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martes, 18 de diciembre de 2018

El duendecito itinerante

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Se acercaba la Navidad, cada día eran menos los cuadraditos que faltaban para que el calendario marcara el tan esperado 24 de diciembre.

El hombre esperaba ese momento todos los años con la ilusión de un niño. Lo mejor para él era decorar la casa con adornos navideños, los clásicos duendes, arbolitos, coronas, guirnaldas. Las piezas más destacadas de la decoración eran un Papá Noel gigante a un lado de la sala y un nacimiento igualmente grande en el otro extremo.

Concluida la decoración interior, el hombre procedía todos los años a colgar otros adornos especiales para la puerta de su casa. Así, la Navidad daba la bienvenida a los visitantes. Ahí estaba, una guirnalda en una puerta y un duende en la otra. Esos dos adornos los sujetaba con una cuerda bien atada, con tres nudos muy ajustados.

El toque final era una corona de luces de colores que ponía al centro de la ventana. De noche, las luces bailaban al ritmo de una disposición aparentemente aleatoria.

Una vez concluida la tarea que tomaba toda la mañana, el hombre se sentaba orgulloso a contemplar su obra. No le importaba que todo el esfuerzo debía deshacerse menos de un mes después, él era feliz de ver su casa en modo navideño.

Más tarde ese día, el hombre salió a hacer una gestión. Grande fue su desazón cuando notó que el duende que poco antes había colocado con tanto cariño en la puerta no estaba. Miró alrededor y lo vio tirado en el suelo. Imaginó el golpe que debió haberse dado el pobre duende al caer y le dolió todo lo que al muñeco no le había dolido.

Lo volvió a amarrar, salió y se olvidó del asunto.

Cuando regresó horas después, volvió a encontrar el duende fuera de lugar. Esta vez no estaba  en el piso. Alguien lo había dejado apoyado contra la puerta. Nunca antes le había pasado eso. Nunca antes había tenido que recoger un adorno puesto apenas horas antes. Volvió a agacharse, volvió a ajustar los nudos. Los ajustó un poco más esa vez.

Al día siguiente, nuevamente el duende no estaba donde debía estar. Ahora lo habían colocado bien sentadito al pie de las escaleras del edificio.

Decidió agarrar al toro por las astas, o al duende por el gorro. Entró a su casa, le puso una cuerda más larga alrededor del gorro y otra delgada alrededor del cuello, casi imperceptible.

Por cuarta vez, fijó al duende en su sitio, lo amarró con nudos fuertes desde el gorro y desde el cuello. No ajustó mucho la cuerda del cuello, lo suficiente para asegurarlo solamente.

Ya con esas nuevas amarras el duende itinerante no volvió a caerse.

¡Feliz Navidad a mis queridos lectores! Gracias por su constante compañía y comentarios.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Pastoreadas navideñas

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ACTUALIZACIÓN: El blog "decidió" borrar varios comentarios sin consultar. He logrado recuperar algunos, pero de todas maneras me disculpo con aquellos comentaristas cuya opinión quedó eliminada.

Se acerca la Navidad, que siempre llega con su cuota de recuerdos y nostalgia. Presento acá lo que me envió alguien que recuerda las celebraciones de su infancia en su muy querido rinconcito del Perú.
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La Navidad en la selva peruana se celebraba con las "pastoreadas". Los ensayos comenzaban dos meses antes. Era ya de noche cuando se escuchaban a lo lejos los cánticos, los pitos y los tambores. Las organizaban familias devotas que continuaban con esa tradición año tras año.

Se acercaba la Navidad.

Cuando llegaba el esperado día del 24 de diciembre, en la tarde anterior a la Navidad, salía el grupo muy bien formado y con sus respectivas vestimentas, un elenco encabezado por el Ángel, una niña vestida de blanco, con alitas, diadema y varita dorada. Seguían las pastorcitas, con falditas, chalecos, pañuelos en la cabeza, collares, sonajas y panderetas. Luego los pastores, también con pañuelos y bolsos. Finalizaban el grupo "los indios", con plumas, tambores y pitos, que danzaban frenéticamente y muchas veces causaban temor a los pequeños espectadores.

Había varios grupos de pastores que iban por distintos barrios para llegar a las casas donde encontraban los Nacimientos más grandes. Durante el trayecto cantaban, sonaban los tambores y los pitos, en medio del regocijo de chicos y grandes, espectadores gratuitos del espectáculo navideño.

Cuando llegaban a la casa con el Nacimiento, entraban, hacían su rutina de cantos, declamaciones y danzas para adorar al Niño. Era toda una fiesta apreciada no solo por los dueños de casa, sino por todos los que acompañaban a los pastores en su camino, y que se acomodaban para ver mejor.

Terminada la actuación, se acostumbraba obsequiar a los pastores con dulces, caramelos y bebidas. Luego la pastoreada partía en busca de otro Nacimiento casero, con sus cánticos, tambores y pitos, y dejaba a su paso una estela de emoción y algarabía por un momento inolvidable que se unía a la alegría de la Navidad.
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Presento este encantador comercial alusivo a la Navidad. Tiene algunos años ya, pero no pierde vigencia, menos en estas fechas.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Uno navideño de Cyrano

Vuelvo a tomar prestada una entrada de Cyrano, ese amigo bloguero que partió inesperadamente hace algunos meses. Así contaba cómo Miraflores "se vestía de Navidad" en diciembre de 2012.
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De nacimientos, árboles, adornos, ofertas y demás
Con la trilogía (ver acá, acá y acá) del bombardeo hemos presentado, digamos, el lado "oscuro" de la Navidad. Pero no podemos negar que la Navidad tiene otro lado de la medalla: el lado claro, festivo, alegre, luminoso, brillante y encantador. No en vano se celebra, para nosotros los cristianos, el nacimiento del Rey de Reyes.

Para algunos, como yo, es una fecha llena de nostalgia, de melancolía, de ausencias, de recuerdos que nos ponen un poco tristones, pero se balancea con el contagiante espíritu de fiesta que le pone la mayoría de la gente. Y aquí participan todos, desde el Rey hasta el paje.

Yo vivo en un distrito de Lima que se llama Miraflores, donde existe una avenida muy comercial que se llama José Larco, que empieza en el Óvalo de Miraflores y termina en un parque que da al Océano Pacífico, donde hay una pileta con aguas danzarinas de colores. En el Óvalo también hay aguas danzarinas. Entre esas dos piletas de aguas danzarinas están las 12 cuadras de la Av. Larco, que a veces parece Babel por la variedad de idiomas y acentos que uno puede escuchar al paso.

Al final de Larco, quedan famosos y grandes hoteles, que miran al mar. El municipio es el primero en desarrollar el espíritu navideño, colocando un enorme árbol en el mismo óvalo, visible a varias cuadras de distancia. Esto es tradicional, aunque cambien los alcaldes, cada diciembre hay un árbol. Eso si, pueden cambiar los estilos de acuerdo al gusto de cada alcalde, y hay algunos que lo han tenido muy malo, como el año que debimos padecer el árbol cohete, porque era apenas una copia del Apolo 11.

Bromas aparte, el de este año refleja el buen gusto de un alcalde que ha puesto uno bastante tradicional, como lo podrán apreciar en esta foto.
Óvalo de Miraflores
También ha dispuesto un nacimiento, o belén como lo llaman en algunos países, con figuras de tamaño real, frente al local de la Municipalidad. Fíjense que en este Nacimiento no hay Niño Jesús. Es que acá hay una costumbre, la de esperar a la medianoche del 24 de diciembre para colocarlo en su lugar. Mientras tanto, el Niño está de parranda, o fastidiado porque sus papás no encontraban lugar en el mesón por el empadronamiento dispuesto por el Emperador.
Nacimiento de la Municipalidad de Miraflores
Los locales comerciales también hacen lo suyo, adornando sus vitrinas con motivos navideños, saludos, buenos deseos y buenas vibras para todos. Eso si, no se puede negar que por ahí escondidito está el "compre y llévese".
Tienda con motivos navideños
Hasta los casinos, que acá están permitidos (mismo Las Vegas... bueno, es un decir), tienen su espíritu navideño muy visible. Juzguen ustedes mismos, el frontis de un casino miraflorino.
Saludo navideño de establecimiento miraflorino
Las tiendas tienen sus ofertas para la ocasión, con objetos de todo tipo y precio, para que nadie se quede sin su regalito.
Ofertas para 2013
En fin, he querido mostrarles el lado alegre de las fiestas de fin de año, donde todo el mundo, contagiado de ese espíritu del que tanto hemos hablado, camina rápido para todos lados, tropezándose, empujándose, haciendo colas para el pago, llenando los supermercados para adquirir los clásicos insumos para la fiesta navideña, sin que falte en las mesas el tradicional pavo.

Claro, cada barrio tiene su propio estilo y forma de vivirlo, con sus nacimientos, árboles, adornos, ofertas y demás.

¡Feliz Navidad a todos los lectores de Seis de Enero! Gracias, Cyrano, por "prestarme" otra de tus historias.

martes, 15 de diciembre de 2015

Carteras perdidas y encontradas

Acá va un relato prestado, enviado por alguien que lee este blog y comenta con mucha frecuencia.
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Es una mañana luminosa, mucha gente en las calles, las compras navideñas contagian de entusiasmo a todo el mundo. Cruzo la avenida junto a un grupo de viandantes, aprovechamos la luz verde. A paso ligero, como un ejercicio militar.

Termino de cruzar y veo a unos metros acercarse en sentido contrario a una mujer joven que lleva de la mano a una niña de unos cinco años. La pequeña tiene un bolso con dibujos de flores que le cuelga del hombro. A paso ligero también.

De pronto, por el apuro, el bolso resbala del brazo de la niña y cae al suelo. Madre e hija continúan su camino sin percatarse de lo ocurrido. Me apresuro a acercarme para avisarles, pero ya tres personas llegan antes, y entre sonrisas y palabras cariñosas entregan el bolso a la niñita, que mira asombrada pero feliz, mientras la madre agradece a todos.

Es un incidente pequeño, sin importancia, pero a la vez me afecta tanto... pienso en el llanto de la niña si hubiera perdido su bolso...

Inevitablemente pensé en otra niña más cercana, con ocho años casi recién cumplidos. Recuerdo cuánto lloró el día que olvidó su cartera blanca adornada con un gato negro en la silla de ese restaurante. Cómo corrió desesperada para regresar al lugar, entre sollozos ante la idea de haber perdido al adorado oso de peluche que llevaba adentro. Tras casi correr las pocas cuadras que la separaban del restaurante, tras escuchar con el corazón encogido la respuesta "no, ahí no había ninguna cartera" cuando preguntó, la carita se le iluminó cuando un muchacho que trabaja en el restaurante le dijo que otro cliente había encontrado la cartera y que él la había puesto en un lugar seguro.

Parecen hechos sin importancia, ¿verdad? Pero en ambos casos, fue muy importante la cara de felicidad de esas dos niñas al recuperar sus pequeños tesoros.

Vale la pena recordarlo, sobre todo en época navideña.

lunes, 12 de enero de 2015

Tres niños geniales

Ya dejó de ser niña, pero sin duda sigue siendo genial. Es una chica vivaz, siempre está con la sonrisa pícara en los ojos. Su alegría es desbordante.

Cuando tenía tres años, la abuela paterna la invitaba constantemente a dormir a su casa. La nieta no recibía la invitación de la manera esperada, no saltaba de felicidad por quedarse a dormir en casa de la abuela que, sin duda, le permitiría quedarse despierta hasta tarde, todo lo contrario a como eran las cosas en su casa.

La abuela seguía invitándola, la niña seguía quedándose callada al oír la invitación. Hasta que llegó el día en que la reiterada invitación tuvo una respuesta genial:
- Abuelita, me voy a quedar a dormir en tu casa cuando me crezca el pelo.

Su melena ensortijada demoraba tanto en crecer que dudo que alguna vez la abuela haya visto cumplido su deseo.

El niño también ya dejó de serlo. Es legalmente adulto desde hace más de dos años. Pero sigue siendo genial.

Por alguna razón que no puede explicar por más que lo piense, nunca le ha gustado el puré de papas. Dice su mamá que cuando estaba embarazada, lo único que le daba ganas de comer era puré de papas. Tal vez comió tanto en esos meses que el niño se hartó, es la explicación de su mamá.

Ya estaba cansado de decir que no le gusta el puré de papas. Cuando daba esa respuesta, siempre le replicaban "cómo que no te gusta, si te gusta la leche y te gusta la papa, TIENE que gustarte el puré de papas". Pero no, no le gusta. Tampoco le gusta que le insistan con que TIENE que gustarle.

Hasta que se le ocurrió una respuesta genial:
- No gracias, no puedo comer puré de papás porque me da alergia.

Santo remedio. Nadie puede objetar una alergia como razón para no comer algo. Dice que hasta ahora no come puré de papas.

La otra niña tiene siete años; sigue siendo una niña. Tiene la sonrisa a flor de labios y hay que estar casi ordenándole que deje de hacer cabriolas, que esté quieta. También es genial y sin duda lo será siempre.

Es Nochebuena, y la niña va en un carro con muchas de las personas con las que se recibirá esa Navidad. Son casi las diez de la noche. Las calles están llenas de gente, de carros, de luces y adornos. En contraste, las tiendas están cerradas, a oscuras, vacías. Es mal momento para necesitar algo, casi con seguridad no se encontrará un lugar donde comprar nada.

El carro donde va la niña se detiene por la luz roja de un semáforo justo al lado de una pequeña tienda de barrio, de esas que en el Perú se conocen como bodegas. Es una de las pocas tiendas abiertas que han visto en el camino y tiene a dos o tres compradores adentro.

Uno de los adultos que va en el carro dice:
- Esa tienda se va a forrar.

Después de breves segundos de pausa, la niña responde con tono genial:
- Tampoco es para tanto, ah.

Todos los demás se echan a reír. Pues sí, no era para tanto.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Recordando la historia de un nacimiento

Acá va otra entrada de diciembre, publicada originalmente hace seis años.
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Desde que empezó diciembre, veía algo pelado el ventanal del edificio en el que vive. Todos los días, al salir a trabajar, pensaba en cómo hacer para conseguir el mismo nacimiento en cartón que adornó el ventanal hace algunos años.

En su trabajo veía el adorno que quería tener en su ventanal. Le preguntó a la persona que le vendió el que tuvo unos años antes, pero le dijo que ya se habían terminado. "Ese ventanal se ve muy vacío", pensaba una y otra vez.

Hubiera sido más fácil rendirse, pero ahí seguía dándole vueltas al asunto. Hasta que se le ocurrió una idea: con papel calcó los bordes del nacimiento de cartón que estaba en su oficina. El papel no era transparente, pero apoyándose contra el vidrio tenía luz suficiente para ver bien los bordes. Calcó todo en diferentes hojas tamaño A-4: San José por un lado, la Virgen María por el otro y, por supuesto, el Niño Jesús. La Estrella de Belén tuvo que dejarla a un lado, estaba pegada muy alto y su altura no le permitía llegar hasta allá.

Ya en casa, compró cartulina blanca y pasó cuidadosamente los varios moldes formando las figuras del Nacimiento. Luego, con mucha paciencia y cuidado, los recortó dándoles la forma exacta.

Después le pidió a Gonzalo que le hiciera la estrella porque el dibujo nunca fue lo suyo (tampoco lo mío). Y con ayuda de otra persona a quien quiere mucho, pegó cuidadosamente el Nacimiento en el ventanal.

El ventanal ya no está vacío. Lo veo todos los días al salir de la casa, y pienso en el esfuerzo conjunto que se requirió para lograrlo. Pienso que los vecinos ni lo imaginan, que los visitantes frecuentes y los ocasionales tampoco lo imaginan. Solamente ven ahí un lindo Nacimiento que los saluda y despide cada vez que entran o salen.

A todos ustedes:

¡FELIZ NAVIDAD!


lunes, 15 de diciembre de 2014

Recordando una obra escolar

Hace algunos años, asistí a esta obra escolar de la que vuelvo a hablar.
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Ahí estábamos, en la puerta del auditorio, esperando para ver una obra escolar casi como cierre del año. Conversaciones triviales, las de siempre: el clima que no se decide a cambiar de una vez, los cumpleaños que se acercan, el tráfico que empeora como siempre en diciembre.

Se abren las puertas. Entramos. Escogemos sitio. Esperamos que se levante el telón.

Aparece el primer personaje. Vemos a un quinceañero bastante conocido vestido de adulto, pero un momento después se ha transformado y veo a un hombre que regresa a la buhardilla donde se ocultó con su familia durante más de dos años. Está apesadumbrado, le duele el alma. Desolación es la palabra que describe el momento. Según él, ya no le queda nada porque ha perdido todo lo que más amaba. Quiere quemar todo lo que queda del pasado e irse lejos. Sus amigos, a los que no ve desde hace tres años, le muestran un pequeño cuaderno. Ese cuaderno que su hija menor llamaba Kitty, y donde apuntó diligentemente todo lo que pasaron dentro de esa pequeña buhardilla durante dos años.

Leí esa misma obra cuando estaba en el colegio. Vi la película. Una de las varias que han hecho sobre este famosísimo diario. A estas alturas, ya no me importa ni me da risa ver a todos esos muchachos interpretando a hombres y mujeres por igual. Ya no noto que usan pelucas, ni ellos parecen sentir vergüenza por usarlas. A pesar de saber lo que sigue, a pesar de conocer el final, hasta esa noche de teatro escolar, nunca me había puesto en los zapatos de las personas que vivieron lo que esta adolescente cuenta en su diario. Por primera vez me doy cuenta de que querían sobrevivir sin saber qué les esperaría después. ¿Después de qué? De la guerra y sus (¿)reglas(?), que los habían obligado a esconderse sin saber qué pasaría en el minuto siguiente.

Y así vemos que pasan los días y los meses. Que todos tratan de mantener la calma en esas condiciones extremas. De vivir normalmente. Es evidente que no siempre lo logran, pero tratan y lo hacen lo mejor que pueden.

Finalmente, llega el momento en que los soldados tocan con insistencia las puertas. De manera brutal. Irrumpen a la mala. Los personajes miran con terror. Nadie en el público se ríe. Supongo que también han dejado de ver a ocho muchachos disfrazados y están viendo a ocho personas aterrorizadas ante la incertidumbre del futuro inmediato. Una voz en off cuenta que les concedieron cinco minutos para prepararse antes de partir, y a pesar de su miedo, en esos cinco minutos, la dueña del diario se las arregló para contar lo que pasaba en ese preciso momento.
Porque a pesar de todo, creo que la gente es verdaderamente buena de corazón.

Espero que la gente no la haya defraudado, aunque ella ya no haya estado aquí para verlo.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Recordando a un tamborilero

Comenzó diciembre, y durante el mes, reproduciré las entradas publicadas en diciembres de años anteriores, en una compilación navideña para cerrar el año. A todos, ¡feliz Navidad!

La primera se tituló El tamborilero, y narra una anécdota muy real de lo que pasa cuando un grupo de muchachos quieren ser más vivos que su profesor.
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El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió
Los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
ropopopón, ropopopón, ropopopón.
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios.
Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, señor.
Mas tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor
ropopopón, ropopopón, ropopopón.
En tu honor frente al portal tocaré, con mi tambor.
El camino que lleva a Belén
yo voy marcando con mi viejo tambor.
Nada mejor hay que te pueda ofrecer
su ronco acento es un canto de amor
ropopopón, ropopopón, ropopopón
Cuando Dios me vio tocando ante él, me sonrió.


Cada vez que escucho este conocido villancico navideño recuerdo una historia que ocurrió hace años, cuando estudiaba francés.

El grupo estaba compuesto de una serie de alborotados adolescentes y una cantidad casi igual de adultos. Cuando lo miro en retrospectiva, la algarabía que armábamos en el salón debe haber sido más que molesta para los grandes que se veían obligados a compartir la clase con nosotros.

Una de las alumnas del grupito estudiaba en un colegio donde enseñaban francés. Asistía a las clases como un refuerzo a lo aprendido en el colegio. Probablemente no sería una alumna muy destacada si necesitaba refuerzos. Pero todos los demás la teníamos casi como central de consultas, pensando que sus conocimientos eran mayores a los del resto.

Un día, nuestro profesor nos dejó solos en el salón por unos minutos. Nos pidió que en su ausencia escucháramos una canción y que tratáramos de sacarle la letra. Dejó la canción puesta y salió. Los primeros acordes eran inconfundibles: todos reconocimos al tamborilero que se iba a Belén. Y nuestra certeza se vio confirmada cuando la alumna del colegio francés prácticamente nos dictó la letra línea por línea.

Al rato regresó el profesor. Nos preguntó si habíamos cumplido con la tarea, y en coro todos le hicimos un desordenado resumen de la canción. El profe debe haberse aguantado las ganas de reír... o de llorar, no sé. Es que la letra en francés es muy diferente. No habla de Belén, ni del niño Dios. Tal vez el único punto en común sea la presencia de un pequeño tamborilero.

Por el camino parapampampam
va un pequeño tamborilero parapampampam.
Siente su corazón que late parapampampam,
al ritmo de sus pasos
parapampampam, rapampampam, rapampampam.
¡Oh! pequeño niño pamrapampam, ¿a dónde vas?
Ayer mi padre pamrapampam
Siguió el tambor... El tambor de los soldados...
Y yo me voy al cielo...
Quiero ofrecer, para su regreso, mi tambor.
Todos los ángeles... tomaron sus bellos tambores...
Y dijeron al niño... "Tu padre está de vuelta..."
Y el niño despertó... sobre su tambor.

viernes, 10 de enero de 2014

Regalo de Navidad

Alguien que lee mi blog con religiosa frecuencia me hizo llegar esta historia con la idea de darla a conocer por este medio. Así que, acá va.
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Y después dicen que los milagros no existen.

Durante muchos años, un jardinerito venía cada dos semanas a arreglar el pequeño jardín que tengo al fondo de mi casa. De un momento a otro, dejó de venir, y las plantitas languidecían pues nunca me acordaba de regarlas.

Un día encontré a otro jardinero, un señor bastante mayor que vino con su bolsita de plantas y me dio un buen jalón de orejas por haber descuidado tanto el jardincito. Me dijo que otro día iba a traer manzanilla, romero, orégano y hierbabuena para sembrar en la tierra.

Efectivamente, la siguiente vez que vino trajo las hierbitas y comenzó a trabajar en el jardín. Yo estaba en la cocina escuchando la radio, como acostumbro. De vez en cuando iba a verlo y él seguía trabajando. En un momento, mientras cocinaba, recordé que hacía rato no había ido a verlo, y lo encontré muy enojado. Me dijo que yo lo había encerrado por desconfiada, que a él otras personas le daban la llave de su casa, que se había cansado de gritar porque tenía que ir a hacer otros trabajos.

Yo en ese momento me di cuenta de que la chapa de la puerta del jardincito estaba trabada, por eso él se había quedado encerrado. Me deshice en disculpas, le expliqué que no lo escuché porque la cocina está un poco lejos y yo tenía encendida la radio. Nada, el señor seguía muy enojado insistiendo en que yo lo había encerrado por desconfiada.

En verdad, a mí pocas cosas me molestan, pero al verme injustificadamente acusada, perdí la paciencia, le pagué lo que me pidió, lo hice salir de la casa y le tiré la puerta. Creo que fue la primera vez en mi vida que tuve un gesto tan violento.

De esto han pasado cuatro meses. No lo volví a ver. El recuerdo de ese momento violento me persiguió todo el tiempo.

Arrepentida, rezaba por él, pidiéndole perdón. Lo recordaba, viejito, encorvado, con su bolsita en el brazo, y me sentía muy mal por haberlo tratado así. Pero la mañana siguiente a la Navidad, apareció el señor. Tocó el timbre, tenía su bolsita con plantitas en el brazo. Yo no lo podía creer. Le dije, señor, ¿usted es el que se molestó conmigo? Se rio, si señora, usted me encerró. No, le dije, la puerta estaba trabada, ya la mandé a arreglar para que no vuelva a ocurrir.

Así que fue al jardincito, arregló las plantitas, me dio su teléfono para una próxima vez, nos saludamos por Navidad y se fue bien contento.

Y luego dicen que no existen los milagros de Navidad.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Colores navideños: Rojo

Siguiendo con la dualidad cromática navideña, vuelvo a publicar otra entrada de colores.
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- ¿Y? ¿Ya encontraste a tu esquiva princesa?
- No...

Antonio estaba arrepentido de haberle contado a su hermano lo que pasó ese día, hacía casi tres semanas. Ya estaba hecho y no lo podía deshacer. Ahora estaba resignado a aguantar sus burlas. En realidad, eso no le importaba tanto como encontrar a la esquiva princesa, como la había bautizado Ricardo.

Tres semanas antes, Antonio había salido a comprar a la bodega. Un repentino antojo de un chocolate lo hizo levantarse de donde estaba sentado, hojeando el periódico sin muchas ganas. Tomó unas monedas del lugar habitual en el siempre había monedas y caminó la breve cuadra que separaba su casa de la bodega de la esquina.

Sabía exactamente qué chocolate quería, pero de todas maneras paseó la vista por la parte del mostrador donde estaban expuestos todos los chocolates. En realidad buscaba uno con nombre de una ciudad italiana, con alegre envoltura roja, pero la fábrica lo había descontinuado hacía años sin ninguna explicación. Sin justificación además, porque era el chocolate más delicioso que su memoria guardaba.

En fin, se dijo, y escogió otro de envoltura roja, de sabor igualmente muy agradable. Pagó y salió.

Y ahí ocurrió.

Ella. La esquiva princesa, sentada en el asiento del copiloto de un carro rojo. Curiosamente, vestida con una casaca también roja, aunque de tono diferente al del carro. Antonio recordaba la secuencia como en cámara lenta. Fue todo muy rápido. Ni siquiera tuvo tiempo de sentirse como un tonto con el chocolate en la mano y la boca abierta, que fue como estaba en el preciso instante en que la esquiva princesa lo vio. Eso quedó para después. En ese fugaz lapso, ella se lo quedó mirando una fracción de segundo, y le sonrió en una fracción de esa fracción de segundo.

Antonio no atinó a nada. En el último instante, justo cuando el carro volteaba la esquina, su cerebro despertó. Dio una mirada a la placa, y apenas alcanzó a ver los números: 149. Un carro rojo como miles de Lima, cuya placa terminaba en 149.

Llegó a su casa como en una ensoñación, sin ser muy consciente de lo que hacía y decía. Era la única explicación que tenía para haberle contado todo a Ricardo. Eso no importaba ya.

Lo único importante era encontrar el carro rojo. Antonio no creía que fuera muy difícil. Total... sabía la marca y el modelo del carro. No tenía las letras de la placa, pero si tenía los números. ¿Cuántos carros con esa característica podía haber por ahí? No creía que muchos. Pondría manos a la obra.
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¡Feliz Navidad!
¡Y que 2014 traiga lo mejor para todos!

martes, 17 de diciembre de 2013

Colores navideños: Verde

Para estar a tono con los tiempos navideños que corren, vuelvo a publicar una entrada colorida.
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Te despertaste ese día con la sensación de estar ante un día especial. ¡Cómo no iba a ser especial! Era la primera vez que él te pedía que le cocinaras algo que le encantaba: tallarines verdes.

Una vez que te quedaste sola en la casa y te organizaste un poco, comenzaste a planificar el día.

Fuiste a la tienda a comprar todo lo necesario. No podía faltar ningún detalle. Todo tenía que ser perfecto. Escogiste la espinaca, un poco de albahaca. Un paquetito de ensalada con el cartel de "todo verde" para estar a tono.

Regresaste a la casa y pusiste manos a la obra. Lavaste bien todas las hojas, preparaste la salsa cuidando el mínimo detalle. Hasta le agregaste un poco de pecanas reservadas para una ocasión importante. Más importante que esta no podía haber.

Por otro lado, cocinaste la pasta y esperaste con paciencia hasta que estuvo a punto. Tapaste la olla, y miraste el reloj. "En cualquier momento llega", te dijiste. Recién en ese momento te diste cuenta de que el reloj que adorna tu cocina está lleno de ilustraciones de verduras y frutas.

Te sentaste a esperarlo. La radio prendida lanzaba las noticias de la hora, pero tú casi no las escuchabas. Hasta que por fin... el ruido de sus pasos, de la puerta. Te le adelantaste y la abriste primero. Ahí estaba, parado con cara ansiosa, con su chompa verde oscuro:
- Hola mamá. ¿Te acordaste de mis tallarines verdes?

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Una doncella viajera

La historia que relato acá me la contaron, y la comparto como para no dejar que la Navidad se nos pase tan rápido.

Lilia, que no es su nombre real pero hay que reconocerla de alguna manera, es y siempre fue una voraz lectora. En una visita al hogar paterno, hace ya muchas lunas, cayó en sus manos un libro llamado La doncella de Miss Million, de Berta Ruck. Por alguna razón, el libro que Lilia leyó no tenía las primeras ni las últimas páginas, así que Lilia podía intuir el inicio que no pudo leer, pero el final quedó abierto a su imaginación.

Pasaron muchos años hasta que un día, sin razón aparente, Lilia recordó esa lectura inconclusa y se la comentó en voz alta a alguien a quien llamaremos Rafaela. Ni corta ni perezosa, Rafaela tomó nota mental del título y se propuso buscar el libro para que Lilia pudiera reencontrarse con la historia y, quién sabe, quizá hasta leerla completa.

Como creyó que en Lima no encontraría el libro ni buscándolo con lupa, Rafaela le preguntó a Cata, que vive en Buenos Aires, si podía hacer una búsqueda en alguna librería de esa ciudad. Al cabo de un tiempo, Cata le dijo que por más que buscó, no había encontrado el libro.

Rafaela no se desanimó y siguió buscando hasta que llegó a una librería virtual española que hacía entregas a domicilio. Tenían el libro, usado pero en buenas condiciones. Con todo y reparto el precio era muy bueno, aunque solamente repartían dentro del territorio español. Recurrió a Sofía, que vive en la capital española, y tras contarle brevemente la historia, le preguntó si podía comprar el libro por Internet con entrega en su dirección en Madrid. Sofía le dijo que no tenía problema, pero le advirtió que la fecha más probable de viaje a Lima sería para la Navidad y estaban recién a comienzos de junio. A Rafaela no le importó: Lilia había esperado años por conocer el final de esta historia, así que unos meses no importarían, sobre todo porque no tenía idea de esta búsqueda intercontiental.

Así fue que a los pocos días, Sofía avisó a Rafaela que el ansiado título había llegado sano y salvo a su casa. "Te lo llevo en diciembre", prometió. Pero no hubo necesidad de esperar tanto, pues en octubre, Sofía le dijo que una tía había ido a visitarla sorpresivamente y que mandaría el libro a Lima con ella.

Para que este cuento largo no sea tan largo, simplemente diré que antes de noviembre, la tan buscada y viajada doncella estaba en casa de Rafaela. Sería el regalo perfecto de Navidad para Lilia.

Si doy fe de lo que me contaron, fue un regalo perfecto, pues hasta donde sé, Lilia lo leyó en pocos días, a pesar de su minúscula letra. Y pudo por fin saber el final de la historia.

A todos los lectores de Seis de enero, sus familias y personas más queridas, deseo lo mejor en 2013, y en todos los demás días por venir.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Diciembre

Foto sacada de este blog 
Ya tenemos a la Navidad tocando nuestras puertas. Con ese motivo, reproduzco una entrada publicada en 2008, referida al mes que estamos viviendo.

Diciembre es un mes de emociones encontradas, no tengo la menor duda. Hace algunos años, el escritor peruano Abelardo Sánchez León publicó un excelente artículo en su columna semanal del El Comercio. Por suerte guardé el texto completo, aunque no el sitio web ni la fecha exacta de su publicación.
Rincón del autor: Diciembre

Por Abelardo Sánchez León

Este mes es una piedra difícil de trasladar y tropieza con el hueco negro de la despedida. Diciembre sacude lo hecho. A fin de cuentas es un mes de evaluaciones. 
Experimenta una extraña sensación de vacío. Se acerca la Navidad y su corazón late como un reloj atascado en la arena. Siente poco, incluso en su relación con las personas más cercanas: su pareja, sus hijos, sus amigos, sus colegas.


Considera que se ha vuelto huraño, cascarrabias, que todo le molesta. Ni qué decir de la política. No puede criticar a la juventud por ser tan indiferente con la política, pues él mismo está como endurecido. No le interesan aquellas riñas y confrontaciones entre candidatos. Está, sin saber por qué, de mal humor.

Ha ayudado en su casa a que se levante, como un verdadero himno de esperanza, el árbol de la Navidad. Aquel árbol, comprado hace unos veinte años en una tienda de segunda mano por la Arenales, le recuerda a tantos otros árboles, cuando era un muchacho y ayudaba a su padre a levantarlo en aquella casa hoy derrumbada. Pacientemente ha contribuido a que durante las noches se llene de luces intermitentes.

Piensa que diciembre es un mes feliz, pero que por extrañas razones, completamente desconocidas, siente malestar en lugar de alegría. Llega exhausto al último mes del año y anhela descansar en el pequeño jardín que su esposa cuida con verdadero esmero. Pero las cosas no se dan. Quiere revisar unos poemas, regar, contemplar la luna de diciembre, hacerle el amor. Lo intenta, pero no se dan las circunstancias. Diciembre es una piedra difícil de trasladar y tropieza con el hueco negro de la despedida. Diciembre sacude lo hecho y se lo refriega en la cara, a fin de cuentas se trata de un mes de evaluaciones, de lejanas calificaciones escolares, de rojos en la libreta.

Piensa que en las épocas del colegio diciembre tenía un sabor especial: por ejemplo, no tener más de dos cursos desaprobados, frecuentar La Herradura con sus amigos Andrés y Vicente, ir a la vermouth del cine Orrantia. Diciembre era risa si pasabas de año. No había malestar acumulado. Las luces navideñas iluminan las fachadas a falta de estrellas y en el centro de su cerebro algo no funciona. Sus cálculos, sus simples deseos, no le han salido.

Decide encerrarse. No asistir a los diversos festejos de fin de año, cuando diciembre es una agenda apretada. Pero si no va tendrá que estar solo y soportarse. Se trata del destino: el tibio sol de diciembre tiene ahora un sabor a metal antiguo. Lo distingo a la distancia, trato de pasarle la voz, pero me abstengo.

Este mes es una piedra difícil de trasladar y tropieza con el hueco negro de la despedida. Diciembre sacude lo hecho. A fin de cuentas es un mes de evaluaciones.
... y de despedidas y de reencuentros y de balances y de nostalgias y de ausencias y de presencias y de esperanza, agregaría yo.

A todos, ¡FELIZ NAVIDAD!

sábado, 17 de diciembre de 2011

El tamborilero

El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió
Los pastorcillos quieren ver a su rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
ropopopón, ropopopón, ropopopón.
Ha nacido en un portal de Belén
el niño Dios.
Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, señor.
Mas tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor
ropopopón, ropopopón, ropopopón.
En tu honor frente al portal tocaré, con mi tambor.
El camino que lleva a Belén
yo voy marcando con mi viejo tambor.
Nada mejor hay que te pueda ofrecer
su ronco acento es un canto de amor
ropopopón, ropopopón, ropopopón
Cuando Dios me vio tocando ante él, me sonrió.

Cada vez que escucho este conocido villancico navideño recuerdo una historia que ocurrió hace años, cuando estudiaba francés.

El grupo estaba compuesto de una serie de alborotados adolescentes y una cantidad casi igual de adultos. Cuando lo miro en retrospectiva, la algarabía que armábamos en el salón debe haber sido más que molesta para los grandes que se veían obligados a compartir la clase con nosotros.

Una de las alumnas del grupito estudiaba en un colegio donde enseñaban francés. Asistía a las clases como un refuerzo a lo aprendido en el colegio. Probablemente no sería una alumna muy destacada si necesitaba refuerzos. Pero todos los demás la teníamos casi como central de consultas, pensando que sus conocimientos eran mayores a los del resto.

Un día, nuestro profesor nos dejó solos en el salón por unos minutos. Nos pidió que en su ausencia escucháramos una canción y que tratáramos de sacarle la letra. Dejó la canción puesta y salió. Los primeros acordes eran inconfundibles: todos reconocimos al tamborilero que se iba a Belén. Y nuestra certeza se vio confirmada cuando la alumna del colegio francés prácticamente nos dictó la letra línea por línea.

Al rato regresó el profesor. Nos preguntó si habíamos cumplido con la tarea, y en coro todos le hicimos un desordenado resumen de la canción. El profe debe haberse aguantado las ganas de reír... o de llorar, no sé. Es que la letra en francés es muy diferente. No habla de Belén, ni del niño Dios. Tal vez el único punto en común sea la presencia de un pequeño tamborilero.

Por el camino parapampampam
va un pequeño tamborilero parapampampam.
Siente su corazón que late parapampampam,
al ritmo de sus pasos
parapampampam, rapampampam, rapampampam.
¡Oh! pequeño niño pamrapampam, ¿a dónde vas?
Ayer mi padre pamrapampam
Siguió el tambor... El tambor de los soldados...
Y yo me voy al cielo...
Quiero ofrecer, para su regreso, mi tambor.
Todos los ángeles... tomaron sus bellos tambores...
Y dijeron al niño... "Tu padre está de vuelta..."
Y el niño despertó... sobre su tambor.

¡A todos, mis mejores deseos de una feliz Navidad!
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jueves, 26 de febrero de 2009

Leyendas urbanas

Por Navidad, mi mamá me regaló el libro titulado "El fabuloso libro de las leyendas urbanas: demasiado bueno para ser cierto" de Jan Harold Brunvand. Contiene prácticamente todas las leyendas urbanas que en el mundo han sido, y yo lo estoy leyendo de a pocos, riéndome de algunas, dudando con otras y disfrutándolas todas.
El autor define las leyendas urbanas como:
[...] historias demasiado buenas para ser verdad. Estas fábulas populares describen acontecimientos presuntamente reales (si bien raros) que le han pasado a un amigo de un amigo. Y generalmente las cuenta una persona fiable que las relata en un estilo creíble, porque generalmente se las cree. Las localizaciones y los hechos que se describen son ciertos y conocidos (casas, oficinas, hoteles, centros comerciales, autopistas, etcétera) y sus personajes humanos, personas muy normales. Sin embargo, los incidentes cómicos, chocantes u horripilantes que les ocurren a estas personas llegan demasiado lejos para ser creíbles.
[...]
¿Quién no ha escuchado alguna vez una de estas leyendas urbanas?
Recuerdo una que escuché toda mi vida. Érase una mujer que tenía un peinado alto, de esos que solamente pueden hacerse en las peluquerías. Para no tener que ir a peinarse a cada rato, y tal por evitar gastar más de lo necesario, esta mujer evitaba despeinarse y deshacerse el peinado. Entonces se rascaba la cabeza, que obviamente no se lavaba nunca, con un lápíz o algun objeto similar que le permitiera alcanzar el lugar exacto de la comezón sin deshacerse el peinado.
Hasta que un día la mujer cayó muerta. Su frondoso peinado había resultado ser el hogar perfecto para una familia de arañas, que se había instalado cómodamente por varias generaciones. Hasta que en algún momento penetraron su cráneo y horadaron su cerebro.
Como siempre, la historia la cuenta alguien que se la escuchó a un tercero, nunca se sabe el nombre de la mujer ni dónde ocurrió. Además, siempre queda una especie de moraleja, que en este caso es: "¡no seas pretenciosa, sé más aseada!"
Hace poco vi un programa en el que explicaban que eso es imposible porque ninguna araña (ni ninguna otra alimaña) estaría cómoda en un ambiente como la cabeza, que se mueve tanto. No podría poner sus huevos ahí, por muy acogedor que pareciera.
Desde entonces dejé de imaginar la exagerada cabellera de Amy Winehouse como la guarida de varias generaciones de arácnidos.
Otra leyenda que he escuchado mucho es la de la niña cuyo largo pelo queda enredado en los pasos de una escalera mecánica, pues estaba jugando en una tienda por departamentos, desobedeciendo a su mamá, que a su vez la desatendió por estar comprando quién sabe qué.
Nuevamente, nadie sabe el nombre de las protagonistas de este acontecimiento ni cuál es la tienda por departamentos. Y la admonición es doble. Para la madre es una especie de "es lo que te pasa por desatender a tu hija para ir a comprar". Para la hija, y en general para todos los niños, sería "obedece a tus padres".
En los últimos años circula por Internet en esos mails en cadena una historia de alguien (a veces un hombre, a veces una mujer) que va a una fiesta en donde no conoce a nadie. En algún momento, después de tomar un trago, pierde el sentido. Despierta horas o días más tarde en una tina llena de hielo, con un dolor intenso en los costados y una nota que dice: "Gracias por tu riñón. Anda al hospital más cercano lo más rápidamente que puedas".
La moraleja: "no salgas de juerga de manera irreflexiva; mejor aun, no salgas de juerga".
Esas, entre muchas otras, son las que se me vienen fácilmente a la mente cuando pienso en leyendas urbanas. Con toda seguridad, más de un lector conoce alguna que tal vez quiera compartir.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Historia de un Nacimiento

Desde que empezó diciembre, veía algo pelado el ventanal del edificio en el que vive. Todos los días, al salir a trabajar, pensaba en cómo hacer para conseguir el mismo nacimiento en cartón que adornó el ventanal hace algunos años.

En su trabajo veía el adorno que quería tener en su ventanal. Le preguntó a la persona que le vendió el que tuvo unos años antes, pero le dijo que ya se habían terminado. "Ese ventanal se ve muy vacío", pensaba una y otra vez.

Hubiera sido más fácil rendirse, pero ahí seguía dándole vueltas al asunto. Hasta que se le ocurrió una idea: con papel calcó los bordes del nacimiento de cartón que estaba en su oficina. El papel no era transparente, pero apoyándose contra el vidrio tenía luz suficiente para ver bien los bordes. Calcó todo en diferentes hojas tamaño A-4: San José por un lado, la Virgen María por el otro y, por supuesto, el Niño Jesús. La Estrella de Belén tuvo que dejarla a un lado, estaba pegada muy alto y su altura no le permitía llegar hasta allá.

Ya en casa, compró cartulina blanca y pasó cuidadosamente los varios moldes formando las figuras del Nacimiento. Luego, con mucha paciencia y cuidado, los recortó dándoles la forma exacta.

Después le pidió a Gonzalo que le hiciera la estrella porque el dibujo nunca fue lo suyo (tampoco lo mío). Y con ayuda de otra persona a quien quiere mucho, pegó cuidadosamente el Nacimiento en el ventanal.

El ventanal ya no está vacío. Lo veo todos los días al salir de la casa, y pienso en el esfuerzo conjunto que se requirió para lograrlo. Pienso que los vecinos ni lo imaginan, que los visitantes frecuentes y los ocasionales tampoco lo imaginan. Solamente ven ahí un lindo Nacimiento que los saluda y despide cada vez que entran o salen.

A todos ustedes:

¡FELIZ NAVIDAD!

jueves, 11 de diciembre de 2008

Diciembre...

Diciembre es un mes de emociones encontradas, no tengo la menor duda. Hace algunos años, el escritor peruano Abelardo Sánchez León publicó un excelente artículo en su columna semanal del El Comercio. Por suerte guardé el texto completo, aunque no el sitio web ni la fecha exacta de su publicación.
Rincón del autor: Diciembre

Por Abelardo Sánchez León

Este mes es una piedra difícil de trasladar y tropieza con el hueco negro de la despedida. Diciembre sacude lo hecho. A fin de cuentas es un mes de evaluaciones.

Experimenta una extraña sensación de vacío. Se acerca la Navidad y su corazón late como un reloj atascado en la arena. Siente poco, incluso en su relación con las personas más cercanas: su pareja, sus hijos, sus amigos, sus colegas.

Considera que se ha vuelto huraño, cascarrabias, que todo le molesta. Ni qué decir de la política. No puede criticar a la juventud por ser tan indiferente con la política, pues él mismo está como endurecido. No le interesan aquellas riñas y confrontaciones entre candidatos. Está, sin saber por qué, de mal humor.

Ha ayudado en su casa a que se levante, como un verdadero himno de esperanza, el árbol de la Navidad. Aquel árbol, comprado hace unos veinte años en una tienda de segunda mano por la Arenales, le recuerda a tantos otros árboles, cuando era un muchacho y ayudaba a su padre a levantarlo en aquella casa hoy derrumbada. Pacientemente ha contribuido a que durante las noches se llene de luces intermitentes.

Piensa que diciembre es un mes feliz, pero que por extrañas razones, completamente desconocidas, siente malestar en lugar de alegría. Llega exhausto al último mes del año y anhela descansar en el pequeño jardín que su esposa cuida con verdadero esmero. Pero las cosas no se dan. Quiere revisar unos poemas, regar, contemplar la luna de diciembre, hacerle el amor. Lo intenta, pero no se dan las circunstancias. Diciembre es una piedra difícil de trasladar y tropieza con el hueco negro de la despedida. Diciembre sacude lo hecho y se lo refriega en la cara, a fin de cuentas se trata de un mes de evaluaciones, de lejanas calificaciones escolares, de rojos en la libreta.

Piensa que en las épocas del colegio diciembre tenía un sabor especial: por ejemplo, no tener más de dos cursos desaprobados, frecuentar La Herradura con sus amigos Andrés y Vicente, ir a la vermouth del cine Orrantia. Diciembre era risa si pasabas de año. No había malestar acumulado. Las luces navideñas iluminan las fachadas a falta de estrellas y en el centro de su cerebro algo no funciona. Sus cálculos, sus simples deseos, no le han salido.

Decide encerrarse. No asistir a los diversos festejos de fin de año, cuando diciembre es una agenda apretada. Pero si no va tendrá que estar solo y soportarse. Se trata del destino: el tibio sol de diciembre tiene ahora un sabor a metal antiguo. Lo distingo a la distancia, trato de pasarle la voz, pero me abstengo.

Este mes es una piedra difícil de trasladar y tropieza con el hueco negro de la despedida. Diciembre sacude lo hecho. A fin de cuentas es un mes de evaluaciones.
... y de despedidas y de reencuentros y de balances y de nostalgias y de ausencias y de presencias y de esperanza, agregaría yo.
Gracias a Balo, porque supo expresar como pocos las sensaciones de este contradictorio mes.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Navidad, es Navidad... ¿toda la Tierra se alegra?

No estoy muy segura, realmente, de que toda la Tierra se alegre, como dice la canción de José Luis Perales.

Digo esto por una serie de razones, algunas bastantes trilladas, como por ejemplo, el aglutinamiento de personas por todos lados, el afán de buscar EL regalo para alguna persona especial (para nuestras personitas que unen, por ejemplo), con la consiguiente alarma al advertir que la plata no alcanza, entre otras.

Personalmente, Navidad equivale a diciembre, equivale a un año más que se termina, a la sensación de que una vez más, sin que nos hayamos dado cuenta, otro año se fue. Lo que nos lleva a preguntarnos si el año fue o no bueno. Época de calificaciones y de evaluaciones.

Es un momento en que las ausencias y las pérdidas golpean más que nunca. En que sentimos la enorme falta que nos hacen algunos que no están. Eso es inevitable.

Pero esa sensación de tristeza no tiene por qué ser la única. No se trata solamente sentir nostalgias ni de recapitular tristezas (¿para lograr qué?). Y en lugar de hacer un balance de lo que nos falta, debemos agradecer por lo que tenemos, por los que están a nuestro lado...

La Navidad puede ser descrita como "el mejor y el peor de los tiempos" (perdóname Dickens). Aunque creo que mejor nos quedamos con la primera parte de la frase. Celebremos al dueño del santo y dejémosle su sitio de invitado especial, pongamos a un lado las tensiones de las compras de último momento y las del "amigo secreto" (costumbre que, felizmente, no estoy obligada a observar).

Mejor miremos a nuestro alrededor. Con toda seguridad que hay (mucho) más de un motivo para celebrar.

Así que para todos ustedes: ¡FELIZ NAVIDAD!

PD: si alguna vez pudiera escoger cómo pasar la Navidad, diría que en invierno, en algún lugar que tenga clima frío en diciembre. Espero poder cumplir ese largamente ansiado anhelo.