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domingo, 11 de diciembre de 2016

Pastoreadas navideñas

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ACTUALIZACIÓN: El blog "decidió" borrar varios comentarios sin consultar. He logrado recuperar algunos, pero de todas maneras me disculpo con aquellos comentaristas cuya opinión quedó eliminada.

Se acerca la Navidad, que siempre llega con su cuota de recuerdos y nostalgia. Presento acá lo que me envió alguien que recuerda las celebraciones de su infancia en su muy querido rinconcito del Perú.
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La Navidad en la selva peruana se celebraba con las "pastoreadas". Los ensayos comenzaban dos meses antes. Era ya de noche cuando se escuchaban a lo lejos los cánticos, los pitos y los tambores. Las organizaban familias devotas que continuaban con esa tradición año tras año.

Se acercaba la Navidad.

Cuando llegaba el esperado día del 24 de diciembre, en la tarde anterior a la Navidad, salía el grupo muy bien formado y con sus respectivas vestimentas, un elenco encabezado por el Ángel, una niña vestida de blanco, con alitas, diadema y varita dorada. Seguían las pastorcitas, con falditas, chalecos, pañuelos en la cabeza, collares, sonajas y panderetas. Luego los pastores, también con pañuelos y bolsos. Finalizaban el grupo "los indios", con plumas, tambores y pitos, que danzaban frenéticamente y muchas veces causaban temor a los pequeños espectadores.

Había varios grupos de pastores que iban por distintos barrios para llegar a las casas donde encontraban los Nacimientos más grandes. Durante el trayecto cantaban, sonaban los tambores y los pitos, en medio del regocijo de chicos y grandes, espectadores gratuitos del espectáculo navideño.

Cuando llegaban a la casa con el Nacimiento, entraban, hacían su rutina de cantos, declamaciones y danzas para adorar al Niño. Era toda una fiesta apreciada no solo por los dueños de casa, sino por todos los que acompañaban a los pastores en su camino, y que se acomodaban para ver mejor.

Terminada la actuación, se acostumbraba obsequiar a los pastores con dulces, caramelos y bebidas. Luego la pastoreada partía en busca de otro Nacimiento casero, con sus cánticos, tambores y pitos, y dejaba a su paso una estela de emoción y algarabía por un momento inolvidable que se unía a la alegría de la Navidad.
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Presento este encantador comercial alusivo a la Navidad. Tiene algunos años ya, pero no pierde vigencia, menos en estas fechas.

domingo, 27 de marzo de 2016

Recuerdos de Pascua

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Estos son recuerdos de Pascua, recuerdos ajenos que vienen de un tiempo que no es el mío y de una tierra que es a medias mía.
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Recuerdo una mañana de domingo. Mi mamá nos despertó tempranito, creo que recién había salido el sol. Esa mañana estaba radiante, no llovía, no iba a llover. Nos vistió con nuestros vestidos de domingo y nos llevó de la mano a la Iglesia. Había mucha gente, también afuera, en la plaza. Mi hermana y yo no soltábamos la mano de mi mamá. Se acabó la misa y empezó la procesión. Las imágenes iban adelante. Primero la Virgen Dolorosa, con una capa negra, de luto por la muerte de su hijo, Jesús.

Cargada en hombros de fieles, dio la vuelta por la plaza hasta llegar a la municipalidad. Todo el pueblo acompañaba la procesión. El cortejo se detuvo y de pronto vi que de un balcón de la municipalidad bajaban con cuerdas una silla adornada con cojines y flores, en donde iba sentada una niña vestida de ángel. Ea un ángel, nos dijo mi mamá. La niña llegó hasta la Virgen y le quitó la capa negra. La gente gritó y aplaudió porque la Virgen quedó toda blanca, ya sin luto, mientras las campanas de la Iglesia tocaban a Gloria. Recuerdo haber pensado que no importaba si la silla se caía. La niña era un ángel y volaría al cielo.

De pronto vimos al lado de la Virgen a un pequeño y glorioso Jesús, de pie, con la mano en ademán de bendecir. Es Tata Reshillo, el Señor Resucitado, nos explicó mi mamá.

Las imágenes de la Madre y el Hijo continuaron rodeando la plaza y regresaron a la Iglesia, en medio de cánticos y repiques de campana. Tata Reshillo fue colocado delante del altar.

Regresamos a casa. Empezaba el día y nos esperaba el desayuno con pijuayos, rosquitas, humarí y dale dale.

En adelante, cuando veía pasar a una jovencita, la miraba bien buscando al ángel que bajó del balcón de la Municipalidad para quitar el velo de la Virgen. No recuerdo haberla visto en esas épocas (creo, de repente me equivoco, que se casó muchos años después con don Mariano. Los entendidos confirmarán o desmentirán esta versión). De todos modos, los únicos que no cambian en los recuerdos son la Virgen Dolorosa y Tata Reshillo.

jueves, 12 de marzo de 2009

Princesa sin coronita

Los recuerdos vienen asociados muchas veces con sabores y olores. Los recuerdos de la niñez, por ejemplo, como ese olor a tierra mojada que me remite a Yurimaguas cada vez que lo siento. O el olvidado aquel de la colonia "Ramillete de novia", regalo navideño preferido de la tía Angelita prácticamente inexistente y por eso mismo casi imposible de conseguir.

Con los sabores pasa lo mismo. Si cierro los ojos retrocedo en el tiempo y puedo sentir el sabor del Amaro, ese chocolate amargo que mi papá comía uno tras otro y del que a veces nos invitaba pedacitos. El chocolate Golazo, que debe haber salido al mercado en tiempos de algún Mundial de fútbol, con sus envolturas verde y mostaza (uno era con maní, no recuerdo cuál).
Pero esos sabores ya no existen. Son parte de un pasado que pasado está.

En cambio, hay otros sabores que todavía podemos encontrar. O casi, porque no entiendo por qué algunos genios se empeñan en distorsionarlos.

Primero el chocolate Princesa, ese cuadradito que se podía comer en un solo bocado, con tres bandas a los costados: marrón oscuro, marrón claro, marrón oscuro, cada color era un sabor. Venía envuelto en papel platina dorado. Inolvidable.

Pero en los últimos años el Princesa, sin dejar de ser el cuadradito que se puede comer en un solo bocado, ha dejado de tener sus tres características franjas en dos colores. Es más bien un chocolate relleno, pero el sabor no es el mismo. Además, hay ahora una versión más grande: una barra grande de chocolate.

Las clásicas galletas Coronita, con sus tres sabores piña y coco, limón y chocolate. Esos tres únicos sabores. De un momento a otro, irrumpieron las de naranja y fresa. De los tres sabores originales únicamente subsistió el de chocolate. A la larga, desapareció el de naranja también. De los demás, nos quedaron el recuerdo. Lo más triste es que los desaparecidos eran los sabores más ricos.

Otro clásico: las Charadas, que había de galleta de maní con relleno de maní y de galleta de chocolate con relleno de vainilla. Vaya uno a saber con qué razón, la de maní desapareció. La de chocolate subsiste, pero hace mucho tiempo que no la pruebo. Hace pocos años irrumpieron las Charada de capuccino, aunque creo que sin éxito porque no las vi más.

Tradicionalmente, el Sublime era un chocolate con maní cuyo nombre lo decía todo. Se derretía en tu boca, no en tu mano. Su envoltura era de un papel transparente, lustroso, parecido al que se usa para sacar moldes para costura. Estaba el Sublime de siempre, y un sabroso Sublime blanco que no era muy común. No existían el Sublime con galleta, ni el Sublime bombón, ni el Sublime stick ni ningún otro agregado (y mucho menos su desagradable publicidad). Sublime a secas. Era tan rico que la competencia tenía el Supremo, con una envoltura fácilmente confundible... pero hasta ahí nomás llegaban las semejanzas. Aunque debo reconocer que el Sublime actual sigue siendo muy rico.

También había unas galletas deliciosas llamadas Rondelas, de naranja. Después salieron de fresa y limón, igualmente deliciosas. Ya no existe ninguno de esos sabores.

En lo que constituye para mí el máximo atentado contra los sabores de siempre, el chocolate Sorrento también desapareció. Pero acá debemos "agradecer" que de vez en cuando los fabricantes nos hagan el favor de regalarnos con una "edición limitada". El sabor, por supuesto, no es el mismo que recuerdo.

Respecto a los helados, mi clásico de siempre era el Eskimo, una delicia de fresa de la que siempre le contaba a Gonzalo. Su contraparte era el BuenHumor, de chocolate (el helado de chocolate nunca me ha gustado). Desaparecieron también. Hace algunos veranos nos vinieron nuevamente con la consabida "edición limitada". Recuerdo la felicidad de Gonzalo cuando me dijo que había visto Eskimo en una playa. Nos comimos uno entre los dos.

Entendería perfectamente estas movidas si hubieran retirado del mercado los sabores con menos demanda. Pero la verdad es que la totalidad de estos nombres que menciono eran los preferidos de todos. Y todos los extrañamos, y nos alegramos cuando alguien nos cuenta que ha descubierto una de esas infames ediciones limitadas. Corremos a comprar, pero el sabor que sentimos es apenas parecido al que recordamos y que esperamos sentir.

A veces siento como si nos hubieran arranchado a la mala y sin permiso nuestros recuerdos.

Katia también expresó su sentir sobre este tema.

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PS: todos los nombres de productos mencionados en este post son marcas registradas.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Yurimaguas

Hay un lugar que vive desde siempre en mi mente dentro de recuerdos propios y ajenos: Yurimaguas.

Conocí Yurimaguas a los cuatro años, y fue ahí donde vi por primera vez y en vivo y en directo vacas y terneras. Le di leche en una tremenda mamadera a una que se llamaba Yuyu, que después supe que significa algo así como bebé.

La tierra tenía un olor que yo no había percibido antes y que no olvidaré jamás. La lluvia fue otra cosa nueva para mí, tan diferente de las garúas limeñas. La gente se saludaba por las calles, y no sé cómo, todos sabían que yo era la nieta de don Pedrito, que había llegado de visita desde Lima. Iba por esas calles de la mano con mi mamá, con un sol que deslumbraba los ojos.

Las mujeres llevaban canastas en la cabeza. No importaba cuánto se inclinaran por lo irregular del camino, la canasta seguía firme en su sitio, apuntalada por pañuelos enrollados, llenas de aguajes y quién sabe qué otros contenidos que estas loretanas erguiditas llevaban quién sabe a dónde.

Ahí conocí la Catedral de Yurimaguas, orgullosamente construida por mi bisabuelo don José Riera Torra, el catalán. Hay una placa que lo acredita como el constructor, y a pocas cuadras de ahí, una calle lleva su nombre.

La campana de la catedral marca las horas, las medias horas y los cuartos de hora con diferentes series de tañidos que se oyen por todos lados. Creo que no debe haber mayor sensación de estar en casa que escuchar esas campanadas. Yo que estaba de visita las sentía tan familiares, así que imagino lo que será para los que la escuchan después de años. De tiempo, como dicen allá.

Mi abuela, conocida universalmente como la señora Margarita, tenía un pequeño huerto dentro de su casa, con gallinas incluidas. Había que tener la puerta cerrada para evitar tener gallinas andando por toda la casa. Era la única puerta que se tenía cerrada, porque la de la calle permanecía abierta todo el día. Toda una curiosidad para una pequeña limeña como yo.

En la noche nos sentábamos en mecedoras en la vereda, y todos los transeúntes paraban un ratito a saludarnos.

Un día, de camino a la chacra La Esperanza, de propiedad del abuelo, me caí al piso de tierra cuando subíamos por un tronco tendido de manera diagonal, a manera de improvisado puente. Me hice una tremenda herida en la rodilla, que son gajes del oficio de tener cuatro años.

Recuerdo la delicia que era tumbarse en la hamaca de la chacra y ver todas las variedades de verde que el ojo y el cerebro pueden registrar, y un cielo azul con nubes tan blancas como el algodón. Vi y probé en vivo y en directo las frutas más raras del mundo, para mí, por supuesto, que solamente conocía las tradicionales que había en Lima.

A pesar de estar descubriendo todo ese mundo nuevo, un día lancé un reclamo: "extraño a mi familia", sin darme cuenta de que estaba con mi familia, en mi casa.

En Yurimaguas pelé tantos aguajes que hasta se me infectó una uña por no hacerlo bien, porque se me incrustó un trocito de cáscara. Durante días la infección fue cediendo, y a pesar de que era bastante fastidioso, nunca me acostumbré a pelar aguajes con cuchillo porque se pierde demasiada pulpa. Lo que no se perdió jamás fue mi gusto por el aguaje. Casi todas las frutas de la Selvas son ácidas, a excepción de la piña, la más dulce que he probado nunca.

El cine quedaba literalmente a la vuelta de la esquina. El local era propiedad de don Pedrito, lo que nos concedía ciertos privilegios. Ahí vi como cinco veces la misma película en un viaje posterior, al que fui con mis hermanos.

Entre los recuerdos ajenos están el carro de lujo, "Canción de cuna" con su único rollo, la casa Khan, el vapor Huallaga, el "cielo y la tierra, el cielo y la tierra", los amaneceres sobre el río, los hacendados que venían imponentes a caballo y acompañados de un séquito, del niño que aprendió a leer para portar los carteles del cine de su cuñado. Como no son recuerdos míos, se los dejo a sus poseedores. Que quienes se sientan transportados en el tiempo por mis palabras los disfruten.

Cuando leo sobre las correrías de los hermanos Finch en Maycomb, cuando veo a Totó recorriendo las calles de Giancaldo o a los Alcántara caminando por Sagrillas tengo esa rara sensación de haber visto y vivido personas y situaciones que nunca he visto y de las que solamente he escuchado hablar o de las que he leído... como me pasa con esos atesorados recuerdos ajenos.

Un lugar que vive en mi mente, en recuerdos propios y ajenos. Se llama Yurimaguas, la perla del Huallaga, capital de la provincia de Alto Amazonas.
PD: si tienes algún recuerdo de Yurimaguas, o si tienes tu propio "Yurimaguas", deja tu comentario al final de este post.

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Crédito de las imágenes de Google Images.

P.D.: agradezco a Eduardo Ávila por la mención a este post en Global Voices Online.