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Como dicen las reglas del lugar, no puede entrar al salón de baile con los zapatos que se usan en la calle. Al llegar, todos deben descalzarse y entrar con medias o con calzado especial como el que se usa en el ballet.
Pero esto no es ballet. Lo que practican aquí son bailes en parejas, bailes de salón. Lo de bailar descalzos es además una protección contra los pisotones.
De su casa fue caminando al lugar. No tenía prisa, tenía tiempo. Iba con ropa cómoda, remataba el atuendo con unas sandalias que reciben el nombre de chancletas, chanclas o chalas según el país.
Dejó su calzado en los casilleros habilitados para tal fin a la entrada del salón de baile. Una vez adentro, se puso sus zapatos especiales tipo ballet. Apagó su teléfono y esperó a ver con qué estilo los sorprendía la profesora y quién sería su pareja ese día, muy decidida a disfrutar el baile y nada más.
Así pasaron dos horas. Dos horas que volaban. Volaban las horas mientras sus pies se deslizaban al ritmo de la música, atenta siempre a los pasos, a los giros, a las indicaciones de la profesora. Unas veces todo salía bien. Otras, no tanto. La diferencia la hacía la pareja, si el elegido bailaba tan bien como ella, el resultado era perfecto.
Pero nunca se dejaba frustrar por una pareja torpe. Ella iba a pasarlo bien.
Se acercó a donde se dejaban los zapatos. Como siempre, un pensamiento cruzó su mente: "¿y si alguien se había llevado sus zapatos por error?", pensamiento que siempre terminaba descartado pues sus zapatos estaban ahí, esperándola.
Cuando se agachó a buscarlos, no los vio. Revisó en todos los casilleros, por si alguien los hubiera movido de lugar.
Nada.
Preguntó en la oficina si los había dejado ahí, aunque sabía que la respuesta sería no.
Y fue no.
Esperó a ver si los veía en pies ajenos.
Nada.
Se resignó a ponerse el último par que quedó solitario. Se parecían a sus sandalias, pero no eran. Ni siquiera eran de su tamaño.
Por más que averiguó, por más que preguntó, por más que esperó su calzado nunca apareció.









