sábado, 1 de septiembre de 2018

La llave

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El hombre regresó a casa esa tarde de sábado. Estaba con sus dos hijos, una niña de diez años y un niño de tres. Se había quedado a cargo de sus hijos pues su esposa estaba fuera de la ciudad por un asunto familiar.

Los tres habían pasado un día muy especial. Salieron temprano, almorzaron en un sitio que eligieron entre todos. La comida fue un poco accidentada, todo lo accidentada que puede ser una comida con un niño pequeño. Nada grave, nada que echara a perder el buen ánimo y las ganas de estar juntos.

Después quisieron ir al cine, pero debieron descartar la idea porque no lograron ponerse de acuerdo sobre qué película ver. Antes de aguantar caras largas, el hombre prefirió irse a un parque cercano a su casa donde los niños pudieran jugar y cansarse un rato. Sobre todo el más chico.

Cuando ya era evidente que el día se estaba convirtiendo en noche, emprendieron el regreso a casa. Salieron del auto, los niños corrieron a la puerta del departamento ansiosos por entrar rápido. El hombre los siguió a pocos pasos.

Al llegar a la puerta, el hombre metió la mano al bolsillo para sacar la llave de la casa. No la encontró. Buscó en los demás bolsillos. Nada. Volvió a buscar en todos los bolsillos, pero no encontró la llave. Entonces, como un chispazo, se le vino a la mente la llave, su llave, en la mesa de la sala de estar. En sus idas y venidas antes de salir, al ver la llave en la mesa pensó repetidamente: "mejor me meto la llave al bolsillo de una vez, no vaya a ser que me la olvide".

Era evidente lo que había pasado. Al salir no se dio cuenta, la señora que los ayuda en la casa casi acababa de llegar y se iba a quedar haciendo los quehaceres. Por eso, en ese momento, el hombre no se dio cuenta de que no tenía la llave porque no cerró con llave. Simplemente cerró.

Se volteó hacia sus hijos para contarles la situación en la que estaban. La niña se preocupó, el niño solamente entendió que no iban a poder entrar a la casa un rato.

Padre e hija empezaron a pensar en soluciones. La mejor opción sería llamar a un cerrajero que aplicara su arte para abrir la puerta sin la llave, pero ¿dónde encontrarían un cerrajero un sábado casi a las siete de la noche?

Otra opción era llamar a la señora que los ayuda en la casa para decirle que iban a su casa a recoger la copia que ella tiene. La señora no vive precisamente cerca, pero a grandes males, grandes remedios. Pero esa opción quedó descartada cuando la señora le dijo que ella no tenía la llave nueva, que la suya era para la cerradura que tenían antes.

De repente, el hombre vio un tenue rayo de luz al final del túnel. Recordó algo. Sin dar explicaciones, les dijo a sus hijos que lo siguieran.

Los tres llegaron al auto, el hombre muy seguro, los niños sin entender nada. Por primera vez renegó de su decisión, que más de uno había cuestionado, de tener sus llaves separadas. De haberlas tenido juntas se hubiera dado cuenta esa mañana antes de partir de que no tenía la llave de la casa. Que solamente tenía la del auto. Y lo hubiera solucionado rápidamente.

Pero no debía pensar en eso ahora.

Se aferró a su tenue rayo de luz al final del túnel. El día que cambiaron la cerradura de la puerta de entrada, él sacó dos copias adicionales de la llave nueva. En la confusión de ponerse las llaves nuevas en el bolsillo, una se cayó debajo del asiento del conductor. Por más que buscó y rebuscó en ese momento, no logró encontrar la llave. Y decidió dejar la búsqueda para más adelante.

Les dijo a sus hijos: "busquemos bien por todos lados del auto, debajo de las alfombras, debajo de los asientos, en todas las ranuras. La solución a nuestro problema está aquí".

Con una calma que lo sorprendió, entre bromas y risas de sus hijos, entre canciones para no perder el buen humor, miraron por todos los resquicios del auto... hasta que encontraron la llave.

No hace falta decir que desde ese día, el hombre lleva un solo llavero en el bolsillo, con llaves de auto y casa juntas.

viernes, 24 de agosto de 2018

"Ese nombre existía"

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El abuelo materno vivía en una ciudad lejana y venía de visita de vez en cuando. En esas visitas, el abuelo aprovechaba para reunirse con diversas personas relacionadas con su trabajo en su ciudad lejana.

No era tan lejana la ciudad, en verdad, pero a los cinco años, todo lo que no está prácticamente a la vista está lejos.

Uno de los nombres que el abuelo repetía muchas veces en sus visitas de la ciudad lejana era el de Carrera Paz. Cuántas veces lo habrían oído decir al abuelo que se iba a reunir con Carrera Paz, que había hablado por teléfono con Carrera Paz, que Carrera Paz le iba a mandar unos papeles.

Siempre Carrera Paz, nunca solamente Carrera. Nunca otra manera de referirse a ese misterioso doble nombre que no fuera Carrera Paz.

Carrera Paz...

Así pasaban los días de las visitas del abuelo materno, entre almuerzos familiares, paseos a diferentes partes de la ciudad, conversaciones con amigos que no se veían con mucha frecuencia porque vivían lejos y menciones interminables a Carrera Paz.

Un día, el papá y el abuelo materno salieron juntos. Era un binomio natural a sus ojos de cinco años, era normal que el papá llevara al abuelo materno a hacer sus gestiones, que eran parte de las razones por las que venía de visita.
- ¿No quieres venir con nosotros? -preguntó el papá.

La respuesta no vino con palabras, sino con una rápida carrera hacia la puerta. Tres personas salieron juntas, papá, abuelo materno y una figura pequeñita entre los dos hombres. Qué bien se sentía caminar de la mano de esos hombres grandes, poderosos, que siempre tenían la respuesta a sus preguntas.

Se subieron al carro, y se dirigieron a un lugar impreciso. A los cinco años no se sabe los nombres de las calles ni direcciones, uno simplemente va a donde lo llevan los adultos que conforman su mundo y en los que confía ciegamente.

De repente, el papá detuvo el auto en una calle estrecha, una calle que ahora recuerda antigua pero bonita. El abuelo materno se bajó por el lado del pasajero mientras decía:
- No me demoro.
- No hay problema, don Pablo. Acá lo esperamos.

El abuelo materno se bajó y desde el asiento de atrás dos ojitos curiosos lo siguieron en cada paso. De repente, el abuelo materno tocó el timbre en una casa de puertas muy altas que debajo del timbre y de la placa con la dirección decía en letras enormes:
JOSÉ CARRERA PAZ
Representante comercial

"Ese nombre eran dos apellidos. Ese nombre existía", se dijo con fascinación. Una fascinación que hasta ahora le hace estremecerse cuando recuerda el momento.

martes, 7 de agosto de 2018

El smoking

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La gran final del concurso de belleza se iba a realizar en un teatro de la capital y sería transmitida a nivel nacional. El joven presentador de televisión fue designado para ser el maestro de ceremonias, y ya se habían ensayado todos los detalles. Con ese fin le enviaron a su casa el smoking que debía vestir la noche de gala.

Llegada la fecha, y con el tiempo necesario para ir al teatro, el joven presentador de televisión comenzó a acicalarse. Sacó el smoking de la caja, la camisa blanca con la pechera adornada, el fajín de seda para la cintura y la corbata michi. Pero al momento de vestirse observó algo extraño: los dos lados de la camisa tenían ojales y ningún botón. Buscó por todos lados, no había botones en la caja. No podía imaginar cómo se cerraba una camisa que tenía solo ojales en los dos lados de la pechera.

No había caso. Alguien había olvidado colocar en la caja los ganchitos adornados que, al juntar los ojales en la pechera, cerraban la camisa.

Fue un momento de desaliento. No había tiempo para salir a buscar los benditos ganchitos. No había cómo cerrar la camisa. No había forma de solucionar un problema que parecía tan mínimo, pero con grandes consecuencias, como no poder lucir el smoking para la noche de gala.

La solución vino de la esposa del joven presentador de televisión, que felizmente no era ajena al arte de la costura. Ella buscó un vestidito de su pequeña hija de dos años, que tenía una hilera de botoncitos negros adornados con un puntito brillante. Uno por uno sacó los botoncitos y los fue colocando en la pechera de la camisa que el joven presentador de televisión tenía ya puesta. Ahí sí los dos ojales cerraron juntos. Con paciencia y buen humor terminó su tarea, cosiendo con calma botón por botón, cuidando de no pinchar al joven presentador de televisión durante la tarea. Todo quedó perfecto. Nadie sospecharía que algo raro había sucedido.

Cuando llegó la hora del esperado programa y comenzó el concurso, sonaron las fanfarrias, se levantó el telón. Del fondo apareció la figura del joven presentador de televisión. En medio de aplausos llegó al centro del escenario y comenzó el programa. Todos pudieron verlo elegantemente vestido con smoking, el fajín de seda en la cintura, corbata michi y una hilera de botoncitos negros adornados con un puntito brillante en la pechera.

martes, 24 de julio de 2018

Inesperada ayuda

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Hace algunos años, José postulaba a un instituto de educación superior y con ese motivo debía rendir varios exámenes. Eso suponía que debía ir al que seria su futuro centro de estudios varias veces, pues cada examen tenía un día fijo.

La distancia entre su casa y el lugar de los exámenes era larga, y su papá era el encargado de llevarlo. Para llegar a tiempo, salían muy temprano de su casa. No solamente era mucho el trecho a recorrer, sino que era importante ser puntuales. Si José no llegaba a tiempo, simplemente no le permitirían la entrada a rendir el examen de ese día. Eso hubiera significado poner en riesgo todo el proceso de admisión.

Ese día, al llegar al lugar del examen, José se despidió de su papá y se dirigió a la entrada. Metió la mano a su bolsillo para sacar su carnet de identidad, documento imprescindible para que le permitieran rendir el examen, y para su horror vio que no lo tenía. Rebuscó en todos sus bolsillos, en su billetera, de nuevo en sus bolsillos. De nuevo en su billetera. Nada.

Cuando volteó a mirar, el auto de su papá ya estaba demasiado lejos como para alcanzarlo corriendo. Desesperado, con el tiempo en contra, buscó un teléfono público, que en esos tiempos se accionaban con una ficha metálica conocida como "rin". No le alivió mucho ver que tenía un rin en el bolsillo. Ahora debía buscar un teléfono público. Un teléfono público cercano. Un teléfono público cercano que funcionara.

Vio un teléfono a una cuadra, corrió lo más rápido que pudo, y llamó a su casa. Era muy temprano, todos dormían, pero esto era urgente.

Contestó su mamá que, al enterarse de la situación, corrió a despertar a Pedro, su otro hijo. Mientras Pedró se levantaba y se ponía lo primero que estaba a la mano, su mamá buscaba el carnet. No le fue difícil encontrarlo, estaba en la mesa de noche de José.

Con el carnet bien encajado en su bolsillo, Pedro se subió al escarabajo plomo de su mamá y partió a la carrera. La mamá se quedó con el alma en un hilo, por el hijo que podía perder el examen, y por el hijo que debía llegar a tiempo y a salvo.

Pedro tomó la larga avenida que debía recorrer en toda su extensión, la avenida que casi lo dejaba en la puerta donde imaginaba a su hermano desesperado, mirando a su reloj a cada minuto. Prefirió no pensar en nada, y en cuanto la luz del semáforo se puso verde, aceleró. Avanzó unas cuadras, y en su carrera no se percató de que invadió el carril de otro auto.

Pedro solamente se dio cuenta de que adelantó a un auto azul. El otro conductor, en cambio, lo tomó como un desafío. Y vaya que lo demostró.

Con ese afán tan lleno de testosterona de algunos, que empeora cuando van tras un volante, el otro conductor lo adelantó. Lo adelantó y se puso exactamente delante de Pedro. Al comienzo, Pedro no se dio cuenta, tan centrado como estaba en su misión de rescate fraternal. Pero a los pocos metros, vio que tenía delante a un conductor furioso que solamente quería demostrarle su rabia por la osadía de ese pequeño escarabajo plomo.

El auto azul, en su afán de demostrar que era un conductor más avezado, iba abriendo el camino para Pedro. Como si supiera a dónde iba Pedro, el auto azul avanzaba en la misma dirección, por la misma avenida que llegaba a la puerta donde el desesperado José esperaba, cada vez con menos esperanzas.

Tal como apareció, el auto azul desapareció de la vista. De repente, Pedro no lo vio más. Así de repente, se dio cuenta de que estaba en el punto exacto en donde debía girar a la derecha por la estrecha vía que lo conducía a la puerta del instituto de enseñanza superior.

Logró ver a su hermano a la distancia, le tocó la bocina con ese ronco sonar tan típico de su papá que ambos conocían tan bien. Como sacudido de un largo letargo, José se levantó de un salto y corrió al encuentro del escarabajo plomo.

Una mano salió por la ventana del conductor con el carnet salvador. Otra mano lo tomó en una acción que ni ensayada hubiera salido tan perfectamente sincronizada. José corrió en dirección a la puerta, que logró cruzar en el preciso instante en que sonaba el timbre que indicaba el inicio del examen.

Aún temblando por lo vivido, Pedro apoyó la cabeza en el timón... y por fin respiró.
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¡Feliz 28 de julio a mis lectores peruanos, estén donde estén!