viernes, 14 de abril de 2017

Estampas otoñales

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Tarde de otoño limeño, el sol se resiste a dejar de brillar y dar por terminado un verano que ha sido especialmente caluroso y cruel en muchas zonas del país. Un hombre mira su carro, puesto de cualquier manera al lado derecho de la pista. Una de las llantas de atrás está totalmente baja, y una llanta adicional yace en el suelo. Otro hombre que acompaña al primero le dice con tono de reproche: "se supone que la llanta de repuesto debe estar inflada y lista para cualquier emergencia".

Una pareja camina de la mano por la calle. En la mano libre, él lleva la correa de un perro pequeño que avanza a paso ligero que casi lo obliga a correr. Ella trata de mantener el ritmo que el perro le impone al hombre. Los dios ríen y luego miran a la mascota, que ha dejado en claro quién manda a quién.

Un niño señala con la mano un gato que duerme plácidamente en uno de los rincones de un parque miraflorino que se ha hecho famoso por albergar felinos por todos lados. El niño divisa otro gato más allá y también lo señala, luego ve que hay otro y otro. Al final opta por dejar de señalarlos y se deleita mirándolos de lejos, pasando de uno a otro con ojos traviesos y riendo a más no poder.

La carpa donde se reciben donaciones muestra cantidades enormes de paquetes, de cajas repletas de comida, de frazadas. Todo está empaquetado y embalado, listo para ser enviado a donde más se necesita. Al día siguiente, es evidente que son otros los innumerables paquetes que en horas llegarán a aliviar las necesidades en lugares donde durante días interminables el cielo no dejaba de mojarlo todo.

martes, 4 de abril de 2017

El partido imposible

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Este es un relato que preparé para un taller literario en el que participé el año pasado. El trabajo consistía en tomar una noticia real y desarrollar una historia ficticia a partir de ahí.
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Ese día jugaba Perú contra Colombia en la Copa América Centenario, un partido imposible pues para llegar a ese punto, la selección peruana había vencido a la siempre temible selección brasileña. Y por imposible que hubiera parecido apenas cinco días antes, los peruanos le habían ganado a los cinco veces campeones mundiales. A esas alturas, la discusión de si el gol había sido o no con la mano era irrelevante.

Lo importante era que Perú había eliminado a Brasil. Lo más importante es que era probable que Perú, el equipo de sus amores, podía conquistar la ansiada Copa América. Esa copa que había ganado una sola vez en el ya lejano 1975.

Había crecido oyendo de las grandes glorias del fútbol, “Challe, Mifflin y Cubillas, y el gran Perico León” como cantaba esa conocida polka que elogiaba un fútbol que solamente había visto en imágenes grabadas, en videos de YouTube, en conversaciones de su padre con sus tíos y otros amigos. Nunca había visto jugar en un mundial al equipo por el que deliraba. El de España fue mucho antes de que naciera, y cada cuatro años veía repetirse la agonía de derrota tras derrota, humillación en cada goleada, de los agoreros de la prensa y su “matemáticamente posible” que tanto odiaba.

Todas esas sensaciones quedaron atrás una noche de domingo, cuando Raúl Ruidíaz conectó la pelota y anotó un gol imposible. Lloraba casi con la demora de los árbitros en dar el veredicto de gol, y sintió que el corazón se le salía cuando por fin pudo gritar ¡¡¡GOOOL!!! con todas las fuerzas de sus pulmones. No le importó el debate que siguió, que si fue con la mano, que si fue válido, que si el árbitro vio bien. No. Lo que importaba era que Perú había ganado. Y como si eso no hubiera sido suficientemente increíble, el derrotado había sido Brasil, ese tótem del fútbol, ese temido rival que ahora quedaba fuera por lo que llegaron a llamar la “patita de cuy”, que jugaba con el apodo nacido de la corta estatura de Ruidíaz y la creencia popular de que la patita de ese roedor trae suerte.

Ese viernes, aún con la resaca por la victoria imposible, iba con toda la decisión de gozar el partido contra Colombia. Debía trabajar, pero iba a forzar que el jefe le hiciera un encargo para lograr salir antes. Qué curioso, lo mismo que normalmente rechazaba hacer era ahora la solución para ver el ansiado partido esa noche.

Hacia el mediodía, ya tenía asegurada la orden que le abriría las puertas de la empresa antes de las 6:00 de la tarde, hora habitual de salida, hora de salida que casi nunca era habitual. Nadie le impediría salir más temprano ese día, nadie sospecharía de sus planes. Es más, probablemente nadie notaría su temprana partida.

Salió con el sobre en las manos como si fuera un preciado tesoro. Total, lo era, le había dado la posibilidad de salir a tiempo. Lo cuidaba tanto como un viajero cuida su dinero cuando sale de su país.

Se fue rápido a entregar el sobre, caminó, casi voló la distancia que separaba una empresa de la otra. Misión cumplida, se dijo, ahora a lo importante. Faltaban casi dos horas para el inicio del partido.

Contó sus monedas, no le alcanzaba para tomar un taxi, así que se resignó a tomar un microbús. Descartó tomar el Metropolitano, sabía que los viernes en la tarde hay mucha más gente de la habitual y eso retrasaría sus planes. Además, no tenía tarjeta de usuario y el paradero más cercano estaba bastante lejano

Caminó hacia la avenida principal que le quedaba más cerca. Optó por tomar un micro que lo acercaría bastante a un punto en el cual podría tomar otro micro que lo dejaría a dos cuadras de su casa.
- Papayita –se dijo.

“Qué suerte la mía”, pensó una vez en el micro. Estaba vacío, encontró un buen asiento, el chofer tenía puesta una radio de deportes y los presentadores eran monotemáticos esa tarde: el partido con Colombia, el partido con Colombia, el partido con Colombia. No se oía nada más. 

Estaba feliz.

Sin darse cuenta, el cansancio, la emoción del día, el sueño, Morfeo, todos juntos lo vencieron. Seguro que hasta roncó un poco. No pudo saberlo cuando se despertó de un sobresalto, por una sacudida de un bache que seguro era enorme. No reconoció dónde estaba, preguntó casi a gritos. Vio que el micro ya no estaba vacío, había mucha gente parada, el corazón le latía a mil por hora. No se tranquilizó ni un poquito cuando logró escuchar que alguien decía el nombre de un paradero desconocido.

Se había pasado con exceso de su paradero. Se bajó a la volada, se cayó en su apuro. Con rabia vio que se le había ensuciado la ropa. “No solamente no me bajé donde debía, encima estoy con toda esta tierra encima”.

Miró el reloj. Faltaba menos de media hora para que empezara el partido. Ahí se dio cuenta de que la buena suerte lo había abandonado, de que debía correr si quería llegar a ver jugar a “su” bicolor tal como lo había planeado toda la semana.

Ya casi no había luz de día. Luego de preguntarle al dueño de un quiosco de periódico logró ubicarse. Lo malo era que se había alejado mucho. Lo bueno es que muy rápido llegó otro micro que lo llevaría a un punto conocido. Lo malo es que estaba reventando de gente. Lo bueno es que este chofer también tenía puesta una radio donde todos hablaban de fútbol.

Tenía un aspecto lamentable, la ropa sucia, la mirada desenfocada por el súbito despertar y por el susto posterior. Aun así, empezó a tranquilizarse.

En eso, escuchó el pitazo que marcaba el inicio del partido. El corazón le dio un salto. No era como lo había planeado, se dijo, pero seguro que lograba terminar viéndolo con sus amigos de barrio, con cervecita helada, montones de canchita serrana y tal vez algo de comer de verdad. Recién ahí se dio cuenta del hambre que tenía.

Se aguantó. No le quedaba otra. Por lo menos, estaba escuchando el partido.

A quince minutos del inicio, el micro se apagó. El chofer intentó encenderlo sin éxito. Después de varios intentos, les dijo a los pasajeros que bajaran, que se subirían a otro micro que ya venía. Que no debían pagar de nuevo, que no botaran su boleto.

De nuevo en la calle, ya era noche cerrada. Estaba muy lejos de su barrio todavía. No venía ni un solo micro, solamente autos a toda velocidad. Algunos pasajeros se organizaron, decidieron compartir un taxi entre cuatro. Total, todos tenían más o menos el mismo destino.

Pero ni siquiera pasaban taxis. O mejor dicho, los pocos que pasaban estaban ocupados.

Era lógico, todos en Lima estaban pegados a sus televisores viendo el fútbol. Igual hubiera estado de no haberse empeñado en llevar ese encargo, si hubiera salido a tiempo como todos los demás días.

Al menos pensó que se podía guiar por los gritos de gol, y se dio cuenta de que no había oído ninguno. No tenía saldo en su celular, no podía revisar el marcador por ahí. Preguntó a otro de sus compañeros de desventuras y así supo que estaban cero a cero.

El segundo tiempo estaba a punto de empezar. A pesar de todo, su fe por la selección seguía intacta.

Pasó un micro, pero no se detuvo. Estaba lleno a reventar. Pasó otro, se paró a media cuadra de donde estaban ellos, algunos corrieron a alcanzarlo, pero solamente tres tuvieron esa suerte. Los demás quedaron en la vereda, vieron partir el bus con cara de fracaso.

Decidió pues, caminar, no podía quedarse ahí esperando que cambiara su suerte. Caminó incontables cuadras, subió al primer micro que paró. Ya no había tanta gente en la calle, ya los afortunados estaban en su casa gozando del fútbol, que seguía sin goles.

Se bajó lo más cerca de su casa, casi a veinte cuadras de su destino final. En su alocada carrera, logró ver en una tienda que el partido había terminado en empate y corrió las últimas cuadras con la firme decisión y seguridad de lograr ver los penales sentado al lado de sus patas. 

Caminó, caminó rápido, trotó, corrió tan rápido como pudo. Oyó ahogados gritos de gol a la distancia. Pensó que no eran suficientes para lograr la victoria, pero siguió corriendo con la fe en alto.

Llegó por fin al punto de reunión de sus amigos. Lo encontró vacío. Desolado. Botellas vacías por todos lados le anunciaban que ya todos habían partido a casa. Tan derrotados como esa bicolor a la que habían decidido alentar una noche de viernes.

La noche de ese partido imposible.

sábado, 25 de marzo de 2017

Terror en la noche

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Un ruido te despierta de golpe. Lejano primero, más cercano segundos después. Esforzando la vista todo lo que te permite tu alta miopía, la que te acompaña desde tu infancia, logras divisar el luminoso contorno de unos números rojos en tu mesa de noche: 3:08.

“Tres de la mañana”, te dices. Reniegas para tus adentros. “¿A qué hora me volveré a dormir, y todo gracias a un ruidito que seguramente nadie más oyó?”.

En eso, nuevo ruido, pero ya no es uno solo. Son varios. Algo crepita, pero ni que hubiera una chimenea para oír crepitaciones.

Los ruidos se repiten, interminables. Se van acercando, son cada vez más rápidos. No atinas a nada, pero tu cabeza es una sucesión imparable de pensamientos: no sabes si levantarte o si sentarte, no sabes si esperar en silencio o preguntar si hay alguien. Descartas todo, no sabes qué hacer. Lo único que sabes es que probablemente te estás enfrentado a una de las pocas ocasiones en tu vida en que puedes no ponerte tus lentes y verás lo mismo que quien sea que esté haciendo esos ruidos. Nadie verá nada. Tienes además la ventaja de estar en tu casa, en tu territorio que, nunca mejor dicho, puedes recorrer a ojos cerrados.

Sigues sin saber qué hacer. Tus dudas te acechan, incluso decidir no hacer nada implica tomar una decisión, pero con todo el cuerpo paralizado, hasta tu cabeza se niega a pensar. No hacer nada parece ser lo más sensato.

Mientras tanto, el ruido crepitante va y viene. Definitivamente son dos pares de piernas los que hacen los ruidos. Una sola persona no puede moverse tan rápido y estar un segundo aquí y al siguiente muchos metros más allá.

Por tu cabeza empiezan a pasar decenas, no, cientos de imágenes y relatos de mujeres muertas en ese canal de televisión que te encanta ver. Ese que por abreviar llamas el “canal de los muertos”. ¿Hubieras creído si alguien te hubiera dicho que tu historia iba a nutrir la programación de ese canal?

Te dices que la cosa es seria, que no estás para pensar tonterías así, menos en este momento. Te recriminas internamente: “segurito que no cerraste bien la ventana y han entrado por ahí”. 

Cuando alejas los pensamientos, te das cuenta de que los sonidos suenan más cerca de ti. La parálisis ha llegado a tal punto que ni tu garganta puede soltar un grito. Los sonidos ya están prácticamente a tu lado, te resignas a tu suerte, te preparas para sentir un par de manos que empezarán a ahorcarte o quién sabe qué. Te empiezas a preguntar si el cuchillo que te van a clavar estará muy frío... como si eso importara ya.

Dicen que tu vida pasa frente a tus ojos en momentos así. Pero a ti no se te pasó la vida. No, se te abrió la mente. El terrorífico crepitar era el sonido que hacía la lluvia al caer sobre el techo de calamina que está al lado de tu ventana.

Recuperas tu cuerpo.

Buscas los números rojos luminosos y, aunque borrosos, distingues perfectamente que son las 3:09.

Nota: este es un texto que escribí para el taller de crónicas que estoy llevando actualmente. El tema era lluvia.
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Como probablemente sepan, el Perú está atravesando momentos difíciles por el paso del Niño costero. Tenemos varios días en que las noticias solamente hablan de lluvias, inundaciones, daños y desolación... pero también de solidaridad, de voluntarios, de ayuda, de donaciones. Es que hasta en los peores momentos se puede rescatar lo bueno. Gracias a los que me escribieron y me mostraron su preocupación ante las malas noticias.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La cortanta

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La inolvidable tía Angelita estaba llena de historias. Todo el montón de sobrinos que cuidó a lo largo de su vida recuerdan muchas de esas historias, pero extrañamente hay una que parece que no recuerda nadie más que yo.

El papá de la tía Angelita era español, natural de Extremadura. Se llamaba Francisco Martínez Camino. Vino ya con algunos años encima al Perú en la época del caucho. Lo imagino también lleno de historias, imprescindibles en esa época y en esos lugares inhóspitos sin televisión ni cine ni radio. Probablemente hasta sin libros.

Decía la tía Angelita que decía su papá que hasta las diez de la mañana, a la tijera se le llamaba cortanta. Nunca tijera, porque era de mala suerte. Creo recordar que el peligro era peleas entre personas queridas si uno quebrantaba esa regla.

Decía también que nunca, por ninguna razón, se debía dejar la tijera, o cortanta según la hora, abierta. La plata se escapa por entre las hojas separadas, decía.

Con esas dos advertencias en torno a las tijeras crecí yo, y de las dos, la única que pongo en práctica con devoción es la de cerrar toda tijera que encuentro abierta. Es más fuerte que yo: si veo una tijera abierta, la tengo que cerrar.

Lo raro es que nadie recuerda ninguna de estas recomendaciones referidas a las tijeras. Mi abuela materna, sobrina de mi tía Angelita, era una experta costurera que abastecía a casi todo Yurimaguas con sus confecciones. La tijera era una parte imprescindible de su trabajo, y pese a ello, nunca pareció preocupada por cerrarla cuando la dejaba a un lado al coser.

Cuando recordé ese detalle y lo junté con la historia de la cortanta/tijera que no se podía dejar abierta, pregunté a cuanta persona de mi familia hubiera podido conocer la historia. No tuve éxito, nadie recuerda siquiera la existencia de la palabra cortanta.

Busqué en internet la palabra cortanta, y no existe. Y si no existe en Google es casi como para decir que no existe en el mundo, ni real ni virtual.

A estas alturas, ya no sé si soñé la historia de la cortanta y la recomendación de no dejar la tijera abierta.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mi reino por una vela

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Hace pocos días tuvimos una interrupción de energía eléctrica. Varios distritos de Lima se vieron afectados, yo estuve ente los afectados. A raíz de estos hechos, me mandaron estas reflexiones que publico a continuación.
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No fue exactamente un día, sólo nueve horas. ¡NUEVE HORAS! ¿Qué pasó? "Avería masiva", decían en la empresa cuando todavía contestaban el teléfono. Después solamente una grabación, el problema afectaba a varios distritos de la Gran Lima.

Comenzó a la 11 de la mañana. Sin microondas, sin hervidor eléctrico, sin televisión, sin computadora, ¡sin Internet! ¡Qué se puede hacer sin Internet!

Así terminó la mañana, así continuó la tarde, calurosa e interminable tarde. Empezó a oscurecer. Velas, ¿tenemos velas? Encontramos una vela usada y pequeña. Voy a la bodega de la esquina y compro un paquete que contiene cuatro velas. Ya llega la noche. Precavidamente vuelvo a la bodega para comprar una botella de agua. La bodega ha cerrado y solo nos atienden por una ventanilla. Hay una fila de gente, todos piden velas. No hay, les dicen. O sea, yo compré el último paquete. Me siento culpable y regreso a casa. Luego pienso, ¿y si les ofrezco algunas de las velas del paquete? ¿Me las quitarían de las manos como hambrientos de luz? ¿Cuánto vale una vela? ¿En cuánto la podría vender? ¡Ay! ¡Ay! Qué dilema de conciencia.

Cada vez oscurece más y hay que encender las velas. No está tan mal a pesar de todo. La noche de este caluroso verano comienza a refrescar, no hay nada que hacer y conversamos.

Y de repente, plum, vuelve la luz, se encienden los focos, suena la bomba de agua, todo se ilumina, la vida vuelve a la normalidad. Fueron nueve horas para recordar que dependemos de la electricidad para muchas cosas, pero que aún así la vida continúa, y hasta para pensar en cuánto puede costar una vela cuando la necesitamos para sobrevivir.

viernes, 24 de febrero de 2017

Otras estampas veraniegas

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Un hombre carga tres botellones de siete litros de agua cada uno. En total, lleva en ambas manos 21 litros que se usarán para aliviar los calores de este largo y ardiente verano. El hombre se detiene en un intento inútil de retomar aire, secarse el sudor y refrescarse algunos segundos antes de seguir su camino.

Una pareja camina por la calle conversando animadamente. De repente, la mujer se queda rezagada, se saca una de sus sandalias y deja ver una pequeña herida en la parte de atrás del pie, causada justamente por su propio zapato. La herida es muy chica en tamaño, pero enorme en efectos porque casi no le permite caminar. El hombre detiene su marcha para esperarla, pero la situación parece no tener remedio. Otra transeúnte que lo ha visto todo de lejos se acerca a la mujer y le entrega dos curitas. Ella las recibe, y la pareja se mira asombrada ante un hecho que debe haberles parecido un pequeño milagro.

Un grupo de niños juega tenis en un club muy cerca del mar. Son escolares de vacaciones en una de tantas actividades para que "no se aburran" en los meses de verano que los hace despertarse casi a la misma temprana hora que en los meses de colegio. Sus gritos son entusiastas, pero vistos desde lo alto, más de uno parece no tener ganas de estar ahí.

Las tiendas de ropa están rematando las prendas ligeras de manga corta y con el cartel de AVANCE DE TEMPORADA anuncian ofertas para artículos que probablemente se usarán dentro de algunos meses.

lunes, 13 de febrero de 2017

La vida simple

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Otra vez, publico un texto que me envió alguien que lee este blog y se animó a mandar recuerdos de la vida simple.
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Tienen sus casonas bellas
Las puertas de par en par

Así reza el hermoso vals de Chabuca Granda, "Zeñó Manué". Y así también estaban las puertas de las casas en mi amado y añorado pueblo, siempre abiertas de par en par. Y cuando llegaba un familiar o una visita, se anunciaba con un golpe de nudillo y con un típico "uu-uu", mientras ingresaba al interior sin más esperas. Porque sabía que iba a ser recibido con sincera y cariñosa bienvenida.

En las noches calurosas del eterno verano tropical, las familias colocaban sillas y mecedoras junto a la puerta de calle, al borde de la vereda, para recibir el fresco, comentar las ocurrencias del día y saludar a los amigos que pasaban por el lugar.

Mi casa quedaba al lado del único cine del pueblo, y era inevitable el paso de los espectadores cuando entraban o salían de las funciones vespertinas o nocturnas. Algunos amigos se detenían un momento para saludar o cambiar impresiones sobre la película que acababan de ver.

Pero cuando menos se esperaba, como suele suceder en la zona amazónica, se desataba una lluvia torrencial que podía durar una hora o toda la noche. Entonces había que entrar a la carrera a la casa, guardar sillas y mecedoras y cerrar puertas y ventanas. Cómo olvidar esos tiempos, esa vida sencilla y sin malicia, la vida simple, las puertas de par en par.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Accidentado examen

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Esta historia ocurrió hace años, cuando estaba en la universidad. Quien protagoniza los hechos ha autorizado que los cuente, con la condición de ocultar su verdadera identidad, por lo que se le conocerá como R. Aquí va su historia.

Casi a mitad de carrera debíamos llevar el curso de Derecho de Familia. El profesor era un abogado bastante joven, tenía dos años más que sus alumnos. Era jovial y dado a la broma fuera del salón, aunque durante las clases nos trataba de usted y nos decía doctores, como se acostumbra decir a los abogados en estos lares. Nosotros éramos más irreverentes, lo tuteamos desde el primer día de clases.

Resulta que R siempre sacaba buenas notas en las prácticas semanales de Derecho de Familia. Nunca menos de 18*, por eso cuando en el examen parcial sacó 14, al profesor debe haberle extrañado. A mitad de ciclo, un profesor ya tiene una idea bastante clara del rendimiento de sus alumnos, al menos es lo que creo.

El día de la entrega de notas, el profesor llamó a R a un costado y le preguntó por qué había sacado una nota menor al promedio acostumbrado en las semanas previas. R no contestó. El profesor insistió, R respondió con evasivas. Por tercera vez, el profesor quiso saber si R estaba pasando por algún problema personal y hasta le ofreció ayuda. R se sintió mal ante tanta preocupación y confesó la verdad:
- ¿Sabes qué? Lo único que quería ese día era entregar el examen y salir.
- Sigo sin entender...
- Es que no me aguantaba las ganas de ir al baño.

El profesor estalló en la carcajada más sonora que se había escuchado nunca en los pasadizos de la facultad de Derecho. R notó que todos sus compañeros voltearon a ver qué pasaba, pero a esas alturas ya se había unido a las risas del profesor:
- ¿Y por qué no me pidió permiso para salir? -preguntó intrigado el profesor.
- Porque pensé que no me ibas a dejar, que pensarías que iba al baño para copiar alguna respuesta.
- De ti no lo hubiera creído jamás -contestó muy en serio pero sin dejar de reír.

Así pasó el resto del ciclo en el que R siguió cosechando notas altísimas en las prácticas semanales. Hasta que llegaron los exámenes finales, que serían orales. R entró en el último grupo de ese día, compuesto por ocho personas. Al ver a R, el profesor dijo:
- Doctores, si alguien tiene alguna necesidad fisiológica en el transcurso del examen, siéntase en libertad de pedir permiso para salir.

R no se inmutó, pero entendió el mensaje. Sonrió en silencio.

El profesor repartió a cada uno un caso hipotético sobre el cual versarían las preguntas. R va al final, le tocó ser conviviente, no cónyuge, que tiene un restaurante compartido con su expareja, que ha abandonado el hogar común. R quiere reclamar la mitad de las ganancias del restaurante pues finalmente los dos han invertido y gastado en el negocio, y la pregunta concreta es "¿cómo probar el vínculo si la pareja ya se separó?".

R responde:
- Con estados de cuenta bancarios de ambos convivientes donde figura la misma dirección para los dos -dice, creyendo que lo sabe todo.
- Estamos en el Perú, mucha gente no confía en el banco, guarda el dinero en el colchón. No hay estados de cuenta.
- Mmm... Cartas, recibos de luz, de teléfono.
- No hay nada de eso, viven en una invasión de tierras en casas hechas por ellos mismos. Prácticamente no tienen servicios públicos.
- Con el contrato de alquiler del restaurante.
- No hay contrato escrito, todo fue de palabra -R tuvo en un instante un baño de realidad peruana.

R recurre a muchas otras soluciones que el profesor desvirtúa una a una, hasta que se le acaban las ideas y casi ya al borde de la desesperación, dice: "un momento, yo soy la persona del ejemplo, ¿no? ¡Pues yo sí guardo mi dinero en el banco, yo sí firmo un contrato de alquiler!".

El profesor soltó su ya conocida sonora carcajada y mandó a todos afuera del salón sin mayores detalles.

R pasó Derecho de Familia con un promedio de 19.

*En el Perú, la nota máxima es 20.

sábado, 21 de enero de 2017

Helado de piña

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La niña llega inesperadamente de visita un sábado de verano. A poco de haber llegado, se te acerca y te pregunta con ojitos pícaros:
- ¿Hay helado?- como sabe la respuesta, no espera para volver a preguntar-. ¿De qué sabores?
- Hay de cereza y de vainilla con fudge y bolitas de chocolate.

La misma mirada pícara te indica algo, y sin esperar palabra de su parte, le preguntas:
- ¿Quieres ir a comprar un helado?

Sus ojos se iluminan, no necesita decirte nada para que la escuches. Camina contigo hasta donde guardas las monedas y juntas cuentan. Le preguntas si seis monedas serán suficientes, ella te dice que alcanza de sobra, que siempre exageras. "Puede ser, pero es mejor que no falte", piensas.

Caminan los pocos pasos que separan la casa de la tienda, la dueña las saluda y ves a la pequeña que se apresta a escoger su helado:
- No sé si lúcuma o maracuyá -casi piensa en voz alta, mientras te mira pidiendo una opinión.
- A mí no me gusta ninguno, yo escogería el de guanábana.

No le convence tu preferencia, opta por el de maracuyá. Siguiendo una costumbre que no sabes de dónde adquirió, no agarra el helado que está encima sino que rebusca y saca uno de más abajo. A la hora de pagar, solamente necesitas dos monedas, y encima te dan vuelto. Ella te mira, y con sus expresivos ojos te dice claramente: "¿ves que trajiste mucho?".

Abre el helado, le da una mordida. Su cara te indica que le gusta el sabor de su helado amarillo. Te ofrece, y aunque no es un sabor que hubieras escogido, muerdes un trocito. No tiene el sabor ácido del maracuyá. Entonces, ella dice:
- Qué raro maracuyá, tan dulce...
- ¿Estás segura de que era maracuyá?

Miran la envoltura que acaban de soltar y que corona el basurero de la tienda. Entonces ven claramente la palabra PIÑA*, acompañada de un dibujo que no deja lugar a dudas.

*La palabra piña se usa en el Perú como sinónimo de mala suerte.

jueves, 12 de enero de 2017

La papaya delatora

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Más de una vez he contado en esta bitácora los recursos a veces no muy transparentes de algunos autoservicios para sacar una mayor provecho del cliente. Felizmente, hasta ahora no he caído en ninguna de esas trampitas... al menos, es lo que quiero creer.

Me pasó de nuevo pocos días después del cambio de año, en la que creo que fue mi primera vista de 2017 a un supermercado al que voy con mucha frecuencia porque queda muy cerca de la casa. Mi lista de compras era muy breve, y uno de sus puntos era papaya.

El precio de la papaya en Lima puede llegar hasta los cuatro soles por kilo. Eso es un poco más de un dólar. Como es una fruta muy popular y parte casi imprescindible de nuestros desayunos a lo largo de todo el año, las tiendas suelen ofrecerla a precio rebajado con mucha frecuencia.

Ese día, vi un cartel muy grande que decía: "PAPAYA, S/.1.99 kilo". Imposible resistirse cuando un artículo que prácticamente de todas maneras vas a comprar está a mitad de precio. Entre todas las papayas dispuestas de manera ordenada, agarré una que tenía el peso y el precio en una etiqueta autoadhesiva. En resumen, la información que contenía claramente visible era que esa papaya pesaba poco más de tres kilos, por lo que su precio total era algo superior a seis soles (algo menos de dos dólares).

Escogí las demás cosas de mi lista y me fui a la caja para pagar.

Por quién sabe qué circunstancia, la papaya fue lo primero que puse en la faja. Por quién sabe qué circunstancia, me quedé mirando para ver qué precio marcaba la pantalla de la caja cuando la cajera pasó el código de barras por la lectora. Y grande fue mi sorpresa cuando vi que aparecía en grandes y luminosas letras verdes que el precio por esa papaya se acercaba a los 12 soles. Prácticamente el doble de lo que marcaba la etiqueta autoadhesiva:
- Señorita, el descuento sale al final, ¿no? Cuando lleguemos al final de la cuenta, ¿no? -dije yo.
- ¿Descuento? -me contestó, sin saber a qué me refería.
- El descuento de la papaya. Mire el precio en esta etiqueta y mire el precio que su caja acaba de registrar.

Cuando vio la discrepancia, me preguntó de dónde había sacado esa papaya. Le contesté que del lugar de siempre, que encima había un cartelazo (recuerdo muy bien haber usado esa palabra) indicando el precio de la oferta. Desde donde estábamos los podíamos ver claramente, pero igual se lo señalé.

No había más que decir. Bueno sí, podía decir que ya no llevaba la papaya si la cosa era con trampa.

Entonces, la cajera llamó a su supervisora, que en esta tienda siempre está rondando las cajas. En verdad, son sumamente rápidas para solucionar las situaciones que se presentan en las cajas. La cajera le explicó lo que había pasado, la supervisora lo verificó con una rapidísima mirada y, sin dirigirse a mí en ningún momento, simplemente le ordenó a la cajera:
- Rebaja el peso de esta papaya todo lo que sea necesario para que coincida con el precio total que marca la etiqueta.

Dicho eso, se fue. La cajera hizo los cálculos en su caja y el precio que marcó al final, el que me cobró, fue exactamente el que aparecía en mi etiqueta: poco más de seis soles. Toda la operación que describo tomó varios minutos, y la demora no solamente fue para mí. Ya detrás en la cola había dos personas más. Así que no me pude resistir y dije:
- ¿Ya ve lo que pasa cuando quieren pasarse de vivos? Lo que normalmente toma segundos nos ha hecho demorar a todos.

La cajera no me miró, se limitó a decirme el total. Yo pagué y me fui. Pero no me fui propiamente, sino que busqué a el módulo de atención al cliente y le conté todo lo que acababa de pasar a la persona a cargo. Su respuesta fue que ya lo iban a solucionar porque otros clientes habían reclamado antes que yo.

Entonces me quedé pensando que fue una gran suerte haber elegido una papaya con el precio marcado. De haber agarrado otra cualquiera, sin precio, que es como suelen estar, tal vez ni hubiera notado la diferencia en el precio.


martes, 3 de enero de 2017

El discreto encanto de la cortesía

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Hace algunas semanas tuve una pequeña intervención en la cara, justo debajo del ojo izquierdo. No fue nada serio, pero implicaba un corte con sutura. Fui al consultorio del dermatólogo un martes en la tarde y menos de media hora después salí de ahí con cuatro puntos escondidos debajo de una gasa.

La indicación era sacarme la gasa al día siguiente, los puntos debían quedarse una semana. Y todo se cumplió al pie de la letra.

Cuando me vi al espejo una vez retirada la gasa, para mí fue muy notorio el hilo de color negro que surcaba mi cara en paralelo a la línea de la nariz. Al día siguiente, además del hilo tenía un moretón grande y visible. Parecía el símbolo de la campaña #NiUnaMenos, ni más ni ídem.

De ninguna manera, esa circunstancia detuvo mi vida. Con el lado izquierdo de la cara así marcado salí a la calle varias veces, me embarqué en trámites de diversa índole, fui al banco, hice compras, todo normal y dentro de mi rutina.

Esta circunstancia me hizo observar la reacción de las personas al ver una marca que,  por su expresión, era obvio que pensaban que venía de un golpe. Afortunadamente, no formo parte de esas lamentables estadísticas de maltrato que tanto lamentamos (algunos, al menos) cuando las vemos en las noticias. Pero no me impidieron intentar ponerme en el lugar de quienes sí muestran signos de violencia.

En el banco, en la caja del supermercado, en todos los lugares donde me atendieron en muchos momentos en esos días la reacción de las personas al notar la marca morada era la misma: fruncían las cejas, se me quedaban mirando disimuladamente durante décimas de segundo o abierta y largamente si no estaban exactamente frente a mí. Lo mismo pasó con dos personas con las que me encontré en la calle.

Ninguna de esas personas se atrevió a hacer un gesto más evidente que fuera más allá de la reacción instintiva. Solamente personas de mucha confianza me preguntaron qué me había pasado. Me daba cierto alivio esa cortés discreción, pues estar explicando lo mismo más de una vez era un poco pesado. Imagino que una persona en una situación distinta a la mía podría sentirse corta de contar "la verdad", o tal vez se sentiría apoyada ante una muestra de solidaridad.

Espero no averiguarlo nunca.

De esos días solamente queda el recuerdo ya, algunas fotos y una mínima marca del tamaño de un punto que cada día va disminuyendo. Y la sensación de que la cortesía puede no ser útil a quienes necesitan que alguien los escuche.
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Esta es la primera entrada de 2017. A todos les deseo un año positivo y mejor que los anteriores.