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miércoles, 30 de noviembre de 2016

GPS dixit

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Es un hecho que los avances tecnológicos llegaron para quedarse, y que nos alivian de muchas tareas cotidianas. Pero de ahí a dejar que la tecnología reemplace nuestro cerebro y sentido común hay un gran trecho.

Esta reflexión viene a colación por la omnipresencia del GPS, ese dispositivo que ayuda a los vehículos a encontrar los caminos más despejados y supuestamente más cortos entre dos puntos, entre otras funciones. Todo estaría muy bien si no fuera porque a veces el aparatito obliga a dar vueltas innecesarias.

Me pasó hace algunos días. Estaba en un taxi de los que se llama a través de una aplicación móvil. Observaba que el chofer seguía obedientemente los mandatos del GPS. Es una ruta que conozco muy bien pues iba a mi casa. Desde mi asiento, lograba ver el camino sugerido y si bien no era el que yo hubiera tomado, no le veía mayor objeción.

No dije nada hasta que llegamos a un punto en que lo lógico era voltear a la izquierda para llegar a mi casa, pero el chofer siguió de largo. Se lo dije así, y su respuesta fue "es lo que me indica el GPS". Esa opción nos alejaba del punto de destino. Para no aburrir a quienes no conocen las calles de Lima, digamos que de haber volteado a la izquierda, es decir, de haber seguido la lógica, solamente faltaba seguir de frente unas cuadras y volver a voltear a la izquierda para llegar al destino final.

Con el camino que tomó el chofer, llegó a una avenida paralela a cuatro cuadras de distancia, donde recién giró a la izquierda, avanzó unas cuadras y volvió a girar a la izquierda hasta que regresó a la misma avenida por la que debió haber pasado un rato antes. La ruta "sugerida" por el GPS significó recorrer innecesariamente cuatro cuadras de ida más las correspondientes cuatro de vuelta, tres semáforos (dos de los cuales nos tocaron en rojo) y unos diez minutos perdidos.

Se lo hice notar al chofer, y me repitió el argumento del GPS. Le insistí que debía hacerle caso a quien conoce la zona más que a un aparatito y su increíble respuesta fue que en la central de taxis les obligan a seguir la ruta que indica que GPS.

No discutí más, le pagué y me bajé.

Pocos días después, tomé otro taxi de la misma empresa y le pregunté al chofer si era cierto que los conductores estaban obligados a seguir lo que indica el GPS. Me dijo que no era cierto, que más bien les exhortan a aprender nuevas rutas, más aun si las indicaciones vienen de quien vive por la zona y conoce bien las calles.

Lo que más llama la atención es que ni siquiera lo hacen por cobrar más, pues estas empresas tienen tarifas fijas por el tramo recorrido, no cuenta la distancia ni el tiempo que tomar llegar de un punto a otro. Es decir, al subir al taxi el pasajero sabe lo que le va a costar ir de A a B, sin importar si el chofer rodea todo Lima antes de llegar a su destino. Entonces, queda descartado cualquier afán de cobrar más por un recorrido mayor.

Es simple pereza mental.

Otra persona me contó una historia parecida, al punto que ya no quiere tomar más taxis de ninguna empresa sino que prefiere recurrir solamente a los taxis que se toman en la calle. Con eso, el remedio termina siendo casi peor que la enfermedad.
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Acá mi último artículo para Global Voices.


jueves, 15 de octubre de 2015

Contradicciones postales

Hace poco más de dos meses tuve que enviar unos documentos por vía postal al extranjero. Era imprescindible mandarlos físicamente, no era válido hacerlo virtualmente. Además, tenían que llegar lo antes posible pues debían regresar debidamente firmados.

Pregunté en la oficina del correo que queda cerca de mi casa y que es la que uso habitualmente si tenían algún servicio expreso. Me dijeron que sí, aunque costaba un poco más que el servicio común. Me pareció razonable el sobrecosto.

Todo iba bien hasta que la señora del correo me dijo: "como es un envío expreso, debe ir certificado. Eso quiere decir que lo debe recibir el propio destinatario y firmar la constancia de recepción, previa identificación con un documento. No lo puede firmar otra persona". Cuando le pregunté qué pasaba si el cartero iba cuando el destinatario no estaba, me dijo que regresaban al día siguiente y si de nuevo no estaba el destinatario, devolvían el sobre al remitente. O sea, a mí.

"Qué cosa más ilógica", contesté. Le aseguré que confiaba en el correo y que yo estaba segura de que el sobre iba a llegar a las manos correctas aunque el destinatario no firmara, aunque lo pasaran bajo la puerta de su casa. Es más, aseguré que estaba dispuesta a firmar una declaración que dejara constancia de mi renuncia a esa obligación, que me bastaba con que los documentos llegaran a la dirección indicada. La respuesta fue que no, que eran normas internacionales del país de destino, que ese era el procedimiento y que era inamovible.

Descarté el correo y consulté en una empresa de mensajería privada. El precio por el mismo envío era más de cien soles (más de treinta dólares), ¡por dos papeles que no pesan ni 50 gramos! Además, las condiciones eran las mismas: el destinatario debía firmar sí o sí, el mensajero iba dos veces y si a la segunda vez no estaba la persona que debía firmar, el sobre regresaba a mis manos. Tiempo y dinero al agua.

Hablé con el destinatario, me dijo que le era imposible estar "retenido" en su casa u oficina a la espera del cartero o el mensajero. Estuvimos de acuerdo en que es un requisito innecesario, así que la decisión final fue enviar los documentos por correo normal, común, sin certificar.

Como nunca antes, el envío demoró casi dos meses en llegar a su destino. Para mi buena suerte, otra persona conocida viajó a esa misma ciudad y me trajo el sobre de vuelta, con lo que me ahorré los dos meses de espera para la respuesta.

Realmente, no tiene sentido que el destinatario en persona deba firmar la constancia de entrega.

martes, 11 de agosto de 2015

Compartida la vida es más burla

La historia que cuento a continuación ocurrió tal cual narro acá y doy fe de cada una de las situaciones absurdas que contiene.

Me vi en el penoso deber de cancelar un celular por fallecimiento de su titular. Era un deber penoso, no solamente porque el motivo de dar de baja ese teléfono era una muerte, sino porque solamente de pensar en enfrentar a la empresa que dice que compartida la vida es más ya es un dolor de cabeza.

Lo primero era averiguar los pasos para el trámite. Así que opté por lo lógico y llamé a su central de información. De desinformación sería mejor decir. Después de una espera sorprendentemente breve, una operadora me contestó:
- Buenas tardes, ¿con quién tengo el gusto?

No sé qué costumbre es esa de pedir el nombre de quien llama en vez de preguntar cuál es el motivo de la llamada. Así que obviando la pregunta, pregunté a mi vez:
- Por favor, ¿me puede decir cuáles son los pasos para cancelar la línea celular de una persona por fallecimiento?
- Claro, debe acercarse a una de nuestras oficinas con la partida de defunción original y su DNI.
- ¿Cualquier persona puede hacer el trámite? ¿No tiene que ser un familiar directo?
- No, no, solamente partida de defunción original y su DNI.

Demasiado fácil, es lo que debí sospechar. Como abogada, debí saber que no era nada lógico. Pero creyendo que compartida la vida es más (¿más qué? Vaya uno a saber) pensé que esta empresa había facilitado la vida a la gente.

Ingenuidades que a veces uno tiene...

Con la partida original y mi DNI, fui a la oficina más cercana, que felizmente es de verdad muy cercana. Pasé por la infame inspección de la recepcionista, que me dio un papelito con una letra y un número y a esperar se ha dicho. Felizmente en menos de 10 minutos, vi mi letra y número en una pantalla. Me sentí como la ganadora de la lotería.

Dije a qué iba y a la pregunta "¿trajo la partida de defunción?", mostré los documentos que tenía en la mano. Después de una breve revisión, me respondieron "¿no es familiar directo? Falta entonces una carta donde uno de los familiares directos le autoriza a hacer el trámite". De nada sirvió decir que la central de (des)información me había dado mal los requisitos a pesar de mi pedido de aclaración. La mujer no salió de decir que no era lógico. Pues no, fue lo mismo que yo pensé:
- ¿Está segura de que solamente necesito esa carta de autorización simple? ¿No me van a salir después con que tengo que traerla con sello de siete notarios de diferentes provincias del Perú e impresa en tinta magenta?
- ...

Al día siguiente regresé con los mismos papeles más la carta de autorización. De nuevo repetí los pasos del día anterior y todo salió bien. O eso parecía. Me aseguraron que el teléfono ya no tenía línea, que estaba cancelado, que ya no podía hacer ni recibir llamadas. Yo les creí. Ingenuidades que uno insiste en tener...

Oh, sorpresa, el teléfono seguía con línea. Y al día siguiente también. Al subsiguiente, igual. Entonces llamé a la central de desinformación a ver si me podían ayudar. Después de una breve espera y de dar mi discurso lo más breve posible, la mujer me dijo que me iba a regresar al menú y que yo debía marcar la opción 6.

Grande fue mi sorpresa, mi disgusto y mi molestia cuando comprobé que el menú solamente tiene tres opciones. Sí, TRES y que además NINGUNA era para celulares, pues en este orden son para telefonía fija, internet y televisión por cable. Como no marqué nada, me contestó otra recepcionista a la que le conté el rollo y ella me insistió: "tiene que marcar la opción 6":
- ¿Pero no oye que le estoy diciendo que solamente hay tres opciones y que ninguna es para telefonía celular?
- Tiene que colgar y...
- ¿Sabe qué? Con muchísimo gusto le cuelgo en este instante.

Así que emprendí nuevo viaje a la oficina de la empresa de telefonía que dice que compartida la vida es más y de nuevo a lo mismo: papelito numerado, esperar a ganar la lotería y pasar a la ventanilla que corresponde:
- Hace tres días cancelé este teléfono. Me dijeron que la cancelación era instantánea, pero el teléfono sigue con línea. Lo último que queremos todos es que se venza el mes y se genere un recibo que haya que pagar.
- Es que no es instantáneo, demora cinco días hábiles.

A los cinco días hábiles, el teléfono seguía con línea. Nueva visita a la oficina de la empresa, nueva consulta, nueva respuesta:
- El teléfono ya está cortado en el sistema. Si le llegara un nuevo recibo, la empresa lo asumiría pues en el sistema el servicio ya está dado de baja. Así que no se preocupe.

¿Debería creerlo? A esas alturas, ya había dejado atrás la ingenuidad.

lunes, 23 de junio de 2014

Complicarse la existencia

Es lógico que un idioma como el castellano, con tantos hablantes, tenga muchas variantes entre las personas que lo usan como medio de comunicación. Lo que no me parece muy lógico es que los hablantes de una zona empiecen a usar formas de hablar que no les son propias.

Desde que me acuerdo, en el Perú hemos dicho pelo, cara, remedios, irse, dormir. Eso era habitual, hasta hace algún tiempo.

Resulta que desde hace poco, los peruanos se lavan el cabello, se aplican crema en el rostro, toman medicinas o medicamentos, descansan y se retiran.

Tomemos por ejemplo este párrafo común y corriente:
Voy a cortarme el pelo y aprovechar en hacerme un tratamiento en la cara. De pasada voy a la farmacia a comprar los remedios que me faltan para tomarlos en la noche antes de irme a dormir.

Eso es cosa del pasado, pues ahora se diría:
Voy a cortarme el cabello y aprovechar el tema para hacerme un tratamiento en el rostro. De pasada voy a la farmacia por el tema de comprar los medicamentos que me faltan para tomarlos en la noche antes de retirarme a descansar.

Me gustaría preguntarle a alguien que ha cambiado su manera de hablar las razones del cambio. Me inclino a pensar que lo han escuchado en programas de televisión no producidos en el Perú o doblados en otros países y que consideran que eso los convierte en personas elegantes al hablar. O tal vez crean que es más sofisticado tener el cabello liso que tener el pelo lacio. O que es más digno de un ser humano trabajador descansar antes que dormir.

Es que estas personas son muy finas para hablar. No van al hospital a visitar a su papá recién operado. No, eso es demasiado plano. Ellos van al nosocomio a visitar su progenitor por el tema de una reciente intervención quirúrgica. No tienen su santo ni su cumpleaños donde esperan regalos y saludos, qué va, eso es algo que tienen los mortales comunes una vez al año. Estos seres signados por la fineza celebran su onomástico, y esperan el tema de sus presentes y congratulaciones. Y no se van ni renuncian, muy elegantes ellos, dan un paso al costado por un tema de dignidad.

Francamente...
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¡Bienvenido de vuelta, Cyrano!


viernes, 11 de abril de 2014

"¿No tendrá otro billetito?"

Pasa un día cualquiera, en que vas a comprar algo con el mejor de los buenos ánimos.

Al momento de pagar, sacas un billete y lo entregas al vendedor. Como si se desencadenara una serie de mecanismos contenidos en un protocolo que casi has aprendido a conocer, el vendedor escudriña tu billete, lo mira por el anverso, lo mira por el reverso, se lo acerca a los ojos, lo mira de lejos, lo estira al punto que sientes que lo va a romper, lo pone a contraluz, lo vuelve a mirar por el reverso y luego por el anverso. Entonces, te lanza una mirada indescifrable y te dice con tono que parece de pregunta:
- ¿No tendrá otro billetito?

Encima te lo dicen así, con un diminutivo, como para que duela menos, o la molestia sea menor o para que no creas que le tienen cólera a tu billete, o quién sabe para qué.
- ¿Qué tiene este billete de malo?
- Es que está rotito -de nuevo el diminutivo.

A la vez que te dice eso, te muestra una muesca de un nanomílimetro de largo, apenas perceptible al ojo humano. Debe ser imperceptible para un lince también.
- ¿Dónde esta rotito? -siguiendo el mismo estilo.
- Acá, ¿no lo ve?
- No, no lo veo.
- Es que así no se lo puedo recibir.

Estás ante dos opciones: cambiar el billete o pelear. Más de una vez he optado por lo primero, cuando realmente reconozco que el rotito existe, después de un minucioso escrutinio y siempre pensando que lo puedo entregar en una próxima transacción comercial. Sin embargo, en más de una ocasión no lo he querido hacer así:
- Tal vez usted no, pero se lo recibirá cualquier otra persona, tal como yo lo recibí.
- ...
- Además, el Banco Central de Reserva tiene una directiva sobre cambio de billetes deteriorados, y aunque ese billete no está deteriorado ni rotito, se lo pueden cambiar.

Ese es el tipo de respuesta que puedes recibir cuando tienes un abogado al frente. Quedan dos opciones, que el vendedor acepte el billete o que insista en su negativa. Si acepta el billete, se completa la compra y todos quedan felices. Si el billete no es aceptado y tú insistes en que el billete está perfecto, la única salida es decir:
- Entonces no compro nada. Gracias -y haces el ademán de irte.

Lo más seguro es que la compra se concrete luego de esto, especialmente si el comprobante de pago respectivo por la transacción ya fue emitido.

No sé cómo será en otros países, pero en el Perú la gente es sumamente detallosa con los billetes. La situación empeora cuando el pago se hace con dólares, algo bastante habitual por estos lados. Ahí sí, quien recibe el billete no transige por nada del mundo. En realidad es una situación ridícula, porque en Estados Unidos, el hogar de los dólares, circulan billetes rotos con la mayor tranquilidad. Me refiero a billetes rotos de verdad, no uno con un invisible rotito.

Ahí quisiera ver a los vendedores y cajeros peruanos preguntarle al cliente si "no tendrá otro billetito".

jueves, 2 de enero de 2014

Modernidades...

No hay duda de que la vida moderna nos trae comodidades que hay que aprovechar. Con toda certeza, muchas de las cosas que ahora son cotidianas y no llaman la atención de nadie serían la envidia de quienes transitaron por estos caminos hace 50 años.

Pero es que hay cada modernidad que simplemente hace perder la paciencia (y por estos barrios, es un artículo bastante escaso).

El otro día tuve una reunión en el quinto piso se un edificio ultramoderno, flamante y recién construido, donde todo huele a nuevo. Así fue que llegué, me identifiqué con la amable señorita de recepción, quien me entregó una especie de credencial que debía colgarme al cuello. Esa credencial era ultramoderna y flamante, para no desentonar con el entorno, no podía ser de otra manera.

Para acceder a los ascensores, hay que mostrar la credencial a unos sensores colocados a manera de tranqueras. Es la única manera de entrar al edificio, de otro modo, la persona simplemente se queda varada en la recepción. No hay más remedio que poner la credencial ante el sensor para poder entrar.

La vez anterior que estuve por allá, que también debí ir hasta el quinto piso, opté por las escaleras, para asombro de todos los que me decían que tomara el ascensor. Esta vez, preferí ir en el ultramoderno y flamante ascensor. Al entrar, vi a un trabajador del edificio, que me saludó y me preguntó a qué piso iba. Muy amable, marcó el piso al que me dirigía y luego marcó el suyo, el octavo.

Esperamos pero no pasó nada, las puertas del ascensor no se cerraron. El hombre volvió a apretar los números de los pisos a los que íbamos, pero el ascensor seguía sin cerrarse. Así que los dos tomamos la decisión de pasarnos al otro ascensor pensando que este estaba malogrado. Grande fue la sorpresa cuando en este segundo ascensor pasó lo mismo, apretamos nuestros respectivos pisos y las puertas siguieron abiertas.

Fue ahí que la señorita de la recepción, que lo había visto todo desde su sitio, nos dijo que debíamos pasar nuestra credencial por la lectora que estaba encima del panel de los números para accionar los mecanismos respectivos. Si ella no lo hacía notar, jamás me hubiera percatado de la lectora, no hay ni un solo cartel que contenga las instrucciones para tanta modernidad. Fue así que pasé mi credencial anaranjada por el ultramoderno y flamante panel. Sonó un pitito apenas audible, y recién el ascensor se puso en marcha casi de inmediato.

Ese día encontré una razón más para subir por las escaleras.
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Esta es la primera entrada de 2014, así que aprovecho la oportunidad para hacerles llegar mis mejores deseos de un buen año para todos.


lunes, 28 de octubre de 2013

¡Pobre noviembre!

El otro día entré a un autoservicio a comprar algunas cosas sin importancia. No me imaginé lo que encontraría.

Desde que puse el pie dentro de la tienda percibí el inconfundible sonido de las típicas campanitas navideñas. Cuando miré hacia mi izquierda, detrás de la zona de las cajas, lo único que mis ojos lograron ver fueron árboles de Navidad, adornos para árboles de Navidad, muñecos de Papá Noel en todos los tamaños y colores, hombres de nieve, guirnaldas, tarjetas de saludo, papeles de regalo, cúpulas de las que cae la nieve cuando se les da la vuelta. En fin, Navidad por todas partes.

Pero, ¿qué pasa? Todavía estamos en octubre... ¿y ya nos están metiendo la Navidad por todos lados? Ya me dirán que es la época del año en que más se vende, pero claro que sí. ¡Si dura casi tres meses!

Nada haría más feliz a los comerciantes que pasar de la campaña de Fiestas Patrias, que en el Perú se celebran a fines de julio, a la Navidad. O sea, una campaña de agosto a diciembre, medio año de campaña navideña. Que hasta se sentiría más acorde con todo porque en julio en Lima sí hace el frío que en diciembre ya se fue.

Este es uno de los motivos por los que el Ebenezer Scrooge mezclado con el Grinch que andan agazapados en algún lugar de mi mente afloren con toda fuerza. Nos quieren hacer creer que es la época más feliz del año y se mira raro a quienes piensan diferente.

El más afectado es el pobre noviembre. Lo han dejado sin personalidad. A este paso, octubre es la próxima víctima.
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Esta es la entrada número 300 de Seis de enero. Gracias por estar ahí.


jueves, 18 de julio de 2013

Negocio seguro

Dicen que más vale tener un seguro y no necesitarlo que necesitar un seguro y no tenerlo. Pero lo cierto es que las empresas de seguros tratan a sus clientes, llamados asegurados, como si fueran extraños y no clientes.

Conozco el caso de alguien que paga puntualmente su seguro, varios miles de soles que cancela por anticipado. Su preocupación por estar al día en este pago no se debe solamente a que es una persona extremadamente cumplidora de sus obligaciones, sino porque tiene una dolencia crónica que hace que tener seguro le sea prácticamente imprescindible.

Resulta que precisamente por esa dolencia, necesitó adquirir un aparato que, si bien no era muy caro, le supuso un gasto inesperado. Lo pagó de su bolsillo con la idea de pedir el reembolso al seguro. Ya en ocasiones anteriores el seguro había cubierto sin necesidad de explicaciones otros gastos aun mayores referidos a su enfermedad, y por eso pensó que no sería un problema.

Vana ilusión.

Cuando intentó presentar los documentos referidos a la compra, acompañados del informe médico que explicada las razones por las que necesitaba este aparato, la respuesta fue "vamos a consultar, no nos llame, nosotros le llamaremos". Pasaron los días y las semanas sin recibir llamada alguna, hasta que decidió averiguar por su cuenta si el seguro ya tenía una respuesta y, sobre todo, cuál era.

Le dijeron que el seguro no cubría ese tipo de maquinaria. Que si bien el seguro conocía de su dolencia, que si bien en los años anteriores la habían reembolsado varios gastos relacionados con la enfermedad, que si bien muchos de esos gastos eran bastante mayores que el costo del aparato, que si bien el seguro estaba cancelado en su totalidad con anticipación más que suficiente, que si bien se trataba de un buen cliente... el seguro no le cubriría el pago del aparato.

Ni modo, se dijo, finalmente se trata de mi salud.

Este episodio que cuento es solamente un caso de los miles que deben circular por ahí. Seguro que todos conocemos alguna historia parecida.

lunes, 22 de abril de 2013

¡Ay de los cumplidos!

Suele pasar. O mejor dicho, me suele pasar que por cumplir una disposición u obligación cualquiera dentro del plazo fijado para hacerlo, termino perjudicada por ser fiel observadora de las fechas límites.

Llego a tiempo a un sitio, por no decir que llego temprano, y como son muy pocas las personas presentes a la hora fijada, la función no empieza porque hay que tener consideración con los que no han llegado y esperarlos. ¿Y a los que se esforzaron por llegar a tiempo, quién les tiene consideración?

Una vez, alguien que conozco cumplió con el pago adelantado de sus obligaciones. A comienzos del año pagó los doce meses de tributos municipales. Varios meses después, por un acuerdo de alcalde y regidores, hubo una rebaja en los porcentajes tributarios. El beneficio fue, ya se imaginan, para los que no habían pagado todavía. Los que cumplieron con sus obligaciones no recibieron ni el 1% del beneficio que recibieron los demorones.

Otra vez, un abogado que conozco fue a pagar por adelantado el año entero de sus cuotas profesionales, tal como lo hace entre enero y febrero de todos los años. Grande fue su sorpresa, y mayor su indignación, cuando encontró que a los abogados que tenían meses impagos del año anterior se les había condonado todo lo adeudado. Por supuesto, no hubo ningún descuento equivalente, ni proporcional, ni comparativo para los que habían pagado el año completo por adelantado.

Alguien me contó que una vez averiguó cómo hacer para cancelar una deuda que tenía por uso de la tarjeta de crédito de una tienda por departamentos. Había pactado el pago en seis cuotas, pero luego decidió cancelarlas antes de tiempo. Se encontró con que el sistema de la tienda solamente juntaba cuotas una vez vencidas, pero que era imposible juntarlas antes de su vencimiento, ni siquiera agregando los intereses que la tienda dejaría de percibir por el pago anticipado. La conclusión a la que llegó esta persona es que el sistema está concebido y pensado para que la tienda se proteja de los que no quieren pagar, no de los que honran sus deudas.

Me apuro en enviar por correo un documento imprescindible, envío que debe hacerse por correo certificado local. El monto de la certificación no es mucho, lo pago y me olvido del asunto. Pocos días después voy al correo para enviar otra cosa y veo el tremendo cartel que dice que esos envíos por correo certificado local ahora son libres de costo. Le hago el comentario a la señora que atiende al público, que mejor hubiera esperado para ahorrarme esas monedas. Su respuesta fue: "yo también".

Parafraseando a Breno, "!ay de los cumplidos!"


martes, 16 de abril de 2013

Reglas de tránsito para peatones

Definitivamente, creo que debe haber reglas de tránsito para peatones. Lo considero justo y necesario.

Las personas que caminan lento tienen todo el derecho de caminar lento... lentísimo si así lo quieren. Y nadie debe apurar su paso. Pero las personas que caminan lento no tienen derecho a retrasar a los que caminan más rápido. A los que caminamos más rápido.

En nuestras pistas, el carril derecho es para la marcha a menor velocidad. Imagino que en los países con circulación inversa, como en Inglaterra, el carril para la marcha a menor velocidad es el izquierdo. Sea como sea, los autos que avanzan sin apuro tienen un lugar previamente establecido por donde deben ir.

Lamentablemente, no ocurre lo mismo con las personas.

Imaginemos una situación cualquiera. Vas caminando por la calle a buen paso y sin problemas hasta que te topas con un andante lento. Qué fácil sería poder rebasarlo por cualquiera de los lados, pero no se puede, pues resulta que el 99.99% de los andantes lentos avanzan trazando trayectorias en zigzag. Entonces, cuando llega el segundo de oro, el instante en que (¡por fin!) vas a poder dejarlo atrás adelantándolo por la izquierda, el buen señor, casi intuyendo tus intenciones, cambia de rumbo y emprende la marcha exactamente por donde lo ibas a pasar, en la exacta décima de segundo en que esa absurda competencia sería cosa pasada.

Otros son los que caminan con paso cansino en pares, o (¡peor!) en grupos. En esos momentos, la famosa melodía de Lalo Schiffrin resuena dentro de mí con un volumen que aumenta a cada paso. En ese momento, me quedan dos opciones: esperar con paciencia que el par o el grupo tome un rumbo diferente o bajar a la pista y adelantarlos por ahí.

Casi siempre elijo la segunda opción. Y los andantes lentos casi nunca se dan por enterados.

Por si acaso, no crean que cuando hablo de andantes lentos me refiero a personas mayores. No, absolutamente no. Casi siempre son muchachos que parece que nacieron cansados porque se toman su tiempo para todo... pero seguramente son incapaces de esperar más de dos segundos para recibir una respuesta a un mensaje de chat. Ahí sí quieren todo veloz.

Demás está decir que, una vez que logras pasar al andante lento, muchas veces te viene con la preguntita: "¿estás apurado?" No saben cuántas veces he debido reprimir la tentación de retroceder lo que tanto me costó avanzar y decirle "sí" y seguir mi camino sin lentos por delante.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Más cosas que no entiendo

Por seguir con una lista iniciada hace algún tiempo, hay muchas más cosas que no entiendo.

No entiendo por qué hay gente que va al cine y recién decide la película que va a ver en la fila de la boletería. Peor aun, están los que después de una larga cola, con conversación incluida, llegan a la ventanilla y le piden recomendación al encargado de la venta de las entradas. Le hacen preguntas como: "¿qué tal es la película Tal y cual?", con lo que ponen al trabajador en un compromiso. Imaginen que recomienda una película que no es del gusto de estos incomprensibles asistentes.

No entiendo por qué las empresas que se dedican a poner subtítulos en las películas usan el color blanco para sus letras. Casi siempre el texto termina perdiéndose en la imagen, sobre todo cuando predominan los colores claros. Usar amarillo no es solución tampoco, pues pasa lo mismo. No sé cómo a nadie se le ocurre usar letras blancas con un ligero borde negro. Ese contorno sería fácilmente notorio en un fondo blanco y se acabaría el problema.

No entiendo por qué algunos medios de comunicación usan páginas con fondo negro, o cualquier otro color oscuro, y letras mínimas, por lo general de color blanco. No solamente me parece un inútil derroche de tinta. Lo más grave es el esfuerzo que debemos hacer los lectores con ese texto, que muchas veces se queda sin leer, con lo que el esfuerzo del autor queda desperdiciado.

No entiendo la costumbre de algunas personas de afirmar y confirmar su asistencia a alguna actividad con el mayor entusiasmo del mundo y que después simplemente no aparezcan. Cualquiera puede tener las mejores intenciones de ir, y nadie está libre de inconvenientes de último minuto, pero lo mínimo que manda la educación y la consideración a los demás es hacer llegar un mensaje dando cuenta del inconveniente. En estos tiempos de hipercomunicación, no hay excusa válida para dejar a nadie plantado.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Publicidad irresponsable

Como dije hace algún tiempo, debe ser sumamente difícil contar una historia creíble que atrape y convenza en 30 segundos o menos. Ese es el reto que los publicistas enfrentan a diario.

Hay comerciales absolutamente creativos y memorables, a veces sus frases quedan como parte del lenguaje colectivo. Ejemplos abundan, y con certeza cada país y época tienen sus propias frases publicitarias memorables. Pero eso no impide que exista publicidad irresponsable.

Por acá en el Perú, un banco privado ha lanzado un crédito que presta siete veces el sueldo de un trabajador. De acuerdo con la campaña, basta con tener una remuneración mensual bruta mínima de S/.700 (unos US$270) para solicitar un crédito de hasta S/.4,900 (unos US$1,900).

Hasta ahí, muy bien.

Se supone que alguien que gana esa cantidad y que la necesita multiplicada por siete es justamente porque la necesita. Pero viendo los anuncios de televisión, radio y prensa escrita, quien pide el crédito lo hace para irse de viaje.

Esa es la parte bonita y fácil. Hagamos un cálculo usando las herramientas que el propio banco pone a disposición del público en su sitio web: con una remuneración de S/.700 se puede solicitar un crédito de hasta S/.4,900. El plazo mínimo del crédito es 12 meses, y la cuota mensual es de S/.470.19 (cerca de US$182). Si multiplicamos el monto de la cuota por las 12 cuotas del préstamo, el total a devolver al banco es de S/.5,642.28 (unos US$2,186). Es decir, un exceso de S/.742.28 (US$287), más de lo que gana al mes el trabajador del ejemplo.

Por supuesto, eso jamás lo dirán.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Por eso no tengo un smartphone

Dos muchachos caminan juntos por la calle en dirección contraria a mí. Asumo que son amigos, aunque no se hablan ni interactúan. Cada uno está pegado a una pequeña pantalla, que tiene puesta frente a sus ojos. Veo que sus dedos viajan velozmente por encima de unas teclas que parecen cabezas de alfiler. Ni siquiera miran la calle por donde caminan. Lo que escriben con esas teclas mínimas debe ser sumamente importante.

Una mujer y una niña van por la calle. La niña no tiene más de cinco años, pero prácticamente está caminando sola por una transitada avenida miraflorina. La mujer que la acompaña, presumiblemente su mamá, no le presta atención. Está concentrada en una pantalla, atenta a sus dedos que recorren ágil y diligentemente teclas que parecen cabezas de alfiler. Muchas de las personas con las que se cruzan, atentas a sus propia cabezas de alfiler, empujan a la niña a cada paso. Pero la mujer que la acompaña tiene asuntos más apremiantes que atender.

Una muchacha hace compras en un autoservicio. Al menos, es lo que parece, pues tiene un carrito de compras con algunos artículos adentro. Pero está detenida hace rato, en medio de las botellas de aceite. No está escogiendo la marca que llevará, ni siquiera está mirando el aceite. Está muy distraída escribiendo con esas teclas que parecen cabezas de alfiler. Mientras tanto, los otros clientes que quieren comprar aceite no tienen cómo acceder a las diferentes botellas para comparar los precios y escoger libre y cómodamente.

Un muchacho está en la caja del mismo autoservicio. Tiene pocas compras, que acomoda rápidamente sobre la faja transportadora. Ignora el saludo de la atenta cajera, que lo saluda con una sonrisa. Como el hombre de negocios de El Principito, es una persona muy ocupada y no puede despegar la vista de las teclas que parecen cabezas de alfiler. Menos para responder un amable saludo.

Una pareja está en el cine. Es ese momento de silencio que hay antes de que se apaguen las luces. Están conversando animadamente. Hasta que un zumbido suena dentro de la cartera de ella, que saca un aparatito y lo empieza a mirar detenidamente. Un segundo después, sus dedos vuelan sobre teclas que parecen cabezas de alfiler, mientras ríe casi para sus adentros. Se acabó la animada conversación. El hombre se queda mirando el techo del cine, hasta que la luz se apaga completamente. La pequeña pantalla que está a su costado se queda encendida un rato más.

Me gusta tener el control de mi teléfono, y no que el teléfono sea el que tenga el control.

Por eso, no tengo un smartphone.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Eufemismos

A los publicistas se les dice creativos por algo. Y lo demuestran no solamente con el ingenio de algunos comerciales, sino con la manera en que nos presentan situaciones de todos los días con las que muchas veces nos es fastidioso lidiar.

Por ejemplo, me causa gracia la manera en que presentan el estreñimiento. Jamás de los jamases usan la palabra tal cual. No, ¡horror! Así que echan a andar el ingenio y usan frases como tránsito intestinal lento o intestino perezoso.

Vemos a una mujer muy guapa, siempre muy guapa, diciéndole a una amiga que se siente hinchada, que sospecha que tiene tránsito intestinal lento. ¿Se imaginan a dos amigas hablando con esas palabras? Entonces, la interlocutora le dice que ella también sufre de lo mismo, pero que lo ha solucionado tomando tal pastilla. Santo remedio, a la siguiente escena vemos a la de intestino antes lento ahora acelerado, feliz de la vida, con ropa de gimnasia, haciendo aeróbicos.

Otro ejemplo es el de los niños que llevan por lema "no me gusta", antes de siquiera probar la comida que alguien les ofrece. Lo que cualquier ser humano definiría como niño caprichoso, los publicistas califican como selectivo al comer. Entonces, la mamá del niño selectivo está preocupada porque su hijo "no le come nada". Así que, de nuevo, otra amiga le dice que su hijo también es selectivo, pero que ella lo solucionó con cierto complemento vitamínico. Vemos de nuevo a la primera mamá, ya contenta porque su selectivo hijo recibe todos los nutrientes que necesita su cerebro para desarrollarse en sus primeros años de vida.

Si por un momento prestamos atención y tenemos la suerte de poder leer la letra pequeña, veremos unas advertencias que son de miedo. Tanto que creo que es preferible tener el intestino perezoso y al niño desnutrido. Y eso, si es que podemos leer las advertencias, porque en televisión pasan tan rápido y con una letra tan minúscula que ni siendo Vicky la robot podríamos leerlas. Si son en radio, mueve a risa la rapidez con que hacen pasar la grabación. Parece una creación de Alvin y las ardillas. Ni hablar del tamañito de las letras en los avisos en periódicos y revistas, además de ser letras color crema sobre fondo blanco.

¿Tan difícil es llamar a las cosas por su nombre? Inténtelo, verán que no pasa nada.
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Con relación a la entrada anterior, solamente pude conseguir el nombre de la última de las películas que mencioné. Se llama Historias de metro. A ver si logro enterarme del nombre de las otras dos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Complicaciones empresariales

Hace  algunas semanas tuve una reunión en una importante y conocida empresa privada. Su ubicación es tan conocida que es casi un punto de referencia para los limeños. Por eso, no pasó por mi cabeza que esa visita acarrearía complicaciones.

La reunión estaba concertada para las 11 am. La distancia a recorrer era bastante corta, así que salí con media hora de anticipación, con la certeza casi absoluta de que iba a llegar más que a tiempo.

El ejecutivo con el que me iba a reunir me dijo que entrara por la puerta chica "de atrás", que en verdad no es nada chica, sino que está en una calle bastante chica, totalmente diferente a la gran avenida que da al frente de la empresa. Y a la puerta chica me dirigí esa mañana de viernes a mi llegada, casi a las 10:40 am.

Tenía delante de mí a dos personas que también querían entrar. La señorita que controlaba la entrada debía multiplicarse por cuatro. Preguntaba al visitante a quién buscaba y recibía su documento de identidad, llamaba a esa persona para confirmar lo dicho por el visitante, y luego de recibir la  confirmación ingresaba varios datos en una computadora. Segundos después, entregaba al visitante una credencial que debía colgarse en lugar visible, junto con un papelito que el visitado debía firmar. A su salida, el visitante debería devolver la credencial y el papelito para recuperar su documento de identidad.

Aproximadamente diez minutos después, me tocó el turno de ser atendida. Di el nombre del abogado con quien me iba a reunir y...:
- La entrada para esa oficina es la de adelante.
- El señor me dijo entrara por acá.
- No es así. Debe ir por el otro lado.

Al filo de las 11 am, llegué a la puerta de adelante. Nueva espera, pues había otro visitante esperando su documento de identidad para poder irse. Finalmente me atendió otra señorita. Repetí el nombre de la persona con quien debía reunirme. Lo llamaron para confirmar la reunión y que autorizara mi entrada, cosa que demoró un rato pues la señorita no encontraba el número del anexo correspondiente en su listado. Finalmente lo encontró, llamó y obtuvo la muy necesario confirmación. Le entregué mi documento de identidad, recibí una credencial y el consabido papelito. Me dijeron que la oficina era en el cuarto piso. Subí por las escaleras y al llegar allí, me vi frente a un mostrador, donde anuncié mi reunión.

Miré la hora. Eran las 11:04 am. A pesar de esos cuatro minutos, puedo decir que llegué a tiempo. Un instante más tarde, salió a recibirme el ejecutivo, quien el saludarme me preguntó si me había sido difícil llegar a la empresa:
- No -le respondí, riendo-, lo difícil fue entrar.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Gorro de baño: misión imposible

No olvidemos a nuestros muchachos solidarios. Desde acá agradezco a los que han ofrecido ayudarlos y de manera muy especial a los que ya han hecho efectiva su ayuda.
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Tal como narré hace algún tiempo con la cartera azul, ahora estoy enfrascada en otra misión que jamás imaginé que podría ser catalogada como imposible: encontrar un simple gorro de baño, para no mojarme el pelo.

Todo empezó hace algunas semanas, cuando me di cuenta de que el gorro que uso ahora está demasiado deteriorado. Casi diría que necesita un cambio a gritos. Así que me dije que debía buscarle reemplazo en la primera oportunidad en que fuera a algún supermercado a hacer compras.

Fui y volví a mi querido y cercano autoservicio auriverde, que me queda muy cerca y al que prácticamente voy todos los días, y cada vez que iba, me olvidaba del gorro de baño. Me acordaba cuando ya estaba de vuelta en casa.

Hasta que por fin recordé el asunto en el momento en que debía recordarlo. Me paseé por donde están los artículos de limpieza, los de ducha, los de baño. Nada. No había ni asomo de gorros de baño. Pensando que los podrían haber colocado en otro sitio, sobre todo porque jamás entenderé la lógica detrás de la disposición de los artículos en los supermercados (por ejemplo, ¿por qué no pueden poner juntas la sal y el azúcar?), pregunté a un trabajador de la tienda. Su respuesta fue: "no vendemos eso".

No le repliqué, pero me pareció rarísimo porque todos los gorros de baño de los que tengo memoria los he comprado en diversos supermercados.

Decidida a buscar en otras tiendas, me fui a un recién inaugurado autoservicio rojiblanco, primo hermano del auriverde, que queda a pocas cuadras de distancia. Busqué y busqué... sin éxito. Pregunté a otro trabajador de la tienda y la respuesta fue casi igual a la anterior: "no, no vendemos de esos".

Pensando por un momento que me encontraba estancada en una bizarra realidad alterna, opté por buscar y preguntar en farmacias. Empecé en las farmacias grandes de cadena que hay cerca de la casa. Adivinaron: no hay. Pregunté en la pequeña farmacia del barrio, y la atenta Jackie me dijo que sí tenía. Yo ya estaba a punto de lanzar un ¡Eureka! arquimediano, cuando regresé a tierra. Los gorros que tienen en la farmacia son de tela, pues son para cirugía y no son de baño.

Vuelta a mi triste realidad, me veo obligada a seguir usando el mismo gorro envejecido. Pero no cejaré en mi intento, seguiré buscando un gorro de baño. Total, el que persevera triunfa... es lo que me han dicho.

jueves, 14 de junio de 2012

La vejez no es discapacidad

Es probable que más de uno no le caigan bien mis palabras esta vez. Pero la verdad es que lo he visto tantas veces que podría pensar que se trata de un tema universal.

Por ley, en todos los estacionamientos hay lugares marcados con el clásico símbolo de los discapacitados. Eso significa o, por lo menos, debería significar que esos lugares son reservados única y exclusivamente a las personas que conviven con alguna discapacidad que necesitan estacionarse cerca de la entrada y deben contar con un espacio un poco mayor al costado del carro para maniobrar con tranquilidad.

Grande es mi sorpresa y mayor mi indignación cuando veo que quienes utilizan esos lugares son ciudadanos de la tercera edad. No se crea que me refiero a adorables viejecitos a los que parientes más jóvenes llevan pues necesitan ayuda para dar un paso. Nada que ver. Se trata de personas que ya ni peinan canas porque las tienen teñidas todas (para tal caso, más canas peino yo), que salen de su carro con los dos pies bien firmes sobre la tierra, a veces hasta ataviados con ropa deportiva y zapatillas. Cuando veo a señoras con estas características pienso que de su clase de tai-chi se han ido directamente a hacer las compras para su casa. ¿Se preguntarán dónde se estacionarán las personas que realmente necesitan estos lugares? Tal vez ni se les pase por la cabeza.

Por no hablar de las cajas de los supermercados y los bancos. De la indignación paso a la risa cuando veo cómo se pelean entre ellos en las cajas de atención preferente. Es tanta la incomodidad que me causa que he optado por no ir los miércoles de compras a un supermercado que me queda muy cerca y al que voy prácticamente todos los días. La razón es muy sencilla: los miércoles, los mayores de 65 años tienen 10% de descuento en todo lo que compren. La tienda se llena de personas que creen que todas las cajas se convierten en preferentes ese día.

El colmo fue algo que me pasó hace algunos años. Estaba con el pie vendado por una operación que si bien era menor, implicaba que no podía apoyar el pie. Ahí iba yo con un bastón (por cierto, qué incómodo se me hizo caminar así) y una venda bastante notoria. Estaba haciendo cola en el banco y, cuando ya tocaba mi turno de ser atendida, de la nada se apareció una señora que prácticamente corriendo fue de frente a la ventanilla. Me acerqué a reclamarme, le enseñé el bastón y la venda, le dije que yo había esperado más de diez minutos y que lo mínimo que debía hacer era pedir disculpas y esperar su turno. Lo único que acertó a decir fue: "eso de ahí no es nada", y muy oronda se quedó a que la atendieran.

La cosa no quedó así, pues exigí hablar con el administrador, que lo había visto todo. ¿Fin del cuento? Me atendió el propio administrador, y terminé mi gestión bancaria antes que la señora. Al salir, me provocó sacarle la lengua, pero no lo hice solamente porque estaba de espaldas a mí.

El ícono de la discapacidad es la silueta de una persona en silla de ruedas, no la silueta de una persona de edad avanzada que anda encorvada. Por algo son imágenes diferentes, pero ¿quién se lo hace entender a ciertas personas?
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lunes, 4 de junio de 2012

La crisis de los panes

Todas las mañanas, llueve o truene (bueno, es un decir porque en Lima no hay truenos), a una cuadra de la casa se instalan dos panaderos. A veces es solamente uno, pero es suficiente. No sé de qué panadería traen el pan pues no hay ninguna cerca, pero la cosa es que sin falta se les puede ver vendiendo sus panes a los vecinos. Su lugar está muy cerca del puesto de periódicos, punto de encuentro de la gente del barrio. Al pasar por ahí temprano, se puede escuchar a los ideólogos llenos de opiniones y dispuestos a arreglar los problemas del Perú y del mundo. Lo que pasa es que no los llaman.

Ese es el panorama habitual en una de las tantas esquinas miraflorinas cuando la vida retoma sus actividades diarias y la gente se despercude y se apresta a enfrentar las actividades diarias.

Esa rutinaria calma se vio alterada hace algunos días. Para sorpresa de los vecinos que salieron a comprar su pan y su periódico, encontraron lo segundo mas no lo primero. ¡Qué impresión! El panadero no estaba en la esquina habitual, ni se le veía más allá. Nada. No había pan ni panadero.

Ajena a esto, regresaba muy tranquila a la casa, cuando me crucé con el panadero más joven pedaleando rápidamente hacia la avenida Larco. Pensando en ahorrarme unos pasos, le pregunté a la pasada si me podía vender pan. Me dijo que no le quedaba ni uno, que regresaba en 20 minutos porque se iba a traer más. "Eso es nuevo", pensé.

Media cuadra más adelante me crucé con el otro panadero, y le hice la misma pregunta. Recibí la misma respuesta.

No había pan. No había dónde comprarlo, porque la panadería más cercana queda como a cinco cuadras y las ganas de recorrer la distancia eran pocas. En verdad, eran casi nulas. La solución era recurrir a una de las tantas bodegas o minitiendas que hay por la zona. Solamente había pan en una de ellas, los saldos de la marabunta que minutos antes que yo había arrasado con el poco pan de la bodega. Su habitual carga no estaba preparada para la crisis de los panes, así que las existencias se acabaron rápidamente.

Hasta ahora no sé qué pasó. No sé si ese día hubo menos pan o si hubo más compradores. Al día siguiente, todo volvió a la normalidad. Honestamente, espero que no se repita el descalabro que significó la crisis de los panes en la armonía del barrio en el que vivo.
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martes, 1 de mayo de 2012

Adiós, verano

Esta entrada debió haberse publicado hace algún tiempo, pero se fue quedando rezagada entre taladros, brevetes y sonatas.
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Debo comenzar diciendo que no me gusta el verano, que mis destinos soñados de viaje nunca incluyen lugares de playa y que cuando el verano está en todo su apogeo, quiero que llegue a su fin cuanto antes. Me encantan los húmedos días fríos que Lima nos regala entre junio y setiembre, signo distintivo de esta ciudad de cielo eternamente gris.

No obstante, y quizá porque es extraña la naturaleza humana, cuando el calendario y un inicialmente imperceptible cambio de temperatura anuncian que se acaba el verano, se puede percibir una especie de tristeza en el ambiente. Quizá sean rezagos de los tiempos en que el fin del verano significaba el término de las vacaciones escolares, que se acababan los días de ver televisión con Tito hasta muy entrada la noche y que habrían de pasar varios meses hasta volver a ver sandías, uvas y tunas en la mesa.

Esa sensación la tuve en días pasados, en lo que pasó a ser el último día de playa de este verano 2012. Por lo menos acá, se considera que la temporada de playa empieza el fin de semana entre la Navidad y el Año Nuevo y termina el Domingo de Resurrección.

En ese último día de playa, todos los vendedores de productos típicos de estos tiempos estaban rematando sus existencias. El heladero no tenía el helado que quería. Me explicó que le quedaban ya pocos helados, que dada la cercanía con el fin de la temporada, no había querido llenarse de mercadería con la que después no iba a saber qué hacer. Tuve que conformarme con alguno de los que le quedaban en su cajita llena de hielo. Nos despidió con una sonrisa acompañada de un "hasta el próximo año" al momento de levantarse para seguir ofreciendo su mercadería.

Las señoras que venden vestidos playeros también hacían rebajas increíbles a sus vestidos. Tal vez porque quedaban aquellos que a nadie habían gustado, sus ventas no tenían éxito. Vi a unas chicas probarse prácticamente todos, pero en verdad no sé si habrán llegado a comprar alguno.

Marcela disfrutó de esta visita a la playa. Recordó el balde morado que el caprichoso mar se llevó pocas semanas antes y que nunca devolvió. Hizo castillos con arena, recolectó plumas, comió pan con atún, todo mientras contaba novedades de su colegio. Todo lo referente al colegio es novedad pues recién ha comenzado en marzo y está feliz.

En verdad, también disfruté de ese último día de playa del verano 2012. A pesar de no ser mi estación favorita, no puedo negar que el verano tiene su encanto.
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domingo, 25 de marzo de 2012

Compartida, la vida es menos

Hace poco más de un mes decidí cambiar mi celular. El que tenía funcionaba bien, pero había comenzado a tener algunas fallitas. La principal era que la batería duraba poco más de dos días, mucho menos de la semana entera que duraba cuando recién lo compré, a mediados de 2010.

Sabía que quería un teléfono de la misma marca que uso hace años, una marca que viene de un país muy al norte de todo, donde dicen que hay muchísimos lagos y de donde vino una película que me encantó y que espero poder ver de nuevo alguna vez.

Al local del operador de la red móvil fui, y esperé que me tocara el turno de ser atendida. Cuando finalmente llegó mi turno, y tras los saludos de rigor, le dije al vendedor más o menos lo siguiente:
- Quisiera un teléfono como este -y le mostré el que hasta ese día había usado-, no un smartphone, con timbrados personalizados para saber quién me llama, pero sobre todo que tenga cámara y que sea fácil descargar las fotos a una computadora.

La función de las fotos es básica porque adornan muchas entradas de este blog.

El hombre sacó un catálogo y llegó a la página de la marca que buscaba. Me mostró varias opciones pero me sugirió un modelo en particular. Me lo pintó tan maravilloso y funcional al teléfono que si me hubiera dicho que volaba, se lo hubiera creído. Hice caso de la recomendación y decidí adquirir ese teléfono.

Pagué en la caja y después fui a recoger el teléfono nuevo de manos de un técnico que le colocó la batería y le insertó el mismo chip de mi teléfono antiguo. Me hizo un recuento de los accesorios que venían en la caja: el cargador de la batería, el adminículo para manos libres, el manual del usuario y el certificado de garantía.
- ¿Cómo? ¿Y el cable para descargar las fotos?- le pregunté.
- No, este modelo no viene con cable para fotos. Lo tiene que comprar aparte, y acá a la entrada hay un módulo donde lo puede encontrar.

Bastante fastidiada, regresé donde el vendedor y, sin importarme que estuviera atendiendo a otro cliente, le dije:
- ¿No le pedí específicamente que quería un teléfono del cual poder descargar las fotos fácilmente?
- ...
- Resulta que este teléfono que me acaba de vender no viene con el cable para descarga de fotos.
- Si, pero... -y con la mano empezó a señalar hacia la entrada.
- Si, ya sé que ahí lo venden. Pero eso significa un gasto mayor.

Fui al módulo de la entrada y la señorita que atiende me dijo que los cables de ese modelo se habían terminado y que no sabía cuándo le llegaría una nueva remesa. Regresé donde el vendedor, que seguía atendiendo al mismo cliente de un rato antes:
- ¿Sabe qué? Justamente el cable para este modelo se ha terminado. Y acá me quedo, ensartada con un teléfono al que le falta lo único que quería que tuviera. Felizmente con ustedes, compartida la vida es más. No sé más qué, pero no quiero imaginar lo que sería si la frase fuera "compartida, la vida es menos".

Al día siguiente fui a un lugar que me queda bastante cerca y que se especializa en artículos de computación y afines donde pude comprar el cable preciso (nota aparte: es un lugar fascinante). Asunto solucionado, pero eso no quita el disgusto que a un cliente le den algo que no tiene exactamente lo único que pedía. Justamente, como la quinta rueda del coche.
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