miércoles, 22 de agosto de 2012

Crónicas de viaje: La postal

Pero, ¿cómo llegó esa postal a mi casa?
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Antes de partir, le prometí a Marcela que le mandaría una postal de cada sitio que visitara. Ella me escuchó, pero no dijo nada. De todas maneras, ¿a los cuatro años quién sabe qué es una postal? Menos todavía en tiempos de comunicación digital.

Siempre hay que cumplir lo que uno ofrece, más aun si es una oferta hecha a una niña de cuatro años. Así que mi llegada al aeropuerto de Schiphol emprendí la búsqueda de las postales y de una oficina postal o algo que hiciera las veces de oficina postal.

Encontrar las postales fue fácil. Las había por montones en las tiendas de recuerdos, que también había por montones. Pensando en alguna que fuera del gusto de Marcela, escogí una llena de tulipanes de muchos colores, que decía ÁMSTERDAM en enormes letras. Le escribí unas palabras al dorso, puse su nombre y dirección, le pegué la estampilla que compré y directo al buzón se fue, junto con otras postales que escogí para otros destinatarios.

A los pocos días, recibí un mensaje por correo electrónico: "Marcela recibió tu postal hoy". Eso fue todo. Hasta ese momento, me di por satisfecha pues, una vez más, el correo cumplió con el encargo que le había dado.

Después supe la historia detrás de la historia.

La postal llegó casi una semana después de que yo la soltara en el buzón anaranjado en Schiphol. Justo ese día mi mamá había ido a almorzar a casa de Marcela, y fue testigo de excepción del momento en que recibió la postal. Me dijo que le encantaron los tulipanes.

Al día siguiente de mi regreso a Lima, vi a Marcela. Entre saludos y abrazos, le pregunté si le había gustado su postal. Me dijo que si, y a continuación me preguntó cómo había llegado la postal a su casa. Le dije que yo la había llenado, había puesto su dirección y la había dejado en un buzón.

- Ya... pero, ¿CÓMO llegó la postal a mi casa?

Evidentemente, mi respuesta no había sido suficiente. Así que le dije:
- Una postal es una tarjeta con fotos de los sitios que uno visita cuando se va de viaje y que se mandan como recuerdo. Como yo quería mandarte ese recuerdo, en el aeropuerto de una ciudad que se llama Ámsterdam, me fui a una tienda y busqué una postal que pensé que te gustaría. Escogí la de las flores, que se llaman tulipanes, atrás te escribí unas palabritas y le puse tu dirección. Después le pegué una estampilla. Habrás visto un sticker en la esquina de arriba
- Si- me respondió, con movimiento afirmativo de la cabeza.
- De ahí la dejé en un buzón anaranjado. Un buzón es como una caja muy grande para las cartas y las postales. Después vino un cartero, sacó todas las cartas y postales y las repartió en bolsas para los diferentes países como Perú, Argentina, Colombia... a ver, otro país.
- ¡Kenia!
- Ajá, Kenia, Japón. Bueno, todos los países. Cada bolsa se fue en el avión que le tocaba de acuerdo al país al que tenía que ir. La tuya tenía que ir al Perú, así que la metieron en la bolsa que venía para acá. Cuando llegó al Perú, otro cartero separó las cartas y postales de acuerdo a los sitios a donde debían llegar.
- Higuereta, Lima, Miraflores- enumeró ella.
- Exactamente, y una de esas iba para tu casa, para eso hay que poner la dirección completa. Después, otro cartero la llevó hasta tu casa y así llegó a tus manos. Mira todo lo que recorrió la postal de los tulipanes- le dije, mientras le mostraba la distancia en un globo terráqueo.

Se lo quedó mirando sin decir nada. Supongo que esta vez su curiosidad quedó satisfecha porque no siguió preguntando más.

En una era de comunicaciones virtuales, hay una niña de la era digital que recibió una postal que alguien que la quiere mucho le escogió especialmente, y que llegó hasta ella luego de atravesar todo un océano y dos continentes.

La magia del correo sigue viva. Ni más ni menos.

domingo, 12 de agosto de 2012

Crónicas de viaje: Lasaña de berenjenas

Hace muchos años, antes de siquiera imaginar que viajaría a Kenia y que conocería Nairobi, tuve un sueño muy raro. De esos que se tiene muy de vez en cuando, que se recuerdan de manera muy vívida. Casi como se recuerda una película.

En este sueño, yo estaba en casa de una amiga a la que llamaré Silvia. Por motivos de trabajo, Silvia y su familia viven en Nairobi desde hace poco más de cuatro años. Por alguna razón no expresada en el sueño, yo estaba en Nairobi alojada en casa de Silvia.

Algún tiempo antes, yo realmente había estado en casa de Silvia en la Ciudad de México, en donde la familia vivió un tiempo, también por motivos de trabajo. En esa visita, probé una carne deliciosa con una salsa de sabor incomparable, preparada en casa. El esposo de Silvia es italiano, y a los dos les encanta cocinar y lo hacen muy bien. No recuerdo cuál de los dos cocinó el día que fui a cenar a su casa en la capital mexicana. Lo que recuerdo claramente es que la comida me encantó y que me encantaría volver a probar el sabor de esa salsa a base de tomate.

Volviendo al sueño, la invitación incluía un plato del que nunca había oído hablar. Es más, ni sabía que existía. El plato principal era lasaña de berenjenas. Y recuerdo que en el sueño elogiaba la sazón de quien quiera que hubiera cocinado para la ocasión.

Al día siguiente, le mandé un mensaje por correo electrónico a Silvia, contándole ese sueño loco que había tenido la noche anterior". Enorme fue mi sorpresa cuando leí su respuesta: "la lasaña de berenjenas existe y mi suegra la prepara muy rica. Me ha enseñado a hacerla y cuando vengas a Nairobi, te haré la más rica que haya cocinado nunca".

Quién lo hubiera imaginado. No sé cuántos años más tarde, me llegó el momento de cobrar la promesa. Es que después de la Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices, pasé unos días en casa de Silvia.

Pero el que quiere celeste, que le cueste, me dijo Silvia cuando le recordé la oferta que estaba pendiente. Si quería cumplir mi sueño, nunca mejor dicho, tenía tarea por hacer. Fuimos a comprar las berenjenas, y mi tarea consistió en lavarlas, pelarlas y cortarlas en rodajas. Después, había que poner las rodajas en agua con sal para que se les fuera el sabor amargo.

Lavé, pelé, corté y remojé. El agua se puso marrón de inmediato y las berenjenas tomaron el color de las manzanas cuando quedan expuestas al aire sin cáscara. Al poco rato, cambié esa agua por otra, también con sal. Ese cambio se hizo varias veces en 24 horas. Cada vez, el agua salía menos marrón.

Al día siguiente, Silvia se enfrascó en la preparación de la lasaña. Me dijo que en verdad no se llama lasaña de berenjenas, sino berenjenas a la parmesana. Recuerdo que era bastante fácil: una capa de berenjenas, una capa de queso y salsa de carne. Se hace así hasta agotar los ingredientes y entonces se mete al horno. No me pregunten cuánto tiempo, no me fijé.

Al cabo de un rato, estábamos compartiendo un delicioso plato. No puedo describir la sensación que tenía en ese momento: ahí estaba yo, sentada en la mesa de la casa de Silvia con sus hijos (su esposo había partido de viaje días antes), en su casa de Nairobi, comiendo lasaña de berenjenas, cumpliendo un sueño loco que tuve en una fecha no precisa hace años.

Ahora puedo decir que he visto un sueño hacerse realidad. Espero que no sea la única vez.

martes, 31 de julio de 2012

Crónicas de viaje: Dos historias simples

La niña del museo
El domingo 1 de julio, como parte de las actividades de la Cumbre de Medios Ciudadanos de Global Voices 2012, elegí visitar el Museo Nacional de Nairobi.

El museo contiene de manera resumida toda la historia de Kenia, dividida en diferentes salones, donde podemos observar prácticamente todos los momentos de la biografía de este país, con imágenes, estatuas, cuadros, exhibiciones de armas, de vestimentas de distintas épocas. En realidad, la manera en que está organizado no es muy diferente de la de cualquier otro museo de Historia que hubiera visitado antes.

Por todos lados, había grupos paseando por los ambientes, deteniéndose a mirar las vitrinas, comentando y señalando esto y lo otro.

De todos esos grupos, hubo uno que llamó mi atención. Era a todas luces una familia compuesta de papá, mamá, y tres hijos: dos mujeres y un hombre, de los cuales el niño aparentaba ser el mayor.

En algún momento, descubrí que la niña más pequeñita me miraba fijamente. Imagino que se me notaba a la legua que yo no era de ahí, y que eso despertó la curiosidad de la niñita. En lugar de molestarme una mirada tan atenta, le devolví la mirada, probablemente con la misma curiosidad con que ella me miraba a mí.

Tenía el pelo peinado ordenadamente en dos colitas, preciosamente separadas con unos elásticos con adornos tejidos en croché, un abrigo de color crema que le llegaba hasta las rodillas, cuyos puños y cuello tenían un tono un poco más oscuro. Y calzaba unas botas negras relucientes, impecablemente lustradas. Me hizo pensar y extrañar a otra niña de casi el mismo tamaño, a la que le encanta usar y mostrar sus botas.

Esos breves segundos que duró nuestra mutua inspección causaron que se separara del grupo con el que estaba. Cuando se dio cuenta de que los demás estaban a unos cuantos metros de ella, se fue corriendo. El resto del grupo ni siquiera había notado su ausencia, pero la mamá le dio la mano y siguieron caminando juntos.

En el instante preciso antes de salir del salón en el que estábamos, se volteó y me dedicó una mirada final. Le hice adiós con la mano. No pude ver su reacción. Se habían ido todos.

La casaca perdida
Los días en Nairobi eran fríos muy temprano y hacia el atardecer. Alrededor del mediodía, el sol asomaba y calentaba los ambientes. En realidad, no era necesario mucho abrigo. Una casaca, chaqueta, saco o campera delgada era suficiente, e imprescindible en las horas en que se sentía más frío.

Por eso, era habitual que casi todos anduviéramos con la prenda de abrigo en la mano hasta que volviera a ser útil. Como suele suceder, algunas personas estaban todo el día con manga corta y no parecían sentir el más mínimo frío.

El penúltimo día de las reuniones, tuvimos una parrillada, cortesía de Global Voices. En algún momento, sentí calor y me quité la casaca. Pensé en amarrármela a la cintura, pero finalmente opté por tenerla en la mano.

Todo iba bien hasta que me di cuenta de que no tenía nada en la mano. La casaca estaba desaparecida. Miré por todos lados, debajo de las mesas, debajo de las sillas, por todos los lugares por los que había pasado. Nada. Ni rastro.

Casi me había resignado a su pérdida cuando se me acercó una de las chicas del servicio del hotel. Me preguntó qué pasaba, y cuando se lo conté, me dijo que iba a hablar con su jefe para hacer un anuncio a través del altavoz. Me pidió una descripción de la prenda, que ella anotó diligentemente, y partió a entregársela a su jefe.

Mi compañera de cuarto lo había visto todo y se me acercó a preguntar qué pasaba. Cuando le conté, me dijo que estuviera tranquila que seguro la casaca aparecía. No habían pasado ni dos segundos cuando me señaló a una silla algo distante, mientras me preguntaba: "¿no es esa que está ahí?"

Efectivamente, era. Me acerqué a la silla y la agarré sin dudarlo. De ahí, me fui a buscar a la chica para decirle que no se preocupara. La encontré en el preciso instante en que le daba a su jefe la descripción de la casaca. Se la mostré de lejos, y ella me hizo una seña, con cara de evidente alegría.

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miércoles, 25 de julio de 2012

Crónicas de viaje: Una larga espera

Pocas semanas antes del viaje, me dispuse a examinar detenidamente mi itinerario. El viaje, tanto de ida como de vuelta, se haría con un cambio de avión en Schiphol, el enorme aeropuerto de Ámsterdam. En el viaje de ida, tendría una espera entre aviones de seis horas. No me preocupó mucho, pues compartiría el vuelo con varios colaboradores de Global Voices, así que iba a estar acompañada todo ese rato.

Fue al ver los horarios del viaje de regreso que se me complicaron las cosas: tenía 18 horas de espera. Poco después, comprobé que no eran 18 horas, sino 20. ¿Qué iba a hacer durante todo ese tiempo? Ya no estaría acompañada, como en el viaje de ida. Ya la emoción de lo que se venía habría terminado. Sospechaba que primaría el cansancio y las ganas de volver.

¿Qué hacer durante 20 horas? ¿Cómo llenar tanto tiempo?

En un principio, pensé en reprogramar el vuelo entre Nairobi y Ámsterdam, y cambiar mi reserva. Pero cuando me comunicaron que estaría en lista de espera y que debía pagar una penalidad, descarté la idea. Es más, decidí también no pensar en eso. Al mal tiempo, buena cara.

Cuando llegué al aeropuerto de Schiphol en el cambio de aviones rumbo a Nairobi, iba con ojos y oídos bien abiertos para ver en qué podía ocupar esas 20 horas de espera casi tres semanas más tarde. Con el grupo de otros viajeros de Global Voices, encontramos unos cómodos sillones. Anoté mentalmente su ubicación. También anoté mentalmente dónde quedaban los lugares de comida rápida.

Ese día no hubo tiempo para más. Embarcamos y en medio de todo lo que significó la Cumbre Medios Ciudadanos de Global Voices 2012, hasta olvidé el asunto.

Hasta que llegó el momento de la verdad...
Cómodos asientos

Enfrentada a la irreductible realidad de una larga espera, bajé del avión cerca de las 4 pm de Ámsterdam. Era un día radiante, el brillo del sol entraba por los ventanales. Hice un recorrido breve de reconocimiento y después de algunas vueltas, me instalé en unos de los cómodos sillones. Tenía horas de sueño atrasado, así que me quedé dormida rápidamente.

Desperté unas dos horas después, ya con ganas de recorrer el enorme aeropuerto. Y además con hambre. Así que me fui directamente a un negocio de comida rápida, donde los niños salen felices con su cajita. Escogí el combo que me pareció mejor, pagué y me senté a comer y a observar.

Viajeros de todas partes del mundo, idiomas incomprensibles, personas solas, familias enteras, grupos disímiles. Todos atrapados en un limbo aeroportuario, compartiendo mesas y casi la misma comida.

Miré el reloj para calcular cuántas horas me faltaban. Burla burlando, ya iban cuatro por delante.

Nuevo paseo por las tiendas del aeropuerto. Compras chicas de último minuto. Más de las 8 pm y afuera el sol brillaba como si fuera mediodía. Nuevo alto en las cómodas sillas, ubicadas dentro del Centro de Meditación. Libro en mano, la mitad de mi atención estaba en la lectura que me ocupaba y la otra mitad en las personas que me rodeaban. Cada uno metido en lo suyo, sin mirar siquiera al del costado, a menos que estuvieran juntos.

Cerca de las 11 pm, me decidí a dar otra vuelta. Grande fue mi sorpresa al ver muchas tiendas cerradas y otras muchas cerrando. Pregunté y me dijeron que entre 11 pm y 2 am, no hay vuelos en el aeropuerto, que todo cierra hasta la 1:45 am. En eso, una voz femenina por el altavoz anunció que solamente tenían autorización para circular dentro las instalaciones el personal de seguridad y los pasajeros en tránsito.

Letrero que se me hizo familiar
Regresé al Centro de Meditación. A estas alturas, ya éramos viejos conocidos. Tenía luz suficiente como para leer, y no molestaba a la hora de dormir. Éramos varios los que ocupábamos los sillones del Centro de Meditación. En algún momento, me quedé dormida. En algún momento, me despertaron los poderosos ronquidos de un señor sentado a pocos metros de distancia. Hasta ahora no entiendo cómo es que podía dormir tan plácidamente si sus ronquidos parecían una locomotora.

Logré volver a dormirme, para despertarme horas más tarde a causa de esos mismos ronquidos. Felizmente, pude volver a dormir una vez más.

Y así dieron las 6 am, en que me despertaron ya no los ronquidos del señor, que ya no estaba. Esta vez fueron las risotadas de dos pasajeros asiáticos que sin ningún empacho conversaban a voz en cuello y reían como si estuvieran solos. En más de una ocasión me sorprendieron mirándolos, pero con ellos no era la cosa. En todas partes se cuecen habas y en todas partes hay personas desconsideradas.

Así que me levanté, me lavé los dientes y la cara. Nuevo recorrido por el aeropuerto. Me senté en una sala de espera a revisar mi correo electrónico y contestar algunos mensajes. Cerca de las 8 am, busqué dónde desayunar.

Según mi tarjeta de embarque, debía estar en la puerta a las 10:30 am. Increíblemente, faltaba poco más de una hora, que la dediqué a una última vuelta. Y poco antes de la hora fijada, me acerqué a mi sala de embarque. Recién estaban saliendo los pasajeros del vuelo anterior, y una atenta señorita me dijo que me apurara. Cuando le dije que mi vuelo era el siguiente, me comentó que hacía bien en llegar a tiempo. Le contesté que estaba ahí desde las 4 pm del día anterior, y ella me preguntó con cierta preocupación si había podido dormir y si había comido algo. Le contesté que si, y le agradecí su atención.

Finalmente, me llegó el momento de embarcar. Hasta me apenó que la larga espera hubiera llegado a su fin. Lo último que vi de Ámsterdam fue la pista de aterrizaje mojada por la lluvia. Un cielo gris que sentí como una antesala de mi llegada a casa.

Después de volar doce horas, de ver cuatro películas que no había visto y capítulos de algunas series, degustar dos comidas y no sé cuántos snacks aterricé finalmente en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima.

El largo viaje había terminado.

A mis lectores peruanos, sea que estén dentro o fuera del país, ¡les deseo felices Fiestas Patrias!
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