miércoles, 4 de marzo de 2015

Crónicas de viaje: El día más largo

Después de una semana inolvidable en Cebú, llegó el momento de emprender el camino de vuelta.

El camino de ida comenzó un domingo en la noche en el aeropuerto de Lima, aunque el vuelo partía en los primeros minutos del lunes. Después de tres aviones distintos, más de 24 horas en el aire sin contar las esperas en otros tantos aeropuertos, finalmente llegué a Cebú un martes a la medianoche... aunque con los trámites migratorios se puede decir que llegué el miércoles de madrugada.

Fue a mi regreso que viví el día más largo de mi vida. No lo digo en un sentido metafórico, ni simbólico. Realmente fue el día más largo.

El lunes siguiente, una camioneta nos llevó del hotel donde estuvimos hospedados en Cebú al aeropuerto. Éramos como diez personas las que tomaríamos el mismo vuelo madrugador que nos llevaría a Tokio, desde donde cada uno emprendería diferentes rutas hasta sus respectivos destinos finales.

El avión partía a las 8:00 am del lunes, así que el recojo fue a las 5:30 am. Nos reunimos en el vestíbulo del hotel, todos con la cara soñolienta por el poco dormir y porque todavía nuestro horario estaba sintonizado con nuestro lugar de origen. Juntos partimos hacia el aeropuerto.

Cumplidos los trámites migratorios y el tiempo de espera, el avión despegó a tiempo. El vuelo de cinco horas nos llevó directamente a Narita, el enorme aeropuerto de Tokio. Ahí fue donde nos separamos pues a partir de ese punto, cada uno tenía diferentes rutas.

Casi dos horas después, cerca de las 11:00 am del lunes, abordé el avión que me llevaría a la siguiente etapa de mi itinerario, a Houston, en Texas. Este vuelo tenía una duración programada de once horas, tres menos de las que tomó el vuelo de ida.

Después de no sé cuántas películas, entre estrenos, clásicos y otros cuantos títulos que de otro modo nunca hubiera elegido, aterrizamos en el Aeropuerto Intercontinental George Bush de Houston. Era pasada la 1:30 pm... del mismo lunes. Ese vuelo había empezado once horas antes, a las 11 am de Tokio. Entré a Estados Unidos cuando los relojes del aeropuerto me indicaban que solamente habían pasado dos horas.

Once horas de vuelo que se convirtieron en apenas dos en los relojes. Casi me sentía como Eleanor Arroway de la película "Contacto".

Cerca de las cuatro de la tarde del mismo lunes me subí al último avión de mi larga travesía de vuelta. Luego de lo que me pareció un vuelo corto en un gran avión relativamente vacío aterricé finalmente en el aeropuerto de Lima, a las 11:00 pm del lunes. Estaba en casa.

Fue un largo día, que transcurrió entre aviones, aeropuertos, esperas, viajeros, despedidas, colas, películas, controles de seguridad, que empezó a las 5:30 am de un lunes y terminó casi 30 horas después, a las 11:30 pm de ese mismo lunes. Ese fue el día más largo de mi vida. Que nadie me vuelva a decir que un día no puede tener más de 24 horas.

jueves, 26 de febrero de 2015

Crónicas de viaje: Ir al baño en Asia

Cuando se está de viaje es común encontrar diferencias en cosas que hacemos todos los días. Si eso pasa hasta al viajar entre ciudades de un mismo país, las diferencias son mucho mayores cuando se va de un continente a otro.

Hace poco más de un mes estuve una semana en la ciudad filipina de Cebú. Además, para llegar hasta ahí, tuve que hacer un cambio de avión en el aeropuerto de Narita, en Tokio.

Grande fue mi sorpresa cuando entré a un baño en el aeropuerto al llegar a Tokio y descubrir un apoyabrazos, casi como los que hay en el cine.

Fue inevitable tomar una foto
Cómo no va a despertar curiosidad
Hay controles para poner música que sirva de inspiración y también para ocultar ruidos incómodos. Otro control pone el asiento a una temperatura agradable y no me animé a probar los otros. Me sentía casi en un episodio de "La dimensión desconocida".

Uno de los baños que usé en Cebú fue otra historia. En ese caso, no era la cantidad de controles, sino las gráficas recomendaciones que estaban pegadas en la puerta.

De todas, fue la primera línea la que llamó mi atención. Dice: "Siéntate como una reina (dibujito que muestra cómo se sienta una reina), no como un sapo (dibujito que muestra cómo se sienta un sapo)".

Honestamente, nunca me he sentado, ni intentado siquiera, sentarme como un sapo. No conozco a nadie que se siente así al ir al baño. Es más, jamás se me hubiera ocurrido que alguien se pueda sentar como un sapo. En mi caso, siempre como una reina.

Lo que sí encontré fue un inodoro con cara de sapo.

Quién me hubiera dicho que hasta las costumbres para ir al baño cambian tanto de un lugar a otro. Todo esto también despertó la curiosidad de mi amiga Laura.

viernes, 20 de febrero de 2015

Crónicas de viaje: Estampas de Cebú

El jeepney avanza por las calles de Cebú, en Filipinas. Es domingo en la mañana. El alegre grupo que colma los asientos del singular medio de transporte siente como una aventura el breve recorrido, mientras mira una carrera de maratonistas dominicales sudar la gota gorda.

Una mujer está echada en la calle, al borde de la vereda. Parece ser el lugar donde duerme habitualmente. La alegre algarabía de voces políglotas se apaga en cuanto pasa por su costado. La mujer los mira, silenciosa, inexpresiva, por unos segundos. Después se da la vuelta y pone la cara hacia la pared.

Hay un gentío sin precedentes a las afueras de un templo de Cebú. La visita papal es un reciente acontecimiento que todos guardan en sus memorias. No olvidemos que estamos en el país con mayor cantidad de católicos en el continente asiático, así que la concurrencia es sorprendente. Ni el tremendo calor les impide ejercer su fe.

Una fila interminable de personas espera un taxi a la entrada de un centro comercial. La cola crece a cada segundo, los taxis aparecen cada varios minutos. El evidente desbalance entre personas y taxis hace que el proceso sea lento y desesperante. La cosa se pone peor cuando empieza a llover, aunque felizmente no dura mucho.

En un centro comercial, los caleidoscópicos pasillos se multiplican sin cesar. Es fácil perderse de vista y un segundo basta para alejarse del grupo de acompañantes. De todas maneras, el lugar no es grande, así que un sonoro grito basta para que el grupo se reúna sin problemas. El regateo está a la orden del día. En menos de 24 horas, los cálculos de moneda toman apenas segundos. Son datos imprescindibles para decidir si la compra se realiza o no se realiza.

jueves, 12 de febrero de 2015

Crónicas de viaje: Todo sea por esa sonrisa

Al día siguiente de llegar a Cebú, nos dimos cuenta de que teníamos que tener algo de moneda filipina. Todos los que viajamos teníamos dólares en el bolsillo, pero poco se podía hacer con esos billetes en las tiendas locales.

No era tan fácil encontrar lugares donde cambiar la moneda. Acostumbrada a como estoy a que en el Perú sea sumamente sencillo hacer esa operación en todos los bancos, en casas de cambio y hasta en la calle con cambistas autorizados y debidamente identificados con chalecos característicos y credencial de la municipalidad, se me hacía raro tener que sortear tantas complicaciones para cambiar mis dólares.

Los bancos prestan ese servicio exclusivamente a sus clientes, y además solamente hasta el mediodía. El hotel en el que estábamos alojados no cambiaba dólares, las tiendas aceptan pagos únicamente en pesos filipinos. La solución era una casa de cambios, que no ponen restricciones.

Felizmente, había una casa de cambios prácticamente frente a nuestro hotel. Así que fui con mi amiga Laura. Cruzamos la pista, que es toda una aventura, incluso para una limeña que ha debido aprender a sortear casi sin renegar a choferes y peatones que no distinguen el verde del rojo. Nótese el "casi" de la frase precedente.

Llegamos a la casa de cambios y atendieron a Laura primero. Cuando ya estaba en mitad de mi operación, la oí hablar con alguien que le contestaba en un tono tan bajito que no lograba entender lo que le decía.

Cuando me di la vuelta ya para irnos, vi que el interlocutor de Laura era un niño de unos siete años. Iba vestido con ropa raída, el pelo alborotado y sucio, con un calzado que prácticamente eran suelas muy gastadas. Ahí logré escuchar que el niño le pedía plata para comprar un chocolate, de los que vendían en la misma casa de cambios.

El niño nos había visto con efectivo, obviamente las dos éramos turistas. Pienso en el tiempo que le habrá tomado reunir el valor para acercarse a Laura.

Ella le dijo que le indicara qué chocolate quería, y el niño se lo señaló sin decir nada. Preguntamos el precio, y sin que mediara palabra entre nosotras, cada una compró un chocolate y se los pusimos en las manos que con inocencia infinita el pequeño ya tenía extendidas hacia nosotros.

Sin decir nada, agarró sus chocolates y se fue corriendo muy rápido con las dos manos llenas, quizá temiendo que el momento fuera una fugaz ilusión. Esa sonrisa que lo iluminó todo alrededor habló más que si hubiera dicho "gracias" mil veces.