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El sábado pasado fui a un supermercado al que no iba desde hacía muchos meses. Es una tienda grande en la que se puede encontrar de todo, desde comida hasta electrodomésticos, pasando por ropa y artículos de escritorio... y con precios bastante razonables.
Lo primero que se ve tras cruzar la entrada es la sección de televisores. Los más grandes están adelante, encendidos y mostrando sus mejores colores. Literalmente.
Es imposible no quedarse unos segundos mirando los televisores y echar un vistazo a los precios.
En eso estaba ese sábado cuando vi que una señora estaba bastante más adelante que yo mirando el televisor más grande. Estaba absorta, y para nada atenta a su alrededor. Ya me adelantaba para empezar mi compra cuando pasó a mi lado una pareja.
También se quedaron mirando los televisores. También se pararon delante del más grande, junto a la señora que ya estaba ahí, y comenzaron un diálogo:
- Así es el nuestro -dijo él.
- ¡No! Ya quisieras -contestó ella entre risas.
- El próximo será así -replicó él.
En ese instante, la primera señora se volteó hacia ellos y sonriendo les dijo:
- Realmente les deseo eso, y más.
La pareja rio algo nerviosa, luego ambos sonrieron abiertamente y a la vez dijeron:
- Muchas gracias.
Me sentí privilegiada de haber presenciado una simpleza tan grande.















