El hombre regresó a casa esa tarde de sábado. Estaba con sus dos hijos, una niña de diez años y un niño de tres. Se había quedado a cargo de sus hijos pues su esposa estaba fuera de la ciudad por un asunto familiar.
Los tres habían pasado un día muy especial. Salieron temprano, almorzaron en un sitio que eligieron entre todos. La comida fue un poco accidentada, todo lo accidentada que puede ser una comida con un niño pequeño. Nada grave, nada que echara a perder el buen ánimo y las ganas de estar juntos.
Después quisieron ir al cine, pero debieron descartar la idea porque no lograron ponerse de acuerdo sobre qué película ver. Antes de aguantar caras largas, el hombre prefirió irse a un parque cercano a su casa donde los niños pudieran jugar y cansarse un rato. Sobre todo el más chico.
Cuando ya era evidente que el día se estaba convirtiendo en noche, emprendieron el regreso a casa. Salieron del auto, los niños corrieron a la puerta del departamento ansiosos por entrar rápido. El hombre los siguió a pocos pasos.
Al llegar a la puerta, el hombre metió la mano al bolsillo para sacar la llave de la casa. No la encontró. Buscó en los demás bolsillos. Nada. Volvió a buscar en todos los bolsillos, pero no encontró la llave. Entonces, como un chispazo, se le vino a la mente la llave, su llave, en la mesa de la sala de estar. En sus idas y venidas antes de salir, al ver la llave en la mesa pensó repetidamente: "mejor me meto la llave al bolsillo de una vez, no vaya a ser que me la olvide".
Era evidente lo que había pasado. Al salir no se dio cuenta, la señora que los ayuda en la casa casi acababa de llegar y se iba a quedar haciendo los quehaceres. Por eso, en ese momento, el hombre no se dio cuenta de que no tenía la llave porque no cerró con llave. Simplemente cerró.
Se volteó hacia sus hijos para contarles la situación en la que estaban. La niña se preocupó, el niño solamente entendió que no iban a poder entrar a la casa un rato.
Padre e hija empezaron a pensar en soluciones. La mejor opción sería llamar a un cerrajero que aplicara su arte para abrir la puerta sin la llave, pero ¿dónde encontrarían un cerrajero un sábado casi a las siete de la noche?
Otra opción era llamar a la señora que los ayuda en la casa para decirle que iban a su casa a recoger la copia que ella tiene. La señora no vive precisamente cerca, pero a grandes males, grandes remedios. Pero esa opción quedó descartada cuando la señora le dijo que ella no tenía la llave nueva, que la suya era para la cerradura que tenían antes.
De repente, el hombre vio un tenue rayo de luz al final del túnel. Recordó algo. Sin dar explicaciones, les dijo a sus hijos que lo siguieran.
Los tres llegaron al auto, el hombre muy seguro, los niños sin entender nada. Por primera vez renegó de su decisión, que más de uno había cuestionado, de tener sus llaves separadas. De haberlas tenido juntas se hubiera dado cuenta esa mañana antes de partir de que no tenía la llave de la casa. Que solamente tenía la del auto. Y lo hubiera solucionado rápidamente.
Pero no debía pensar en eso ahora.
Se aferró a su tenue rayo de luz al final del túnel. El día que cambiaron la cerradura de la puerta de entrada, él sacó dos copias adicionales de la llave nueva. En la confusión de ponerse las llaves nuevas en el bolsillo, una se cayó debajo del asiento del conductor. Por más que buscó y rebuscó en ese momento, no logró encontrar la llave. Y decidió dejar la búsqueda para más adelante.
Les dijo a sus hijos: "busquemos bien por todos lados del auto, debajo de las alfombras, debajo de los asientos, en todas las ranuras. La solución a nuestro problema está aquí".
Con una calma que lo sorprendió, entre bromas y risas de sus hijos, entre canciones para no perder el buen humor, miraron por todos los resquicios del auto... hasta que encontraron la llave.
No hace falta decir que desde ese día, el hombre lleva un solo llavero en el bolsillo, con llaves de auto y casa juntas.
