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Pero yo voy por ahí mucho más temprano, a las 7:30 a.m., tres veces por semana. Cuando vas por los mismos sitios a la misma hora, te acostumbras a ver a las mismas personas, Y si uno va caminando, es mucho más probable que hasta llegues a saludar a esas personas.
Es lo que me pasa. En mi camino, voy saludando a vigilantes, vendedores ambulantes, agentes de serenazgo, en fin, personas que desde muy temprano empiezan sus actividades diarias.
De todas esas personas que veo tres veces por semana, la que más despierta mi admiración es Sara. La llamo Sara porque no conozco su verdadero nombre, pero su nombre no es muy importante.
Todas las veces que cruzo por esa esquina, Sara ya está prácticamente instalada en su lugar. Y todas las veces que la veo, está disponiendo los artículos que vende en su pequeño puesto: galletas por un lado, chocolates por el otro, botellas de agua y gaseosa en el nivel más bajo, caramelos por delante, bocaditos salados y dulces colgados en ganchos especialmente dispuestos.
Todo de manera ordenada y limpia, tan ordenada y limpia como ella misma está.
Es un gusto verla con qué cariño dispone todo, y es admirable verla ordenar todo, cosita por cosita, todos los días. Solamente puedo imaginar que todas las noches realiza el procedimiento inverso, en el que guarda los mismos artículos en la cajas de las que yo veo que saca las cosas cada mañana.
Casi dos horas más tarde, regreso por la misma esquina. A esa hora, Sara ya tiene el puesto listo, y se nota que ya emprendió las ventas diarias.
Paso a su lado tres días a la semana, dos veces cada día. Nos saludamos con un "buenos días" y una sonrisa, y cada quien sigue en lo suyo. Nunca hemos pasado de ese brevísimo intercambio.
Desde aquí, mi admiración a Sara, y a través de ella, todas las Saras del mundo.














