viernes, 2 de marzo de 2012

El modular, o cuando la palabra no cuenta

A propósito del post anterior reproduzco, con el debido permiso, un texto publicado en el ahora lejano 1993. Aprovecho para contarles que la casa ya no parece zona de desalojo gracias a otro maestro que completó lo que el otro dejó de cualquier manera.
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El modular

Esta es una historia verdadera. Cualquier semejanza con hechos similares ocurre a cada rato.

Germán soñaba con un mueble modular para colocar sus libros, televisor, VHS, un equipo y algunos adornos. Corría diciembre de 1991 cuando se le presentó un carpintero sin trabajo que le contó su triste historia: esposa enferma y tres hijos sin pan.

Germán se sintió tocado por el espíritu navideño y, como tenía algún billete, decidió encargar el modular de sus sueños al carpintero desocupado, de nombre Abel. Hicieron el trato: de 500 soles quedaron en 300, con un adelanto de 250 soles para compra de materiales, por aquello del alza de los precios. Germán desocupó y pintó su sala y esperó iniciar el nuevo año con su nuevo, moderno y funcional modular.

Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y don Abel no volvía. Desesperado, Germán fue a buscarlo una y otra vez; al principio, don Abel le daba mil pretextos; después, la esposa enferma y los hijos sin pan comenzaron a negarlo y a tratar a Germán con desprecio; finalmente, el propio carpintero desocupado le dio una respuesta insolente: “denúnciame pues”, a sabiendas de que nadie haría un juicio largo y costoso para recuperar 250 soles.

Germán acudió a la Policía, donde lo trataron muy cortésmente, pero le informaron que requerían de una orden judicial para proceder.

Llegamos a febrero de 1993, y los libros de Germán están en una caja, el equipo en una mesita incómoda y los parlantes en el suelo; el televisor y el VHS en la casa de su mamá.

Germán esta pensando en hacerse justicia con sus propias manos, es decir, en convertirse en Caín y golpear con un fierro en la cabeza a Abel. Pero lo hemos convencido de que con eso no ganará nada y sólo conseguirá ver el sol a cuadritos. Al verlo tan descorazonado, hemos pensado en hacer una colecta o una función de beneficio pro modular.

Pero la pregunta es ¿qué hacer? ¿Podrá alguna vez Germán recuperar su dinero? ¿Tendrá alguna vez su modular? Esperamos sugerencias.

Expreso, 6 de marzo de 1993.
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martes, 28 de febrero de 2012

Cuando la palabra no cuenta

Desde hace una semana, la sala de mi casa parece zona de desalojo. Los muebles están arrimados para un lado, la alfombra mal enrollada por otro, la mesa por cualquier sitio. Y el piso está con el parquet colocado a medias.

Todo se remonta a mediados de diciembre último, en que la terma de la casa se malogró y derramó todo su contenido. Si bien la situación fue caótica, no se pareció en nada a lo vivido por Cyrano un poco antes. Aun así, se produjo un descalabro que terminó con un cambio de terma al día siguiente.

Poco a poco, el parquet en dos partes determinadas de la casa se empezó a levantar. Una de esas dos partes está en el paso de la cocina al comedor, por donde se camina muchas veces al día. La otra está debajo de un sofá por donde no se camina nunca.

El hecho es que el estropicio era cada día más evidente, hasta que fue menester llamar a alguien que lo arreglara. Al preguntar a diversas personas, la respuesta era la misma: ya nadie usa parquet, ahora se usan pisos laminados. Está bien que el laminado sea el preferido de los constructores, pero no creo que eso haya hecho desaparecer a los expertos en parquet.

Por recomendación de un amigo, encontré a un maestro en parquet. En el Perú, llamamos maestro a los expertos en un oficio. Luego de una llamada telefónica, el maestro prometió ir a ver y evaluar la situación en ese momento, pues por coincidencia esta muy cerca de la casa. Efectivamente, llegó a los diez minutos, hizo un rápido análisis y dio un precio bastante razonable. Quedamos en que empezaría el trabajo el lunes y terminaría el miércoles.

El lunes, no hubo noticia del maestro. Su teléfono no contestó en todo el día. Llegado el martes, el maestro apareció cariacontecido, excusándose en que su teléfono se había malogrado y que lo habían llamado para un trabajo urgente. Retiró las piezas de parquet que se habían despegado, aplicó un líquido en el piso y dijo que regresaba al día siguiente para terminar. Mientras tanto, se iba secando ese líquido de olor fuerte que había aplicado.

El hombre no regresó ni llamó a presentar excusas el miércoles, ni el jueves, ni el viernes. El sábado llamó a repetir casi las mismas explicaciones de días anteriores y a confirmar que el lunes iba a terminar el trabajo "de todas maneras". Le dije que ojalá no volviera a tener otro inconveniente, que ojalá que no se le volviera a malograr el teléfono, que ojalá fuera puntual. Aseguró que ahí estaría a las 8 de la mañana.

Para no aumentar el suspenso, el hombre no solamente no volvió sino que ya ni siquiera contesta el teléfono. Ni siquiera al amigo que lo recomendó, que injustamente se siente muy mal por todo esto.

Mientras tanto, la sala de la casa sigue pareciendo zona de desalojo.
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domingo, 19 de febrero de 2012

Estampas callejeras

Una muchacha llora desconsolada sin hablar, mientras sostiene el celular a la altura de la oreja. El interlocutor habla sin que lo interrumpan. ¿Estará la muchacha escuchando razones que acarrean decisiones definitivas? ¿Estarán dándole explicaciones que ella preferiría no escuchar?

Un conocido publicista que no tiene un pelo de tonto cruza la avenida miraflorina de doble sentido aunque el semáforo le indica que debe esperar todavía 15 segundos más. Pasa al costado de alguien que lo mira con evidente desaprobación y que debe contenerse las ganas de gritarle "¡este santo no!"

Una mujer, harta de que su vecino le deje la basura en la puerta, pone un cartel en el poste de luz que está frente a su casa. Cada día, un cartel distinto. Se puede interpretar que al vecino le importa un reverendo pepino el papel de la mujer y que no solamente lo arranca y lo rompe, sino que sigue dejando su basura en donde le han pedido, siempre en tono educado, que no la deje.

Un niño pequeño, acompañado de una mujer adulta, cruza la pista subido en su triciclo. Cuando va a la mitad de su recorrido, ve que a lo lejos viene un carro. El niño mira hacia adelante y hacia atrás. Tiene dos opciones: o sigue rápido y llega a la vereda del frente o retoma sus pasos y regresa por donde vino. Opta por lo segundo, pero por precaución, se baja del triciclo y lo jala hasta estar de nuevo en lo que considera puerto seguro. El carro que motivó su decisión voltea una cuadra antes de llegar a donde está el niño con su triciclo.

Un cartel pegado en un poste incluye la foto de un gato que parece fino. Es un anuncio de recompensa a quien encuentre la mascota perdida pocos días antes. A mano, ayudado por la letra de algún bromista, el gato dice: "je, je, por fin conseguí mi libertad".
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viernes, 10 de febrero de 2012

Frases frecuentes

Algunas frases que se repiten o repetían con frecuencia en series que veo o veía.

Sé lo que están pensando. Y tienen razón.
Thomas Magnum en Magnum P.I.

No sé a qué te refieres con eso.
Temperance Brennan en Bones.

¡Heyyyy!
Arthur Fonzarelli, Fonzie, en Happy days.

Arreando, que es gerundio.
Antonio Alcántara en Cuéntame cómo pasó.

¡Oye, rubia!
David Addison en Moonlighting.

Me encanta cuando un plan se realiza.
Coronel Hannibal Smith en The A Team.

Las coincidencias no existen.
Leroy Jethro Gibbs en NCIS.

Confía en mí. Sé exactamente lo que hago.
Inspector Sledge Hammer en Sledge Hammer.

Oh, por Dios... ¡Magnum!
Jonathan Quayle Higgins en Magnum P.I.

¡Newman!
Jerry Seinfeld en Seinfeld.

Presunto... presunto estafador.
Neal Caffrey en White collar.

¡Ay Señor, Señor!
Abuela Herminia en Cuéntame cómo pasó.
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