miércoles, 23 de septiembre de 2020

El título esquivo

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Tenía la imagen en la cabeza, pero no podía recordar el título de la serie.
¿Cómo no podía recordar el nombre de esa serie cómica? Un abogado joven, de familia acomodada, muy elegante, muy serio de esos que se dice que lo tiene todo. Una muchacha de familia nada tradicional, hija de hippies, muy locuaz y alegre, de esas que se dice debió luchar por todo lo que tiene. Hasta puede ver a los personajes: él es alto, de pelo oscuro que peina con raya al costado, casi nunca se ríe; ella es rubia, bonita, siempre sonríe.
Caramba, ¿cómo se llama esa serie? Hasta se acuerda de que el título son los nombres de los dos protagonistas: "Tal y Cual" o "Cual y Tal", el orden de los factores no altera el hecho de que no se acuerda el título. Solamente recuerda que el nombre de ella era raro, único y por eso mismo difícil de recordar.
Eran como el agua y el aceite, tan distintos como el día de la noche, pero se querían. Se adoraban.
Hay alguien que se acordaría. Con lo fácil que sería llamarlo y preguntarle. Él lo sabría, Él lo sabía todo.
"Ay, a ver si me das el nombre de esa serie". Sabía que la respuesta a la pregunta llegaría pronto en el momento más inesperado.
Aunque dejó de pensar en el asunto, de rato en rato la pregunta sin respuesta volvía. Ni siquiera san Google podría ayudar, no sabía cómo formular la pregunta o qué palabras buscar.
Al día siguiente, ordenando cajones y muebles llenos de papeles, encontró un periódico de hace unos meses. Estaba abierto en la página del crucigrama... y ahí estaba la foto de la serie cuyo título no podía recordar.
Ahí estaban, ella sonriendo feliz, él muy serio.
Y ahí el título, en grandes letras mayúsculas: "Dharma y Greg".
Su respuesta llegó pronto en el momento más inesperado.

Dharma y Greg

domingo, 23 de agosto de 2020

El niño y el taxi

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Era un día especial, la abuela había invitado a almorzar al nieto. Iban más personas, pero el niño de diez años era el invitado de honor.
Desde temprano, la abuela se dedicó a cocinar el plato favorito del invitado, desde la entrada hasta el postre. Los demás invitados sabían quién era la estrella y nadie lo discutía.
Cerca del mediodía, sonó el teléfono pero la abuela no tuvo necesidad de contestar, su hija estaba más cerca. Unos minutos después, la hija se acercó a la cocina y le trajo la novedad: había llamado la mamá del nieto, que por motivos de trabajo estaba fuera de su casa, en otro punto de la ciudad. Estaba tan lejos que si iba de ahí a su casa para recoger al nieto para luego ir juntos a la casa de la abuela iban a llegar muy tarde. Así que le había pedido a un taxista de toda su confianza que recogiera al niño y lo llevara a casa de la abuela, y que calculaba que ella llegaría casi al mismo tiempo que el niño en el taxi.
La abuela reaccionó inmediatamente:
- Ni hablar, yo voy a recoger a mi nieto y lo voy a traer.
La hija le dijo que eso no tenía ningún sentido, que si la mamá del niño había pensado en esa solución era porque sabía que no habría problema, que confiara que todo estaría bien. Además, le hizo ver que entre ir y venir todo se retrasaría y sería peor.
La abuela se resignó y regresó a la cocina. Sabía que mandar al niño con un taxista conocido era la mejor decisión, pero no pudo evitar preocuparse. Su único pensamiento estaba en el niño, esperaba que llegara pronto y bien. Tan concentrada estaba en eso que casi se le quema lo que tenía en el horno.
Después de media hora interminable, sonó el timbre. La abuela se apresuró a abrir y suspiró aliviada cuando el niño entró tranquilo, ajeno a las preocupaciones de su abuela, con una pelota bajo el brazo. Saludó y fue corriendo al patio del fondo a jugar un rato hasta que lo llamaran a almorzar.
Al poco rato, llegó la mamá del niño, que corrió a saludarla. Cuando vio la pelota, la mamá preguntó:
- Hijito, ¿esa no era la pelota que estaba desinflada?
- Sí. Le pedí al taxista que fuéramos a inflarla. Él mismo se bajó, la infló y me la dio --contestó el niño con una sonrisa ufana.
La abuela y la madre del niño se miraron, sin pronunciar palabra se dijeron lo mismo: "y yo preocupada por todo el asunto".

miércoles, 5 de agosto de 2020

Ronquidos

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Pedro y Ana llevan casados más de 20 años. Tienen tres hijos, les gusta su trabajo, tienen una buena rutina y se puede decir que son felices. Y es que son felices.
Según Pedro, el único defecto de Ana es que es muy renegona. Según Ana, el mayor defecto de Pedro es que ronca mucho.
Una noche cualquiera, una noche muy fría, todos en la casa se fueron a dormir. Cada uno había tenido un buen día y les esperaba una jornada llena de actividades al día siguiente.
Alrededor de las dos de la mañana, Ana se despertó sobresaltada. Un ruido fuerte la asustó. Se sentó de un golpe en la cama con el corazón latiéndole muy rápido. Pero el susto le duró poco cuando descubrió que el ruido no era más que Pedro y sus ronquidos.
Se levantó y fue al baño, tomó un poco de agua y regresó a la cama. En todo momento, los ronquidos de Pedro la acompañaron. Tenía la esperanza de que al sentirla levantarse, Pedro se movería un poco y dejaría de roncar.
Vana esperanza.
Se metió en la cama e intentó volver a dormir. Cada vez que sentía que se quedaba dormida, los ronquidos en su oreja aumentaban en volumen y le regresaban al estado de vigilia completa.
Vio la hora, 2:45 a.m. Tenía poco más de media hora tratando de dormir a pesar del concierto nocturno que había en su dormitorio. El ciclo se repitió todo el resto de la noche, justo cuando agarraba el sueño, un renovado ronquido la sacudía.
- Qué envida, ya quisiera dormir así aunque sea una vez en un año bisiesto.
Poco antes de las seis de la mañana se dio por vencida. Se levantó dispuesta a enfrentar el nuevo día. Previo paso por el baño, fue a la cocina y empezó a preparar todo para el desayuno. Le gustaban esos momentos en que veía y oía cómo el barrio despertaba.
Casi una hora después, Pedro se apareció´para tomar desayuno. Saludó, se sirvió café y se sentó a la mesa:
- ¿Cómo amaneciste? -le preguntó a Ana.
Estuvo tentada de decirle que desvelada gracias a él, pero se abstuvo.
- Bien, pensando en las cosas que hay por hacer hoy, preparada para una nueva jornada. ¿Y tú? ¿Listo para el nuevo día también?
- Pues muy mal. Me pasé la noche en vela, no pegué ojo ni un minuto. Algo que comí ayer debe haberme caído mal. Perdí la cuenta de las veces que fui al baño. ¿No te diste cuenta?
😡😠

martes, 14 de julio de 2020

Regálaselo al cosmos

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Rocío trabaja en una empresa grande, pero desde sus tiempos de estudiante ganaba una platita extra con la venta de diversos artículos. Desde hacía tres años vendía cremas humectantes para distintos tipos de piel que se identificaban por el color del frasco.
Sus principales clientas eran sus amigas del trabajo. Empezó como algo chico, con las más cercanas, y poco a poco se corrió la voz y tuvo más compradoras. Hasta varios hombres se animaron a comprar sus cremas. Había ocurrido lo que le anunciaron cuando aceptó emprender la venta de un producto nuevo, y ahora la crema se vendía sola.
El procedimiento era casi siempre el mismo, como una escena ensayada. Se acercaban a su escritorio, la llamaban a su anexo o le mandaban mensajes a su celular con la pregunta "¿tienes crema azul?", o el color que fuera.
La forma de pago podía variar, a veces le entregaban el dinero en la mano, a veces le hacían una transferencia. Muy pocas personas le decían: "te pago a fin de mes". Aunque esa forma de pago era la que menos le gustaba, debía reconocer que nunca nadie la había dejado sin el pago puntual.
Pero para todo hay una primera vez.
Llegó el día en que se acercó a Rocío una trabajadora nueva, le habían dicho que las cremas de Rocío eran excelentes y quería probarlas. Algo no le sonó bien a Rocío, pero decidió descartar el pensamiento y atender a su nueva clienta. Se les fue casi toda la hora del almuerzo entre preguntas, consultas y demostraciones, y al final la nueva clienta se llevó dos cremas:
- Por favor, dame tu número de cuenta para hacerte una transferencia. Hoy mismo te hago llegar el pago.
Pasó ese día y el siguiente, y recién ahí Rocío se acordó de revisar si efectivamente le habían hecho el depósito. Comprobó que no, y se consoló con la idea de que en dos días les tocaba cobrar el sueldo y que ese día vería el pago en su cuenta.
Una semana después, no había pago alguno. Y así pasó durante todo el mes siguiente.
Con el pasar de los días, su pensamiento cambió de "debí haber hecho caso a mi percepción inicial, no debí haberle dado nada a crédito a alguien que no conocía", a "ya lo recuperaré en algún momento".
Tres meses después, ya casi había olvidado el asunto. Hasta que llegó el día en que dijo: "Cosmos, te regalo ese dinero, tú sabrás a quién mandárselo de mi parte".
Y simplemente se olvidó de todo. Tampoco supo más de la deudora, por ahí se enteró de que la habían transferido a otro local de la misma empresa. Le deseó lo mejor, de todo corazón. Repitió el mensaje del regalo al Cosmos y siguió con su vida.
En esos meses, vendió cremas como nunca. Tuvo que pedirle el doble de lo habitual a su proveedor, y se agotó todo.
Un día, caminando por la calle, vio un lo que parecía ser un pedazo de papel. Más de cerca vio que no era un simple papel, era algo abultado. Se agachó a recogerlo pensando que era importante y recién ahí vio que era un sobre doblado en dos mitades.
Lo levantó, lo examinó y para ver si tenía alguna indicación del dueño, pero no había nada. Lo abrió, ya movida por la curiosidad y vio que contenía billetes. Miró por todos lados, tal vez todavía estaba por ahí quien había perdido el dinero, pero no había nadie hasta donde alcanzaba su vista. Caminó hasta la esquina, no había nadie. Las calles estaban inusualmente vacías.
Recién ahí se animó a contar el dinero. No era mucho, tampoco era poco. Agradeció su buena suerte, guardó el sobre en el bolsillo y siguió el camino a su casa.
Pasos más adelante se dio cuenta: lo que había en el sobre era exactamente lo que meses antes le había dejado de pagar la trabajadora nueva que luego desapareció.