martes, 9 de octubre de 2012

Chiquilladas

Una mañana de un sábado cualquiera de verano de 1996.

Voy a ver a un pequeñito a su casa. Al entrar, pregunto por él y me dicen que el niño está en su cuarto. Así que hacia allá voy a buscarlo.

Cuando estoy a pocos pasos de la puerta del dormitorio, el pequeño sale corriendo hecho una exhalación hacia el baño, en dirección opuesta a mí. Lo escucho reír a todo pulmón. Entro al baño, lo encuentro sentadito en una esquina, riendo a más no poder, tapándose la cabeza con brazos y manos. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo: sentado en el suelo, entre sonoras y traviesas carcajadas, vestido con un polo negro de manga corta y un pantalón corto amarillo. Levanta la cabeza, me mira y recién entonces me doy cuenta del detalle:
- Hey, ¡tu pelo! ¿Dónde está?
- Está cotado -responde, mientras se señala la cabeza.

Recién en ese momento se deja ver completamente.
----------------
Una mañana de un martes cualquiera de agosto de 2012.

Decido ir a almorzar con una pequeñita a su casa, pero sin decirle nada. Será una sorpresa para cuando llegue del colegio, lo que suele suceder cerca de la una de la tarde. Llego a su casa poco antes de esa hora.

A la 1:10 pm, suena el timbre. Desde el segundo piso, Tita abre las dos puertas de fierro del edificio mientras me anuncia la llegada de la niña. La señora de la movilidad la lleva de la mano hasta trasponer la primera de las dos puertas y la cierra. La niña sigue su camino solita, ya segura una vez en el interior, hasta pasar la segunda puerta, que ella misma cierra. Es una rutina conocida por todos los que participan en ella a diario. Mientras bajo las escaleras, la oigo hablar sin parar. Debe creer que los pasos que escucha son los habituales, los de su querida Tita, a quien le cuenta las incidencias de su día.

Cuando en eso, levanta la cabeza y me ve. Su alegre voz es reemplazada por un repentino y notorio silencio. Los ojos se le ponen como platos, abiertos de tanto asombro:
- ¡Oye! ¡¿Qué haces aquí?!
- He venido para almorzar contigo, ¿está bien?

Su respuesta es correr hacia mí y darme la mano para subir juntas la escalera.
-----------------

Quiero dar la bienvenida a este universo blogosférico a Mil rostros de la ciudad, que recientemente publicó su primera entrada. Desde acá los invito a leer este nuevo espacio que, ojalá, se quede en la blogósfera durante mucho tiempo.

martes, 2 de octubre de 2012

Lo que una entrada me trajo

Hace algunas semanas, contaba de una misión imposible con la que estaba lidiando: encontrar un gorro de baño. Algo tan simple, cotidiano y trivial como un gorro de baño, que a lo largo de mi vida he usado y reemplazado tantas veces, se me resistía. En cada tienda en que busqué, que fueron varias, no los tenían. No los vendían. Hasta casi me hicieron pensar que los que recordaba eran producto de mi imaginación.

Dentro de los comentarios que recibí en esa entrada, algunos lectores me ofrecieron hacerme llegar un gorro. Pues bien, pasados algunos días comenzaron a llegar sobres a mi buzón, a mi buzón de verdad, ese que se cierra con un candado de verdad y que se abre con una llave real. Sobres de los lugares más diversos, conteniendo la promesa hecha por esos lectores.

Y para que lo vean con sus propios ojos...

Más de un modelo para escoger.
A quienes se dieron el trabajo y el tiempo de hacerme llegar estos gorritos, les agradezco infinitamente. Me hicieron sentir como Elizabeth Lane, de la película Navidad en Connecticut, de 1945. Es una comedia de enredos, donde Lane es una columnista de consejos para el hogar que contaba que escribía sus columnas sentada en una mecedora. Una vez mencionó que la mecedora se le había roto... y la oficina de Correos cercana a su casa casi colapsa por la cantidad de mecedoras que le mandaron sus lectores para reemplazar la que había quedado inservible.

Después de esto, que nadie me diga que tener un blog no tiene sus recompensas.
--------------------
Hace algunas semanas, me inscribí en Postcrossing.com, un proyecto de intercambio de postales de todo el mundo. El servicio es muy fácil y si te gusta recibir correo real, como a mí, te va a encantar Gracias a Madame Web por la recomendación.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Monólogo

Hace algunas semanas, AleMamá (que en estos días está celebrando siete años de su blog Despejado y cálido) lanzó un reto: narrar una historia en 50 palabras, incluido el título. La idea estuvo dándome vueltas en la cabeza, pero no se me ocurría nada. Hasta que encontré este zapato en la calle. Y la inspiración llegó.

Un día, quedé impar, solo, abandonado. Como casi siempre se nos necesita de a dos, el dueño decidió que ya no le servía. Pensar que lo acompañé tantas veces a lugares a donde siempre soñó ir, dándole comodidad a sus pasos, a sus pies… creí merecer una suerte mejor.
Cyrano también publicó su cuento en 50 palabras, mucho antes que yo.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Complicaciones empresariales

Hace  algunas semanas tuve una reunión en una importante y conocida empresa privada. Su ubicación es tan conocida que es casi un punto de referencia para los limeños. Por eso, no pasó por mi cabeza que esa visita acarrearía complicaciones.

La reunión estaba concertada para las 11 am. La distancia a recorrer era bastante corta, así que salí con media hora de anticipación, con la certeza casi absoluta de que iba a llegar más que a tiempo.

El ejecutivo con el que me iba a reunir me dijo que entrara por la puerta chica "de atrás", que en verdad no es nada chica, sino que está en una calle bastante chica, totalmente diferente a la gran avenida que da al frente de la empresa. Y a la puerta chica me dirigí esa mañana de viernes a mi llegada, casi a las 10:40 am.

Tenía delante de mí a dos personas que también querían entrar. La señorita que controlaba la entrada debía multiplicarse por cuatro. Preguntaba al visitante a quién buscaba y recibía su documento de identidad, llamaba a esa persona para confirmar lo dicho por el visitante, y luego de recibir la  confirmación ingresaba varios datos en una computadora. Segundos después, entregaba al visitante una credencial que debía colgarse en lugar visible, junto con un papelito que el visitado debía firmar. A su salida, el visitante debería devolver la credencial y el papelito para recuperar su documento de identidad.

Aproximadamente diez minutos después, me tocó el turno de ser atendida. Di el nombre del abogado con quien me iba a reunir y...:
- La entrada para esa oficina es la de adelante.
- El señor me dijo entrara por acá.
- No es así. Debe ir por el otro lado.

Al filo de las 11 am, llegué a la puerta de adelante. Nueva espera, pues había otro visitante esperando su documento de identidad para poder irse. Finalmente me atendió otra señorita. Repetí el nombre de la persona con quien debía reunirme. Lo llamaron para confirmar la reunión y que autorizara mi entrada, cosa que demoró un rato pues la señorita no encontraba el número del anexo correspondiente en su listado. Finalmente lo encontró, llamó y obtuvo la muy necesario confirmación. Le entregué mi documento de identidad, recibí una credencial y el consabido papelito. Me dijeron que la oficina era en el cuarto piso. Subí por las escaleras y al llegar allí, me vi frente a un mostrador, donde anuncié mi reunión.

Miré la hora. Eran las 11:04 am. A pesar de esos cuatro minutos, puedo decir que llegué a tiempo. Un instante más tarde, salió a recibirme el ejecutivo, quien el saludarme me preguntó si me había sido difícil llegar a la empresa:
- No -le respondí, riendo-, lo difícil fue entrar.