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El papá de la tía Angelita era español, natural de Extremadura. Se llamaba Francisco Martínez Camino. Vino ya con algunos años encima al Perú en la época del caucho. Lo imagino también lleno de historias, imprescindibles en esa época y en esos lugares inhóspitos sin televisión ni cine ni radio. Probablemente hasta sin libros.
Decía la tía Angelita que decía su papá que hasta las diez de la mañana, a la tijera se le llamaba cortanta. Nunca tijera, porque era de mala suerte. Creo recordar que el peligro era peleas entre personas queridas si uno quebrantaba esa regla.
Decía también que nunca, por ninguna razón, se debía dejar la tijera, o cortanta según la hora, abierta. La plata se escapa por entre las hojas separadas, decía.
Con esas dos advertencias en torno a las tijeras crecí yo, y de las dos, la única que pongo en práctica con devoción es la de cerrar toda tijera que encuentro abierta. Es más fuerte que yo: si veo una tijera abierta, la tengo que cerrar.
Lo raro es que nadie recuerda ninguna de estas recomendaciones referidas a las tijeras. Mi abuela materna, sobrina de mi tía Angelita, era una experta costurera que abastecía a casi todo Yurimaguas con sus confecciones. La tijera era una parte imprescindible de su trabajo, y pese a ello, nunca pareció preocupada por cerrarla cuando la dejaba a un lado al coser.
Cuando recordé ese detalle y lo junté con la historia de la cortanta/tijera que no se podía dejar abierta, pregunté a cuanta persona de mi familia hubiera podido conocer la historia. No tuve éxito, nadie recuerda siquiera la existencia de la palabra cortanta.
Busqué en internet la palabra cortanta, y no existe. Y si no existe en Google es casi como para decir que no existe en el mundo, ni real ni virtual.
A estas alturas, ya no sé si soñé la historia de la cortanta y la recomendación de no dejar la tijera abierta.







