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lunes, 2 de marzo de 2020

Una cucharada llena

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La niña se había quedado al cuidado de su tía. Era habitual que así fuera cuando la mamá de la niña tenía algo que hacer y no la podía llevar.

La única indicación era que la niña debía tomar un jarabe para la tos a una hora determinada. "Una cucharada llena, con la cuchara que está en la caja del jarabe", fue la indicación recibida.

Así, tía y sobrina se dispusieron a pasar la tarde juntas. Como siempre, buscaron qué hacer, y pasaron de dibujar y pintar, comer helados a hacer dulcecitos en la cocina, todo entre preguntas y respuestas que iban y venían de ambos lados.

De repente sonó la alarma previamente fijada para no olvidar la hora del jarabe. La niña se acercó con toda tranquilidad a cumplir con la dosis a la hora precisa. Su tía sirvió el jarabe hasta que la cuchara estuvo casi llena. Le dio temor llenarla hasta el tope, pensaba que el exceso podría derramarse:
- No, esta cuchara no está llena. Falta un poquito —dijo la niña.
- Sí, pero si la lleno se puede derramar hasta que tomes el jarabe.
- ¡Lo siento mucho! Mi mamá me da la cuchara llena.

Fue tajante.

Su tía se quedó pensando cómo solucionar tan nimio detalle y darle la dosis completa a la niña sin derramar una gota del jarabe ya servido.
- Ya sé. Te tomas esto que ya está servido y luego te pongo otro poquito para completar lo que siempre tomas.

Por un segundo tuvo el temor de un nuevo rechazo de la niña. Que le dijera que lo sentía, que debía tomarse todo en una sola cucharada como hacía con su mamá. Vio los ojitos de la niña, brillaban. Estaba expectante, pensando en su respuesta.
- Bueno —dijo finalmente la niña.

A modo de tácita aceptación de la propuesta, la niña abrió la boca y recibió la primera cucharada, la que estaba casi llena. Un instante después la volvió a abrir para el poco restante.

Luego ambas siguieron pintando hasta que acabó la tarde, que acabó demasiado rápido.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuando un misterio se resuelve

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Como todos los días, el panadero se instaló con su carrito lleno de panes recién horneados en la esquina de siempre. Es su rutina diaria, a las 6:30 de la mañana recoge el pan en la panadería, lo dispone ordenadamente en su carrito especial y parte a la esquina de siempre. Sus clientes ya saben que lo encuentran ahí desde antes de las 7:00 a.m.

Tras años de hacer lo mismo todos los días, ya sabe dónde va el pan francés, dónde el pan de yema y el coliza, y todos los demás de manera tal que casi despacha el pan a ojos cerrados. Es que a esa hora, los clientes no esperan. Solamente tienen el desayuno con pan caliente en mente.

Una vez instalado, no pasa mucho rato antes de que llegue el primer comprador. Ni bien lo ve acercarse, ya sabe que va a pedir cuatro panes franceses y cuatro integrales. Ya sabe que le va a pagar con una moneda de cinco soles, ya sabe que tiene que tener preparados los tres soles de vuelto.

Desde que comenzó la reticencia al plástico, son muchos los clientes que llegan con bolsas de tela especiales para pan. Poco a poco, así como sabe las preferencias de casi todos los compradores habituales, empieza a reconocer las bolsas de tela: roja la del señor que va a comprar elegantemente vestido y perfumado ("¿a qué hora se levantará para ver tan pulcramente vestido?", se decía el panadero al verlo aparecer), con flores la de la señora que sale de su casa con pijama y todo directo a comprar el pan. De vez en cuando detecta una bolsa nueva, de vez en cuando alguna bolsa de tela no aparece. El panadero presume olvido por parte del cliente o que la bolsa está recién lavada.

Para lo que no tiene presunción ni conjetura es para la señora que siempre compra dos panes franceses, pero que con frecuencia lo desconcierta con la respuesta de "no, esta vez cuatro", cuando él pregunta "¿dos pancitos?". Es la única persona conocida que varía su pedido diario.

Al panadero le gustaría saber por qué casi siempre son dos panes y por qué con mucha menos frecuencia son cuatro. No sabe si se animará a preguntarle alguna vez.

Y así van pasando los días, que luego son semanas y después meses. Los días lluviosos quedan de lado y empieza a amanecer más temprano y luego vuelven los días húmedos y fríos hasta que regresa el sol y el calor, en un ciclo que se sucede sin parar.

Y así va la señora que casi siempre compra dos panes y muy pocas veces compra cuatro panes.

Hasta que un día:
- Buenos días, seño. ¿Dos pancitos?
- Buenos días. No, hoy son cuatro, por favor. Es jueves, viene la señora que me ayuda en la casa.

El panadero sonríe ante la inesperada solución a su misterio.
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miércoles, 23 de octubre de 2019

Historia incompleta

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Un domingo cualquiera paseas por el malecón que está a una cuadra de tu casa. El lugar está lleno de gente que va y viene, niños que corren, saltan, juegan y gritan. Y turistas, muchos turistas, fácilmente distinguibles porque van por todos sitios con la cámara en la mano, con el plano de las calles en la mano. Y si no están muy lejos, los distingues por la manera de hablar.

No hay un solo espacio en el que no haya movimiento, colores, alegría  con el mar de fondo. Es un animado domingo como tantos otros domingos.

Mientras vas caminando, se te acercan tres chicas. Tienen alegría en la cara, se nota que están contentas con lo que hay a su alrededor.

La más alta toma la palabra y te pregunta si vives por ahí. Le dices que sí y preguntas si las puedes ayudar de alguna manera. La misma chica pregunta cómo llegar a un sitio grande y conocido que queda cerca. Les indicas en el plano que estaban usando sin mucho éxito.

De repente, la que está más lejos, la que se ha limitado a mirar en silencio y no ha hablado nada en todo el intercambio de preguntas e indicaciones, se acerca. Te mira sonriente y te dice: "me encantan tus aretes".

Te llevas la mano a las orejas para ayudarte a recordar qué aretes tienes puestos. Al tacto los reconoces: son cuadrados con varias rayas paralelas de colores. Son vistosos. Son alegres. Sí, son bonitos.

Tomas una decisión de la que sabes que no te vas a arrepentir. Te quitas los aretes, las tres amigas, intuyendo lo que está a punto de pasar comienzan a decir "no, no". Igual, extiendes la mano con el par de aretes y le dices: "son tuyos".

El primer impulso de la chica es seguir negándose a recibirlos. Le insistes, y entonces los acepta con una sonrisa enorme en la cara. Las dos amigas tienen una sonrisa igual de grande. En una confusión de voces agradecen el regalo, la destinataria de los aretes se los pone de inmediato sin dejar de agradecer una y otra vez.

Te abrazan, las abrazas. Dicen que estaban contentas con su visita, pero ahora se van felices y encantadas con tu país.

Cada quien sigue su camino. Todo el intercambio no ha durado más de dos minutos. Te alejas  con una cierta satisfacción y sin dejar de preguntarte cómo seguirá la historia, qué comentarán entre ellas, qué contarán entre su gente al volver a su país, cómo se sentirán ante un giro tan inesperado luego de un simple elogio a unos aretes dicho una tarde de domingo en un lugar desconocido lejos de su hogar.

Nunca lo sabrás.

domingo, 18 de agosto de 2019

El misterio del reloj que se adelanta

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En mi mesa de noche tengo un reloj despertador que es también radio. Es digital y eléctrico, y se programa con botones que están dispuestos en la parte de arriba.

Lo cierto es que mi reloj se adelanta. Poco a poco, día a día, se adelanta ligeramente. Por lo tanto, es necesario ponerlo a la hora cuando la diferencia con la hora real es muy grande.

No importaba mucho pues ocasionalmente hay que desconectar la electricidad de la casa para algún arreglo o porque la empresa distribuidora nos desconecta el servicio brevemente para algunas reparaciones nocturnas de las que ni nos damos cuenta.

De todas maneras, aparentemente ponerlo en la hora correcta es tarea fácil, solamente hay que ir avanzando en los minutos y para fijarlo en la hora hay que avanzar. Es un reloj que no va hacia atrás, bueno, como todos los relojes. Y como el tiempo.

El detalle es que el mando respectivo es caprichoso. A veces es fácil y con apenas rozarlo avanza diez dígitos. Otras veces, ni apretando con toda fuerza quiere moverse. Con el mando de la hora no hay problema, lo complicado son los minutos.

Es un reloj temperamental.

Así que decidí llevarlo con mi relojero favorito. Le conté la situación y me dijo que le dejara el reloj para revisarlo. Quedamos en que lo recogería esa tarde.

A la hora acordada, el relojero me entregó el despertador arreglado. Me dijo que había limpiado el botón respectivo y que además le había puesto una pila interna de modo tal que aunque no hubiera luz, el reloj no iba a afectarse. Es decir, si no había luz, no habría reloj, pero que iba a iba a seguir avanzando internamente de modo tal que al volver la energía eléctrica, el reloj estaría a la hora.

Del problema del adelanto, no me dijo nada. Y olvidé preguntar.

Dicho y hecho, al llegar a la casa lo enchufé y... ¡el reloj marcaba la hora correcta! No hubo necesidad de pelearme con los mandos. Y me sentí feliz.

Semanas después, vi que el reloj estaba cuatro minutos adelantado. Pero no le di importancia, con la idea de arreglarlo en la siguiente interrupción del servicio... hasta que me di cuenta de que la batería interna conservaría la hora errada al volver la energía eléctrica.

Al cabo de un tiempo, el adelanto era de diez minutos y hasta llegó a los 12 minutos. Opté por la solución del perezoso: simplemente restaba los minutos sobrantes. Y empecé a usar la alarma de mi celular como despertador.

De un momento a otro. los 12 minutos de adelanto pasaron a ser solamente ocho minutos. Ahora está en seis minutos más que la hora real.

A estas alturas, no lo pongo en hora solamente porque me mueve la curiosidad de ver hasta dónde va a llegar el retroceso.

jueves, 18 de julio de 2019

De comida rápida

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Sábado, cerca del mediodía. Aunque no es lo más recomendable, decides parar en un restaurante de comida rápida y comprar algo para comer luego. Total, una vez al año no hace daño. Sí, claro, una vez...

El lugar no está muy lleno. Es un poco temprano para el almuerzo, pero de todas maneras hay más personas de las que esperabas. Es un local que alberga tres restaurantes rápidos de comida rápida, cada uno tiene su propio mostrador y su propia caja, pero el espacio para esperar y comer es el mismo.

Al pagar, das tu nombre. Después solamente queda esperar que te llamen, solamente queda esperar ese momento feliz en que sientes que has ganado la lotería pues puedes disfrutar del ansiado bocado.

Haces tu pedido, pagas, te sientas a esperar. En una mesa de cuatro sillas, dos están ocupadas por una pareja de turistas. Se comunican en un idioma indescifrable en voz muy alta. Imposible no percatarse de ese detalle. Los miras disimuladamente, pero nada en ellos daba indicios de su origen.

Tu atención sigue en el mostrador a la espera de tu nombre.

Un hombre y una niña llegan a ver las opciones de los tres restaurantes. La niña recorre con los ojos los carteles con las ofertas. Luego voltea hacia el hombre y le pregunta si puede pedir lo que quiere pedir, tiene los ojos suplicantes. Debe estar acostumbrada a las negativas porque cuando él contesta "puedes pedir lo que quieras, ya te dije", la niña da un salto de felicidad, lo abraza como si fuera su superhéroe mientras le dice "gracias" una y otra vez. Van juntos a la caja elegida. Imposible decir cuál está más feliz.

De repente, llaman a "Juan" y de dos extremos opuestos del lugar se paran dos hombres. Casi a la vez se acercan a la caja, los dos extienden sus boletas de pago. "¿Juan?", pregunta incrédulo el muchacho que atiende, mirando a uno y otro. Parece que nunca ha estado en una situación similar. Entonces, recita el pedido que tiene por entregar. Uno de los Juanes dice "es el mío". Los tocayos se dan la mano sonriendo, el afortunado lleva la comida a su mesa. El otro se vuelve a sentar a la espera de su nombre.

El hombre de la pareja de origen indescifrable avanza a la caja al oír su nombre, tan incomprensible como el idioma que usan. Le habla en inglés a la cajera, revisa su pedido, resulta ser más pequeño de lo que esperado. El hombre regresa a su mesa, comunica la decepción a su acompañante. Eso se puede entender en cualquier idioma. Deliberan un rato, luego él va a la caja de otro restaurante y hace un nuevo pedido.

En eso, llaman tu nombre. Te acercas a la caja, te entregan tu pedido. Sales del bullicioso restaurante con algo de pena por perderte las otras historias que se seguirán desarrollando bajo ese techo.

Es motivo para volver, te dices. Como si necesitaras motivos...

lunes, 13 de mayo de 2019

Cuando el estómago habla

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Cuando estaba en la universidad, tenía clases desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde. A veces, no había pausa entre clase y clase. Otras veces, había horas en blanco. Pero de una u otra forma, eran varias las horas que transcurrían hasta terminar la jornada.

Era normal salir de la universidad y llegar a casa con hambre, con la disposición de comer lo que hubiera, prácticamente donde fuera.

El recorrido a casa era largo. Casi una hora, pero tenía la ventaja de que había que llegar al paradero final. Es decir, podía ir tranquilamente sin mayor preocupación de pasarme el paradero.

La parada final era en un lugar muy comercial, lleno de tiendas de todo tipo. Con tiempo y ganas, no era raro que fuera a dar una vuelta a visitar tiendas o comprar algún bocadito para disfrutar más tarde. Pero lo más normal era bajar y querer llegar a casa cuanto antes. Además, entre el paradero final y la casa habían doce cuadras que recorrer, lo que agregaba unos 15 minutos más a todo el recorrido.

Como se dice por acá, hacía hambre.

Los últimos pasajeros siempre eran pocos. El chofer estacionaba el vehículo y apagaba el motor, A veces gritaba "último paradero", pues no faltaba quien se quedara dormido en el largo tramo. Era hora de salir en ordenada fila, ya por fin en el destino final.

En esas circunstancias, siempre tenía la idea de comprar algunas galletas al peso en un puesto que tenía cuanta chocolate, galleta y dulce uno pudiera imaginar. Cuando ya faltaban pocas cuadras para llegar, empezaba a pensar qué comprar para compartir con la tía Angelita mientras veíamos televisión en la noche.

Con ese pensamiento, me levantaba de mi asiento y me dirigía hacia la puerta. Por mi cabeza desfilaban las diferentes galletas que podía comprar, las iba eligiendo mentalmente mientras la boca se me hacía agua. A lo lejos, lograba ver el puesto con las apetitosas tentaciones entre las que tanto me costaba siempre decidir.

Al pasar al lado del chofer, siempre me despedía con un simple "gracias", que bien era correspondido con "de nada", "hasta luego" o con simple indiferencia del conductor.

Pero esa vez fue diferente. Con los pies aún dentro del bus, pero la mente en cualquier otra parte, pasé al lado del chofer y mi mente mandó a agradecer como hacía todos los días. Pero menos de un segundo después, la cara extrañada del chofer me hizo dar cuenta de que le había lanzado un entusiasta "¡galletas!" en vez del rutinario "gracias".

Cuando el estómago habla...

jueves, 2 de mayo de 2019

La fiesta posible

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Se acercaba su cumpleaños, iba a cumplir diez años y lo que más quería era celebrarlo con sus amigas. A ella y a su hermana las invitaban las otras niñas, sabía que lo más lógico era celebrar una ocasión así. Pero también sabía que la situación en casa no era la mejor, su mamá lo decía de vez en cuando.

Además, casi acababa de pasar la Navidad, y más de una vez había escuchado decir a sus padres que en esos días se gastaba mucho.

Pero quería tanto su fiesta...

Un día, fue con su mamá y su hermana a la bien surtida tienda que estaba cerca de su casa. Vio bolsas de dulces, botellas de gaseosas de muchos tamaños y precios. Se memorizó los precios que pudo, no quería preguntarlos en voz alta. Se tuvo que conformar con recordar las cantidades de los cartelitos, en las cosas que tenían cartelito.

Es que se le había ocurrido un plan.

Al llegar a su casa, hizo cuentas, sumó y restó por igual, hizo anotaciones en papelitos que escondió celosamente para que nadie supiera en qué andaba. Y seguía sumando y restando, las cuentas tenían que cuadrar.

Así pasaron dos días hasta que se llenó de valor y se paró delante de su mamá con un papel en la mano. Era ahora o nunca, faltaba una semana para la fecha indicada:
- Mamá, he hecho cuentas y creo que se puede celebrar mi cumpleaños con diez soles -dijo de golpe, para no perder impulso, para evitar acobardarse.
- A ver, cuéntame -contestó la madre al tiempo que se sacaba los anteojos y dejaba su eterna labor de costura.

La niña estaba tan nerviosa y ansiosa que no se percató de la mirada divertida de su madre.

- Una caja de seis gaseosas grandes y una bolsa de dulces mediana en la tienda de don Samuel cuestan diez soles. Invito a diez amigas y celebramos mi cumpleaños.

Hasta puedo imaginar su carita ilusionada a la espera de una respuesta.

- Voy a hablar con tu papá cuando llegue de trabajar. A ver qué dice -respondió la madre con la seriedad que una solicitud así ameritaba.

Para hacer corto un cuento largo, días después la casa rebosaba de niñas, regalos, gritos, juegos, alegría, risas, una caja de seis gaseosas grandes y una bolsa de dulces mediana de la tienda de don Samuel.

Muchos años después, esa madre que tomó la solicitud de su hijita con la seriedad que la ocasión ameritaba contaba el episodio llena de orgullo. Literalmente, fue una historia que le contó a sus nietos.

sábado, 6 de abril de 2019

Una víbora en el salón de clases

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A continuación, presento otra historia prestada, de alguien que me la mandó directamente del baúl de los recuerdos y me autorízó a publicarla en este blog.
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Todo se desarrollaba normalmente en el salón de estudios. En las filas de ordenadas carpetas se sentaban las alumnas de dos en dos. Una hermana religiosa, instalada al frente, cuidaba y vigilaba a las estudiantes que, en absoluto silencio, preparaban sus tareas para el día siguiente. Ellas estudiaban internas en el colegio ubicado en una ciudad del Oriente peruano, y ésta era la última actividad del día antes de ir a dormir.

El salón estaba ubicado en una esquina del edificio y sus altas ventanas estaban siempre abiertas para recibir el fresco de la noche, en el caluroso y eterno verano tropical. Desde allí, las alumnas escuchaban las voces y sonidos que venían de la calle, y estaban tan acostumbradas que ya ni prestaban atención a esos sonidos.

La noche avanzaba normalmente, cuando de pronto se inició la hecatombe, comenzó el maremágnum, se desató la histeria colectiva. Todo comenzó cuando una alumna vio caer algo de la ventana que daba a la calle, y gritó "una víbora!". Nadie sabía bien qué pasaba, pero del fondo del salón las alumnas salieron despavoridas de sus asientos, arrastrando a su paso carpetas y libros, empujando a otras compañeras, mientras corrían y gritaban, para alcanzar la puerta y salir del salón.

Más de una alumna cayó de su silla y recibió algunos pisotones antes de poder levantarse. Una de ellas, en lugar de ponerse a salvo, buscaba a su hermana menor entre las caídas, cuando finalmente la vio ya muy cerca de la puerta. Solo ahí salió también con el tumulto. Sin embargo, a pesar de todo el griterío y laberinto, no hubo lesiones ni contusiones graves. El salón de estudios quedó en completo desorden hasta el día siguiente. Al hacer la limpieza, encontraron una cáscara de plátano al lado de la ventana.

Pero todo ese griterío y ruido del salón se escuchó también en la calle. Nadie sabía qué pasaba y comenzaron las averiguaciones. Al día siguiente, el periódico de la ciudad publicó en primera plana: "Falsa alarma de víbora causa tremendo alboroto entre colegialas".

El suceso quedó grabado para siempre en la memoria de todas esas alumnas que, años después, cada vez que se juntan para alguna celebración, recuerdan entre risas el incidente.

sábado, 26 de enero de 2019

Los niños de la camioneta

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Lucía manejaba su auto por unas calles casi sin urbanizar de su ciudad. A pesar de que casi no había carteles que le indicaran el camino, conocía bien la ruta a seguir pues iba a casa de su hermana en un trayecto que había recorrido muchas veces en los años previos.

En un momento, debía salir a la autopista, avanzar un breve tramo y voltear a la derecha hacia la calle de su hermana. Había una reunión familiar a la que no quería ni podía dejar de ir.

Repitió la ruta que conocía bastante bien, salió a la autopista como siempre, y todo iba bien hasta que empezó a ir mal.

De repente, Lucía se dio cuenta de que se había pasado la entrada que la llevaría a su destino. Y se asustó. Estaba en una zona en plena expansión, no había casi casas, prácticamente no había letreros con nombres de calles, no había peatones casuales a quienes preguntar por dónde ir.

¿Qué puedo hacer?, se preguntaba Lucía, tratando de no entrar en pánico. No eran tiempos de celulares ni de aplicativos que enseñaran la ruta a seguir. Faltaban décadas para eso.

Empezaba a anochecer. Lucía ya había empezado a asustarse, pero seguía avanzando con su auto.

De la nada, a su lado vio una camioneta blanca. No se dio cuenta de dónde llegó, solamente la tuvo a su lado. El chofer era un hombre de edad incierta, un poco pasado de peso de cara amable y sonriente. En los asientos de atrás había varios niños que también la miraban sonrientes.

Lucía bajó la ventana y dijo:
- Me he perdido, yo debía voltear a la derecha en la primera entrada. Me distraje y ahora no sé por dónde ir.
- Me ha pasado lo mismo, pero no se preocupe. Sígame, yo también voy hacia allá -fue la respuesta del hombre.

En su alivio por haber encontrado literalmente una salida a la situación en la que estaba, Lucía no se detuvo pensar dónde era ese "allá" que el hombre mencionó. Solamente lo siguió.

Por la ventana trasera del auto, unas caritas sonrientes la saludaban. Ella solamente les sonreía sin soltar el timón. Así avanzaron por rutas que Lucía nunca había visto y que jamás hubiera encontrado sola. Durante varios minutos dieron vueltas por calles sin asfaltar donde se adivinaban los contornos de lo que serían casas en poco tiempo. No vio ni una sola persona, ni un solo auto.

En eso, el hombre detuvo su camioneta, bajó la ventana y le hizo señas a Lucía de que se pusiera a su altura. Ella lo hizo así y bajó su ventana también:
- Siga por esta calle de frente, avance unos cien metros, y de ahí voltea a la izquierda. Desde ahí ya estará en calles conocidas.

Y sin más, arrancó se fue. Al adelantar a Lucía, sacó la mano por la ventana y la despidió con un movimiento.

Las caritas infantiles hicieron lo mismo desde la ventana de atrás.

Lucía se quedó desconcertada, sin saber qué había pasado, sin saber de dónde había salido este auto, ese hombre, esos niños que la guiaron por calles desconocidas.:
- Pero... me dijo que también iba para allá. ¿A dónde va? ¿Cómo sabía cuál era mi "allá?

Desconcertada, siguió las indicaciones del hombre. Efectivamente, en menos de cinco minutos vio la silueta de la casa de su hermana.

Aún temblando, bajó del auto y tocó el timbre. Aún temblando, solamente atinó a dar gracias a sus angelitos guía de la camioneta.

Aún tiembla cuando recuerda el incidente.

miércoles, 16 de enero de 2019

La radio de la funda anaranjada

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Había una vez una radio que tenía una funda de tela anaranjada. Era una radio antigua, a pilas, portátil, que su dueña tenía desde tiempos inmemoriales. Sería imposible determinar cuándo fue que su dueña la compró, lo que sí es más que posible es recordarla atenta a su radio todos los días.

La funda anaranjada era obviamente hecha a mano. Las costuras eran firmes y casi perfectas. Su dueña cubría cariñosamente la radio todas las noches y en todo momento en que no la usaba.

A la luz de los tiempos pasados, es evidente que la radio de la funda anaranjada era un objeto valioso y querido por su dueña.

Por las mañanas muy temprano, la sintonizaba en volumen muy bajo para no molestar a nadie. No era para estar al tanto de las noticias, no. Era para no perderse las recomendaciones de un programa diario lleno de consejos para el buen cuidado del hogar que duraba hasta bien entrada la mañana. De ahí al mediodía, las radionovelas reinaban.

Después, la radio de la funda anaranjada descansaba prácticamente toda la tarde. Su dueña se enganchaba a la televisión y sus infaltables e inolvidables telenovelas destronaban a todos los demás programas.

Hacia las cinco de la tarde, la radio de la funda anaranjada volvía a ser protagonista absoluta de la atención de su dueña. Era la hora sagrada de su rosario, que seguía con un ojo abierto y el otro cerrado... aunque la verdad es que casi todo el rato los dos ojos estaban cerrados. De todas maneras, la cita diaria con el rezo del rosario era impostergable.

Hubo muchas noches, de esas que no nos gusta recordar, cuando la oscuridad y el miedo se cernían sobre la ciudad, en que la radio de la funda anaranjada se volvía centro de inesperada atención. Eran otros tiempos, felizmente ya pasados, en que los teléfonos eran escasos, sobre todo en esas noches de oscuridad. Entonces la radio de la funda anaranjada servía para acompañar esos momentos hasta que la luz volvía.

Las personas llamaban a la radio de noticias para que sus familias supieran que estaban bien. El conductor del programa dejaba de lado su transmisión habitual y se convertía en mensajero de noticias de la intrahistoria de la sociedad de esos tiempos.

Hasta que llegó ese sábado que todos recordamos con mucha pena. La dueña de la radio de funda anaranjada nos dejó, repentina e inesperadamente. Nos dejó con un legado enorme de historias, de esas que se cuentan con sonrisas acompañadas de lágrimas, de esas que nos dejan moviendo la cabeza con una mezcla de admiración, asombro y nostalgia eterna.

Por más que pienso, no recuerdo qué fue de la radio de la funda anaranjada después de ese día.

lunes, 7 de enero de 2019

El jirón de la Unión

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El jirón de la Unión es una calle emblemática de Lima. Aparece en muchos libros que transcurren en esta tres veces coronada villa y, sin duda, ha sido testigo de innumerables acontecimientos históricos. El texto a continuación no es mío, me lo mandó alguien que leyó una crónica del escritor y cronista peruano Eloy Jáuregui que le produjo una impresión positiva. Hay alguna referencias y nombres conocidos de los peruanos que tal vez no sean tan familiares en otros lares, pero hay enlaces con información para todas esas referencias.
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EL JIRÓN DE LA UNIÓN

Leo un articulo de Eloy Jauregui, a quien solo conozco de letras. Es sobre el Jirón de la Unión, pasado y presente. Y, ¿sabes qué? Doy fe. Puedo decir como Augusto Ferrando: "yo lo descubrí".

Lo descubrí cuando, recién bajaditas*, mi papá nos llevó a mi hermana y a mí a conocer el centro de Lima. Quizás te sea difícil entender lo que se siente al ver de frente y en todas sus dimensiones, los edificios, las calles, las plazuelas, todo lo que solo conocías por los libros de Historia del Perú de Pons Muzzo y las "Tradiciones peruanas" de Ricardo Palma.

(Bueno, debe ser como ver en vivo y en directo la Fontana de Trevi, o más ambicioso aún, la Mona Lisa).

El Jirón de la Unión era una larga extensión de calles con nombres diferentes. En las galerías Boza estaba el Crem Rica, donde años después nos reuníamos a tomar helados y subir y bajar por la famosa escalera eléctrica, la primera que hubo en Lima. Veíamos al pasar el local de La Prensa y Última Hora, la iglesia La Merced con el milagrosísimo san Hilarión, y al frente la tienda Monterrey junto al edificio del Banco Internacional. Más abajo la Botica Inglesa, donde atendía la jovencita Chabuca Granda que desde ahí veía pasar a una rumbosa y coqueta Flor de la Canela, del Puente a la Alameda, con jazmines en el pelo y rosas en la cara.

Cuántas películas vimos en los cines Excélsior, Biarritz, Bijou, Adán y Eva. Cuántas empanadas comimos en la pastelería Hinojosa. Los fotógrafos esperaban el paso de dos amigas o una pareja, tomados del brazo, para tomar la foto que luego llevarían a la casa, cuya dirección se daba sin temor alguno. Si no querías comprarla, la fotografía aparecía rota y en pedazos en la puerta de la casa. El jirón de la Unión era sinónimo de elegancia y pituquería. Se dice que las limeñas, vestidas con sus mejores galas, sacaban paquetes guardados para caminar por esas calles como si hubieran salido de compras.

En una época trabajé en una oficina en la cuadra 5, calle Espaderos en ese tiempo. La oficina estaba en el segundo piso, y la puerta de la calle se abría directamente a la escalera. Ahí ocurrió lo que el diario popular Ultima Hora tituló una mañana de invierno: "Cajerita asaltada en el jirón de la Unión ".

El incidente sucedió durante un desfile de las candidatas a Miss Perú, que pasaban por las calles saludando al público desde carros descubiertos y arreglados para la ocasión. Mientras todos veíamos el desfile desde la escalera del local, alguien cometió el asalto a la cajera en el segundo piso. Pero esa es otra historia. ¡Ah! El jirón de la Unión. Lo era todo. Tiendas, cines, paseos, cafés, heladerías, encuentros con amigos. En cierta forma, y salvando las distancias, me recuerda un poco a la avenida Larco de hoy. Salvando las distancias, claro.

Hace mucho tiempo, muchos años, que no he vuelto al jirón de la Unión. No quiero hacerlo. Sería como ver una joya destrozada en pedacitos, me ganaría la tristeza, el saudade, el nunca más. Tanta gente con zapatillas de marca y ofertas en la mano, gritando: ¡tatuajes, tatuajes! 

Prefiero recordarlo con su sencilla elegancia de antes, como cuando lo descubrí, recién bajadita, deslumbrada de Lima y sus historias.

Pero nada vuelve atrás. La vida sigue.
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* Así se les dice a los provincianos en Lima. Como la capital está en la costa, por lo general, los peruanos del interior del país bajan cuando migran a Lima.

martes, 24 de julio de 2018

Inesperada ayuda

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Hace algunos años, José postulaba a un instituto de educación superior y con ese motivo debía rendir varios exámenes. Eso suponía que debía ir al que seria su futuro centro de estudios varias veces, pues cada examen tenía un día fijo.

La distancia entre su casa y el lugar de los exámenes era larga, y su papá era el encargado de llevarlo. Para llegar a tiempo, salían muy temprano de su casa. No solamente era mucho el trecho a recorrer, sino que era importante ser puntuales. Si José no llegaba a tiempo, simplemente no le permitirían la entrada a rendir el examen de ese día. Eso hubiera significado poner en riesgo todo el proceso de admisión.

Ese día, al llegar al lugar del examen, José se despidió de su papá y se dirigió a la entrada. Metió la mano a su bolsillo para sacar su carnet de identidad, documento imprescindible para que le permitieran rendir el examen, y para su horror vio que no lo tenía. Rebuscó en todos sus bolsillos, en su billetera, de nuevo en sus bolsillos. De nuevo en su billetera. Nada.

Cuando volteó a mirar, el auto de su papá ya estaba demasiado lejos como para alcanzarlo corriendo. Desesperado, con el tiempo en contra, buscó un teléfono público, que en esos tiempos se accionaban con una ficha metálica conocida como "rin". No le alivió mucho ver que tenía un rin en el bolsillo. Ahora debía buscar un teléfono público. Un teléfono público cercano. Un teléfono público cercano que funcionara.

Vio un teléfono a una cuadra, corrió lo más rápido que pudo, y llamó a su casa. Era muy temprano, todos dormían, pero esto era urgente.

Contestó su mamá que, al enterarse de la situación, corrió a despertar a Pedro, su otro hijo. Mientras Pedró se levantaba y se ponía lo primero que estaba a la mano, su mamá buscaba el carnet. No le fue difícil encontrarlo, estaba en la mesa de noche de José.

Con el carnet bien encajado en su bolsillo, Pedro se subió al escarabajo plomo de su mamá y partió a la carrera. La mamá se quedó con el alma en un hilo, por el hijo que podía perder el examen, y por el hijo que debía llegar a tiempo y a salvo.

Pedro tomó la larga avenida que debía recorrer en toda su extensión, la avenida que casi lo dejaba en la puerta donde imaginaba a su hermano desesperado, mirando a su reloj a cada minuto. Prefirió no pensar en nada, y en cuanto la luz del semáforo se puso verde, aceleró. Avanzó unas cuadras, y en su carrera no se percató de que invadió el carril de otro auto.

Pedro solamente se dio cuenta de que adelantó a un auto azul. El otro conductor, en cambio, lo tomó como un desafío. Y vaya que lo demostró.

Con ese afán tan lleno de testosterona de algunos, que empeora cuando van tras un volante, el otro conductor lo adelantó. Lo adelantó y se puso exactamente delante de Pedro. Al comienzo, Pedro no se dio cuenta, tan centrado como estaba en su misión de rescate fraternal. Pero a los pocos metros, vio que tenía delante a un conductor furioso que solamente quería demostrarle su rabia por la osadía de ese pequeño escarabajo plomo.

El auto azul, en su afán de demostrar que era un conductor más avezado, iba abriendo el camino para Pedro. Como si supiera a dónde iba Pedro, el auto azul avanzaba en la misma dirección, por la misma avenida que llegaba a la puerta donde el desesperado José esperaba, cada vez con menos esperanzas.

Tal como apareció, el auto azul desapareció de la vista. De repente, Pedro no lo vio más. Así de repente, se dio cuenta de que estaba en el punto exacto en donde debía girar a la derecha por la estrecha vía que lo conducía a la puerta del instituto de enseñanza superior.

Logró ver a su hermano a la distancia, le tocó la bocina con ese ronco sonar tan típico de su papá que ambos conocían tan bien. Como sacudido de un largo letargo, José se levantó de un salto y corrió al encuentro del escarabajo plomo.

Una mano salió por la ventana del conductor con el carnet salvador. Otra mano lo tomó en una acción que ni ensayada hubiera salido tan perfectamente sincronizada. José corrió en dirección a la puerta, que logró cruzar en el preciso instante en que sonaba el timbre que indicaba el inicio del examen.

Aún temblando por lo vivido, Pedro apoyó la cabeza en el timón... y por fin respiró.
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¡Feliz 28 de julio a mis lectores peruanos, estén donde estén!


sábado, 23 de junio de 2018

Solidaridad en día de huelga

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Ese día había huelga de transportes. No de todo el transporte, solamente de algunos comités del gremio de transportistas que conforman el caótico sistema de transporte púbico de Lima.

Sin recordar ese importante detalle, salí a una reunión. El punto de encuentro no queda lejos de donde yo estaba. Es una distancia que puedo hacer caminando en menos de media hora, pero preferí ir en bus y volver a pie, ya sin prisas.

Llegué al paradero y me dispuse a esperar. Apenas segundos después, llegó una muchacha y se paró a pocos metros de mí.

Ese paradero sirve a dos buses, pero solamente uno me servía en esas circunstancias. Pasaron hasta cuatro buses de la otra línea, la que no necesitaba en ese momento. De la ansiada línea verde no había noticias. Ya para entonces era evidente que tanto yo como la muchacha esperábamos el mismo bus verde, sin éxito. También se me hizo evidente que el bus verde era de los que había acatado la huelga.

Los minutos pasaban y la espera ya empezaba a ser angustiosa.

De repente, la muchacha paró un taxi y le preguntó cuánto le cobraba a un punto que estaba algunas cuadras más allá de mi destino(*). No logré oír la respuesta del taxista, pero ella lo dejó ir, así que supuse que le había querido cobrar más de lo que ella esperaba pagar.

Se me prendió el foquito.
- ¿Vas hasta Conquistadores? -le pregunté.
- Sí.
- Yo voy antes de eso. ¿Cuánto te quiso cobrar?
- Diez soles (poco más de USD4), me pareció mucho.
- ¿Y si compartimos el taxi y pagamos a medias? Total, de todas maneras va a tener pasar por el sitio a donde voy.

Ella aceptó mi propuesta, y que tres minutos después íbamos sobre ruedas rumbo a nuestros respectivos destinos.
- Gracias por no desconfiar -le dije, una vez instaladas.
- No, ni lo digas. Tú me ayudas y yo te ayudo.

Le di mi parte del pago, comentamos sobre la huelga y algunas noticias de actualidad.

En menos de diez minutos, llegamos a donde debía quedarme. Aproveché la luz roja del semáforo, le di las gracias de nuevo y le deseé suerte en su reunión, ella me deseó lo mismo. Me despedí del chofer y bajé.

Caminé el corto trecho que me faltaba con una sensación muy agradable,

(*) En Lima, antes de subir al taxi, hay que acordar la tarifa con el chofer, se admite el regateo. Eso no es necesario en los taxis que se piden por aplicativo móvil, que sí tienen tarifas fijas.

domingo, 10 de junio de 2018

Pregonero del siglo XXI

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El pregonero era el funcionario público que de viva y alta voz difundía anuncios para hacer público y notorio todo lo que se quería hacer saber a la población. A estas alturas del devenir de la humanidad, con la información literalmente al alcance de la mano, es evidente que su trabajo dejó de tener sentido.

Por eso llamó mi atención algo que presencié un sábado muy temprano de este otoño tan inusualmente lluvioso en la ciudad capital de este país de desconcertadas gentes.

Venía caminando por una muy transitada y conocida avenida de Miraflores. Había pocos autos, había poca gente. Sin duda, la lluvia, el frío, la hora temprana y el partido amistoso que disputaría la selección peruana de fútbol pocas horas después eran los factores de esas calles vacías.

De repente, detrás de mí, una sonora voz masculina anuncia a todo pulmón:
- ¡Dieciséis grados! ¡Dieciséis grados!

Supuse que se refería a la temperatura, aunque no estoy muy segura porque me pareció una afirmación bastante generosa. Debíamos estar en 14°C, por lo menos. La acentuada y omnipresente humedad es engañosa, pero lo que el hombre anunciaba parecía equivocado.

Me di cuenta de que el hombre estaba prácticamente a mi costado. Por pura precaución, bajé un poquito la velocidad para que se alejara de mí. A algunos pasos por detrás de él, seguí oyendo su anuncio meteorológico con la misma voz fuerte y clara.

Después, este pregonero moderno se quedó callado. Ya no lo vi más.

Sin embargo, pocos segundos después volví a oír la misma voz, aunque con un anuncio diferente:
- ¡Oliver Kahn! ¡Oliver Kahn!

Que pronunciara a voz en cuello el nombre de este exarquero de la selección alemana de fútbol me pareció surrealista. ¿De qué rincón de la memoria viene alguien a rescatar a un futbolista que se retiró hace diez años?

Surrealista o no, el incidente dio algo de color a una mañana sabatina tan gris, tan limeña... tan entrañablemente deliciosa.
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jueves, 24 de mayo de 2018

"El cielo y la tierra, el cielo y la tierra"

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Había una vez dos hermanas que jugaban mil cosas juntas. Todavía hay dos hermanas, y aunque ya no juegan mil cosas, siguen juntas. Las llamaremos la mayor y la menor.

Eran ellas dos, aunque a veces se les unía un tío que parecía un hermano porque había nacido prácticamente el mismo día que la mayor. Pero casi todo el tiempo eran únicamente ellas dos y nadie más.

Vivían en una apacible ciudad de la selva donde todos se conocían y todos sabían lo que los demás hacían, y donde pasar al lado de alguien sin saludar era motivo de ofensa y gran malestar.

Así pasaban los días las dos hermanas, jugando al aire libre en su ciudad natal, una ciudad con eterno verano. Nadie las vigilaba, nadie estaba pendiente de ellas porque en esa apacible ciudad de eterno verano nada malo les podía pasar.

Un día como cualquier otro, las dos hermanas jugaban lo que ellas conocían como mundo, y que en otros lados llaman tejo o rayuela. Para ahorrar una raya a las líneas trazadas en el suelo, uno de los bordes de su mundo era el borde del patio donde jugaban. Después de eso, el suelo se inclinaba en una pendiente de varios metros. Nada que no se pudiera recorrer caminando, pero no era muy agradable de recorrer porque prácticamente era donde la gente lanzaba sus desechos.

Así jugaban las hermanas una mañana cualquiera en su apacible ciudad del eterno verano. Le tocaba lanzar y saltar a la mayor. La menor vio que su hermana lanzaba la piedra que usaban como tejo y volteó para ver hasta dónde llegaba. Volvió a voltear para ver a su hermana empezar a saltar, pero no la vio.

La menor se llevó el susto de su vida. Su hermana había desaparecido.

Ahogó un grito de terror. Miró al cielo pues pensó que tal vez su hermana se había ido volando. O que unos globos gigantes aparecidos de la nada la habían levantado del suelo. O que una bandada de silenciosos pájaros la habían tomado de los brazos con el pico y se la habían llevado volando.

Pero por los aires tampoco estaba la hermana mayor.

Así que la niña corrió sin pensar muy bien a dónde se dirigía, pero sus pies la llevaron al borde del terreno, ese que usaban como límite de su juego para ahorrarse una raya al trazar su mundo. Y ahí vio a su hermana deslizarse irremediablemente cuesta abajo, seguramente iba muy rápido, pero la hermana menor dice que la hermana mayor rodaba en cámara lenta.

Cuando la hermana mayor dejó de rodar, la hermana menor corrió a la casa familiar a llamar a su papá: "papá, papá, ven, ven por favor".

Sin entender mucho, pero con toda certeza asustado por la desesperación de la hermana menor, el padre salió con la niña. Cuando llegaron al límite de su mundo, el padre vio a la hermana mayor levantarse tambaleando. Aliviado, tras imaginar quién sabe qué desgracias, bajó al encuentro de su hija y con ella de la mano, regresó a terreno seguro.

Una vez que las dos hermanas se reunieron, la menor quiso saber qué sintió la mayor mientras rodaba cuesta abajo. La mayor, aún aturdida, contestó: "no entendía nada, estaba preparándome para saltar cuando de repente me sentí en el aire y comencé a ver el cielo y la tierra, el cielo y la tierra, el cielo y la tierra".

domingo, 13 de mayo de 2018

Todo sea por un helado

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Es el viernes anterior al Día de la Madre. Las calles y las tiendas están llenas de gente que espera, para variar, la penúltima hora para hacer lo que hay que hacer.

Entro a un autoservicio para comprar tres cositas, sé que no me demoraré mucho. Escojo lo que quiero y busco la caja con la fila más corta. Ya sé que no es garantía de nada, pero es probable que sea la que avance más rápido.

Entre la fila de mi caja y de la caja que está a mi derecha, hay un congelador con helados. Es un congelador horizontal con puertas corredizas que dejan ver el interior, Las envolturas multicolores de los helados son una tremenda tentación para los ojos de quienes pasan por ahí.

En la fila de la caja que está a mi derecha, hay una señora y una niña, a la que calculé unos cinco años. Presumo que son abuela y nieta, aunque ya se sabe que es mejor no asumir nada porque las apariencias pueden engañar. La niña miraba los helados con ojos codiciosos y de repente señaló uno:
- Ese es el helado que quiero.

Entre tantos helados, era difícil saber a cuál se refería. El vidrio de la tapa de la congeladora le impedía acercar su manito más para dejar en claro exactamente cuál era el helado que quería.

Entonces, empezó a abrir la puerta corrediza. Desde donde estaba, pude ver que las dos hojas que tapaban la congeladora se abrían a la vez. Recién ahí noté que las dos hojas estaban al mismo nivel, no como suelen estar: una por encima de la otra para que, al deslizarse, no ocurra lo que estaba parecía estar ocurriendo.

La puerta corrediza que quedaba atrás de la niña también se abría sin que nadie hiciera nada para impedirlo. Fue un solo instante, entre ver los esfuerzos de la niña por llegar al helado de sus deseos, entre pensar "acá hay algo que no está bien", entre que mi mente anticipara que la cosa no iba a terminar bien.

Y la cosa no terminó bien.

La parte de la tapa que quedaba inadvertida a los ojos de la niña perdió el equilibrio y cayó al suelo. Cayó al suelo y se hizo trizas. Se hizo trizas y miles de vidrios minúsculos salieron disparados en todas direcciones. Miles de vidrios minúsculos salieron disparados en todas direcciones con un estrépito que debe haberse oído en toda la tienda.

Yo lo vi todo desde mi posición privilegiada.

A mi costado, una voz infantil solamente atinó a decir con tono muy tranquilo: "¡ay!".

En menos de un minuto, el lugar del incidente se vio lleno de encargados, personal de seguridad, personal de limpieza, clientes curiosos.

A mi costado, ajena al revuelo causado por sus antojos heladeros, vi una manito infantil que sostenía en alto el helado deseado y oí a la misma voz de segundos antes decir triunfal: "mira, este es el helado que quiero".

Feliz día a todas las madres que celebren su día el segundo domingo de mayo, y también a las que lo celebran en otra fecha del calendario.

sábado, 21 de abril de 2018

El hombre que saludaba

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Es una tarde de sábado. El otoño llegó hace casi un mes, y aunque es notorio el descenso de la temperatura, el sol se niega a irse.

Sales de tu casa, vas a ir a la tienda de la esquina, es una compra rápida que debería desarrollarse sin mayor novedad.

Debería...

Abres la puerta de tu edificio, pones el pie en la vereda y al levantar la cabeza ves a un hombre que camina por la acera del frente. Camina con paso seguro. Va vestido de manera muy informal. Le calculas unos 30 años.

Voltea la cabeza, te ve salir. Mirándote dice "hola" y con una mano levantada acompaña el saludo. Sin dudarlo, le dices "hola".

Te sonríe. Le sonríes.

Levanta la otra mano, donde lleva una lata dorada. A todas luces es una cerveza. Te hace el gesto de brindar contigo desde la acera del frente.

Le dices "¡salud!". Él se ríe.

Luego, siguen sus respectivos caminos.

martes, 3 de abril de 2018

Confianza relojera

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Me encantan los relojes. Tenemos una larga historia en común. Quienes me conocen, lo saben bien. Deben ser relojes de manecillas, pues los digitales no tienen el mismo sabor. No es lo mismo ver una esfera con los números bien dispuestos, o un punto que los representa, que leer en una superficie plana números luminosos que hasta ahora no entiendo cómo se sostienen.

Es fácil imaginar que tengo más de un reloj. Es una colección variada, donde el único requisito son las tres B: bueno, bonito y barato. Por eso, nunca caen mal las ofertas que suelen aparecer de vez en cuando con los diarios, gracias a las cuales puedes acceder a reloj por un pago bastante razonable. Desde días antes, los diarios promocionan los modelos y las fechas en que van a salir como para que los lectores se programen.

El quiosco a una cuadra de mi casa es un punto de reunión importante. Tato, el dueño del negocio, es todo un personaje. Sin moverse de su puesto conoce la vida de todos los vecinos a tres cuadras a la redonda. Para asegurarme el reloj previamente elegido, le pago por anticipado a Tato para que me lo separe.

El sistema nunca había fallado hasta hace pocos días. Por alguna razón, alguien le compró dos relojes, uno más del originalmente previsto. Chau, reloj. Tato me ofreció pedir otro y reemplazar el faltante, pero no me pudo decir cuándo lo tendría. Yo decidí esperar.

A los pocos días de eso, caminaba por la avenida Larco un martes muy temprano cuando, en un puesto de periódicos al lado del cual me paré para esperar el cambio de luz del semáforo, vi el reloj esperado. Esperando. Esperándome.

Le pedí al dueño del puesto verlo más de cerca, me lo entregó a la vez que me dijo el precio, que yo ya conocía. Mi respuesta fue "me lo llevo", y al abrir mi billetera, vi que tenía un billete muy grande y uno muy chico que no cubría el total. El hombre no tenía vuelto del billete grande, pero al ver el billete chico me dijo: "deme este billete y después me completa lo que falta".

No podía creer lo que acababa de oír: ¿un vendedor le decía a una transeúnte desconocida que le pagara después?
- Yo confío. Además, yo la veo pasar por acá con mucha frecuencia.
- Ay, señor, no... A mí no me gusta deber.
- Y a mí no me gusta que me deban. Pero confío en usted.

Esa señal de confianza me subió los ánimos, y me movió a rebuscar en todos mis bolsillos. Saqué todas mis monedas, las apilé una por una y con la última que tenía, completé el precio. Le entregué todo al señor, nos reímos, nos dimos mutuas gracias y seguí mi camino.

Ahora, cuando paso cerca de su puesto, nos saludamos. Y si estoy en la acera del frente, levanta la mano y me saluda a la distancia.

domingo, 25 de marzo de 2018

De corvas y un libro fucsia

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Esta historia involucra un libro fucsia, un andén, una coincidencia y un recuerdo.

Estaba en primero de secundaria. El libro de Literatura que usamos ese año era de una editorial argentina. La carátula era de color fucsia.

Ese día, la miss Silvia leía la historia de un hombre que caminaba triste por un andén. La narración era de esas que dejan todo a la imaginación del lector, para que saque sus propias conclusiones a partir del relato. De las palabras del hombre, narrador en primera persona, se entendía que dejaba atrás recuerdos de un pasado reciente triste del que no quería saber nada. Se iba. Se iba lejos. Se iba lejos y sin pasaje de vuelta.

Paseaba el hombre ansioso en el andén, a la espera del tren que lo llevaría lejos de la situación de la que se quería alejar. Miraba el reloj casi a cada minuto. En su paseo por el andén, en su andar distraído y ansioso, la maleta le golpeaba las corvas.

"Las corvas son la parte de atrás de las rodillas", interrumpió miss Silvia su lectura para darnos una definición casi al vuelo, como quien no quiere la cosa. Sin más ceremonias, siguió leyendo.

Desde ese día, nunca olvidé que las corvas son la parte de atrás de la rodilla.

Años, muchos años después, en una de tantas conversaciones triviales con mi hermano, la palabra "corva" salió a relucir. Yo le dije, casi sin pensar, como un acto reflejo:
- Las corvas son la parte de atrás de las rodillas.
- Ajá. ¿Sabes dónde aprendí eso?

Y los dos dijimos a la vez: "en el libro fucsia de Literatura de primero de secundaria".

Cómo nos reímos ante esa coincidencia.

domingo, 18 de febrero de 2018

Boccato di cardinale

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En la Lima de la década de 1950, había un grupo de universitarias venidas todas de provincia. Vivían en Lima solas, sin su familia, en una pensión estudiantil regentada por monjas. No era una casa, es verdad, pero al menos estaban acompañadas, casi todas estudiaban en la misma universidad, por lo que iban y venían juntas a clases.

Las chicas tenían una rutina bastante parametrada, pues se levantaban temprano, y tomaban desayuno temprano. Si por alguna razón se retrasaban al desayuno, debían tomarlo frío pues no habría nadie dispuesto a calentarlo, ni a servírselo especialmente cuando ya las demás se hubieran ido. Igual era en la noche, debían llegar antes de las 9:00 pm o se quedarían a pasar la noche fuera. Era lo que decía pero nunca averiguaron, porque nunca ninguna llegó después de esa hora.

Pero que no se crea que las chicas lo pasaban mal. Esa convivencia forjó fuertes lazos de amistad que continúan hasta la fecha.

En esas idas y venidas, las chicas recorrían el barrio cercano a su pensión. Sabían qué tiendas tenían cerca y conocían quienes atendían ahí.

Sobre todo en la panadería.

El panadero del barrio era un italiano emprendedor que, supongo yo, vino de su país natal después de la guerra. Me pregunto cómo habrá sido su camino y cómo terminó aquí, pero esa historia no es motivo de estas líneas.

El italiano atendía solo su negocio, que era un negocio más de los varios que servían al barrio. Pero dejó de ser un negocio más cuando el hermano del panadero llegó de Italia a trabajar con él.

El nuevo italiano del barrio alborotó a las chicas de la pensión, que de la noche a la mañana desarrollaron un creciente gusto por el pan recién horneado, y por el 1.80 m, los ojos azules y el pelo rubio que iba detrás del pan. Por la manera en que describen al entonces recién llegado, fue comprensible el alza en las ventas que tuvo la panadería. De un momento a otro, se convirtió en parada obligada de las universitarias pensionistas en su camino de ida o vuelta de clases.

El pan era lo de menos, lo importante era echar un vistazo al dios del Olimpo romano que había aterrizado en su vecindario. Bueno, el pan era lo más importante, pues era la excusa para cruzar poco más de tres palabras con este Apolo, un diálogo corto por su propia naturaleza y porque el limitado conocimiento de la lengua castellana del panadero no permitía más.

A ellas, eso les bastaba.

Las universitarias terminaron sus carreras, algunas regresaron a su lugar de origen, otras se casaron y algunas más se fueron del país. El hecho es que de ese grupo, ya ninguna quedó en la pensión y le perdieron la pista a las calles por donde habían caminado durante años, italiano incluido.

Años después, muchos años después, una de esas universitarias supo que un compañero de trabajo vivía frente a la antigua pensión que la albergó a su llegada a Lima. Con curiosidad, preguntó por la pensión, y la respuesta fue que seguía recibiendo a estudiantes de provincia.

Se acordó del Apolo que había hecho que ella y sus amigas se aficionaran tanto al pan en esos años, y preguntó si el negocio seguía por ahí. No se aminó a preguntar directamente por el italiano de sus recuerdos:
- Claro, es donde compramos el pan nuestro de cada día. El dueño es un italiano mal hablado que debe pesar como 200 kilos --respondió el hombre entre risas.