jueves, 24 de marzo de 2011

Cartera azul: misión imposible

Parecía algo fácil. No me imaginé estar frente a una misión imposible.

Lo único que quería era comprarme una cartera azul. Azul marino o simplemente azul. Quienes me conocen saben que mis carteras son pequeñas casi hasta la burla, apenas lo suficiente para llevar una billetera chica, llaves, un lapicero, un espejo y un estuche vacío de lentes de contacto. ¿Mi celular? En el bolsillo, así no pierdo llamadas. Jamás me he acostumbrado, y dudo que llegaría a acostumbrarme, a usar esos sacos gigantescos en donde entra todo pero nunca se encuentra nada.

Repito, ¿qué tan difícil puede ser encontrar una cartera azul del tamaño que para mí es ideal? Descubrí que no es difícil. Es imposible.

Durante mis días en Estados Unidos, busqué y rebusqué en todas las tiendas a las que entré. En todas, las carteras estaban ordenadas por colores. Era fácil llegar de frente a las azules. siempre con ayuda de Mari. Todas sin excepción eran unos tremendos sacos, suficientemente grandes como para llevar hasta las compras del mercado sin ningún problema. Las que eran de tamaño perfecto eran de cualquier otro color.

Hubiera sido más fácil de encontrar una cartera del amarillo más chillón que existe. En verdad, encontré muchos modelos de carteras amarillas. Pero azules, apenas unas tres o cuatro, y todas tamaño gigante.

Como los alquimistas que, al buscar convertir los metales en oro, terminaron haciendo muchos útiles descubrimientos, en mi infructuosa búsqueda por una cartera azul encontré una cartera roja y otra de incierto color entre verde y plomo. Ambas a buen precio y del tamaño ideal. No dudé en comprarlas.

Por lo menos hasta la fecha, nada de carteras azules. Misión imposible total (incluida la música de Schifrin y la cinta que se autodestruye).

jueves, 17 de marzo de 2011

Un poco de civismo, señores

Los peruanos estamos a menos de un mes de elegir al nuevo presidente, nuevos congresistas y nuevos representantes al Parlamento Andino. La fecha señalada es el domingo 10 de abril.

En el Perú, votar es un derecho y una obligación. Así lo dice nuestra Constitución. Esto quiere decir que para los peruanos, votar es obligatorio. De tanto verlo como una imposición, creo que casi nos hemos olvidado del privilegio que es poder elegir. Lo digo porque para muchos, votar es una pesada carga, casi tan desagradable como ir al dentista.

Creo que no debería ser así.

Toda esta reflexión vino como consecuencia de un comentario que me hizo un amigo mío, que resultó sorteado como miembro de mesa. Soy tercer suplente, me dijo, ya veré qué invento para no ir.

A modo de breve explicación para quienes no son peruanos, semanas antes de cualquier elección, el ente electoral sortea a los electores que serán miembros de mesa. Son seis electores por mesa: tres titulares, tres suplentes. Los anuncian con la debida anticipación, se les da una capacitación, se les entrega credenciales. Esos seis electores deben estar en su local de votación antes de las 8 am, instalar la mesa entre todos y votar. Los tres titulares se quedan en la mesa, los tres suplentes están libres de irse.

Eso en un mundo ideal. Pero en el mundo real, a veces la mesa se tiene que abrir con el número mínimo de tres miembros, y si no llegan a ser tres, la ley dice que la mesa se completa con los electores que estén en la cola.

Ver tu nombre en la relación de miembros de mesa no es precisamente agradable. Yo he sido miembro de mesa dos veces: la primera vez que voté, en 1990, y 11 años más tarde, en 2001. En 1990 mi puesto era el de segundo titular, pero ante la inasistencia del presidente, tuve que asumir su cargo. En 2001, salí sorteada como la presidente de la mesa.

Luego de renegar de mi "mala" suerte, en ambas ocasiones asumí mi función.

En 1990, el Perú vivía épocas de terror. Recuerdo que el colegio donde me tocó votar estaba resguardado por soldados armados casi hasta los dientes. Si la cosa era así en Lima, no quiero imaginar cómo habrá sido en nuestra sierra.

La votación terminó a las 4 pm. A esa hora comenzamos el conteo de votos, que terminamos pasadas las 10 de la noche. Era tedioso, había que contar todas las cédulas, llenar y firmar las actas y meter cada una de ellas en sus respectivos sobres. Después, cada presidente de mesa debía llevar su ánfora desde el centro de votación al centro de acopio de cada distrito. Yo tuve que esperar con mi ánfora a que llegara el bus que nos transportaría, que llegó pasadas las 11 pm.

Entre eso y dejar el ánfora me dio la medianoche. Muy resguardados, eso si, pero después de dejar el ánfora se acababa el resguardo. Cerca de la medianoche, en un domingo de elecciones en época de terrorismo, no me quedó más que caminar las 20 cuadras que había hasta mi casa.

En 2001, la cosa fue muy diferente. Terminada la elección, a las 4 pm, iniciamos el igualmente tedioso conteo de votos, que terminamos a eso de las 7 pm. Una vez cerrados todos los sobres, entregué el ánfora al encargado del ente electoral. Ya no teníamos que llevarla a ningún centro de acopio, las autoridades respectivas las recogerían de cada centro de sufragio.

Imagino que con cada elección nueva, llegan las mejoras en el sistema.

Conozco gente mayor que yo que nunca ha sido miembro de mesa. Conozco gente que lo ha sido más de una vez, como yo. Entiendo que es molesto ser elegido para esta tareíta, admito que yo misma he renegado de mi suerte. Lo que no entiendo es que haya gente que simplemente no vaya a cumplir con su obligación. A menos que exista un buen motivo que justifique tal inasistencia, es una tremenda irresponsabilidad.

Todos queremos pistas sin baches, semáforos que funcionen, instituciones estatales eficientes. Para conseguirlo, deberíamos empezar por colaborar para que todo funcione como queremos. Y cumplir con la obligación de ser miembro de mesa es parte de esa colaboración.

Finalmente, una vez ahí, lo mejor es verle el lado divertido. Porque la cosa tiene su lado divertido. Créanme.

jueves, 10 de marzo de 2011

Otro momento mágico


- El próximo año, quiero que me recojas de mi nido.

A los tres años, el futuro bien puede identificarse como mañana, el próximo año o agosto. No importa. Lo que Marcela quiere es muy claro: que vaya a recogerla a la salida de su nido en algún momento.

Como se acerca el último día de las clases de verano en su "otro" nido, escojo la fecha pero no se lo digo a nadie. Menos a Marcela. Cuando tu edad se cuenta con los dedos de una sola mano y el futuro es un concepto tan abstracto es mejor no alterar la rutina.

Así que ahí estoy, al mediodía, en la puerta del nido con nombre de pirueta. Me asomo rápidamente y al verme, a la pequeña se le dibuja una sonrisa que jamás olvidaré. Corre hacia mí, se me abalanza. No tengo necesidad de agacharme para cargarla.

- ¿Te gusta que haya venido a recogerte?

Hace un movimiento afirmativo con la cabeza. Se muerde el labio inferior. No habla. No me mira. Es difícil saber quién es más feliz en ese momento.

Caminamos hasta su casa. Le digo que me voy a quedar a almorzar. Saca todos sus juguetes para enseñármelos, después los guardamos uno por uno. Está feliz porque Elisa acaba de regresar de Cajamarca:
- ¿Vamos a Cajamarca? -le digo.
- No me gustan las tormentas.
- Nos vamos cuando no haya tormentas. En agosto no hay tormentas.
- No tengo paraguas.
- Compramos uno.
- ¿Dónde? Nunca he visto dónde venden- replica, mientras encoge los hombros y levanta las manos.
- Buscamos. O lo compramos al llegar a Cajamarca. Ahí seguro que si venden.
- No, no me gustan las tormentas.

Almorzamos. Jugamos un ratito. Conversamos. Nos reímos. Me cuenta cosas. Le cuento cosas. Con pena veo que me llega la hora de partir. Me voy con la promesa de repetir la experiencia. Si, pero otro día me llevas al parque después de comer.

jueves, 3 de marzo de 2011

Al niño que no podía dejar de leer

Mira tú lo que son las cosas. Vengo de visitar una ciudad en la que creo que no estuviste nunca y ahí estás presente, casi en cada paso.

Visito la sede central del líder mundial de noticias, y pienso en cómo hubieras disfrutado subir esa escalera mecánica que te eleva ocho pisos sin pausa. Sentí que estuviste ahí cuando el guía preguntó si alguien sabía el significado de las tres letras que identifican el nombre del canal y estuviste ahí cuando terminé contestando la pregunta.

Cómo no ibas a estar cuando visitamos la sala que el guía calificó como mágica porque hace desaparecer a la gente. Como cuando me lo explicaste aquella vez hace tanto tiempo, el efecto reapareció ante mis ojos. O debo decir que desapareció. El guía le dio otro nombre que no recuerdo, y entonces yo le dije "en el Perú lo llamamos croma". Se asombró, me dijo que el otro nombre de la técnica era the chroma key. Ahora pienso que tal vez yo haya sido la primera persona en los recorridos de este atento guía que conocía qué era el efecto croma. Solamente que allá lo usan con verde, no con azul. ¿Sabías eso?

Luego visité el museo de la gaseosa más famosa del mundo. Retrocedí en el tiempo, a esa época en que todo lo que había era escasez. Ahí estaba yo, rodeada por todos lados del universal logo rojo y blanco y mi mente volvió a los días de ese verano ochentero en que caminábamos cuadras de cuadras buscando sin éxito la famosa gaseosa. Y de cómo nos alegramos la vez que la dueña de una bodega nos dijo que solamente la tenía helada. ¿Te acuerdas de eso?

Y para que veas cómo son las cosas, hasta una estatua tuya hay en esa ciudad en la que creo que no estuviste nunca. Digo que creo que no estuviste porque, al menos yo, te vi en cada paso. Aunque para verte en cada paso bien sabes que no necesito subirme a un avión.

La niña que sentada a tu lado aprendió nombres de países raros con capitales y gentilicios incluidos hojeando contigo incansablemente el recordado Almanaque Mundial te encontró leyendo en un rincón de Peachtree Street, en Atlanta, capital del estado de Georgia, fundada en 1837.
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¿Alguien sabe qué se puede hacer para combatir la encuestitis? ¿Existirá algún antídoto?