jueves, 13 de agosto de 2009

Carteras y billeteras

A raíz de un post de mi amigo Esteban (que espero que me perdone por tomarme su idea) estuve pensando en los varios significados que puede tener una misma palabra según el lugar en el que estemos. Y pensé específicamente en la palabra cartera.
En el Perú, cartera es un bolso de mujer, que es mi caso es minúscula hasta la risa y en muchos otros son verdaderos sacos llenos de sorpresas. En México, una cartera es un adminículo que sirve para poner billetes y monedas que se lleva en el bolsillo. Lo que acá llamamos billetera, que en México sería una dama que vende billetes de lotería como medio para ganarse la vida.
Del párrafo anterior puedo extraer además bolsillo, que en otras partes se llama bolsa.

Durante años no entendía cómo la Cenicienta podía haber perdido una zapatilla de cristal en el famoso baile en el que conoce al Príncipe. Peor todavía cuando veía las ilustraciones de un hermoso zapato con tacos. Aunque considero a las zapatillas como el calzado más cómodo del mundo no me parecen adecuadas como para una fiesta en ningún palacio. Menos en el del príncipe azul.

Después supe que en algunas partes de nuestro continente llaman zapatilla a lo que en el Perú llamamos zapatos con taco, y nuestras zapatillas son zapatos tenis o zapatos para hacer deporte.

Incluso dentro del Perú podemos encontrar esta clase de situaciones. Isabel, una buena amiga mía, es el del norte de nuestro país. Alguna vez me contó de su desconcierto en sus primeros tiempos en Lima, cuando nos escuchaba decir que poníamos la basura en el tacho. Es que en su tierra, un tacho es una tetera para hervir agua que nada tiene que ver con nuestros depósitos para la basura.
Y en este blog también pasó con un post anterior, en el que al menos en tres comentarios me preguntaron qué son los guindones, conocidos en otros países como ciruelas pasas.
Es la riqueza de nuestro idioma castellano, que no solamente es rico por la diversidad de sus términos sino, sobre todo, por la diversidad de sus hablantes.
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Desde aquí, un saludo muy especial en el Día Internacional de los Zurdos a todos aquellos que, como yo, tienen a la mano izquierda como su favorita.

jueves, 6 de agosto de 2009

Momentos

La vida está hecha de momentos, momentos que agarramos al vuelo o se nos pasan para siempre.
Como cuando te pruebas lentes nuevos y en el espejo no ves reflejada tu cara, sino otra, infinitamente querida y eternamente añorada. Entonces por primera vez en tu vida te das cuenta de que es cierto eso de ser igualita a él.

O como cuando retrocedes en el tiempo y ves esa carpeta amarilla, y ves sentada en ella a una pequeñita sembrando las semillas de los veintes(*) que después cosechaba por montones, que le valían ser recompensada con una cajita rosada de chocolates rellenos que no dudaba en invitar a todos a pesar de ser un preciado tesoro por el que había trabajado duramente el año entero.

O cuando ese quinceañero al que has visto crecer y que adoras con el alma entera te hace una brevísima llamada desde el otro lado de la línea ecuatorial, solamente para decirte que te quiere mucho.

O cuando una personita que no llega ni al metro de estatura y a la que has aprendido a adorar con el alma entera intenta decir tu nombre por primera vez, y lo dice mal y no te importa. Mejor aun cuando esa misma personita te llama a gritos para que vayas a jugar con ella.
O como cuando la mujer más admirable del mundo se anticipa a tus deseos bibliográficos y le pregunta al vecino si puede traerte un libro aprovechando que se va al otro lado del charco, ya que acá nadie conoce ese libro.
O cuando esa otra mujer igualmente admirable moviliza a muchas personas para que, nuevamente, tengas en tus manos un libro que no se encuentra en nuestras librerías por ser ajeno a nuestra historia.
O cuando escoges cuidadosamente el pan que compras prácticamente todos los días, que luego metes en una bolsa de papel marrón y que sabe mucho mejor cuando se comparte.
O como cuando te regalaron una taza hecha tan a tu medida que hasta tenía el asa por el otro lado para poder agarrarla con la mano izquierda. O el calendario también hecho especialmente para los que, como tú, pertenecen a esos pocos seres que prefieren la izquierda.
O como cuando llamas por teléfono a una persona amiga a la que no ves hace años porque vive en otro país, pero que reconoce tu voz inmediatamente, ni bien le dices "aló" y te hace sentir que tus charlas son cosa de todos los días y que ni la distancia ni el tiempo las interrumpieron.
Momentos...
(*) En el sistema educativo peruano, el 20 es la calificación más alta que puede obtener un estudiante.

jueves, 30 de julio de 2009

Lo que uno lleva consigo

Encontré este post de Javier Marías, publicado el 14 de junio. Lo copio a continuación.


LA ZONA FANTASMA. 14 de junio de 2009.
Lo que uno lleva consigo


Entre diciembre de 1984 y octubre de 1989, por razones sentimentales que no vienen al caso, volé a Venecia catorce veces, desde España o desde Inglaterra y en una ocasión desde los Estados Unidos. Mis estancias en esa ciudad fueron variables, desde los agitados cuatro días de la primera hasta los setenta de la más estable y prolongada; lo cierto es que a lo largo de aquellos cinco años pasé allí, repartidos, un total de nueve meses, tiempo suficiente para sentir que era un sitio en el que “vivía” parcialmente, mi segunda ciudad, siempre presente, a la que iba y de la que volvía y a la que siempre pensaba que regresaría. En ella escribí buena parte de mis novelas El hombre sentimental y Todas las almas, y llegué a tener una cotidianidad que en modo alguno era la del turista, ni siquiera la del viajero. Me incorporé a la rutina de quienes allí me albergaban generosamente, dos mujeres que compartían casa y que se llamaban Daniela, las distinguía añadiéndole el apellido a una de ellas y poniéndole –por escrito– una doble l a la otra. Las dos trabajaban y salían temprano, por lo que yo quedaba encargado a veces de fregar los platos, hacer la compra (en la medida de mis torpes posibilidades) y otros recados domésticos, ya que disponía de más tiempo. Lo tenía también para escribir esos libros y para pasear la ciudad por mi cuenta, casi siempre sin rumbo, iba viendo lo que encontraba a mi paso, poco a poco, con calma, sin el apresuramiento de los visitantes ni la programación que éstos suelen hacerse cuando cuentan con unas jornadas. Hubo un momento en que estuve a punto de quedarme, hasta había conseguido un trabajo. La última de aquellas catorce veces ignoraba que fuera a ser la última, o –mejor dicho, ahora– que pasarían veinte años hasta la vez siguiente, en este mayo de 2009.

Cuando uno ha vivido en una ciudad lo suficiente, más aún si lo ha hecho intensamente y a edades que resultan ser cruciales en la vida de casi todo el mundo (entre mis treinta y tres y mis treinta y ocho, en este caso), se puede decir que, por mucho tiempo que pase, uno no pierde ese lugar de vista. Lo lleva consigo, incorporado, y no es infrecuente tener la extraña sensación de que uno puede salir de su casa en Madrid, o en cualquier parte, y dirigirse al instante a un punto concreto de esa ciudad alejada, a una iglesia, a una tienda, a una plaza, a le Zattere o a San Trovaso si es Venecia, a St Giles o a Blackwell’s si es Oxford, a Cecil Court o a Gloucester Road si es Londres. No me parecía que hiciera veinte años de mi última estancia, y sin embargo era eso lo que había transcurrido: como quien dice, media vida. Uno está instalado en una realidad muy distinta de la del pasado, y en modo alguno la pierde por la repentina visitación de lo remoto. Pero en más de una ocasión he escrito que el espacio es el único verdadero depositario del tiempo, del tiempo ido. Por eso, cuando uno regresa a una ciudad familiar, se produce una momentánea compresión del tiempo entero, y el que anteayer era lejano en Madrid hoy se hace falsamente cercano en Venecia. Tras unos primeros pasos titubeantes, esos mismos pasos lo llevan a uno automáticamente por los itinerarios olvidados un día antes y de golpe recuperados. Por aquí se va a tal sitio, piensa uno sin apenas pensarlo, y aquel otro queda en esa dirección, y no se extravía ni se equivoca nunca. Aquí estaba la casa, y de ella tuve llave, la dirección era San Polo 3089, ya no puedo entrar, no sólo porque carezca de llave sino porque ya no viven aquí las dos Danielas. Sentado en los escalones que separan el agua –Rio de le Muneghete– de la espalda de la Scuola di San Rocco que yo veía desde la terraza cuando me asomaba haciendo un alto en la escritura de esas novelas ya viejas, fumo un cigarrillo y miro hacia esa casa y esa terraza. Era blanca y sus nuevos dueños la han pintado de color arcilla, pero me digo: es esa, no puede ser otra, ahí estuve yo muchas tardes, ahí dormí yo muchas noches, ahí me levantaba y veía el agua y los escalones en los que ahora me siento, veinte años más tarde.

Por suerte a Venecia no se le permite cambiar apenas, y ahí siguen las barcazas llenas de fruta junto a Campo San Barnaba, por donde hacía la compra torpe; ahí sigue San Giovanni e Paolo, en una plaza que los turistas desdeñan y que en cualquier otra ciudad sería su centro y estaría abarrotada. Y siguen las personas, para mi gran fortuna, y además estoy en paz con ellas. Ceno una noche con las dos Danielas y con Cristina, apenas están cambiadas como si hubieran hecho pactos con algún diablo menor y bastante inofensivo. En su compañía, de pronto, no es que no hayan transcurrido nuestros respectivos tiempos (ya lo creo: se casaron, una se separó, otra está a punto de hacerlo, una tiene hijas, otra se fue a vivir a Florencia y ha venido sólo a encontrarme). Pero la charla y las risas son inverosímilmente parecidas, durante un rato, a como solían ser cuando aún éramos jóvenes. Cuánto alegra comprobar que hay personas y sitios que siempre están, aunque permanezcan lejos o parezcan perdidos. Seguramente sólo se pierde de veras lo que uno olvida o rechaza, lo que prefiere borrar y ya no quiere llevar consigo, lo que no queda incorporado a la vida que se cuenta uno a sí mismo.

JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 14 de junio de 2009

Nunca he estado en Venecia... espero ir algún día.
Creo que si sumo todos los días de mi vida que he estado fuera de Lima no llegan ni a los seis meses. Aun así, este artículo me hizo recordar esa rara sensación que tengo cuando una persona amiga que vive lejos y en cuya casa he estado me cuenta, por ejemplo, que ha puesto un nuevo cuadro en su cocina. Me transporto a esa cocina, y trato de imaginar el lugar exacto del nuevo cuadro.
También me hizo pensar en esa otra rara sensación que se tiene cuando vemos que los que fueron "nuestros sitios" están ocupados por otras personas. Como me ha pasado las pocas veces que he regresado a la universidad desde que me gradué, al ver a otros grupos ocupando las mismas bancas que ocupábamos nosotros cierto tiempo antes.
Como si nosotros lleváramos con nosotros parte de esos lugares. Y también como si una partecita de nosotros se hubiera quedado ahí, a veces a pesar de nosotros mismos.
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Este es el post número 100 de Seis de enero. Gracias a todos los que leen las (a veces intrascendentes) novedades publicadas desde este espacio, en especial a los que se dan el trabajo de traducir mis palabras para poder entenderlas.

jueves, 23 de julio de 2009

Y ahora, desde Damasco

La sorpresa llegó esta vez desde Damasco.
Como contaba en la entrevista publicada hace pocos días (acá en inglés), llegué al blog de Mariyah gracias a una traducción que hice para Global Voices Online. En ese momento, Mariyah iba por la sexta entrega de la historia de amor de Ghassan y Alexandra, sirio él, escocesa ella.
Quedé fascinada por el blog de Mariyah. La historia de amor que ella compartía, que llegó a tener 26 episodios, era solamente una parte de todo lo que ella tenía por contar. Y dediqué una tarde completa de sábado a leerlo, desde el primer post publicado en junio de 2008.
En su perfil, ella se define:

Me llamo Mariyah, tengo 39 años, y soy de Damasco.

Pasé los primeros 19 años de mi vida creciendo en esta maravillosa ciudad, como parte de una familia numerosa. Tengo cuatro hermanos mayores, de los cuales el mayor me lleva 10 años. A los 19 mi padre decidió que yo debía ir a otra parte para completar mi educación y terminé en Canadá. Ahí pasé otros 20 años, primero estudiando para mis grados en una universidad y después trabajando en la universidad como investigadora en Antropología.

Ahora, después de un gran cambio en mi vida, mi divorcio, he regresado a Damasco.

[...]
Esta mudanza me ha hecho escribir este blog acerca de mi viaje de vuelta. [...] Los recuerdos de un lugar no cambian con el tiempo, y he tenido que adaptarme a tantos cambios inesperados.
[...]
Algunos podemos pasar toda la vida tratando de averiguar quiénes somos; otros parecen siempre saberlo. Mi vida estaba bastante encaminada por mucho tiempo, y yo pensaba que estaba recorriendo un camino claro hasta que de repente se desvió. Pero con el apoyo de familia y amigos, he hecho grandes progresos. Estoy empezando a sentirme en tierra otra vez. Y tenerte acá, querido lector – los que leen lo que tengo que decir y los que comentan – es también de mucha ayuda. Gracias por esta acá conmigo en este viaje.
Mariyah
Leí todos sus posts, comenté en muchos de ellos. Sentía que Mariyah era una persona que valía pena conocer. Mientras tanto, no me perdía la historia de Ghassan y Alexandra.
Hasta que encontré una sorpresa en su post de fecha 12 de julio, titulado "Las virtudes de bloguear" (ojo, lo que viene a continuación son sus palabras, no las mías):
[...]
La agradable y talentosa Gabriela hizo su primera aparición después de la sexta parte de la Historia de Ghassan y Alexandra, y se convirtió en una cercana y rápida amiga. Después de descubrir mi sitio, se dio el trabajo de retrocer y leer tantos posts como pudo y de comentar en ellos. Esto me causó gran impresión, y naturalmente fui a visitar su sitio –Seis de enero– y aproveché el traductor de Google (escribe en castellano). Gabriela a menudo escribe de amigos y otros colegas bloggers –recomienda sus sitios y enriquece la experiencia de bloguear. Gabriela fue entrevistada hace poco por Global Voices por el rol que tiene en traducir al castellano Global Voices y sobre su propio experiencia de bloguear. El artículo es una gran presentación de la mujer cuyo blog es de lectura obligada.
[...]
Y ahora, Mariyah y Abufares van escribir de manera conjunta una serie de posts sobre la vida al lado del mar. Mis dos nuevos amigos sirios juntarán su especial manera de escribir para deleite de sus lectores, entre los cuales me precio de estar incluida.
Conocer personas nuevas, de lugares remotos e insospechados, es solamente una de las virtudes de blogueo. Y como ya lo dije antes, es parte de la magia de la blogósfera.
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El otro día pasé por ese rincón que aparece en mi imagen, y con mucha pena vi que han tapado con pintura blanca aquel graffiti que parecía anunciar alguna candidatura mía para el año 2011. Siempre me quedaré con las ganas de tomarme más fotos en ese lugar.