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lunes, 11 de diciembre de 2017

Crónicas de viaje: Ver llover en Colombo

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- ¿A dónde viajas?
- A Sri Lanka.
- ¿¡A dónde!?

De ahí venía la explicación, que Sri Lanka es una isla en forma de gota al este de India. Creo que nadie nunca antes había oído la expresión "lágrima de la India".

Debo haber escuchado esas preguntas más de 50 veces en los últimos dos meses cuando en la conversación surgía el asunto de mi viaje. Y es que la última reunión de Global Voices se llevó a cabo en Colombo, capital de Sri Lanka.

Como suele ser con estos viajes, los preparativos fueron casi tan emocionantes como el viaje mismo. Lo que más opacaba la emoción era la cantidad de horas que debía pasar en un avión: en total, 25 horas, sin contar las esperas en tres aeropuertos. El tramo más largo era de 15 horas... entre Sao Paulo y Dubái.

Finalmente, llegamos a una ciudad que nos recibió llena de verde. Digo llegamos porque el grupo de iba nutriendo en cada parada. De Lima partí sola, en Sao Paulo me encontré con Victoria y en Dubái ya éramos más de diez. A Colombo nuestro avión llegó casi junto a otro procedente de Doha, con otra parte del grupo. Así que en el aeropuerto internacional de Bandaranaike éramos un grupo muy nutrido que partió en tres camionetas rumbo al hotel.

En la tarde de la llegada, Janine, Tadeo y yo fuimos a una tienda de artesanías. En realidad, los tres andábamos como zombies, veníamos viajando desde el sábado y ya era lunes. Hechas las compras, regresamos al hotel. Todavía no anochecía y Janine y yo, que compartíamos la habitación, ya estábamos durmiendo como si fuera medianoche.

Ni cuenta nos dimos de la lluvia que empezó esa noche. Que empezó esa noche y no paró en toda la semana que estuvimos por ahí.

Es rara la sensación de lluvia para mí, que vivo en una ciudad asentada en un desierto donde la lluvia son gotas mínimas que no echan a perder los planes de nadie. Ahora ya puedo decir que sé cómo es oír llover.

El hotel elegido estaba al lado de la playa, a la que nadie pudo ir porque no paró de llover. Desde mi ventana, veía el mar encrespado por el viento que acompañaba la constante precipitación. El Índico ante mis ojos, tan cerca y a la vez tan lejos.

Así transcurrió esa inolvidable semana, entre reuniones, risas, encuentros, conversaciones y mucha camaradería. Y lluvia, mucha lluvia. Supe que al día siguiente de mi partida, que fue de noche, salió el sol.

Tuve que recorrer casi medio mundo para ver llover. Valió la pena toda la aventura.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Bodas de aluminio

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Sin darme apenas cuenta, casi como por arte de magia como dice la canción, este blog cumplió diez años. Qué lejana y qué cercana a la vez se siente esa primera publicación, que vino llena de dudas.

Y acá estamos, apagando diez velitas, celebrando bodas de aluminio, cumpliendo aniversarios metálicos, contando ya los años con dos dígitos y en décadas.

Ha sido un viaje fantástico, y lo seguirá siendo. Viene junto con otro viaje fantástico, diez años de una hermosa amistad descubierta en Global Voices.

Vamos por diez años más, y muchos más.
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Hablando de Global Voices, acá mi más reciente artículo en su sitio web.


martes, 4 de octubre de 2016

Novela al paso

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Caminando estaba hace algunos días por una pequeña y poco transitada calle muy cerca de mi casa. Era casi la mitad de la mañana, un rato antes habían estado cayendo unas gotitas mínimas de agua que habían dado al ambiente una sensación de frío bastante agradable.

Iba yo sin prisa, venía de la quinta visita de las últimas dos semanas al operador móvil que dice que compartida la vida es más. Esas visitas no son placenteras, casi siempre terminan en disconformidad de mi parte, pero como reconozco que los servicios que brinda la empresa son un mal necesario, ya casi debo decir que me he acostumbrado a ese resultado.

Como fuera, estaba ya muy cerca de mi casa. Me quedaban pocos pasos para llegar a una casa que en una de sus ventanas exhibe un cartel con las palabras "Alquilo habitación", y un número de teléfono celular en la segunda línea. El cartel tiene ya un tiempo, no sabría decir cuánto exactamente, pero ya lo había notado antes.

En sentido contrario a mí venían caminando dos hombres. Era evidente que venían de hacer una compra menor en una de las tiendas del barrio, de esas que en el Perú llamamos bodegas. Eran dos hombres cuya edad fluctuaba entre los 50 y los 60 años. Hablaban por ratos, no era una conversación fluida. Simplemente caminaban juntos mientras hacían algún comentario.

Justamente cuando pasaba por la casa del cartel me crucé con ellos. No les hubiera prestado atención si no hubiera oído al paso lo que uno le dijo al otro:
- Ahí está. Arráncalo -mientras señalaba el cartel con el aviso de la renta.
- No, ¿para qué? -respondió el otro, y se encogió de hombros con la actitud de quien ha enfrentado batallas y ve que es inútil seguir insistiendo en algo que no va a lograr.

No oí más y seguí mi camino.

En ese momento, se formó la novela en mi cabeza: la esposa de uno de ellos está harta de que el hombre no trabaje. No era una deducción difícil, delante de mí tenía al motivo del dolor de cabeza de esta mujer, caminando con un amigo por la calle antes de mediodía de un día de semana. Es evidente que, al menos ese día, no había ido a trabajar. Habría que mencionar que su interlocutor estaba en la misma situación, pero esta novela se refiere al primero de estos cincuentones.

Volviendo a la novela, viendo la esposa que el hombre no trabaja y que no cuentan con recursos para mantenerse holgadamente, la mujer decidió alquilar una habitación de su casa. Están tan faltos de dinero que no puede darse el lujo de contratar un aviso en un periódico ni menos contratar un corredor de inmuebles. Se ha visto en la necesidad de recurrir a una hoja grande de papel y un plumón negro grueso para publicitar la habitación que ofrece.

Al hombre, que a pesar de no trabajar dice tener orgullo, le molesta la posibilidad de tener extraños en su casa. Aunque sean esos extraños quienes al final le den sustento, la idea le incomoda. Y pelea con la esposa por ese motivo.

Pelean varias veces, hasta que ella, harta de ver que el hombre se opone a la idea de tener huéspedes pero que tampoco ofrece una solución al problema económico que pasan, decide hacer el cartel y exhibirlo sin más trámite.

El amigo conoce toda la situación y, en broma y en serio a la vez, sugiere arrancar el cartel. Es una muestra de solidaridad con la dejadez del compañero, actitud que termina siendo tan irresponsable como la del amigo.

Hace un rato pasé por ahí. El cartel ya no está. O la señora logró alquilar la habitación o el hombre impuso su voluntad. O tal vez él encontró trabajo y ya no necesitan recurrir a alquilar a extraños para tener recursos.
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He aquí mi más reciente artículo en Global Voices.

jueves, 26 de febrero de 2015

Crónicas de viaje: Ir al baño en Asia

Cuando se está de viaje es común encontrar diferencias en cosas que hacemos todos los días. Si eso pasa hasta al viajar entre ciudades de un mismo país, las diferencias son mucho mayores cuando se va de un continente a otro.

Hace poco más de un mes estuve una semana en la ciudad filipina de Cebú. Además, para llegar hasta ahí, tuve que hacer un cambio de avión en el aeropuerto de Narita, en Tokio.

Grande fue mi sorpresa cuando entré a un baño en el aeropuerto al llegar a Tokio y descubrir un apoyabrazos, casi como los que hay en el cine.

Fue inevitable tomar una foto
Cómo no va a despertar curiosidad
Hay controles para poner música que sirva de inspiración y también para ocultar ruidos incómodos. Otro control pone el asiento a una temperatura agradable y no me animé a probar los otros. Me sentía casi en un episodio de "La dimensión desconocida".

Uno de los baños que usé en Cebú fue otra historia. En ese caso, no era la cantidad de controles, sino las gráficas recomendaciones que estaban pegadas en la puerta.

De todas, fue la primera línea la que llamó mi atención. Dice: "Siéntate como una reina (dibujito que muestra cómo se sienta una reina), no como un sapo (dibujito que muestra cómo se sienta un sapo)".

Honestamente, nunca me he sentado, ni intentado siquiera, sentarme como un sapo. No conozco a nadie que se siente así al ir al baño. Es más, jamás se me hubiera ocurrido que alguien se pueda sentar como un sapo. En mi caso, siempre como una reina.

Lo que sí encontré fue un inodoro con cara de sapo.

Quién me hubiera dicho que hasta las costumbres para ir al baño cambian tanto de un lugar a otro. Todo esto también despertó la curiosidad de mi amiga Laura.

jueves, 12 de febrero de 2015

Crónicas de viaje: Todo sea por esa sonrisa

Al día siguiente de llegar a Cebú, nos dimos cuenta de que teníamos que tener algo de moneda filipina. Todos los que viajamos teníamos dólares en el bolsillo, pero poco se podía hacer con esos billetes en las tiendas locales.

No era tan fácil encontrar lugares donde cambiar la moneda. Acostumbrada a como estoy a que en el Perú sea sumamente sencillo hacer esa operación en todos los bancos, en casas de cambio y hasta en la calle con cambistas autorizados y debidamente identificados con chalecos característicos y credencial de la municipalidad, se me hacía raro tener que sortear tantas complicaciones para cambiar mis dólares.

Los bancos prestan ese servicio exclusivamente a sus clientes, y además solamente hasta el mediodía. El hotel en el que estábamos alojados no cambiaba dólares, las tiendas aceptan pagos únicamente en pesos filipinos. La solución era una casa de cambios, que no ponen restricciones.

Felizmente, había una casa de cambios prácticamente frente a nuestro hotel. Así que fui con mi amiga Laura. Cruzamos la pista, que es toda una aventura, incluso para una limeña que ha debido aprender a sortear casi sin renegar a choferes y peatones que no distinguen el verde del rojo. Nótese el "casi" de la frase precedente.

Llegamos a la casa de cambios y atendieron a Laura primero. Cuando ya estaba en mitad de mi operación, la oí hablar con alguien que le contestaba en un tono tan bajito que no lograba entender lo que le decía.

Cuando me di la vuelta ya para irnos, vi que el interlocutor de Laura era un niño de unos siete años. Iba vestido con ropa raída, el pelo alborotado y sucio, con un calzado que prácticamente eran suelas muy gastadas. Ahí logré escuchar que el niño le pedía plata para comprar un chocolate, de los que vendían en la misma casa de cambios.

El niño nos había visto con efectivo, obviamente las dos éramos turistas. Pienso en el tiempo que le habrá tomado reunir el valor para acercarse a Laura.

Ella le dijo que le indicara qué chocolate quería, y el niño se lo señaló sin decir nada. Preguntamos el precio, y sin que mediara palabra entre nosotras, cada una compró un chocolate y se los pusimos en las manos que con inocencia infinita el pequeño ya tenía extendidas hacia nosotros.

Sin decir nada, agarró sus chocolates y se fue corriendo muy rápido con las dos manos llenas, quizá temiendo que el momento fuera una fugaz ilusión. Esa sonrisa que lo iluminó todo alrededor habló más que si hubiera dicho "gracias" mil veces.

domingo, 1 de febrero de 2015

Crónicas de viaje: Desayunando mango en Filipinas

Acabo de pasar una semana inolvidable en Filipinas, un país al otro lado de mi Perú, donde se llevó a cabo el más reciente encuentro de esa comunidad maravillosa que se llama Global Voices.

Viajar desde Lima a Cebú, la sede de la reunión, es toda una experiencia. Desde que supe que mi nombre estaba en la lista de asistentes, comenzaron las consultas y trámites de requisitos de viaje, de pasos por los diferentes aeropuertos, de documentos que había que llevar.

Mi primer viaje a Asia supuso una buena dosis de nervios. No todos los días me dicen que debo viajar seis horas, esperar tres horas en un aeropuerto en el que estuve alguna vez, viajar catorce horas, esperar tres horas en un aeropuerto inmenso para viajar cinco horas más hasta llegar (¡finalmente!) a mi destino.

Partí de Lima un domingo en la noche. Tremendas filas en el mostrador de la aerolínea que me llevaría a Houston, Texas. Avanzó mucho más rápido de lo que imaginé y dos horas después ya volaba rumbo a Estados Unidos. Un buen menú de películas me hizo llevaderas las seis horas.

Primera escala en el estado de la estrella solitaria, control migratorio, control de aduanas, control de seguridad. Control y control es todo lo que oyes la primera media hora. Pasada esa etapa, me encontré con Romina, en cuya compañía haría el resto del viaje. Ella llegaba desde Buenos Aires.

Catorce horas más tarde y diez películas después, aterrizamos en el aeropuerto de Narita, en Tokio. Me habían advertido que no me dejara intimidar por las enormes dimensiones de este terminal aéreo porque "todas las personas ahí son muy amables". Debo confesar que nada me hubiera preparado para la amabilidad del personal que trabaja ahí. Todos nos recibían con sonrisas, pero lo más sorprendente fue que una señora salió al encuentro de un grupo de viajeros de mi avión y nos preguntó: "¿Cebú?" Cuando dijimos que sí, nos hizo señas para que la siguiéramos.

Nos dejó en la puerta donde debíamos abordar el bus que nos llevaría desde un terminal al otro del aeropuerto. El recorrido toma más o menos diez minutos. Imposible hacerlo caminando.

Ya en la sala de embarque previa al último vuelo, reconocí más caras que antes solamente había visto en pequeñas fotografías de diversos perfiles. Formábamos un grupo más o menos nutrido.

Cinco horas después, ya martes cerca de la medianoche, al otro lado del mundo, un amable funcionario filipino de Migraciones sellaba mi pasaporte mientras me daba la bienvenida a su país.

Teníamos un comité de bienvenida esperándonos. De ahí al hotel, a dormir algunas horas antes de empezar la verdadera aventura que es uno de estos encuentros de Global Voices.

Pocas, muy pocas horas después, estaba desayunando mangos en el comedor del hotel Diamonds de Cebú, rodeada de gente de partes tan diversas del mundo que hay que vivirlo para creerlo.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Venezuela en mi corazón

En este blog no hablo de política. Ni tangencialmente. Esta vez hago una excepción y trato de política. Tangencialmente. Reproduzco mi más reciente artículo para la sección The Bridge de Global Voices Online.
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En ese tiempo en el Perú, el terror y el miedo eran parte de nuestra vida diaria.

Acababa de terminar mis estudios universitarios de Derecho en Lima. Era finales de 1993 y mi querido Perú se recuperaba de 12 años de conflicto interno que había cobrado decenas de miles de vidas.

La Navidad se acercaba y decidí que era el momento de mi primer viaje al extranjero para visitar a una querida tía.

La hermana mayor de mi mamá se había mudado a Venezuela a finales de los años 50. Se casó en Caracas y se instaló en esa ciudad con su esposo y sus dos hijos. Después de que mi primo menor muriera en un accidente automovilístico, mi madre y su hermana fortalececieron su vínculo aunque nunca permitieron que la distancia les impidiera estar en contacto.

Cuando salí del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar en Maiquetía, me sentí instáneamente impactada por lo diferente que era todo, comparado con Lima.

Caracas era una resplandeciente ciudad moderna, con altos edificios, carreteras, pasos elevados y pistas recientemente repavimentadas.

Parecía que todos los autos acababan de salir de la línea de ensamblaje, lustrosos y espléndidos como eran. En el Perú recién nos estábamos acostumbrando a los autos nuevos, después de que una hiperinflación descontrolada nos había hecho multimillonarios a todos con un poder adquisitivo casi nulo.

Los carteles en las calles se veían como si los hubieran pintado el día anterior.

Se podía sentir progreso por donde mirara, y esto era solamente en el camino desde el aeropuerto a la casa de mi tía. Una lluvia, de las que llaman "palo de agua", me dio la bienvenida a esta aventura, algo a lo que los limeños no estamos acostumbrados para nada.

Al día siguiente empecé a recorrer la ciudad. No me sentía como una forastera total. Mi generación creció viendo telenovelas venezolanas, así que algunos nombres me eran conocidos: Chacao, Chacaíto, la Virgen de Chiquingirá. Igual lo era ese hablar cadencioso que noté que me seguía por todas partes después de unos pocos días. 

Durante una visita a un museo, vi a un hombre que miraba una lista de batallas donde participó Simón Bolívar, el libertador de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Estaban los nombres de las batallas sin indicación del lugar donde ocurrieron, y me paré al lado de este turista y empecé con la lección aprendida hacía años en el colegio: Carabobo, Venezuela; Boyacá, Bogotá, Pichincha, Ecuador; y Junín y Ayacucho, Perú (país de esta servidora).

En ese viaje, en una visita a una playa cuyo nombre he olvidado, mis pies tocaron por primera vez el Atlántico. Le debo eso a Venezuela también.

Pero lo que más me impresionó fue la libertad que la gente tenía, que simplemente vivía su vida. Podíamos entrar a cualquier edificio y no había un oficial del Ejército esperando para revisar nuestros bolsos y pertenencias. No había detectores de metales ni máquinas especiales por las que debíamos pasar a la entrada de centros comerciales o museos o cualquier lugar, para tal caso.

Hasta caminé por delante de edificios del gobierno y ministerios, como si fuera lo más normal del mundo. Nadie me dijo que no caminara por ahí, nadie revisó mis documentos, ni nadie me hizo sentir que había algo que temer.

Es por eso que siento mucha tristeza por las recientes noticias e imágenes que han estado llegando de Venezuela.

Los venezolanos están sufriendo. Los venezolanos están llorando. Los venezolanos están de duelo.

Los manifestantes están pidiendo libertad y que se respeten sus derechos. Los jóvenes están muriendo en las calles, mientras la policía y partidarios del gobierno combaten a los manifestantes. Los hermanos están luchando con hermanos.

Prefiero recordar a la Venezuela que conocí en 1993. Alegre música caribeña mezclada con tradicionales canciones navideñas me acompañaban por donde iba. Caras sonrientes me saludaban, la gente me acogía con palabras amables y los brazos abiertos, en cuanto sabían que era peruana. Venezuela, siempre estarás en mi corazón.

jueves, 13 de febrero de 2014

Yo amo internet

En un tiempo no muy lejano, las gente se comunicaba con los que estaban lejos a través de la palabra escrita, casi siempre manuscrita, que plasmaba en papel especial (livianito, para no hacer el envío muy caro), que luego metía en un sobre para convertirlo en una carta, que después llevaba a la oficina de correos. Ya el correo se encargaba de hacer llegar esa carta a las manos del destinatario.

El remitente quedaba a la espera de una respuesta, que se haría siguiendo el mismo procedimiento. Una carta demoraba días, hasta semanas en llegar a su destino. Igual pasaba con la contestación. Así, las noticias, las buenas y las otras, recorrían un camino lento, tortuoso y a veces incierto.

De todas maneras, en mis años de usar ese sistema de comunicación mis cartas siempre llegaron a su destino y siempre recibí las cartas que me mandaron.

Hasta que llegó internet. Y nunca más las noticias tardaron semanas en llegar. Ahora toman segundos. A veces, las respuestas toman la misma cantidad de segundos. No importa dónde estén destinatario y remitente, la comunicación pasó a ser inmediata casi en su totalidad.

Los abuelos pueden conocer a los nietos que nacen en países lejanos el mismo día en que nacen. Los que se quieren pueden mandarse mensajes cariñosos viéndose a la cara, aunque tengan un océano de por medio. Los negocios se pueden cerrar casi sin necesidad de viajar horas enteras en aviones y de hacer escalas. Los alumnos pueden tomar clases sin salir de casa y sin perder horas en trasladarse de un punto a otro. Se puede ir al banco solamente mirando una pantalla que casi se ha vuelto mágica.

¿Por qué amo internet? Porque nos comunica, nos conecta, nos contacta, nos acerca y más con apenas un clic. Y porque además permite que la magia del correo real siga existiendo, espero que por mucho tiempo.
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Esta entrada forma parte del festival de blogs de Global Voices.


martes, 31 de julio de 2012

Crónicas de viaje: Dos historias simples

La niña del museo
El domingo 1 de julio, como parte de las actividades de la Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices 2012, elegí visitar el Museo Nacional de Nairobi.

El museo contiene de manera resumida toda la historia de Kenia, dividida en diferentes salones, donde podemos observar prácticamente todos los momentos de la biografía de este país, con imágenes, estatuas, cuadros, exhibiciones de armas, de vestimentas de distintas épocas. En realidad, la manera en que está organizado no es muy diferente de la de cualquier otro museo de Historia que hubiera visitado antes.

Por todos lados, había grupos paseando por los ambientes, deteniéndose a mirar las vitrinas, comentando y señalando esto y lo otro.

De todos esos grupos, hubo uno que llamó mi atención. Era a todas luces una familia compuesta de papá, mamá, y tres hijos: dos mujeres y un hombre, de los cuales el niño aparentaba ser el mayor.

En algún momento, descubrí que la niña más pequeñita me miraba fijamente. Imagino que se me notaba a la legua que yo no era de ahí, y que eso despertó la curiosidad de la niñita. En lugar de molestarme una mirada tan atenta, le devolví la mirada, probablemente con la misma curiosidad con que ella me miraba a mí.

Tenía el pelo peinado ordenadamente en dos colitas, preciosamente separadas con unos elásticos con adornos tejidos en croché, un abrigo de color crema que le llegaba hasta las rodillas, cuyos puños y cuello tenían un tono un poco más oscuro. Y calzaba unas botas negras relucientes, impecablemente lustradas. Me hizo pensar y extrañar a otra niña de casi el mismo tamaño, a la que le encanta usar y mostrar sus botas.

Esos breves segundos que duró nuestra mutua inspección causaron que se separara del grupo con el que estaba. Cuando se dio cuenta de que los demás estaban a unos cuantos metros de ella, se fue corriendo. El resto del grupo ni siquiera había notado su ausencia, pero la mamá le dio la mano y siguieron caminando juntos.

En el instante preciso antes de salir del salón en el que estábamos, se volteó y me dedicó una mirada final. Le hice adiós con la mano. No pude ver su reacción. Se habían ido todos.

La casaca perdida
Los días en Nairobi eran fríos muy temprano y hacia el atardecer. Alrededor del mediodía, el sol asomaba y calentaba los ambientes. En realidad, no era necesario mucho abrigo. Una casaca, chaqueta, saco o campera delgada era suficiente, e imprescindible en las horas en que se sentía más frío.

Por eso, era habitual que casi todos anduviéramos con la prenda de abrigo en la mano hasta que volviera a ser útil. Como suele suceder, algunas personas estaban todo el día con manga corta y no parecían sentir el más mínimo frío.

El penúltimo día de las reuniones, tuvimos una parrillada, cortesía de Global Voices. En algún momento, sentí calor y me quité la casaca. Pensé en amarrármela a la cintura, pero finalmente opté por tenerla en la mano.

Todo iba bien hasta que me di cuenta de que no tenía nada en la mano. La casaca estaba desaparecida. Miré por todos lados, debajo de las mesas, debajo de las sillas, por todos los lugares por los que había pasado. Nada. Ni rastro.

Casi me había resignado a su pérdida cuando se me acercó una de las chicas del servicio del hotel. Me preguntó qué pasaba, y cuando se lo conté, me dijo que iba a hablar con su jefe para hacer un anuncio a través del altavoz. Me pidió una descripción de la prenda, que ella anotó diligentemente, y partió a entregársela a su jefe.

Mi compañera de cuarto lo había visto todo y se me acercó a preguntar qué pasaba. Cuando le conté, me dijo que estuviera tranquila que seguro la casaca aparecía. No habían pasado ni dos segundos cuando me señaló a una silla algo distante, mientras me preguntaba: "¿no es esa que está ahí?"

Efectivamente, era. Me acerqué a la silla y la agarré sin dudarlo. De ahí, me fui a buscar a la chica para decirle que no se preocupara. La encontré en el preciso instante en que le daba a su jefe la descripción de la casaca. Se la mostré de lejos, y ella me hizo una seña, con cara de evidente alegría.

Nota: se ha iniciado la quinta edición del concurso "20 blogs peruanos". Te agradecería que votaras por mi blog entrando a la página del concurso. En la categoría de blogs personales, busca Seis de enero, y dale clic a donde dice VOTAR. El sistema te va a pedir que ingreses tu correo electrónico, y de inmediato vas a recibir un mensaje para confirmar el voto, lo que se hace con un clic. Sin esa confirmación, el voto no cuenta. Parece complicado, pero en verdad es mucho más simple de lo que parece. Prometo que es el único mensaje que vas a recibir, no hay spam ni mensajes de propaganda.
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miércoles, 25 de julio de 2012

Crónicas de viaje: Una larga espera

Pocas semanas antes del viaje, me dispuse a examinar detenidamente mi itinerario. El viaje, tanto de ida como de vuelta, se haría con un cambio de avión en Schiphol, el enorme aeropuerto de Ámsterdam. En el viaje de ida, tendría una espera entre aviones de seis horas. No me preocupó mucho, pues compartiría el vuelo con varios colaboradores de Global Voices, así que iba a estar acompañada todo ese rato.

Fue al ver los horarios del viaje de regreso que se me complicaron las cosas: tenía 18 horas de espera. Poco después, comprobé que no eran 18 horas, sino 20. ¿Qué iba a hacer durante todo ese tiempo? Ya no estaría acompañada, como en el viaje de ida. Ya la emoción de lo que se venía habría terminado. Sospechaba que primaría el cansancio y las ganas de volver.

¿Qué hacer durante 20 horas? ¿Cómo llenar tanto tiempo?

En un principio, pensé en reprogramar el vuelo entre Nairobi y Ámsterdam, y cambiar mi reserva. Pero cuando me comunicaron que estaría en lista de espera y que debía pagar una penalidad, descarté la idea. Es más, decidí también no pensar en eso. Al mal tiempo, buena cara.

Cuando llegué al aeropuerto de Schiphol en el cambio de aviones rumbo a Nairobi, iba con ojos y oídos bien abiertos para ver en qué podía ocupar esas 20 horas de espera casi tres semanas más tarde. Con el grupo de otros viajeros de Global Voices, encontramos unos cómodos sillones. Anoté mentalmente su ubicación. También anoté mentalmente dónde quedaban los lugares de comida rápida.

Ese día no hubo tiempo para más. Embarcamos y en medio de todo lo que significó la Cumbre Medios Ciudadanos de Global Voices 2012, hasta olvidé el asunto.

Hasta que llegó el momento de la verdad...
Cómodos asientos

Enfrentada a la irreductible realidad de una larga espera, bajé del avión cerca de las 4 pm de Ámsterdam. Era un día radiante, el brillo del sol entraba por los ventanales. Hice un recorrido breve de reconocimiento y después de algunas vueltas, me instalé en unos de los cómodos sillones. Tenía horas de sueño atrasado, así que me quedé dormida rápidamente.

Desperté unas dos horas después, ya con ganas de recorrer el enorme aeropuerto. Y además con hambre. Así que me fui directamente a un negocio de comida rápida, donde los niños salen felices con su cajita. Escogí el combo que me pareció mejor, pagué y me senté a comer y a observar.

Viajeros de todas partes del mundo, idiomas incomprensibles, personas solas, familias enteras, grupos disímiles. Todos atrapados en un limbo aeroportuario, compartiendo mesas y casi la misma comida.

Miré el reloj para calcular cuántas horas me faltaban. Burla burlando, ya iban cuatro por delante.

Nuevo paseo por las tiendas del aeropuerto. Compras chicas de último minuto. Más de las 8 pm y afuera el sol brillaba como si fuera mediodía. Nuevo alto en las cómodas sillas, ubicadas dentro del Centro de Meditación. Libro en mano, la mitad de mi atención estaba en la lectura que me ocupaba y la otra mitad en las personas que me rodeaban. Cada uno metido en lo suyo, sin mirar siquiera al del costado, a menos que estuvieran juntos.

Cerca de las 11 pm, me decidí a dar otra vuelta. Grande fue mi sorpresa al ver muchas tiendas cerradas y otras muchas cerrando. Pregunté y me dijeron que entre 11 pm y 2 am, no hay vuelos en el aeropuerto, que todo cierra hasta la 1:45 am. En eso, una voz femenina por el altavoz anunció que solamente tenían autorización para circular dentro las instalaciones el personal de seguridad y los pasajeros en tránsito.

Letrero que se me hizo familiar
Regresé al Centro de Meditación. A estas alturas, ya éramos viejos conocidos. Tenía luz suficiente como para leer, y no molestaba a la hora de dormir. Éramos varios los que ocupábamos los sillones del Centro de Meditación. En algún momento, me quedé dormida. En algún momento, me despertaron los poderosos ronquidos de un señor sentado a pocos metros de distancia. Hasta ahora no entiendo cómo es que podía dormir tan plácidamente si sus ronquidos parecían una locomotora.

Logré volver a dormirme, para despertarme horas más tarde a causa de esos mismos ronquidos. Felizmente, pude volver a dormir una vez más.

Y así dieron las 6 am, en que me despertaron ya no los ronquidos del señor, que ya no estaba. Esta vez fueron las risotadas de dos pasajeros asiáticos que sin ningún empacho conversaban a voz en cuello y reían como si estuvieran solos. En más de una ocasión me sorprendieron mirándolos, pero con ellos no era la cosa. En todas partes se cuecen habas y en todas partes hay personas desconsideradas.

Así que me levanté, me lavé los dientes y la cara. Nuevo recorrido por el aeropuerto. Me senté en una sala de espera a revisar mi correo electrónico y contestar algunos mensajes. Cerca de las 8 am, busqué dónde desayunar.

Según mi tarjeta de embarque, debía estar en la puerta a las 10:30 am. Increíblemente, faltaba poco más de una hora, que la dediqué a una última vuelta. Y poco antes de la hora fijada, me acerqué a mi sala de embarque. Recién estaban saliendo los pasajeros del vuelo anterior, y una atenta señorita me dijo que me apurara. Cuando le dije que mi vuelo era el siguiente, me comentó que hacía bien en llegar a tiempo. Le contesté que estaba ahí desde las 4 pm del día anterior, y ella me preguntó con cierta preocupación si había podido dormir y si había comido algo. Le contesté que si, y le agradecí su atención.

Finalmente, me llegó el momento de embarcar. Hasta me apenó que la larga espera hubiera llegado a su fin. Lo último que vi de Ámsterdam fue la pista de aterrizaje mojada por la lluvia. Un cielo gris que sentí como una antesala de mi llegada a casa.

Después de volar doce horas, de ver cuatro películas que no había visto y capítulos de algunas series, degustar dos comidas y no sé cuántos snacks aterricé finalmente en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima.

El largo viaje había terminado.

A mis lectores peruanos, sea que estén dentro o fuera del país, ¡les deseo felices Fiestas Patrias!
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miércoles, 18 de julio de 2012

Crónicas de viaje: Lo que Kenia me dejó

Ya de vuelta en casa, casi de nuevo en la normalidad, puedo ver el viaje que acabo de hacer a la distancia de los hechos consumados, pero a la vez sintiendo muy de cerca este acontecimiento tan trascendente.

Kenia me dejó recuerdos, impresiones, memorias y anécdotas que permanecerán por siempre como parte de mis experiencias de vida.

Para empezar, llama la atención que manejan por el lado derecho de la vía, al igual que los ingleses. Y claro, recién uno se da cuenta de que han dejado de ser colonia británica en 1963. El próximo año cumplirán 50 años de la declaración de su independencia.

Ese detalle hace que cruzar la pista sea un poco confuso, por lo menos al comienzo. Los carros vienen del sentido contrario al que uno espera que venga. Me sentí como en la escena inicial de la película Closer.

Su moneda es el schilling keniano, o chelín keniano. Nueva reminiscencia británica.

Las personas son bilingües y hasta trilingües. Hablan inglés con soltura, y dominan también el suajili. Muchos de ellos usan el idioma de su tribu. Es sorprendente la facilidad con que pasan de uno a otro. A nosotros nos hablaban en inglés, y un segundo después se les veía conversar en suajili con quien tuvieran a su lado. ¿Cómo saber lo que decían?

Todas las mañanas, me despertaba con el sonido de unos pájaros que pasaban volando velozmente. Nunca olvidaré ese sonido, tan diferente a todos los graznidos que había escuchado antes en mi vida. Creo que ni en Yurimaguas.

Los kenianos son regateadores por naturaleza. Cada pequeña compra que hice en los diferentes mercados que visité, implicaba una fuerte dosis de tira y afloja en el que siempre sentí que no era precisamente yo quien salía ganando. Al final, me sería imposible decir el verdadero valor de cualquiera de las cosas que compré porque cada vez lo encontraba a diferentes precios.

Los matatus no me dejaron extrañar a las peruanísimas combis. Era casi como tener un trocito de casa en África.

Por primera vez en mi vida, probé carne de cabra. Puedo decir que es una carne deliciosa. Espero poder degustarla alguna otra vez.

También probé comida etíope y comida india por primera vez. De la primera no puedo opinar mucho del sabor porque estaba tan picante que ese era el único sabor que llegué a sentir. Quienes me conocen, saben que no me gusta el sabor picante y que lo evito a toda costa. En cuanto a la comida india, tuve la suerte de compartir la mesa con personas que también optaron por comida menos condimentada. Estuvo realmente deliciosa.

Kenia me dejó muchos recuerdos e impresiones. Sobre todo, me dejó la sensación de que nuestro mundo es más ancho y más ajeno de lo que a simple vista parece.

Nota: la historia no termina acá, pues en entradas siguientes contaré otras incidencias de este viaje.
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martes, 10 de julio de 2012

Echoes from GV2012

Para la versión en castellano, hacer clic acá.

It's been almost a week since the Citizen Media Summit 2012, organized by Global Voices came to an end. A week can be felt as a long while, but when it comes to an event that huge, the echoes go on.

The summit was held between Friday June 29th and Tuesday July 3rd. The first three days were exclusively dedicated to intern Global Voices meetings and the other two were open sessions with scholars and academics especially invited for the occasion.

From the intern meetings, there are two to be featured, in my opinion. The first one was the session for the group formed by future volunteer subeditors, which I expect to be a part of. That I'll know soon, hopefully. The other one was a proposal of mine, about context for Global Voices translators, to make our task a little easier.

Duiring the half day activity, I chose to visit the Nairobi National Museum, where you can find every aspect of the History of the country hosting me these days. A visit that helps you put it in perspective.

Each one of the moments spent during those five days is remarkable and worth to be mentioned, but what is remarkable above all is the contact with all the other Global Voices contributors.

On one hand, it was really excting to be reunited with friends I met last Summit in Santiago, Chile, two years ago. Recognizing faces and not recognizing others, among laughs, hugs, anecdotes was simply undescribable.

On the other hand, putting a face to what at that point had been just a name and maybe a tiny profile image is always a unique experience. In spite of being new faces, in most cases the feeling was we are lifetime friends. And actually that was the feeling. Free time is so little for activities are so intense, but there is always occasion for an always interesting chat.

Of course, each summit means meeting new friends, share the table with different people each time, learn a little bit about their countries and have a huge satisfaction discovering that many of them are aware that  Peru means Macchu Picchu, satisfaction that gets multiplied when we realize that they know that Peru is (way much) more than Macchu Picchu.

A very fun thing was the exchange with the secret summiteer, some kind of secret friend for whom we must take something from our countries. As for me, I gave away a T-shirt with the Marca Perú symbol, which was very well received, among other Peruvian little articles. I got a beautiful jewelry box, brought especially for me from Pakistan.

A Global Voices summit lasts for a few days. The echoes of a Global Voices summit never fade away.

Note: to read more about this on Twitter, click here.
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domingo, 8 de julio de 2012

Crónicas de viaje: Ecos de GV2012

For English version, click here.

Hace casi una semana que llegó a su fin la Cumbre de Medios Ciudadanos 2012, organizada por Global Voices. Una semana parece ser mucho tiempo, pero cuando se trata de un acontecimiento de esta magnitud, los ecos se prolongan.

El encuentro se dio entre el viernes 29 de junio y el martes 3 de julio, de los cuales los primeros tres días fueron reuniones internas de Global Voices y los dos restantes tuvimos sesiones abiertas con académicos especialmente invitados.

En las charlas internas, destaco dos en particular. La primera fue la charla para el grupo formado por futuros subeditores voluntarios, al cual espero pertenecer. Eso lo sabré en breve. La otra fue un tema propuesto por mí, sobre contexto para traductores de Global Voices, para que nuestra labor se facilite.

En el medio día de actividad libre, opté por visitar el Museo Nacional de Nairobi, un museo donde se encuentra comprendida toda la historia de este país que por estos días me acoge. Una tarde de visita ayuda a verlo en perspectiva.

Cada uno de los momentos vividos en esos cinco días es destacable y digno de mención, pero lo que destaca indudablemente por encima de todo es el contacto con los demás colaboradores de Global Voices.

Por un lado, fue de lo más emocionante el reencuentro con amigos que conocí en la cumbre anterior en Santiago de Chile, hace dos años. Reconocer caras y no reconocer otras, en medio de risas, abrazos, anécdotas fue simplemente inenarrable.

De otro lado, poner cara a lo que hasta ese momento habían sido nombres y tal vez una mínima imagen de perfil es una experiencia única. A pesar de ser caras nuevas, en muchos casos la sensación es que somos amigos de toda la vida. Y es que esa es la sensación. El tiempo libre es poco pues las actividades son intensas, pero siempre hay ocasión de un intercambio que siempre es enriquecedor.

Por supuesto, cada cumbre significa conocer nuevas personas, compartir la mesa con gente diferente cada vez, aprender de sus países y sentir una satisfacción enorme cuando demuestran saber que el Perú es Macchu Picchu, satisfacción que se multiplica cuando nos damos cuenta de que saben que el Perú es (muchísimo) más que Macchu Picchu.

Algo muy divertido es el intercambio con el secret summiteer, una especie de amigo secreto al que se le entrega un pequeño regalo de nuestros países de origen. En mi caso, entregué un polo con el símbolo de la Marca Perú, que fue muy bien recibido, entre otras cositas peruanas. Me tocó recibir un bello joyero traído para mí desde Pakistán.

Una cumbre de Global Voices dura unos cuantos días. Los ecos de una cumbre de Global Voices no se apagam nunca.

Nota: para leer más sobre el tema en Twitter, entrar acá.
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martes, 15 de mayo de 2012

Crónicas de viaje: Cruzar el Charco

Llegó el momento de la nueva Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices. La anterior fue en Santiago de Chile en 2012, y tuve la oportunidad de asistir a dicha cita inolvidable.

En esta oportunidad, la reunión será los primeros días de julio en Nairobi, capital de Kenia. Nuevamente, tendré la oportunidad de ver cómo esta maravillosa comunidad virtual de la que formo parte desde hace cuatro años y medio se convierte en real y sale del mundo en línea para pasar al mundo de carne y hueso.

Será momento de iniciar una lista de momentos históricos para mí:
  • Primer viaje intercontinental.
  • Primer vuelo sobre el Atlántico.
  • Primer encuentro con el Océano Índico.
  • Primer viaje cruzando meridianos, ya que todos los anteriores han sido básicamente cruzando paralelos.
  • Primera vez en suelo europeo, aunque sin cruzar fronteras oficialmente, pues el cambio de aviones será en el aeropuerto de Schiphol, en Ámsterdam.
  • Primera visita a África, y ojalá no sea la única.
Debe haber más puntos con los que llenar esta lista, pero tampoco es cosa de abrumar a los lectores.

Por lo pronto, estoy en medio de preparativos de viaje. Tratando de organizarme para poder sacarle el jugo a la visita a esta capital del este de África, cuyo nombre tiene su origen en la palabra masái enairobe, que literalmente significa corriente de agua fría. Y aprovechando la estadía para caminar por otras ciudades que por ahora me remiten al Almanaque Mundial que año a año y página por página recorría en buena compañía.

En estos momentos, entre vacunas, formularios, fotos, encargos, direcciones, teléfonos, tipos de cambio y demás, lo más urgente es mandar a arreglar mi cámara de fotos. Espero de verdad que tenga arreglo.

¡Nos vemos en Nairobi!
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jueves, 4 de agosto de 2011

Definitivamente, hay gente que se pasa

Como contaba hace algún tiempo, hay gente que se pasa. Y hay gente que se pasa y que encima se excede.

Lo que cuento acá lo vi y lo viví yo. No me lo contaron.

Venía caminando por la calle Colón, una calle miraflorina bastante estrecha. Era sábado en la tarde, del fin de semana de Fiestas Patrias. Había muy poca gente en la calle, muy pocos carros circulaban.

Por la misma calle Colón, avanzaba un tremendo bus de los que llevan turistas en sus recorridos por Lima. Me dio la impresión de que estaba vacío, pero no lo puedo asegurar porque era un ómnibus alto y tenía los vidrios oscuros. De todas maneras, es un detalle secundario y sin importancia.

Avanzaba el ómnibus por la calle Colón hacia el Malecón de Miraflores, en el mismo sentido que iba yo, cuando en eso se detuvo repentinamente. Después vi claramente que el chofer del ómnibus bajaba rápidamente. Pensé que tal vez tendría una emergencia.

Detrás del ómnibus había tres carros, que acataron la parada sin el menor problema. Cuando me di cuenta, el chofer estaba muy campante comprándole fruta a un señor que tiene su puesto en la esquina. Debo anotar que el señor frutero es sordo y toda transacción con él toma su tiempo.

Me pareció que estaba siendo testigo de la frescura más grande del mundo. Un hombre que maneja un tremendo bus se para como si nada a comprar fruta, sin detenerse a pensar un segundo en los carros que venían detrás. Él era dueño de la calle, del tiempo de todos, de los derechos de todos.

Ah, no, me dije, eso si que no. Al pasar cerca del hombre, aunque a prudente distancia, le dije a voz en cuello: "¡Oiga usted, no sea fresco! ¡Mire el atoro que está causando atrás de su ómnibus!"

Parece que eso alertó a los conductores de los autos que venían atrás, porque comenzó el concierto de bocinas. El fresco del chofer, con cara de 'yo no fui', no tuvo más remedio que subirse a su ómnibus y partir.

Definitivamente, hay gente que se pasa.
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Global Voices en castellano está llevando a cabo un festival de blogs titulado México: ciudadanía, violencia y blogs. Los invito a leer los lineamientos del festival.


sábado, 5 de febrero de 2011

Crónicas de viaje: Aeropuertos

Los aeropuertos son lugares llenos de emociones, de gente que llega, de gente que parte, de gente que se saluda, de gente que se despide, de gente que llora, de gente que ríe, de gente que va sola, de gente que va acompañada, de gente que va sola que preferiría ir acompañada, de gente que va acompañada que preferiría ir sola.

Los aeropuertos son lugares de comienzos, de finales, de decisiones definitivas, de decisiones momentáneamente definitivas, de decisiones definitivamente no definitivas.

Los aeropuertos son lugares donde se inician aventuras, expediciones, travesías. Los aeropuertos son lugares de inicios de descubrir nuevos nombres, nuevas imágenes, nuevas costumbres. Los aeropuertos son lugares donde terminan viajes, aventuras y donde empiezan los recuerdos.

Los aeropuertos son lugares de millas, de kilómetros, de horas de llegada, de horas de partida, de retrasos, de puntualidades, de equipaje, de alegrías, de tristezas, de sonrisas, de lágrimas, de risas, de ansiedades, de tranquilidades, de miedos, de calmas, de amabilidades, de torpezas.

Por donde se les mire, los aeropuertos son puntos de partida y de llegada.
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Desde este blog mando un gran saludo a mis amigos egipcios Eman, Mohamed y Tarek, colaboradores de Global Voices en Egipto, cuyo país pasa por difíciles y decisivos momentos.