viernes, 8 de octubre de 2021

Sorpresa en el hotel

Hotel
Raquel se despertó con sueño, siempre se despertaba con sueño. Se obligó a levantarse y ponerle buena cara al día. Tenía la sensación de algo bueno. No lo podía definir, pero ahí estaba.
Entró puntual al hotel en el que trabajaba haciendo la limpieza de los cuartos. Ni conocía las caras de los huéspedes, entraba cuando ellos ya se habían ido. Y si se los cruzaba en algún pasadizo, a ella casi no la veían.
No importaba. Ella hacía su trabajo y aunque era agiotador, lo hacía con cariño. Le gustaba dejar los cuartos bien ordenados, deshacer el caos que los turistas dejaban todos los días.
"Si yo me fuera de vacaciones, también dejaría todo desordenado, para variar de las obligaciones diarias", se decía mientras hacía magia con sus manos. Y es que hacía magia, en un segundo sacaba las arrugas de las sábanas, desaparecía los papeles regados en el suelo, doblaba las toallas en el baño y reponía los frasquitos.
Después de hacer magia en un cuarto, salió y pasó al siguiente. Casi como una máquina, infalible y mecánica.
Al abrir la puerta, el desorden la golpeó sin aviso. A pesar de que ya estaba acostumbrada, ese desorden la impresionó. Puso manos a la obra de inmediato, aunque no sabía por dónde empezar.
Sobre una silla vio una caja. "Claro, con este desorden ni cuenta se dieron y se olvidaron de esto", pensó ,mientras se acercaba a la caja. Debía dejarla en la Administración, por si los huéspedes la reclamaban.
Al tenerla en la mano, vio que había una nota escrita a mano pegada con cinta adhesiva: "Gracias por mantener nuestro cuarto ordenado y limpio. Perdón por nuestro desorden. Como compensación le dejamos un dulce de nuestro país para que lo disfrute con quien más quiera".
Se quedó sin palabras, paralizada de asombro. A la máquina infalible le tomó un buen rato reponerse.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Perfumes y canciones en taxi

Me llegó esta historia, que publico acá con la autorización debida.
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Salí temprano de casa y tomé un taxi para ir a realizar un trámite. Mientras íbamos avanzando, el taxista, un señor gordo y muy sonriente, me dijo de pronto: señora, reconozco su perfume. Y me dijo el nombre correcto. Y agregó el nombre exacto de la única tienda donde la venden.
Me quedé muy sorprendida porque esa colonia es poco conocida, no se encuentra en farmacias ni centros comerciales y efectivamente, hay que ir a buscarla a un lugar especial.
Cómo sabe eso, le pregunté. Porque tengo buen olfato, me dijo. Ah, y también tengo buen oído, agregó. Mire, yo he tocado con Paco de Lucía. Luego, en un celular buscó y dejó escuchar una guitarra como la del famosísimo guitarrista español del flamenco. Vi la imagen y el que tocaba era el taxista, con menos años de edad.
El hombre me siguió contando. También he tocado con Avilés (considerado el mejor guitarrista de música criolla peruana). Volvió a buscar en el celular y comenzaron las inolvidables notas de esos valses que están en el ADN de todos los peruanos. Con ese especial acompañamiento, el taxista se puso a cantar y yo, por supuesto, me contagié del entusiasmo musical y canté también el vals que tocaba la guitarra del gran Óscar Avilés.
Así, en un viaje totalmente fuera de lo común, con sorprendente conversación y buena música, llegó el taxi a mi destino. Terminó el viaje, nos despedimos y vi partir al señor gordo muy sonriente y agitando la mano. Una mañana gris que se pintó de perfumes y canciones.
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Imagen de Freepik.

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Boleto multiusos

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El otro día recordé una incidente del que fui testigo de excepción hace algunos años.
Ocurrió en un bus. Regresaba a mi casa una tarde cualquiera, un trayecto que había hecho muchas. No era hora punta, así que el bus no estaba lleno. Eso me permitía ver libremente a los pasajeros que estaban al otro lado del pasillo.
Iba una mujer sentada sola al lado de la ventana. El asiento a su costado iba vacío. De repente, un señor que acababa de subir se sentó ahí. Ambos se saludaron con un leve movimiento de cabeza, casi imperceptible, y cada uno siguió con lo suyo.
Al poco rato, vi que el señor se quitaba los anteojos y que intentaba limpiarlos con el boleto que acreditaba que había pagado al subir al bus. Era una tarea inútil, esos boletos tienen un tamaño mínimo y son de un papel nada adecuado para la limpieza que el señor pretendía. 
Pero él no se dejaba vencer por el papelito. Lo tomaba de un lado, intentaba limpiar, y nada. Lo tomaba por otro lado, en diagonal. Tampoco lograba limpiar. Desde donde yo estaba, me daba la impresión de que más ensuciaba los vidrios con los dedos.
Todo complicaba su empeño.
Hasta que la mujer que iba a su costado volteó a ver y se percató de la situación. Primero no se limitó a mirar, pero luego de un momento, hurgó en su cartera. Tomó un paquetito, sacó de ahí un pañuelo de papel y se lo dio al señor sin decir una sola ´palabra.
Sin decir una sola palabra, el hombre recibió el pañuelo descartable. Por fin pudo limpiar sus anteojos sin problema. Se guardó el pañuelo en el bolsillo y continuó su viaje tranquilo.
Unos paraderos más adelante, la mujer se levantó de su asiento y se preparó para bajar. El señor se levantó también, le dejo libre el camino y se luego ocupó el asiento que había quedado libre al lado de la ventana.
Una vez en la calle, la mujer volteó a ver el bus. Desde dentro del bus, el hombre volteó a ver la calle.
Simultáneamente, ambos levantaron la mano en señal de saludo.
Finalmente, el bus avanzó.
Me bajé en el siguiente paradero, sonriendo por lo que acababa de ver.

domingo, 8 de agosto de 2021

El encuentro soñado

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Un día se dio cuenta de que ya no tenía compañía. No sabía en qué momento se había quedado sola, pero esa era la realidad.
Tras tanto tiempo de andar juntos por la vida no se acostumbraba a un viaje en solitario. Pero se resignó, no podía hacer nada más. Y a cada momento volvían los recuerdos y los pensamientos.
No podía imaginar el revuelo que se formó en torno a la desaparición, pero aunque lo hubiera notado no le hubiera importado. Su desconcierto era mayor, no tenía espacio para tribulaciones ajenas.
Pasó tiempo en un encierro incierto, sin ver la luz del día casi nunca, salvo ocasionales y brevísimos momentos luminosos. Esta rodeada de otros, pero cada quien iba con su pareja, mientras ella estaba sola.
¿Qué pasó? ¿A dónde fue?
Y así pasaron los días, quién sabe cuánto tiempo pasó. Soñaba con el encuentro, se imaginaba el día en que volverían a ser dos... ¿llegaría ese momento?
De repente vino uno de esos raros chorros de luz. No le impresionaban. Pero esa vez pasó algo inesperado. La alzaron, algo que no pasaba en mucho tiempo. La sacaron del cajón, no entendía nada. Y de repente sintió ese calor conocido, una sensación reconfortante la recorrió. La espera acabó.
¡Había aparecido la otra media del par disparejo!