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El domingo 10 de mayo se celebra el Día de la Madre en el Perú y en varios países. Este año, la fecha será diferente para mí, será el primer Día de la Madre desde que mi mamá se fue.
Por eso, quiero recordarla con anécdotas de diferentes momentos de su vida, para que mis lectores conozcan un poquito de esa persona extraordinaria que fue doña América Lina Orbe Riera.
Durante mucho tiempo, mi mamá fue una asidua asistente a los centros integrales del adulto mayor de Miraflores, conocidos como CIAM. Participaba en varias actividades ahí, entre talleres de redacción, tai chi, yoga, coro y varios más. Se hizo de un grupo de amigas con las que ocasionalmente se encontraba para comer o para una escapada vespertina.
Caminaba sin problema una cuadra, la distancia que separaba el CIAM de casa. Así fue hasta que, por razones que sería largo de explicar, el CIAM empezó a usar temporalmente un local bastante cercano, aunque ya no como para ir caminando. Así que mi mamá iba en bus, lo tomaba en la esquina de casa y bajaba en la esquina del local provisional del CIAM. El recorrido le tomaba unos diez minutos.
En una de esas ocasiones en que regresaba a casa después de alguno de sus talleres, se subió al bus con otra señora que también salía del CIAM, aunque de un taller diferente.
Se sentaron juntas y empezaron a conversar. Cada una iba a sus propios talleres, en ninguno coincidían. En el corto trayecto que compartieron, intercambiaron opiniones sobre sus respectivas actividades y conversaron sobre diversas cosas. Lo que se puede decir en un trayecto tan breve.
Al final, mi mamá le pidió el número de teléfono a su interlocutora. La llamó en ese momento, y así cada una guardó el contacto.
Desde ahí, se comunicaban por la aplicación de mensajería instantánea del telefonito verde. Se enviaban videos, memes, poemas, saludos. Siempre por ahí. Nunca más se vieron cara a cara.
El otro día prendí el celular de mi mamá para sacar un número que ella tenía. Y fue así que encontré un mensaje de su amiga del CIAM. Le escribí, la sorprendí con la noticia y entonces entendió la razón del repentino silencio.
Gracias, Maritza, por todo.










