jueves, 11 de septiembre de 2008

¿Vecinos fantasmas?

Muchas veces, casi exclusivamente en la noche o la madrugada, mis vecinos hacen los ruidos más extraños. Como vivo en el primer piso de un edificio, siempre me pareció que era normal percibir los movimientos de los habitantes de los pisos superiores. Aunque no sé qué tanto de normal tenga que mi vecino empiece a mover su cómoda y sus sillones a partir de las 11 de la noche todos los días.

Hasta que una vez, en una reunión del Grupete, alguien comentó lo mismo, que sus vecinos mueven cómodas y camas a partir de la medianoche. O teníamos los mismos vecinos, o eran familia, porque de otra manera no encontraba explicación a que alguien hiciera tan extraños traslados en mitad de la noche.
Poco después, casi como por casualidad, mi mamá me mandó un artículo de Javier Marías, uno de sus escritores preferidos.
Lo transcribo a continuación, sin el permiso correspondiente. Sé de buena fuente que el escritor nunca contesta los mensajes de correo que le mandan. Espero que a don Javier no le moleste que lo cite:

LA ZONA FANTASMA. 16 de abril de 2006.
El ruido en la imaginación produce monstruos

Imagino que a estas alturas mis lectores habituales, cada vez que vean que escribo un nuevo artículo sobre los ruidos, se darán codazos, harán chistes y se dirán: “Este pobre hombre está trastornado”. Yo mismo no lo descarto, y a veces quisiera ser más duro de oído, para no padecer tanto en este país, como saben, con una “contaminación acústica” sólo superada por la del Japón en el mundo. Así que, al fin y al cabo, algo de razón me asiste en mi desvarío. Vaya también en mi descargo que desde luego no soy el único por él atacado. Pero hoy no voy a hablar de esa clase de estruendos cuyos mayores culpables no son, sin embargo, los ciudadanos particulares por escandalosos que sean, sino los ayuntamientos, con el de Madrid al frente, perfecto y tradicional ejemplo de desconsideración hacia sus contribuyentes, votantes y representados. Sino de los extraños ruidos que al parecer hacen todos nuestros vecinos, sobre todo los de los pisos de arriba, al llegar la noche.

No conozco a nadie, de hecho, que en algún momento de su vida, en alguna casa que haya ocupado, no haya estado convencido de que los vecinos del piso superior se ponían a arrastrar los muebles de madrugada, o a cambiarlos de sitio (incluidas las camas), y no una noche suelta, sino casi todas. Seguro que ustedes mismos tienen o han tenido esta sensación incomprensible. ¿Tan insatisfechos y dubitativos están respecto a la colocación de su mobiliario, que hacen pruebas incesantes, ahora el sofá aquí y los armarios allá, los sillones en aquel rincón y las mesas junto a la ventana? Aunque no es descartable que exista bastante gente en verdad indecisa sobre la disposición de sus alcobas y salones, es del todo imposible que sea tanta como para que a todos nos haya tocado sufrir a alguna. ¿Qué es lo que sucede, entonces? ¿A qué insondables actividades se dedican las personas a altas horas, sobre todo las que madrugan porque trabajan fuera o han de llevar a sus niños al colegio, y en modo alguno parecen bohemias?

Si uno tuviera que deducir sus vidas nocturnas a partir de los ruidos, se haría composiciones de lugar disparatadas. Ha habido casas en las que he creído que mis vecinos de arriba, llegada cierta hora tardía, se ponían a jugar a las canicas o quizá a la petanca, porque el sonido que me alcanzaba, inequívoco, era el de bolas rodando por el entarimado. Con otros me figuraba que, nada más volver de sus salidas, se les caían los botones al suelo o bien se les rompían unos cuantos collares de perlas, lo cual, dada la reiteración de ese ruido, me llevó a concluir que el marido y la mujer se los arrancaban mutua y respectivamente, quizá como prolegómeno. En un piso inglés (apropiadamente), durante un mes entero tuve la impresión de vivir debajo de las ancianitas de Arsénico por compasión, aquella comedia negra de Capra, sólo que en vez de matar, como ellas, mediante el silencioso veneno, los inquilinos se dedicaban durante la noche a descuartizar el cadáver de la jornada, tan semejante al de laboriosos serruchos era el ruido que armaban. En otra ocasión sentí que un hombre de edad, solitario y apocado, organizaba al anochecer grandes fiestas muy concurridas, por los numerosos pasos –incluso como pasos de baile– que desde abajo yo escuchaba; no era así, porque una vez cedí a la tentación de mi intriga y vigilé desde mis balcones la puerta de la calle, por la que no entró ni un desconocido, es decir, ni un solo posible invitado; lo cual no me impidió oírlos una vez más sobre mi cabeza, como si bailaran sin música y corretearan unos en pos de otros. Una amiga mía tuvo una vecina, durante años, a la que siempre veía entrar y salir con zapato bajo; una vez en su casa, sin embargo, y por el tipo de ruido que hacían sus pasos, estaba convencida de que se calzaba unas zapatillas con tacones y el talón al descubierto, a las que su imaginación no podía evitar añadir pompones para completar visualmente el cuadro: acabó persuadida de que aquella mujer, discreta y sobria, se resarcía por las noches poniéndose un negligé, esas zapatillas con tacón alto y borla y quizá ropa interior diabólica, aunque no fuera a recibir a nadie. Una vez pregunté, a unos jóvenes desde cuyo piso se oía un “papapam” sordo y continuado, como si manejaran una imprenta, y la respuesta fue más extravagante que lo imaginado: “Es que tenemos una destilería de whisky clandestina”, dijeron.

A lo largo de los años algo más he averiguado: lo que tomamos por lunático arrastre de muebles se corresponde a veces con el extemporáneo paso de una aspiradora a tirones, o bien con un febril abrir y cerrar de cajones. Uno se pregunta, de todas formas, por qué nadie abrirá y cerrará los cajones de su cómoda a las tantas, no una ni dos, sino veinte veces, o por qué dará golpes sin cuento con una vieja aspiradora metálica. Por supuesto en España, donde casi nadie se acuerda de que existen los otros, no es raro oír martillazos en plena noche: es gente colgando cuadros o acometiendo reparaciones. Pero, acostumbrado a tantos ruidos inexplicables, uno tiene la sensación de que los vecinos de arriba están clavando ataúdes, y piensa: “Ojalá sean los suyos”.

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 16 de abril de 2006
Al parecer, no solamente mis vecinos hacen los ruidos más extraños. Tal vez mis vecinos, los del grupeterito y los de don Javier (ya ven que tiene mucho humor negro) sean miembros de una cofradía ultra secreta que se manda mensajes cifrados a través de los movimientos de los muebles, movimientos que los demás, como simples mortales, no estamos en capacidad de descifrar.

14 comentarios:

  1. Delicioso articulo, en todas partes se cuecen habas, no???

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  2. Sabía de Javier María y había leído algunos de sus textos en su blog (pero hace ya tiempo); pero hoy lo redescubro gracias a tus miradas y a tus recomendaciones.

    Y con respecto a los ruidos en la noche, cuando se tiene una gran imaginación, el simple mover unos cajones de la cómoda se vuelve materia prima para toda una novela de misterio: mismo Código Da Vinci o algo así… Comienza a fantasear en torno a esos ruidos, y capaz te termina resultando un cuento fantástico…

    Me agradó tu texto

    Muchos saludos

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  3. Me encanto leer lo de hoy, yo tengo algunas historias de ruidos nocturnos, preguntale a tu mami si recuerda cuando le conte lo sucedido en mi vieja casa de Huancayo, y que mi querido cuñado juraba que estabamos sobre el tesoro oculto de Catalina Huanca y casi va preso por perforar el suelo de nuestro sotano que era el techo del deposito de una libreria.

    Trate de leer los articulos anteriores, y se borro todo, luego tratare, soy una nulidad tratando de crear mi cuenta de blog, y me chotean, yo sigo los pasos que indican, y nada, bueno tratare de hacerlo nuevamente.

    No pude ver donde dice "Comentarios", ya que luego de leer tu artículo se borro todo.

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  4. Parece que no son solamente los vecino de Javier Marias. Desde EEUU, que es donde vive Carmen, hasta nuestro mas cercano Huancayo, los ruidos en la noche son algo comun.
    Gracias por la visita Martin. Me alegro de que te haya gustado el texto y haber si en una de esas sesiones de vecinos ruidosos surge una idea para un libro. Espero tenerte pronto de vuelta.
    La historia de Catalina Huanca me ha hecho gracia, Maria del Carmen. Nunca lo hubiera imaginado.

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  5. Estimada Gabriela

    Con agrado descubro que me has enlazado en tu blog, gesto que realmente aprecio mucho y que te agradezco

    Muchos saludos

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  6. Me da risa leerlo pero imagino la rabia que se siente cuando sucede.
    Yo vivo en un 6º piso, la verdad ahora no me puedo quejar ni de mis vecinos, ni de la calle, pero si de una obra en construcción de un futuro hotel que tengo pegadito al dormitorio y los ruidos arrancan a las 8 am..pero ese es otro tema, en cuestión de vecinos una época vivió, arriba nuestro, una señora con su hijo que los dos eran de terror.
    Ella vivía peleando con la pareja y amenazaba con tirarse por la ventana si él se iba, cuando escuchábamos el golpe de la puerta nosotros mirábamos por la ventana esperando verla caer pero nada..y el hijo que vivía jugando con la pelota todo el día...por suerte hace dos años se fueron.
    Y si les dejas a tus vecinos en la puerta un metro de paño para que le peguen a las patas de sus muebles?? :)

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  7. Recuerdo cuando vivíamos en una casa de dos pisos, los dormitorios estaban en el segundo. Y de noche escuchaba que en la sala, o sea en el primer piso, arrastraban muebles y sillas o cosas asi. Y yo sabia que absolutamente nadie podia estar abajo. Que raro, no? Pero al leer el artículo de Javier Marías lo entendí todo.

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  8. Terminado de fabricar mi examen, no quise irme a dormir, sin haber leído otro post tuyo además del de IYS (que por cierto le voy a avisar a la amiguita mencionada, estoy segura también se pondrá triste)
    Y bueno, estoy riendo este post a carcajadas, en primer lugar porque tengo unos vecinos igual de ruidosos y por la noche. ¿se pondrán de acuerdo? Y no los tengo encima del edificio, ya que vivo en una casa de un piso, los tengo a un lado, pero te juro que puedo oír cuando abren las llaves de la regadera o se les cae una moneda.

    Y en segundo lugar porque me hiciste recordar la primera noche que pasé en el centro de salud donde hice mi servicio social como médico, te juro que no pelé el ojo en toda la noche, al día siguiente cuando averigué la razón de tanto ruido, dormí a pierna suelta. Y cuando mi mamá me visitó por primera vez y preguntó qué es ese ruido, le dije; tranquila mami, son un par de gatos correteandose por el techo. plop! como diría Marta citando a Condorito.
    saludos desde México. Hilda (así ya sabes que Hilda es)

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  9. A ti las gracias Martín, por el enlace a Seis de enero en tu Carta náutica. Lo mío es mera reciprocidad.

    Si pues Katia, eso es lo malo de vivir en edificios: escuchas todo lo que pasa en los departamentos, estén o no adyacentes al tuyo.

    Yo oía los mismos ruidos que dice Lina, y pensaba que era cosa de los vecinos del costado. Pero nunca me puse, como Javier Marías, a investigar las costumbres de los vecinos para alcarar el misterio.

    Las peleas de gato, Hilda, deben estar entre los peores ejemplos de bulla nocturna. De terror...

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  10. Gaby... yo pensaba que era la única con vecinos con costumbres extrañas!! caminaban en tacos durante la noche, movian muebles, colgaban cuadros, tenìan perros y se les caian las cosas, siempre en horas absurdas!!! Ahora ya se que siempre anda en zapatillas o zapatos chatos y NO tienen perro!! Cual es la solución? convivir con ellos?
    Me encato el tema...!!
    Claudia

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  11. Pues parece, Claudia, que no queda más remedio que vivir con ellos. No estoy muy segura de quiénes son "ellos", si se refiere a los vecinos o a los ruidos.
    ¿No seremos nosotros los fantasmas de otros?
    Ah... bienvenida a Seis de enero.

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  12. Jeje, que buena historia Gaby, la verdad esos ruidos son nada, yo si ya estoy harto de los vecinos de abajo, que cuando la mama se va de viaje, hacen los hijos unos tonos pero que parecen de fin de año, con bulla de gente, gritos, musica a todo volumen , etc...con gusto te los cambio por tus vecinos "mueve muebles". En fin, hay que temerles a los vivos mas que a los muertos.

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  13. que gracioso tu blog Gaby... desgraciadamente siempre viví en pisos altos... del último piso con mi mamá, al piso del medio -nunca primero- cuando recién me casé y ahora en 7mo piso. Cuando viví en Gervasio Santillana... los ruidos eran los que venían de abajo... pero ciertamente claros... los vecinos amaban el karaoke y se dedicaban con frecuencia a disfrutarlo... lástima que antes no pasaron por el conservatorio.
    Hoy en 7mo piso supongo que nosotros seremos los lunáticos mueve muebles para los demás?

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Gracias por leerme... y más aun por dejarme tu tarjeta de visita. Nunca sabemos hasta dónde nos puede llevar la blogósfera.