lunes, 24 de abril de 2017

Un buen samaritano

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Lo que voy a contar pasó hace poco más de un mes, un día de verano cualquiera.

Venía yo caminando por la avenida Benavides, hacia un supermercado que hay cerca de mi casa. Estaba a dos cuadras de llegar a mi destino cuando empecé a escuchar unos gritos desesperados, que no sabía si eran de una mujer o de un niño.

Yo no detuve mi camino, pero me movía la curiosidad de saber qué pasaba y si podía ayudar de alguna manera. No podía precisar de dónde venían los gritos, a pesar de buscar con la mirada hacia todos lados. No se veía nada que indicara qué situación podía estar provocando tanta desesperación.

A medida que me acercaba al supermercado, los gritos empezaron a ser más claros. Ya ahí logré entender que era una mujer y que gritaba a todo pulmón varias veces: ¡por favor, lléveme a San Felipe! Sus gritos se mezclaban con un llanto desgarrador.

Cuando ya me faltaba media cuadra para llegar, vi a una mujer joven que corría por la pista sin mirar por dónde iba, avanzando entre los carros, sin dejar que pedir a gritos que la llevaran a San Felipe. Intentó subirse a un taxi que paró casi totalmente por la luz roja del semáforo, la misma luz que había detenido mi camino y que me permitió ver todo con calma unos segundos.

El taxi siguió su camino aceleradamente, casi tiró al suelo a la mujer, pero ella logró recuperar el equilibrio de su paso y retomó su súplica al aire de que alguien la llevara a San Felipe. Eran las diez de la mañana, así que eran pocos los autos que pasaban por ahí, y ninguno se detuvo a mirar.

La mujer estaba justo en la entrada del supermercado al que yo iba. Mi idea fue entrar y pedir al encargado de seguridad que llamara a la policía municipal de Miraflores, lo que acá llamamos el Serenazgo, para que acudiera a ver qué pasaba.

Eso estaba dispuesta a hacer cuando de la tienda salió un hombre corriendo, tomó a la mujer por los hombros y la regresó a la vereda. Con eso, la mujer se calló. En ese instante de tranquilidad, el hombre la tomó por las manos y le preguntó con toda tranquilidad: "señora, ¿qué pasa, cuál es su desesperación?".

Desde donde estaba, a muy pocos metros, ya no logré escuchar lo que siguió.

Cuando entré a la tienda, pregunté al encargado de seguridad qué había pasado y me dijo que no sabía, que la mujer apareció de la nada gritando. Lo primero que pensé fue que, a pesar de haberla visto y de estar tan cerca de ella, nadie se acercó a ayudarla.

Nadie, salvo ese buen samaritano que, ojalá, haya logrado calmar a esta mujer desesperada y la haya ayudado a llegar a San Felipe, a donde quería ir con tanta desesperación.

24 comentarios:

  1. Qué triste. Imagino que un ser querido estaba en el hospital. ¿Enfermedad mental? Como sea, necesitaba que la ayudaran.

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    1. Fuera lo que fuera, la mujer estaba realmente desesperada.

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  2. Ay, ojalá que todo se solucionara bien para esa señora, Gabriela. Cuesta pensar que cada vez somos menos dados a involucrarnos con desconocidos, incluso en supuestos tan dramáticos como los que has relatado... Supongo que el miedo y la desconfianza han hecho mella, en mayor o meno medida, en todos nosotros.

    Besos mil de las dos

    J&Y

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    1. Coincido con ustedes en eso, nos cuentan y vemos pasar tantas cosas que tendemos a desconfiar de lo que sale de lo común.

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  3. Impresionante momento. Pobre mujer, ojalá haya solucionado su problema y vuelva la tranquilidad a su vida. Menos mal que tuvo ayuda. De todos modos te llevaste un buen susto

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    1. Creo que todos lo que vimos el episodio nos llevamos un buen susto, pero solamente uno actuó.

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  4. Cada día, mientras más avanzamos en tecnología y en medicina, más insensibles nos ponemos ante la desesperación ajena, Gabriela.

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    1. Eso o las situaciones vistas y oídas nos hacen dudar de los demás. Es una pena haber perdido la confianza hacia el otro.

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  5. Este asunto del buen samaritano me hizo pensar en que mucha gente tiene tantos problemas y necesita ayuda que muchas veces podriamos ayudarlas, pero la desconfianza y el temor de ser engañados nos hace aparecer como egoistas.

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    1. Y en realidad debería ser todo lo contrario, pero se oyen y se ven tantas malas acciones que la desconfianza hasta se comprende.

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  6. Pero como nos dejas con la duda???
    Y al final que pasó con la pobre mujer gritando???
    .....

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    1. Hasta donde vi, se fue con el buen samaritano, pero lamentablemente no pude saber la razón de sus desesperados gritos. También me quedé con la duda, ja, ja.

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  7. Gabriela, infelizmente é assim mesmo, ninguém ou quase ninguém se preocupa com ninguém. É um mundo egoísta este em que vivemos.
    Beijo

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    1. Felizmente, casi siempre hay un buen samaritano, Nina.

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  8. Que triste Gabriela. Sucede muy a menudo, se ven casos de personas atropelladas o caídas y la gente pasando impasibles sin ayudarlas... Afortunadamente aún hay personas solidarias y con sensibilidad.

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    1. Esa es la parte que hay que destacar, Tania, para que no nos olvidemos de que también hay aspectos buenos.

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  9. La desconfianza a veces nos paraliza
    Besos Gabriela

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  10. Así nos va no nos ponemos en la piel de quien pide auxilio que digo yo que sería por algo.
    Besitosss

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    1. También lo creo, nadie corre con esa desesperación entre los carros sin razón.

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  11. el miedo, la desconfianza, el hecho de que a veces se asista a acciones violentas contra quien pretende separar a los contrincantes de una riña paraliza a la gente a la intervención. Aunque como parece demostrar tu relato pueden bastar unas palabras para calmar ese grito de angustia

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    1. Me acuerdo de la angustia de esa mujer y pienso que, en medio de todo, tuvo mucha suerte de cruzarse con el hombre que la ayudó.

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  12. Cada vez hay menos samaritanos que se presten a ayudar Gabriela.Estamos viviendo una época un poco amenazadora. No hace ni un mes en Málaga, un joven que ayudo en una riña murió apuñalado. A veces vemos y no querenos ver. Espero que esa mujer lograra sus deseo.
    Buen domingo.
    Besos

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    1. Yo creo que sí lo logró, Laura, la buena disposición del samaritano me da la certeza de que así fue.

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Gracias por leerme... y más aun por dejarme tu tarjeta de visita. Nunca sabemos hasta dónde nos puede llevar la blogósfera.