Mostrando entradas con la etiqueta Miraflores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miraflores. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de octubre de 2019

Historia incompleta

Imagen
Un domingo cualquiera paseas por el malecón que está a una cuadra de tu casa. El lugar está lleno de gente que va y viene, niños que corren, saltan, juegan y gritan. Y turistas, muchos turistas, fácilmente distinguibles porque van por todos sitios con la cámara en la mano, con el plano de las calles en la mano. Y si no están muy lejos, los distingues por la manera de hablar.

No hay un solo espacio en el que no haya movimiento, colores, alegría  con el mar de fondo. Es un animado domingo como tantos otros domingos.

Mientras vas caminando, se te acercan tres chicas. Tienen alegría en la cara, se nota que están contentas con lo que hay a su alrededor.

La más alta toma la palabra y te pregunta si vives por ahí. Le dices que sí y preguntas si las puedes ayudar de alguna manera. La misma chica pregunta cómo llegar a un sitio grande y conocido que queda cerca. Les indicas en el plano que estaban usando sin mucho éxito.

De repente, la que está más lejos, la que se ha limitado a mirar en silencio y no ha hablado nada en todo el intercambio de preguntas e indicaciones, se acerca. Te mira sonriente y te dice: "me encantan tus aretes".

Te llevas la mano a las orejas para ayudarte a recordar qué aretes tienes puestos. Al tacto los reconoces: son cuadrados con varias rayas paralelas de colores. Son vistosos. Son alegres. Sí, son bonitos.

Tomas una decisión de la que sabes que no te vas a arrepentir. Te quitas los aretes, las tres amigas, intuyendo lo que está a punto de pasar comienzan a decir "no, no". Igual, extiendes la mano con el par de aretes y le dices: "son tuyos".

El primer impulso de la chica es seguir negándose a recibirlos. Le insistes, y entonces los acepta con una sonrisa enorme en la cara. Las dos amigas tienen una sonrisa igual de grande. En una confusión de voces agradecen el regalo, la destinataria de los aretes se los pone de inmediato sin dejar de agradecer una y otra vez.

Te abrazan, las abrazas. Dicen que estaban contentas con su visita, pero ahora se van felices y encantadas con tu país.

Cada quien sigue su camino. Todo el intercambio no ha durado más de dos minutos. Te alejas  con una cierta satisfacción y sin dejar de preguntarte cómo seguirá la historia, qué comentarán entre ellas, qué contarán entre su gente al volver a su país, cómo se sentirán ante un giro tan inesperado luego de un simple elogio a unos aretes dicho una tarde de domingo en un lugar desconocido lejos de su hogar.

Nunca lo sabrás.

domingo, 7 de julio de 2019

El señor del paradero

Imagen
Cuando pasas todos los días a la misma hora por los mismos sitios, tiendes a encontrarte con las mismas personas. Me pasa con frecuencia. A veces siento que esas personas fueran antiguos conocidos y hasta ganas de saludar tengo.

Desde hace casi cinco meses, tres veces por semana, mi día empieza muy temprano. Y por muy temprano me refiero a antes de las seis de la mañana. Sea invierno o verano, el nuevo día recién se anuncia con sus sonidos e imágenes habituales. Y con sus personas habituales.

En la mayoría de casos, es fácil ver cuál es sel destino de esas personas habituales o al menos qué van a hacer. Pero en otros, es un misterio.

Como el señor del paradero.

Desde varios metros antes lo veo, sentado casi sin moverse en el paradero que está a una cuadra de mi casa. Se podría pensar que espera uno de los tantos buses que pasan por ahí y que a esa hora circulan con poca gente y casi sin prisa.

Era lo que pensaba.

Casi sin proponérmelo. empecé a prestar atención para saber qué bus tomaba. En el trecho que hay desde que lo veo hasta que paso por donde está sentado pasan varios buses. Y él no se sube a ninguno. Ni siquiera los mira, no le interesan. Simplemente está sentado ahí, mirando la calle desinteresadamente, sin prisa, sin apuro. Sin mover más que la cabeza de un lado al otro.

Siempre se sienta en el extremo izquierdo del paradero, apretado en un pequeño espacio, como si no tuviera más lugar para escoger. Como si tuviera que resignarse a compartir la banca con otros pasajeros que pueden llegar en cualquier momento.

Pero nadie llega.

Uno de tantos días, no lo vi. No estaba. Miré en todas las direcciones posibles. Nada. El señor del paradero no estaba.

Confieso que me dejó intrigada y preocupada.

La siguiente vez que pasé por ahí, ya estaba sentado en su sitio de siempre. Puntual como ya me tiene acostumbrada. Temo que nunca sabré qué pasó el día de su ausencia.

Como temo que nunca sabré qué espera, a quién espera.

Es una historia inconclusa.
-----------------
Te invito a leer mi más reciente artículo publicado en Global Voices, sobre un pueblo con un reto curioso, interesante y saludable.

jueves, 14 de marzo de 2019

Hormiguita trabajadora

.
Mis actividades diarias me hacen pasar muchas veces por la esquina entre la avenida Larco y la calle Schell, en Miraflores. Es una zona sumamente transitada, a lo largo de todo el día hay autos, buses, peatones, ciclistas, turistas. Esa agitación es habitual a partir de las diez de la mañana, más o menos.

Pero yo voy por ahí mucho más temprano, a las 7:30 a.m., tres veces por semana. Cuando vas por los mismos sitios a la misma hora, te acostumbras a ver a las mismas personas, Y si uno va caminando, es mucho más probable que hasta llegues a saludar a esas personas.

Es lo que me pasa. En mi camino, voy saludando a vigilantes, vendedores ambulantes, agentes de serenazgo, en fin, personas que desde muy temprano empiezan sus actividades diarias.

De todas esas personas que veo tres veces por semana, la que más despierta mi admiración es Sara. La llamo Sara porque no conozco su verdadero nombre, pero su nombre no es muy importante.

Todas las veces que cruzo por esa esquina, Sara ya está prácticamente instalada en su lugar. Y todas las veces que la veo, está disponiendo los artículos que vende en su pequeño puesto: galletas por un lado, chocolates por el otro, botellas de agua y gaseosa en el nivel más bajo, caramelos por delante, bocaditos salados y dulces colgados en ganchos especialmente dispuestos.

Todo de manera ordenada y limpia, tan ordenada y limpia como ella misma está.

Es un gusto verla con qué cariño dispone todo, y es admirable verla ordenar todo, cosita por cosita, todos los días. Solamente puedo imaginar que todas las noches realiza el procedimiento inverso, en el que guarda los mismos artículos en la cajas de las que yo veo que saca las cosas cada mañana.

Casi dos horas más tarde, regreso por la misma esquina. A esa hora, Sara ya tiene el puesto listo, y se nota que ya emprendió las ventas diarias.

Paso a su lado tres días a la semana, dos veces cada día. Nos saludamos con un "buenos días" y una sonrisa, y cada quien sigue en lo suyo. Nunca hemos pasado de ese brevísimo intercambio.

Desde aquí, mi admiración a Sara, y a través de ella, todas las Saras del mundo.

domingo, 10 de junio de 2018

Pregonero del siglo XXI

Imagen
El pregonero era el funcionario público que de viva y alta voz difundía anuncios para hacer público y notorio todo lo que se quería hacer saber a la población. A estas alturas del devenir de la humanidad, con la información literalmente al alcance de la mano, es evidente que su trabajo dejó de tener sentido.

Por eso llamó mi atención algo que presencié un sábado muy temprano de este otoño tan inusualmente lluvioso en la ciudad capital de este país de desconcertadas gentes.

Venía caminando por una muy transitada y conocida avenida de Miraflores. Había pocos autos, había poca gente. Sin duda, la lluvia, el frío, la hora temprana y el partido amistoso que disputaría la selección peruana de fútbol pocas horas después eran los factores de esas calles vacías.

De repente, detrás de mí, una sonora voz masculina anuncia a todo pulmón:
- ¡Dieciséis grados! ¡Dieciséis grados!

Supuse que se refería a la temperatura, aunque no estoy muy segura porque me pareció una afirmación bastante generosa. Debíamos estar en 14°C, por lo menos. La acentuada y omnipresente humedad es engañosa, pero lo que el hombre anunciaba parecía equivocado.

Me di cuenta de que el hombre estaba prácticamente a mi costado. Por pura precaución, bajé un poquito la velocidad para que se alejara de mí. A algunos pasos por detrás de él, seguí oyendo su anuncio meteorológico con la misma voz fuerte y clara.

Después, este pregonero moderno se quedó callado. Ya no lo vi más.

Sin embargo, pocos segundos después volví a oír la misma voz, aunque con un anuncio diferente:
- ¡Oliver Kahn! ¡Oliver Kahn!

Que pronunciara a voz en cuello el nombre de este exarquero de la selección alemana de fútbol me pareció surrealista. ¿De qué rincón de la memoria viene alguien a rescatar a un futbolista que se retiró hace diez años?

Surrealista o no, el incidente dio algo de color a una mañana sabatina tan gris, tan limeña... tan entrañablemente deliciosa.
--------------------
Te invito a leer el boletín semanal de Global Voices en Español.


jueves, 3 de agosto de 2017

Recordando un almuerzo especial

Se acerca una fecha especial en la familia. Repito esta entrada publicada originalmente a finales de 2013 (por eso se habla de playa y verano) como homenaje al protagonista del importante acontecimiento que se acerca.
-------------------
Es un jueves decembrino cualquiera. Vas caminando por la avenida miraflorina más representativa y comercial cuando oyes sonar tu celular en el bolsillo. Es un timbrado personalizado y desde que lo escuchas, sonríes. Sabes quién llama desde las primeras notas, y lo confirmas cuando escuchas esa voz que hace tiempo dejó de ser vocecita.

Después del breve saludo precedido por ese diminutivo de tres letras que es casi su propiedad exclusiva, la exvocecita te dice:
- Voy a ir a la playa a eso de las 11 a. m. ¿Puedo almorzar en tu casa después?
- Esa pregunta ni se pregunta- respondes.
- Ya, te llamo en un rato para decirte la hora en que voy a llegar.

Cumpliendo lo ofrecido, el mismo timbrado suena a los pocos minutos. Te dice que calcula que estará en tu casa a la 1:30 p. m. y que va con un amigo. Le pides que te confirme cuántos comensales serán en total porque justo ese día ibas a comprar almuerzo para ti. Te dice que son él y un amigo. Son tres almuerzos en total, te dices.

A la una en punto estás en el restaurante donde compras los almuerzos cuando no hay nada preparado en casa. No altera tus planes, solamente debes agregar dos órdenes para los acompañantes que te cayeron en suerte, literalmente. Miras la lista de platos del día y escoges lo mismo para los tres. Pagas, esperas y al cabo de cinco minutos estás rumbo a casa, a una cuadra de distancia. Miras la hora, 1:15 p. m.

Dispones los sitios en la mesa, acomodas los respectivos cubiertos en cada lugar, con sus respectivos vasos. Todo mientras escuchas la radio, que siempre está más cerca de la gente.

Casi 15 minutos después, tocan el timbre. Miras por la ventana antes de abrir la puerta, aunque sabes muy bien quién es. Lo abrazas, saludas al amigo y, previa lavada de manos, se sientan a comer. Hablan de todo y de nada, alaban la comida, te resumen su día de playa, hablan de sus planes para el verano que ya se anuncia, les cuentas tus novedades, se ríen de cosas tontas.

Terminada la comida, dices que debes volver a trabajar. Ellos lo saben, se despiden, los ves partir. La casa ha quedado revuelta, llena de arena que barres rápidamente.

Son huellas de un almuerzo especial que ojalá se repita, como le dijiste casi al oído al momento de la despedida. Claro que si, te asegura. Sabes que así será.

domingo, 18 de junio de 2017

Historia simple en tres ruedas

Imagen
Venía caminando por una tranquila calle cerca de mi casa, cuando un poco adelante de donde estaba vi a una mujer que avanzaba al lado de un niño en un triciclo. Le calculé al niño tres años, se desplazaba sin problemas sobre las tres ruedas, al mismo ritmo y velocidad que la mujer. Ninguno hablaba.

Cuando llegaron al borde de la vereda, los dos se detuvieron. Ella miró a ambos lados para confirmar que no venían autos y que podían cruzar tranquilamente. Cuando estuvo segura de eso, se volteó y con la mano le indicó al niño que podía cruzar.

Es cierto que se acercaba un auto, pero estaba a más de una cuadra de distancia. Tenían tiempo de sobra para cruzar, llegarían al otro lado sin problemas mucho antes de que el carro siquiera pudiera verlos.

Yo seguía caminando en dirección a ellos, disfrutando de la escena.

La mujer avanzó hasta que casi cruzó la pista completamente y cuando ya estaba en la vereda del frente, el niño recién vio que venía el auto. Estaba lejos, no iba a pasar nada. Seguramente la mujer esperaba, al igual que yo, que el niño siguiera avanzando con su triciclo. Le faltaban pocos metros para llegar al otro lado.

Pero el pequeño optó por algo distinto. Tras poner la cara de asombro más absoluto que he visto en mi vida, se bajó de un salto al suelo, agarró uno de los lados del timón de su vehículo y, jalándolo con las dos manitos, corrió muy rápido, de vuelta a la vereda desde donde había cruzado.

La mujer regresó con paso rápido a donde estaba el niño. Cuando ya estuvo a su lado, recién el auto pasó sin correr, probablemente sin imaginar el revuelo que a su paso había causado.

Yo ya estaba más cerca, y logré oír este diálogo:
- ¿Por qué regresaste? Hubieras terminado de cruzar, ya casi estabas al otro lado -dijo la mujer, entre risas y cariños al niño.
- No sé -respondió él, encogiendo los hombros.

Ella esperó a que el niño volviera a sentarse en su triciclo, y cruzaron la pista, juntos esta vez. Los vi hasta que voltearon por la esquina y desaparecieron de mi vista en una (casi anodina) mañana de otoño limeño.

A los papás lectores de este blog, feliz Día del Padre.


martes, 4 de octubre de 2016

Novela al paso

Imagen
Caminando estaba hace algunos días por una pequeña y poco transitada calle muy cerca de mi casa. Era casi la mitad de la mañana, un rato antes habían estado cayendo unas gotitas mínimas de agua que habían dado al ambiente una sensación de frío bastante agradable.

Iba yo sin prisa, venía de la quinta visita de las últimas dos semanas al operador móvil que dice que compartida la vida es más. Esas visitas no son placenteras, casi siempre terminan en disconformidad de mi parte, pero como reconozco que los servicios que brinda la empresa son un mal necesario, ya casi debo decir que me he acostumbrado a ese resultado.

Como fuera, estaba ya muy cerca de mi casa. Me quedaban pocos pasos para llegar a una casa que en una de sus ventanas exhibe un cartel con las palabras "Alquilo habitación", y un número de teléfono celular en la segunda línea. El cartel tiene ya un tiempo, no sabría decir cuánto exactamente, pero ya lo había notado antes.

En sentido contrario a mí venían caminando dos hombres. Era evidente que venían de hacer una compra menor en una de las tiendas del barrio, de esas que en el Perú llamamos bodegas. Eran dos hombres cuya edad fluctuaba entre los 50 y los 60 años. Hablaban por ratos, no era una conversación fluida. Simplemente caminaban juntos mientras hacían algún comentario.

Justamente cuando pasaba por la casa del cartel me crucé con ellos. No les hubiera prestado atención si no hubiera oído al paso lo que uno le dijo al otro:
- Ahí está. Arráncalo -mientras señalaba el cartel con el aviso de la renta.
- No, ¿para qué? -respondió el otro, y se encogió de hombros con la actitud de quien ha enfrentado batallas y ve que es inútil seguir insistiendo en algo que no va a lograr.

No oí más y seguí mi camino.

En ese momento, se formó la novela en mi cabeza: la esposa de uno de ellos está harta de que el hombre no trabaje. No era una deducción difícil, delante de mí tenía al motivo del dolor de cabeza de esta mujer, caminando con un amigo por la calle antes de mediodía de un día de semana. Es evidente que, al menos ese día, no había ido a trabajar. Habría que mencionar que su interlocutor estaba en la misma situación, pero esta novela se refiere al primero de estos cincuentones.

Volviendo a la novela, viendo la esposa que el hombre no trabaja y que no cuentan con recursos para mantenerse holgadamente, la mujer decidió alquilar una habitación de su casa. Están tan faltos de dinero que no puede darse el lujo de contratar un aviso en un periódico ni menos contratar un corredor de inmuebles. Se ha visto en la necesidad de recurrir a una hoja grande de papel y un plumón negro grueso para publicitar la habitación que ofrece.

Al hombre, que a pesar de no trabajar dice tener orgullo, le molesta la posibilidad de tener extraños en su casa. Aunque sean esos extraños quienes al final le den sustento, la idea le incomoda. Y pelea con la esposa por ese motivo.

Pelean varias veces, hasta que ella, harta de ver que el hombre se opone a la idea de tener huéspedes pero que tampoco ofrece una solución al problema económico que pasan, decide hacer el cartel y exhibirlo sin más trámite.

El amigo conoce toda la situación y, en broma y en serio a la vez, sugiere arrancar el cartel. Es una muestra de solidaridad con la dejadez del compañero, actitud que termina siendo tan irresponsable como la del amigo.

Hace un rato pasé por ahí. El cartel ya no está. O la señora logró alquilar la habitación o el hombre impuso su voluntad. O tal vez él encontró trabajo y ya no necesitan recurrir a alquilar a extraños para tener recursos.
---------------
He aquí mi más reciente artículo en Global Voices.

domingo, 28 de agosto de 2016

Andar felino

Imagen
Más de una vez he oído la expresión andar felino, pero recién hace algunos días pude apreciar con mis ojos lo que significa.

Caminaba por la avenida Larco en Miraflores, que empieza en el muy conocido parque Kennedy. El parque se ha hecho conocido desde hace algunos años porque empezó a alojar a muchos gatos que algunas personas abandonaron. Con el tiempo, la población de mininos aumentó, por lo que es común ver gatos paseándose por la inmediaciones del parque y algunos llegan hasta los locales aledaños en la avenida Larco.

Es ya normal ver gatos paseándose entre los transeúntes, sentados perezosamente al pie de las bancas del parque, durmiendo entre los jardines y hasta diría que posando para las cámaras de todo aquel que quiere inmortalizar el momento.

Así que no me extrañó para nada ver un gato caminando a mi costado una mañana cualquiera. Iba muy altivo, lento con ese andar felino tan elegante y casi estudiado que caracteriza a estos animales. A pesar de no ser muy amante de los gatos, debo confesar que este en particular me encantó.

Supuse que está acostumbrado a transitar entre humanos pues en ningún momento dio muestras de temor al estar en medio de tanta gente que iba y venía a toda prisa, sin prestar atención al gato que seguía su marcha con una elegancia que ya quisieran algunas de las modelos más cotizadas.

En sentido contrario al que yo iba, venían tres personas, aparentemente era una familia compuesta de padre, madre e hija adolescente. Conversaban alegremente y en su andar ni se fijaron en el gato. Parece que el gato estaba más ocupado en los detalles de su paso, pues tampoco los vio.

Y entonces ocurrió lo que yo estaba previendo: la muchacha pisó una de las patas del gato. El gato lanzó un chillido desgarrador, la muchacha gritó aterrada, quienes la acompañaban se quedaron inmóviles del puro susto y seguro sin entender nada de lo que había pasado.

El gato salió disparado en medio de sus escalofriantes sonidos, se separó lo suficiente de la fuente de su dolor y en un instante recuperó la compostura. Se sentó salvaguardado por la distancia que lo separaba de la muchacha que lo había pisado y desde su lugar, mientras la familia se daba cuenta de todo, el gato les lanzó una mirada acusadora.

Era una mirada terrible.

Si me hubiera lanzado esa miraba a mí, me hubiera asustado. Y mucho. Los directamente involucrados siguieron su camino, sin reparar más en el gato y seguro a esas alturas ya habían olvidado el asunto.

Yo seguí avanzando en la misma dirección en que venía caminando. No me atreví a voltear para ver si el gato seguía sentado con su mirada acusadora o si había retomado su andar felino.
------------------
No conocía esta versión de Querida cantada por Juan Gabriel a dúo con Juanes. Vale la pena verlos y oírlos juntos.

martes, 26 de abril de 2016

Lady Lady vive en Miraflores

Imagen
Lady Lady Lady se pinta los ojos de azul
aunque hace mil años que dejó atrás su juventud
-------------
No sé si tiene mil años, pero sí creo que debe llevar mil historias a cuestas. Desde que empecé a verla caminar por las calles de Miraflores hace ya algunos años me hizo pensar en esa canción de los años 80 del grupo español Bravo.

Camina siempre apurada, con un sombrero de paja y no con pamela gris. Los ojos los tiene pintados de un azul muy oscuro, muy vistoso, acompañados de unas pestañas negras exageradamente largas y gruesas. Su ropa es de colores vistosos, es imposible no distinguirla a una cuadra de distancia.

Va siempre sola.

Me la he cruzado más de una vez por las calles miraflorinas. Recuerdo la primera vez que la oí hablar: fue un día de verano que entré a un autoservicio que está a varias cuadras de mi casa. Lady Lady hablaba con el encargado de seguridad de la tienda, en verdad, ella hablaba bastante airadamente y el hombre la escuchaba silenciosamente, con expresión de benevolencia.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, logré escuchar lo que decía. La mujer reclamaba que el volumen de la música ambiental del lugar estaba muy alto, que casi no la dejaba pensar, que era un fastidio comprar así. En ese momento me percaté, no tenía ninguna bolsa en la mano. Se iba sin comprar, tal vez por el ruido del que tanto se quejaba.

Algunos días después, volví a distinguir el sombrero de paja. Esta vez estaba en el mostrador de atención el cliente de la misma tienda. Solamente para escuchar de qué se trataba esa vez, me acerqué hacia donde estaba. Su nuevo reclamo era contra una vendedora, no logré escuchar de qué sección. Se quejaba de que no la habían atendido debidamente. Que cuando le estaba haciendo una pregunta, la vendedora se dio la vuelta y se fue, sin contestarle.

La encargada de atención al cliente la escuchaba con la misma cara de benevolencia que días antes tenía el encargado de seguridad. La misma paciencia silenciosa que seguramente tienen hacia ella todas las personas que trabajan en ese autoservicio.

Varias veces la he visto caminar por la calle mayor de Miraflores, siempre sola, siempre con los ojos exageradamente pintados de azul, con las pestañas irrealmente largas y negras, con su sombrero, con su ropa de colores vistosos que se divisa a varios metros de distancia. Siempre caminando apurada.

Siempre sola.

No puedo saber si su historia es similar a la Lady Lady de la canción que me hace recordar cada vez que la veo. Tampoco sé si comparte la soledad infinita de Penélope y su banco de pino verde, o con la loca del muelle de San Blas que llevaba el mismo eterno vestido para que el amado no se fuera a equivocar.

Pero ahí va, siempre apurada, siempre con ropa de colores vistosos.

Siempre sola.

Acá un video de "Lady Lady" del grupo Bravo:

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Uno navideño de Cyrano

Vuelvo a tomar prestada una entrada de Cyrano, ese amigo bloguero que partió inesperadamente hace algunos meses. Así contaba cómo Miraflores "se vestía de Navidad" en diciembre de 2012.
----------
De nacimientos, árboles, adornos, ofertas y demás
Con la trilogía (ver acá, acá y acá) del bombardeo hemos presentado, digamos, el lado "oscuro" de la Navidad. Pero no podemos negar que la Navidad tiene otro lado de la medalla: el lado claro, festivo, alegre, luminoso, brillante y encantador. No en vano se celebra, para nosotros los cristianos, el nacimiento del Rey de Reyes.

Para algunos, como yo, es una fecha llena de nostalgia, de melancolía, de ausencias, de recuerdos que nos ponen un poco tristones, pero se balancea con el contagiante espíritu de fiesta que le pone la mayoría de la gente. Y aquí participan todos, desde el Rey hasta el paje.

Yo vivo en un distrito de Lima que se llama Miraflores, donde existe una avenida muy comercial que se llama José Larco, que empieza en el Óvalo de Miraflores y termina en un parque que da al Océano Pacífico, donde hay una pileta con aguas danzarinas de colores. En el Óvalo también hay aguas danzarinas. Entre esas dos piletas de aguas danzarinas están las 12 cuadras de la Av. Larco, que a veces parece Babel por la variedad de idiomas y acentos que uno puede escuchar al paso.

Al final de Larco, quedan famosos y grandes hoteles, que miran al mar. El municipio es el primero en desarrollar el espíritu navideño, colocando un enorme árbol en el mismo óvalo, visible a varias cuadras de distancia. Esto es tradicional, aunque cambien los alcaldes, cada diciembre hay un árbol. Eso si, pueden cambiar los estilos de acuerdo al gusto de cada alcalde, y hay algunos que lo han tenido muy malo, como el año que debimos padecer el árbol cohete, porque era apenas una copia del Apolo 11.

Bromas aparte, el de este año refleja el buen gusto de un alcalde que ha puesto uno bastante tradicional, como lo podrán apreciar en esta foto.
Óvalo de Miraflores
También ha dispuesto un nacimiento, o belén como lo llaman en algunos países, con figuras de tamaño real, frente al local de la Municipalidad. Fíjense que en este Nacimiento no hay Niño Jesús. Es que acá hay una costumbre, la de esperar a la medianoche del 24 de diciembre para colocarlo en su lugar. Mientras tanto, el Niño está de parranda, o fastidiado porque sus papás no encontraban lugar en el mesón por el empadronamiento dispuesto por el Emperador.
Nacimiento de la Municipalidad de Miraflores
Los locales comerciales también hacen lo suyo, adornando sus vitrinas con motivos navideños, saludos, buenos deseos y buenas vibras para todos. Eso si, no se puede negar que por ahí escondidito está el "compre y llévese".
Tienda con motivos navideños
Hasta los casinos, que acá están permitidos (mismo Las Vegas... bueno, es un decir), tienen su espíritu navideño muy visible. Juzguen ustedes mismos, el frontis de un casino miraflorino.
Saludo navideño de establecimiento miraflorino
Las tiendas tienen sus ofertas para la ocasión, con objetos de todo tipo y precio, para que nadie se quede sin su regalito.
Ofertas para 2013
En fin, he querido mostrarles el lado alegre de las fiestas de fin de año, donde todo el mundo, contagiado de ese espíritu del que tanto hemos hablado, camina rápido para todos lados, tropezándose, empujándose, haciendo colas para el pago, llenando los supermercados para adquirir los clásicos insumos para la fiesta navideña, sin que falte en las mesas el tradicional pavo.

Claro, cada barrio tiene su propio estilo y forma de vivirlo, con sus nacimientos, árboles, adornos, ofertas y demás.

¡Feliz Navidad a todos los lectores de Seis de Enero! Gracias, Cyrano, por "prestarme" otra de tus historias.

miércoles, 7 de octubre de 2015

¿Vamos al cine?

A continuación presento un relato enviado por alguien que lee este blog y comenta con frecuencia. Se animó a mandar este texto para que yo lo publique.
-----------------
Soy de la generación que vio la llegada de la televisión, en blanco y negro por supuesto. El cine era nuestra principal distracción, y a la sección del periódico que publicaba el listín de películas, cines y horarios, la llamábamos "la página cultural".

Vimos El Padrino con Marlon Brandon en la mezzanjne del cine Alcázar (hoy un moderno multicines) y La Novicia Rebelde en el cine Roma (hoy una oficina estatal). Recuerdo esos cines de barrio que ahora son templos evangélicos.

Cuando estrenaban una película de esas famosas y esperadas, íbamos a partir de las 11 de la mañana a hacer cola para conseguir las entradas, y ya volvíamos tranquilos a la hora de la función. Nadie se metía en la cola y todo el mundo respetaba asientos y horarios.

¿Por qué me vienen esos recuerdos que mi nieto consideraría prehistóricos? Porque la vida cambia día a día, y ahora todo es más fácil. Se acabaron las colas de las 11 de la mañana, ahora compras las entradas por internet, escoges tu asiento y llegas al cine a la hora señalada.

Lo bueno es que la televisión y los videos no han llegado a desplazar el inigualable placer de ir al cine. Cambiados, modernos, pero acogedores para entrar con la canchita saladita y crocante. Como ese inolvidable Cinema Paradiso, donde Alfredo enseñó a Totó a proyectar los rollos de esas entrañables películas en blanco y negro que ahora son verdaderas reliquias para los cinemeros. Y para escuchar esas frases célebres que alguien tuvo la excelente idea de escribir en las columnas de un gran complejo de cines ubicado frente al mar limeño.

¿Vamos al cine?

¡Vamos!

lunes, 20 de abril de 2015

Esos ojos azules

Mañana de verano, un día nada especial. O un día común y corriente que tuvo un fugaz segundo que lo tornó especial y diferente.

Vas caminando por la avenida más miraflorina de todas. Es lo suficientemente temprano como para que muchas tiendas todavía no hayan empezado a atender al público, pero lo suficientemente tarde como para que los cafés estén rebosando de gente que ya no busca tomar desayuno sino un poco de charla y tertulia premeridiana.

Las personas leen el periódico, conversan entre ellas, hablan por teléfono, miran a los transeúntes pasar. Es relajante ver a tanta gente que puede vivir sin estar sujeta a la tiranía de un reloj.

De repente, al pasar por un café famoso por sus churros que tiene mesas y sillas en la vereda, te chocas casi con un grupo de cuatro señores sentados en una de esas mesas que están en la vereda. Todos peinan canas, algunas muy ralas. Calculas que tienen siete décadas. Los captas en el preciso instante en que en su mesa solamente se escucha un silencio que los ha dejado reflexionando. Sin duda, un ángel pasaba en ese momento.

Y entonces, uno de ellos te mira, clava en tu pupila su pupila azul. Azul intenso, un tono de cian pocas veces visto en vivo y en directo. ¿Cuánto dura ese instante? Tal vez menos de lo que toma el aleteo de un ave, pero en tu mente queda grabado para siempre. Ni siquiera recuerdas la cara que esos ojos intensos azules tienen alrededor.

¡Lo que habrán visto esos ojos!, dices para tus adentros, a la vez que sin pensarlo, sin darte cuenta, en una acción casi instintiva, retiras la vista. Cuando la regresas, ahora sí con disposición de captar esa mirada memorable pero temiendo que se dirigiera a otro lado, te vuelves a topar con esos ojos tan infinitamente azules.

Ya no desvías la mirada, simplemente el avance de tu caminar hace que quede atrás. No te animas a voltear una vez que has pasado de largo. El ángel que pasó por la mesa ya se fue, regresan las voces, la conversación con tono callado y bajo se reanuda.

Un momento imperceptible, un azul intenso, una fugaz coincidencia de miradas de dos desconocidos convirtieron una mañana de verano común y corriente en un instante totalmente memorable.
----------------
Hablando de ojos azules, hace poco vi el episodio final de White collar, una de mis series favoritas. De un desconcertante momento pasa a un final que deja muchas interrogantes. Como para preguntarse si tienen planeado un regreso. Total, con la televisión nunca se sabe. Por lo pronto, adiós a Neal Caffrey, su sombrero, su elegancia y su asombrosa manera de salir de los aprietos... sin perder el estilo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Mi calle, movida, bullanguera y apacible

Otra vez, un lector frecuente de este blog me manda un texto para publicarlo.
-------------------------
Yo vivo en una calle tranquila de apenas dos cuadras, con poco tráfico. Pero si camino hasta la esquina, volteo y desde ahí avanzo una cuadra hacia la derecha, veo el desfile interminable de autos que avanzan sin cesar por el malecón. Si cruzo la pista, sorteando las filas de autos, llego a los acantilados que van descendiendo hasta terminar en la playa, en donde revientan las olas del mar Pacífico.

Si en vez de ir a la derecha continúo de frente y avanzo una cuadra, llego a una gran avenida, llena de tiendas, restaurantes, autos privados grandes y chicos y enormes ómnibus de servicio público. 

Entonces, regreso a mi calle tranquila y encuentro siempre rostros conocidos. Está David, que me vende el pan todas las mañanas. En cuanto ve que me acerco, prepara su bolsita y ahí coloca mis panes ciabatta, "bien crocantes, ¿no, caserita?", usando esa palabra que designa a los clientes frecuentes.

Al frente está el quiosco de Lucho, en donde se exhiben los periódicos del día que la gente lee al pasar casi sin detenerse. Cuando Lucho me ve, aunque esté atendiendo a otro cliente, me entrega el diario que compro todos los días, excepto los sábados (por el crucigrama, ¿saben?).

A unos 50 metros está "mi bodega favorita", donde una pareja de jóvenes esposos vende de todo para preparar los alimentos del día. Teresita y Roberto me reciben sonrientes. ¿Qué le doy, señito?, me preguntan, y empieza la compra.

Y ni qué decir de la otra bodega, en la misma esquina de mi casa, a la que llego sin necesidad de cruzar ninguna pista, la de Gloria Maria. Ahí está el inefable don Pedrito, que muy tranquilo, sin pausa pero sin prisa, atiende todo el día, a veces a tres personas al mismo tiempo, como si no hiciera gran cosa. Pero cuando se va de vacaciones, cosa que ocurre dos semanas al año, la tiendita se vuelve un caos y todo el mundo pregunta, "¿cuándo regresa don Pedrito?"

Por ahí aparece Raúl, el hombre que cuida la cuadra durante el día, y que de noche descansa en su casetita, con un ojo abierto para controlar cualquier movimiento sospechoso. De paso se gana alguito cuando le encargan algunos trabajitos de limpieza y similares.

Mi calle es tranquila, pero llena de gente entrañable y amigable. No la cambio por nada. Es un oasis en medio de la vorágine que llena la intensa vida de una ciudad movida y bullanguera.

martes, 16 de septiembre de 2014

Recordando una simple historia simple

Hace ya seis años publiqué esta historia. El niño del que se habla debe tener ya siete años, debe estar en primer o segundo grado y no tiene la menor idea de este episodio del que es protagonista.
------------------------------

Era una tarde cualquiera de esos días soleaditos que nos regaló julio de 2008. Yo estaba en una avenida de doble sentido de Miraflores intentando cruzar la pista.

Del otro lado de la pista que yo quería cruzar venía una mujer joven con un bebé en su coche. Presumo que eran madre e hijo. El niño tendría unos ocho meses, o por lo menos edad suficiente como para estar bien sentado, agarrado con ambas manos al tablero del coche. Tenía un gorrito amarillo que le tapaba la cabeza, pero le dejaba toda la cara libre para seguir con mucha atención lo que pasaba a su alrededor. Volteaba continuamente la cabeza de izquierda a derecha y viceversa, mirando los carros pasar.

No sé por qué ese bebito despertó mi curiosidad, y decidí quedarme ahí para poder verlo de cerca cuando el dúo pasara a mi costado.

La madre cruzó el primer carril de la pista sin problema. Subió el coche a la berma y lo bajó para cruzar el segundo carril usando la rampa que está ahí con ese fin. Al bajar, no se dio cuenta de que la pista tenía un bache, que provocó que el bebé se fuera con toda su humanidad hacia atrás. Vi cómo sus piecitos se levantaron y volvieron a su sitio en cuestión de segundos. Él seguía muy atento a todo lo que pasaba a su alrededor.

Terminaron de cruzar la pista y, al llegar a la vereda, nuevamente la madre no se dio cuenta de un desnivel, bastante más grande que el primero. Otra vez, el niño se fue con todo él hacia atrás, en un choque de su espalda con la parte posterior del coche un poco más violento que el anterior, obviamente sin mayores consecuencias... aparentemente.

Inmediatamente después de eso, el niño volteó hacia su madre y le lanzó una mirada que parecía decirle: "¡¿QUÉ TE PASA?! ¡TEN MÁS CUIDADO!" Con mayúsculas además.

Vi su cara claramente, ya estaban a un metro de mí.

No pude evitar reírme. La madre también rió, lo miró, le pidió disculpas entre risas y mimos y siguieron su camino.

Una simple historia simple, pero inolvidable.
--------------------
Imagen de Google Images

martes, 12 de agosto de 2014

Brecha generacional

Cuando se tienen niños cerca, es habitual que nos acostumbremos a los programas y personajes que les gustan, a veces hasta sin quererlo. Así, nombres que normalmente no hubiéramos escuchado, se hacen conocidos a nuestros oídos casi como si fueran personas de carne y hueso.

Uno de esos nombres es el de Jorge el curioso, que vive en un mundo lleno de personajes bondadosos que viven en armonía y se ayudan mutuamente, y hacen cosas que a los ojos de los niños pequeños podrían parecer fascinantes aunque no lo son. En realidad, Jorge hace cosas que exasperarían a cualquier ser humano normal y sacarían de quicio a una persona poco paciente. Tal vez, hasta a una persona muy paciente.

Cuento toda esta introducción para relatar un pequeño episodio del que fui testigo involuntario hace algún tiempo.

Me fui a hacer una compra en un autoservicio cercano a mi casa, y con las cosas que había escogido me acerqué a la caja para pagar. Luego de hacer un rápido examen de las colas que había en cada una, escogí la que me pareció mejor y me puse al final de la fila.

En ese momento, estaban atendiendo a un señor que iba acompañado de un niño de unos cuatro año. Después venía una señora bastante mayor que estaba sola y luego seguía yo. El niño miraba a la señora con tanta curiosidad que a ella no le quedó más remedio que hacerle conversación:
- Hola -le dijo en tomo muy amigable.
- Hola -contestó el niño, sin el menor atisbo de vergüenza ni pedirle ayuda a su papá.
- ¿Cómo te llamas?
- Jorge, como Jorge el curioso.
- Ah, hola Jorge. Qué gusto que seas estudioso, te felicito.

La señora sonrió, feliz de haber encontrado a un niño tan pequeño y responsable a la vez. De otro lado, la cara del niño fue del mayor desconcierto del mundo.

A eso le llamo yo brecha generacional.

Presento la sexta foto semanal, con un perrito plácido y sereno entre el ruido y la prisa de una mañana invernal limeña.

lunes, 28 de julio de 2014

Amores perros

Era día de inauguración del Mundial de Fútbol Brasil 2014. Se había acabado el primer partido del campeonato, con victoria del país anfitrión.

Tenía algunos asuntos que hacer, y como todos eran bastante cerca unos de otros, decidí ir y volver caminando. Todavía era de día, no eran ni las 5:00 p.m. Las calles estaban vacías, seguro todos estaban más interesados en ver el partido que estar en la calle. Un país tan futbolero como el Perú, que no ve a su selección en un mundial desde 1982, se las arregla para alentar equipos, camisetas y colores ajenos como si fueran propias. Será la magia del fútbol.

Terminé lo que tenía que hacer y emprendí el regreso a la casa. Caminaba tranquilamente por la avenida Larco, cuando al cabo de una cuadra de recorrido, noté que un perrito caminaba a mi lado. No era un perro callejero, no, qué va. Se notaba que era una mascota querida y especial. Iba vestido con la camiseta verde y amarilla característica de la selección brasileña de fútbol.

Al comienzo, no le hice mayor caso. Simplemente me pareció gracioso verlo vestido así, con paso tan decidido, muy seguro de la ruta que debía tomar. Su dueño iba pasos más atrás, pero no parecía muy preocupado de cuidar a su mascota.

Llegamos al primer semáforo, la luz estaba en rojo. Me paré a esperar el cambio de luz a verde. El perro también se paró. Lo que llamó mi atención fue que el perro se pegó a mi lado, como si me conociera. No le di mayor importancia, pensé que era algo casual.

Avanzamos unas cuadras con el perro a mi costado, y llegamos a una nueva luz de semáforo que otra vez tocó en rojo. Cambió la luz y retomé la marcha. El perro también. Me di cuenta de que casi parecía que era mi perro.

La gente me sonreía, era evidente que las simpatías las despertaba el can. Debe haber sido un espectáculo singular, yo caminando al lado de un perro, aparentemente mío, elegantemente vestido con una camiseta verdeamarela que ostentaba el número 10 muy visible en su lomo, al mismo ritmo, a la misma velocidad, como si fuera una rutina estudiada y practicada durante años.

Así caminamos las casi diez cuadras de mi recorrido. Ya iba a llegar a la esquina donde debía voltear, faltaba poco para que la magia se acabara. Volteé a mirar al dueño, le dije que tenía un perro increíble. Su respuesta fue una enorme sonrisa.

Desvié mi camino, ellos siguieron de largo. Di unos pocos pasos hacia adelante, pero retrocedí para darles una última mirada. Que par tan especial formaban. Los vi alejarse hasta que cruzaron la pista y se perdieron de vista.

Mucha gente recordará ese día de inauguración mundialista por detalles relativos al partido. Yo lo recordaré como el día que el perro de un extraño decidió que yo sería buena compañía para un recorrido en una calle miraflorina, una tarde cualquiera de otoño.

Cuarta semana
Acá la foto de la cuarta semana, del desafío de doce fotos, una por cada semana del invierno.
Océano Pacífico, visto desde el Malecón de Miraflores

domingo, 13 de julio de 2014

Segunda semana

Acá va la segunda foto del desafío que conté la semana pasada:

Son hojas caídas en un piso con huellas de la tremenda humedad que tuvimos en estos días.

martes, 2 de julio de 2013

Buscando caridad ajena

A propósito de la la entrada anterior y de los comentarios que los lectores dejaron ahí, recordé otro incidente con ciertos toques similares.

Caminaba yo por la miraflorina avenida Larco, por las cuadras finales, las que están más cerca del mar. Era de mañana no muy temprano, aunque no recuerdo en qué época del año estábamos. Cuando me aproximaba a una esquina de esta muy transitada vía, me percaté de la presencia de un hombre al que le calculé poco más de 50 años. Su cara era el vivo reflejo de la preocupación. De la desesperación sería más exacto decir. Entonces noté que llevaba abrazadas contra su pecho dos botellas plásticas de suero, de esas que se usan en los hospitales. Las botellas estaban llenas, y el hombre no las soltaba por nada del mundo.

El hombre caminaba en dirección contraria a mí, por lo que cruzarme con él fue inevitable. Cuando vio que lo estaba mirando, con una voz apenas audible y casi al borde de las lágrimas, me dijo:
- Por favor, tengo a mi hijo muy enfermo internado en una clínica cerca de acá y los médicos me han pedido que lleve cuatro botellas de suero. Hasta ahora solamente he podido comprar estas dos, no tengo la plata para las que me faltan. ¿No tendrá algo que me pueda dar?

Metí la mano al bolsillo, pero no tenía nada, y así se lo dije. Sin decir nada, con una cara de infinita preocupación y desesperanza, siguió su camino. Yo seguí el mío, aunque preocupada por él, me di la vuelta para ver lo que hacía después. Vi que había detenido a otro transeúnte y que esta persona sí pudo darle alguna moneda, que el hombre agradeció prácticamente llorando. Me quedé con el ánimo un poco más tranquilo.

La verdad es que olvidé el asunto, hasta que tiempo después, prácticamente en la misma esquina, me encontré con el mismo hombre. De nuevo, dos botellas de suero llenas casi hasta el tope, aparentemente nuevas. De nuevo el mismo discurso, de nuevo el mismo gesto de desesperación, desesperanza, angustia, preocupación. Todo eso junto.

Recién ahí me di cuenta de lo ilógico que era que en la clínica le pidieran el suero y no que se lo administraran en la propia clínica y se lo cobraran después. De lo ilógico que era que un hombre que evidentemente no tenía grandes recursos económicos pudiera tener a su hijo en una clínica privada. Me felicité por no haber tenido nada que darle la vez anterior que lo vi.

Todos esos pensamientos se agolparon en mi cabeza. Pensé que francamente era el colmo, así que cuando lo tuve cerca de mí, le dije lo suficientemente fuerte como para que me oyeran las personas que estaban más cerca:
- Oiga, no sea fresco y no abuse de esa historia. Por lo menos cambie de esquina donde hacer sus pedidos.

Me miró con expresión de "compréndame que no me acuerdo a quiénes les hago el cuento" y siguió su camino sin decir media palabra. Me lo quedé mirando de lejos, se volteó y como me vio que no le quitaba el ojo, continuó alejándose de mí. Después me fui.

Meses después lo volví a ver, las mismas botellas de suero llenas de quién sabe qué, imagino que el mismo pedido desesperado. Esta vez no le dije nada, estaba un poco más lejos y no hubo ocasión de intercambiar palabras con él.

La próxima vez le diré que no pierda más plata, que se convierta en actor. Tiene la vocación a flor de piel.

domingo, 23 de junio de 2013

Haz el bien, ¿sin mirar a quién?

Hace algún tiempo, cerca del mediodía, caminaba por una angosta y muy típica calle de Miraflores. Había terminado de hacer alguna gestión y me dirigía hacia la avenida Larco. Esta calle está llena de pequeños restaurantes que en ese momento estaban prácticamente vacíos, pero que media hora más tarde con seguridad iban a estar llenos de hambrientos comensales, en su mayoría trabajadores de las oficinas cercanas.

Es costumbre en el Perú que este tipo de restaurantes pequeños ofrezcan lo que se ha dado en llamar menú. El menú consiste de una entrada, un plato principal y algo de tomar por un precio bastante módico, que puede oscilar entre cinco y seis soles (unos dos dólares más o menos). El sistema es muy simple: cada día, el restaurante prepara unas cuatro opciones de entrada y otras tantas de platos principales. Los clientes escogen entre las opciones y arman su almuerzo.

Caminaba por esta estrecha calle cuando se me acercó un hombre muy sucio, despeinado, mal vestido, con lo que quedaba de unos zapatos que conocieron mejores tiempos. Estirando la mano hacia mí, me dijo con voz lastimera:
- Dame algo para poder comer.

Casi sin mirarlo, le contesté con una negativa y seguí mi camino, pero me quedé con una sensación triste. Dos pasos después, me volteé y lo vi parado en el mismo lugar en que se detuvo para hacerme el pedido de ese algo para poder comer. Imaginé su hambre y tuve una idea.

Entré al restaurante que me quedaba más cerca, exactamente aquel en cuya puerta estaba parada. Le pregunte a la señora que atendía, presumiblemente la dueña del lugar, si tendría problema en que le dejara pagado un menú al hombre que se podía ver desde donde estábamos hablando. Me dijo que no, que podía pagarlo y que ella se encargaría de servirle lo que él escogiera.

Así que pagué y contenta de mi buena acción, salí y me acerqué al hombre, que seguía en el mismo sitio de minutos antes:
- Acabo de pagarle un menú con esta señora. Puede ir a comer a la hora que prefiera.

Hubiera esperado cualquier respuesta, menos la que salió de él:
- Mejor me hubieras dado la plata nomás.

Casi hace que se quiten las ganas de ayudar a quien pide porque de verdad tiene hambre.