domingo, 8 de agosto de 2021

El encuentro soñado

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Un día se dio cuenta de que ya no tenía compañía. No sabía en qué momento se había quedado sola, pero esa era la realidad.
Tras tanto tiempo de andar juntos por la vida no se acostumbraba a un viaje en solitario. Pero se resignó, no podía hacer nada más. Y a cada momento volvían los recuerdos y los pensamientos.
No podía imaginar el revuelo que se formó en torno a la desaparición, pero aunque lo hubiera notado no le hubiera importado. Su desconcierto era mayor, no tenía espacio para tribulaciones ajenas.
Pasó tiempo en un encierro incierto, sin ver la luz del día casi nunca, salvo ocasionales y brevísimos momentos luminosos. Esta rodeada de otros, pero cada quien iba con su pareja, mientras ella estaba sola.
¿Qué pasó? ¿A dónde fue?
Y así pasaron los días, quién sabe cuánto tiempo pasó. Soñaba con el encuentro, se imaginaba el día en que volverían a ser dos... ¿llegaría ese momento?
De repente vino uno de esos raros chorros de luz. No le impresionaban. Pero esa vez pasó algo inesperado. La alzaron, algo que no pasaba en mucho tiempo. La sacaron del cajón, no entendía nada. Y de repente sintió ese calor conocido, una sensación reconfortante la recorrió. La espera acabó.
¡Había aparecido la otra media del par disparejo!

miércoles, 30 de junio de 2021

Encuentro matutino

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Hace poco más de un mes, esperaba para comprar el pan de cada día en la esquina de mi casa. Se acercó un señor al que ya había visto en varias ocasiones en la misma espera, nos saludamos y él se lanzó a conversar. Y de la nada, me dio una receta muy fácil para un pollo con miel y dos ingredientes más. Tomé nota mental con la idea de anotarla después.
No era una receta difícil y estaba segura de que la recordaría.
Pero cuando me decidí a anotar, solamente podía recordar la miel además del pollo. "Eso pasa por no anotar de inmediato", me recriminé. Solo recordaba que, además de la miel, había otro ingrediente que empezaba con M. "Ojalá lo vuelva a encontrar para preguntarle", pensé.
Así pasaron varias semanas y casi olvidé el incidente.
Hasta que un día estaba en la misma esquina esperando para comprar el pan y llegó el señor. Nos saludamos y de la nada arrancó a contarme de una caída que había tenido hace diez días cuando iba en bicicleta. Que el piso estaba mojado por la lluvia, que perdió el control porque las llantas resbalaron, que por apoyar el pie en el piso mojado se deslizó por la pista, que logró poner la mano en la pared, que como estaba mojada se deslizó. En resumen, el hombre cayó con todo y bicicleta.
Ahí noté que no movía el brazo derecho. Y siguió hablando. Que fue a tomarse una radiografía, que el técnico lo obligó a levantar el brazo, cosa que le es imposible todavía por los golpes. De algún modo lograron hacer las placas y ya estaba en tratamiento.
Mientras dudaba si pedirle o no la receta, llegó el pan. Cada quien compró el suyo y yo emprendí el regreso. Él se quedó ahí sin moverse.
Había avanzado unos pasos cuando me dije "no", y regresé donde el hombre.
- Hace un tiempo usted me dio una receta de pollo con miel que...
- Ah, sí, ¿la hiciste?
- No porque no me acuerdo. Era pollo con miel y lo demás me olvidé.
- A ver, es fácil: en una fuente, pones el pollo y le echas mantequilla...
- ¿Lo embadurno?
- Eso, justo, lo embadurnas- me dijo, mirando al cielo como quien agradece por haber encontrado una palabra olvidada.
Siguió con las indicaciones: luego se vierte sobre el pollo una mezcla de miel, kion y mostaza. "Bingo", esa era la M que no recordaba, pensé.
Y para terminar, se espolvorea un poco de sal, no te vayas a olvidar de la sal. Y al horno, hasta que el pollo esté doradito.
Regresé a la casa y de inmediato me dispuse a anotar la receta.
En cualquier momento me animo y como pollo a la miel con mostaza.

sábado, 22 de mayo de 2021

La monedita

Había una vez un muchacho que era joven cuando el siglo XX era joven. Vivía con su abuelita, y aunque tenían apenas lo justo, lo cierto en que nunca les faltó nada.
El muchacho, a quien llamaremos Pablo, iba puntal todos los días al colegio, muy tempranito. En su ciudad de la selva todo era cerca, a todos sitios se podía ir caminando sin problemas.
Un día, iba Pablo al colegio repasando las tablas de multiplicar muy concentrado. Las había estado estudiando todo el día anterior, las repetía como una cantinela. Pero a veces dudaba y debía empezar de nuevo.
Esa mañana algo rompió su concentración. Un brillo en el suelo. Curioso como era, fue a ver de qué se trataba. Tuvo que rascarse los ojos porque no daba crédito a lo que veía. ¡Una moneda! Y no había nadie cerca, así que no tenía a quién dársela. Dudó, no sabía qué hacer. Nunca antes se había encontrado una moneda en la calle.
Rápido, como si estuviera haciendo algo malo, se la metió al bolsillo. La sacó para volver a mirarla. Empezó a imaginar todo lo que podría comprarse ese mismo día.
Pero... no podía hacer eso. Su abuelita se esforzaba mucho para que él comiera y tuviera ropa buena para ir al colegio. No podía gastársela así.
Pero era SU moneda. Se la había encontrado. Lo justo era que la gastara en algo para él.
Tampoco podía llevarla al colegio, alguien podría encontrarla y tal vez se la quitaría
¡El colegio! Vio que se hacía tarde, así que buscó un escondite. Vio un  hueco en una pared y ahí metió la moneda. La tapó bien con hojas y plantas. Ya la rescataría al volver a casa. Para ese momento ya sabría qué hacer con la moneda.
Se pasó el día entero soñando con lo que iba a comprar. Ya había decidido no decirle nada a su abuelita. Total, no le hacía daño con no decirle.
Al a salida del colegio fue casi corriendo al escondite. Ni recordaba las tablas de multiplicar en ese momento.
Al llegar vio su improvisado escondite distinto. El corazón se le paralizó. Se acercó casi sin poder respirar. Sacó las hojas que había puesto para tapar el hueco.
La moneda no estaba. No había nada. Nada de nada.

jueves, 22 de abril de 2021

El precio inverosímil

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Hace algunos años, un amigo abogado me contó una historia que recordé el otro día. Aunque me suena a leyenda urbana, creo que vale la pena contarla acá.
Un hombre quería comprar un auto. No pretendía un auto nuevo, su capital era más bien limitado. Así que buscaba autos usados en buen estado con pocos años de uso y a precio razonable. Se pasaba los fines de semana mirando los anuncios en un diario grande de su ciudad, pero nada le convencía. Y cuando algo lo convencía, tenia un precio que excedía su presupuesto.
Así se pasó varios días, sin mucho éxito. Hasta que vio un anuncio que le llamó la atención: "Vendo auto alemán con menos de 500 km a USD500".
El anuncio no tenía teléfono, solamente una dirección. Aunque pensó que era un error, que al precio le faltaban por lo menos un cero, decidió ir a ver el auto. No le quedaba lejos de casa, así que no perdía mucho.
Llegó a la dirección indicada. Era un elegante casa que alguna vez había observado al pasar por ahí. Tocó el timbre, y por el intercomunicador dijo que iba a ver el auto en venta:
"Un momento", le contestaron.
Tras muy poca espera, abrió la puerta una señora muy elegante y distinguida que lo invitó a pasar. El hombre le comentó que iba a ver el auto, a pesar del error en el precio que aparecía en el anuncio.
- No es un error -dijo la elegante señora, mientras le indicaba por dónde debían seguir.
Llegaron al auto. Era un auto alemán, casi sin uso, hasta olía a nuevo. Viendo la cara de intriga del hombre, la señora siguió hablando:
- El precio no es un error, hay una razón para que sea tan bajo. Pero primero revise el auto, a ver si le interesa.
El hombre revisó el auto, entró, se sentó en el asiento del chofer, lo encendió, probó la radio, las luces, los limpiaparabrisas. Ya se veía recorriendo las calles con ese auto perfecto. Clao que le interesaba.
Salió y se reunió con la vendedora, que lo invitó a sentarse para conversar.
- Imagino que tiene gran curiosidad por el precio.
- Pues, sí. La verdad es que no lo entiendo.
- El asunto es muy simple. Mi esposo falleció hace algunos meses, poco después de haberse comprado este auto. En su testamento dejó establecido que había que vender este auto y entregarle hasta el último centavo del producto de la venta a su amante.
Ahora el hombre estaba sorprendido e intrigado.
- Comprenderá usted que mi reacción inicial fue de asombro, luego rabia. Y ya más tranquila decidí lo que debía hacer. Como mi obligación era cumplir con la última voluntad de mi esposo, acá me tiene vendiendo el auto. A la señorita le entregaré el dinero que usted me entregue, menos los gastos de trámite, por supuesto. Eso no saldrá de mi bolsillo. ¿Sigue interesado en comprar el auto?
La venganza puede ser muy dulce a veces.