Hay un lugar que vive desde siempre en mi mente dentro de recuerdos propios y ajenos: Yurimaguas.
Conocí Yurimaguas a los cuatro años, y fue ahí donde vi por primera vez y en vivo y en directo vacas y terneras. Le di leche en una tremenda mamadera a una que se llamaba Yuyu, que después supe que significa algo así como bebé.
La tierra tenía un olor que yo no había percibido antes y que no olvidaré jamás. La lluvia fue otra cosa nueva para mí, tan diferente de las garúas limeñas. La gente se saludaba por las calles, y no sé cómo, todos sabían que yo era la nieta de don Pedrito, que había llegado de visita desde Lima. Iba por esas calles de la mano con mi mamá, con un sol que deslumbraba los ojos.
Las mujeres llevaban canastas en la cabeza. No importaba cuánto se inclinaran por lo irregular del camino, la canasta seguía firme en su sitio, apuntalada por pañuelos enrollados, llenas de aguajes y quién sabe qué otros contenidos que estas loretanas erguiditas llevaban quién sabe a dónde.

Ahí conocí la Catedral de Yurimaguas, orgullosamente construida por mi bisabuelo don José Riera Torra, el catalán. Hay una placa que lo acredita como el constructor, y a pocas cuadras de ahí, una calle lleva su nombre.
La campana de la catedral marca las horas, las medias horas y los cuartos de hora con diferentes series de tañidos que se oyen por todos lados. Creo que no debe haber mayor sensación de estar en casa que escuchar esas campanadas. Yo que estaba de visita las sentía tan familiares, así que imagino lo que será para los que la escuchan después de años. De tiempo, como dicen allá.
Mi abuela, conocida universalmente como la señora Margarita, tenía un pequeño huerto dentro de su casa, con gallinas incluidas. Había que tener la puerta cerrada para evitar tener gallinas andando por toda la casa. Era la única puerta que se tenía cerrada, porque la de la calle permanecía abierta todo el día. Toda una curiosidad para una pequeña limeña como yo.
En la noche nos sentábamos en mecedoras en la vereda, y todos los transeúntes paraban un ratito a saludarnos.
Un día, de camino a la chacra La Esperanza, de propiedad del abuelo, me caí al piso de tierra cuando subíamos por un tronco tendido de manera diagonal, a manera de improvisado puente. Me hice una tremenda herida en la rodilla, que son gajes del oficio de tener cuatro años.
Recuerdo la delicia que era tumbarse en la hamaca de la chacra y ver todas las variedades de verde que el ojo y el cerebro pueden registrar, y un cielo azul con nubes tan blancas como el algodón. Vi y probé en vivo y en directo las frutas más raras del mundo, para mí, por supuesto, que solamente conocía las tradicionales que había en Lima.
A pesar de estar descubriendo todo ese mundo nuevo, un día lancé un reclamo: "extraño a mi familia", sin darme cuenta de que estaba con mi familia, en mi casa.
En Yurimaguas pelé tantos aguajes que hasta se me infectó una uña por no hacerlo bien, porque se me incrustó un trocito de cáscara. Durante días la infección fue cediendo, y a pesar de que era bastante fastidioso, nunca me acostumbré a pelar aguajes con cuchillo porque se pierde demasiada pulpa. Lo que no se perdió jamás fue mi gusto por el aguaje. Casi todas las frutas de la Selvas son ácidas, a excepción de la piña, la más dulce que he probado nunca.
El cine quedaba literalmente a la vuelta de la esquina. El local era propiedad de don Pedrito, lo que nos concedía ciertos privilegios. Ahí vi como cinco veces la misma película en un viaje posterior, al que fui con mis hermanos.
Entre los recuerdos ajenos están el carro de lujo, "Canción de cuna" con su único rollo, la casa Khan, el vapor Huallaga, el "cielo y la tierra, el cielo y la tierra", los amaneceres sobre el río, los hacendados que venían imponentes a caballo y acompañados de un séquito, del niño que aprendió a leer para portar los carteles del cine de su cuñado. Como no son recuerdos míos, se los dejo a sus poseedores. Que quienes se sientan transportados en el tiempo por mis palabras los disfruten.
Cuando leo sobre las correrías de los hermanos Finch en
Maycomb, cuando veo a Totó recorriendo las calles de
Giancaldo o a los Alcántara caminando por
Sagrillas tengo esa rara sensación de haber visto y vivido personas y situaciones que nunca he visto y de las que solamente he escuchado hablar o de las que he leído... como me pasa con esos atesorados recuerdos ajenos.
Un lugar que vive en mi mente, en recuerdos propios y ajenos. Se llama Yurimaguas, la perla del Huallaga, capital de la provincia de Alto Amazonas.