado a la laptop y en ese plan es que desde hace tiempo me la paso leyendo blogs, con algunos te identificas bastantes pero era primera vez que leia alguno de alguien que conocia y mira tu, eso es lo que senti, te dejo, voy a seguir leyendote y ojala en alguno de esos tambien aparezcamos los del grupete del colegio.un abrazo!
Coqui
Coco, desde México, escribe también:
Gaby,
Apenas termino de leer tu blog y sinceramente me he quedado impresionado, no solo con tu forma de escribir, sino con esos detalles de recuerdos […], que memoria!!. No recordaba lo del Barco, y aunque aún tengo solo imágenes, me ha conmovido más saber que hiciste tan buena amistad con Monika y que sobre todo que a pesar de tu corta edad, ya te enriquecías con el hecho de conocer gente de otras culturas, como adelantándote a la época, hoy en este mundo globalizado es quizá para algunos como en mi caso, el pan de cada día.

[…]

Tony, desde San Diego, no conoció a Monika porque entró al salón mucho después, pero igual comentó, cosa que le agradezco:
Hola Gaby,
Que tal? La verdad que no me imagino crecer sin chicle.
Recuerdo que chico, cuando salian algunos de mis tios con los que creci y me preguntaban si queria algo, si la respuesta no era chocolate era chicle.

Tu blog esta bueno. Acabo de leer un par de escritos. […]

Tony
Marianella, desde Florida, nos dice:
Gaby:

No me deja de sorprender tu memoria, me encanto. La verdad que si me acuerdo lo de la visita al barco, pero lo que me acuerdaba era de un chocolate que en forma de corazon o algo gruesito nos dieron ahi, pero no me acuerdo del chicle...buhhh y ahora no podria vivir sin chicle!
Óscar, normalmente de pocas palabras, también comentó:
Esta bacan el post Gaby, pero yo no recibi tu email original, agrega mi msn a la lista porfa. Gracias

Después de este post, llegaron más comentarios. Acá va el de Carolina, que vive en Pennsilvania:

[…] me acuerdo varias cosas bonitas y asombrosas del barco, sin embargo el sinsabor es que tambien me acuerdo que […] y yo nos peleamos por uno de esos chocolates ... en ese entonces fue una tragedia... un bendito chocolate.

Claudia, que siempre vive a mil por hora, también comentó:

Recuerdo PERFECTAMENTE la visita al barco. No recuerdo tan bien el nombre ("Los niños... algo"), pero esa visita fue memorable! Era la primera vez q pisaba el Callao! Y un barco!

[…]

- No recuerdo el chicle, pero debe ser xq nunca he sido una de sus fanaticas (salvo el Chicle Globo de Fresa y/o Platano q solia comprar en el literal "chino de la esquina", de mi Pacasmayo querido).

- Lo q si recuerdo son los chocolates... humm, chocolates... son mi vicio! Y en ese momento, fuera del Sublime y Cua Cua, en Peru no teniamos nada q valiera siquiera el nombre! Y sin embargo, en ese mini break q nos ofrecieron, habian unas joyas de cacao... Marianella, recuerdo esos corazones!!

- Y recuerdo tambien el dia q me presentaron el Toblerone... fue en tu casa Monika, en uno de tus cumpleaños! Para mi fue el lujo mas grande de la vida! Todavia guardo 2 fotos de ese dia. Estamos Carolina, Monika, Consuelo, Marianella, la hermana de Monika (sorry, no recuerdo el nombre) y yo... la mayoria con vestido largo, recuerdan esa moda?! Pero Monika, tu y tu hermana modernisimas en mini, jajajaja!!

La hermana de Monika se llamaba Dorota, era unos tres años menor que nosotros.

Y ahora paso a explicar qué es el Grupete. No sé quién puso el nombre, ni de dónde surgió, pero así es como nos conocemos. Nosotros somos los grupeteros, o grupeteritos en tono más cariñoso.

Estuvimos en un colegio de la ciudad de Lima, obviamente mixto, que tenía una característica que me parece que se está dejando de lado: los que estábamos en el salón éramos los mismos, desde kinder hasta quinto de secundaria, con algunas excepciones: alguien a quien cambiaron de sección, alumnos nuevos y aquellos a los que les gustaba tanto el colegio que hacían dos veces el mismo año.

Creo que esa característica nos unió más. No es que los de la A y la B fueran extraños, pero la sensación para mí es como si los de mi salón, la C, fuéramos hermanos y los de los otros salones primos muy queridos y cercanos, pero que vivían en su propia casa y que tenían sus propias características.

Lo lindo del Grupete es que no solamente está integrado por nosotros, que nos conocemos desde que el uniforme escolar era único (y horrible además), sino también por l@s espos@s y parejas: Ángela, Carmen, Karina, Claudia, Fernando, Lucho, Jim, Jorge, Xavier, Brunella, Romy, María Inés, Cielo (y por favor, perdonen si me olvido de alguien, prometo rectificar si alguno me hace notar la omisión).

Como pueden ver en los comentarios, estamos dispersos, desde Sydney hasta Lima, pasando por Varsovia, México y varias partes de Estados Unidos. Pero juntos si, eso siempre.

El Grupete estuvo a mi lado en momentos especialmente duros, tratando con todo el cariño de que son capaces (que es infinito) de reanimar mi entristecido corazón. Estuvieron, estuvimos, en los momentos duros de todos. Pero también en los momentos alegres, en esos en los que uno quiere tener a su familia al lado. Para mí el Grupete es mi familia elegida, y no la cambio por nada del mundo.

Particularmente les agradezco que consideren a Gonzalo un sobrino más, como espero que empiecen a considerar a Marcela. Es que los hijos del Grupete son sobrinos de todos, pero mis personitas que unen son sobrinos universales.

Infinitas gracias, grupeteritos. Esto lo he dicho más de una vez, y lo repetiré cuantas veces fuera necesario. Ustedes saben que los quiero mucho.