domingo, 20 de marzo de 2022

¿Frejol o maíz?

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La tía Angelita tenía un arsenal inagotable de historias que aún recordamos en diversas ocasiones.
El otro día recordé el cuento de un muchacho que ella conocía en su juventud. Este chico no podía distinguir la derecha de la izquierda, y eso le había creado una cantidad increíble de problemas.
Este chico confundido entró al Ejército, y volvía locos a sus superiores por esa desesperante confusión de izquierda y derecha. Ni con paciencia, ni amenazas, ni burlas ni llamadas de atención el soldado raso acertaba cuando le decían que girara a un lado u otro.
"Si por lo menos fueras al contrario de donde te manda tu instinto, avanzaríamos algo. Pero no, ni por esas lo haces bien", le decía su superior, a veces con paciencia, más veces con hastío y casi siempre al borde de estallar.
Pese a todo, le había tomado cariño al desubicado recluta, quería darle una solución a su incapacidad de distinguir un lado del otro. Después de mucho pensar, se le ocurrió una idea. Puso frejoles en una bolsa y granos de maíz en otra. Llamó al muchacho y le dijo:
- Te voy a poner una bolsa de frejoles en el bolsillo derecho y otra con maíz en el izquierdo. Acuérdate, Frejoles-derecha, maíz-izquierda. E con E, I con I. Te lo pongo fácil para que, por fin., lo hagas bien.
Y entonces empezaron las prácticas, que cambiaron de ser "izquierda, derecha, izquierda, por maíz, frejol, maíz. O más comúnmente, "por el fréjol, por el maíz". Por fin, todo correcto.
Alegría compartida, todos felices.
Nunca supimos si la historia era cierta o si era producto de la imaginación de la tía Angelita. Es lo de menos. Lo importante es recordarla a ella y a sus historias..

jueves, 10 de febrero de 2022

Zumba en el malecón

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Desde hace un mes bailo zumba en el malecón tres veces por semana. Conocí a este alegre grupo gracias a mi práctica de yoga. A pocos metros de donde yo pasaba de una asana a otra, muchas participantes seguían el ritmo de la música contagiante. Era inevitable voltear a ver el espectáculo de alegres bailarinas.
Qué ganas de estar ahí, pero los horarios coincidían, así que había que escoger. Hasta que se dio la ocasión, y vaya que la aproveché.
Así que ahora voy tres veces por semana. Camino unos cuantos pasos y paso del yoga al zumba en segundos. Esa combinación es la mejor manera de empezar la mañana. Y al aire libre, con el mar a la vista, en alegre compañía es mejor todavía.
A las órdenes de Johana vamos a la vez, derecha, izquierda, adelante, atrás, arriba, abajo, piso, y ya cambié. Al cabo de media hora el cansancio se siente, pero la energía colectiva hace que el ánimo no decaiga. A aguantar media hora más.
Después de una hora, previo selfie con fondo marino, cada quien vuelve a casa. Menos Johana, que va rumbo a otra hora más de zumba, con una fuerza y una alegría realmente envidiables.

martes, 25 de enero de 2022

El perro yogui

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Desde hace dos meses retomé la práctica de yoga. Hace casi dos años tuve que dejarla de lado por las razones que todos conocemos. La práctica regresó con cambios, y el principal es que ya no es un espacio cerrado sino en uno de los muchos rincones que ofrece el malecón de Miraflores.
Es otra dimensión practicar yoga entre césped, con la compañía del cantar de los pájaros (y sus ocasiones indeseables regalitos), viendo pasar corredores, caminantes, paseantes, ciclistas y perros. Perros por doquier, de todos los tamaños, modelos y colores. La gran mayoría van sujetos de una correa, algunos caminan sueltos pero bien vigilados por sus amos.
Así estábamos ese día, a ´punto de iniciar la práctica. Eran las seis de la mañana, el día se anunciaba nublado en este verano que llegó con fenómeno de La Niña. Inhala, exhala, inhala exhala... y de repente un revuelo me hizo dejar de lado la meditación inicial para ver qué pasaba.
Un perrito iba decidido hacia Grecia, la instructora que acompañaba la práctica ese día. Se sentó a su lado, mirándola con cara de curiosidad. Grecia dejó de hablar y empezó a prestarle atención al inesperado visitante. Luego, el perrito se alejó de ella y corrió hacia mí. Se sentó a mi lado con total familiaridad, y con la misma familiaridad empecé a acariciarle el lomo.
Era un perro chico, bien cuidado que inspiraba cariño.
De la nada, salió disparado y se fue corriendo hacia quien presumo es su dueña.
Lo vi irse, y a pesar de haber sido una vista muy breve, quedó una sensación triste ante su partida.

miércoles, 12 de enero de 2022

Episodio en la vereda

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Ocurrió un sábado de verano.
Venía caminando por la vereda, muy cerca de mi casa. Regresaba de hacer unas compras. Iba sin prisa, mirando distraídamente a mi alrededor.
De repente delante de mí, justo por donde iba a pesar, vi que dos hombres hablaban acaloradamente. Dudé, no sabía si estaban celebrando alguna anécdota compartida o si estaban peleando. En esos segundos de vacilación, seguí avanzando y casi sin darme cuenta, llegué a estar frente a ellos.
Estaba ya frente a ellos, y aún no podía decidir si estaban peleando o no, si estaban riendo ruidosamente. Ya era tarde para ir a la vereda del frente y dejarlos con su diálogo. Además, ya era tarde porque habían dejado de hablar para mirarme.
Por un segundo, todos quedamos callados, paralizados.
Y un segundo después, a la vez, todos reaccionamos. Yo, retomé el paso, muy lentamente. Ellos, empezaron a hablar atropelladamente uno sobre otro: "adelante, pase, siga usted".
Sonreí tímidamente. Incliné la cabeza y avancé.
Di dos pasos, y a mis espaldas volví a sentir sus voces, que siguieron su acalorado intercambio en el mismo punto en el que lo dejaron cuando me vieron.
Yo también volví a caminar sin prisa, mirando distraídamente a mi alrededor.
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Como es mi primera entrada de 2022, les deseo a todos un año excelente.