lunes, 14 de diciembre de 2020

Una simple historia

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El sábado pasado fui a un supermercado al que no iba desde hacía muchos meses. Es una tienda grande en la que se puede encontrar de todo, desde comida hasta electrodomésticos, pasando por ropa y artículos de escritorio... y con precios bastante razonables.
Lo primero que se ve tras cruzar la entrada es la sección de televisores. Los más grandes están adelante, encendidos y mostrando sus mejores colores. Literalmente.
Es imposible no quedarse unos segundos mirando los televisores y echar un vistazo a los precios.
En eso estaba ese sábado cuando vi que una señora estaba bastante más adelante que yo mirando el televisor más grande. Estaba absorta, y para nada atenta a su alrededor. Ya me adelantaba para empezar mi compra cuando pasó a mi lado una pareja.
También se quedaron mirando los televisores. También se pararon delante del más grande, junto a la señora que ya estaba ahí, y comenzaron un diálogo:
- Así es el nuestro -dijo él.
- ¡No! Ya quisieras -contestó ella entre risas.
- El próximo será así -replicó él.
En ese instante, la primera señora se volteó hacia ellos y sonriendo les dijo:
- Realmente les deseo eso, y más.
La pareja rio algo nerviosa, luego ambos sonrieron abiertamente y a la vez dijeron:
- Muchas gracias.
Me sentí privilegiada de haber presenciado una simpleza tan grande.

viernes, 4 de diciembre de 2020

El transeúnte educado

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Cuenta la leyenda que una muchacha llegó de su ciudad de provincia a estudiar en la capital. Venía llena de recomendaciones maternas de no confiar en nadie, de no hablar con desconocidos, de tener cuidado qué le decía a quién y una serie de recomendaciones de una madre que quedaba preocupada ante la partida de su hija mayor.
La muchacha, a quien llamaremos Pilar, consiguió trabajo en un colegio. Así pasaba sus días, trabajaba en el colegio en la mañana y estudiaba en la universidad por la tarde.
Como era lógico, al poco tiempo tenía un buen grupo de amigas. Casi todas eran provincianas también. Se conocían de sus clases en la universidad y de la pensión en donde muchas vivían. Todas eran muchachas que habían partido de sus lugares de origen con dirección a la capital para "forjarse un mejor futuro".
Ya casi habituada a la vida capitalina, Pilar ya prácticamente había olvidado la larga lista de recomendaciones que le dio su mamá antes de su gran viaje. Por ejemplo, devolvía el saludo que todos los días le daba un señor muy elegante con el que se cruzaba mucho por la calle, cerca de la pensión donde vivía.
- Buenos días, señorita.
- Buenos días, señor.
Pilar nunca pensó nada malo de ese saludo y de su respuesta. Ella simplemente devolvía la cortesía de un amable señor. Y es que le resultaba conocido, pero no sabía de dónde.
Un día, caminaba con una amiga cuando se cruzaron con el elegante caballero. Y como cada vez que se cruzaban, vino el intercambio de saludos:
- Buenos días, señorita.
- Buenos días, señor.
Al ver eso, la amiga la recriminó, le dijo que no debía ir saludando por la calle a cualquiera que se cruzara con ella. Y así fue que Pilar decidió no saludar más al señor.
Pero se le hacía conocido, estaba segura de que ya había visto esa cara.
Llegó el día de cobro de su trabajo en el colegio. Como era una escuela pequeña, el cobro se hacía en una agencia bancaria cercana. Así el colegio no se complicaba con ese trámite.
Se acercó Pilar a la ventanilla cuando le tocó su turno. Mientras buscaba su documento para identificarse con el encargado del pago, una voz familiar la saludó:
- Buenos días, señorita.
¡Con razón se le hacía conocida la cara del señor amable que la saludaba cada vez que se la cruzaba en la calle!
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Por razones técnicas, este blog ha estado un poco callado últimamente. Resueltos los problemas, la intención es retomar las publicaciones con más frecuencia.
 

martes, 24 de noviembre de 2020

Ya son 13

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En este año loco, este blog cumplió 13 años. Y así seguirá, cumpliendo años y apagando velitas. Gracias por estar ahí.

lunes, 26 de octubre de 2020

"Dice que no está"

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Recordé una historia graciosa que me contaron hace tiempo.
Una señora, a quien llamaremos Sara, tena en una casa bastante grande con muchas habitaciones. Es que Sara alquilaba alojamiento para estudiantes, y la casa era ideal para que todos estuvieran cómodos.
Todo era armonía en la casa de Sara, pero las cosas se podían complicar cuando sonaba el teléfono. Nadie sabia quién estaba en casa, quién había salido, quién contestaba. Eso cuando se tenía suerte y el teléfono no daba ocupado por horas... a veces por dejarlo mal colgado.
Como es de suponer, todo esto ocurría antes de la invasión de ese invento llamado teléfono celular, que es cada vez menos teléfono y cada vez más cerebro.
Sonaba el teléfono y comenzaba el desorden:
- Por favor, ¿está Juan Pablo?
- Un ratito, voy a ver.
"¡Juan Pablo! ¡Juan Pablo!", el sonido de la voz se hacía más lejano a cada paso de quien buscaba a Juan Pablo.
Si había mucha suerte, el interfecto estaba en casa y contestaba el teléfono. Si había poca suerte, el interfecto no estaba y si no había nada de suerte, no solamente no estaba en casa sino que nadie le decía después que lo habían llamado. Pero lo más habitual era que quien contestara la llamada simplemente se olvidara y dejara en la mayor intriga a quien buscaba a Juan Pablo.
De todas las historias relacionadas con el caos telefónico en casa de Sara, la peor fue una que hizo que todos se pusieran en orden.
Sonó el teléfono, y quien llamaba tuvo la suerte de no encontrar el teléfono ocupado y de que le contestaran la llamada bastante rápido.
- Por favor, ¿está Juan Pablo?
- Un ratito, voy a ver -respondió un atento muchacho.
El muchacho que contestó la llamada se cruzó con Sara:
- Sara, llaman a Juan Pablo.
- No está, se fue a clases temprano. Toma el recado y anótalo en los papeles que hay ahí.
Con mucha diligencia, el muchacho que contestó tomó el teléfono y dijo:
- Oye, dice que no está.
- ...