jueves, 21 de octubre de 2010

Orgullos

Una niña corre feliz de acá para allá. Recibe la atención de todo el mundo. Hay ojos que solamente están puestos en ella. Está a punto de cumplir tres años y casi empieza a ser consciente de lo que significa ser la dueña del santo.

Por un segundo, aparece un adolescente. Ya tiene sus propias prioridades y un cumpleaños infantil no está en el primer lugar de la lista. En cambio, no tiene problemas en bailar y cantar, con un micrófono, delante de un montón de personas, sin sentir un ápice de vergüenza.

Más allá, la mamá de la pequeña dueña del santo. Ha preparado todo con mucho amor durante días. Al verla, es fácil recordarla sentada durante horas en una pequeña carpeta amarilla, haciendo interminables tareas escolares.

Sentada por otro lado, una mujer admirable, que siempre conservó la serenidad hasta en los momentos más duros y difíciles. Ha estado en tres actividades diferentes durante la mañana, y aun así tiene una sonrisa de cálida bienvenida para todos los asistentes.

Finalmente, sentada entre personas amigas, otra mujer valiente. Valiente y admirable. Tanto que no hay palabras adecuadas para describirla. El resto es silencio.

Desde algún lado, dos tocayos lo miran todo.

Orgullos...
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Isobel leyó la versión de Verde que salió en Rammenas y escribió un post al respecto.



jueves, 14 de octubre de 2010

Amarillo

Había una vez un carro amarillo. Había venido directamente de Alemania, en un tiempo en que Alemania se decía en plural y había que usar otras dos palabras para ser completamente precisos. El nombre del carro amarillo sonaba como a toro, y su modelo era un número y una letra.

Eran pocos los carros parecidos a este carro amarillo. Su orgulloso dueño lo compró nuevecito.

Hay que reconocer que no siempre fue amarillo. Antes había tenido un color incierto, más oscuro que un simple amarillo. Pero tampoco llegaba a ser anaranjado. Un avisado dijo alguna vez que el color era amarillo subido.

Tenía sus peculiaridades el carro amarillo. A veces se trababa al momento de tratar que la palanca se quedara fija en el retroceso. En esas ocasiones era inútil discutir con él: era cosa de levantar el capote, bajar del carro amarillo, buscar los engranajes respectivos y darles un jalón. Asunto arreglado. Pero eso no pasaba siempre. Dependía del buen humor del carro amarillo.

Otra peculiaridad era su bocina ronca y sonora. Es que al carro amarillo le gustaba destacar, no solamente por ser diferente a casi todos los carros que circulaban a su lado por las calles. También le gustaba destacar por su bocina ronca y sonora. Inconfundible, y nunca más escuchada.

Hasta que un día el carro amarillo se fue. En un momento de dificultad, se convirtió en un fajo de billetes. Otras manos lo manejaron. Otras manos aprendieron a conocer y a apreciar sus peculiaridades. Y a renegar de ellas también, seguramente.

Ojalá no se haya molestado el carro amarillo. Ojalá haya sabido entender que no fue fácil dejarlo partir.

Se le vio pocas veces después. Seguía siendo el carro amarillo con su placa llena de ochos. Y aunque tenía nuevas marcas, parecía que reconocía a quien lo miraba asombrado.

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1. El sitio web Rammenas ha publicado una versión en inglés del post Verde.
2. Imposible no emocionarse con las imágenes del rescate de los 33 mineros chilenos. Toda una hazaña de principio a fin. Bien por ellos, por sus familias, por todos los que participaron en el más que asombroso rescate.

jueves, 7 de octubre de 2010

Domingo electoral

El domingo 3 de octubre, los peruanos elegimos a los alcaldes, regidores y presidentes municipales que asumirán sus nuevas funciones el 1 de enero de 2011.

La campaña ha sido realmente desgastante, disgustante y hartante. Al punto que existe mucho recelo sobre cómo será la campaña presidencial del próximo año.

Pero para eso falta.

Por lo pronto, ese domingo electoral me dejó un buen sabor. Tuve la idea de ir a votar relativamente temprano. A eso de las 10:30 am... por eso lo de relativamente temprano.

Experiencias pasadas me hacían temer largas colas y desorden. Por eso, me sorprendió no encontrar nada de eso. Todo lo contrario. Ubiqué mi mesa de sufragio muy rápido, gracias a un clarísimo cartel ubicado en la entrada del colegio. Llegué al salón donde estaba ubicada mi mesa. No había cola. Voté en menos de 2 minutos. De ahí fui al baño a tratar de limpiarme un poco la tinta indeleble con que nos manchan el dedo. Otra cosa sorprendente: el baño estaba limpio. Otros años... mejor no detallar cómo lo encontraba.

No sé cómo habrá sido con otras personas, pero al menos mi experiencia fue buena esta vez.

He sido miembro de mesa más de una vez. Es uno de los pocos sorteos en los que no me gusta ver mi nombre. Pero debo admitir que una vez en el sitio, la experiencia es aleccionadora. Hasta divertida por momentos. De todas maneras, considero que luego de tres veces como miembro de mesa, dos de ellas como presidenta (la primera en pleno tiempo en que los chicos malos hacían de las suyas), es momento de darles la oportunidad a otros.

El día estaba como me gusta: frío y húmedo. Decidí regresar caminando. La foto que acompaña este post es de mi camino de regreso, en la vía peatonal de la Av. José Pardo. Calles tranquilas, sin aglomeraciones.

Dos reflexiones finales y una alegría.

Los limeños nos hemos portado como si las elecciones solamente se refirieran a Lima. Casi nos hemos olvidado de que esto era un proceso a nivel nacional. No es nada justo para con los peruanos que viven fuera de la capital.

Es bueno siempre confirmar el lugar de votación. Esta vez fusionaron muchas mesas, y era muy fácil averiguarlo en la página web del ente rector de nuestras elecciones. Fue mi caso, pues mi mesa se había fusionado y terminó incluida en otra. Mucha gente no hizo la verificación. Se confió en eso de "voto en el sitio de siempre" y tremendo chasco se llevaron cuando no encontraron su mesa en el lugar de siempre. A esas alturas, ponerse a buscar es de locos.

Finalmente, el candidato de mi distrito no fue reelecto.
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1. Les invito a leer mi post sobre el tema publicado en Global Voices, en inglés y en castellano.
2. Hoy me desperté con la primicia de que Mario Vargas Llosa es el Premio Nobel de Literatura 2010. Una excelente noticia para el Perú y la literatura en castellano en general. Ver mi post en Global Voices, en inglés y en castellano.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Rojo

- ¿Y? ¿Ya encontraste a tu esquiva princesa?
- No...

Antonio estaba arrepentido de haberle contado a su hermano lo que pasó ese día, hacía casi tres semanas. Ya estaba hecho y no lo podía deshacer. Ahora estaba resignado a aguantar sus burlas. En realidad, eso no le importaba tanto como encontrar a la esquiva princesa, como la había bautizado Ricardo.

Tres semanas antes, Antonio había salido a comprar a la bodega. Un repentino antojo de un chocolate lo hizo levantarse de donde estaba sentado, hojeando el periódico sin muchas ganas. Tomó unas monedas del lugar habitual en el siempre había monedas y caminó la breve cuadra que separaba su casa de la bodega de la esquina.

Sabía exactamente qué chocolate quería, pero de todas maneras paseó la vista por la parte del mostrador donde estaban expuestos todos los chocolates. En realidad buscaba uno con nombre de una ciudad italiana, con alegre envoltura roja, pero la fábrica lo había descontinuado hacía años sin ninguna explicación. Sin justificación además, porque era el chocolate más delicioso que su memoria guardaba.

En fin, se dijo, y escogió otro de envoltura roja, de sabor igualmente muy agradable. Pagó y salió.

Y ahí ocurrió.

Ella. La esquiva princesa, sentada en el asiento del copiloto de un carro rojo. Curiosamente, vestida con una casaca también roja, aunque de tono diferente al del carro. Antonio recordaba la secuencia como en cámara lenta. Fue todo muy rápido. Ni siquiera tuvo tiempo de sentirse como un tonto con el chocolate en la mano y la boca abierta, que fue como estaba en el preciso instante en que la esquiva princesa lo vio. Eso quedó para después. En ese fugaz lapso, ella se lo quedó mirando una fracción de segundo, y le sonrió en una fracción de esa fracción de segundo.

Antonio no atinó a nada. En el último instante, justo cuando el carro volteaba la esquina, su cerebro despertó. Dio una mirada a la placa, y apenas alcanzó a ver los números: 149. Un carro rojo como miles de Lima, cuya placa terminaba en 149.

Llegó a su casa como en una ensoñación, sin ser muy consciente de lo que hacía y decía. Era la única explicación que tenía para haberle contado todo a Ricardo. Eso no importaba ya.

Lo único importante era encontrar el carro rojo. Antonio no creía que fuera muy difícil. Total... sabía la marca y el modelo del carro. No tenía las letras de la placa, pero si tenía los números. ¿Cuántos carros con esa característica podía haber por ahí? No creía que muchos. Pondría manos a la obra.
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Qué poco amigable es la edición en línea del Diccionario de la Real Academia Española. Si uno se equivoca al escribir la palabra que busca, aunque sea por una letra, lo único que aparece un mensaje que dice "la palabra no existe". Otros diccionarios brindan una muy útil lista de sugerencias con palabras que se escriben de manera parecida.