![]() |
| Imagen |
Desde hace casi cinco meses, tres veces por semana, mi día empieza muy temprano. Y por muy temprano me refiero a antes de las seis de la mañana. Sea invierno o verano, el nuevo día recién se anuncia con sus sonidos e imágenes habituales. Y con sus personas habituales.
En la mayoría de casos, es fácil ver cuál es sel destino de esas personas habituales o al menos qué van a hacer. Pero en otros, es un misterio.
Como el señor del paradero.
Desde varios metros antes lo veo, sentado casi sin moverse en el paradero que está a una cuadra de mi casa. Se podría pensar que espera uno de los tantos buses que pasan por ahí y que a esa hora circulan con poca gente y casi sin prisa.
Era lo que pensaba.
Casi sin proponérmelo. empecé a prestar atención para saber qué bus tomaba. En el trecho que hay desde que lo veo hasta que paso por donde está sentado pasan varios buses. Y él no se sube a ninguno. Ni siquiera los mira, no le interesan. Simplemente está sentado ahí, mirando la calle desinteresadamente, sin prisa, sin apuro. Sin mover más que la cabeza de un lado al otro.
Siempre se sienta en el extremo izquierdo del paradero, apretado en un pequeño espacio, como si no tuviera más lugar para escoger. Como si tuviera que resignarse a compartir la banca con otros pasajeros que pueden llegar en cualquier momento.
Pero nadie llega.
Uno de tantos días, no lo vi. No estaba. Miré en todas las direcciones posibles. Nada. El señor del paradero no estaba.
Confieso que me dejó intrigada y preocupada.
La siguiente vez que pasé por ahí, ya estaba sentado en su sitio de siempre. Puntual como ya me tiene acostumbrada. Temo que nunca sabré qué pasó el día de su ausencia.
Como temo que nunca sabré qué espera, a quién espera.
Es una historia inconclusa.
-----------------
Te invito a leer mi más reciente artículo publicado en Global Voices, sobre un pueblo con un reto curioso, interesante y saludable.







