jueves, 29 de septiembre de 2022

Sueños rotos

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El hombre estaba feliz. Por fin tenía su oficina propia, después de años de usar un pequeño espacio en la oficina de un colega.
Tenía su primera oficina de abogado.
Ya había llevado varias cosas a la oficina nueva, entre libros, expedientes, documentos diversos. Tuvo especial cuidado con el diploma que lo reconocía como abogado. Tendría un lugar de honor en una pared, bien visible para que fuera lo primero que vieran sus clientes.
Hizo un último repaso mental antes de tomar lo que faltaba. Ese rectángulo de vidrio que lo había acompañado desde hacía años. Le tenía gran cariño a ese vidrio grueso para el escritorio que su padre le regaló el día que recibió su título profesional. Debajo había dispuesto fotos de la familia, para sentirse siempre bien acompañado.
Puso las cajas en el auto y dejó espacio para el querido vidrio. Lo dejó medio de lado porque no quedaba mucho sitio libre, y se aseguró de que quedara bien seguro.
Dio una última mirada antes de cerrar las puertas y partir hacia su oficina.
Arrancó y partió.
Cuando estaba a medio camino terminó metido en un bache. Fue un golpe fuerte, el cuello le quedó adolorido.
Pero eso no fue lo que más lo asustó. Sintió un sonido a vidrio... su vidrio.
Se puso a un lado de la pista, abrió la puerta y varios trozos de vidrio cayeron a sus pies.
"Es solo un vidrio", se dijo. Y mientras decía eso, sintió que una lágrima recorría su mejilla.

miércoles, 24 de agosto de 2022

El entrenador soñado

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En tiempos recientes, cuando el mundo se detuvo y quedamos encerrados en casa, leí que muchas personas pasaban las noches con insomnio. Algo que era comprensible.
En cambio yo, empecé a tener sueños diversos, sueños raros, sueños vívidos, sueños que olvidaba a los pocos minutos de haberme despertado. Menos uno, uno solo que recuerdo todavía.
En esos días de encierro no había nada, todo estaba restringido, lo último que veíamos eran partidos de fútbol o de cualquier deporte. Hasta las Olimpiadas quedaron suspendidas. Por eso lo raro de ese único sueño que recuerdo.
Era de noche, estaba yo en un recinto al aire libre con muchas mesas. Había mucha gente sentada a la mesa, conversando alegremente, sin mascarillas, sin distancia social, sin protocolos ni ninguna de esas palabras que tanto sonaban en esos tiempos. Y que suenan hasta ahora.
Yo llegué en medio de un grupo y de inmediato detecté en una mesa al Entrenador. Ese Entrenador alto y flaco de desordenado peinado, de andar elegante y felino, el que había logrado un milagro que prácticamente todo un país esperó durante 36 años. Ese Entrenador que en más de una encuesta obtenía más del 90% de aceptación. Sí, ya lo hubiera querido cualquier político.
Ajá, ese Entrenador.
El Entrenador estaba rodeado de otras personas, todas hablaban y reían alegremente. Yo avanzaba sin dejar de mirar al Entrenador, que en un momento notó mi mirada.
Sus ojos y mis ojos se encontraron. Sigo avanzando, los ojos del Entrenador me siguen. Y así fue durante largos segundos hasta que no me aguanté. Me acerqué a la mesa del Entrenador y le dije: "una cosa es entrar a un lugar y notar que el Entrenador está ahí. Y otra totalmente diferente es entrar a un lugar y que el Entrenador note que estoy entrando".
El Entrenador sonríe... y se acaba el sueño.

sábado, 13 de agosto de 2022

La taza del bonzo blanco

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Presto mi espacio para otra historia prestada.
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Agradezco a Gabriela por permitirme usar su blog para contar esta pequeña historia antigua.
Cuando llegó la fecha para recibir el sacramento de la Confirmación, mi mamá me pidió que eligiera a mi madrina. En esa época, la confirmación se recibía a los ocho años.
Yo elegí como madrina a una amiga de mi mamá, una maestra de escuela, la señorita Irene. Ella estuvo a mi lado durante la ceremonia y luego todos fuimos a casa para una pequeña celebración. Al finalizar, mi flamante madrina me dio un regalo, algo que yo recibí fascinada: un libro.
En mi casa todos eran grandes lectores, había muchos libros y teníamos un estante bien surtido. Pero el libro que recibí de mi madrina era especial y diferente: era mío. Era mi primer libro propio, algo que yo podía llevar y guardar donde quisiera.
Se titulaba: La taza del bonzo blanco. Apenas recuerdo la portada, un anciano y un niño con el fondo de un jardín, o algo así. Tampoco recuerdo de qué trataba el argumento. Pero desde que lo tuve en mis manos aprendí a mirar y estimar los libros como algo especial que ayudaban a alimentar mis fantasías de pequeña soñadora.
Hace poco recordé esta historia y se me ocurrió pedir ayuda a san Google. Puse el título en el buscador: La taza del bonzo blanco, y quedé maravillada: ahí está, en medio de ofertas de libros antiguos, en una colección de Los cuentos del abuelo Anacleto. Libros de segunda mano, dice el subtítulo.
El libro de mis recuerdos existe y se sigue vendiendo. Su autor es Antonio Huonder, aunque no encontré información sobre este señor. Pero dejó su huella imborrable, sin importar el paso del tiempo. Por eso sé que los libros, esos que puedes tener en las manos, abrir sus páginas y conmoverte con sus historias, nunca dejarán de existir. A pesar de todos los adelantos virtuales, siempre habrá un libro en algún lugar de la casa.

viernes, 29 de julio de 2022

Angustia estudiantil

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Era día de examen final. El curso era títulos valores. Había muchos nervios, como es de suponer. Estaban los seguros de lo que sabían, de lo que había estudiado y de lo que habían visto en sus prácticas preprofesionales.
Y también había de los otros, de los que no sabían nada, porque de esos nunca faltan.
En ese último grupo estaba mi amigo Alejandro. Meses antes, por los malos resultados de su examen parcial, pensó en abandonar el curso, dejar de ir a las clases, dejar que lo desaprobaran y volver a matricularse al ciclo siguiente. Era algo que hacía mucho, y a los demás nos parecía mal porque implicaba volver a pagar. Y no costaba poco. Así que lo convencimos de completar el curso, aunque fuera con la nota mínima.*
Llegado el día del examen final, Alejandro nos pidió que lo ayudáramos. "Yo iba a abandonar el curso, ustedes me convencieron de quedarme hasta el final. Hoy ayúdenme, por favor".
El compromiso estaba hecho.
Empezó el examen, que era un caso práctico sobre el cual debíamos responder una serie de preguntas. El profesor comenzó dictando el caso: "El 26 de mayo, la FECHOP giró una letra de cambio ...".
Entonces, la voz de Alejandro sonó susurrante, pero lastimera y desesperada: "por favor, por favor, díganme qué es la FECHOP, ¿¡qué es la FECHOP!? ¡¡¡DÍGANME QUÉ ES LA FECHOP!!! No se jueguen con la nota, no se jueguen con la nota".
Nadie le hizo caso. Yo pensaba que era una broma de las suyas, además estaba muy ocupada tomando nota de lo que el profesor dictaba. Finalmente, no era relevante qué era la FECHOP para continuar con el examen. Por cierto, es la Federación de Choferes del Perú, que agrupa a conductores de transporte público.
Alejandro siguió clamando y nos dimos cuenta de que no era broma. Y no era momento de discutir si el dato era relevante o no. Alguien le susurró tan alto como pudo: "es la Federación de Choferes del Perú".
Pasado ese tenso momento, la calma volvió. Dimos el examen. No recuerdo las notas de cada quien, pero lo importante es que Alejandro aprobó. Con 11, pero aprobó.
Y la anécdota es motivo de risa cada vez que nos reunimos.
De nada, Alejandro.

* La nota aprobatoria mínima en el Perú es de 11. La máxima es 20.

sábado, 16 de julio de 2022

Advertencia ignorada

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Alguna vez que fui al cine, hace algunos años ya, fui testigo de un incidente en la fila, antes del inicio de la película.
Estábamos afuera, ya con las entradas compradas y esperando que empezáramos a entrar a la sala. La fila empezaba a crecer ordenadamente.
Algunas personas detrás de mí estaban un señor con su hijo, de unos 12 años. El chico tenía un vaso en una mano y su canchita en la otra.
En un momento de la espera, el chico puso la canchita encima de uno de los tantos parantes que se usan para ordenar y separar las filas. El papá le dijo que mejor no lo pusiera ahí.
- ¿Por qué? -quiso saber el chico.
- Porque alguien te lo puede botar de un codazo al pasar. Hay bastante gente y poco espacio.
- No, no seas exagerado. Yo de acá lo cuido.
El hombre hizo un gesto de desinterés. En mis adentros, pensé que ojalá los hechos no le dieran la razón al padre.
Pero no fue así.
Al rato, la fila empezó a avanzar, y en el tumulto, de un codazo, la cancha se fue al piso. Cada grano salió volando a una esquina diferente del lugar. El muchacho miró todo con asombro e incredulidad, sin poder hacer nada para evitar el derrame de su salado manjar.
Volteó a mirar al padre con ojos casi llorosos. El hombre se limitó a encogerse de hombros y le dijo "yo te avisé". Y entró a la sala de cine sin decir más. Al chico no le quedó más que seguir a su papá.
Vaya dura manera de aprender una lección.

domingo, 3 de julio de 2022

Un extraño viaje

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A raíz de la historia del ángel inesperado, me enviaron una historia con autorización para publicarla. Gracias a quien me la envió.
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A veces ocurren cosas inexplicables como esta que voy a relatar
Iba yo manejando mi auto a un lugar ubicado al inicio de la Carretera Central. Estaba muy preocupada por un problema familiar y en un descuido seguí de largo cuando debía entrar a la derecha. Lo hice en la siguiente entrada pensando que por ahí podía dar una vuelta y llegar a mi destino, pero solo era una vía en construcción y había salida.
Bajé del auto para ver qué podía hacer, cuando vi llegar otro auto que se detuvo a mi lado, en el asiento posterior estaban tres niñitos muy sonrientes. El chofer, un señor de rostro amable, me preguntó qué pasaba. Le dije que sin querer me había pasado de largo cuando debía entrar. Él me dijo que iba al mismo sitio y también se pasó, pero que sabía cómo llegar.
Sígame, me dijo.
Subimos a los autos, volvimos a la carretera, yo lo seguía y los niñitos me miraban todo el tiempo. Avanzamos un buen trecho, luego salimos a la derecha, dimos la vuelta por un puente encima de la carretera, regresamos y llegamos a una zona ya conocida por mí. Al pasar por el lugar donde debía entrar para llegar a mi destino, el señor que iba adelante me hizo señas con el brazo y siguió de largo. Yo entré a la derecha y de pronto recordé que él me había dicho que iba al mismo sitio que yo.
Entonces, ¿por qué siguió de largo?
Me quedé mirando el auto que se alejaba por la carretera y los niñitos se despedían agitando los bracitos.
¿Qué fue eso? ¿De dónde apareció esa persona para sacarme del apuro? ¿Se dio esa gran vuelta en el auto y perdió su tiempo solo para indicarme el camino? ¿Los niñitos estaban ahí para inspirarme confianza?
Son preguntas que siempre me hago para las que no encuentro respuesta.
Solo quiero creer que mi Ángel de la Guarda se me apareció en la Carretera Central para ayudarme y después de hacer su trabajo, se fue.
Muchas gracias, Ángel. Hasta la próxima.
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miércoles, 22 de junio de 2022

Mi encuentro con Van Gogh

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Iba caminando por las calles empapadas de rocío, como son las calles de Lima en los meses fríos.
Regresaba de mi caminata diaria por el malecón de Miraflores. A esa hora es habitual ver corredores matutinos, personas con niños, personas con perros, personas sin perros, escolares camino a sus colegios. En fin, de todo.
Ya en mi tramo final recorría un puente muy grande y conocido. A lo lejos lo vi, caminaba en dirección contraria a la mía. Primero pensé que era una visión, una representación de una imagen sumamente conocida. Se iba acercando, son un perro pequeño a su costado.
Ahí me di cuenta de que no era mi imaginación. No, era real. Muy real.
Tenía ante mí, cada vez más cerca, la representación en vivo del famoso cuadro de la oreja de Van Gogh. Alto, pelirrojo, con barba recortada, expresión seria, algo despeinado por la carrera y con una vincha que a lo lejos parecía estar a la altura de la oreja.
Lo miré asombrada, me devolvió la mirada, intrigado. No sé por qué, ya debería estar acostumbrado a la impresión que causa en la gente ver un cuadro tan famoso en carne y hueso.
Caminé lo que me quedaba de regreso a casa con la sensación de haber tenido un encuentro inolvidable.


jueves, 9 de junio de 2022

Ángel inesperado

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Cuento esta historia tal como me la contaron sus protagonistas.
Dos amigas viajaron a una ciudad de Estados Unidos, a visitar a un pariente que vive hace poco en esa ciudad. Entre visitas a lugares históricos fueron una tarde de compras a una tienda enorme que vende de todo con precios muy baratos.
Recibieron indicaciones de qué buses tomar. Debían cambiar de línea a medio camino y tomar otro bus que las dejarían prácticamente en la puerta de la tienda. Y eso era bueno porque esa tarde había llovido intermitentemente y lo mejor era evitar mojarse. Llevaban paraguas, pero preferían evitar quedar bajo la lluvia tanto como fuera posible.
El camino de ida fue perfecto, esperaron poco tiempo al primer bus y el segundo llegó en pocos minutos. El viaje total les tomó 45 minutos, más o menos lo que les habían dicho que les tomaría el trayecto.
Llegaron sin inconvenientes, eligieron, se probaron, compraron y salieron. Ya no llovía. Fueron al paradero y en unos diez minutos llegó el bus que las llevaría por el primer tramo del camino de vuelta.
También sin inconvenientes tomaron el último bus, el que sería el último del trayecto. En eso, en una distracción, en una confusión, en medio de la emoción de estar haciendo bien las cosas, una de las dos dijo "este ese nuestro paradero". Y se bajaron alegremente.
Ya en la calle, lejos de la seguridad del bus, se dieron cuenta de que se habían equivocado. No, ese no era el paradero.
¿Y ahora?
Se acercaron a la única tienda abierta que vieron a preguntar si estaban lejos de donde debieron haber bajado. Todos voltearon a mirarlas, nadie se tomó el trabajo de contestarles. En realidad sí, un hombre que estaba afuera de la tienda se les acercó y les dijo que debían regresar a la esquina en la que acababan de estar.
"Tranquilas, esperen ahí, el bus no demora en llegar", aseguró con voz ronca y tranquilizadora. Su voz era totalmente opuesta a su aspecto.
Ellas regresaron a esa esquina, la misma en la que habían bajado por error minutos antes. No parecía que iba a volver a llover, pero sí hacía algo de frío. El único movimiento a su alrededor era en esa tienda, pero era ajeno a ellas. Se habían olvidado de ellas. No pasaban ni autos por esa esquina, uno que otro ocasional, contados con los dedos.
Así pasó casi media hora. En eso, a lo lejos asomó lo que parecía ser un bus. Y parecía que no era un bus cualquiera. Parecía que era EL bus que se acercaba rápido. Con dudas, se alistaron para subir.
Y de repente a sus espaldas una voz ronca de hombre lanzó una voz de alerta. Se voltearon. Era el hombre que les había dicho que esperaran tranquilas. Les dijo con señas que ese era su bus.
Se subieron y ya dentro, le hicieron un gesto de agradecimiento, que el hombre les devolvió. Una sensación de protección y seguridad flotó en el aire.

jueves, 5 de mayo de 2022

Carrera matutina

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Todos los días, mi papá me levanta temprano... Ejem, en verdad, yo despierto a mis papás. La cosa es que mi papá se pone su ropa deportiva, me vista con ropa que mi mamá dejó lista en la noche y salimos a correr.
Él corre, a mí me lleva en mi coche delante de él. Vamos por unas calles bonitas cerca de la casa. Las personas que se cruzan con nosotros me sonríen. Pasamos tan rápido que no me da tiempo a contestarles, pero me gusta ver esas sonrisas.
Lo que más me divierte es un grupo grande que baila con música a todo volumen. Su ropa colorida me hace acordar a la ropa que se pone mi papá  para salir a correr. Cuando me ven, me llaman con alegres gritos. A esas alturas, ya voy medio dormido y sus saludos me despiertan. Saco la mano por el costado del coche y así sigo hasta que sus voces y la música quedan lejanas.
Veo muchos perros, de todos los tamaños y colores. Sus dueños me saludan también, y yo tengo ganas de jugar con los perros.
Cuando mi papá completa el camino, regresamos a la casa. Mi mamá nos recibe con besos y abrazos y me va preguntando a quién vi mientras me saca del coche. Son los mejores momentos de las mañanas.
(*) Inspirado en el niñito que pasa en su coche que empuja su papá, justo antes de empezar  nuestra hora de zumba y nos saluda a lo lejos.

Que este domingo tengan todos un feliz Día de la Madre.

domingo, 17 de abril de 2022

Un lindo detalle

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Abu, acabo de recibir la respuesta que estaba esperando. Me aceptaron para el ciclo que empieza en agosto.
La abuela felicitó a su nieto, su nieto mayor. Sabía que estaba esperando esa respuesta y se alegraba de saber que seguiría su brillante camino profesional.
Si había una abuela orgullosa y feliz ese día, era ella.
Faltaban tres meses para la partida del nieto, pero pasaron volando. Y dos días antes de la partida, el nieto fue a visitar a su abuela. Pasó buena parte de la tarde con ella riendo, contando historias y queriéndose mucho. Esas horas también pasaron volando.
El nieto se fue, llegó, se instaló. Varias veces al día se comunicaba con la familia, que quedó pendiente de sus noticias. Las llamadas y los mensajes iban y venían. La abuela sabía siempre cómo estaba el nieto. "Bendita sea la tecnología", se decía.
Una tarde cualquiera, sonó el timbre, La abuela recordó las visitas sorpresivas del nieto, cuando llegaba simplemente "porque estaba cerca".
"Ya volverán esas visitas", pensó, mientras iba a ver quién tocaba.
El intercomunicador le devolvió la voz de un hombre que preguntó por ella y le dijo que tenía un regalo para ella. La abuela salió y se encontró que le traían un enorme ramo de flores. Destacaban los girasoles entre flores más chicas. Recibió el pesado ramo, agradeció al hombre del reparto y entró rápido a su casa para ver la tarjeta.
Una furtiva lágrima le salto al leer la tarjeta: "Abu, te mando un motivo para sonreír. Te quiero mucho".
Misión cumplida, pensó mientras iba a buscar su teléfono.
Si había una abuela orgullosa y feliz ese día, también era ella.

domingo, 20 de marzo de 2022

¿Frejol o maíz?

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La tía Angelita tenía un arsenal inagotable de historias que aún recordamos en diversas ocasiones.
El otro día recordé el cuento de un muchacho que ella conocía en su juventud. Este chico no podía distinguir la derecha de la izquierda, y eso le había creado una cantidad increíble de problemas.
Este chico confundido entró al Ejército, y volvía locos a sus superiores por esa desesperante confusión de izquierda y derecha. Ni con paciencia, ni amenazas, ni burlas ni llamadas de atención el soldado raso acertaba cuando le decían que girara a un lado u otro.
"Si por lo menos fueras al contrario de donde te manda tu instinto, avanzaríamos algo. Pero no, ni por esas lo haces bien", le decía su superior, a veces con paciencia, más veces con hastío y casi siempre al borde de estallar.
Pese a todo, le había tomado cariño al desubicado recluta, quería darle una solución a su incapacidad de distinguir un lado del otro. Después de mucho pensar, se le ocurrió una idea. Puso frejoles en una bolsa y granos de maíz en otra. Llamó al muchacho y le dijo:
- Te voy a poner una bolsa de frejoles en el bolsillo derecho y otra con maíz en el izquierdo. Acuérdate, Frejoles-derecha, maíz-izquierda. E con E, I con I. Te lo pongo fácil para que, por fin., lo hagas bien.
Y entonces empezaron las prácticas, que cambiaron de ser "izquierda, derecha, izquierda, por maíz, frejol, maíz. O más comúnmente, "por el fréjol, por el maíz". Por fin, todo correcto.
Alegría compartida, todos felices.
Nunca supimos si la historia era cierta o si era producto de la imaginación de la tía Angelita. Es lo de menos. Lo importante es recordarla a ella y a sus historias..

jueves, 10 de febrero de 2022

Zumba en el malecón

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Desde hace un mes bailo zumba en el malecón tres veces por semana. Conocí a este alegre grupo gracias a mi práctica de yoga. A pocos metros de donde yo pasaba de una asana a otra, muchas participantes seguían el ritmo de la música contagiante. Era inevitable voltear a ver el espectáculo de alegres bailarinas.
Qué ganas de estar ahí, pero los horarios coincidían, así que había que escoger. Hasta que se dio la ocasión, y vaya que la aproveché.
Así que ahora voy tres veces por semana. Camino unos cuantos pasos y paso del yoga al zumba en segundos. Esa combinación es la mejor manera de empezar la mañana. Y al aire libre, con el mar a la vista, en alegre compañía es mejor todavía.
A las órdenes de Johana vamos a la vez, derecha, izquierda, adelante, atrás, arriba, abajo, piso, y ya cambié. Al cabo de media hora el cansancio se siente, pero la energía colectiva hace que el ánimo no decaiga. A aguantar media hora más.
Después de una hora, previo selfie con fondo marino, cada quien vuelve a casa. Menos Johana, que va rumbo a otra hora más de zumba, con una fuerza y una alegría realmente envidiables.

martes, 25 de enero de 2022

El perro yogui

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Desde hace dos meses retomé la práctica de yoga. Hace casi dos años tuve que dejarla de lado por las razones que todos conocemos. La práctica regresó con cambios, y el principal es que ya no es un espacio cerrado sino en uno de los muchos rincones que ofrece el malecón de Miraflores.
Es otra dimensión practicar yoga entre césped, con la compañía del cantar de los pájaros (y sus ocasiones indeseables regalitos), viendo pasar corredores, caminantes, paseantes, ciclistas y perros. Perros por doquier, de todos los tamaños, modelos y colores. La gran mayoría van sujetos de una correa, algunos caminan sueltos pero bien vigilados por sus amos.
Así estábamos ese día, a ´punto de iniciar la práctica. Eran las seis de la mañana, el día se anunciaba nublado en este verano que llegó con fenómeno de La Niña. Inhala, exhala, inhala exhala... y de repente un revuelo me hizo dejar de lado la meditación inicial para ver qué pasaba.
Un perrito iba decidido hacia Grecia, la instructora que acompañaba la práctica ese día. Se sentó a su lado, mirándola con cara de curiosidad. Grecia dejó de hablar y empezó a prestarle atención al inesperado visitante. Luego, el perrito se alejó de ella y corrió hacia mí. Se sentó a mi lado con total familiaridad, y con la misma familiaridad empecé a acariciarle el lomo.
Era un perro chico, bien cuidado que inspiraba cariño.
De la nada, salió disparado y se fue corriendo hacia quien presumo es su dueña.
Lo vi irse, y a pesar de haber sido una vista muy breve, quedó una sensación triste ante su partida.

miércoles, 12 de enero de 2022

Episodio en la vereda

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Ocurrió un sábado de verano.
Venía caminando por la vereda, muy cerca de mi casa. Regresaba de hacer unas compras. Iba sin prisa, mirando distraídamente a mi alrededor.
De repente delante de mí, justo por donde iba a pesar, vi que dos hombres hablaban acaloradamente. Dudé, no sabía si estaban celebrando alguna anécdota compartida o si estaban peleando. En esos segundos de vacilación, seguí avanzando y casi sin darme cuenta, llegué a estar frente a ellos.
Estaba ya frente a ellos, y aún no podía decidir si estaban peleando o no, si estaban riendo ruidosamente. Ya era tarde para ir a la vereda del frente y dejarlos con su diálogo. Además, ya era tarde porque habían dejado de hablar para mirarme.
Por un segundo, todos quedamos callados, paralizados.
Y un segundo después, a la vez, todos reaccionamos. Yo, retomé el paso, muy lentamente. Ellos, empezaron a hablar atropelladamente uno sobre otro: "adelante, pase, siga usted".
Sonreí tímidamente. Incliné la cabeza y avancé.
Di dos pasos, y a mis espaldas volví a sentir sus voces, que siguieron su acalorado intercambio en el mismo punto en el que lo dejaron cuando me vieron.
Yo también volví a caminar sin prisa, mirando distraídamente a mi alrededor.
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Como es mi primera entrada de 2022, les deseo a todos un año excelente.