viernes, 8 de octubre de 2021

Sorpresa en el hotel

Hotel
Raquel se despertó con sueño, siempre se despertaba con sueño. Se obligó a levantarse y ponerle buena cara al día. Tenía la sensación de algo bueno. No lo podía definir, pero ahí estaba.
Entró puntual al hotel en el que trabajaba haciendo la limpieza de los cuartos. Ni conocía las caras de los huéspedes, entraba cuando ellos ya se habían ido. Y si se los cruzaba en algún pasadizo, a ella casi no la veían.
No importaba. Ella hacía su trabajo y aunque era agiotador, lo hacía con cariño. Le gustaba dejar los cuartos bien ordenados, deshacer el caos que los turistas dejaban todos los días.
"Si yo me fuera de vacaciones, también dejaría todo desordenado, para variar de las obligaciones diarias", se decía mientras hacía magia con sus manos. Y es que hacía magia, en un segundo sacaba las arrugas de las sábanas, desaparecía los papeles regados en el suelo, doblaba las toallas en el baño y reponía los frasquitos.
Después de hacer magia en un cuarto, salió y pasó al siguiente. Casi como una máquina, infalible y mecánica.
Al abrir la puerta, el desorden la golpeó sin aviso. A pesar de que ya estaba acostumbrada, ese desorden la impresionó. Puso manos a la obra de inmediato, aunque no sabía por dónde empezar.
Sobre una silla vio una caja. "Claro, con este desorden ni cuenta se dieron y se olvidaron de esto", pensó ,mientras se acercaba a la caja. Debía dejarla en la Administración, por si los huéspedes la reclamaban.
Al tenerla en la mano, vio que había una nota escrita a mano pegada con cinta adhesiva: "Gracias por mantener nuestro cuarto ordenado y limpio. Perdón por nuestro desorden. Como compensación le dejamos un dulce de nuestro país para que lo disfrute con quien más quiera".
Se quedó sin palabras, paralizada de asombro. A la máquina infalible le tomó un buen rato reponerse.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Perfumes y canciones en taxi

Me llegó esta historia, que publico acá con la autorización debida.
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Salí temprano de casa y tomé un taxi para ir a realizar un trámite. Mientras íbamos avanzando, el taxista, un señor gordo y muy sonriente, me dijo de pronto: señora, reconozco su perfume. Y me dijo el nombre correcto. Y agregó el nombre exacto de la única tienda donde la venden.
Me quedé muy sorprendida porque esa colonia es poco conocida, no se encuentra en farmacias ni centros comerciales y efectivamente, hay que ir a buscarla a un lugar especial.
Cómo sabe eso, le pregunté. Porque tengo buen olfato, me dijo. Ah, y también tengo buen oído, agregó. Mire, yo he tocado con Paco de Lucía. Luego, en un celular buscó y dejó escuchar una guitarra como la del famosísimo guitarrista español del flamenco. Vi la imagen y el que tocaba era el taxista, con menos años de edad.
El hombre me siguió contando. También he tocado con Avilés (considerado el mejor guitarrista de música criolla peruana). Volvió a buscar en el celular y comenzaron las inolvidables notas de esos valses que están en el ADN de todos los peruanos. Con ese especial acompañamiento, el taxista se puso a cantar y yo, por supuesto, me contagié del entusiasmo musical y canté también el vals que tocaba la guitarra del gran Óscar Avilés.
Así, en un viaje totalmente fuera de lo común, con sorprendente conversación y buena música, llegó el taxi a mi destino. Terminó el viaje, nos despedimos y vi partir al señor gordo muy sonriente y agitando la mano. Una mañana gris que se pintó de perfumes y canciones.
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Imagen de Freepik.

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Boleto multiusos

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El otro día recordé una incidente del que fui testigo de excepción hace algunos años.
Ocurrió en un bus. Regresaba a mi casa una tarde cualquiera, un trayecto que había hecho muchas. No era hora punta, así que el bus no estaba lleno. Eso me permitía ver libremente a los pasajeros que estaban al otro lado del pasillo.
Iba una mujer sentada sola al lado de la ventana. El asiento a su costado iba vacío. De repente, un señor que acababa de subir se sentó ahí. Ambos se saludaron con un leve movimiento de cabeza, casi imperceptible, y cada uno siguió con lo suyo.
Al poco rato, vi que el señor se quitaba los anteojos y que intentaba limpiarlos con el boleto que acreditaba que había pagado al subir al bus. Era una tarea inútil, esos boletos tienen un tamaño mínimo y son de un papel nada adecuado para la limpieza que el señor pretendía. 
Pero él no se dejaba vencer por el papelito. Lo tomaba de un lado, intentaba limpiar, y nada. Lo tomaba por otro lado, en diagonal. Tampoco lograba limpiar. Desde donde yo estaba, me daba la impresión de que más ensuciaba los vidrios con los dedos.
Todo complicaba su empeño.
Hasta que la mujer que iba a su costado volteó a ver y se percató de la situación. Primero no se limitó a mirar, pero luego de un momento, hurgó en su cartera. Tomó un paquetito, sacó de ahí un pañuelo de papel y se lo dio al señor sin decir una sola ´palabra.
Sin decir una sola palabra, el hombre recibió el pañuelo descartable. Por fin pudo limpiar sus anteojos sin problema. Se guardó el pañuelo en el bolsillo y continuó su viaje tranquilo.
Unos paraderos más adelante, la mujer se levantó de su asiento y se preparó para bajar. El señor se levantó también, le dejo libre el camino y se luego ocupó el asiento que había quedado libre al lado de la ventana.
Una vez en la calle, la mujer volteó a ver el bus. Desde dentro del bus, el hombre volteó a ver la calle.
Simultáneamente, ambos levantaron la mano en señal de saludo.
Finalmente, el bus avanzó.
Me bajé en el siguiente paradero, sonriendo por lo que acababa de ver.

domingo, 8 de agosto de 2021

El encuentro soñado

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Un día se dio cuenta de que ya no tenía compañía. No sabía en qué momento se había quedado sola, pero esa era la realidad.
Tras tanto tiempo de andar juntos por la vida no se acostumbraba a un viaje en solitario. Pero se resignó, no podía hacer nada más. Y a cada momento volvían los recuerdos y los pensamientos.
No podía imaginar el revuelo que se formó en torno a la desaparición, pero aunque lo hubiera notado no le hubiera importado. Su desconcierto era mayor, no tenía espacio para tribulaciones ajenas.
Pasó tiempo en un encierro incierto, sin ver la luz del día casi nunca, salvo ocasionales y brevísimos momentos luminosos. Esta rodeada de otros, pero cada quien iba con su pareja, mientras ella estaba sola.
¿Qué pasó? ¿A dónde fue?
Y así pasaron los días, quién sabe cuánto tiempo pasó. Soñaba con el encuentro, se imaginaba el día en que volverían a ser dos... ¿llegaría ese momento?
De repente vino uno de esos raros chorros de luz. No le impresionaban. Pero esa vez pasó algo inesperado. La alzaron, algo que no pasaba en mucho tiempo. La sacaron del cajón, no entendía nada. Y de repente sintió ese calor conocido, una sensación reconfortante la recorrió. La espera acabó.
¡Había aparecido la otra media del par disparejo!

miércoles, 30 de junio de 2021

Encuentro matutino

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Hace poco más de un mes, esperaba para comprar el pan de cada día en la esquina de mi casa. Se acercó un señor al que ya había visto en varias ocasiones en la misma espera, nos saludamos y él se lanzó a conversar. Y de la nada, me dio una receta muy fácil para un pollo con miel y dos ingredientes más. Tomé nota mental con la idea de anotarla después.
No era una receta difícil y estaba segura de que la recordaría.
Pero cuando me decidí a anotar, solamente podía recordar la miel además del pollo. "Eso pasa por no anotar de inmediato", me recriminé. Solo recordaba que, además de la miel, había otro ingrediente que empezaba con M. "Ojalá lo vuelva a encontrar para preguntarle", pensé.
Así pasaron varias semanas y casi olvidé el incidente.
Hasta que un día estaba en la misma esquina esperando para comprar el pan y llegó el señor. Nos saludamos y de la nada arrancó a contarme de una caída que había tenido hace diez días cuando iba en bicicleta. Que el piso estaba mojado por la lluvia, que perdió el control porque las llantas resbalaron, que por apoyar el pie en el piso mojado se deslizó por la pista, que logró poner la mano en la pared, que como estaba mojada se deslizó. En resumen, el hombre cayó con todo y bicicleta.
Ahí noté que no movía el brazo derecho. Y siguió hablando. Que fue a tomarse una radiografía, que el técnico lo obligó a levantar el brazo, cosa que le es imposible todavía por los golpes. De algún modo lograron hacer las placas y ya estaba en tratamiento.
Mientras dudaba si pedirle o no la receta, llegó el pan. Cada quien compró el suyo y yo emprendí el regreso. Él se quedó ahí sin moverse.
Había avanzado unos pasos cuando me dije "no", y regresé donde el hombre.
- Hace un tiempo usted me dio una receta de pollo con miel que...
- Ah, sí, ¿la hiciste?
- No porque no me acuerdo. Era pollo con miel y lo demás me olvidé.
- A ver, es fácil: en una fuente, pones el pollo y le echas mantequilla...
- ¿Lo embadurno?
- Eso, justo, lo embadurnas- me dijo, mirando al cielo como quien agradece por haber encontrado una palabra olvidada.
Siguió con las indicaciones: luego se vierte sobre el pollo una mezcla de miel, kion y mostaza. "Bingo", esa era la M que no recordaba, pensé.
Y para terminar, se espolvorea un poco de sal, no te vayas a olvidar de la sal. Y al horno, hasta que el pollo esté doradito.
Regresé a la casa y de inmediato me dispuse a anotar la receta.
En cualquier momento me animo y como pollo a la miel con mostaza.

sábado, 22 de mayo de 2021

La monedita

Había una vez un muchacho que era joven cuando el siglo XX era joven. Vivía con su abuelita, y aunque tenían apenas lo justo, lo cierto en que nunca les faltó nada.
El muchacho, a quien llamaremos Pablo, iba puntal todos los días al colegio, muy tempranito. En su ciudad de la selva todo era cerca, a todos sitios se podía ir caminando sin problemas.
Un día, iba Pablo al colegio repasando las tablas de multiplicar muy concentrado. Las había estado estudiando todo el día anterior, las repetía como una cantinela. Pero a veces dudaba y debía empezar de nuevo.
Esa mañana algo rompió su concentración. Un brillo en el suelo. Curioso como era, fue a ver de qué se trataba. Tuvo que rascarse los ojos porque no daba crédito a lo que veía. ¡Una moneda! Y no había nadie cerca, así que no tenía a quién dársela. Dudó, no sabía qué hacer. Nunca antes se había encontrado una moneda en la calle.
Rápido, como si estuviera haciendo algo malo, se la metió al bolsillo. La sacó para volver a mirarla. Empezó a imaginar todo lo que podría comprarse ese mismo día.
Pero... no podía hacer eso. Su abuelita se esforzaba mucho para que él comiera y tuviera ropa buena para ir al colegio. No podía gastársela así.
Pero era SU moneda. Se la había encontrado. Lo justo era que la gastara en algo para él.
Tampoco podía llevarla al colegio, alguien podría encontrarla y tal vez se la quitaría
¡El colegio! Vio que se hacía tarde, así que buscó un escondite. Vio un  hueco en una pared y ahí metió la moneda. La tapó bien con hojas y plantas. Ya la rescataría al volver a casa. Para ese momento ya sabría qué hacer con la moneda.
Se pasó el día entero soñando con lo que iba a comprar. Ya había decidido no decirle nada a su abuelita. Total, no le hacía daño con no decirle.
Al a salida del colegio fue casi corriendo al escondite. Ni recordaba las tablas de multiplicar en ese momento.
Al llegar vio su improvisado escondite distinto. El corazón se le paralizó. Se acercó casi sin poder respirar. Sacó las hojas que había puesto para tapar el hueco.
La moneda no estaba. No había nada. Nada de nada.

jueves, 22 de abril de 2021

El precio inverosímil

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Hace algunos años, un amigo abogado me contó una historia que recordé el otro día. Aunque me suena a leyenda urbana, creo que vale la pena contarla acá.
Un hombre quería comprar un auto. No pretendía un auto nuevo, su capital era más bien limitado. Así que buscaba autos usados en buen estado con pocos años de uso y a precio razonable. Se pasaba los fines de semana mirando los anuncios en un diario grande de su ciudad, pero nada le convencía. Y cuando algo lo convencía, tenia un precio que excedía su presupuesto.
Así se pasó varios días, sin mucho éxito. Hasta que vio un anuncio que le llamó la atención: "Vendo auto alemán con menos de 500 km a USD500".
El anuncio no tenía teléfono, solamente una dirección. Aunque pensó que era un error, que al precio le faltaban por lo menos un cero, decidió ir a ver el auto. No le quedaba lejos de casa, así que no perdía mucho.
Llegó a la dirección indicada. Era un elegante casa que alguna vez había observado al pasar por ahí. Tocó el timbre, y por el intercomunicador dijo que iba a ver el auto en venta:
"Un momento", le contestaron.
Tras muy poca espera, abrió la puerta una señora muy elegante y distinguida que lo invitó a pasar. El hombre le comentó que iba a ver el auto, a pesar del error en el precio que aparecía en el anuncio.
- No es un error -dijo la elegante señora, mientras le indicaba por dónde debían seguir.
Llegaron al auto. Era un auto alemán, casi sin uso, hasta olía a nuevo. Viendo la cara de intriga del hombre, la señora siguió hablando:
- El precio no es un error, hay una razón para que sea tan bajo. Pero primero revise el auto, a ver si le interesa.
El hombre revisó el auto, entró, se sentó en el asiento del chofer, lo encendió, probó la radio, las luces, los limpiaparabrisas. Ya se veía recorriendo las calles con ese auto perfecto. Clao que le interesaba.
Salió y se reunió con la vendedora, que lo invitó a sentarse para conversar.
- Imagino que tiene gran curiosidad por el precio.
- Pues, sí. La verdad es que no lo entiendo.
- El asunto es muy simple. Mi esposo falleció hace algunos meses, poco después de haberse comprado este auto. En su testamento dejó establecido que había que vender este auto y entregarle hasta el último centavo del producto de la venta a su amante.
Ahora el hombre estaba sorprendido e intrigado.
- Comprenderá usted que mi reacción inicial fue de asombro, luego rabia. Y ya más tranquila decidí lo que debía hacer. Como mi obligación era cumplir con la última voluntad de mi esposo, acá me tiene vendiendo el auto. A la señorita le entregaré el dinero que usted me entregue, menos los gastos de trámite, por supuesto. Eso no saldrá de mi bolsillo. ¿Sigue interesado en comprar el auto?
La venganza puede ser muy dulce a veces.

jueves, 18 de marzo de 2021

Pataleta canina

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Hace pocos días caminaba por el malecón de Miraflores. Es un paseo agradable, al lado del acantilado y desde donde se ve el mar, entre jardines bien cuidados y flores de muchos colores. 
El trayecto es un lugar de encuentro y muy popular entre corredores madrugadores, matutinos y vespertinos, personas que pasean con niños de todo tamaño, que muchas van en compañía de sus perros.
Ese día, todo iba sin mayor novedad. A pocos metros de mí había dos señoras con niños y sus respectivos perros. Aparentemente, se habían encontrado de casualidad y estaban poniéndose al día con sus respectivas novedades.
Ya más cerca, pude notar que se estaban despidiendo. Una agarró la correa del perro y empezó caminar sin prisa, mientras hacía gestos a una niña para seguir el camino. Con ella no hubo mayor novedad.
Lo que llamó mi atención fue lo que ocurrió con la otra caminante y su perro.
Ella comenzó a jalar la correa y a hablarle a su mascota en tono cariñoso "oye, vamos a la casa". Pero el perro estaba sentado, inamovible. La mujer jalaba cada vez con más fuerza y la mascota nada. No se movía. Ni siquiera miraba a su ama. Es más, el perro pasó de estar sentado a echarse en el suelo.
La mujer jalaba la correa mientras decía palabras cariñosas marcadas cada vez más con voz de enojo.
La amiga miraba  todo, entre asombrada y divertida.
Hasta donde alcancé a ver y a oír, el perro seguía sin moverse.
No sé cómo habrá acabado esa pataleta canina.

martes, 2 de marzo de 2021

El bocado fugitivo

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Hace algunos meses, creo que la última vez que fui a un restaurante cuando todo era "normal" todavía, fui testigo accidental de algo que recordé pocos días atrás.
Mi grupo estaba en una mesa en una esquina, y al costado había otra mesa con un grupo grande. Era una familia que celebraba un cumpleaños. Su bullicio era contagioso y animaba el lugar.
Sin que se notara, empecé a observarlos. Quería saber quién motivaba la reunión familiar. De reojo casi recorrí la vista por cada uno hasta que di con el cumpleañero, un hombre que parecía el papá de dos niños que lo flanqueaban.
Todos hablaban y comían en un ambiente festivo, como deben ser los cumpleaños cuando la gente que queremos está cerca y al alcance de la mano.
Y entonces lo vi. Un señor que ya tenía una edad, como se dice. Parecía el padre del cumpleañero. Sonreía todo el rato, hablaba con los nietos y reía con ellos. Intercambiaba miradas y gestos con el hijo, aunque no se hablaban mucho porque estaban algo lejos.
De repente noté que su plato estaba casi vacío. Solamente quedaba un bocado. Era poco lo que quedaba, pero debía ser la comida favorita del señor porque se notaba que quería terminarla a toda costa. Era eso o le habían enseñado que en el plato no se deja nada.
Perseguía el bocado con el tenedor y el bocado escapaba empujado por el propio tenedor. Así varias veces, cuando parecía que ya iba a quedarse en el tenedor, el bocado volvía a caerse.
Así estuve mirando ese juego del gato y el ratón hasta que por fin el señor ganó. Atrapó a su presa, levantó el tenedor y lo miró casi con orgullo. Paseó la vista por la mesa, pero todos estaban tan ocupados conversando que nadie se dio cuenta.
Empezó a mover la cabeza casi en dirección a donde yo estaba. No alcancé a voltearme, y el señor me encontró mirándolo. Me sentí avergonzada, atrapada por indiscreta, pero no pude retirar la vista.
Entonces el señor alzó su tenedor discretamente, movió ligeramente la cabeza sin dejar de mirarme y con una enorme sonrisa terminó su comida.
Hasta casi podría jurar que me guiñó el ojo, cómplice.

martes, 16 de febrero de 2021

La niña que se perdió

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Ese domingo, la familia almorzó junta. La mesa de todos los días quedó chica, así que usaron la mesita auxiliar que tenían para esas felices ocasiones.
Cuando ya todos se habían levantado, la madre se dio cuenta de que su hija menor, la más chiquitita, no estaba por ningún lado. Primero la buscó con la mirada, luego recorrió la casa sin hacer mucho aspaviento.
"¿Dónde estará?". La única tranquilidad que tenía era que no había podido salir porque la puerta estaba bien cerrada y la pequeña no alcanzaba a abrirla, ni poniéndose de puntas.
La abuela se dio cuenta de que algo pasaba, y cuando se enteró lo tomó con calma. Empezó a mirar por los rincones más insospechados.
A esas alturas, ya toda la familia buscaba a la niña.
¿Dónde se habría metido?
Cansada de buscar sin lograr nada, la abuela miró la escalera. Todos habían descartado ir a mirar en el piso superior, sabían que la niña no podía subir sola. Pero la abuela tuvo una intuición y subió sin decir nada.
Una vez arriba, la abuela miró en todos los cuartos. Uno por uno, vacíos.
Hasta que llegó a la habitación que su nieta más chiquita compartía con su hermana algo mayor. Y ahí estaba la niña, sentadita de espaldas a la puerta, ajena al revuelo que había causado su desaparición, murmurando algo.
La abuela aguzó el oído, se acercó unos pasos sin hacer ruido. Tenía curiosidad por ver qué mantenía tan concentrada a la niña.
Y ahí vio bien. Los juguetes de las hermanas estaban desperdigados por el suelo y la niñita ponían unos a su derecha y otros a su izquierda, mientras decía: "ete mío, ete de mi hemana".

martes, 26 de enero de 2021

La pelota que vino del aire

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Las hermanitas jugaban como jugaban todos los días. Sus gritos salían por la ventana de su salón de juegos. No era un salón de juegos precisamente, era una habitación grande en el segundo piso de la casa donde vivían.
De repente, de la nada, una pelota entró volando por la ventana. Era una pelota grande, nueva y con muchos colores que se quedó rebotando hasta que se detuvo completamente.
Sorprendidas, las niñas corrieron hacia la ventana por donde había entrado la pelota volando. Miraron hacia abajo, no había nadie.
Con la mirada recorrieron todo el panorama hasta donde sus pequeños ojos alcanzaban. La calle, a izquierda y derecha. No había nadie cerca. Las únicas personas que lograron ver estaban demasiado lejos como para haber lanzado la pelota y salir corriendo.
Estaban tan intrigadas que hasta se olvidaron de lo mucho que habían querido una pelota, de las veces que habían comentado cuánto querían una pelota en la mesa familiar durante las comidas. La sorpresa lo había invadido todo.
Finalmente, volvieron a sus juegos, esta vez con la colorida novedad. Sus voces volvieron a llegar hasta la calle.
En sus cabecitas seguía la pregunta: "¿de dónde salió esa pelota tan bonita?".
En la calle, debajo del saliente que protegía contra la lluvia a la altura de la ventana por donde las niñas se habían asomado, un padre fuera de serie contenía la risa ante su propia travesura.

miércoles, 13 de enero de 2021

El desfile incomprensible

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El señor presenciaba todos los días el mismo espectáculo. Del edificio que estaba frente a su casa en fila india salían cuatro personas presumiblemente miembros de una misma familia: una mujer joven, dos niños que parecían ser hermanos e hijos de la mujer joven, y una muchacha que podía ser la hermana de los niños e hija mayor de la mujer.
Eso era lo de menos. Lo que despertaba la curiosidad del vecino era lo que ocurría en ese desfile.
Los niños bajaban corriendo, empujándose y gritando. Casi siempre terminaban peleando. La presunta madre les pedía silencio repetidamente, la muchacha cerraba la procesión, siempre callada, siempre sonriendo. Los cuatro llegaban así a un auto estacionado en la vereda frente al edificio.
La madre abría la puerta del conductor y se sentaba al timón. De ahí abría la otra puerta. Los niños se peleaban por ver quién subía primero. De alguna manera misteriosa llegaban a un acuerdo, subían y seguían gritando una vez adentro. La última en subir era la muchacha.
Mientras tanto, la madre prendía el auto, lo dejaba prendido un rato y luego aceleraba varias veces. Luego soltaba el acelerador unos segundos y volvía a acelerar. Y así varias veces, en un proceso que duraba entre diez y quince minutos.
Ahí apagaba el auto, todos se bajaban, la madre cerraba el auto con la llave y todos subían.
Así, día tras día, casi como un acto perfectamente ensayado. Por las mañanas en verano, por las tardes en los meses más fríos, una vez que los niños llegaban del colegio.
El vecino estaba intrigadísimo.
Y la intriga era mayor algunos fines de semana. Un hombre joven y los niños se subían al auto, el hombre arrancaba y partían. Regresaban al poco rato, dejaban el auto estacionado en el lugar habitual y volvían a casa. En esos desfiles de fin de semana los niños iban un tanto más callados, peleaban menos.
Un día, el vecino no pudo más con la curiosidad y decidió preguntar. Al ver el desfile diario, salió y esperó a que la faena terminara y se acercó a la mujer:
- Señora, buenas tardes. Yo vivo en la casa blanca del frente y todos los días la veo bajar con sus hijos y subir al auto y...
- Ya me imagino que debe de estar muy intrigado con lo que hacemos.
- Pues, sí... --dijo el vecino con algo de vergüenza.
- Mi esposo me regaló este auto por mi cumpleaños el año pasado. Su idea era que yo aprendiera a manejar, pero lo cierto es que tengo mucho miedo, no me atrevo a salir ni media cuadra. Para que el auto no se malogre es que lo enciendo todos los días. Mis hijos lo toman como un juego, y mi sobrina nos acompaña solamente para evitar que las peleas de los niños lleguen a mayores. Algunos fines de semana ni esposo lleva al auto a dar una vuelta, para que el motor no pierda la costumbre de funcionar --terminó la mujer, riendo, consciente de que era una situación curiosa.
Los vecinos se despidieron y cada uno se fue a su casa. El señor se mudó al poco tiempo y nunca supo si la mujer le perdió el miedo a manejar o si finalmente se cansaron y vendieron el auto.

domingo, 3 de enero de 2021

Las planchas de zinc

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Esta historia ocurrió hace muchas décadas en una cuidad pequeña de la selva peruana. Conocí a algunas personas que, voluntaria o involuntariamente, fueron parte de los hechos que voy a relatar.
Marita trabaja mucho desde niña para combatir las carencias familiares. Por eso, ya adulta, decide trabajar más para comprar una casita. Como es muy trabajadora, lo consigue en poco tiempo.
Es una casita pequeña que necesita arreglos, sobre todo arreglar el techo. Debe reemplazar las planchas de zinc. En esa zona llueve mucho y los techos deben ser de metal, Por cierto, el choque de las gotas de lluvia sobre esa superficie produce un sonido mágico e inolvidable.
Así fue que Marita se puso en marcha para comprar las planchas de zinc que necesitaba. Sacó las cuentas, determinó cuántas debía comprar y decidió comprarlas poco a poco. Aunque fuera de una en una, hasta conseguirlas todas.
Quienes la conocían sabían que lo lograría. Y empezó a comprarlas, una a la vez.
Tras varios meses de empezar, se le acercó el sobrino de uno de sus cuñados. Le ofreció tres planchas de zinc a precio menor que el de las tiendas. Cuando ella preguntó la razón del precio menor, el muchacho le dijo que le habían dado las planchas como parte de pago por un trabajo. Como necesitaba el dinero, decidió vender las planchas, aunque fuera con una pérdida.
Y Marita comenzó a comprar las planchas del muchacho, alternando con otras que compraba en la tienda. Hubiera preferido comprarlas todas con el precio barato, pero el sobrino no siempre tenía planchas. Plancha que compraba, plancha que guardaba en el fondo de su casa. Veía con gusto cómo aumentaban las planchas acumuladas.
Cuando Marita calculó que ya tendría la cantidad necesaria, empezó a planificar el arreglo definitivo del techo de su casita nueva. Fue a contar las planchas y notó que no, no estaban completas. Y no faltaba una ni dos, tenía como la mitad de lo que calculaba.
Se preocupó, sabía que no podía haberse equivocado tanto en la cuenta. Y en ese momento recordó lo que le había dicho su cuñado cuando le contó el trato que había hecho con el sobrino: "ten cuidado, ese sobrino mío es un pillo".
No tuvo ni tiempo de indignarse. Puso manos a la obra. Marcó todas sus planchas de zinc con pintura roja en un lugar poco visible.
Y se sentó a esperar.
Cuando el muchacho vino con tres planchas más "a buen precio, Marita", lo primero que ella hizo fue buscar las marcas. Y ahí estaban. Cada placa tenía su marca roja.
Pueblo chico, infierno grande. En menos de 24 horas, todos se enteraron de lo ocurrido. Todos se indignaron, algunos tomaron acciones concretas. El empleador del sobrino, por ejemplo, empezó a retener los pagos del muchacho y se los entregó a Marita hasta que el total de la estafa quedó saldado.
Poco tiempo después, todas las planchas de zinc se colocaron en su lugar. Como Marita tenía un corazón muy grande, para ese momento ya ni recordaba el incidente. Solamente quería disfrutar de la casa que con tanto esfuerzo había completado.
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A todos mis lectores les hago llegar mis saludos por el nuevo año, con el deseo de que todos tengamos un año mejor que el que se fue. En muchos aspectos, de nosotros mismos depende que así sea.