viernes, 11 de abril de 2008

El chicle y la Cortina de Hierro

Mi primer contacto real con la Cortina de Hierro fue en tercer grado de primaria, cuando Monika entró a nuestro salón. Ella venía de Polonia, exactamente de Varsovia, y su familia estaba en Lima por el cargo diplomático de su papá en su embajada en el Perú. Nos hicimos amigas casi de inmediato.

Polonia... honestamente no puedo recordar si había oído ese nombre antes de conocer a Monika, pero de lo que si estoy segura es que desde esa época se me hizo muy familiar. Recuerdo el día en que Monika me contó que la historia de su país es una triste sucesión de divisiones, uniones, soberanías y más divisiones. Monika era un universo nuevo al alcance de la mano.

Recuerdo también un día de mediados de octubre de ese año, ya Polonia y yo éramos viejos conocidos, cuando tuvimos por segunda vez en un mes la elección de un Papa, que resultó ser un polaco: el cardenal de Cracovia, Karol Wojtyła. Gracias a Monika, supe que la pronunciación correcta era Woytywa, pues la letra "ł" polaca suena como una W.

También recuerdo perfectamente la visita que todos los del salón hicimos al barco polaco "Dziecki Polski" ("Niños polacos", en homenaje a las pequeñas víctimas de la Segunda Guerra Mundial... y perdonen porque ni siquiera estoy segura de haberlo escrito bien), cortesía de la Embajada de Polonia en el Perú: paseamos por la cubierta, vimos por el radar y terminamos en el comedor, donde nos esperaban bocaditos, chocolates y chicles, todo de hechura polaca. Cuando tienes 8 años, las cosas más simples pueden ser un tesoro. Para nosotros, o al menos para mí, ese día el chicle polaco fue la máxima novedad, la cereza de la torta.

Todo esto vino a mi memoria a raíz de un post de Veronica Khokhlova que traduje hace algunos meses para Global Voices Online: Chicle en la Unión Soviética. Llamó mi antención enterarme, casi 30 años más tarde, que en la Unión Soviética el chicle era prácticamente un artículo de lujo. No sé si en Polonia también, pero de haber sido así, ese memorable día de la visita al barco nuestros anfitriones nos dieron lo mejor que su país podía ofrecer a un niño: un simple chicle.

De ese post traducido, extraigo el siguiente texto:

En 1977, cuando nuestra clase estaba preparándose para la fiesta “Adiós al libro del ABC”, un grupo de visitantes franceses llegó a nuestro colegio.

[…]

Los franceses caminaban por el pasadizo, dando regalos a los niños. […] sabían muy bien qué era lo que a los niños les faltaba, qué los alejaba de ser totalmente felices. Nos faltaba chicle…

[…]

A decir verdad, algunos pueden haberlo estado extrañando, pero yo, con 7 años y medio, no lo había probado ni una sola vez […]

Sin embargo, finalmente el gran momento llegó. Los franceses estaban ofreciendo cosas sagradas a los niños. Algunos recibían almendras confitadas, otros -barras de chicle, otros más - bolitas, y otros -pequeños cubitos… Y yo recibí una extraña cosa plana que parecía una pequeña medalla, con una sonriente anciana…

Medallones de chocolate envueltos en láminas doradas no eran una novedad para mí, pero era la primera vez que veía chicle con forma de medallón. Bueno, eso lo hizo aún más interesante. Traté de rascar la lámina de la codiciada barra de chicle, pero fue en vano. Solamente cuando mis dientes crujieron de manera cruel un par de veces al tocar la pequeña medalla me di cuenta de que no era un chicle. Era una baratija con el perfil de un desconocido grabado, eso es lo que era…

Me senté impactado a lo largo de la última clase y todo el tiempo luego del colegio, y recién en la noche, cuando entré al departamento, lloré fuerte. Me lamentaba de todas las esperanzas que no se habían hecho realidad y no presté atención a los intentos de consuelo de mi padres. Y no me interesó absolutamente nada la medalla emitida para conmemorar los 200 años del nacimiento de Napoleón.

Quien cuenta esto es tvoron, blogger ruso, que probablemente debe ser de mi edad. Y una serie de sentimientos se entremezclan: para mí, comprar chicle era tan simple como ir a la bodega de doña Rosa y escoger el sabor. Esa era la única dificultad. Y jamás, hasta hace unos meses, me hubiera puesto a pensar que en un país que era una potencia mundial los niños no comían chicle.

Y hay un comentario a la historia de tvoron, firmado por multi_mouse, que me parece igualmente conmovedor:

Un paciente de mi mamá se presentó con una caja grande de chicle, y mamá me daba uno cada sábado, tras revisar mis [notas] - y solamente si cada una de las notas de la semana era una A, recibía esta alegría. […]. Pero desde el punto de vista de la salud era dañino, porque yo masticaba el chicle por tres o cuatro, y a veces hasta por cinco días, puesto que sabía que no tendría otra hasta el siguiente sábado. Y es tremendamente malo para la salud -solamente puedes masticar un chicle por media hora, una hora como mucho, y no por más de 70 horas, y terminaba poniéndose negro y derretido como celofán negro, y, casi con seguridad, convertido en algún horrible veneno.

Todo esto me hizo pensar que tal vez para Monika, nosotros también éramos un nuevo universo al alcance de la mano.

Monika y su familia regresaron a Polonia en 1981, y desde entonces no la he vuelto a ver. Hace algunos años, a su papá lo designaron Embajador de Polonia en el Perú. Un día, llamé a la embajada con la intención de que, a través de su secretaria, el embajador me dijera cómo contactar a Monika. Mi sorpresa fue enorme cuando él en persona me contestó el teléfono. Me habló amablemente en un castellano perfecto, me dijo que se acordaba muy bien de mí (bueno, hubo un tiempo en el que yo prácticamente vivía en su casa), me dijo que Monika vive en Varsovia y me dio su e-mail. Desde ahí, de vez en cuando nos escribimos, y se acuerda de todos los del salón de ese tiempo, como todos la recordamos a ella.

Gracias al azar que hizo que Monika estuviera en mi salón, trabé contacto directo con Polonia, y por eso ponía especial atención a las noticias del Sindicato Solidaridad, siempre en los titulares de esos tiempos, aunque no entendía totalmente la trascendencia de lo que ocurría por allá. Además aprendí unas cuantas palabras en polaco, de las que solamente recuerdo pan, pani y panienka (señor, señora, señorita).

Dzendobry, Monika!

PD: agradezco a Juan Arellano y a Marta Salazar por sus menciones a este post en sus respectivos blogs.

5 comentarios:

  1. What a great story – even if I probably missed the subtleties of the language through the google translation.

    Any plans to visit Poland?

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  2. Hi Polandian:
    Just feel free to ask about those language subtleties. I'd be glad to help you.
    And yes, I'd love to visit Poland. Who knows?
    ;)

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  3. la verdad la goma de mascar o la cortina de hierro como la llamas tu es muy buena, lástima que cause tantos daños a nuestra dentadura!

    gracias por la visita...

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  4. Hola, Gabriela,

    Me encantó tu historia, sencilla y conmovedora. Yo soy traductora de idioma inglés, universitaria, y puedo decirte que jamás me aburro en mi actividad. Traduzco películas y libros en una gama amplísima de temáticas, y no paso un solo minuto de aburrimiento. Te invito a visitar mi sitio, www.avlt.com.ar, donde hablo de la genial profesión del traductor. También los invito a todos los que pasen por este blog y por esta historia, pero quieran saber más sobre el quehacer del traductor.
    Un abrazo,
    Luisa Lassaque

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Gracias por leerme... y más aun por dejarme tu tarjeta de visita. Nunca sabemos hasta dónde nos puede llevar la blogósfera.