sábado, 20 de mayo de 2017

Recordando al gato techero

En la entrada anterior, un gato era protagonista no deseado de los hechos. A propósito de esta historia, reproduzco otra historia también con gatos que ya apareció en este blog hace algún tiempo.
--------------------------
En la casa de mi niñez, era lo más normal ver gatos techeros paseándose sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Los oíamos caminar por los bordes de las paredes que separaban las casas, a veces maullaban y muchas veces se peleaban con unos gritos que hacían que se nos erizaran los pelos.

Recuerdo algunos incidentes relacionados con gatos. Una vez, uno de ellos se paseaba de lo más tranquilo dentro del armario que estaba en el dormitorio principal. ¿Se imaginan abrir la puerta para sacar la ropa del día y que un gato salte desde adentro?

Otro episodio fue cuando la tía Angelita preparó pasta para un almuerzo especial y la puso a secar toda la noche en una mesa en el pequeño patio que había al fondo de la casa. Grande y amarga fue su sorpresa cuando descubrió en la mañana que el almuerzo especial lo habían tenido los atrevidos gatos en horario nocturno. Esa vez sí que supieron actuar en silencio.

Sin embargo, hay un incidente que recuerdo mucho porque duró varios días, tal vez hasta semanas.

En una de tantas veces vimos pasar uno de esos gatos, mi papá no tuvo mejor idea que poner un platito con leche para el pobre gato hambriento que pasara por ahí. Ahí estaba un gato blanco con manchas marrones disfrutando de tan inesperado banquete. Lo disfrutó tanto que al día siguiente pidió repetición. Y al día siguiente, ahí estaba el gato regalando maullidos, exigiendo su ración láctea. Por supuesto, sin ningún éxito pues la oferta solamente fue válida por ese día.

El gato era insistente, o simplemente tenía mucha hambre, pues día tras día maullaba para exigir su leche hasta que se cansaba y nos dejaba tranquilos hasta el día siguiente.

Como no hay mal que dure cien años, la primera solución fue agarrar al gato y soltarlo a una cuadra de la casa. Pero no duró mucho la tranquilidad, pues al poquísimo tiempo, ahí estaba el gato de nuevo, gran conocedor del barrio, exigiendo su leche. Día, tras día, tras día.

Entonces la solución fue más radical. Tras una refriega que duró algunos minutos, se logró meter al gato en una bolsa de plástico. Todos subimos al auto de mi mamá, y mientras Fina hacía tremendos esfuerzos para contener al gato dentro de la bolsa, enrumbamos al mercado que estaba como a diez cuadra de la casa.

Una vez en la parte de venta de pescados, pudo Fina soltar a su presa, aunque por los arañones con los que terminó, no podría decir quién era la presa. El gato salió como una saeta de la bolsa, no lo dudó un segundo ni miró atrás, y en instantes desapareció entre los compradores del mercado, confundido entre ruidos de intercambios comerciales, bocinazos, altavoces, motores en marcha y megáfonos con ofertas de todo tipo.

Nunca más vimos al gato. Nunca más se le dio leche a ninguno de estos felinos, que siguieron paseando y haciendo de las suyas, dueños de esos techos que creíamos nuestros.

10 comentarios:

  1. Lição aprendida, Gabriela! Nunca por nunca alimentar um gato vsdio.
    Muito divertida a tua história.
    Bom domingo.
    Beijinhos

    ResponderEliminar
  2. Ay, Gabriela, a nosotras nos da mucha penita de ese gato... No lo podemos evitar, somos amantes incondicionales de esos felinos que tenemos como animales domésticos. A saber que fue del gato blanco, aunque queremos pensar que encontró en ese mercado un lugar mejor donde vivir.

    Besos mil de las dos

    J&Y

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A mí no me son muy simpáticos los gatos, debo confesar. En cuanto al gato visitante, estoy segura de que quedó más feliz en el mercado, con comida a sus anchas a todo momento.

      Eliminar
  3. Estoy segura que ese gato fue más feliz en el mercado que dando vueltas por la casa. Más libre, independiente como les gusta a los gatos. Y con abundante restos de comida por todos lados.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. También lo creo, Acirema, con toda certeza fue más feliz con comida a su disposición a todas horas.

      Eliminar
  4. ¡Ah! Creí que mientras ustedes estaban en el mercado, el gato había vuelto a la casa para "exigir" su leche.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ja, ja
      Eso hubiera sido el colmo, digno de un POLP del famoso Condorito.

      Eliminar
  5. El pobre os lo agradecía yendo a veros. Pero más feliz seguro que fue en el mercado... Menuno hartón se daría todos los días.
    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Fue muy feliz, sin duda. Nunca más lo volvimos a ver ni oír.

      Eliminar

Gracias por leerme... y más aun por dejarme tu tarjeta de visita. Nunca sabemos hasta dónde nos puede llevar la blogósfera.