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| Hotel |
Entró puntual al hotel en el que trabajaba haciendo la limpieza de los cuartos. Ni conocía las caras de los huéspedes, entraba cuando ellos ya se habían ido. Y si se los cruzaba en algún pasadizo, a ella casi no la veían.
No importaba. Ella hacía su trabajo y aunque era agiotador, lo hacía con cariño. Le gustaba dejar los cuartos bien ordenados, deshacer el caos que los turistas dejaban todos los días.
"Si yo me fuera de vacaciones, también dejaría todo desordenado, para variar de las obligaciones diarias", se decía mientras hacía magia con sus manos. Y es que hacía magia, en un segundo sacaba las arrugas de las sábanas, desaparecía los papeles regados en el suelo, doblaba las toallas en el baño y reponía los frasquitos.
Después de hacer magia en un cuarto, salió y pasó al siguiente. Casi como una máquina, infalible y mecánica.
Al abrir la puerta, el desorden la golpeó sin aviso. A pesar de que ya estaba acostumbrada, ese desorden la impresionó. Puso manos a la obra de inmediato, aunque no sabía por dónde empezar.
Sobre una silla vio una caja. "Claro, con este desorden ni cuenta se dieron y se olvidaron de esto", pensó ,mientras se acercaba a la caja. Debía dejarla en la Administración, por si los huéspedes la reclamaban.
Al tenerla en la mano, vio que había una nota escrita a mano pegada con cinta adhesiva: "Gracias por mantener nuestro cuarto ordenado y limpio. Perdón por nuestro desorden. Como compensación le dejamos un dulce de nuestro país para que lo disfrute con quien más quiera".
Se quedó sin palabras, paralizada de asombro. A la máquina infalible le tomó un buen rato reponerse.















