miércoles, 11 de septiembre de 2019

Dieciocho años después...

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Cómo olvidar lo que el mundo vivió hace exactamente 18 años.

Si lo viviste, no hay necesidad de recordar lo que se reprodujo en millones de pantallas de televisión. Si te lo contaron, tampoco hay necesidad de explicar mucho porque seguro ya has visto las imágenes una y otra vez.

No entraré en detalles de lo que pasó, ni hablaré de las razones, ni las causas, ni las consecuencias. Eso lo dejo a los entendidos.

Voy a hablar de algo que viví tres años después en el mismo lugar de los hechos.

Corría abril de 2004, era la primera vez que iba a Nueva York. Pasé algunos días en casa de una amiga muy querida que en ese tiempo vivía en Nueva Jersey. De su casa, ir a Nueva York era muy fácil, así que casi era una visita obligada.

Tomé el tren como me enseñó mi amiga, hice el cambio en la estación indicada, donde tomé el otro tren que me dejó en Gran Central Station. Ahí estaba yo, en el mismísimo Madison Square Garden, tantas veces mencionado. Y frente a mis ojos, la famosa estación que había visto en tantas y tantas películas y series.

Con un mapa en la mano, fui al encuentro de otra amiga que me indicó cómo llegar a la Zona Cero. Iba a ir sola, era día de trabajo para todos los que estaban en su rutina.

La instrucción era sencilla: tomar no recuerdo qué línea del metro y bajar en la que se había convertido en la última estación desde ese septiembre de hace 18 años. De ahí debía caminar en línea recta. No había pierde.

Pero me perdí.

No sé qué pasó, tal vez salí por la puerta equivocada de la estación. Tal vez fui a la derecha en vez de la izquierda. Me suele pasar, ya estoy acostumbrada y sé qué hacer. Entré a la primera tienda que encontré, pedí indicaciones, que me dieron amablemente.

Estaba a dos cuadras de la Zona Cero. Comencé a recorrer esa distancia.

De repente, una sensación fea me empezó a oprimir el pecho. Me faltaba el aire. Me sentía mareada. No podía respirar. Ni más ni menos que si estuviera a 5000 metros de altura, pero no estaba para nada tan alto. Hasta sentí ganas de dar media vuelta e irme de ahí. Pero no me detuve.

No entendía qué pasaba.

Casi sin aliento seguí caminando hacia donde me habían indicado. Seguía sin entender la razón de tan fuerte malestar repentino.

En eso, levanté la vista. Ante mí estaba la entrada de lo que hasta el 11 de septiembre de 2001 había sido la estación final del metro. En medio de polvo, en grandes letras mayúsculas aún se leía "World Trade Center". A mi derecha, hasta donde alcanzaba la vista, se extendía un enorme terreno en el que se divisaban unos cuantos hombres trabajando.

Ahí lo entendí todo. Tres años después, la energía negativa emanada ese día aún se podía sentir.

Me sobrecogió pensar cuántos lugares en el mundo deben emanar esas mismas sensaciones.

Tremendo, de verdad.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Complicidad familiar

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Esta historia le pasó a la amiga de un conocido. Si bien parece la introducción de una leyenda urbana, estos hechos son reales. Doy fe.

Madre e hija salen del edificio en el que viven y se cruzan con una vecina. Se saludan al paso, y la vecina deja una estela de perfume muy agradable. Madre e hija dicen "qué rico perfume".

Un foquito se prende.

A los pocos días, la hija se encuentra con la vecina y le pregunta el nombre del perfume. Ella promete dárselo a la mayor brevedad posible pues no lo tiene en la cabeza.

Varios días después, la vecina se encuentra con la madre y le entrega un papelito con el nombre del perfume. La madre se lo entrega a la hija.

Cuando la hija vio la marca del perfume, fue grande su alegría. Es justamente donde trabaja su sobrino, así que lo contactó y le contó la historia en tres palabras. Al final, le preguntó si podía comprarlo y la respuesta del sobrino fue "claro, lo que sea por mi abuela". Eso sí, advirtió, no sabía cuánto se demoraría en llegar el pedido. "No importa", fue la respuesta, "como es sorpresa puede llegar en cualquier momento".

La mañana siguiente el sobrino comunica que llegó el pedido. "Qué eficiencia", pensó la hija. "Te lo acabo de mandar con un mensajero en este momento", ofreció el sobrino. Doble eficiencia.

La distancia es corta, así que menos de 15 minutos después la hija tuvo el perfume en sus manos. Feliz con toda la aventura, fue donde la madre y le dijo: "sorpresa, te compré el perfume de la vecina, ese que te gustó, cuyo nombre le pediste".

Sorprendida, contenta, la madre lo abre, lo huele, se lo pone en ese instante, sonríe y dice: "en verdad, le pedí el nombre porque pensé que te había gustado a ti".

¡PLOP!

domingo, 18 de agosto de 2019

El misterio del reloj que se adelanta

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En mi mesa de noche tengo un reloj despertador que es también radio. Es digital y eléctrico, y se programa con botones que están dispuestos en la parte de arriba.

Lo cierto es que mi reloj se adelanta. Poco a poco, día a día, se adelanta ligeramente. Por lo tanto, es necesario ponerlo a la hora cuando la diferencia con la hora real es muy grande.

No importaba mucho pues ocasionalmente hay que desconectar la electricidad de la casa para algún arreglo o porque la empresa distribuidora nos desconecta el servicio brevemente para algunas reparaciones nocturnas de las que ni nos damos cuenta.

De todas maneras, aparentemente ponerlo en la hora correcta es tarea fácil, solamente hay que ir avanzando en los minutos y para fijarlo en la hora hay que avanzar. Es un reloj que no va hacia atrás, bueno, como todos los relojes. Y como el tiempo.

El detalle es que el mando respectivo es caprichoso. A veces es fácil y con apenas rozarlo avanza diez dígitos. Otras veces, ni apretando con toda fuerza quiere moverse. Con el mando de la hora no hay problema, lo complicado son los minutos.

Es un reloj temperamental.

Así que decidí llevarlo con mi relojero favorito. Le conté la situación y me dijo que le dejara el reloj para revisarlo. Quedamos en que lo recogería esa tarde.

A la hora acordada, el relojero me entregó el despertador arreglado. Me dijo que había limpiado el botón respectivo y que además le había puesto una pila interna de modo tal que aunque no hubiera luz, el reloj no iba a afectarse. Es decir, si no había luz, no habría reloj, pero que iba a iba a seguir avanzando internamente de modo tal que al volver la energía eléctrica, el reloj estaría a la hora.

Del problema del adelanto, no me dijo nada. Y olvidé preguntar.

Dicho y hecho, al llegar a la casa lo enchufé y... ¡el reloj marcaba la hora correcta! No hubo necesidad de pelearme con los mandos. Y me sentí feliz.

Semanas después, vi que el reloj estaba cuatro minutos adelantado. Pero no le di importancia, con la idea de arreglarlo en la siguiente interrupción del servicio... hasta que me di cuenta de que la batería interna conservaría la hora errada al volver la energía eléctrica.

Al cabo de un tiempo, el adelanto era de diez minutos y hasta llegó a los 12 minutos. Opté por la solución del perezoso: simplemente restaba los minutos sobrantes. Y empecé a usar la alarma de mi celular como despertador.

De un momento a otro. los 12 minutos de adelanto pasaron a ser solamente ocho minutos. Ahora está en seis minutos más que la hora real.

A estas alturas, no lo pongo en hora solamente porque me mueve la curiosidad de ver hasta dónde va a llegar el retroceso.

jueves, 8 de agosto de 2019

Réquiem por la mostaza

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Empezó silenciosamente, pasó casi desapercibido para la mayoría. Pero el camino estaba trazado.

En la mayoría de restaurantes, las salsas siempre están disposición de los comensales, bien sea porque se piden al mozo o porque el propio comensal puede servirse lo que quiera de un lugar designado para tal fin.

Un día, sin previo aviso, las tradicionales opciones de "ketchup, mayonesa, mostaza y ají" se redujeron a "ketchup, mayonesa, y ají". Había que pedirla, no la ofrecían, pero la entregaban sin demora.

Más adelante, había que pedirla pero la entrega no era inmediata. Los mozos desaparecían por el trasfondo del restaurante y tras largo rato regresaban con la mostaza.

Últimamente, la mostaza no existe. Hace poco, no la vi en las salsas a disposición de los comensales. Cuando pregunté si tenían mostaza me dijeron que no, y hasta sentí una mirada de lástima por parte de la vendedora.

¿Por qué se han ensañado con la pobre salsa amarilla? ¿Qué delito cometió para que la hayan borrado así del mapa?

Me dije: no importa, la compraré en el supermercado y la usaré como quiera. Y hasta eso está en peligro ahora, pues los anaqueles respectivos están casi vacíos. A diferencia de los anaqueles vecinos, rebosantes de frascos rojos de ketchup, anaranjados de ají, los escasos frascos amarillos destacan por su escasez.

Sigo sin entender por qué la mostaza se convirtió en una especie en peligro de extinción.