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jueves, 9 de abril de 2009

A llorar al río, al parque o a donde quieran

Quise dejar pasar unos días después del papelón que la selección peruana de fútbol ha perpetrado en estas eliminatorias a la Copa Mundial de Sudáfrica 2010 para hablar con la cabeza fría.
Empiezo diciendo que de fútbol no sé nada. No entiendo qué es la trampa del offside, menos aun qué es un offside (ya sé que es lo mismo que posición adelantada, no me aclara en nada el concepto), ni cómo pueden los entendidos apreciar qué es un juego por derecha... o por izquierda. Así que desde ya soy consciente de que me arriesgo a decir puras paparruchadas. Pero de todas maneras voy a decir lo que siempre he pensado que debe hacerse con el fútbol peruano, o de cualquier otro país al que se le pueda aplicar.
De lo que si sé es de la rabia que da ver que la selección de fútbil de mi país no levante cabeza. Y saber que, aun en el improbable caso de clasificar a un mundial, haríamos un triste papel que más valdría evitarnos.
Acá va mi propuesta, que lanzo aguantando la respiración, con la lógica actitud que tomaría cualquiera que sabe que se está metiendo en honduras. Y sin necesidad alguna además. Es una propuesta que sería válida para el 2018, ni siquiera para el 2014. En eso coincido con Nolberto Solano, Ñol para los amigos.
Lo primero sería contratar a una legión de cazatalentos, cuyo trabajo consistiría en pasearse por todos los colegios y todas las canchas y canchitas del Perú para evaluar a los niños nacidos entre 1998 y 2000. Luego de seleccionar a los mejores, y previa autorización por escrito de los padres de los niños, estos cazatalentos los reunirían a todos en un enorme complejo construido para tal fin. El compromiso sería darles educación, alimento, hospedaje y servicios médicos a cambio de que estos niños formen varios equipos de fútbol, que entrenarían tan intensivamente como fuera necesario, obviamente sin entrar en la explotación y el abuso.
Sería una especie de dedicación exclusiva, casi como la que tuvo el voley peruano en sus épocas de oro que todos recordamos y añoramos.
Luego el 2016, primer año de las eliminatorias para el mundial 2018, tendríamos no 11 jugadores, sino muchos más, todos debidamente entrenados y capacitados, afiatados como un conjunto cohesionado. Todos con perfecta capacidad de jugar a la altura de las circunstancias, y sobre todo, como equipo.
No quiero defender a ninguno de los implicados en el desastre de las últimas campañas, pero no creo que se pueda conseguir un equipo con jugadores que se reúnen tres días antes del partido y que apenas se conocen, sin dejar de mencionar el jet lag tremendo con el que deben llegar.

Estos niños, que ya no serían niños en 2016, tendrían como trabajo ser jugadores de la selección peruana de fútibol. Con un contrato que garantice una temporada larga en ese puesto, obviamente remunerado como debe ser. No para que se luzcan en un partido o dos y terminen yéndose a jugar a un equipo europeo en donde terminan sentados en la banca. No para que se compren el carro más caro que encuentren y menos para que vengan a pasearse por todas las discotecas que encuentren a su paso, por supuesto, bien rociados.

No... sino para que jueguen por la selección del Perú durante un periodo de cinco años, entre sus 18 y 23 años. Llegado ese momento quedarían en total libertad de elegir entre desarrollarse profesionalmente en el Perú o en el extranjero, pues con seguridad más de un club los querría contratar. Llegado ese momento, una nueva generación les tomaría la posta.

Así tendríamos un equipo y no solamente 11 individualidades, con jugadores que no se le creerían a la primera, que tendrían la cabeza bien puesta sobre los hombros y, sobre todo, con una alta autoestima por el trabajo bien desempeñado.

Dice esto una persona que de fútbol no sabe nada, que ha crecido oyendo a ritmo de polka el grito que ha venido repitiendo la afición por demasiados años. Pero que si sabe que quiere ver a la selección de su país en un campeonato mundial con una buena opción de pasar, cuando menos, a la segunda ronda.

Total, soñar no cuesta nada...