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jueves, 12 de abril de 2012

Taladros y martillos

¿Se acuerdan de los vecinos fantasmas de Javier Marías? Ha pasado tiempo desde que publiqué esa entrada, pero el tema siempre está vigente. Justamente dentro de esa rara predilección que tienen algunos vecinos, un colaborador anónimo me envió el texto que reproduzco a continuación con total autorización de su parte.
El taladro y el martillo 
Debe ser un placer, todo un encanto cuasi afrodisíaco para muchas personas utilizar el taladro. Y es que de vez en cuando, con más frecuencia de lo tolerable, se escucha ese ruido fuerte, ronco, retumbante, discordante y enervante que nadie sabe de dónde viene, pero que invade tu casa en forma plena, a cualquier hora del día, pero sobre todo de noche. 
También los golpes del martillo. A veces después del taladro, a veces así nomás, puro golpe de martillo. 
Hubo un tiempo en que todas las tardes a la misma hora, el martillero golpeaba fuerte y sin descanso por unos dos minutos contra la pared de mi cuarto, yo suponía que desde la casa colindante. Así que en uno de esos episodios golpeé yo también todo lo fuerte que pude, con mis puños, mientras gritaba: ¡basta!, ¡basta!, ¡basta! Y ¿pueden creerlo? Se acabaron los golpes del martillo, espero que para siempre.
Más de una persona me ha comentado con extrañeza que sus vecinos tienen especial predilección por mover pesados muebles a la medianoche... todos los días. Habría que poner en su conocimiento la solución que este anónimo encontró. Tal vez sirva igual para martilladores como para movedores de muebles y taladradores.
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jueves, 2 de junio de 2011

Y más perlitas

A riesgo de aburrir... más perlitas.

En portada y a todo color. Aunque a estas alturas, después de todo lo que se ha visto en esta serie de perlitas, un acento ausente parece ser una omisión perdonable. Parece nomás, porque de ninguna manera se puede permitir un error así. ¿Es que estos textos no pasan frente a los ojos de revisores antes de mandarlos a imprimir?
Siempre he sido muy básica para los colores. Azul, rojo, amarillo, verde, marrón, morado. Si quiero especificar, le agrego un adjetivo como claro, oscuro, etc. ¿Será por eso que no conozco ese color que han puesto al lado del morado? Porque no creo que se refieran al color malva. Definitivamente, debe ser otro color que no conozco.

¿No será que va a llegar? ¿Acaso se puede omitir la preposición solamente porque el verbo que está inmediatamente antes termina en A? Si el verbo estuviera en segunda persona del singular, es decir, si se dirigiera a un , ¿diríamos vas llegar? No, ¿no cierto? Señores del diario decano y su suplemento sabatino, creo que a estas alturas los puedo declarar un caso perdido.

Así es estimado cliente, antes de que lo consuman a usted (no sabemos quién), por favor cancele sus productos. No vaya a ser que a usted lo consuman y después no tengamos a quién cobrarle lo que usted consumió.

Más claro quedaría este mismo texto si dijera: "Estimado cliente: sírvase cancelar sus productos antes de consumirlos".

Las perlitas nunca dejan de sorprenderme.

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1. A propósito de un post previo, una reflexión de Javier Marías. Coincido con todo lo que expresa en ese artículo.

2. Gracias, Abufares.

jueves, 1 de enero de 2009

Ellos... y ellas

Para comenzar el año, publico este post que tenía listo desde hace más de un mes, pero entre una y otra cosa lo tuve que ir dejando de lado, hasta hoy.

A todos mis lectores, reciban mis sinceros deseos de que 2009 sea un mejor año de lo que fue el año que ayer terminó.
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Hace algunas semanas, copié un artículo del escritor español Javier Marías, referido a esos ruidos extrañísimos que producen los vecinos de todo el mundo, a las horas más inimaginables.

Encontré otro artículo del mismo autor, en tono igualmente mordaz y agudo. Lo transcribo y publico sin pedir su autorización, yo sé que él nunca contesta los comentarios que el público deja en la sección respectiva.


LA ZONA FANTASMA. 13 de julio de 2008.
El pelma ante los plastas

El peligro de escribir un artículo cuyo tema ya le aburre a uno es que probablemente aburrirá a los lectores también, así que les ruego que me disculpen, de antemano. Pero la insistencia es tal, y la cerrilidad, y el no estar dispuesto a entender, que se hace obligado salir al paso una y otra vez. Lo peor de los feministas profesionales –y digo “los” a conciencia, porque cada vez hay más varones cobistas, que razonan con aún mayor simpleza que las policías de la feminidad– es que nunca responden a los argumentos que se les oponen. Tienen decidido que la lengua es machista y sexista –cuando sólo puede serlo el uso que se haga de ella–, que la mujer resulta “invisible” en el habla –sería más bien “inaudible”–, y las quieren cambiar por decreto, ya está. Exigen que se diga esto y lo otro, que se suprima del Diccionario aquello, y que sus ocurrencias adquieran rango de norma general. A menudo son de una ignorancia tan descomunal que, cuando se les señala, hacen como si no se hubieran enterado y a las pocas semanas vuelven a la carga con un nuevo engendro o arbitrariedad. O bien se enfurecen, e insultan a quienes hemos tratado de hacerles ver lo absurdo de sus propuestas. Eso los encorajina más, como suele ocurrirles a cuantos se dan cuenta tarde de que no llevan razón.

La penúltima pataleta ha sido la del “lapsus”, según ella, de la Ministra de Igualdad. Antes de que me hubiera enterado, ya me estaban llamando de agencias para que opinara sobre las “miembras” de la señora Aído. Aburrido como estoy de estas cuestiones, no cogí el teléfono ni una vez. Pero a los pocos días, en una rueda de prensa con motivo de la aparición de un libro, me cayó la inevitable pregunta, a la que respondí que decir “miembra” me parecía tan estúpido como si los varones empezáramos a decir ahora –y aún más grave, a exigir que se diga– “víctimo” cuando se hable de uno de nosotros, o “colego”, o “persono” o “pelmo”. Esto es, hay vocablos que son invariables y cuya terminación en a o en o no indica género. Si yo escribo que Carrero Blanco fue víctima de ETA, he de seguir empleando el femenino –por ejemplo en la frase “y ha sido la de mayor rango de todas ellas”–, por mucho que las exageradas cejas de aquel Almirante no admitieran dudas sobre su sexo. Lo mismo que si afirmo que John Wayne era una persona afable, debo añadir “y querida por cuantos la conocieron”, por mucho que Wayne se erigiera en uno de los símbolos de la virilidad (pese a llamarse Marion, por cierto, en la vida real). ¿Tan difícil de entender es esto, Santa Virgen?

Una momia del feminismo (a propósito, al decir “momia” tampoco indico si me refiero a una mujer o a un varón, es otra palabra invariable que sirve para los dos sexos, ¿o preferirían sus señorías que escribiera “momio” y “señoríos”?) aprovecha para condenar el empleo de “homicidio” en todos los casos, aunque el víctimo sea mujer, y aboga por la imposición de “feminicidio”. He ahí una nueva muestra de ignorancia brutal. La etimología de “hombre” es “humus”, sustantivo femenino que significaba “tierra” o “suelo”, lo cual más neutro no puede ser (de ahí “inhumar” o “exhumar”); y por eso, al decir “el hombre” en general, se está diciendo exactamente lo mismo que al decir “el ser humano” o “la humanidad”, que a los feministas a ultranza les parecen contradictoriamente bien, pues tanto “humano” como “humanidad” derivan de “hombre”. Así, “homicidio” engloba la muerte a manos de otro de cualquier miembro de nuestra especie, lo mismo que “elefanticidio” o “canicidio” englobaría la de cualquier elefante o perro, sin necesidad de precisar en cada ocasión si se trata de un elefante o un perro macho o hembra. Se habla de “el hombre” –“el terroso”, en origen– como se dice que “el león es carnívoro” o “la rata frecuenta las alcantarillas” o “el tigre es muy peligroso” o “la jirafa tiene el cuello largo” o “la cebra es rayada”. Según estos plastas, tendríamos que hablar siempre de “la jirafa y el jirafo”, “la rata y el rato”, “el tigre y la tigresa” y “la cebra y el cebro”. Desean hacer de la lengua algo odioso, inservible y soporífero.

Por lo demás, hace muchos años ya sostuve que cuantos sueltan la coletilla de “los españoles y las españolas”, “los ciudadanos y las ciudadanas” y demás, son sin excepción farsantes y demagogos de los que nadie se debería fiar. (Ahora hay también traductores que falsean los originales, y donde en inglés pone “the workers”, ellos colocan “los trabajadores y trabajadoras”, y todo así.) Porque lo cierto es que jamás siguen como estarían obligados a hacer. Nunca añaden: “Los vascos y las vascas están cansados y cansadas, hartos y hartas de que los y las engañen, los y las amenacen, y de ver cómo sus hijos e hijas quedan privados y privadas de futuro”. Saben que espantarían a sus oyentes y que no hace falta. Saben que en realidad, al decir “los vascos”, ya se están refiriendo a los de ambos sexos, y saben que quienes los escuchan lo saben también.

Sí, es muy aburrido, todo esto. Se explican las cosas una y otra vez, pero de nada sirve, así que hay que volver a explicarlo y a argumentar. La única conclusión a la que se llega es que este país tan plomizo está lleno de desocupados (y desocupadas), y que poco a poco lo acaban por convertir a uno en un pelma (y en una pelmo, por si las moscas).

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 13 de julio de 2008

El presidente de un país vecino al mío utiliza esa fórmula cuando se dirige a todos sus compatriotas (¿compatriotos?). Imagino que lo hace para que todos y todas se sientan incluidos e incluidas en sus discursos, y de paso, para que después nadie lo critique y le diga que está dejando de lado a alguien. Pero a veces ser tan puntilloso o puntillosa suena a exageración.

jueves, 11 de septiembre de 2008

¿Vecinos fantasmas?

Muchas veces, casi exclusivamente en la noche o la madrugada, mis vecinos hacen los ruidos más extraños. Como vivo en el primer piso de un edificio, siempre me pareció que era normal percibir los movimientos de los habitantes de los pisos superiores. Aunque no sé qué tanto de normal tenga que mi vecino empiece a mover su cómoda y sus sillones a partir de las 11 de la noche todos los días.

Hasta que una vez, en una reunión del Grupete, alguien comentó lo mismo, que sus vecinos mueven cómodas y camas a partir de la medianoche. O teníamos los mismos vecinos, o eran familia, porque de otra manera no encontraba explicación a que alguien hiciera tan extraños traslados en mitad de la noche.
Poco después, casi como por casualidad, mi mamá me mandó un artículo de Javier Marías, uno de sus escritores preferidos.
Lo transcribo a continuación, sin el permiso correspondiente. Sé de buena fuente que el escritor nunca contesta los mensajes de correo que le mandan. Espero que a don Javier no le moleste que lo cite:

LA ZONA FANTASMA. 16 de abril de 2006.
El ruido en la imaginación produce monstruos

Imagino que a estas alturas mis lectores habituales, cada vez que vean que escribo un nuevo artículo sobre los ruidos, se darán codazos, harán chistes y se dirán: “Este pobre hombre está trastornado”. Yo mismo no lo descarto, y a veces quisiera ser más duro de oído, para no padecer tanto en este país, como saben, con una “contaminación acústica” sólo superada por la del Japón en el mundo. Así que, al fin y al cabo, algo de razón me asiste en mi desvarío. Vaya también en mi descargo que desde luego no soy el único por él atacado. Pero hoy no voy a hablar de esa clase de estruendos cuyos mayores culpables no son, sin embargo, los ciudadanos particulares por escandalosos que sean, sino los ayuntamientos, con el de Madrid al frente, perfecto y tradicional ejemplo de desconsideración hacia sus contribuyentes, votantes y representados. Sino de los extraños ruidos que al parecer hacen todos nuestros vecinos, sobre todo los de los pisos de arriba, al llegar la noche.

No conozco a nadie, de hecho, que en algún momento de su vida, en alguna casa que haya ocupado, no haya estado convencido de que los vecinos del piso superior se ponían a arrastrar los muebles de madrugada, o a cambiarlos de sitio (incluidas las camas), y no una noche suelta, sino casi todas. Seguro que ustedes mismos tienen o han tenido esta sensación incomprensible. ¿Tan insatisfechos y dubitativos están respecto a la colocación de su mobiliario, que hacen pruebas incesantes, ahora el sofá aquí y los armarios allá, los sillones en aquel rincón y las mesas junto a la ventana? Aunque no es descartable que exista bastante gente en verdad indecisa sobre la disposición de sus alcobas y salones, es del todo imposible que sea tanta como para que a todos nos haya tocado sufrir a alguna. ¿Qué es lo que sucede, entonces? ¿A qué insondables actividades se dedican las personas a altas horas, sobre todo las que madrugan porque trabajan fuera o han de llevar a sus niños al colegio, y en modo alguno parecen bohemias?

Si uno tuviera que deducir sus vidas nocturnas a partir de los ruidos, se haría composiciones de lugar disparatadas. Ha habido casas en las que he creído que mis vecinos de arriba, llegada cierta hora tardía, se ponían a jugar a las canicas o quizá a la petanca, porque el sonido que me alcanzaba, inequívoco, era el de bolas rodando por el entarimado. Con otros me figuraba que, nada más volver de sus salidas, se les caían los botones al suelo o bien se les rompían unos cuantos collares de perlas, lo cual, dada la reiteración de ese ruido, me llevó a concluir que el marido y la mujer se los arrancaban mutua y respectivamente, quizá como prolegómeno. En un piso inglés (apropiadamente), durante un mes entero tuve la impresión de vivir debajo de las ancianitas de Arsénico por compasión, aquella comedia negra de Capra, sólo que en vez de matar, como ellas, mediante el silencioso veneno, los inquilinos se dedicaban durante la noche a descuartizar el cadáver de la jornada, tan semejante al de laboriosos serruchos era el ruido que armaban. En otra ocasión sentí que un hombre de edad, solitario y apocado, organizaba al anochecer grandes fiestas muy concurridas, por los numerosos pasos –incluso como pasos de baile– que desde abajo yo escuchaba; no era así, porque una vez cedí a la tentación de mi intriga y vigilé desde mis balcones la puerta de la calle, por la que no entró ni un desconocido, es decir, ni un solo posible invitado; lo cual no me impidió oírlos una vez más sobre mi cabeza, como si bailaran sin música y corretearan unos en pos de otros. Una amiga mía tuvo una vecina, durante años, a la que siempre veía entrar y salir con zapato bajo; una vez en su casa, sin embargo, y por el tipo de ruido que hacían sus pasos, estaba convencida de que se calzaba unas zapatillas con tacones y el talón al descubierto, a las que su imaginación no podía evitar añadir pompones para completar visualmente el cuadro: acabó persuadida de que aquella mujer, discreta y sobria, se resarcía por las noches poniéndose un negligé, esas zapatillas con tacón alto y borla y quizá ropa interior diabólica, aunque no fuera a recibir a nadie. Una vez pregunté, a unos jóvenes desde cuyo piso se oía un “papapam” sordo y continuado, como si manejaran una imprenta, y la respuesta fue más extravagante que lo imaginado: “Es que tenemos una destilería de whisky clandestina”, dijeron.

A lo largo de los años algo más he averiguado: lo que tomamos por lunático arrastre de muebles se corresponde a veces con el extemporáneo paso de una aspiradora a tirones, o bien con un febril abrir y cerrar de cajones. Uno se pregunta, de todas formas, por qué nadie abrirá y cerrará los cajones de su cómoda a las tantas, no una ni dos, sino veinte veces, o por qué dará golpes sin cuento con una vieja aspiradora metálica. Por supuesto en España, donde casi nadie se acuerda de que existen los otros, no es raro oír martillazos en plena noche: es gente colgando cuadros o acometiendo reparaciones. Pero, acostumbrado a tantos ruidos inexplicables, uno tiene la sensación de que los vecinos de arriba están clavando ataúdes, y piensa: “Ojalá sean los suyos”.

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 16 de abril de 2006
Al parecer, no solamente mis vecinos hacen los ruidos más extraños. Tal vez mis vecinos, los del grupeterito y los de don Javier (ya ven que tiene mucho humor negro) sean miembros de una cofradía ultra secreta que se manda mensajes cifrados a través de los movimientos de los muebles, movimientos que los demás, como simples mortales, no estamos en capacidad de descifrar.